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Lexicomanía | Por Adalber Salas Hernández

Par bonheur, j’avais été pris très jeune de lexicomanie.
Charles Baudelaire

Los diccionarios son criaturas ambiguas. Para algunos resultan temibles, capaces de coartar la capacidad creadora de cualquier escritor que los consulte. Los más alarmistas incluso les atribuyen el poder de paralizar el devenir de la lengua misma. Otros ven en el diccionario un tomo repleto de modestas revelaciones, una herramienta a la hora de practicar la taumaturgia del lenguaje.
Ambas son formas antitéticas de una misma superstición. Y cómo no iba a producir tales miedos o esperanzas, cómo no iba a presentarse como mágico, ante nuestra imaginación, un libro enteramente dedicado a exponer lo que las palabras son. Lo que delatan estas creencias desmesuradas en torno al diccionario, lo que confesamos con ellas sin quererlo, es la importancia que tienen las palabras para nosotros. Pues lo que ellas son, también nosotros lo somos. Un volumen que presente y acote nuestros vocablos será entonces, secretamente, nuestro espejo más implacable.
Así, los diccionarios declaran nuestra transparencia. Por ello, cuando afirmé que el diccionario era una criatura ambigua, debí haber dicho que, de hecho, es una criatura mitológica. Y ello por dos razones: tanto por la mirada repleta de asombro fabuloso que le lanzan tan a menudo como por su contenido. Y es que el diccionario guarda dentro de sí, en sus entradas, el recuento de nuestros grandes mitos, encarnados en una serie de vocablos cuyo peso se deja sentir con gran fuerza en nuestro universo simbólico –donde ejercen una genuina atracción gravitacional–. En Diccionarios, discursos etnográficos, universos léxicos, Francisco Javier Pérez lo pone en estos términos: “Queda a la vista, pues, cómo en todos los campos léxico-semánticos que abarca el corpus del diccionario están entrando en juego factores ideológico-culturales, educativo-morales, político-sociales y, en definitiva, está siendo determinante una visión del mundo, racional y afectiva, que define la naturaleza del diccionario y lo privilegia como objeto cultural: símbolo y representación de una sociedad, a la que explica al explicar las palabras de sus realidades y de la que será, una vez elaborado, su propia imagen.” Las páginas que resultan del trabajo lexicográfico conjugan nuestras ilusiones y temores, nuestras pugnas internas, nuestras obsesiones, nuestros dilemas insolubles como sociedad. Un diccionario es el doble especular del conglomerado humano que lo ha producido.
No en vano la figura del doble ha producido tanto recelo en numerosas culturas –entre ellas, de manera protagónica, la nuestra, fijada en sus mecanismos de autorrepresentación–. El doble nos fuerza a descubrirnos, nos obliga a encontrar el lado falaz en nuestras insignias simbólicas. Dicho de otro modo: sólo a través del doble se accede a la propia desnudez. Y es esta la desnudez que pone frente a nosotros el diccionario, no solamente al señalar las palabras que manifiestamente nos constituyen, sino al omitir otras que nos forman en igual medida. Sus oquedades nos recuerdan a las nuestras, las que se encuentran en la visión de nosotros mismos que sostenemos. Sus faltas tienen nuestro nombre.
Hay una palabra que me ha sido imposible encontrar en la más reciente edición del Diccionario de la Real Academia Española. Pero no me sorprende, pues se trata de un calco del francés: lexicomanía, proveniente de lexicomanie –aquella dolencia que Baudelaire, en conversación con Théophile Gautier, confesó haber sufrido de joven: una pasión desmesurada por los diccionarios–. No obstante la sorpresa me alcanzó un poco al descubrir que la voz tampoco se halla registrada en el Grand Robert o el Larousse. Es una lástima que tal palabra no esté registrada, más allá de los textos de Baudelaire. En cierto sentido, esta enfermedad aqueja a nuestra cultura desde hace siglos.
La lexicomanía bien podría encontrarse expuesta en alguna de las cinco ediciones del DSM (el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders de la American Psychiatric Association) también un diccionario a su manera, cuyo uso se ha extendido epidémicamente por el mundo. Quizás podría estar clasificado este trastorno lexicográfico entre las erotomanías. Sin embargo parece que hay muy pocas personas dispuestas a dejarse atacar por la lexicomanía. Se trata, además, de un desorden que requiere del sujeto que lo padece un cultivo constante, atención y rigor.
Puede que por eso no tenga tantos adeptos –o pacientes, si se quiere–. Pero de cuando en cuando alguno se destaca produciendo, a su vez, el objeto de su pasión. Uno de tales lexicómanos es León Félix Batista, quien guarda en su producción poética un volumen singular: Delirium semen, y se encuentra, como pocos otros libros, a medio camino entre lexicografía y poesía. Cada uno de los textos que lo componen es una entrada de diccionario, tal y como nos hemos acostumbrado a leer, pero con una salvedad: las palabras definidas pertenecen al ámbito de lo erótico y las definiciones son poemas en prosa donde se mezclan relato y metáfora en una sola amalgama.
Una de sus voces, Brutal, contiene entre sus primeras frases una posible razón de ser para la peculiar estructura del libro:

BRUTAL (adj., del lat. brutalis) Desarticular un nudo por redefinir el ego, los fragmentos que no han sido formulados en un todo. Dar al busto y a los brazos cuadratura duradera, como ofidios que yo mismo formulé.

En estas prosas breves y condensadas, Batista lleva a un nivel inusitado su dicción habitual. La voz que tan propia le es, profusa en imágenes, alcanza en este libro un espesor exacto y brutal. Cada uno de los poemas de Delirium semen desarticula el nudo de la palabra que define, deshaciéndose así de la explicación común a todos los hablantes de la lengua, para esbozar otra, radicalmente propia, potestad única del sujeto que se dice en sus páginas. El vocabulario erótico es siempre justamente eso: fragmentos que no han sido formulados en un todo, pero que aquí un yo reúne, sin con ello restar independencia a cada una de las palabras.
Tal empresa implica, a su vez, realizar el retrato de un cuerpo. Pues hay vocablos cuya potencia es material, vocablos que impactan físicamente, ésos cuya grafía se inscribe en la carne, modificándola. Sílabas que, puestas en un orden específico, forman los hitos de la historia que ha recorrido nuestra piel. Este diccionario/poemario cataloga exclusivamente esas voces. Sólo ellas le importan. Sólo ellas lo excitan. Nada más desean las palabras que nos entregan al cuerpo en los límites de sí mismo, inmerso en la experiencia erótica que lo talla:

DOLOROSO (adj., del lat. dolorosus) […] Abandona sin efecto mi anterior autonomía en tal bloque tallar: no habrá sujeto previo. Y hasta hacer la carne así: desconchones en suspenso que progresen dúctilmente hacia la condensación.

El acto de ordenar y elaborar el vocabulario interno de la propia experiencia erótica conlleva, inevitablemente, una puesta en cuestión del sujeto mismo. Y doblemente, pues lo erótico es ya, de antemano, un traspasar nuestros límites, un hallarnos en las fronteras de lo que somos. Pero tomar las palabras que constituyen esa experiencia y ahondarlas, descubrir para ellas nuevos pliegues, es prolongar la crisis, es preguntarse por lo que constituye al sujeto como actor de su deseo. Es un proceso doloroso, este de abandonar la autonomía que se sostenía previamente, para empezar a esculpirse una nueva carne, letra a letra.
Que el diccionario está hecho para los ignorantes, es un prejuicio bastante común. Algunos han querido ver en su utilización y consulta un signo de debilidad, de desconexión con la propia lengua. De estos despreciadores de la lexicografía se burlaba Flaubert en su Dictionnaire des Idées Reçues cuando, al definir el objeto en cuestión, lo hacía de esta manera: “DICTIONNAIRE: En dire: ‘N’est fait que pour les ignorants’. Dictionaire de rimes: s’en servir? Honteux!” Sin embargo, es justamente esa ignorancia la que es requisito ineludible al momento de establecer una relación individual con la propia lengua. Develar la extrañeza que hay en las palabras, los sentidos que son capaces de producir –es decir: desconocerlas– es tarea de la poesía. Y hasta el diccionario de rimas puede servir para ello, estableciendo relaciones entre los vocablos a partir de sus sonidos, y produciendo con ello destellos de sentido. Delirium semen es un diccionario cuya fuerza motriz es esa ignorancia que tantos menosprecian injustamente. Sólo a través de ella puede crear nuevas dimensiones semánticas.
Como todo diccionario, el libro de Batista eventualmente se ve confrontado con la tarea de definirse a sí mismo. Sin embargo, no hay una entrada que lleve su título; por el contrario, esa determinación queda traspuesta en metáfora:

HÚMEDO (adj., del lat. humidus) En el juego de plasmar en palimpsestos la experiencia de la sangre en combustión (en los fastos que circuyen cada nido faltando los fragmentos unitarios) aparecen los diseños de engranajes, oscilando entre materia y abstracción. Están en la tarima, bajo playeras húmedas: la piel como esplendor, superficie de registro. Imposible percibirlos, precisar su evolución, las franelas como réplicas de réplicas. Permanecen indelebles dentro del calor perpetuo a fin de hacer patente la constancia de su culto. Aquí son consignados para inmortalidad. Aquí dejo su imposible transcripción.

