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La poesía y la polaridad | Por Alberto Blanco

Nada me ha parecido más apropiado para comenzar un capítulo dedicado a la poesía y la polaridad que comenzar con una cita que toca dos polos esenciales: la eternidad y la trascendencia en un extremo, y la historia y el reino del presente, en el otro; una cita de dos párrafos de La verdad de la poesía, de Michael Hamburger, donde se habla de la visión polarizada de la poesía que tiene Octavio Paz. He aquí lo que nos dicen ambos poetas al respecto:

La poesía moderna, según Paz, se mueve entre dos polos, que él llama lo mágico y lo revolucionario. Lo mágico consiste en un deseo de regresar a la naturaleza mediante la disolución de la conciencia de uno mismo, que nos separa de ella, “para perdernos para siempre en la inocencia animal o liberarnos de la historia”. La aspiración revolucionaria, por otra parte, exige “la conquista del mundo histórico y de la naturaleza”. Ambas son formas de salvar el mismo abismo y de reconciliar la “conciencia alienada” con el mundo externo.
Sin embargo, ambas tendencias pueden manifestarse en un mismo poeta, e incluso en un mismo poema, así como un poeta puede desempeñar las funciones de sacerdote y de bufón, y odiar y amar las palabras. Octavio Paz ha escrito también: “Lo que caracteriza un poema es su dependencia necesaria de las palabras tanto como su lucha por trascenderlas.” La dependencia tiene que ver con la participación del poeta en la historia y la sociedad; la trascendencia, con la toma de un atajo mágico que nos remite a la naturaleza y a la unidad primitiva de la palabra y la cosa.

Como puede verse a simple vista, este anhelo polar de trascender la historia y, al mismo tiempo, transformarla mediante la poesía, no es otra cosa que el deseo omnipresente en André Breton y muchos surrealistas por reconciliar los mandatos tanto de Rimbaud como de Marx: cambiar la vida y transformar el mundo.
Esto es lo que decía André Breton al respecto en una entrevista que le concedió a Francis Dumont para la revista Combat, que dirigió Albert Camus, el 16 de mayo de 1950: “Las dos necesidades que yo pensaba hace un tiempo convertir en una sola: ‘transformar el mundo’, según Marx, y ‘cambiar la vida’, según Rimbaud, se han separado y opuesto cada vez más en el curso de los últimos quince años, pero no desisto y espero que se encuentren algún día.”
La batalla entre estos dos principios, simbolizados aquí por las figuras, el pensamiento y la leyenda de Marx y de Rimbaud, se remonta, desde luego, mucho más allá de esos “últimos quince años” de los que con cierta ingenuidad habla Breton. Es una lucha ancestral que implica sendos polos –contrarios, contradictorios, complementarios– que desde siempre se han manifestado en la vida del hombre y, por supuesto, en la poesía. Necesidad y azar, Apolo y Dioniso, historia y eternidad.
Tomando como punto de partida que todo poema manifiesta siempre la polaridad de su doble naturaleza, puesto que implica, entre muchas otras cosas, por una parte, el conocimiento de la forma, y, por la otra, y a la vez, una forma de conocimiento, le propongo al lector, como la piedra de toque de este capítulo, una muy breve forma –en el sentido estricto de la palabra: una fórmula– concisa y limitada como lo son todas, a manera de una hipótesis de trabajo que sin pena podremos abandonar del mismo modo en que, a determinada altura de la montaña, abandona su equipo el alpinista tan pronto como se da cuenta de que éste no sólo le resulta innecesario, sino aun estorboso y contraproducente. Ya habrá tiempo de recoger todos los trebejos imaginarios, metafóricos y teóricos, en el descenso para dejar limpia la montaña de la mente y abierto el horizonte del paisaje bañado por la luz del silencio. Un silencio que es anterior y ulterior a todo lenguaje.
Se trata de una definición muy concisa que atiende al doble carácter intrínseco, tanto natural como artificial, de la obra de arte. La fórmula parte de una consideración fundamental: en la medida en que el lenguaje es un ser vivo todo poema verdadero rebosa de vida. Todo poema digno de su nombre es un organismo y, como tal, obedece a las leyes y a las limitaciones que gobiernan el crecimiento y regulan las interacciones de todos los organismos vivos. Así pues, tenemos que un poema nace en el seno de un lenguaje humano –de un idioma– y crece, madura, se reproduce y muere justamente allí donde ha nacido: entre los hombres. Pero nunca, en ninguna de sus etapas, deja de ser una criatura paradójica: una más que posible imposibilidad.
