maria-van-rysselberghe-con-su-hija-trabalibros

Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

(3 de 4)

Traducción de Armando Pinto

  1. Mis amigas partieron y estamos solos a la hora del té. Nos parece que hay un tiempo infinito que nos ha alcanzado. Me cuenta que ha recibido una visita urgente de Yves Allégret, de su mujer y de Pierre Naville, su cuñado. Quieren que Gide intervenga o se incluya en una petición al gobierno noruego, que acaba de pasar una ley que impedirá que Trotski intente demandar a sus difamadores y, con ello, espera forzarlo a irse. Pero Gide les hace comprender que es a la vez vano e imposible; de inmediato le colocarían la etiqueta de trotskista.

  1. Blum le hace saber que esta mañana tendrá tiempo para hablar un poco y Gide va a verlo. Come en la ciudad y regresa hacia las tres con la intención de ir a dormir un poco a la recamara de Catherine. Mientras se saca las polainas, me cuenta que ha logrado tener una buena conversación con Blum sobre las diversas peripecias del proyecto de las delegaciones, de las que Blum no ve claramente su utilidad; en cambio, cree que Basch, cuando menos, va a llegar a Franco. Gide le habla también del asunto Trotski y Blum le dice que es posible que él pueda hacer una gestión personal con Noruega. Él, sin embargo, difícilmente imagina dónde podrá residir Trotski … allí o en América. Las noticias de España son malas, ¡las municiones pronto faltarán!

Durante su siesta tres cosas: un telegrama tranquilizador de Malraux, una llamada telefónica de Mme Basch, quien tiene buenas noticias de su marido, otra de Aragon para informar que los cuadernos de Dabit se han encontrado. Gide devuelve al ministro de Asuntos Extranjeros los 25 mil francos que había recibido.

 

  1. Élisabeth ha llegado muy de mañana, inquieta por no tener noticias de Pierre. Recibe de tanto en tanto cosas que le cuentan de él, que no sabe verdaderamente por qué lado devanar el embrollado ovillo de noticias; y a pesar de la efervescencia que nos proporciona siempre el encuentro de Bypeed y Élisabeth, estamos contentos y mudos. Pero eso apenas dura. Un poco antes de la comida, telefonazo de Clara Malraux, a quien Pierre acaba de telefonear desde Madrid (hay una particular facilidad en Madrid para hablar por teléfono con ella) para rogarle que reserve un lugar en el avión de Toulouse.

Entonces, Pierre regresa. Ha dicho también que espera ver a Last antes de regresar. Inmenso alivio, comenzamos a sentirnos verdaderamente inquietos, sin querer reconocerlo frente a Élisabeth.

En la noche, juegan una crapette. El gran partido recomenzará entre ellos, evidentemente.

 

  1. Visita de Gabriel Marcel a Gide para entregarle un artículo sobre Retour de l’urss. Muy elogioso. Temprano en la mañana le telefonean a Gide que Salengro ha muerto en su lecho de una crisis cardiaca, y yo exclamo: “Ya verá que insinuarán que se ha suicidado al sentirse culpable! Pero, un poco más tarde, nos enteramos de que en verdad se suicidó; afortunadamente no se ha ocultado esta horrible verdad, de la que los enemigos se agarrarían para volverla contra él.

Es el día en que los Groet comen con nosotros. Gide nos alcanza más tarde por la noche. Todos, por fatiga, por vergüenza, parecen decididos a evitar los temas candentes. La muerte de Salengro, el regreso de Pierre, ocupan la conversación, y los Groet que aman tiernamente a Catherine hablan de la agradable forma en la que se desarrolla, en la que se comporta. Élisabeth cuenta entre risas que la primera noche de su llegada Bypeed le dijo: “Ella es encantadora y creo que por fin su inteligencia se ha destapado”.

 

  1. Lleva a Catherine al Jardin des Plantes, donde los espera Rivet, y les muestra un montón de cosas curiosas; comen los dos en la ciudad; su entendimiento es increíble; todo el tiempo están tomados de la mano.

Nos enteramos esta mañana de que Victor Basch ha regresado, y Gide hace una cita con él para la tarde, después de comer. Regresa muy tarde. Élisabeth y yo lo esperamos. Basch le contó que de acuerdo con Del Vayo, el ministro de Asuntos Extranjeros pudo dar un mensaje en la radio en la que transmitió a los nacionales la cálida simpatía de Francia, su admiración y su confianza en su conducta humanitaria. Eso es lo que tenía que decir. No ha ido con Franco. Habla de una forma muy interesante de la curiosa ciudad del placer, dice Gide, en que se ha convertido Valencia, donde nadie parece cuestionar lo que pasa o todo el mundo cree en la victoria. Parte mañana a Inglaterra para tratar, mediante conferencias, de influir sobre los laboristas a favor de España.

