palenque

La ocupación del espacio: Palenque | William Bronk

Traducción de Gabriel Bernal Granados

No es seguro que el espacio esté vacío y sin forma, aunque así lo parezca, como parece que no estamos en ningún lugar sino cuando ocupamos un espacio y le damos forma. Si miramos la superficie de la Tierra, la cual carece de fin y sin embargo no es infinita, o los espacios que la rebasan, cuyos límites no podemos observar ni aun pensar, la necesidad de un sentido de lugar es tan fuerte que intentamos fijar, de manera arbitraria, las fronteras de la vastedad y llenar el vacío, si bien sólo nombrando lugares como una montaña, el agua y algunas estrellas.

El espacio tiene un aspecto indeterminado que corresponde a un tipo de experiencia: el espacio como una extensión indefinida, kilómetro tras kilómetro, corresponde a la experiencia cotidiana del vivir entendido en los términos de una existencia inmutable, el transcurso innumerable de los días en que se obtiene y se disfruta de los satisfactores asequibles y se evitan las incomodidades evitables. En un mundo así, el sentido de lugar es el sentido de lo que familiarmente nos rodea. Tal existencia, sea suficiente o no para la mayoría de los hombres, es un destino aceptado en las sociedades primitivas y lo es asimismo, aunque con menor evidencia, en las civilizaciones más complejas. En este mundo, el vacío y la carencia de forma son cualidades del espacio. Es posible vivir en él sin afectar demasiado su forma o su contenido y sin tener apenas conciencia de él. Se puede vivir en presencia del espacio, o cuando menos en presencia de uno potencial, sin ocuparlo, como sin duda lo demuestran los hombres que vivieron en Yucatán y en las zonas adyacentes antes de que los mayas las ocuparan. Obtenían su sustento de los trabajos de la tierra y, al arribo de la civilización maya, le tributaron su labor y su lealtad. Cuando esta civilización llegó a su fin, aquellos hombres siguieron viviendo allí, como de hecho lo hacen todavía, siglos más tarde. No obstante, fueron los mayas quienes ocuparon el espacio, de un modo tan eficaz que su huella ha perdurado. Los residentes actuales difícilmente ocupan el lugar, y le son en extremo indiferentes a la ocupación anterior. Sin embargo, hay quienes lo visitan con el propósito de localizar y estudiar las antiguas fundaciones, para limpiarlas de hierba y escombros y volver a nombrar aquéllas cuyos viejos nombres han sido olvidados. La ocupación de ayer sigue afirmándose a sí misma, incluso a pesar de que hoy la fuerza de su afirmación contrasta con la desolación circundante.

Si el mundo de cualquier persona fuese sólo una recámara, no pequeña quizá, pero definida y mesurable, el espacio tendría la forma de esa recámara. Lo que nos rodea, no se nos presenta de una manera tan simple. Donde parece que termina el espacio, en realidad el espacio continúa; no tiene medida. Es indudable que a todos los hombres nos rodea un ambiente, mas la experiencia del espacio es, para muchos, tan vaga y fragmentaria que dícilmente existe. Sólo sin tomar en cuenta el gran número de hombres que viven casi ajenos a esto podemos decir que el deseo de espacio, la forma de las cosas, es una necesidad humana universal. El espacio ha significado un anhelo para el hombre en toda clase de lugares y tiempos. Es una necesidad recurrente que persiste, que ha sido expandida. Si bien es la necesidad de espacio, también es la necesidad de un espacio definido, un lugar provisto de paredes, de fronteras o de nombre. Con frecuencia hemos deseado algo más que un vago “aquí” para responder a la pregunta de dónde estamos. En el presente, nuestra civilización cuenta con mapas y otros sistemas de referencia que determinan nuestra localización. De hecho, la disponibilidad de tanta información relativa al espacio demuestra qué tanto tiempo debimos creer que mediante el estudio de nuestro entorno podíamos saber dónde estábamos. Es obvio que la respuesta ordinaria a esta pregunta se formula en los términos de las formas que le hemos impuesto a lo que nos rodea –formas políticas o líneas de referencia–. Los nombres de los lugares son nombres que nosotros les hemos asignado. Cuanta más precisión empeñamos en situarnos a nosotros mismos, más caemos en la cuenta de que, aun cuando le hemos impuesto una forma a nuestro entorno ocupándolo, éste se conserva tal y como fue descrito en la creación primera, en el Génesis: sin forma, vacío, con la oscuridad cubriendo la faz de lo profundo. La forma de las cosas, hasta ahora, nunca ha sido algo que hayamos conocido o sólo tenido que buscar para definirlo. Ha sido una incógnita cuya naturaleza hemos supuesto únicamente para darnos cuenta de que nuestras hipótesis no fueron correctas.