El primer término de la fórmula es, por supuesto, un poema. Lo que sigue inmediatamente es, como en todas las fórmulas, llegar a plantear una ecuación, para lo cual nos valemos de un signo de identidad: =. Y si procedemos ahora a la segunda parte de la ecuación –aquella que nos va a servir para definir a la primera en nuevos términos– tendremos que dar un salto en el vacío. Para poder visualizar mejor este salto, y con él, los términos de la fórmula, propongo la siguiente imagen: un pájaro. Ahora bien, si unimos esta imagen alada con la palabra que la nombra, “pájaro”, tendremos ya la segunda parte de la fórmula. Ahora basta sustituir el signo de igual (=) por el verbo más complicado y engañoso de todos los que utilizamos: el verbo ser. Sólo resta enlazar con su declinación los dos términos de la ecuación para alcanzar las alturas de una verdadera metáfora: un poema es un pájaro.
Propongo ahora que aceptemos como una hipótesis poética de trabajo que el ala derecha de este pájaro sea la imagen; que sea el ala izquierda la música; y que el cuerpo todo y la cabeza del ave sean la inteligencia verbal del poema. Más aún: si esta ave tuviera un alma, yo diría que su alma es el silencio. Pero, para evitar malentendidos, más vale recordar que aquí no estamos hablando de la poesía (y mucho menos de La Poesía) sino del poema. Porque la poesía no tendría nada que ver, al menos en apariencia, con las aves.
Pero si llevamos hasta sus últimas consecuencias el desarrollo de este símil –dándole alas a la imagen, por así decirlo hasta lograr que la metáfora se eche a volar–, habría que llegar a una conclusión que no por revelarse sorprendente deja de ser perfectamente lógica: la poesía no es el pájaro sino el misterio del canto.
Dicho con otras palabras, y para intentar hablar de un poema “objetivamente” sin traicionar su naturaleza, podríamos sintetizar la imagen formulada en el párrafo anterior hasta afirmar que un poema es la alianza del ojo y el oído en el campo abierto del lenguaje, en la delicia inconmensurable de la lengua. Que es tanto como decir que un poema es un curioso artefacto que amalgama en el crisol de las palabras que nos ofrece un idioma en particular –en nuestro caso el español– dos categorías esenciales: el espacio, en las imágenes captadas por el ojo, y el tiempo, en la música captada por el oído, de un modo único, significativo, bello y profundamente original.
Es obvio que si estamos hablando de una alianza estamos hablando de una batalla previa; una pugna entre intereses contrarios que ha llegado a resolverse en una tregua si no que en una paz, como todas, temporal. Porque estamos hablando aquí de una verdadera guerra. Pero, ¿dónde se está librando esta batalla? La fórmula prevé ya la respuesta: en el campo abierto del lenguaje. ¿Y se puede saber quiénes son los contrincantes? Son los dos sentidos: el ojo y el oído; dos artes: la pintura y la música; y nuestras dos categorías fundamentales: el espacio y el tiempo. Pero hay que reconocer que el poema se despliega y cobra toda su fuerza justo allí donde danza esa inconfundible pareja polar que forman la voz que canta y el silencio.
Desenrrollando el hilo de este carrete metafórico, de esta ecuación de la más pura lógica poética, arribamos a la imagen de una danza entre el día y la noche: el día del ojo y el mundo visible, y la noche de la música de las esferas estelares. Porque la pintura es al día y al ojo lo que la música es a la noche y al oído. Y es en la orilla del alba (o del crepúsculo) –en eso que don Juan Matus llamaba “la raja de los mundos”– donde se yergue el resplandor de la poesía.
