Darío Passi

La poesía y la ecología | Alberto Blanco

Una de las más obvias y mayores aportaciones que ha hecho la ciencia de la ecología a la conciencia de nuestro tiempo es el saber que, aunque ya lo había demostrado Cristóbal Colón con su viaje al oeste para llegar al este (ese viaje que Cousteau calificó como el mayor desastre ecológico de todos los tiempos), el planeta en el que vivimos de veras es redondo. Su esfera levemente imperfecta no presenta límites visibles a lo largo y ancho de su superficie más allá de las que trazan los océanos. Las demás fronteras han sido y siguen siendo inventadas por el hombre. Y la ciencia de la ecología también nos ha hecho comprender que nuestro planeta es limitado. De hecho –todo esto es relativo– es pequeño.

Sin embargo, y aún sabiendo perfectamente que vivimos en un hermoso planeta que es redondo, que tiene límites, y que, por tanto, no puede soportar una carga infinita de explotación, nosotros, los seres humanos, el animal más peligroso de todos los que pululan en la Tierra, fingimos no saber nada al respecto. Esta inaceptable ignorancia parece dejarnos la conciencia más o menos tranquila y las manos libres para continuar con nuestra incesante labor de depredación, convencidos de que somos “por derecho divino” los amos y señores de la creación.

Los resultados de esta infame manera de ver y hacer las cosas están a la vista: miles y miles de especies animales y vegetales extintas o en peligro de extinción; una sobrepoblación humana que amenaza no sólo a otras especies sino que se amenaza a sí misma con desaparecer por las hambrunas, guerras nucleares, falta de espacio habitable y de suelo para cultivar, de aire respirable y de agua potable; cambios drásticos de clima provocados por la superproducción industrial; ciudades contaminadas más allá de cualquier norma o proporción; bosques arrasados; mares y ríos rebosantes de basura; tierras, materiales y culturas agotados.

¿Quién, que tenga los ojos abiertos, puede darse el lujo a estas alturas de cruzarse de brazos frente a estos complejos problemas; frente a la abominable degradación de las innumerables formas de vida que han distinguido y que, a pesar de todo, todavía distinguen con su insustituible presencia a nuestro planeta? ¿Quién, que piense por un solo instante en el futuro que les espera a nuestros hijos, a todos los seres humanos y a la asombrosa variedad de seres vivos que comparten con nosotros esta gigantesca nave llamada La Tierra, puede sentirse ajeno a estos terribles problemas? No, desde luego, los artistas. Ciertamente no los poetas. Como dice W. S. Merwin en la última estrofa de su poema “Una historia”:

 

pero todo lo que salió del bosque

formaba parte de la historia

todo lo que murió en el camino

o tuvo un nombre pero resultaba

ya irreconocible incluso

lo que se desvaneció de la historia

finalmente día tras día

se estaba convirtiendo en la historia

de tal forma que cuando ya no haya

historia ésa será nuestra

historia y cuando ya no haya

bosque ése será nuestro bosque

 

Y aunque se ha profetizado una y otra vez el fin de la historia, y todavía hay historia, el verdadero problema es que muy pronto, “cuando ya no haya bosque”, ése será “nuestro bosque”, mientras la llamada “mancha urbana” se extiende a toda velocidad y el modo industrial y posindustrial de producción avanza a pasos agigantados de la mano de sus nunca bien ponderadas hermanas, la arrolladora economía capitalista y el proceso de globalización. Al paso que vamos pronto, muy pronto, no habrá para dónde hacerse.

Más aún, es muy probable que ya estemos en esta situación y que hayamos rebasado el punto de no retorno, y que el “no tener para dónde hacerse” sea una realidad que todos debamos afrontar. Resultado de eso que Tatanka Yotanka –el gran jefe Sitting Bull (Toro Sentado)– describió expresivamente así: “esta gente tiene en mente arar y vender la tierra y su amor por las posesiones es una verdadera enfermedad entre ellos”.