La civilización maya se asentó en un área que incluye, en términos del mundo actual, la península de Yucatán y lugares aledaños, en México, Belice y partes de Guatemala y Honduras. Fue una de las muchas civilizaciones precolombinas relacionadas entre sí. No es fácil determinar cuándo una civilización pudo haber comenzado, sin embargo los mayas ya existían en el siglo iv. Unos cuantos vestigios de esta cultura sobreviven hoy día –algunos restos de su sistema calendárico, por ejemplo– a pesar de que la mayoría de sus grandes ciudades fueron abandonadas milenios atrás, mucho antes de la conquista española. Su calendario y ciudades constituyen sus monumentos más importantes. Pocas civilizaciones han pactado tan directa y cabalmente con el tiempo y el espacio. No fueron conquistadores, ni los inventores de máquinas o técnicas. Por supuesto, los mayas contaban con capacidad administrativa, militar, jurídica, religiosa y técnica, como toda civilización; pero éstas no fueron sus virtudes características. Las naturalezas del tiempo y el espacio fueron su máxima preocupación. Ordenaban y conmemoraban el tiempo mediante el levantamiento de columnas de piedra que correspondían a su transcurso. ¿No fue su respuesta al espacio igualmente gratuita y abstracta, y llevada a cabo de un modo similar? Lo que ocurre con el tiempo –a pesar de que tendemos a perder la cuenta de su paso, éste habría transcurrido aun si ellos no lo hubieran ordenado y registrado– también ocurre con el espacio. Ellos tenían su lugar. Hay razones para creer que durante la ocupación maya esta área se encontraba más densamente poblada de lo que ahora está. En efecto, aún está poblada. No es por falta de pobladores que el sitio parece, hoy día, desde el fin de la civilización maya hace miles de años, ajeno a toda ocupación, civilización cuyas ruinas afirman todavía que ese espacio alguna vez fue habitado, del mismo modo que los monumentos calendáricos demuestran que el tiempo alguna vez fue aquí. Las construcciones más grandes de los mayas, realizadas con piedra y estuco, no eran casas, porque ellos vivían en chozas rectangulares techadas con paja, con orillas redondas, casi idénticas a las que aún hoy habitan. Incluso los edificios que convencionalmente han sido denominados “palacios” o, como “El Convento” en Uxmal, que posiblemente fueron utilizados como habitaciones por los gobernantes, en la mayoría de los casos los habrían alojado sólo en aras de cierta comodidad y conveniencia si se los compara con la casa de simple techumbre de paja. No fue la necesidad o la utilidad lo que motivó la construcción de los edificios mayas. Éstos tenían un carácter ceremonial, simbólico incluso, como resulta notable en la región de Río Bec, donde figuran representaciones de edificios: altas pirámides de escabrosa pendiente que no son sino maquetas de edificios, ya que la inclinación de las escaleras que llevan a su cima resultaría tan inaccesible hoy como seguramente lo fue para los mayas. Las construcciones ceremoniales pueden ser útiles, como lo han sido con frecuencia, y la forma de su estructura está determinada en parte por la naturaleza de las ceremonias que ahí se han de celebrar. Sin embargo, es aun más propio de su naturaleza la función de proclamar y glorificar la fuerza de la civilización que las ha erigido. Los españoles que llegaron al nuevo mundo creyeron que construir iglesias era de suma importancia –más de lo requerido por lo necesario– y estaban particularmente ansiosos por tirar los templos indígenas y levantar en su lugar iglesias. Los edificios mayas eran invenciones del espacio: la noticia de que ese lugar existía donde ellos habían decidido que debía existir como elemento del mundo que iban construyendo de acuerdo con su idea de lo que el mundo era.

