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La religión de Eduardo Milán | Josu Landa

En estos tiempos en que confusas derivas del laicismo moderno coexisten con lo que parecen restos caquécticos de viejas religiones y fanatismos varios, nadie preguntará a un poeta como Eduardo Milán “¿Cuál es su religión?” Eso se lo hacían antaño a gente como Dostoievski, Nietzsche y Unamuno. Ahora, entre nosotros, a nadie parece importarle un ardite la religión de nadie. Pero eso no significa que los milenarios nexos entre religión y poesía se hayan diluido en un olvido decadente ni que, por ello mismo, carezca de interés la manera en que cuaja ese vínculo en la obra del también crítico uruguayo.

La religión de Eduardo Milán aflora en libros como Son de mi padre y Querencia, gracias…, por nombrar sólo dos. En esta ocasión, centraré mi atención en este último, tras el obligado intento de esclarecer –espero que con tino– qué entiendo aquí por ‘religión’.

No estoy hablando de un sistema de fe en uno o varios dioses. Tampoco de un corpus de teología, con todo y sus implicaciones discursivas, simbólicas, institucionales, éticas y políticas. El fogoso impulsor del cristianismo temprano, Lactancio, enmienda la plana a Cicerón, quien intentó cifrar la etimología de ‘religión’ en un derivado del verbo relegere (escoger), en tanto que acto consistente en discernir lo que merezca el nombre de religión de aquello que se presente más bien como superstición. Para aquel influyente impulsor del cristianismo, los humanos hemos venido al mundo para rendir culto al ‘dios verdadero’, lo que comporta conocerlo y seguirlo. Así, a su entender, “el término religión significa atadura de piedad, ya que Dios ata al hombre a sí mismo y le ata con la piedad…”[1] Como se observa, Lactancio se fija en el carácter de religación de lo religioso, observación que en general resulta aceptable, más allá de lo que se admita como el o los objetos y los términos de religue que quienquiera plantee. En concreto, puede hablarse de una religión de Eduardo Milán en virtud de que su poesía expresa un vínculo existencial –vitalmente decisivo e inexorable– con aquello que ostente el máximo valor: la familia de origen –materialmente deshecha por la muerte temprana de la madre, el castigo carcelario al padre tupamaro y el exilio de los vástagos, pero viva ‘en espíritu’, por obra de la memoria, en especial de la memoria poética– y la familia de destino, siempre hodierna: la que se sostiene sobre la opaca plataforma de la cotidianidad, por obra de los más diversos avatares de la querencia. De acuerdo con el filósofo Francesc Torralba, lo religioso ha sido asumido como “lo mismo que relgiens“, voz que expresa “lo contrario de negligens“, para dar a entender que la idea de religión remite a un estado de religación con la Realidad.[2] En definitiva, un libro como Querencia, gracias… puede ser leído a la luz de ese referente unitivo que resuena en el vocablo ‘religión’.

Pero a esa dimensión unificadora de lo religioso, en el caso de Milán, se añade la que con humildad emana de la palabra ‘gracias’. En su polémico y corrosivo Anticristo, Nietzsche repara en que “la religión es una forma de gratitud”,[3] allí donde al vínculo entre un pueblo y su divinidad de referencia se cimienta, así en la voluntad de poder de aquél como en la de ésta. La observación es extensible al plano de un orden de afinidades emotivas –no importa cuán pequeño sea– que sostiene y confiere sentido a una existencia humana. En el círculo existencial de querencias que es la familia del poeta, dimana el sentimiento de gratitud de éste, su impostergable reconocimiento de los beneficios vitales que proyecta en él todo lo que allí es digno de ser querido, amado. Es lo que se ve en estos versos de Querencia, gracias…: “Descendemos de nosotros para darle gracias / que gracias merece quien te salvó la vid”.[4] También cuando pasan los ojos por frases que hablan de la Casa –el hábitat inherente a la familia– como “lo contrario del naufragio” y, por ello, lleno de gracia al tiempo que digno de todo lo que sea agradecer. Así que, tanto por el lado de la conciliación con lo real como por el de la gratitud cohesionadora ante los nexos en juego, este libro invita a ser leído en clave de religación, de religión.