Dos son, a grandes rasgos, los temas o visiones principales que gravitan en torno al tema de las relaciones entre el arte de la poesía y la ecología: por una parte, una visión ecologista profunda que nos hace ver con dolorosa claridad los problemas ambientales y la destrucción de la vida en todas sus formas como una pérdida del equilibrio: un hondo desbalance entre la tradición y las innovaciones; entre lo salvaje y lo civilizado; entre la asombrosísima complejidad de los sistemas ecológicos y una necesidad de control y de gobierno por parte de los seres humanos; entre la utilización de los recursos naturales y su conservación; entre el arte y la ciencia; entre calidad y cantidad. Parafraseando a Marcel Proust, acaso podríamos resumir este primer tema como un llamado global para ir “en busca del equilibrio perdido”.

El segundo gran tema o visión se podría resumir en estas breves palabras: “no estamos separados”. Todas las formas de vida –incluida, por supuesto, la vida humana– son interdependientes. No pueden existir en soledad. No hay un lugar suficientemente alejado para tirar los desechos tóxicos y la basura. Nadie es una isla. Y como hemos sido nosotros, los seres humanos, los que hemos roto el frágil y precioso equilibrio de las condiciones de vida en el planeta, a nosotros nos corresponde tratar de poner remedio. No hay más alternativa que cambiar. Como bien dice Kjell Espmark, el poeta escandinavo: “Tenemos que poner en juego nuestra imaginación ecológica”. De otra forma estaremos apostando a favor de la extinción biológica: la pérdida de la creación.

“La palabra ecología contiene el concepto más revolucionario que ha aparecido desde que Copérnico demostró que la Tierra no era el centro del universo, La ecología nos enseña que el hombre no es el centro de la vida de este planeta.” Con estas palabras comienza la Declaración de interdependencia que Greenpeace propuso como base de las estrategias que tendremos que poner en práctica para llegar a “mostrarnos un camino hacia la comprensión del mundo natural, comprensión urgentemente necesaria para evitar un colapso final…”

Si bien las ideas contenidas en esta primera declaración no tienen nada de novedoso –que el hombre no es el centro del universo siempre lo han sabido las culturas tradicionales– tienen el mérito de llamar, una vez más, la atención sobre los aspectos más básicos de nuestra conducta en la Tierra. Esta llamada de atención, que se repite con ligeras variantes de época en época, y que en los dos últimos siglos ha sido asociada con todos los movimientos afines al romanticismo, se hace en nuestros días teñida con los tonos dramáticos del deterioro de la vida humana sobre el planeta, y el de todas las formas de vida que lo comparten.

Desde que William Blake diera a principios del siglo xix el grito de alerta para detener “los molinos de Satán” de la revolución industrial, la voz de los poetas no ha dejado de hacerse escuchar, así sea predicando en el desierto, poniéndonos sobre aviso ante la inminente catástrofe que le espera a un mundo donde la naturaleza –nosotros mismos incluidos– ha sido traicionada y vendida por treinta monedas (o menos) al mejor postor. Dice Smohalla, guerrero Nez Perce: “Me piden que are la tierra ¿Acuchillar el seno de mi madre? Entonces, cuando yo muera, no me tomará en su brazos para descansar. Me piden que rompa las piedras. ¿Escarbaré bajo su piel hasta los mismos huesos? Cuando yo muera no podré regresar a su cuerpo. Me piden que corte la hierba, la junte y venda, y me haga rico como el hombre blanco. ¿Como voy a cortar las trenzas de mi madre?”