Élisabeth le hizo ayer una visita a Viollis, a quien ha encontrada triste e irritada con Gide. Hay que decir que ella ha sido puesta al corriente de la situación sólo por Aragon, a quien ve mucho desde los acontecimientos de España, que ella no tiene ningún juicio personal y que es una de las personas más influenciables que hay. Élisabeth, sorprendida por todo lo que oye, finge no estar muy al corriente, al no haber estado ahí, para comprender lo que pasa. Viollis no oculta hasta qué punto Gide la ha decepcionado; parece que se ha dejado manejar infantilmente por los curas, además de que él mismo no tuvo jamás intenciones de partir, de que es muy conspicuo, etc. Y vemos cómo se forma una corriente de opiniones contra Gide hecha de la desilusión entristecida de Viollis, quien intervino para sugerir la idea de delegación que abortó, del engañoso error que divulga Aragon preocupado por diluir su responsabilidad, y sobre todo del enorme malestar que hizo surgir Retour de l’urss, y que por vergüenza táctica o consigna no se han atrevido a hacer estallar. La actitud de Alix, que pasa durante un momento a Vaneau, es una prueba de ello. Ella parece haber previsto que Gide no iba a partir; además, dice, la idea de dos delegaciones era absurda en sí misma, etc. El mismo sonsonete, las mismas quejas que sirven de exutorio para todo lo que no se dice.

 

  1. Pasado el mediodía, Gide recibe la visita de Pierre Quint, quien se dice muy aliviado por el libro de Gide y quisiera hablar de él; después, la de Gabriel Marcel, acompañado de un tal M. Popelin, importante Croix-de-Feu. Vienen para arrastrar a Gide a otra acción: hacer algo para que Caballero respete la vida de Primo de Rivera, a cambio de que Franco prometa no hacer una masacre en Madrid. Gide rehúsa, la historia no parece ofrecerle ninguna garantía; le falta información y le parece que Gabriel Marcel está influido mañosamente por el otro.

Por la noche, Gide va la reunión de Vendredi. Yo pude hablar un momento a solas con él y siento que sigue sin darse cuenta de los rumores malévolos que lo circundan y de los que no le he hablado para no agravar las cosas, ¡y porque sería perfectamente inútil! Pero, en Vendredi, los amigos han debido encontrarlo ensombrecido, pues después de la comida Chamson le telefonea: “No se deje hundir en la oscuridad y permítame llevarlos esta noche al cine, pasaré a recogerlos con mi esposa”. Él responde: “Con mucho gusto, pero entonces nosotros llevaremos a Élisabeth Herbart”. Y algunos instantes después es Guéhenno quien telefonea con la misma gentil intención de animarlo, y de golpe compromete también a Guéhenno a venir al cine. Pasan todos por él y Bypeed y Élisabeth regresan muy tarde.

 

  1. Ayer por fin tuvimos derecho de esperar a Pierre –y nada–. Esta mañana nada todavía. Eso se vuelve no sólo inquietante sino totalmente incomprensible, muy similar por lo demás.

Los diarios de esta mañana anuncian que Primo de Rivera ha sido pasado por las armas.

 

  1. Nada de Pierre todavía, y ninguna suposición nos satisface. Por primera vez, desde hace mucho, no sucede nada. Gide tiene boletos para ir a ver con Pitoëff la Angelica, de Ferrero. Vamos todos, incluida Catherine. No carece de interés; yo los dejo al finalizar el primer acto para ir a ver a Mme Desjardins.

 

  1. Por fin nos enteramos por Clara Malraux que, desde hace tres días, el tiempo no ha permitido a los aviones circular entre Alicante y Toulouse, y esta tarde un largo telegrama de Pierre nos pide reservar un lugar en Air France para mañana.

Pasado el mediodía, al regresar, encuentro a Gide muy trastornado por dos cartas de Last recibidas al mismo tiempo y por una conversación con Clara Malraux. Last, quien está de descanso después de los brillantes servicios que le han valido el grado de cabo, escribe: “Creo que tiene razón. Es necesario que esta propaganda acabe, no se funda más que en la mentira, incluso la tragedia heroica de aquí se aprovecha para la gran gloria del jefe. ¡Pero quisiera ver por fin las armas de las que tanto se ha hablado! Me solidarizo completamente con usted y puede publicar mi carta”. Espera, sin embargo, dice después, que Gide hará todo por defender la causa de los gubernamentales. En la otra carta, Last se pregunta si no hará mejor en regresar; dice que será más útil haciendo propaganda que combatiendo en las trincheras. Este problema parece desgarrarlo y sus cartas son bellas y conmovedoras.

El relato que, por teléfono, hace Clara Malraux confirma la primera carta de Last: un ardiente partisano (de origen italiano) que combate con los milicianos acaba de volver a París. Informa que en Barcelona la desvergonzada propaganda estalinista es peor que en Rusia y que el terror reina también ahí. Él mismo, sospechoso sin duda, vio cómo se le negaba el permiso de volver a Francia, que finalmente logró que Malraux hiciera que se lo dieran. Antes de partir, recibió la orden de un raid aéreo nocturno, flanqueado por dos rusos (cuando los equipos son siempre homogéneos). Rehusó al presentir una trampa y quedó convencido de que querían desembarazarse de él. Incluso considerando que pueda ser exagerado, todo es muy siniestro, y Gide decide de inmediato hacer que regrese Last.