Para tener un mundo necesitamos lugares con los cuales identificarnos. Puede parecer muy trivial, pero un modo sencillo y común de realizar este gesto de identificación consiste en elevar un promontorio o poner una piedra sobre otra. Uno se remite a los promontorios cuando se topa con una enorme pila cónica de grava entre los breñales de Yucatán o las selvas de Chiapas o del Petén. Sus lados están provistos de escalinatas o rellenos de una mezcla de yeso y lodo; su cima la preside un templo. Pero algunas raíces han apartado las escalinatas, y las lluvias han limpiado el fango. Que la idea de un promontorio esté ahí sugiere que pudo estar ahí desde un principio (al menos esa parte de la idea que consiste en agregar un elemento notorio al paisaje para señalar la presencia del constructor en ese lugar). Éste es un gesto mucho más positivo que grabar la corteza de un árbol o escribir un nombre en una pared. Sin embargo, su propósito no parece estar en el efecto de informar el paisaje, sino más bien en la posible repercusión que tendría en su constructor, cuya esfera particular se amplía al marcarse a sí mismo con el estigma de su presencia en lugares distantes. Otra civilización hubiera levantado un fortín o un fuerte a modo de avanzada militar en las inmediaciones de la selva, pero la ocupación maya era en apariencia pacífica. Y para la civilización maya, cualquier lugar significaba un punto de avanzada. Tan poco había ocurrido anteriormente que todo lo conocido por esta cultura era nuevo. Aquí empezaron, y así como fueron los inventores del tiempo, lo fueron del espacio. El mundo que conocían debía conservar el tiempo y la forma que ellos le habían conferido. Vivimos en un esquema de tiempo heredado en las moles populosas de las diversamente ocupadas y conflictivas organizaciones del espacio. Pero nuestras circunstancias no son tan distintas como parecería. Nuestra civilización también está casi obsesionada con las ideas de tiempo y espacio. Sus viejos conceptos han parecido tan inadecuados a nuestro uso que son las áreas de nuestra ignorancia lo que ha crecido, y esto nos ha provisto de un área para empezar como los mayas empezaron, desde cero. Por ende, quizá sea nuestro común interés, fortalecido por la conciencia de que ninguna ocupación ha sido hasta ahora definitiva ni certera, el que aún dota al escenario maya de fuerza y virtud ante nuestros ojos. Sin duda, sentimos más que respeto frente a esta empresa extranjera exitosa: sentimos una identificación humana con una suerte de victoria humana que le permitió a esta civilización, que arrancara en un punto desconocido en una dirección desconocida, extenderse sobre el Petén, Chiapas, Yucátán y aún más al sur en Honduras –todo lo que antaño fuese virgen y ahora es casi virgen de nuevo–, ocuparlo y nombrarlo por vez primera, erigiendo sus enormes promontorios como templos-pirámide con el propósito de hacerlo y decir, en efecto, hágase un lugar aquí (donde antes no había nada), otro más aquí (donde tampoco había nada) y haya un camino entre ambos. Tal autoridad y osadía pasman.

