PLURAL

La sintaxis de Plural | Por Gabriel Wolfson

Creo que podemos imaginar la escena: Octavio Paz da una conferencia en algún salón de Harvard, es el verano de 1972 o quizás incluso los primeros meses del 74. Carlos, un talentoso joven mexicano que hace su posgrado en economía política, advertido por The Crimson o por algún cartel engrapado en un corcho, decide asistir y, cómo no, hacer tiempo al final de la charla para ver si puede saludar al eminente poeta y exdiplomático con el pretexto de que son paisanos. Acaso conversan, en efecto, en las butacas del mismo auditorio o en algún café cercano. Paz, igual que desde 1971, cuando arrancó Plural, y en realidad desde unos años antes, está ansioso por conocer y reclutar jóvenes mexicanos que escriban bien, así que muy probablemente haya pagado el café de ese estudiante que comenzaba a pensar en la participación política en las zonas rurales mexicanas como tema de tesis. Para noviembre de 1974, en el número 38, Plural ofrece un “Tríptico de la dependencia” a cargo de ciertas promesas patrias que incluye, desde luego, una colaboración del joven de Harvard cuyo título es un homenaje al ripio, “Frustración, concesión y limitación en la visión”, y cuyo primer párrafo no es precisamente un despliegue de soltura ni de sintaxis: “El propósito del presente ensayo es tratar de mostrar la insuficiencia de un enfoque teórico como el de la dependencia cuando ignoran [sic] algunos aspectos concretos que se dan en el ámbito político. Ignorar esos aspectos puede invalidar el análisis general. Una muestra de esta limitación es el caso de perder de vista la importancia que adquiere dentro de las distintas coyunturas internacionales el juego político de los grupos internos de poder.” (Plural 38: 26)

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Sería muy sencillo, y muy tentador, trazar un puente entre ese texto —que quizá sea el peor de todos los publicados en Plural, incluidos algunos de los más aburridos poemas en prosa de Aridjis— y las palabras que, en Pequeña crónica de grandes días, de 1990, Paz dedica a aquel joven y por suerte efímero colaborador de la revista: “El presidente Salinas de Gortari ha declarado muchas veces que uno de los propósitos esenciales de su gobierno es la modernización del país. Tal vez habría que decir que es su propósito central. (…) Sobre estas bases [planteadas por De la Madrid] el presidente Salinas ha podido emprender una acción más radical y dinámica.”
En realidad, dicho puente se ha trazado en la mayoría de las ocasiones que se habla de Plural. En realidad, se habla muy poco de Plural, al grado de que el grupo, mafia o élite asociado con el cual suele pensarse a Paz se llama “grupo Vuelta”, no “grupo Plural”, de la misma manera que Letras Libres, como lo anuncia en su página web, se declara heredera de Vuelta y no de Plural. Esto es verificable, asimismo, en los numerosos estudios de distinta extensión y valía dedicados a Paz, a su trayectoria política, a sus revistas, a las reformulaciones del concepto de intelectual en la segunda mitad del siglo XX, en fin: se promete rastrear tales trayectorias o recorridos e inevitablemente se despacha a Plural de un plumazo, es decir, con dos o tres renglones que la ubican como antecedente de Vuelta. Hay varias explicaciones al respecto, desde el hecho de que la colección de Plural no está en línea porque no le pertenece a Editorial Vuelta, hasta el que recurrentemente se lea a Paz, sus empresas y sus obras, desde la imagen petrificada final, la efigie atemorizadora e incómoda, un poco anacrónica, de sus últimos años. Un ejemplo: José Agustín, en el tomo dos de su Tragicomedia mexicana: “Plural en lo más mínimo hizo honor a su nombre y pronto conformó una mafia compuesta por Gabriel Zaid, Enrique Krauze, Alejandro Rossi, José de la Colina, Ulalume González de León, Julieta Campos, Salvador Elizondo, Juan García Ponce y unos cuantos más que lograron colarse a este grupo, elitista como pocos y tan hermético como los misterios de Eleusis.”