Esta cita, al igual que la de Tatanka Yotanka, proviene del libro Touch the earth, una compilación invaluable de palabras de los últimos grandes jefes de las tribus norteamericanas, hecha por T. C. McLuhan. La conmovedora elocuencia de los testimonios nos toca en lo más íntimo, en la medida en que se trata de voces de sociedades tradicionales que, en algunos casos, llegan hasta el siglo xx. A diferencia de los desgarradores testimonios de Visión de los vencidos, la extraordinaria compilación hecha por Miguel León Portilla, no hay cinco siglos de por medio que añada un velo más a nuestra incomprensión de estas culturas avasalladas. En el caso de los indígenas mexicanos, el zapatismo consiguió volver a darles presencia y voz a las comunidades originarias de estas tierras. Voces que han sido despreciadas por siglos de arrogancia y explotación. En el caso de los indígenas norteamericanos, el hecho –para muchos sorprendente– de que en muchos de sus sitios sagrados, que han sido profundamente venerados por generaciones, hayan sido encontrados yacimientos no sólo ricos en oro y plata –como sucedió en México–, sino carbón y, sobre todo, el codiciado uranio.

La nueva época –la Era Atómica– que comenzó en 1945 con la detonación de la primera bomba de fisión nuclear en el desierto de Nuevo México, en Trinity Site, marca el comienzo de una serie de nuevas y peligrosísimas condiciones para la supervivencia del hombre en la Tierra. Y para no variar, un poeta, William Carlos Williams, consiguió expresar el nuevo paradigma al afirmar en La orquesta: “el hombre, hasta el presente, ha sobrevivido únicamente porque era demasiado ignorante como para saber cómo llevar a cabo sus deseos. Hoy que sí sabe cómo hacerlo, o cambia de deseos o desaparece“. Y lo que aquí se subraya, pues me parece lo más importante, es que el poeta no dice “hay que cambiar la forma de hacer las cosas” o “hay que cambiar la tecnología”. No. Lo que dice claramente es, o el ser humano “cambia de deseos o desaparece.

Resulta en verdad patético constatar que la mayor parte de los seres humanos, al mismo tiempo que afirmamos convencidos que nos gustaría vivir en un medio ambiente limpio, con el cielo azul y las aguas cristalinas, no estamos dispuestos a variar un ápice nuestra conducta: el consumo, más que inmoderado, absurdo, de hidrocarburos, carbón, cobre, hierro, aluminio, madera, tierra, agua, etc. Queremos un aire limpio para respirar a la vez que queremos seguir viajando en auto o en avión a todas partes; queremos visitar los lugares más apartados y salvajes, con su flora y su fauna intacta, a la vez que seguimos produciendo inimaginables cantidades de chatarra que no es biodegradable.

En este sentido, no puede tener más razón Williams: o cambiamos de deseos o desaparecemos. Pero cambiar de deseos implica, ni más ni menos, cambiar de forma de pensar. Implica ser capaces de ver de otra forma el mundo y, por lo tanto, de vernos a nosotros mismos. Para decirlo en pocas palabras: otra conciencia. Una conciencia ecológica. Sólo que una nueva manera de pensar y ver la cosas no puede partir –es obvio– de las viejas formas de ver y de pensar.

La ecología nos ha aportado una serie de ideas que –de acuerdo con la Declaración de interdependencia de Greenpeace– podríamos agrupar en tres grandes apartados o “Leyes Ecológicas” básicas. Estas tres leyes se cumplen para todas las formas de vida, nos gusten o no, incluyendo, por supuesto, la forma de vida humana. Porque a estas alturas ya nos debe resultar evidente que no estamos separados. Por eso, “cuando hablamos de naturaleza –decía Henri Matisse– no debemos olvidar que nosotros también somos naturaleza”. Lo mismo aseveraba algunos años más tarde otro pintor, Jackson Pollock, quien al ser cuestionado por Hans Hofmann con respecto al arte y la naturaleza respondió en el mismo sentido que Matisse, tal y como consta en el relato que hace su esposa Lee Krasner a Dorothy Strickler en una entrevista de fines de 1964: “Cuando traje a Hofmann a conocer a Pollock y a que viera su trabajo, una de las preguntas que le hizo a Pollock fue: ¿y trabajas a partir de la naturaleza? Cabe decir que no había naturalezas muertas en el estudio, ni modelos alrededor… a lo que Jackson respondió ‘yo soy naturaleza’.”

