La memoria inconforme de Luis Vicente de Aguinaga

Casi tan original como inventar el agua tibia es proclamar que todo lector de poesía es, en tanto sujeto, el espacio donde se dan cita, enriqueciéndose, un texto leído en el presente y muchos otros leídos —recordados, oídos, comprendidos— en el pasado. No hacen otra cosa, en realidad, los aficionados a la música, la pintura o el cine: percibir, en la obra que se oye o se ve, no sólo un tema ya expresado en por lo menos otra obra, sino igualmente una técnica, un ritmo y una tonalidad emocional que, aunque indispensables para entender la obra en cuestión, proceden o se asemejan a los de obras anteriores. Esto, que por lo tanto es aplicable a cualquier experiencia de recepción artística, le da sustento y razón de ser a toda tradición. Las tradiciones, en consecuencia, son fenómenos que, nutridos en la comunidad, incluso en la colectividad, sólo adquieren forma cuando acceden a una subjetividad y, al acceder a ella, colaboran en su plural e incansable configuración.

Circunstancia personal y tradición colectiva, en este sentido, al reconocerse como polos de una misma esfera, posibilitan la tensión interior de toda identidad, que va de lo uno a lo diverso de la misma forma que un lector de poemas oye, mientras lee un poema, las voces de otros poetas, y deja incluso el poemario que leía en un principio con tal ir en busca de aquellos libros en que le parece recordar que había escuchado resonancias anticipadas del presente. Leer poesía es, por ello, exponerse a una tormenta de premoniciones, a un flujo de intuiciones que se verán confirmadas o descartadas en cuanto el poema de referencia llegue o no a saberse reconocido en la biblioteca de quien está leyéndolo. Desde luego, no tiene sentido afirmar que semejante vaivén de un texto a otro sea exclusivo de la lírica, o sea de su lectura, pero es un hecho que la poesía, más que ninguna otra especie literaria, exige ser leída frase por frase, verso por verso, sílaba por sílaba, de modo que su conocimiento implica recorridos más breves y pausas más frecuentes que, por ejemplo, el de un párrafo de novela, un artículo de prensa o una escena dramática. En esas pausas caben, a manera de rememoraciones casi siempre involuntarias, galaxias enteras de poemas vagamente recordados o perfectamente conocidos.

En las notas que siguen he querido reproducir mi experiencia como lector de cuatro poetas mexicanos. No intento cerrar un círculo de poetas “importantes” ni busco postular a mis favoritos. Tampoco aspiro a recorrer sus obras exhaustivamente —no aquí, en todo caso— ni a fijar sus versos con alfileres, como harían ciertos aspirantes a entomólogos. Ya que no puedo ver en sus poemas otra cosa que la reacción que han suscitado en mí, en consecuencia tampoco logro hacer de mis apuntes a propósito de sus libros otra cosa que la materialización de una lectura en episodios: la lectura o inspección que hago de mi propia conciencia poética, de mis dudas y convicciones, de mis fidelidades y cambios de bandera, siempre que tal cosa pueda existir en un lector no como un sucedáneo de la conciencia poética del autor leído, sino como una modalidad autónoma de pensamiento.

Leyendo a David Huerta, Raúl Bañuelos, Jorge Esquinca y Javier Sicilia (quiero decir: leyéndolos por escrito) me parece ver cómo se acentúa en cada uno de los cuatro alguna operación o facultad específica. En la poesía de Huerta el acento recae, por así decirlo, en el plano sensorial más arcaico de toda percepción, de modo que sus poemas van apareciendo ante quien los lee bajo una luz como de irracionalismo caótico. Ninguna figura le resulta más propia que la sinestesia. La poesía de Bañuelos, en cambio, parece gobernada por el retruécano: sus poemas tienden a ordenarse alrededor de un punto de flexión o articulación rítmica entre la observación directa de la realidad y la expresión conceptual abstracta. Esquinca, más que decir o cantar, parece orar: en su obra la poesía toma la forma de un sistema de creencias, casi la de una religión, y se diría que su propósito es la restauración de los antiguos ritos órficos. Por ello mismo es importante notar cómo, a lo largo de los años, Esquinca ha ido ejerciendo, en sus propios poemas, cada vez más la función del oferente, del que presenta una ofrenda, y cada vez menos la del sacerdote o custodio. Y el más aparentemente religioso de los cuatro, Sicilia, es el que más energía invierte no en mostrarse inspirado ni absorto ni arrobado, sino en componer sus poemas como un testimonio de lucidez, dialogando con otros poemas, modernos y antiguos. Sicilia practica una poesía en permanente reelaboración: la concibe como una escucha que, si bien parece anteceder a la expresión propiamente dicha, sólo puede cobrar forma conforme se va escribiendo el poema.