Así pues, el espacio y el tiempo de la poesía ceden su lugar en este ensayo al espacio y el tiempo del poema. Pero, ¿qué tienen en común el espacio y el tiempo del poema con ese otro espacio y ese otro tiempo que, tal vez, conocemos… o que creemos conocer? Por prontas cuentas habría que convenir que tienen en común un carácter muy problemático: a menos que se les mire muy por encima y de un modo completamente superficial, no se dejan definir con facilidad. Después de todo la ciencia, sobre todo la física contemporánea, nos ha dejado plena constancia de cuan lejos nos hallamos de comprender cabalmente lo que el tiempo y el espacio significan. Así, “no en el espacio y en el tiempo llevó a cabo El Creador su creación –nos revela san Agustín– sino con espacio y con tiempo.” Una idea asombrosa que no se halla muy lejos de las también asombrosas conclusiones a las que llegó Edgar Allan Poe en su poema esencial, “Eureka”, cuando afirmaba contundente: “La realidad no se manifiesta como atracción y repulsión; es atracción y repulsión.”
La realidad es espacio y tiempo, atracción y repulsión, y, de hecho, cualquier otro par de polos antagónicos, contradictorios, alternativos o complementarios, que seamos capaces de imaginar en esta danza. Por eso mismo una obra de arte –en nuestro caso, un poema– que intente recrear esta realidad o producir siguiendo su ejemplo (como lo quería Paul Klee en su maravilloso Credo del creador) o dar fe de ella, inevitablemente habrá de manifestarse de un modo polar, es decir, de un modo contradictorio, paradójico, alternativo y complementario. Como ese Dios de la dualidad que presidía el panteón azteca: Ometeotl, creador y destructor.
Esta polaridad de la poesía se manifiesta, desde luego, en muchas otras facetas del quehacer poético. Ya hemos mencionado algunos de estos polos: la imagen y la música (es decir: el espacio y el tiempo); la tradición y la innovación; la poesía escrita y la poesía dicha (leída en voz alta o, mejor aún, cantada) lo que equivale a hablar de la polaridad que se da entre la voz y el silencio. Y creo que valdría la pena mencionar algunas otras polaridades y paradojas que, más que con el poema, tienen que ver con la supuesta “fuente” del poema: el poeta. He aquí, por ejemplo, una de las paradojas (que, por cierto, no es una de las menores) que, como dice Valéry, definen la situación del artista: “debe observar como si lo ignorara todo y ejecutar como si todo lo supiera”.
Pero, ¿de veras será el poeta “la fuente”, el origen del poema? ¿No sería mejor hablar del poeta como el conducto, el canal a través del cual ese manantial de donde surge la poesía logra transmitirnos su fluido vital? El poeta como un medio o como un medium. Después de todo, y tal y como nos lo ha hecho entender Denise Levertov: “Los poetas sólo son instrumentos que toca el poder de la poesía.” Y La Poesía sopla donde quiere. La sinceridad de la poesía no ofrece garantías. Donde menos se espera salta el poema.
Pero, ¿se puede saber en qué espacio se ha tendido ese ducto por donde la poesía fluye? ¿En qué dimensiones espaciales y temporales tañen esos instrumentos de los que nos habla la poeta? Y, por otra parte, ¿en qué tiempo se lleva a cabo ese proceso de transmisión? ¿Y en qué tempo ha de tocar el músico sus poéticos instrumentos? Puede ser que alguna respuesta asome entre los versos finales de un poema que escribí para la alondra en El libro de los pájaros: “La canción es el espacio / pero el que canta es el tiempo.”
Necesidad de espacio y necesidad de tiempo. Ambas necesidades se manifiestan en todo su apogeo en el motivo literario más viejo de todos: el viaje. Tal parece que, cualquiera que sea nuestra opinión al respecto, en el principio fue la Odisea. O para decirlo en la más alta y misteriosa forma: “En el principio era el Verbo.” Alguien –el sujeto– emprende un viaje –el verbo– hasta llegar a su destino: el complemento. Esta polaridad es una característica intrínseca del lenguaje, de la sintaxis, en la medida en que, de una forma u otra, toda sintaxis opera con base en un agente –de nueva cuenta el sujeto– que lleva a cabo una acción –el verbo– que inevitablemente tiene ciertas consecuencias: el complemento. En esta manera sucesiva de pensar y de hablar y de expresarnos radica nuestro patrimonio linguístico. Es en esta balanza que los poetas pesan y valoran sus poemas.