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En estas palabras no sólo hay una candorosa contradicción —entre el repudio a Plural que quieren transmitir y la al menos aparente frustración por no haber logrado colarse en ella—, sino falsedades provocadas por el hecho de que Agustín, digamos, lee Plural desde Editorial Clío: Krauze no colaboró en Plural hasta el número 46, apenas un año antes del cierre de la revista, y sólo con reseñitas; ni Ulalume ni Julieta Campos —esta última, colaboradora muy menor: seis textos, algunos muy breves, en cinco años— formaron parte del tardío Consejo de Redacción; y en cambio —para seguir con la jerga conspirativa— no se menciona la verdadera mano ejecutora de Paz, quien más contribuyó a perfilar la imagen y la sintaxis de Plural: Kasuya Sakai. Tan misterioso resultaba Sakai, por cierto, tan propio para el imaginario mafioso, que en una carta a Cabrera Infante, y para desmentir que fuera una “invención de Octavio Paz”, se describió de la siguiente manera: “Just in case, soy de sexo masculino, argentino-japonés, educado en Tokyo, pintor y orientalista (literatura y teatro japonés), y ahora, escribo de vez en cuando crónicas sobre arte y jazz.”
Hay que señalar, no obstante, que el responsable de estas lecturas siempre insuficientes y a posteriori de Plural, en buena medida, es Paz mismo: a partir de finales de los ochenta, Paz se dedicó a reescribirse, a otorgar una coherencia imposible a su trayectoria, actualizándose, corrigiéndose, presentándose incluso como un permanente oráculo —con prólogos y notas al pie, agregados al ordenar sus Obras completas, donde advertía, por ejemplo, que tal o cual episodio ya los había pronosticado él muchos años atrás—, modificando lo escrito en el pasado para traerlo siempre hasta el dique de lo actual. Si se revisa el tomo nueve de sus Obras completas —cuyo título, “La letra y el cetro”, proviene por cierto de una lejana participación en Plural, de 1972—, que comprende básicamente sus ensayos y artículos sobre política, sus intervenciones coyunturales, se atisba entre líneas este afán: no sólo por “Itinerario”, el largo ensayo inicial donde el Paz de 1993 nos indica cómo leer al Paz de 1950 o 1977, sino por la gran cantidad de notas con que aclara las fechas y circunstancias de escritura de cada pequeña intervención pasada, notas que, sin embargo, no consiguen borrar las disonancias entre las ideas tremendamente pulidas y barnizadas del Paz final y sus ideas provisionales y matizadas, sus dudas, sus concesiones, de las décadas anteriores, disonancias que hace ver la pura reunión de los textos en un mismo volumen. Así, no sólo es José Agustín, entre otros, quien lee al Paz de 1971 desde la perspectiva postperestroika —la del Paz que exuda triunfo—, sino el propio Paz, quien en 1990, por ejemplo, se refirió así a sus ideas políticas asociadas a la creación de Plural: “Nunca fui partidario de la vía revolucionaria, predicada por tantos ideólogos, sino de la transformación gradual y pacífica hacia una democracia plural y moderna. A esta idea, expuesta primero en Postdata (1969), obedeció la fundación de la revista Plural en 1971, que fue tan combatida en su momento. Nos parecía que la alternativa no era el socialismo, como proponían los ideólogos (con los ojos puestos en Cuba), sino la democracia.”
La afirmación es discutible al menos por tres motivos: Paz sí fue partidario, en un momento inicial, de la vía revolucionaria y, por lo que toca a Plural, el socialismo siguió apareciendo como horizonte de posibilidades y deseos durante más de la mitad de sus números —de ahí, por ejemplo, la defensa del régimen de Allende en Chile desde el número 25, de octubre del 73—; la democracia, por otra parte, no apareció como alternativa hasta las últimas entregas de la revista, aunque aún no, ni mucho menos, como paradigma; y en tercer lugar, la primera persona del plural con que Paz enuncia: en 1971 no existía tal colectividad, y Paz, como apunté arriba, se movía, desesperado, entre universidades mexicanas y estadunidenses, entre mesas de redacción y editoriales, para convocarla poco a poco. En suma, muchos estudiosos y comentaristas de Paz, empezando por el propio Paz, han caído en la tentación de presentar Plural como un vulgar ladrillo del Edificio Vuelta, y a Paz como un excéntrico que presume marginalidad y herejía desde el pent-house.
No es así, o no del todo, en el caso de John King, quien hace pocos años, con la experiencia de haber investigado a fondo la revista Sur, emprendió y publicó el primer estudio extenso dedicado no a Vuelta sino a Plural, de cuyos avances mi ensayo se ayuda en múltiples ocasiones. Sin embargo, el libro de King adolece, desde mi perspectiva, de varias debilidades en su orientación, que podría resumir en dos grandes tipos: 1) una lectura pluralista de Plural o, si se quiere, una lectura paciana de Paz, donde, para analizarla, se parte de las premisas de la propia revista, con lo cual puede caerse en la lógica de los propósitos que tersamente conducen a los logros: los números concretos de Plural convertidos en incisos que comprueban la sólida poética editorial de Plural; 2) en muchos tramos de su libro, King no estudia la revista en tanto revista, es decir, en tanto un cierto tipo específico de objeto y de práctica cultural, sino como mero recipiente —neutro, casi transparente— de textos y discursos. ¿Cómo se observa esto? Por una parte, en su análisis “transversal” a partir de temas (separando, por cierto, dichos temas de acuerdo con la noción autonomista de Paz: la política por un lado, la crítica cultural por otro, lo literario más allá, siempre más allá), lo que desvincula los textos de sus apariciones específicas y de sus modos de presentación en la revista; por otra, en su análisis “ahistórico”, que no contempla los movimientos y ajustes dentro de la revista y que, por tanto, puede leer de la misma manera un texto publicado en 1971 que uno en 1976. Sobre este riesgo, valgan las frases de Pablo Rocca en sus reflexiones sobre la naturaleza y función de las revistas: “[Existen ciertas] líneas [generales] que, a veces, el investigador ve como si se mantuvieran en una tensión imperturbable, lo cual sólo funciona en una férrea lógica pedestre si se las entiende como una construcción a posteriori de ideas o propuestas que tendrán sentido. Muy por el contrario: el azar, el acaso, el accidente (histórico, político, cultural, las sumas internas) cumple un papel decisivo en la experiencia de la revista.”