Podría repararse todavía en un elemento de religación en ese libro de amor agradecido: la exultación: la alegría de constatar que “la maravilla existe”: de respirar desde “el fondo fértil” de una heredad ganada en el ara de la perseverancia y otros sacrificios: “una mujer, / una hija y dos hijos / maravillosos todos. viva”: el inventario de la querencia suprema: la familia inmediata: el anclaje raigal en los altibajos de la vida: lo más tiernamente mundo en el seno mismo del mundo.

Esa conciliación poética con lo duro-real luce tan extraña en este presente dudosamente humano que parece una obscenidad. Es difícil de creer que, en un corral como el de este largo y punzante ahora de unos 40 o 50 años –un conjunto de corralitos infernales en que se distribuye la topografía casi siempre avernal de nuestro lacerado dos-tercios-de-siglo–, el buen poeta exude alegrías más allá de las alergias consabidas. Eduardo Milán lo sabe desde sí, desde la entraña propia pero siempre extraña: si no, no daría cuenta de “esa timidez” en proferir “el tiempo de nuestra vida”, es decir: “ese temor de pronunciarlo como si no fuese” su pedazo de tiempo-mundo: el rubor-rumor que insta a contener una expansión, una fecundidad de ánimo, y así “lo escamotea, / lo secuestra, pone un anzuelo en tu boca / y te arranca las palabras que tenías”. Tampoco sembraría letras sobre papel, para sentenciar que “si hubiera pecado, el único pecado / sería no reconocerse feliz cuando se es”. Una tal vergüenza del buen daimon en la voz y el cuerpo de quienquiera, pero más si del poeta mismo, sería otra negación funesta: la de un fósforo alegórico –ojo con este adjetivo sustantivo– que prende y mantiene encendida “toda una vida”: una irradiación en modo de labor reclamando la justa anuencia: “¿Cómo / no reconocer ese trabajo encendido, febril, / en tiempos del trabajo oscurecido…?” Oír ese llamar –ojo con este verbo de llama: no sólo de voz– es, así, “encelarnos, el único / celo válido”. Se impone, pues, a fin de vueltas, la derogación de toda desbocación en el plano del balance: “No hay, entonces, culpa: / la vida es el deseo de la vida…” Y si, por entre haces de una luz siempre en riesgo de turbiedad y turbulencia le da por sentar sus realidades al dolor –”el dolor, oscuro / y en tinieblas”– hay en esa vida que se vive queriendo vivir suficiente curare o destilación de lo que duele “por la ponzoña”.

Todos los flujos de religación inmanentes e imantantes en la médula de la Querencia –todo ese curso de conciliación de uno en lo otro y el consiguiente abrazar lo otro en uno– parece alinderar con línea de horizonte en dilución un páramo de panteísmo: una patria donde hacerse haciendo –cosa de demiurgo, cuando menos– según consta en “alas, vuelo, canto como  si / fueran alas, vuelo, canto./Naturales del pájaro: aire / árboles, montañas, cielo: / artificio de mí, fabricación de mí, / hacer de mí como si fuera. / De mí, semi-yo, semillero de no ser eso: / en sus atributos naturales, pájaro”. Ave-nombre que, en las manos emplumadas del poeta, zumba como flecha, como “soplo de un dios”, como “soplo de lo mucho / lo completo”: lo que es todo en la parte y en el todo (y, así, también en el toro ¿quién grita, quién sangra que no?). Pregunta volátil y como en tesitura de eco revibrando en los nichos de la memoria incluso de Occidente, hasta penetrar la lívida silueta en recuerdo de la “astucia / atada al palo mayor. Pero antes del palo mayor / habíamos llegado a creer que encarnada / cantaba sola, airosa. Allí llegamos a crecer, logramos alcanzar allí donde nada, / absolutamente nada como el pez. Ulises no: / nosotros, hombres para siempre ilusos / igual que los de antes, poetas”. Y eso que el sueño de la Razón engendra monstruos –véase, ya entrados en los centros del símbolo, la faz de la tierna (?) Circe–, pero decirlo así deriva en sacar de foco el sueño del sueño: lo que termina importando los planos de la Querencia a los grados ceros de lo orgánico en vida, aunque también en circulación onírica: el dormir reparador del niño: clavícula elemental de la conciliación con lo dado sin intervención de dedo –al menos, humano––. De ahí el clamor en ondulación de rezo, la plegaria en trance de imperioso ímpetu de religación: “Señora de los dormires –no señora de la noche, / sólo te pido un sueño, un sueño como el que un día tuve / (…) / Un sueño que los niños tienen tanto. / No tanto, menos, el que me correspondería / por la chispa, no por el azar, por la chispa / de lo que sé que todavía puede suceder. / O indícame el trabajo para llegar al sueño, / señálame el pre-sueño feliz”. Oración que respira sin asma sólo en los aires libres de la sacralidad: allí donde nace preguntar “¿Qué queda de intacto todavía?”