En la misma noche, más tarde, tiene un encuentro en Vaneau con un tal M. Latarde, quien parece desplegar una gran actividad en favor de los gubernamentales y por quien Last logró partir para España, y es a él a quien Gide quisiera ver actuar para que regrese. Primero le habla con circunspección, al no conocerlo, pero al establecerse la confianza, acaban por conversar muy libremente. También él piensa que sería mejor que Last regresase. En cierto momento ha dejado entrever, pero de forma vaga, velada, que Malraux podría haber suscitado gran descontento allá, que su papel fue en ocasiones muy desordenado, pero eso no está muy claro…

Estoy todavía levantada cuando ese señor se despide y Gide viene a contarme todo. ¿Qué sabremos por Pierre? ¿Habrá visto a Last? ¿Será él la causa de su brusco viraje? Todo parece más enmarañado que nunca y el futuro próximo incierto en todas partes. Estamos como hechizados por todo eso y a pesar del frío y la fatiga no acabamos de irnos a acostar; con la espalda en el radiador, seguimos ahí, reflexionando, haciendo comentarios inútiles.

En el último correo, Gide había recibido un pequeño fajo de hojas dactilografiadas intitulado Nourritures no firmado y que tiene como epígrafe la frase: “La vida es el gran mal”, firmada Fabio. ¿Será del libro prestado por Naville? Durante la visita del señor lo comencé a leer: se trata de una requisitoria violenta, aunque amistosa, contra el deber de ser feliz, contra la afirmación de que hay alegría en el mundo. De inmediato he puesto un nombre al autor, pero la fogosidad juvenil de la protesta me hace vacilar y no digo nada. Gide se lo lleva para leerlo si no se duerme.

 

  1. La mañana siguiente me regresa las hojas. “Es inútil jugar a adivinar; aquí entre nos, dice, esas páginas, no pueden ser más que de Naville mismo. –Sí, es lo que yo pensé, pero no lo creí capaz de esta violencia”.

Esta mañana Gide fue a ver a Seres, el director de Air France, para asegurarse de que todo esté previsto para el regreso de Herbart. Ha encontrado a un hombre totalmente abatido que le cuenta que todo va mal en España. Barcelona se negaría a seguir proporcionando armas y municiones frente a la insignificancia de la ayuda rusa, limitada a diecisiete aviones mientras hablan de ¡centenas! Eso, con reservas, confirma curiosamente la carta de Last. Decididamente todo es cada vez más perturbador.

No hemos podido festejar a Gide el 22, pues estuvieron cerrados los almacenes domingo y lunes. Pero hoy que desayunamos los tres, Élisabeth, él y yo, le damos una buena cantidad de golosinas de su preferencia y tendremos esta noche una gran comida e invitamos a Mme Sternheim.

Después de la comida, visita de Pascal Copeau, quien acaba de recoger la colección de artículos aparecidos sobre Retour de l’urss para hacer una selección de extractos que deben aparecer en Lu, de la que es secretario en este momento. El expediente de estos artículos es enorme. Es increíble el ruido que este pequeño libro ha armado en el mundo.

Antes de la comida recibió un telegrama de Pierre, ¡quien no logró dejar Alicante por avión! ¿Quién puso obstáculos allá a las órdenes de aquí? Es cada vez más inexplicable. Acaba de recibir también los cuadernos de Dabit y los discos rusos que deseaba, acompañados de una gentil misiva del ruso Apletine, en la que explica las razones del retraso del envío de los cuadernos de Dabit: le parece que contenían cosas penosas de leer para Mme Dabit… y ellos dudaban. ¡Nos parece que hubieran hecho mejor en tener dudas para no leerlos! Gide tiene la idea de pedirle a Schiffrin que venga después de la comida para escuchar los discos y de inmediato se procura, por medio de la secretaria de Marc, un gramófono. La comida fue agradable y los discos interesantes. Es una música grave, estrepitosa, curiosa mezcla de ruidos orientales y cantos litúrgicos.

Hardekopf, el traductor alemán de Gide, ese simpático e intransigente antihitleriano, viene un instante para pedir a Gide algunas líneas aprobatorias a la elección del Premio Nobel de la Paz que acaban de darle a Ossietzky, el pacifista. Las líneas están destinadas al Pariser Tages Zeitung. Gide las escribe de inmediato y Hardekopf las traduce en el acto, cada uno con algún pequeño consejo.

 

  1. Esta mañana Gide ha dormido hasta las nueve, y eso lo pone curiosamente de mal humor. Incluso dice: “Hoy no sirvo para nada”. Levantado de malas e irritado con él mismo, no nos comunicamos nada bien. El retraso de Pierre lo pone nervioso, desamparado. No deja de repetir: “¿Pero qué es lo que pasa?”

¿He dicho ya que fuimos invitados por Loup, los Groet, los Poulhan, Gide y yo a comer en su hotel? Noche tranquila, aunque rozamos todo el tiempo el tema espinoso, pero sin perjuicio. Justo antes de salir habíamos recibido un telegrama de Pierre diciendo que estaría en París mañana por la mañana; al pasar por Air France, donde iba a poner al corriente a Seres, Gide se entera de que el director de Alicante ¡acaba de ser cesado!

