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La razón estética de Chantal Maillard | Leonarda Rivera

 

Publicado en 1998, La razón estética (Laertes, Barcelona) fue el primer distanciamiento que tomó Chantal Maillard del pensamiento de María Zambrano. Mientras era catedrática de estética en la Universidad de Málaga escribió dos libros ya clásicos dentro de los estudios zambranianos: La creación por la metáfora. Una introducción a la razón poética (Anthropos, 1992) y El monte Lu en lluvia y neblina. María Zambrano y lo divino (Diputación Provincial de Málaga, 1990). A éstos habría que sumarles La razón estética, un libro en el que Maillard intenta ir más allá de la razón poética de Zambrano. Este “ir más allá” no queda muy claro al principio, sin embargo su propuesta resulta esencial no sólo para entender su obra filosófica sino también la poética. Pese a que en los últimos años Chantal Maillard se ha distanciado del pensamiento de Zambrano, es posible que sea ella una de las personas que mejor ha comprendido que la obra de la filósofa andaluza tiene como eje central diversas figuras o metáforas a través de las cuales Zambrano intentó responder al problema del ser del hombre como un ser que no termina de crearse y recrearse a sí mismo, un ser en constante contradicción. ¿De dónde parten entonces aquellas críticas que Maillard lanza sobre Zambrano, cuando a finales de los años noventa presenta su propuesta de convertir la razón poética en una razón estética?

Zambrano preparó el terreno para una posible razón estética al tratar de alumbrar los ínferos. En ella la razón penetró esos espacios donde habitan los elementos desechados por el racionalismo, aunque según Maillard esto sea insuficiente para las exigencias actuales. En principio porque el discurso de Zambrano pertenece a la modernidad, erosionada pero viva aún, que pretende interpretar una realidad dada, subyacente.

La razón poética es, para Maillard, una razón metafórica entrenada especialmente para la mirada interior capaz de descender a los abismos, pero se le olvida lo cotidiano, sobre todo lo que “acontece”: la razón poética no puede acceder al acontecimiento, porque en el momento que intenta expresarlo éste se le escapa. La razón poética no puede acceder al instante, no puede decirlo, porque es una razón que asiste a la revelación, pero no participa de ella, mientras que la razón estética no sólo asiste al acto, sino que lo configura, y puede decir eso que se le escurre a la razón poética.

En La razón estética no queda muy claro cómo podría ser eso posible, es decir, si medianamente sabemos cómo opera la razón poética zambraniana sería necesario pedirle a Maillard que nos dé ejemplos de cómo se despliega su razón estética. En la obra de Zambrano aparecen ciertos lugares o figuras que escenifican una serie de problemas filosóficos, por ejemplo, las figuras de Pérez Galdós le permiten mostrar lo que entiende ella por “piedad”, “reconocimiento de lo otro”, “conocimiento poético”, etc., la figura de Antígona, Don Juan, el Quijote, Segismundo, la figura del poeta, entre muchos otros: cada uno de ellos escenifica un problema, ya sea la soledad, la piedad, el sueño, el amor, etc. Así que cuando nos preguntamos ¿qué es la razón poética?, nos podemos hacer una vaga idea de lo que es: un territorio abierto plagado de lugares (topoi), muchos de éstos pertenecientes a la literatura y al arte, pues Zambrano siempre vio en ellos un espacio privilegiado para el aparecer de fenómenos silenciados por la filosofía.

Pero, ¿cómo definir entonces la razón estética de Chantal Maillard? Virginia Trueba apunta que lo que separa a la razón poética de la razón estética es que la primera es moderna y la segunda posmoderna.[1] En su libro, Maillard apunta: “la razón estética va más allá de la razón poética porque no interpreta el mundo sino que  construye mundos –aunque no a su antojo, sino según la fuerza de proyección de elementos––. Participa en el suceso con voluntad de integración. Cuando interpreta, cuando expresa, lo hace a sabiendas de que todo decir es la expresión temporal de un entramado que, apenas expresado, se desteje, invalidando lo expresado. El arte de hacer comprensivo, al que por ello llamamos razón estética consiste en lograr que nada cuagule en conceptos. (…) el cometido de la razón estética es vigilar que la red nunca deje de tejerse”.[2]

 

 

La tesis que pretende diferenciar la razón estética de la razón poética arroja la siguiente frase: “Un llavero oxidado y una flor de azahar en una taza de té puede ser la expresión del ser”. Maillard dice que su razón estética posibilitaría que una afirmación como esta fuese tomada en sentido literal. ¿Por qué sería esto posible? Maillard responde que la razón poética de Zambrano es demasiado seria. Si bien es cierto que supo descender a los ínferos, prosigue, también es cierto que terminó cargada de mucha seriedad, aunque en potencia sea una razón estética.