En el juego de coser entre sí trozos disímiles, en el juego de ensamblar metáforas en un todo heterogéneo, en el juego de redactar, en suma, las entradas de Delirium semen, aparecen los mecanismos internos de la escritura, con su vaivén entre la imagen concreta y el concepto. Pero este intento, el despliegue de esta poética lexicográfica ocurre como un concurso de camisetas mojadas llevado a cabo en una playa: la piel, bajo el blanco líquido y huidizo de la franela o la página, es superficie de registro, lugar donde se inscribe en relieve todo este vocabulario de lo carnal. El acto de escribirlo es dejar constancia de su culto, de la adoración ineludible que suscita cada una de estas palabras en su hablante.
Este procedimiento es propio de la poética de Batista, considerada en su conjunto. A lo largo de su obra, lo abstracto y lo concreto se funden hasta volverse indistintos. Su escritura, omnívora, deja de llamarse por ese nombre para adoptar otro, más adecuado a sus fines: excritura. La excritura se ejercita para hacer del texto, su producto, un espacio de intercambio abierto, una región de tránsito semántico, donde las significaciones vayan y vengan. Un dispositivo de combate contra la tendencia a fijar el sentido de las palabras de modo unívoco. Como dice el propio Batista en una breve prosa que podríamos leer como su declaración de principios, y que titula justamente La excritura: “Descreo, por eso, del poema como objeto prosódico cerrado: existe el texto (y punto) y pretendo conformarlo en un cuerpo de simbiosis: un ánimo mestizo desarrollado como el asalto de la sinuosidad a la corrección gramatical (escudo del Poder), como agresividad de forma frente a los edificios discursivos del Control.” Es una apuesta por la sinuosidad de la materia significante, por su maleabilidad, por el carácter ofídico y mutante del decir.
Ello implica, en buena medida, impugnar el acto mismo de definir. Esta actividad, tan cara a los “edificios discursivos del Control”, puede volverse contra ellos si es radicalmente particularizada, si el sujeto hablante que la lleva a cabo se apropia de ella totalmente. Y esto es lo que sucede en Delirium semen: no solamente se hace el ordenamiento de un singular conjunto léxico, sino que se ejecuta una crítica de nuestras nociones en torno al lenguaje.
Nuestras palabras piensan por nosotros, las más de las veces sin que nos percatemos. Pero podemos problematizarlas, abandonar la instancia pasiva que tan naturalmente se nos da para entrar en contacto con la lengua desde otra posición. Las primeras líneas de la entrada Labial dan cuenta de este cuestionamiento lanzado contra la tarea de definir:

LABIAL (adj., de labio, del lat. labium) Si se quiere definirlos se precisa designarlos vena a vena y para sí; vulnerar sus fortalezas descendiendo hasta las carnes, como albúmina que va por las vertientes.

Usualmente comprendemos tal tarea de un modo muy superficial, contentándonos con lo que se nos ha enseñado sobre ella. Pero una mirada más atenta nos revela que ella implica, en última instancia, una imposibilidad. La labor de definir los labios vena a vena y para sí carece de final. La escritura no puede traspasar los linderos de la carne. Y la excritura, en su práctica, lo sabe: por eso se instala justamente en el límite, en su fracaso gozoso, dejando como rastro esa imposible transcripción mencionada en Húmedo.
Batista podría hacer suyas las palabras de Ambrose Bierce en su Devil’s dictionary: “Dictionary, n. A malevolent literary device for cramping the growth of a language and making it hard and inelastic. This dictionary, however, is a most useful work.” La ironía de Bierce es certera: si tomáramos al pie de la letra la definición que proporciona, entonces nos veríamos enfrentados a una contradicción. No podemos desear para cada palabra un solo sentido –hacerlo sería mutilarnos. La lengua es, ante todo, un sistema erótico. No cesa de derramarse más allá de sus límites.
Quienes ven en la empresa de clasificar y explicar una manera de ejercer control, y por esto mismo ven en la lexicografía una aliada, se engañan. Los diccionarios no son esas represas lingüísticas de las que se burla Bierce –las cuales, como él sabía, no existen–, sino un instrumento que amplía las fronteras de la lengua que lo produjo, al registrar múltiples facetas de cada voz –todo vocablo es un poliedro con numerosos rostros que desconocemos– y al recordar aquellas que han caído en desuso. Se ocupa en ser la memoria del idioma. Es decir, es una obra literaria.
Pero su destino es la derrota: es arrollado por el peso de la lengua en cuyo seno se asienta. “Inacabado e imperfecto por definición, el diccionario siempre resultará derrotado por la realidad de lengua que intenta comprender”, escribe Francisco Javier Pérez en el prólogo a su Diccionario histórico del español de Venezuela . No podría ser de otra forma: debe ser vencido por la lengua para salvarse. Ya que, si el diccionario prevaleciera sobre la lengua que estudia, entonces su razón de ser se perdería. Para seguir existiendo, el diccionario se dedica a una tarea interminable: por ella se define.
La excritura que ejercita Batista en Delirium semen es fiel a este principio de fracaso que une a todos los diccionarios. Como lo declaraba en Labial y como, en otros términos, lo deja saber en las primeras frases de Condón:

CONDÓN (m., del apellido de su inventor, el inglés Condom) Escribo en crudo, así, episodios a editar, de pronto con engastes, serpientes en suspenso y légamos que extienden su eficacia.

La escritura como intento, como reunión de fragmentos, como colección de ruinas: una vez que hemos definido algo, descubrimos que tal acción ha caducado en el momento mismo de ejecutarla. Los engastes, las serpientes en suspenso, el limo que se extiende, no hacen más que editar esos episodios –pero cuántas veces fallan, cuántas veces la escritura resulta apenas un condón puesto sobre la carne viva.
La poética de Batista intenta franquear esta barrera, siempre contrabandeando mercancías significantes, diseñando un código cuya plasticidad acerca la materia latiente del cuerpo y la materia fonética del idioma. Crea una zona de indecisión entre lo corporal y lo lingüístico. Hace uso de un enorme rango de palabras, empleándolas ávidamente. Se diría que quiere agotar el idioma en el que escribe. En este aspecto, Delirium semen no es una excepción: elide conjunciones, desaparece comas, se vale de perífrasis ansiosas, como si se quedara sin aliento. Pareciera querer consumir todo vocablo a la mano. Su objeto de deseo es la lengua misma: la busca como a una amante, desesperado.
No obstante, esta pasión es, implacablemente, su cárcel. Como sentencia Roland Barthes en su prefacio al diccionario Hachette: “El lenguaje no es solamente el privilegio del hombre, es también su prisión. Eso es lo que nos recuerda el diccionario.” Condenado a este deseo, maniatado por él, Delirium semen se entrega al intento de cuajar, en su lexicografía poética, la experiencia erótica –y al hacerlo, pone en práctica su deseo por la lengua misma, representándolo en cada definición:

CARNAL (adj., del lat. carnalis) Demencia entre los cuerpos de sablazos de luz negra. Bailamos una escena de safari de un tapiz. Rudo ruido de metales, tenaz entre las cuerdas, sobreviene por encima, cuando instala en los cerebros la vacancia de su espacio. En el drama la mudez, purgación sustituida por un acero raudo, sucesivo y contundente. Frente a mí su cabellera, la morfina de un estuario, repetibles sus arcadas contra los desfiladeros. Tantos arcos inauditos y despliegues de una elipse, mutaciones en zigzag a las que no sé dar réplica. La violenta anatomía y el alcohólico estupor descalabran ambas sienes. Sólo el vértigo es (entonces) sostenible.

El encuentro entre dos cuerpos, el choque físico, queda registrado aquí en forma de pugna, donde además de las carnes también se buscan las sílabas. Se funden fluidos y sentidos –fluyen los significados, significan los fluidos. Sin palabras no hay erotismo, sino sexualidad asignificante –biología, apenas. Este encuentro quiebra el cuerpo, lo rompe en palabras. En el fondo, toda experiencia erótica pide un diccionario. O lo que es lo mismo: en el fondo toda experiencia erótica exige su representación, aunque sepa que fracasará.
El sujeto hablante de estos poemas, de estas entradas –que son también corporales orificios de sentido– lo sabe perfectamente. Ejerce su actividad lexicográfica y poética partiendo de este presupuesto, avanzando a ciegas, colocándose así en los bordes que median, tartamudos, entre la piel y el sonido articulado. Como bien dice, contundente, en otra de las voces que registra:

ESCLAVA (adj. f., del b. lat. esclavus) […] la carne escribe a oscuras.

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