Hay ahí, en todas las luces antedichas, el fulgor de una conciencia que obra y abre: saberse en las calígines de lo que es y sólo puede ser a través de la carne propia, no pocas veces zaherida y en bajón de ser –así sea en coto de lunar– es ya arrojarse en andanada de religación, dejando en el arrastre y el arrase todo obstáculo de lengua: “Cuando creíamos que no decir / protegía el mundo, como si la palabra / matara (…) surgió el culto al silencio”, pero con todo brota y se alza el pulso no siempre repulso –por ciclos, benefacto y por ondas, religante– del amor y su verbo. Así es que “el amor entraña la palabra, / entraña de veras la palabra / cada vez más extraña la palabra verdadera”. Se ofrece a la visión la vieja identidad de Eros con los atributos de sus dos sangres cruzadas: la de Poros y Penia: el tener hambre por carecer y el sentirse satisfecho por tener: la necesidad de alcanzar al otro y lo otro con el lazo del verbo, rehuyendo el yerro: falar sin fallar: “No digan los sentidos encabalgados / en su locura lo contrario a lo que quiero: / la precisión del sentido / (…) / Lo que no supe decir que no lo digan los caballos”. Junto al atinar, la mesura religante en el curso y cruce de voces en el poema: “Éste es un continente contenido / de palabras, no el continente contenido / de rabia, no el vaso a punto de / derramarse / (…) / Éste es sólo (…) un poema que no va a estallar”. Pero no es sólo un freno en el ansia plural del inquieto diosecillo de los amores, sino un límite ontológico, pues “las cosas vienen solas / si el clamor, si la palabra / están en su lugar. Lugar de la palabra”, por aquello de que la palabra se descubre como “morada de la verdad”, pero sin preterir que –todo hay que decirlo– “andaba enamorada la verdad”: la afinidad de tierra entre palabra y cosa, al menos, para pretender la expansión y fijación –y, cuando fuese el caso, flotación– de sus respectivas raíces, ya que también es cierto que “mi amigo, el de la voz que quiere, / dice que quiere un lugar para su voz. / Si me detengo a escuchar su voz: / –fina, filosa, amenazante– / no debo darle mi lugar en la voz…”

¿Qué es lo que hace de Querencia, gracias… un libro entrañable y, por ende, entrañado? ¿Cómo es que se mete en la entraña de uno, para quedarse resonando en detrimento de resones y razones de otra procedencia? Acaso por el efecto unitivo de la palabra que trata de nombrar lo supremo y lo sublime, sito en el modesto latido de las cosas y hechos ordinarios que entornan al poeta, lo mismo que a quienes lo escuchamos como blandas petrificaciones a donde llega esa voz y de donde rebrota en son de eco intracordial. Siempre con sus zigs y zags, con sus va y ven, con sus levita y cae, con sus grito y enmudezco de la palabra poética, “medio justo para quien puede decir y no puede decir”,[5] como bien sabe Eduardo Milán.

[1] Lactancio, Instituciones divinas (passim lib. IV, 28, 2 – 12), int., trad. y not. de E. Sánchez Salor, Gredos, España, 1990, pp. 90-92.

[2] Cf. F. Torralba, “Filosofía y religión”, en Juan José Tamayo (Dir.), Nuevo diccionario de teología, Trotta, Madrid, 2005, p. 381.

[3] Friedrich Nietzsche, Anticristo, int., trad. y not. de Andrés Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Madrid,1998, p. 46.

[4] Todos los versos de E. Milán reproducidos en este escrito proceden de Querencia, gracias y otros poemas, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2003.

[5] E. Milán, Pirí. Ensayos uruguayos sobre poesía en general, Fondo Editorial del Caribe, Barcelona (Venezuela), 2012, p.198.