Existe una estructura similar a un promontorio en Labná, en la zona Puuc, que ejemplifica este aspecto de la ocupación maya. Resulta tan alto y fugaz en la planicie desnuda que, a primera vista, uno se siente desconcertado por su bravura y su exuberancia. Semeja un estandarte gigantesco, un portentoso alarido, que se regocija por la posesión maya de este lugar. Las otras conspicuas estructuras de Labná son el fragmento de un muro atravesado por un arco colosal y un grupo de palacios. El arco es gracioso por sí mismo, pero los elementos diseñados en el muro son toscos y de torpe grabado. El grupo de los palacios, a diferencia de otras estructuras similares de la zona Puuc, es menos un plan unificado que una acumulación, casual en apariencia, de unidades independientes. ¿Es después de que hemos notado estas cosas cuando el templo-pirámide, que daba la impresión, en un principio, de ser audaz y celebratorio, comienza a parecer no más que ordinario y ofensivo? Es curiosa la orientación de estas estructuras restantes. El templo-pirámide da la espalda al grupo de los palacios y –tal vez debido únicamente a los accidentes destructivos del tiempo– se encuentra justo en el lindero del lugar, con su fachada hacia afuera. El arco, cuyo tamaño y forma sugieren una magnífica aproximación hacia algo, no está orientado ni situado propiamente como una aproximación a las otras dos estructuras. Hay cierta incoherencia en Labná, a menos que se considere que, por su orientación hacia el sur, el templo-pirámide esté orientado hacia atrás, al corazón de la región maya.

Hacia Tikal, por ejemplo, unos trescientos kilómetros al sur de Labná, donde las construcciones se orientaron con mejor tino a la producción de un espacio definido. Tikal, desde luego, era un centro principal y Labná uno menor. En Tikal hay un gran número de altos templos-pirámide. Sus fachadas dan hacia adentro, como si cercaran y protegieran la ciudad, y dos de ellos contribuyen a la definición de la plaza central. Este grupo nos produce una sensación espacial totalmente diferente de la que nos produce un promontorio disperso, como en Labná, no obstante cuán elaborado y auténtico sea su estilo. (También es muy distinta de la sensación que nos produce Chichén Itza, cuyos edificios, de un periodo posterior, dan la impresión de haberse fundado en ideas específicas e impares, como si en Chichén Itzá la idea de construir, entendido como la simple y directa ocupación del espacio, hubiera caducado y el espacio estuviera ahí para usarse con varios y especiales propósitos.) Cuando un grupo de edificios “mira” hacia adentro, hacia un espacio que definen y encierran, como en Tikal, ese grupo señala ese espacio y lo acentúa. Tan sólo es necesario pensar en un grupo de edificios que mira hacia adentro y luego imaginar cómo se vería el lugar si esos mismos edificios se giraran hacia afuera, para sentir de inmediato el efecto de su orientación. Es la misma diferencia que separa al aquí del allá. En Tikal, los edificios dicen “aquí”.