La imagen de la balanza, que es un instrumento específicamente diseñado para comparar pesos, es otra imagen de la polaridad. Un platillo es el espacio; y el otro platillo es el tiempo. La dialéctica del espacio y el tiempo. Y conste que así como hablo de dialéctica, igual podría hablar aquí de polémica, de coito o de danza… o bien podría utilizar los términos que a Lezama Lima le resultaban tan caros: “ese combate entre la causalidad y lo incondicionado”.
En efecto, todo poema ofrece testimonio siempre de la lucha entre estos dos principios, por la simple y sencilla razón de que es imposible no hacerlo. En este sentido, toda la poesía y, para el caso, todo el arte no son sino un continuo regateo entre la calidad y la cantidad; entre la vida del espíritu y las necesidades del cuerpo y la materia; entre lo absoluto y lo relativo. He aquí los dos tópicos de siempre. Vuelvo a las palabras de Lezama Lima: “Este combate entre la causalidad y lo incondicionado ofrece un signo, rinde un testimonio: el poema.”
Pero es en el poeta mismo donde se lleva a cabo esta lucha, pues en él habitan dos personajes distintos –tal vez son gemelos– que tienen todo que ver con esos dos héroes antagónicos que Occidente tanto ama: por un lado el pirata, el aventurero intrépido que descubre y conquista nuevos mundos; por otro lado el mártir, ese ser humano humilde y gentil que sabe perdonar ofensas, ponerse al servicio de Dios y ofrecerse en sacrificio por amor a los demás. “Tal parece –nos dice Jean Dubuffet en su Asphyxiating culture– que el hombre occidental no se da cuenta de la incompatibilidad de estos dos soles opuestos.” A esto se refería Ludwig Wittgenstein cuando afirmaba: “dentro de todo gran artista hay un animal salvaje… domesticado”. Esta polaridad consustancial permea todos los quehaceres y los productos resultantes de estos quehaceres del hombre, entre ellos, por supuesto, la poesía. “Los seres ordinarios y normales viven en la vida. Los artistas viven en el arte.” Las palabras son de César Vallejo. Y como resulta que todo artista, además de ser artista es un ser “ordinario y normal”, estamos hablando de dos seres en uno: Yo es otro.
Ahora bien decir que en todo ser humano existe un ser ordinario y otro normal, un pirata y un mártir, alguien que ignora y alguien que sabe, un civilizado y un salvaje, no es más que utilizar otras palabras y distintas imágenes para hablar de la polaridad. El tema es tan antiguo como el ser humano. Y debemos recordar que pocas civilizaciones dieron forma a la realidad de estos polos con tanta claridad y con rasgos más expresivos que los antiguos griegos. Apolo y Dioniso, la pareja mitológica sobre cuya conflictiva relación los griegos hicieron desplantar nada más y nada menos que el origen de la tragedia. Y la belleza entonces, como dice Ezra Pound, no sería más que “un pequeño sobresalto entre dos tópicos”.
En el primer capítulo de su célebre libro, El origen de la tragedia, dice Nietzche: “Apolo y Dioniso, estas dos divinidades del arte, son las que despiertan en nosotros la idea del extraordinario antagonismo, tanto de origen como de fines, en el mundo griego, entre el arte plástico apolíneo y el arte desprovisto de formas, la música, que es el arte de Dioniso. Estos dos instintos tan diferentes caminan parejos, las más de las veces en una guerra declarada, y se excitan mutuamente a creaciones nuevas, cada vez más robustas, para perpetuar, por medio de ellas, ese antagonismo que la denominación ‘arte’, común a ellas, no hace más que enmascarar hasta el fin…”
Es muy probable que esta polaridad ancestral tenga como sustento la estructura bipartita de nuestro propio cerebro que, al estar dividido en dos hemisferios interconectados pero con funciones repartidas, nos da la oportunidad de funcionar en distintas modalidades. Pero también puede ser que la pugna entre estos dos principios formadores obedezca, como lo señala Camille Paglia en su tratado sobre el arte y la decadencia, Sexual personae, a otra polaridad implícita en nuestro cerebro: “La lucha entre Apolo y Dioniso es la lucha entre el neocortex cerebral y el viejo cerebro límbico y reptil.” Una pugna que Emily Dickinson sintió así:

En la mente sentí una hendidura
–como si el cerebro se me hubiera partido–
Traté de unirlo –comisura a comisura–
pero no lo he conseguido.