Sin embargo, habría que anotar que Zambrano jamás pensó en una estética en sentido estricto. En todo caso, lo que sí encontramos en su obra es una visión del arte como la manifestación de fenómenos que constituyen formas propias de la filosofía. Una afirmación como “Un llavero oxidado y una flor de azar en una taza de puede ser la expresión sel ser” sería aceptable dentro de un universo poético, pero dentro de un discurso filosófico no porque es como si dijéramos que En busca del tiempo perdido es un tratado de física. Esto sería impertinente, primero, por los límites inherentes al texto y, segundo, porque la tradición no validaría tal afirmación.

¿Qué es, pues, su razón estética? En el libro de Maillard encontramos que la diferencia principal entre la razón poética zambraniana y la razón estética radica en que, mientras la primera asiste, la segunda configura; mientras que la primera se mantiene al margen, observando, en la segunda la mirada se suma al juego, como un punto más entre los puntos, coincide con las trayectorias, se moldea al ritmo de los seres, palpita con ellos.

En los mismos años en los que Chantal Maillard redactaba La razón estética, escribía también uno de sus libros de poesía más fascinantes: Matar a Platón, en el que aparecen una serie de claves que nos permiten entender algunos de los argumentos presentes en La razón estética. La metáfora central de Matar a Platón refiere al instante o lo que Maillard llama acontecimiento o suceso. El libro es una puesta en escena. Está construido como si fueran dos textos independientes. Es un libro de subtítulos como si se tratara de una película. Pero el subtítulo no traduce la historia. ¿Qué ocurre? Dos historias aparecen simultáneamente. La primera ocupa el cuerpo del poema y presenta a un hombre que muere en un accidente de tráfico. Con toda la violencia que ello implica.

 

Un hombre es aplastado.

En este instante.

Ahora.

Un hombre es aplastado.

Hay carne reventada, hay vísceras,

Líquidos que rezuman del camión al cuerpo,

Máquinas que combinan sus esencias

Sobre el asfalto…[3]

 

¿Qué aparece en el subtítulo que no es subtítulo? Un personaje que va camino a una cita. El personaje avanza ensimismado pensando en un libro de poesía que escribió un amigo suyo. El libro se llama Matar a Platón y habla del acontecimiento, es decir, del instante. ¿Cómo puede hablar de tal cosa?, se pregunta el personaje. Son dos vidas diferentes, ajenas, dos puntos que se ignoran, pero hay un momento en el que una línea los atraviesa, un sonido, ese sonido representa el instante y es justo en ese “¡plass!” en el que el hombre es aplastado. El personaje de los subtítulos, el de la historia en nota a pie de página, dobla la esquina y es interceptado por ese “¡plass!” ¿Qué acontece? La muerte de un hombre en concreto, ¿qué vemos en el subtítulo? A un personaje que es interceptado por el “¡plass!”, se detiene y acto seguido apresura el paso. El personaje del subtítulo es testigo del accidente, pero hay en él una incapacidad de sentir compasión por el otro. Sin embargo, este personaje y el hombre aplastado se encuentran por un momento, y es justo cuando cruzan sus miradas y acontece el “¡plass!” del aplastamiento.

Según Virginia Trueba, en la parte baja del texto, como nota a pie de página, se narra la historia de un personaje que acude apresurado a una cita, mientras que en el cuerpo del poema, lo que escapa a las posibilidades del relato, el relato de la muerte concreta de un hombre.

¿Hay alguna conexión entre un texto y otro? Sí, y es justo el instante, ese momento del “¡plass!” en el que ocurre el accidente. Matar a Platón es, pues, el lugar donde Chantal Maillard escenifica su razón estética. Una razón que no se puede conceptualizar sino que crea, pone en escena lo que Maillard llama “acontecimiento”.

[1] Cfr. Virginia Trueba, “Lo que el pájaro bebe en la fuente y no es el agua”, en Chantal Maillard, En un principio era el hambre. Antología esencial, fce, México, 2015, pp. 9-25

[2] Chantal Maillard, La razón estética, Laertes, Barcelona, p. 150.

[3] Chantal Maillard, Matar a Platón, Tusquets, Barcelona, 2004.

 

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