Teniendo en mente la clara conciencia de que nosotros también somos naturaleza, la poesía, como expresión íntima y esencial de lo que verdaderamente somos, no puede quedar al margen de la ecología, ni de las leyes ecológicas que, a querer o no, nos rigen. Más aún: creo que es posible derivar de las tres leyes fundamentales de la ecología, tal y como las ha sintetizado Greenpeace, no sólo una poética –que ya sería mucho decir– sino una verdadera propuesta para la práctica de las artes en su conjunto, toda vez que el arte, antes que un fenómeno cultural, es un fenómeno biológico.

Me permito citar por tercera vez a la etóloga Ellen Dissanayake, quien dice al respecto:

 

Hoy en día se reconoce que la especie humana tiene una historia evolutiva de unos 4 millones de años. De todo este largo período de tiempo, tienden a descartarse sistemáticamente 399 de 400 partes al asumir que “la historia del hombre”, o que “la historia de las artes”, comienza, como dicen nuestros libros de texto, hace unos doce mil años: hacia el año 10,000 a. C. A menos que seamos capaces de corregir nuestros lentes, nuestras especulaciones y pronunciamientos con respecto a la naturaleza humana y todos sus esfuerzos “en general”, difícilmente podrán escapar de una visión muy limitada y parroquial. Si queremos hablar acerca del arte, es necesario tomar en cuenta todos los ejemplos representantivos en esta categoría creados por todas las personas, en todas partes y en todas las épocas. Las teorías estéticas modernas, tal y como se nos presentan hoy en día, son singularmente incapaces de hacer esto. Además, no quieren hacerlo.

 

En un intento plenamente consciente por escapar a esta manera “limitada y parroquial” de concebir las artes, ofrezco estas propuestas artísticas, así como los teoremas de una nueva poética, tomando como base y sustento las tres leyes ecológicas que predica Greenpeace. Y aquí cabe recordar que un teorema es una propuesta demostrable lógicamente partiendo de axiomas o de otros teoremas ya demostrados.

Primera ley de la ecología, tal y como aparece formulada en la ya citada Declaración de interdependencia: “Establece que todas las formas de vida son interdependientes. La presa depende tanto del predador, para controlar su población, como el predador de la presa que le sirve de alimento”.

Primera propuesta artística: todas las artes (las que hoy son reconocidas como tales y las que no) son interdependientes.

Esta primera propuesta en realidad recupera una de las vetas más fecundas del arte moderno y se remonta cuesta arriba por algunas de las corrientes más enriquecedoras del arte de los siglos xix, xviii y xvii, para continuar su viaje por muchas de las vertientes del arte del Renacimiento y moverse como verdadero pez en al agua en el arte del medievo y en el carolingio, así como en las prácticas artísticas desarrolladas en Oriente, en Mesopotamia y en el Medio Oriente, en África –en particular en Egipto– y en Mesoamérica, y, en general, en todas las culturas llamadas primitivas, y que yo prefiero llamar tradicionales.

Esta necesidad de colaboración entre las distintas artes no sólo se plantea como una necesidad social –un corolario derivado del pensamiento darwiniano moderno, tal como lo describe Peter Singer en su ensayo sobre “Una izquierda darwinista”, y que abarca tanto la competencia como el altruismo recíproco (esa nueva manera de llamar a la cooperación)– sino que, antes que nada, se plantea como una necesidad individual.

La interdependencia de las distintas especies y seres (animales, vegetales, minerales, desconocidas…) no anula, sino que reconoce y subraya las diferencias que dan especificidad a cada forma de vida. La interdependencia de las artes reconoce los medios propios y específicos de creación y expresión  de cada una de las artes, a la vez que ve la artificialidad de las fronteras que separan a la arquitectura de la escultura, a la escultura de la danza, a la danza de la mímica, a la mímica del teatro, al teatro del cine, al cine de la fotografía, a la fotografía del dibujo, al dibujo de la literatura, etc. La artificialidad de las fronteras que separan a la prosa de la poesía.