La asociación que hace Camille Paglia de las estructuras cerebrales más antiguas –el cerebro reptil y el mamífero– a la figura de Dioniso, y la más reciente estructura del neocortex a Apolo, tiene sus implicaciones. Dioniso es la experiencia ancestral de la comunión con la naturaleza y la disolución del ego; Apolo es el principio de individuación. En el capítulo titulado precisamente “Apolo y Dioniso”, de su Sexual personae, Camille Paglia hace una excelente caracterización de estos dos principios rectores de la civilización occidental: “Lo apolíneo y lo dionisíaco, estos dos grandes principios occidentales, gobiernan la persona sexual tanto en la vida misma como en el arte. Ésta es mi teoría: Dioniso es identificación; Apolo es objetivación. Dioniso es la empatía, la emoción simpática que nos transporta a la demás gente, a otros lugares, otros tiempos. Apolo es el duro y frío separatismo de la personalidad occidental y del pensamiento categórico.”
Dioniso es la fuerza que nos permite empatizar con los diez mil seres; Apolo es el principio de individuación que constituye el yo. No es posible imaginar la existencia de un arte que no atendiera a estos dos principios. Y la poesía no es la excepción. Sin la capacidad dionisiaca de reconocer que todos somos en última instancia lo mismo, no existiría la metáfora. Sin la posibilidad de ver el mundo desde el punto de vista único e intransferible de la personalidad y el yo, no existiría el poeta ni la poesía lírica.
Y ya que hablo de la poesía lírica, creo que vale la pena recordar que el calificativo proviene justamente de una de las características de Apolo, patrón y protector de la poesía: su inseparable lira. No deja de sorprender que sea este Dios de la razón, la ciencia y la medicina, la ley y la filosofía, justamente el espíritu tutelar de la poesía, y no Dioniso, el Dios del culto extático, de las celebraciones orgiásticas, del vino, los intoxicantes y de la danza. Dioniso heredó de Pan su flauta, y así los instrumentos de viento se convirtieron en el símbolo de la música dionisiaca. Apolo, en cambio, fue el heredero de la lira, precursora de todas las cuerdas de hoy en día: el arpa, el violín, la viola y el violonchelo. Apolo musagetes, la composición de Igor Stravinsky, ejemplifica a la perfección la música apolínea; cualquier pieza de Charlie Parker, Miles Davis o John Coltrane, con sus solos de saxofón y de trompeta, la música dionisiaca.
Hablar de los dos principios antagónicos y complementarios que personifican Apolo y Dioniso en el arte y la poesía es hablar de una batalla operística donde Apolo lleva la voz cantante. No en balde es Apolo el Dios tutelar de la poesía. Pero esto no significa que Dioniso no esté presente; al contrario. Una gran parte de la poesía contemporánea es un canto nostálgico, a veces, y a veces desesperado, por hacer visible –principio apolíneo– el polimorfismo dionisiaco. ¡Cuántos poemas no nos hablan de una nostalgia dionisiaca en formas apolíneas! ¿Contradicción? ¿Charada? ¿Coincidentia opositorum? ¿Armonía? ¿Otra cosa? Todo ello y nada a la vez. Como dice Roberto Calasso en Las bodas de Cadmo y Harmonía: “Apolo y Dioniso son falsos amigos, de la misma manera que son falsos enemigos.” Luz y sombra de la obra de arte que frente a la oscuridad del tiempo de la naturaleza se alza como un faro que insiste en recordarnos la omnipresente eternidad. Frente al continuo devenir y la infinita cadena de las metamorfosis de la vida y de la muerte, la poesía cifra una imagen que se resiste a los ultrajes del tiempo y el poema da testimonio de un anhelo de permanencia, y hasta de inmortalidad.
En la poesía el sueño de Dioniso queda condensado en un puñado de sílabas, en la jaula de palabras de un diccionario y de un idioma, en la red que teje una sintaxis, en la estructura cristalina de una tradición y una voz. Y cada imagen nos habla con claridad de la oscuridad y oscuramente de la luz cenital del carro de Apolo al servicio de la transformación. Frente a la fugacidad y la certeza de la impermanencia, todo poema renueva la vieja apuesta por un orden y la posibilidad de otorgar sentido, por más que un golpe de dados jamás abolirá el azar. La poesía, con un ojo al gato de la trascendencia y otro al garabato de la realidad sin ton ni son de la vida diaria, nos ofrece una visión estereoscópica. Del funcionamiento de ambos ojos coordinados depende la profundidad de la visión.