Si es así en Tikal, esto es aún más palmario en Palenque, cuyos edificios ocupan un área menor, están mejor conservados y una mirada los abarca casi por completo. Palenque se encuentra en la hondonada de unas colinas. Al norte, una planicie se extiende hacia el distante Golfo de México. A lo largo de este costado de la ciudad, el único que la naturaleza no encierra, hay una línea de pequeños edificios elevados sobre una plataforma, cuya fachada se orienta hacia adentro. Opuesto a este grupo del norte, y vuelto hacia él, se encuentra el Templo de las Inscripciones como parte de una pirámide enorme. Al este del Templo de las Inscripciones, de modo que una suerte de plaza independiente se forma, hay un grupo de templos más pequeños: los de la Cruz, la Cruz Foliada y el Sol. Más o menos en medio de estos diversos complejos y edificios se encuentra el largo, casi cuadrado, rectángulo del Palacio. Éstos son los edificios principales. Uno tiene una idea inmediata de reclusión, de interioridad. El sitio mismo contribuye a esto. Si las ciudades de Yucatán están en planicies abiertas, Palenque se encuentra naturalmente rodeado por montañas. La orientación de los edificios, que se miran entre sí, refuerza esta sensación. Entrar en el Palacio o en uno de los templos es tener la sensación de interioridad reforzada de un modo diferente. Dentro de estos edificios se encierra el espacio. Con mucha frecuencia, en los edificios mayas, lo único que importa es el exterior. El exterior puede ser inmenso, incluso magnífico, pero el interior es nada. Angosto y oscuro, semeja un pequeño agujero excavado en la ladera de una montaña. Aunque estos edificios pueden, como en Tikal, crear un espacio externo a partir de la relación de unos con otros, no consiguen crear un espacio interno ni encerrar nada. ¿Es sólo una paradoja en la terminología que en Palenque los edificios lograran encerrar un espacio interno gracias a que fueron capaces de abrirse? Amplias aberturas atraviesan los muros exteriores. La bóveda mensulada de los techos se prolonga en transeptos. La habilidad de estos constructores para delimitar un espacio interno es de un énfasis casi festivo que el plan básico de los cuatro templos principales es el de un edificio dentro de un edificio, una idea que va un paso más allá en algunos de ellos, de suerte que tenemos el indicio al menos de un segundo edificio interno o un claustro. A veces en las iglesias cristianas el enrejado del coro o el pabellón del altar producen un efecto parecido. Los templos tienen techos de dos aguas como mansardas, de cuyo centro se alzan altos y pesados tabiques, o crestas, llamados peines del techo, que recuerdan la vista posterior, perforada y decorada, de las peinetas españolas. Entre sus puertas de acceso –característica también del Palacio– hay relieves de estuco en paneles que representan a sacerdotes o gobernantes que celebran un rito importante. Los templos del Sol, de la Cruz y de la Cruz Foliada se llaman así por el motivo central que tienen en común, aunque más elaborado y por supuesto mejor conservado de los paneles que están colocados contra los muros posteriores de estos edificios y que constituye el punto central de sus interiores. Las losas del Templo de la Cruz fueron trasladadas a un museo de la ciudad de México, dejando un vacío, es cierto, pero la organización del espacio interior es lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la expoliación como un edificio todavía íntegro. Bajo la base del Templo de las Inscripciones está enterrada, como una raíz o semilla, una gran tumba, donde durante mil años o más reposó un cuerpo dentro de un sarcófago cubierto con una lápida arduamente tallada y custodiado por figuras esculpidas a la entrada de la tumba o en sus muros. Pese a que el sarcófago abarca casi por completo el piso de la cámara, ésta parece espaciosa, tal vez por la alta y mensulada bóveda del techo. Sin duda, la mayoría de los mayas muertos eran enterrados simplemente bajo la tierra, si bien existe pordoquier evidencia de bóvedas sepulcrales. De cualquier modo, para este cuerpo de Palenque, se le dio forma en la tierra a un espacio ordenado y pedurable, cuyo techo lo separa del ingente desorden de grava que se encuentra sobre él, en lo que fuera el corazón de la pirámide.

Es por el desorden, menos material, aunque en igual medida ingente, de nuestra experiencia de nuestro entorno que el orden espacial serenamente dispuesto del Palacio de Palenque resulta tan impresionante. El paisaje de Palenque es muy hermoso. El contorno de la tierra y su cubierta, el verde espeso de la lluvia tropical en el bosque, crean un profuso y fértil Edén, sobre todo durante la estación en que los tremendos árboles emergentes florecen. No obstante, así de hermoso como es, asimismo agrede y destruye, y debió parecerle una fuerza abrumadoramente desintegradora a un pueblo equipado sólo con fuego y herramientas de piedra para combatirlo. Aunque en repetidas ocasiones fue visitado e investigado por exploradores pioneros, en 1840 Stephens lo encontró tan oculto por la hierba que no advirtió la existencia del Templo de la Cruz Foliada, a pesar de que su equipo vivió durante un tiempo en el Palacio y denodados esfuerzos de un grupo de trabajadores se empeñó en aclarar y quemar la maleza. Sesenta años más tarde, Maudslay, quien tenía conciencia del número de veces que el sitio había sido despejado, no hubiera podido más que tomarlo por selva virgen. Ahora que la claridad se ha reinstaurado, podemos ver los edificios nuevamente como los mayas lo hicieron; podemos ver la forma del lugar, que sin un espacio despejado en derredor no hubiera sido posible; es más, podemos admirar la exuberancia de la selva, que incluso mejor que otras maderas puede oscurecerse merced a sus árboles. Donde la forma no existía, donde convivieran a un tiempo lo poblado y lo vacío, los constructores de Palenque crearon un espacio.