Primer teorema poético: todas las formas poéticas son interdependientes.

En primer lugar, hay que reconocer la existencia y la vitalidad de todas las formas poéticas posibles: desde las más arcaicas y primitivas (para nuestro idioma, por dar un ejemplo, éstas vendrían a ser las coplas, cantigas, romances, redondillas, cosantes, etc.), hasta las más modernas y atrevidas: la poesía en verso libre, el monólogo interior, la escritura automática, la poesía concreta, la poesía sonora, visual, serial.

En segundo lugar, hay que reconocer que cada forma expresa un sesgo peculiar, único e intransferible de la realidad. Así, cuando al Roshi Taizan Maezumi se le preguntó ¿por qué existen tantas escuelas distintas de Zen? El maestro respondió con toda naturalidad: “yo creo que porque son necesarias”.

Si existen tantas formas poéticas es porque, de algún modo u otro, son necesarias. Y, desde luego, habrán de surgir nuevas formas conforme (con forma) nuevas necesidades vitales y expresivas así lo requieran. No hay necesidad de optar por una sola forma o por unas cuantas formas en detrimento de otras, porque todas las formas que existen están vivas y son interdependientes.

Los efectos que ejerce un solo tipo de verso se ven drásticamente reducidos si no hay versos distintos que hagan resaltar las cualidades de un modo particular de versificación. A nuestro alcance están todas las formas poéticas que hemos utilizado desde los orígenes de la poesía hasta este instante: desde la poesía anónima, mnemotécnica y cantada, de los primeros seres humanos, pasando por todas las formas de la poesía escrita, hasta llegar a la nueva poesía virtual. Véanse al respecto las insustituibles antologías de poesía “primitiva” de Jerome Rothenberg: Technicians of the sacred (Los técnicos de lo sagrado) y Shaking the pumpkin (Sacudiendo la calabaza).

Cada una de estas formas expresa algo único e irrepetible: una parte de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos. Y si se trata de llegar a la totalidad de nosotros mismos, a la experiencia total de lo que significa ser un verdadero poeta, un verdadero ser humano, no hay que rechazar ninguna posibilidad. Más bien hay que trabajar para tratar de comprender qué se expresa mejor en cada forma; qué parte corresponde a qué forma, de tal manera que se puedan utilizar todas las formas como lo que en última instancia son: instrumentos de conocimiento.

Ya he dicho antes (al final del último capítulo de La poesía y el presente) que se puede clavar un clavo con unas pinzas, con unas tijeras, o hasta –muy dolorosamente– con la mano; pero es indudable que ninguna herramienta llevará a cabo la tarea con mayor eficiencia y elegancia que un martillo. De igual modo, reconocer la vida de todas las formas poéticas (aun las más antiguas) equivale a reconocer en nosotros mismos todas las posibilidades de conocimiento y expresión que este arte entraña.

Y lo que aquí se acaba de decir es igualmente válido para todas las demás artes. No hay necesidad de dar la espalda a ninguna herramienta, a ninguna posibilidad, a ninguna forma. Todo depende de la tarea a realizar. Los rayos láser no han desplazado a la regla y el compás.

Segunda ley de la ecología: “Afirma que la estabilidad (unidad, seguridad, armonía) de los ecosistemas depende de su diversidad (complejidad). Un ecosistema que contenga cien especies distintas será más estable que otro que tenga solamente tres. Por lo tanto, un bosque tropical es más estable que una tundra ártica”.

Segunda propuesta artística: entre más ricas y variadas sean las formas artísticas cultivadas por una sociedad y por una tradición, éstas serán más sanas, armoniosas y estables.