Por ello, en vez de pensar las revistas culturales como vehículos —intercambiables— que ofrecen contenidos, habría que hacer énfasis en su especificidad formal, aquello que las hace justamente revistas y no cualquier otra cosa, una antología, un anuario, un libro, un hueso político, una sección de periódico, una línea de currículo; pensar, en suma, en la “forma revista” y en su sintaxis, tal como lo planteó Beatriz Sarlo en un breve artículo seminal, “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”: “publiquemos una revista” se traduce como “hagamos política cultural”, es decir, vamos a intervenir en el presente. De esta forma, la revista no es los textos que incluye (que bien pueden apostar al futuro, como tantos avances de grandes novelas —Terra Nostra, Cobra, Pantaleón y las visitadoras, Palinuro de México— que aparecieron en Plural) sino el “conjunto de decisiones [editoriales] tomadas que, básicamente, son la revista misma”, decisiones que consideran, entre otras, “el tipo de letra y el lugar [que ocupa un texto] en las páginas de una revista (…), un orden, una paginación, una forma de titular que, por lo menos idealmente, sirven para definir el campo de lo deseable y lo posible de un proyecto” (pp. 10-12), y a las que habría que agregar las decisiones sobre el uso de imágenes, tipografías, formatos, secciones, la política de traducciones, la de longitud de los textos y, claro, los criterios de inclusión y exclusión, “el haz de problemas que [los editores] eligieron colocar en su centro (o, a la inversa, según los temas que pasaron en silencio)”. Se trataría, pues, de analizar la sintaxis de la revista, el grado de deliberación de tal sintaxis, sus modificaciones, sus determinaciones, para percibir la revista como un discurso lingüístico-visual-temporal concebido para incidir en el presente como, según se dijo ya, una empresa de política cultural, donde, entonces, la sintaxis no se lee sino que se percibe, se olfatea, porque no está en los editoriales, si los hubiera —nunca en el caso de Plural, por cierto—, sino en el conjunto de decisiones de disposición y articulación del material. Y no sobra decir que Paz, un editor apasionado y maniático según todos los testimonios, no conocería el concepto pero se manejaba muy bien en las entretelas de la sintaxis de las revistas: cuando le escribe a Tomás Segovia que “las obras no constituyen por sí solas una literatura. Una literatura viva es un sistema de circulación espiritual, un flujo y reflujo de influencias” no está aludiendo a sus otros metatextos ya practicados, como las antologías, sino, precisamente, a la que pronto sería Plural, como anticipando que las revistas, algún tiempo después de su aparición, enseñan no los textos sino cómo fueron leídos esos textos o, en palabras de Sarlo, “cuáles fueron los límites ideológicos y estéticos que los hicieron visibles o invisibles”.