 

  1. Por fin Pierre está aquí. ¿Cómo decir con claridad todo lo que nos cuenta? Él se ha quedado en Madrid todo el tiempo, Madrid, el único lugar desde donde, por extraño que parezca, puede uno telefonear a París. Antes de llegar allí se topó en Valencia, a donde habían ido excepcionalmente, con Malraux y el camarada Regler. Le hacen saber que la embajada soviética retrasada en Madrid ha tomado por completo la dirección de los asuntos y que está muy irritada con Gide. Son informados por Aragon de todo lo que pasa. Él les señaló el prefacio aparecido en Vendredi como un artículo escandaloso y les previno que Retour de l’urss iba a aparecer. Consideran cómplice a Herbart.

Herbart, a quien Gide había dado, la víspera de su partida, el avance de su libro para echarlo al correo a la dirección de Mme Bussy (con vistas a su traducción), olvidó ese paquete en su bolsillo y se encontró así portador de un ejemplar que hizo leer a Malraux y a Regler, señalándoles sus reservas sobre el libro. Ambos le aconsejaron llevar ese ejemplar a Madrid y mostrarlo; era mejor, pensaban, que se enfurecieran con algo real que con chismes. Herbart fue entonces a Madrid. Sabía dónde encontrar a los rusos y se encontró de inmediato con Koltzov, a quien conocía muy bien, pues era, creo, director de Propaganda en Moscú, y en esa calidad su jefe jerárquico; y le dio el libro de Gide, para asombro de la compañía rusa, sorprendida de que se metiera así a la boca del lobo. Violenta, grosera indignación después de la lectura, y se negaron a devolverle su ejemplar. Lo invitaron de inmediato a alojarse en el Palace, donde estaban varios de ellos, y donde advirtió de inmediato que era vigilado y que no iba a poder escapárseles. Se dio cuenta también de que toda la prensa de izquierda, Humanité, Regards, etc., estaba en manos del camarada Soria, convertido en criatura de Koltzov. Comprendió que querían evitar que regresara a Francia. Para burlarlos, Pierre fingió que no tenía otro deseo que ir a Barcelona, y lo animaron a que lo hiciera ¡pensando que así seguiría bajo vigilancia! Precipitando su partida, le informa una mañana a Koltzov, como ardid, que de casualidad había encontrado un lugar en un auto que iba a Albacete y que de ahí tomaría el avión para Barcelona. En Albacete encontró a Malraux. Le dijo por teléfono a Koltzov que había cambiado de opinión. Comprendió éste que había sido burlado, que Herbart regresaba a París y que jamás había tenido la intención de ir a Barcelona.

Durante su estancia en Madrid, comprendió varias cosas. El llamado de los milicianos a Aragon venía de los soviéticos. Querían una comisión relumbrante durante la entrada de Franco en Madrid esperando, si era necesario, que fuera atacada para provocar un incidente. Piensa categóricamente que sería muy peligroso que Gide fuera. He aquí lo que ha creído comprender de la situación de Malraux. Él es muy activo, muy popular. Al principio rindió grandes servicios, pero la dirección española encontró su ascendiente, su intervención, un poco mortificante para su amor propio, mientras los rusos desconfían de su escuadra de mercenarios, creada y reunida por él, porque es muy independiente. Por ello lo acaban de enviar a Albacete, muy alejado del frente. Impedido por unos y por otros, sobre todo después de la intervención rusa, y tentado por ese papel de gran aventurero de la Revolución, intenta conformar una nueva escuadrilla, esta vez de voluntarios (no pagados), que sería un poco como la Legión Extranjera de la aviación. Pero a punto de entrar en acción descubrió que todos los aparatos estaban descompuestos. ¿Sabotaje? ¿Insuficiencia de mecánicos? ¿Mal estado de los aparatos? Misterio… Malraux no es un hombre que se mantenga a raya mucho tiempo. Se habla mucho de una misión a América para recolectar dinero y parece que eso lo tienta.

Pierre no ha sabido nada sobre la importancia de los envíos rusos. En el fondo se tiene la impresión de desorden, de desbarajuste, de incertidumbre. ¿Qué quieren los rusos? Es confuso. Su interés es algo movedizo también.

Finalmente no ha podido ver a Last, pero sabe que está bien. Piensa que es necesario hacerlo volver.

Se muestra sumamente furioso contra Aragon, a quien acusa de haberlo denunciado con los rusos en España y con Soria, el enviado de L’Humanité. Mientras nosotros escuchamos, sumamente interesados los tres, Gide, Élisabeth, y yo, él camina en la pieza como loco. A pesar de su fatiga, asegura que no podía esperar ni un instante más para ir a decirle a Aragon sus verdades y de inmediato hace una cita con él por teléfono. A fin de que pueda ver sin tardanza a Clara Malraux, la invitamos a comer.