Los llamados periodos dorados o clásicos de las distintas culturas y civilizaciones coinciden con un florecimiento de todas las artes en todos los niveles. Bastaría con estudiar a fondo uno de estos períodos en una sociedad particular (la China de la dinastía Tang, por ejemplo) para poder comprobar que las grandes cimas logradas en la poesía, la caligrafía, la pintura, el teatro y la música, por los artistas más cultivados y notables, van de la mano con un desarrollo extraordinario de las formas artísticas populares, y de todas las zonas intermedias que cubren ese gradiente, y que expresan en conjunto la vitalidad de una sociedad sana, inteligente, permisiva, rica y tolerante. No es de extrañar que en una sociedad como la China de la dinastía Tang (618-907) que alcanzó las más altas cimas poéticas con Li Po, Tu Fu, Wang Wei y Po Chu Yi (por mencionar tan sólo a los cuatro poetas más y mejor conocidos) hayan encontrado cabida múltiples credos religiosos como formas vivas que se vinieron a sumar a la riqueza de un paisaje religioso ya de por sí rico. Y todo esto sin competir por una primacía que, por fuerza, reduce las posibilidades expresivas en las artes, y las posibilidades de supervivencia en general de una sociedad que reconoce las relaciones armónicas como su fundamento. A más diversidad, más armonía y más estabilidad.

Segundo teorema poético: la vitalidad de una tradición poética depende de su riqueza y variedad. Entre más voces, visiones y formas poéticas se cultiven, mayor será la estabilidad de esta tradición.

Entre más rica es en formas poéticas y en registros una tradición, mayores son sus posibilidades de sobrevivencia. Y esto que se aplica a la poesía producida por una sociedad o por una lengua, también se puede aplicar a una época determinada, a una generación e incluso a la obra de un artista en particular. Entre más rica es en formas poéticas así como en registros la obra de un poeta, más estable, completa y armoniosa será.

En todo caso, hay algo que resulta evidente: el equilibrio que no se cumple dentro de una obra, así como el que no se logra dentro de un libro (y ya no digamos dentro de un poema), se puede cumplir dentro de una generación. Y aun el equilibrio que no se cumple dentro de una generación se puede cumplir dentro de una escuela de poesía, un movimiento poético o una tradición.

En el ámbito individual se puede citar como ejemplo inigualable de variedad y riqueza de formas la poesía de Fernando Pessoa, el hombre que se propuso la descomunal misión de fundar é﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽nal misión de fundar eél solo una literatura. Otro ejemplo luminoso en este sentido sería el de Ezra Pound y su cultivo sistemático de toda clase de formas poéticas, antiguas y nuevas, en búsqueda de una expresión profundamente personal. En el caso de Pessoa, este proceso de enriquecimiento formal fue llevado por su autor a una de sus posibles conclusiones melodramáticas: asignar a cada corriente formal el nombre, la biografía, la filosofía, la ideología, y hasta la carta astrológica de un autor distinto, con un nombre distinto.

Las posibilidades de registro y expresión que brindan las distintas formas poéticas a un mismo poeta constituyen un precioso acerbo para emprender la aventura del conocimiento, si es que del conocimiento se trata. No tiene más de qué echar mano.

Tercera ley de la ecología: “Establece que todas las materias primas son limitadas (alimentos, agua, aire, minerales, energías) y que existen límites en el crecimiento de todos los sistemas vivos. Estos límites se hallan determinados por el tamaño de la Tierra y por la limitada cantidad de energía que nos llega del Sol”.

Tercera propuesta artística: todas las artes son limitadas en sus efectos. Lo son también en los medios que utilizan para lograrlos.

Parece una perogrullada decir que todas las artes son limitadas en sus efectos y en los medios que utilizan para lograrlos. También lo parece el decir que no sólo las artes son limitadas, sino que los artistas mismos, evidentemente, son limitados. Como parte de la naturaleza, como uno más de los seres que pululan en el mundo manifestado, un artista está limitado en su cuerpo –es decir, en su espacio– y está limitado en su tiempo –en la duración de su vida– como está limitado en la energía de la que dispone para vivir y llevar a cabo todas sus tareas. Corolario: todos los artistas están limitados en su creatividad, por mucho que la vanidad humana (¡y más la de los artistas, que suele ser proverbial!) se vanaglorie de no tener límites ni de reconocer otras fronteras para su poder creativo que las que él o ella o ellos mismos se imponen. En este sentido, hay que saber medir las propias energías. De la incapacidad de medir las propias fuerzas para acometer las obras ideadas dan testimonio un sinnúmero de tragedias personales y catástrofes nacionales, por más que la creatividad parezca inagotable.