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Hasta aquí el esbozo de un objeto que, sin que lo sospechara en un principio, se ha revelado como un verdadero y demandante problema, y del que, espero, saldrá un ensayo más amplio en el futuro (en cuanto pase el año Paz, mejor). Por lo pronto, no obstante, me gustaría enlistar algunos de los principales ejes en los que la sintaxis de Plural podrá ser abordada y después bocetar brevemente uno de ellos.
1. En contra de lo que, como digo, normalmente se apunta en relación con Paz y su gente cercana, en Plural habría que plantear la decidida no existencia de un grupo al comienzo de la revista y después su formación muy paulatina. Para este eje deberán explorarse las distintas revistas imaginadas por Paz con Segovia, Fuentes y Arnaldo Orfila en los años sesenta; su negativa a sumarse a Libre, el parisino canto del cisne del boom; las incorporaciones y desapariciones de colaboradores a lo largo de Plural; la formación tardía del Consejo de Redacción y la procedencia y tipo de relación de sus miembros con Paz; la noción de lo joven que la revista construye y el rechazo que provoca en varios sectores culturales juveniles pos-68; las comparaciones con Orígenes y con Sur, publicaciones en la base del concepto paciano de revista literaria y donde, en un caso, el grupo generó la revista y, en el otro, la revista al grupo.
2. La noción de cultura que sirve de base enunciativa a Plural: abordar los rasgos abstractos y pop que acompañan un diseño gráfico tradicional; la no división por secciones en el cuerpo central de la revista, así como las dos secciones menores finales (“Libros”, de reseñas, y “Letras, letrillas, letrones”, jugoso espacio de intercambio epistolar, sátiras, quejas, chismes, necrológicas); el régimen de géneros que establece y sobre el que incide Plural a través de su jerarquización y de la llamativa clasificación que proponen en sus índices anuales; la tendencia al arte objetual y abstracto en sus numerosas páginas dedicadas a arte contemporáneo; los fallidos o, en todo caso, mínimos intentos por abrirse a formas de cultura popular o emergente.
3. La academia como fuente de materiales y de autoridad para la revista: en los años de Plural la universidad aún no representa para Paz esa cueva de baja política y pésima retórica, amén de que él mismo goza de sus años quizá más intensamente universitarios. Habría que trabajar entonces la conflictiva tensión entre la postura “diletante” y ensayística (encarnada por Zaid) y la tendencia académica; la adscripción universitaria de una mayoría de colaboradores de Plural y la constancia de la revista para resaltarla; el interés por los problemas de la UNAM y por el diseño de un perfil académico ideal; el origen académico de los textos teóricos que más contribuyeron a modificar las posiciones políticas de la revista; la universidad como espacio de enunciación desligado de las lealtades nacionales o partidistas —de manera análoga a como, según Nora Catelli, la figura del agente literario comenzó a funcionar para las estrellas del boom— y, por tanto, más permisivo; la academia como dadora de autoridad en tanto sede y no aún, como a partir de la segunda mitad de los setenta, en tanto discurso teórico específico.
4. El paradigma autonomista de Plural: la recuperación —con las modificaciones producidas por los años sesenta— del concepto de intelectual de Julien Benda y Jorge Cuesta; el rechazo del compromiso sartreano; la preferencia por que los escritores, y no los críticos, interpretaran sus propias obras; la particular trayectoria de Vargas Llosa en Plural (que pasa de un recelo, me parece, mutuo, al hecho de que Vargas Llosa elija Plural para publicar algunos de los textos más importantes en su propio camino de desizquierdización, como aquel ensayo, de diciembre de 1975, donde abjura de Sartre y abraza a Camus, nada casualmente dedicado al propio Paz); la herencia de la tendencia cosmopolita de los cincuenta y sesenta, en particular de la Revista Mexicana de Literatura; los suplementos literarios de Plural, postulados como creación de un nuevo universalismo, abierto, por ejemplo, a ciertas tradiciones orientales o a Brasil; la primacía dada por el diseño a lo textual, e incluso a las dificultades y arideces de lo exclusivamente textual.
Por último, me gustaría esbozar rápidamente uno de los ejes que considero más importantes: aquel que articula el así llamado experimentalismo con el posicionamiento político sintáctico de Plural —más allá de leer únicamente los “textos programáticos”, como sugiere Fernanda Beigel, para analizar los programas políticos de una revista—. En vez de plantear la disputa Paz vs Neruda, como hace King, o Paz vs Monsiváis y, fundamentalmente, Paz vs Fuentes, como se ha sugerido mucho tiempo, me parece que el eje de disputa que verdaderamente articula Plural es Paz vs Fernández Retamar. Que su nombre no haya aparecido nunca en las páginas de Plural sería sólo un modo de argumentar que la disputa que la revista propone con él se da en un nivel no discursivo sino sintáctico. Pero convendría recordar que, tras el desencanto de Paz con el proyecto de Libre y la excesiva injerencia de García Márquez en él, Plural se funda en octubre del 71, cuando ha estallado el famoso caso Padilla y sólo unos días después de que Retamar publicara en Casa de las Américas su primera versión de Calibán. Muchos años después, frente a su particular tribunal de la historia, Paz escribiría:

[La revolución cubana] Comenzó como un levantamiento en contra de una dictadura; por esta razón, así como por oponerse a la torpe política de los Estados Unidos, despertó grandes simpatías en todo el mundo, principalmente en América Latina. También despertó las mías aunque, gato escaldado, procuré siempre guardar mis distancias. Todavía en 1967, en una carta dirigida a un escritor cubano, Roberto Fernández Retamar, figura prominente de la Casa de las Américas, le decía: soy amigo de la Revolución cubana por lo que tiene de Martí, no de Lenin. No me respondió: ¿para qué? El régimen cubano se parecía más y más no a Lenin sino a Stalin.

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Es claro, como muchas veces se ha señalado, que el caso Padilla fue no un evento único sino el último detonante en el proceso de decepción o distanciamiento que experimentaron varios escritores desde los últimos años sesenta con respecto a la Revolución cubana, y que, como apuntó Pablo Sánchez, fue uno de los eslabones finales de una competencia entre “el repertorio cubano (…) con el propuesto desde Barcelona, con el mexicano, con el parisino, y por supuesto los de los centros culturales de Estados Unidos”. El repertorio mexicano era, básicamente, el que modelaba La Cultura en México, pero en ese contexto —tras negociar con Scherer que se tratara de una revista y no de un suplemento cultural— Paz lanza Plural, cuyas páginas se irán articulando, poco a poco, como una respuesta implícita a la violenta reacción de Retamar en Calibán frente a las quejas o rupturas de muchos escritores con el régimen de Castro. Aquí deben recordarse dos o tres componentes de Calibán: sus ataques frontales y viscerales —patéticamente matizados en las sucesivas “posdatas” o “revisitaciones” de Retamar— a figuras que Plural acogería como colaboradores prominentes (caso de Emir Rodríguez Monegal) o autores estelares (Jorge Luis Borges y Fuentes); su rechazo al estructuralismo y al auge de la lingüística, estableciendo, como apunta Claudia Gilman, “una relación causal entre estructuralismo y posición burguesa de clase en el universo intelectual” (175), rechazo que se trasladaba asimismo a la literatura que hacía énfasis en el lenguaje, apelando de alguna manera a la famosa función metalingüística de Jakobson —otro colaborador, por cierto, de Plural—; y el rechazo, más tajante aún, a la autonomía del intelectual, a partir de supeditarlo a la verdadera vanguardia, esto es, a los líderes políticos del Estado revolucionario.
Frente al ideario plasmado en Calibán, Plural irá articulando una respuesta no al nivel de textos específicos: en ese nivel, el contenido de la revista transitará de una posición inicial de crítica al régimen soviético —sobre todo con base en la figura de Solyenitzin, cuyo nombre reaparece cientos de veces en las páginas de la revista— a una crítica general del socialismo real aún fuertemente adobada con la retórica izquierdista de la época, a un cuestionamiento todavía tímido, y sólo en los últimos números, ya no de las prácticas sino de la teoría marxista, de la mano de ensayos de Leszek Kolakowski (“George Sorel: un marxismo jansenista”, capítulo de su libro Las principales corrientes del marxismo, en mayo de 1975) y Kostas Papaioannou (“Lenin, la revolución y el Estado”, diciembre del 75). En el nivel sintáctico, en cambio, podrían enumerarse varias estrategias, desde luego no siempre conscientes ni planificadas:
1. Una lectura particular del boom, no sólo a cargo de los ensayos de Rodríguez Monegal aparecidos en los números 4, 6, 7 y 8 de Plural y que al poco tiempo se publicarían como libro, El boom de la novela latinoamericana, uno de los primeros y más importantes balances generales del boom sino, sobre todo, a partir de las elecciones y ausencias: la primacía otorgada a los narradores cubanos exiliados (Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy) que se hermanaban en su radicalidad formal con otros autores también ensalzados en Plural, como Manuel Puig, Julián Ríos o el Carlos Fuentes de Terra Nostra, y la ausencia tan significativa de García Márquez y del Vargas Llosa de los primeros años setenta por evidentes consideraciones políticas eufemizadas como razones literarias.
2. Un canon poético que no sólo intentaba incidir en el régimen de géneros que el boom había subvertido al instaurar el imperio de la novela: también, y fundamentalmente, se apartaba con contundencia del curioso canon poético compuesto, en torno a Calibán, con la poesía conversacional de Mario Benedetti, el propio Fernández Retamar, Ernesto Cardenal, más las letras de la nueva trova y la canción de protesta, canon que Gilman, con mucho tino, llamó “antiintelectualista”. Si algo caracteriza la nómina de poetas publicados en Plural —o en algunos casos, de los poemas que sus autores eligieron para colaborar en Plural— es el sesgo intelectualista, metapoético o autoirónico: piénsese en nombres como Alberto Girri, Guillermo Sucre, Marco Antonio Montes de Oca o Gerardo Deniz.
3. Por último, un eje que atraviesa Plural de principio a fin: lo experimental. Más allá de asignarle un contenido a este término, o de que en la actualidad se lo haya casi desechado como obsoleto, se trató de una expresión de uso corriente en las páginas y el entorno de Plural, como puede verse, entre muchos otros ejemplos, en la carta con que Fernando del Paso acompañó un fragmento de Palinuro para Plural: “Se tratará de un libro ambicioso, rabelesiano, y, desde luego, un experimento lingüístico.” Empleado a grandes rasgos como una noción que denotaba rupturas de la continuidad narrativa, uso de distintos planos enunciativos y, sobre todo, un énfasis en la densificación lingüística, lo experimental se asoció además con las tendencias estructuralistas —que tanto atacó Retamar— a través de ensayos y reseñas que leían novelas y poemas bajo dicha perspectiva teórica como, sobre todo, a través de un interés permanente en la poesía visual y sus aledaños, que va desde el primer poema de Paz publicado en Plural, “Renga” (o bien uno de los poemas más “experimentales” de Paz, “Petrificada petrificante”, publicado en septiembre del 73), a las singulares desconstrucciones poéticas de Ulises Carrión, pasando por el suplemento del número 5, dedicado a la poesía concreta brasileña, los poemas de otro cubano exiliado y muy poco atendido, Octavio Armand, un dossier titulado explícitamente “Escritura visual”, los poemas visuales de John Cage o, incluso, los varios ensayos relacionados con la caligrafía china y con la poética de Pound, quizás el poeta de lengua no española más atendido en las páginas de Plural. Que dentro de la revista pueda trazarse otra línea, la de la sencillez y la claridad de expresión —cuyos emblemas serían Gabriel Zaid y el Vargas Llosa que confesó no entender más del veinte por ciento de lo que escribía Sarduy—, no hace más que subrayar cómo la poética de lo experimental, que en Vuelta se atenuaría, constituyó en Plural una amalgama de formalismos y radicalismos autonomistas con que postular, efectivamente, un nuevo repertorio mexicano, que lo mismo se distanciara de La Cultura en México, ya a cargo de Monsiváis, que respondiera al órdago calibanesco. Respuesta paulatina, a la distancia, discutida incluso dentro de la misma revista. Respuesta sintáctica.