David Huerta

DAVID HUERTA: “QUE LA MANO SE ABRA”

De vez en cuando los poetas identifican a sus maestros con determinado nahual o animal totémico, atribuyéndole sus principales características o ambiciones. José Ángel Valente, por ejemplo, solía vincular a José Lezama Lima con el pulpo, expansivo y moroso, ávido de abrazar. Otras veces los periodistas culturales invitan a los escritores a formar equipos con sus pares a imagen y semejanza de ciertas escuadras de futbol, de donde malamente resulta que Sor Juana, tan buena defendiéndose como atacando, hábil y atenta, sería el mejor diez que pudiera imaginarse, o que Alfonso Reyes no desentonaría en el rol erguido y desenvuelto, pero no irresponsable, de un Franz Beckenbauer literario. No podrían faltar los editores, agentes y propagandistas, que hace más de trescientos años hacían de Góngora un Homero español y de Quevedo un Heráclito cristiano (por no hablar de Cervantes, que llegó a referirse a una de sus obras como si fuera la de un “Ovidio español”).

Yo, por mi parte, juego en ocasiones a establecer lazos entre algunos poetas y ciertas frases anónimas y usuales, ya sancionadas por el idioma, en consideración de lo que tales frases representan para los hablantes y también, por supuesto, de lo que tales poetas representan para mí como lector suyo. En este sentido, relaciono a Ramón López Velarde con la expresión con todo gusto y a José Gorostiza con hecho y derecho. Frases hechas, como poetas, hay para todos los gustos, y tan descabellado y temerario es pedir a los poetas que se adapten al gusto de sus lectores como esperar de las frases que se reformulen espontáneamente según las expectativas del hablante. La expresión con la que yo suelo asociar a David Huerta es manojo de nervios.

Así los nervios de la vista y el oído como los del gusto y el olfato, pero sobre todo las innumerables terminales nerviosas del tacto, se organizan en verdaderos manojos a lo largo de la poesía de Huerta. Cada uno de sus poemas, a decir verdad, funciona como un órgano del tacto, y cada una de sus palabras actúa como una suerte de ventosa o papila sensible a lo rugoso, a lo liso, a lo poroso, a lo seco, a lo húmedo, a lo frío, a lo caliente de la realidad. El tacto es, desde luego, un asunto de la piel, de la piel viva, cuya profundidad —si se me permite parafrasear a Eduardo Lizalde— no está sino en la superficie. Obsérvese, por si lo anterior fuera poco, cómo se habla de un manojo de nervios en “Conjuro desde septiembre”, poema de La calle blanca (libro de Huerta publicado en 2006):

 

Que la mano se abra hacia el espejo del sueño

Que el ojo se cierre hacia el manojo de los nervios

Que la espalda se suavice en el reposo cristalino

Que la boca se distienda bajo la electricidad de la noche

Que el cuello se afloje en la flor del reposo

Que la nariz se eleve en el perfume blanco del día

Que la pierna se alargue detrás del magnetismo del viaje

Que el pubis se encienda en el terciopelo del abrazo

Que la cadera se curve en el esplendor de la brisa

Que la oreja se despierte bajo el tintineo del contacto

Que el pelo se derrame desde el muro del cráneo

Que el pecho se ilumine entre las astillas del grito

Que el hombro se duerma ante la huella del neblí

Que el pie se extravíe entre las magias del tiempo

Que la garganta se oscurezca con la sílaba del espacio

 

Meticulosa travesía del cuerpo, la poesía de Huerta es notoriamente acumulativa y enumerativa. Las percepciones la guían (si bien los datos del tacto más elemental, insisto, la guían por encima del resto de percepciones) y toda percepción es acumulativa. La sofisticación del tacto es, al mismo tiempo, su vastedad, su amplitud, ya que ningún roce, ninguna pulsación es concluyente ni excluyente con respecto al roce, a la pulsación inmediatamente anterior. Desde sus primeros libros, David Huerta sabe muy bien que no está compitiendo en una carrera ni siguiendo un camino, sino buscando repetir una caricia y, al hacerlo, reproducir un estremecimiento.

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