Pierre regresa de su visita a Aragon. Clara está aquí, y como no quiere decir nada delante de ella, no sabremos nada hasta más tarde. Clara Malraux habla sin descanso, exacerbada, incoherente, loca de alegría con la idea de que Malraux esté a punto de partir para América, sin dejar de minimizar a la vez, incluso de ridiculizar, el papel que él ha jugado en España, para un instante después glorificarlo, diciendo que él ha salvado a España pero, lo que resulta grotesco, que lo mejor sería que escribiera sus libros. Todo le parece bien con tal de hacer volver a Malraux. Ella resulta lamentable, exasperante, intolerable. Herbart intenta tranquilizarla diciéndole que por el momento Malraux no vuela, y que, ciertamente, si él viera la posibilidad de ser útil de otra forma, estaría dispuesto a dejar su escuadrilla…

Pero volvamos a Aragon. Herbart le dijo claramente: “Siento que allá era indeseable, y eso no podía proceder más que de usted, y ya estoy cansado de vivir en esta atmósfera policiaca”. Violentas protestas de Aragon: “¡De ningún modo! Antes al contrario, cuando el partido hizo el balance para saber si sería excluido o no, lo he defendido encarecidamente”. Herbart le hizo precisar los puntos por los que querían excluirlo –el comportamiento solamente, no el fondo–. Es decir, haber actuado sin someter primero sus intenciones a la aprobación del partido. Y además una palabra sobre el asunto de las delegaciones. Pero la cuestión no ha terminado entre ellos y convinieron en verse mañana. Pierre es un impulsivo que comienza siempre por dar a su pensamiento la forma más violenta, la más absoluta; pero si está calmado, puede explicarse con mucha tranquilidad y juicio.

Gide y Pierre, atormentados por la idea de hacer volver a Last, y sobre todo por encontrar la razón que lo decidiera, van a la embajada, donde tienen, en la persona de la embajadora, a una preciosa aliada, para exponerle la idea de una posible propaganda en diferentes países; y esta idea recibe muy buena acogida.

Por la noche, Pierre le hace una visita a Viollis. Quiere ver los efectos de Aragon sobre ella; pero su sola presencia parece afectarla mucho y ahora más. No es cuestión de las delegaciones. Se hace correr el rumor de que Retour de l’urss alcanza ya los 40 mil ejemplares y que, en suma, es un buen negocio por su autor; otros dicen que la actitud de Gide viene de su despecho ¡por no haber sido recibido por Stalin! Cartas y artículos siguen fluyendo. ¡Estamos cansados de leerlos!

 

  1. Hoy en la comida, Pierre y yo le hacemos bromas a Gide sobre la variación de sus registros de voz dependiendo de su interlocutor, y que la forma en que habla por teléfono es típica: voz para los amigos, voz para el padre Doncoeur, voz para las damas, voz para el embajador. “¡Sí –dice Gide–, es curiosa la clase de respeto descabellado que le tengo a la gente que posee algún título! Me gusta mucho ir con Pierre a ver a este tipo de gente. Él no cambia jamás y eso me envalentona. –Y verlo a mi lado aumenta mi audacia –dice Pierre”.

Estamos solos a la hora del té, Gide y yo, y muy sorprendidos de que sea así. Aprovecho para pasarle un artículo del que le había hablado, de alguien llamado Jean Jacob Beucken, aparecido en La Meuse (diario de Liège), en que la crítica, bastante elogiosa, cree descubrir que mi pequeño libro no pudo haber sido escrito sino por Gide. Algunos momentos después, Gide me da el borrador de una respuesta en la que lo desengaña y celebra su crítica.

Herbart ha visto nuevamente a Aragon: su discusión se refiere únicamente a la relación de Herbart con el Partido. No ha sido excluido de él, pero estamos inquietos por la actitud que tomará después. Herbart plantea, para comenzar, que es absolutamente necesario hablar claramente sobre ciertas cuestiones, sobre todo libremente. Aragon parece dispuesto a darle la razón sobre ciertos puntos dado que se calla. Ambicioso, Aragon no puede figurarse que Pierre no lo sea, y cree que busca dirigir una oposición con la ayuda de Gide. Por lo menos es lo que Pierre cree entrever. La entrevista parece haber sido muy tormentosa.

 

  1. Ayer, al terminar el día, visita de Naville. Pierre y Élisabeth no están. Volvemos, para comenzar, a los “Papeles de Fabio”. Habiendo durado mucho el juego, nos revela que él creía ¡que eran de Valéry! Nos sentimos completamente desconcertados y seguros de que se equivoca burdamente. Si algunos signos externos pueden atribuirse a Valéry, el espíritu nos parece opuesto al suyo. Naville no se desanima, va a proseguir sus investigaciones (¡yo, por mi parte, pienso que en el fondo esos papeles no valen la pena!). Después le hablamos de las hojas intituladas Nourritures y le decimos ¡que de ellas no habíamos dudado! Enseguida se da un interesante intercambio entre Gide y él, ruborizado por haber sido descubierto y muy contento en el fondo. Gide reconoce: “No le oculto que además del interés que he sentido por esas páginas, me han hecho reflexionar mucho. He sido forzado a tenerlas en cuenta porque si bien su posición me parece insostenible, tampoco estoy seguro de que la mía sea más defendible. La naturaleza nos enseña que una especie que se desarrolla en su medio alcanza un cierto desarrollo, digamos simplemente que da todo lo que puede dar; y que de repente no sea eso verdad para el hombre, porque piensa que ha entrado fatalmente en bancarrota, es lo que yo no puedo admitir fácilmente”. Naville opone a eso precisamente, desde que ha pensado en ello, que el capital de la dicha no existe ya y que por lo tanto uno no puede decir bancarrota frente a la desgracia; es natural, y por lo tanto no hay más que aceptarla. Dice también que en Les nouvelles nourritures, por primera vez en la obra de Gide, la expresión le ha parecido superar al pensamiento, exagerarlo, con un acento buscado, resuelto. “¡Y si eso fuera –dice Gide–, sería la única vía de escape a la desesperanza! Ahora, no pierda de vista que esos acentos que le parecen exagerados en Les nouvelles nourritures, son acentos líricos; si estuvieran en verso le parecerían naturales; son pasajes poéticos, tienen derecho a esta transposición. –Sí, pero entonces usted mezcla allí muchos argumentos”. La desgracia… la alegría… el destino humano… recaen fatalmente en los problemas del momento. El hombre no puede transformarse más que desde el interior –¿debería comenzar por las circunstancias? ¿Deberían marchar las dos a la par? ¿El hombre secreta fatalmente su desgracia?–. Gide es como una tierra profundamente labrada. Presiento que en él eso es todo, todo lo que es puesto en duda, y que en la conversación sobre su libro evita ir hasta el fondo al no saber qué va a encontrar.