[1] Cuando cito algún texto de Plural, apunto el número de edición y luego el de la página.

[2] Octavio Paz, Obras completas. Ideas y costumbres i. La letra y el cetro, Círculo de Lectores/fce, México, 2010, Vol. IX, p. 408.

[3] El párrafo de Agustín lo incluye John King, Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico”, fce, México, 2011, p. 282.

[4] Lo cita King, p. 182.

[5] Sobre esto es muy conveniente leer el gran libro de Jorge Aguilar Mora:,La sombra del tiempo. Ensayos sobre Octavio Paz y Juan Rulfo, Siglo xxi Editores, México, 2010, donde se argumenta cómo, de los años sesenta en adelante, Paz reescribió su poesía, con toques surrealistas, para ajustarla a la periodización de la modernidad que él mismo había planteado en ensayos como El arco y la lira y Los hijos del limo.

[6] Obras completas, Vol. IX, p. 373.

[7] Un ejemplo sumamente ilustrativo: en “Vuelta y cómo surgió el neoconservadurismo en México” (en la revista Culturales, iv, 8, julio-diciembre de 2008), su autor, Avital H. Bloch, además de incurrir en varios errores de caracterización —afirmar que Paz ya tenía claros desde fines de los treinta sus “compromisos ideológicos básicos”, o apuntar que Plural era un “suplemento cultural de Excélsior”—, señala que “Vuelta aparecía con pretensiones de superioridad moral (…). Krauze se enorgulleció del pensamiento político ‘herético’ del grupo” (p. 92). Esto nos permite argumentar lo siguiente: en efecto, presentarse como heréticos en 1990 (el libro Textos heréticos, de Krauze, es de 1992) acaso podría juzgarse una exageración presuntuosa, cuando ya habían caído el muro de Berlín y la hegemonía de la urss, cuando incluso Monsiváis criticaba a Castro; pero, más allá de cualesquiera posiciones políticas, atreverse a criticar ciertos rasgos de la izquierda en 1971, cuando ser de izquierda seguía constituyendo un requisito prácticamente ineludible para pertenecer al ámbito intelectual, sí que podía resultar ciertamente herético: Plural, nuevamente, no es Vuelta ni Letras Libres.

[8] A partir de ciertos artículos de Paz publicados en julio del 73 y septiembre del 74, King señala, por ejemplo, que Paz plantea en ellos “tres de sus preocupaciones más constantes”, una de las cuales sería “la inutilidad y el peligro de la injustificable violencia guerrillera” (p. 149). En realidad, en el texto aludido del 74, “El plagio, la plaga y la llaga”, Paz parece justificar algún tipo de guerrilla —la de campesinos desesperados— (36: 89); pero además, en una nota no de julio sino de junio del 73, anónima, de la sección “Letras, letrillas, letrones” (donde las notas anónimas, independientemente de quién las redactara, expresaban de alguna manera cierta opinión de la revista), se afirma la posible “eficacia” de las guerrillas y se las justifica cuando luchan “contra una tiranía a la que únicamente la fuerza puede derribar” (21: 40). La preocupación por las guerrillas fue sin duda constante, no así las ideas o posiciones producto de tales preocupaciones.

[9] Pablo Rocca, “Por qué, para qué una revista (sobre su naturaleza y su función en el campo cultural latinoamericano), en Hispamérica, xxxiii, 9, diciembre de 2004, p. 4.