Una manera de conciliar estas visiones encontradas –la de los límites materiales a los que están sujetos todas las artes y todos los artistas, y la de la falta de límites de la creatividad– podría tal vez esbozarse mediante la siguiente propuesta: el arte –como la inteligencia, como la vida misma– no tiene límites, pero es pequeño. ¿Una paradoja? hasta cierto punto.

Podemos pensar en una serie de esferas de distintos tamaños. Ninguna de ellas tiene límites por lo que toca a su superficie: su superficie es ilimitada; sin embargo, existen esferas más grandes que otras. O más pequeñas. Digamos entonces que cada arte es como una de estas esferas: totales, completos en sí mismos, sin límites, pero pequeños. O grandes, según se quiera ver. En todo caso, resulta evidente que la mera suma de todas estas esferas, de todas estas realidades crudamente limitadas, no puede constituir por sí misma un universo ilimitado; si acaso, un universo limitado mayor.

Reconocer estos límites es una condición indispensable de salud, tanto para el artista como para las artes.

Tercer teorema poético: la poesía es limitada. Todas las formas poéticas son limitadas.

Obviedad: todo lo que conocemos es limitado. Viceversa: sólo conocemos lo que tiene límites. Es imposible saber “algo” acerca de una realidad que no tiene límites –una realidad infinita– por la simple y sencilla razón de que, siendo esta realidad infinita e ilimitada, no habría separación de nada “en su seno”… no habría ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha y, por supuesto, no habría nadie que pudiera ser su testigo ni nadie que pudiera llegar a conocerlo. En este sentido, es vano todo intento por parte de la poesía –y del ser humano en todas sus disciplinas– por conocer lo que no se puede conocer.

Y creo que aquí vale la pena hacer una distinción que, no por sutil, resulta menos importante: es verdad que hasta cierto punto nos resulta fácil, relativamente hablando, distinguir entre lo que conocemos y lo que no conocemos; sin embargo, mucho más difícil nos resulta distinguir, en aquello que no conocemos, lo que todavía no conocemos –pero que tal vez más adelante podríamos llegar a conocer– y lo que definitivamente nunca podremos llegar a conocer. Ni siquiera a imaginar.

A ello se refiere Krishnamurti cuando dice: “La mente se mueve de lo conocido a lo conocido, y no puede penetrar en lo desconocido. Uno no puede pensar en algo que no conoce, es imposible. Aquello que pensamos surge de lo conocido, del pasado, ya sea del pasado remoto o del segundo que acaba de pasar. Este pasado, que es el pensamiento modelado y condicionado por muchas influencias, se modifica de acuerdo con las presiones y las circunstancias, pero siempre sigue siendo un proceso del tiempo”.

La poesía, en su afán por decir lo que no se puede decir, muchas veces roza la tentación de querer saber aquello que no se puede saber. Los deplorables resultados de semejante ambición han sido descritos con lujo de detalles en el mito bíblico de la tentación de la serpiente en medio del Jardín del Edén, a la sombra del árbol del Conocimiento. El único árbol del que se prohibió explícitamente probar el fruto: “De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás…” ¡Ay! ¿Qué habría pasado –me pregunto yo– si en vez de comer del fruto del árbol prohibido se hubieran hecho con las hojas del árbol un tecito? Tal vez otro gallo nos cantaría… Pero entre que son peras o son manzanas, el ser humano tiene marcados los límites de lo que no conoce, pero, sobre todo, los límites de lo que no podrá nunca llegar a conocer. Dejémoslo así.