Desde esta mañana, lee el Livre rouge de procès de Moscou, publicado por los trotsquistas, y es perturbado tanto como yo misma lo fui. Si todo lo que se revela en él es cierto, este asunto parece uno de los más monstruosos de la historia. Durante ese tiempo, Pierre y Élisabeth leen febrilmente La Révolution trahie de Trotski, y, por la reflexión que hacen, siente uno todo el alabeo que está a punto de operarse en ellos. “¡Hasta ahora, yo me había abstenido de leer los libros de Trotski por… religión, como uno evita los malos libros… pero…!” Habla de su estancia en España. “Los mamparos estancos entre los rusos y los extranjeros que Gide denuncia en su libro los he reencontrado en España: ¡incluso allá, incluso en la lucha, se evitan cuidadosamente, tanto como sea posible, los contactos entre rusos y españoles, los contactos no supervisados! Nada es menos fraternal que las relaciones humanas que he visto cuando había rusos: siempre la desconfianza y la delación”. Pierre también parece profundamente perturbado y no sabe muy bien hasta donde irá su reacción, su impaciencia natural sufre de esa vacilación inhabitual.

Quisiera hablar un poco de Catherine. No significa, por lo demás, salir de mi tema. Por encantador y entrañable que pueda ser su carácter tan particular, es cierto que desde que ha salido de la infancia las relaciones de la vida cotidiana son para ella muy difíciles. Es muy difícil de comprender, menos aún de explicar el porqué y el cómo, dado que no tenemos verdaderamente ninguna falta que reprocharle. Para comenzar, ella es muy dependiente de su humor, cuyos cambios parecen infranqueables; es como una prisión, una celosía que se cierra bruscamente entre ella y nosotros. Hay sin duda razones físicas no evidentes, muchos niños pasan por ello –Élisabeth ha pasado por una fase análoga–. Pero lo que complica todo con Catherine es la imposibilidad absoluta de una explicación satisfactoria con ella: no cede ni se defiende; jamás se tiene la impresión de haber limpiado el lugar, chapoteamos en el malentendido. Y aquí encuentro exactamente el mecanismo tan peculiar del espíritu de Gide (digo “espíritu” a falta de una mejor expresión, pues son disposiciones profundamente ligadas a su temperamento), pero en ella funciona de una forma indescifrable. Es como si ella poseyera sólo instrumentos demasiado complicados para su edad. Si yo no conociera a Bypeed tan bien, no comprendería a Catherine para nada. Me pregunto si él sería así de joven. Apostaría que sí. Como él, ella toma todo por el extremo más inesperado; como él, a ella le repugna explicarse; como él, ella se salta uno o dos eslabones de su razonamiento que le parecen inútiles, pero que resultan importantes para quien escucha; como él, ella tiene una manera de cambiar de opinión sin sentir la necesidad de hacerlo saber, lo que conduce en ella a los “naturalmente” intempestivos y desconcertantes allí donde uno esperaba protestas. Pero ella no tiene ni la concisión sutil de Gide, ni la burla de sí mismo, que por lo general no se tiene a esa edad, tampoco cierta gracia discreta que le viene en parte de la coacción de su educación. Pero este sesgo, esta simulación en la fantasía, esta forma diestra y ligera de tomar la delantera no son intolerables más que en las relaciones prácticas, en los asuntos indispensables para la marcha de la vida, en los comentarios que hacer, en las disposiciones que adoptar, es por ello por lo que Gide está mal situado hasta ahora para percibirlos: mientras que Élisabeth y yo, que tenemos el ingrato papel de representar la regla, la disciplina, hemos intercambiado muchas veces nuestras reflexiones sobre este tema.

 

  1. Ayer, sin duda exasperada por una paciencia demasiado larga, tuve una escena muy viva con Catherine, y por futilidades –siempre es por futilidades–; no hay de qué culparla, pero tropezamos con ella como con las pequeñas piedras del camino. Gide, quien estaba a punto de entrar, nos oyó, y como salí irritada y dolida trató de calmarme. Él tenía un aire de derrota y tristeza, pues tiene necesidad, tanto como yo, de sentir armonía alrededor de él. Pero seguramente pensó que yo estaba fatigada y que exageraba.