[10] Beatriz Sarlo, “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, en América. Cahiers du criccal. Le discours culturel dans les revues latino-américaines (1940-1970), núm. 9-10, 1991, pp. 9-10.

[11] Piénsese en las dudas que tuvo Paz desde fines de los sesenta, cuando rumiaba incansablemente el proyecto de la revista con Tomás Segovia y Carlos Fuentes, sobre la conveniencia de incluir o no ilustraciones (para esto se pueden ver las Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), fce, México, 2008). Muy probablemente venga de ahí, por cierto, su entusiasmo con Sakai, una especie de ilustrador que no ilustraba, un diseñador discretísimo que casi hacía desaparecer el diseño y lograba, en sus mejores momentos —en torno a los números 44 y 45—, portadas llamativas que se disolvían en su simplicidad y opacidad.

[12] Sarlo, p. 14.

[13] Uno entre muchos: tras la aparición de los primeros dos números, Paz envía cartas —él está en Harvard— donde se muestra contento con los contenidos, pero “sus críticas, precisa, se refieren al formato de presentación del material y no al material mismo; aunque, concluye, en los números futuros deben trabajar para otorgarle un mejor perfil, con propósitos y orientación más claros” (King, p. 112).

[14] Cartas a Tomás Segovia, p. 56.

 

[15] Nora Catelli: “La élite itinerante del boom: seducciones transnacionales en los escritores latinoamericanos”, en Carlos Altamirano (ed.), Historia de los intelectuales en América Latina. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo xx, Katz, 2010, t. II, p. 723. En relación con esto habría que añadir el enorme interés de Paz por la independencia económica de la revista y por las continuas negociaciones que tuvieron que tramarse entre Plural y Excélsior sobre los contenidos, negociaciones siempre implícitas, con base en sobreentendidos, anticipaciones y reticencias.

[16] Revisé para esto el sólido trabajo de Ignacio Sánchez Prado, “Claiming Liberalism: Enrique Krauze, Vuelta, Letras Libres, and the reconfigurations of the mexican intellectual class”, en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, xxvi, 1, invierno de 2010, pp. 47-78.

[17] Fernanda Beigel, “Las revistas culturales como documentos de la historia latinoamericana”, en Utopía y Praxis Latinoamericana, viii, 20, enero-marzo de 2003, p. 113.

[18] Tradición que ampara y resume Maarten van Delden en “Conjunciones y disyunciones: la rivalidad entre Vuelta y Nexos”, en un trabajo editado por ella junto con Kristine Vanden Berghe: El laberinto de la solidaridad. Cultura y política en México (1910-2000), Foro Hispánico, 2002.

[19] Vale la pena apuntar que, en París, Paz habría conocido en 1960 a Retamar, quien hacía estudios de posgrado, y que, si es muy plausible pensar que para 1971 Paz no se interesara en leer Casa de las Américas, por lo menos sí se habría enterado de la aparición de Calibán en forma de libro: Carballo lo publicó el mismo año en su editorial Diógenes.

[20] Obras completas, vol. IX, p. 49.

[21] Pablo Sánchez, La emancipación engañosa. Una crónica transatlántica del boom (1963-1972), Cuadernos de América sin Nombre, 2009, p. 161.

[22] Nada casual, en absoluto, que el primer número de Plural abriera con un largo ensayo de Lévi-Strauss: era toda una declaración de principios indirecta, aunque frontal, con respecto a las posiciones que Retamar sintetizó en Calibán. El libro de Claudia Gilman, acaso el mejor estudio de los últimos años sobre el boom, se llama Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Siglo xxi Editores, 2003. La cita está en la página 175.

[23] Habría que agregar, rápidamente, el énfasis dado por Plural, en el último año, a escritores argentinos poco beneficiados por el boom, y que pertenecían al viejo grupo de amigos de Paz de Sur: Bianco, Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo.

[24] Escribe Gilman: “El antiintelectualismo tiende a destacar el carácter de posesión que implica toda competencia cultural y a disminuir la importancia política de la práctica simbólica” (p. 165) y más tarde agrega que “entre 1969 y 1971, lo político-revolucionario pareció encarnarse mejor en la poesía que en la novela” (p. 345).

[25] Carta citada por King, p. 276.