Sin embargo, y ya que no es posible conocer lo que no se puede llegar a conocer, la poesía insiste, cuando menos, en decir lo que no se puede decir. En otras palabras: la poesía se acerca con todas sus fuerzas a la orilla donde comienza el abismo. Lo indecible. La poesía pone en juego todo el poder a su alcance para abismarnos en lo inefable, por más que nuestra mente se mueva todo el tiempo de lo conocido a lo conocido, así sea esto lo poco conocido o lo menos conocido o lo desconocido que se puede –acaso– conocer.

La poesía es como ese vehículo del que nos habla Itten en su libro sobre los elementos del color, y que tan sólo sirve allí donde hay camino. La metáfora no es nueva; viene desde los Vedas. Las palabras sólo nos pueden iluminar el territorio ocupado por el lenguaje y, en el mejor de los casos, ofrecernos un atisbo de la realidad que está más acá o más allá de las palabras. En este sentido, es evidente que la poesía se encuentra más que limitada por la naturaleza misma del lenguaje. Reconocer estos límites es parte fundamental de la sinceridad de un poeta. El universo que vive dentro de estos límites es grandioso y pleno de la más humana belleza.

La poesía no sólo reconoce las limitaciones del lenguaje sino que hace de esas limitaciones su fuerza y su caballo de batalla. La poesía en realidad trabaja con la limitaciones del lenguaje y, en más de un sentido, las supera, al extender constantemente los campos semánticos en los que se mueven las palabras, forzándolas en muchas ocasiones a que digan lo que no quieren o no pueden decir, con tal de extender el territorio vital que se puede habitar en, con, y a través del lenguaje. Así lo hace, por ejemplo, José Carlos Becerra, en su poema “La hora y el sitio”:

 

las palabras, esas distancias de algo,

esta mirada que vamos entregando y que sin embargo no ha estado con nosotros,

esta súbita prisa, esta forma de ojos,

palabras, manos que quieren sujetar un tiempo que es un rostro

o el sonido de otra palabra,

 

ya no sé nada,

no estoy con ustedes si acaso me leen,

por la ventana entra el sol, entra la noche como una mujer sin alas,

entro yo, entra mi voz y aún no estoy con ustedes,

las palabras levantándose, hacinándose,

en el rostro del anochecer hay rasgos de piedra que el viento abrillanta y apaga,

entreabre tu perdición y mira bien adentro,

otra palabra allí vuelve del humo,

 

las palabras como sospechas de carne, como viento de carne,

palabras dichas por piedad, palabras que no pudimos decir,

palabras que no debieron decirse o que dijimos demasiado tarde,

el mundo cabe en una palabra porque el mundo no es una palabra, ninguna mirada está consigo misma,

ninguna palabra volverá sobre sí misma,

palabras, palabras, palabras,

yo las reúno al azar, las disperso,

las tengo un rato en las manos como objetos tortuosos o puros,

las miro más de cerca, ya no las veo

o veo a través de ellas y entonces ya no hay palabras

 

El lenguaje, materia prima de la poesía, es limitado. Cada aspecto del lenguaje tiene sus propias limitaciones, pero también, por supuesto, sus propias riquezas. Y así como cada ecosositema trabaja y prospera dentro de estos límites, cada idioma –y, por ende, cada tradición poética fundada en una lengua– tiene sus propias riquezas y sus límites únicos e insustituibles. Es justo por esta razón que cuando desaparece un idioma, una lengua, un dialecto, se empobrece brutalmente todo el ecosistema. Realmente nos empobrecemos todos.

A final de cuentas, el alcance de la poesía se confunde con los alcances del lenguaje. La poesía es la punta de lanza de las huestes del lenguaje. La poesía es el filo cortante de la esfera del lenguaje.

La poesía nos abre las puertas del misterio de la totalidad del ser humano que va más allá, mucho más allá, de las limitaciones del lenguaje.

La poesía llega al umbral de lo indecible, es decir, a los límites de lo que se puede pensar, comprender y transmitir con el lenguaje.

La poesía arriba a las orillas del abismo, ejecuta su última danza, canta su despedida y nos deja volar en silencio.

 

Darío Passi

Darío Passi