Había aceptado una cita para las seis con Bergery. A mitad de la entrevista se las arregló para decirle: “Lo que usted expone le interesará mucho a Pierre Herbart, uno de mis compañeros de viaje, que está aquí”. Y fue a buscar a Pierre, como uno va en busca de refuerzos. Su conversación se prolongó hasta tarde. Pierre regresó irritado y Gide exhausto.

Bergery habló todo el tiempo, asediando a Gide. Todo el mundo en este momento desea atraerlo a su campo. ¡Y él, que necesita que lo dejen en paz, se defiende muy mal! Pierre dice bien: “Estas conversaciones, en las que él sale de su ámbito, lo desbordan y lo molestan tanto que, para ocultar sus sentimientos, se siente obligado a adoptar un aire doblemente atento e interesado, lo que naturalmente cumple su función y anima al otro a continuar”.

 

  1. Citas, correspondencia y diarios. Diarios hasta el hartazgo. En la noche crapettes para distenderse sólo con Élisabeth, pero a las que me piden que asista para aderezar la animación.

 

1 de diciembre. En la Embajada de España, sin noticias de Last. La embajadora había prometido informarse. Pide una reunión con Gide y Pierre para conversar sobre la idea de la propaganda que considera muy importante. Clara Malraux se lamenta todo el tiempo por teléfono, tiene necesidad de estar en escena y que los hombres se ocupen de ella. Esta vez, evidentemente, la ocasión es propicia y ella la aprovecha. Debe haber un gran mitin en favor de España aquí el próximo domingo; a ella le parece que es una buena razón para pedirle a Malraux que regrese y quiere que se le telegrafié y que sea Gide quien lo presione, etc. Puras cosas inadmisibles pero terminamos por ceder. A propósito, recuerdo que una noche en la que Alix y yo nos mostramos particularmente intransigentes por esta actitud patética, egoísta, esa falta de valor moral de Clara, Gide dijo: “Es curioso: frente a las deficiencias de inteligencia mostramos cierta indulgencia, frente a las deficiencias nerviosas pura incomprensión”. Al decirlo, con mucho vigor, es en él mismo en quien piensa, pero eso se aplica muy mal a Clara, cuya deficiencia puede ser también nerviosa, pero sobre todo moral, y como Alix y yo protestamos, dice riendo: “Ustedes dos no tienen comparación, desde el punto de vista del carácter, son las Rothschild de la especialidad!

Gide y Pierre están, pues, en la embajada. Pierre jamás se queda corto cuando se trata de un proyecto que lo haga partir. Habiendo puesto sobre el papel un plan de propaganda muy ingenioso, muy completo, tiene de inmediato la aprobación de la embajada y él lo tiene que organizar.

Hablamos de aquel artículo de Pravda sobre las costumbres de Gide, del que no tenemos más que la vaga alusión hecha por Jean. Herbart se niega a creerlo, pero por otra parte él vio un artículo traducido en casa de Aragon sobre Gide, aparecido en Pravda antes de la publicación del libro; una especie de artículo preventivo, astuto, en el que se afirma que Gide no se ha desprendido del todo de su pasado burgués y es incapaz de comprender las necesidades de la dictadura del proletariado. Dice Gide: “En suma, es mi interpretación la que impugnan”. Pierre: “Sí, y yo, que ya no tengo la seguridad de que su interpretación sea errónea, pienso escribir un segundo artículo para decirlo, por lo menos para decir que, en todo caso, su libro plantea una serie de cuestiones que yo quisiera que se respondieran. Solamente, incluso si llegara a darle completamente la razón, agregaría que fue por casualidad, no, digamos que por presentimiento, que ha llegado a ella, y no mediante la documentación seria o por razonamiento”.

 

  1. Días más tranquilos. Herbart me dice cuánto deplora que Gide sea demasiado confiado al dejar rodar todos sus papeles y otorgar su confianza a individuos que no conoce o conoce apenas; así, él está plenamente convencido de que su libro fue conocido por completo antes de que apareciera, y no solamente por esa extraordinaria necesidad de comunicación que tiene y que vuelve su silencio algo casi imposible sobre lo que sea y sobre todo sobre él mismo, sino por auténticas indiscreciones cometidas en su casa, sin saberlo. Lo creo muy posible.

Sí, todo se calma –un poco–. Pensamos en el bureau de Propaganda español.

Me parece que no es gratuito que Pierre se haya sumergido en el libro de Trotski; todo eso parece abrir un camino en él, ¿o me equivoco?

Antes de la comida, visita tormentosa de Mme Dabit. Se habría enterado de un testamento que la vuelve legataria universal y está indignada de que no le hayan entregado todavía los Cuadernos. Gide la calma con mucho esfuerzo y propone, de acuerdo con ella, dirigirle un telegrama a Martin du Gard para exigir los Cuadernos que le enviaron. Deseoso de poner a Chauveau (gran amigo de Dabit) al corriente, le telefonea y le pide que venga a pasar la tarde con nosotros.

Cuando nos levantamos de la mesa, timbrazo del teléfono y el emocionante: “Madrid al habla”. Es la voz clara de Malraux y pregunta las razones precisas del telegrama que acaba de recibir: “Mitin importante domingo, presencia deseable”. Nos sentimos forzados a responder: “Nada misterioso, sólo lo que dice el telegrama”. Él responde que vendrá si puede, y agrega: “Aquí todo va de mejor en mejor”.