Entre lo absoluto y lo relativo, entre los principios geométricos perfectamente definidos y articulados de Apolo y la delicuescencia de la oscuridad terráquea y subterránea de Dioniso, la poesía renueva en cada poema el pacto de llegar a la totalidad de la experiencia humana. Porque todas nuestras experiencias, todas nuestras acciones, tienen dos caras, y sus consecuencias, con todo y ser infinitas, han de oscilar siempre entre dos polos: el positivo y el negativo. La experiencia humana del arte no es inmune a esta condición. Como afirma Nietzche: “la evolución progresiva del arte es resultado del ‘espíritu apolíneo’ y del ‘espíritu dionisiaco’, de la misma manera que la dualidad de los sexos engendra la vida en medio de luchas perpetuas y por aproximaciones simplemente periódicas.” O como dice William Blake en su “Argumento” incluido en El matrimonio del cielo y del infierno: “Sin contrarios no hay progreso. Atracción y Repulsión. Razón y Energía, Amor y Odio son necesarios a la existencia humana.”
Sin embargo, hay que considerar al hablar de la polaridad y la poesía al menos una instancia más: el historiador Reinhart Koselleck, hablando de lingüística, de política y de historia, declaró en una entrevista reciente a la española Revista de libros: “Desde un punto de vista estrictamente lógico habría dos posibilidades. Si afirmáramos que todo es repetitivo, entonces no habría posibilidad de nada nuevo, lo que resultaría muy aburrido. Nada nuevo podría ocurrir. Pero si dijéramos que todo es nuevo, no se podría vivir, ni siquiera sobrevivir, porque si todo lo que nos rodea fuese una novedad y cada cosa una sorpresa, uno carecería de los conocimientos y de las habilidades más elementales para vivir. Así pues, hace falta un mínimo de repetición para entender lo que ocurrirá mañana.”
Lo mismo pasa con el arte, en general, y con la poesía en particular. Existen siempre dos posibilidades en su práctica, dos polos, porque todo es repetitivo, y todo es nuevo. Y no hay en esto contradicción. El arte no podría vivir –ni siquiera sobrevivir– si así no fuera. Y toda forma artística, todo poema, ha de tener en cuenta siempre estos dos polos contrarios e indispensables. Porque si todo en un poema fuera novedad y cada cosa que se dice una sorpresa, resultaría imposible concebirlo, comprenderlo, disfrutarlo. Hace falta un mínimo de terreno conocido común, un mínimo de convenciones y de repeticiones en un poema para conseguir que se pueda leer hoy y que se pueda volver a leer mañana. Y ese mínimo común múltiplo incluye el idioma: el léxico, la gramática, la retórica, la sintaxis, etc., pero no se limita nada más a esto. Una tradición poética, con sus variaciones y repeticiones, es también, de modo explícito o implícito, ese mínimo de convenciones que hace posible la existencia de un poema.
Hasta donde se alcanza a ver, éstos son y seguirán siendo los dos extremos entre los que se balancea un poema: tradición e innovación. Y éstas son y seguirán siendo las dos vías para la circulación de la savia en el árbol de la poesía: Apolo y Dioniso; luz y sombra; sístole y diástole. Estos son los dos principios rectores que habrán de continuar dando vida a los poemas, y recibiendo vida de la poesía, haciendo florecer una renovación enraizada en las características excepcionales, intransferibles, únicas, de un idioma: un terruño lingüístico y una historia.
Un poema es un artefacto que para poder volar en el viento de la página en blanco necesita de dos alas poderosas: el espacio –su terruño lingüístico– y el tiempo: su historia. Así, desde las apartadas provincias de un idioma nace una y otra vez el nuevo poema con aspiraciones de altura y trascendencia; con anhelo de universalidad. Ésta es la lucha y ésta es la paradoja.

  • laureano

    LA POESIA INTENTANDO LA PALABRA PARA SUTURAR LA HERIDA DE LO IMPOSIBLE DE SER DICHO Y SIN EMBARGO INSISTIR INSISTIR INSISTIR!!