Lo placentero y la belleza del Palacio son la extensión de ese espacio. En el perímetro del edificio hay un corredor exterior a través de cuyas amplias y frecuentes aberturas uno mira espacios más vastos que los contenidos en el edificio. En el interior, los espacios del Palacio se extienden lateralmente a través de series de patios y galerías y habitaciones, y verticalmente hacia arriba en una hermosa torre de tres pisos, e incluso uno podría decir que verticalmente hacia abajo, por pasajes subterráneos situados debajo. La elegancia del orden mesurado y el movimiento del espacio, de área en área, de estos edificios producen el mismo placer que otra construcción, completamente distinta en sus detalles: la Alhambra de Granada. Es verdad que la torre cuadrada recuerda las torres de la Alhambra, que hay frecuentes miradores y algunos arcos y aberturas de una forma curiosamente morisca, que se abonan a la sorpresiva sugerencia inicial. Sin embargo, la verdadera similitud se encuentra en la hermosa combinación de lo abierto y lo cerrado, y en el sentimiento de cuidado y devoción que con tanto tino se puso en la creación de un espacio.

Palenque fue abandonado siglos antes de la conquista española. Uno se pregunta por qué; porque todo en Palenque habla de una posesión tan permanente y definitiva como la de la gran tumba que se encuentra bajo el Templo de las Inscripciones. “Este lugar; aquí.” Esto es casi audible a medida que uno camina por el Palacio o entre los edificios. Nos sentimos instados a reconocer la expresividad y la autonomía de este espacio. Si una cosa más que otra, más aun que sus bellezas particulares, distingue a los edificios de Palenque de los promontorios que semejan edificaciones, es la sensación de que en Palenque el paisaje se ha humanizado, que en su ocupación una suerte de forma se le ha impuesto al paisaje en términos humanos. Esto es casi lo contrario a la idea implícita en el promontorio de engrandecer a los constructores mediante el grabado, en los constructores mismos, de la huella de lugares distantes.

Lo que pudo haber sucedido en Palenque, ¿no consigue conmovernos? Palenque se levanta como un árbol inmenso entre la espesa, inescrutable vegetación de la selva, elevándose por encima de ella y logrando su forma. Aquí el espacio ocupado contrasta tan violentamente con el entorno que la ocupación del espacio semeja el patrón formal mismo de toda construcción humana, material o no.

En el Popol Vuh, el libro sagrado de otra tribu maya, podemos leer: “Hay generaciones en el mundo, hay gentes montaraces, a las que no se les ve la cara; no tienen casas, sólo andan por los montes pequeños y grandes, como locos.” Tal parece que siempre estamos en presencia de los montes pequeños y grandes, y que es posible errar entre ellos como nómadas locos. En Palenque los mayas adecuaron un espacio en la selva para ocuparlo, y por lo tanto crearon el espacio y le dieron forma a lo que de otro modo sería un ámbito informe; y la forma que le dieron tenía un centro y una simetría y una proporción, cualidades que le fueron conferidas por sus constructores, sin copiarlas de los alrededores naturales. Algo similar ocurrió en toda el área maya, aunque no siempre con tan buen gusto y destreza. “Incontables –dice el Popol Vuh– son los sitios donde se establecieron, donde estuvieron y a los cuales dieron nombre.”

No obstante, Palenque fue abandonado. ¿Quién sabe hoy día el nombre que los mayas le dieron? La selva se desplazó a donde había estado la claridad y la borró, aunque los edificios que la ocupan aún no han sido destruidos del todo. Si es verdad que el espacio está vacío y no tiene rasgos propios salvo cuando limitamos su vastedad y le damos forma ocupándolo, la forma de las ciudades que le imponemos, la dirección y ubicación de fronteras y caminos, es cierto también que nuestra ocupación nunca es por completo exitosa. Es parte de la misma certeza que los límites que le imponemos al espacio son siempre hasta cierto punto arbitrarios, y los nombres que le damos son nombres dados y para nada absolutos. En cierta medida, siempre estamos en ningún lugar en una vastedad vacía. Los Palenques que apasionadamente ocupamos son siempre abandonados. Agotamos las formas que le imponemos al espacio y las restringidas identidades que derivamos de ellas. Por último, agotamos incluso el acto mismo de la imposición.