Chauveau le había escrito a Gide, al recibir el Retour d l’urss, que creía el libro inoportuno y peligroso para la causa del Frente Popular. Gide parece estar empeñado en defender su posición delante de él y, al contarle las cosas sin restricciones, le habla de las cartas de Last. Sólo somos tres: Pierre ha ido a ver a Viollis y Élisabeth escribe. Gide habla de un modo apremiante, más emocionado que de costumbre, y comprendo que es la primera vez que lo oigo hablar de todo lo que vio allá y siento el ardor de su indignación y que él no había podido contener. Chauveau luce muy trastornado. Nos deslizamos al proceso de Moscú, interminable, insondable asunto. Compruebo hasta qué punto le es imposible callarse cualquier cosa. Sabe, está consciente, reconoce que ha cometido una gran imprudencia, una imprudencia que puede tener repugnantes consecuencias al hablar de Pasternak y de lo que él piensa y dice. Pero es necesario que recomience, que vuelva a decir las palabras de Pasternak porque le parecen bellas, y también porque le parece que son un argumento de peso: decir le parece más importante que callar. Yo sé bien que Chauveau es discreto y que es uno de los tres a quienes uno dice fácilmente todo, cuya honestidad es casi tangible.

  1. Esta mañana debe encontrarse con Cassou. Cassou, en suma, se muestra totalmente opuesto a la publicación del Retour d l’urss pero se dice contento de haber podido charlar largamente con Gide y de comprender que la posición que tomó no ha sido solamente la del intelectual desde el punto de vista de la cultura.

Herbart tiene un aspecto horrible, no duerme. Se ha ido a una especie de casa de salud en las afueras de París.

 

  1. Ayer sábado, Bypeed esperaba mostrarle a Catherine, en una sesión privada, un nuevo filme ruso; como no se pudo hacer, para no decepcionarla, nos lleva a todos a ver Sous les yeux d’Occident y la función ha conmovido a Catherine. Creo que él ha decidido que la llevará a Suiza durante las vacaciones de Navidad para que haga deportes de invierno, lo cual me parece una excelente idea.

 

  1. Esta mañana recibe de nuevo uno de esos gruesos correos que a la vez le interesan y lo agobian, y, para hablar de eso, viene a fumar su primer cigarrillo con Élisabeth y conmigo en la mesa del desayuno. Nos lee una larga carta de Martin, quien le relata un mitin realizado en Niza alrededor de su libro por los amigos de la urss, y en el que su libro fue atacado, demolido a golpes de documentos. Su primera reacción fue de extravío, pero se repuso y decidió que no tenía por qué defenderse. A la una salió para Cuverville y regresará sin duda el fin de semana, verosímilmente al mismo tiempo que Pierre. Me propone comer con él en los alrededores de la estación Saint-Lazare –se trata de una vieja costumbre–, y lo acompaño al tren.

De Cuverville telefonea varias veces para saber cómo sopla el viento; regresará el viernes 11.

 

  1. No lo veo hasta la hora de la comida. Él me esperaba examinando un correo enorme, aunque a él adjunta el que le hicimos llegar a Cuverville. Se siente un poco decepcionada por no haber podido todavía encontrar a Pierre. Sentimos que, en lo que concierne a la actitud a tomar en el asunto de la urss, no puede dejar de abstenerse de él.

 

  1. Esta mañana larga conversación a propósito de Clara Malraux, a quien había ido a ver al regresar. La ha encontrada muy excitada a propósito de un telegrama de Malraux, enigmático adrede: “Cerca ya”, que puede calmarla por un posible retorno, pero también por una solución victoriosa en España. Ella está enojada también con Alix, a quien su falta de arrojo y sus pequeñas comedias femeninas impacientan e impiden ir a verla. Nada le disgusta más que los disentimientos, los malentendidos entre amigos. Pero tiene, al hablar de Clara, un punto de vista fluctuante, y acabo por decirle que aquellos que la escuchan con demasiada complacencia me parecen un poco responsables de su actitud cargante y ridícula. “Sí –dice él–, comenzando por mí. Lo sé bien”. Él tiene tan poco interés en defenderse que resulta desarmante, por lo que me calmo de inmediato y estoy dispuesta a invitar a Clara si él quiere; pero no lo quiere en absoluto.

Recibe la visita de un hombre joven al que no conoce, hermano de aquel Queneau a quien ayudo a ir a Marruecos. Él también quiere irse lejos, está dispuesto a todo. Su aspecto decidido conquista a Gide y de inmediato promete ayudarlo. Todo el día y la mañana del siguiente estará ocupado en las gestiones con Rivet, con de Urbin, el director del nuevo zoológico de Vincennes, con Deterli, quien está en una buena situación en las Mensajerías marítimas. Entusiasmado, tenaz, como si tratase de él mismo. “Piense –dice– que el destino de este joven va a decidirse tal vez, y eso me divierte y me hace comprender hasta dónde llega mi crédito”. Percibe que de Urbin podría añadir a ese joven a una misión que parte a la caza de algunos animales salvajes, y que le conseguirá un pasaje gratuito en una compañía que le asegure sus alimentos. Está entusiasmado por la posibilidad de lograrlo.