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La literatura como invocación de espíritus y apariciones | Sònia Hernández

 

La reflexión alrededor de la escritura (las estrategias, mecanismos, andamiajes o trampas que se utilizan a la hora de crear una composición narrativa) ocupa una parte muy relevante en la obra de Bárbara Jacobs (Ciudad de México, 1947). No se trata únicamente de metaliteratura porque la mera literatura sea el tema principal de cuanto escribe, tampoco de autoficción porque de su propia biografía construya personajes, sino que muestra al posible lector –directamente y en un ejercicio casi impúdico– sus instrumentos y su oficio para erigir su construcción.

Su hasta ahora última novela, La dueña del Hotel Poe, es quizás el ejemplo más obvio y más audaz, pero ha dejado muestras de esta inquietud a lo largo de su prolífica obra, ya sea desde la narrativa o desde el ensayo. Tornero Ruiseñor y Nadia Karam, los protagonistas de la novela que publicó en 2006, Florencia y Ruiseñor, pueden testificar más que ejemplificar lo que aquí se trata de afirmar. Testifican porque su talante imprevisible e insatisfecho los imposibilita para ser un objeto de estudio inmóvil y estable: construir una novela requiere una actitud siempre alerta. Ambos se encuentran en un sanatorio que a veces se llama Casa de Reposo, otras la Casa del Cerro e incluso la Casa de la Risa, en todo caso es un lugar en el que todo el mundo busca ser desposeído y donde están prohibidos los espejos.

Tornero Ruiseñor ingresó allí porque quiso denunciar al asesino del loro de su nana Julia y “porque el mundo no sabe qué hacer con alguien que, sin ser todavía un Einstein ni por gracia ningún Mick Jagger, le saca la lengua y no se arrepiente”. Se siente ya un anciano aunque no sabe si tiene 70, 80 o más de 100 años. Cuando Nadia ingresa en la Casa, por un absurdo percance con una falda y un sastre que, ante un espejo, la hacen ver que ya no es tan joven, Ruiseñor se autoproclama su maestro y le propone darle lecciones de literatura que han de acabar en la escritura de una novela. Este tipo de relación es habitual en las obras de Jacobs, baste como ejemplo Vida con mi amigo, donde recrea su relación con su primer esposo, Augusto Monterroso, quien también fue su profesor en el taller literario que impartía. La propia biografía, como la reflexión sobre la creación literaria, es uno de los fundamentos sobre los que se alzan muchas de sus obras, por lo que no es difícil reconocer a Monterroso en el personaje del profesor Lunas, a quien Jacobs dedicó una novela en 2010, y que ya aparece citado en varias ocasiones en Florencia y Ruiseñor.

En la Casa del Cerro, la atracción que Tornero siente por Nadia se manifiesta desde su llegada, aunque él mismo acepte que únicamente podría conseguir “un idilio más maternal que otra cosa”. Sin embargo, esa certeza no le impide mostrarle “a la niñamujer recién llegada lo que es el cuerpo de un hombre debajo del ombligo”, porque “¿Hay algo más franco, honesto y director en el amor?”

Siendo, como es, una irreverente y alocada reflexión sobre la escritura y la lectura, en esta novela es, tanto o más importante que los atributos físicos, la pulsión creativa que empuja a los dos personajes a escribir una novela. De la misma manera que no sabemos cuántos años tiene Tornero, que se describe a sí mismo desdentado, legañoso, encorvado, mal nutrido y casi calvo, tampoco llegamos a tener la certeza de si, como nos dice, realmente fue escritor antes de estar encerrado en el sanatorio. La literatura es, de eso no queda duda, una experiencia tan adherida a la existencia que resulta difícil separarlas. Los dos internos se entregan a la escritura como si de ello dependiera el diagnóstico que les va a permitir salir a la realidad de los cuerdos o, por el contrario, hundirse, fatalmente, en el abismo. Ruiseñor y Nadia se cuestionan sobre el propio deseo de escribir: “¿Sientes que tu novela hace falta en el universo; en cuál universo; piensas que por eso, en cumplimiento, en satisfacción de esa carencia, vas a sentarte a escribirla?” En la cita, algunas palabras reclaman una atención especial: la necesidad. ¿Es realmente necesaria una novela? ¿Para quién? Más adelante se nos dirá que “La casa donde se lava la ropa sucia de un escritor es su obra”. Y esa ropa sucia que hiede y molesta es la carencia de la cita anterior. Necesidad y carencia: la escritura como un remedio al que se acude en casos de patología, o el refugio –“la casa”– para dos internos de un sanatorio mental.

Pero para que esta experiencia se desprenda de cualquier dramatismo o tremendismo, Tornero se convierte en un Brujo no exento de patetismo que va a obrar el milagro o el truco de la creación. Y ante él, el contrapunto de la alumna empeñada en señalar lo ridículo de su disfraz. Lo único que puede iluminar a dos personajes encerrados cuya vida depende de lo que sean capaces de escribir es el humor y la imaginación. Ambos ingredientes, tratándose de dos locos, se desbordan en ocasiones, por lo que la novela se sitúa en el terreno de lo grotesco, un suelo no siempre cómodo para el tránsito del lector. También eso forma parte del ejercicio de creación. De la creación de la autora y del ejercicio no menos creativo que ha de hacer el lector. En la literatura como en el arte, parafraseando a Vicente Rojo –actual pareja de la autora–, hay que saber mirar. Bárbara Jacobs nos está retando a reflexionar sobre lo que supone escribir y leer una novela. De alguna manera, se están revisando las cláusulas del pacto de la ficción: qué estamos dispuestos a aceptar y hasta qué punto soportamos que nos incomoden; y qué obtenemos de tal experiencia. Tornero y Nadia muestran sus papeles en blanco, que a veces son apenas retales sucios que han sido de utilidad en menesteres menos nobles que el de acoger los delirios de quien escribe. Por ese desbordamiento de la imaginación, el sueño y la libertad creativa, se ha comparado esta novela con el Manifiesto surrealista de André Breton. Y de estas apuestas arriesgadas no siempre salen indemnes los personajes. Tampoco la autora, que se ha entregado, audazmente, a una prueba de esfuerzo y de imaginación en la que arrastra al posible lector hasta un terreno pantanoso en el que no son muchos los que quieren estar. Gonzalo Celorio ha dicho que la obra de Bárbara Jacobs tiene aristas. Es necesario, añado, caminar con tiento para reconocer y superar esas aristas y, de esa manera, obtener una visión general de la riqueza y la diversidad de experiencias excitantes que ofrecen sus libros.

Son la imaginación y el deseo de los protagonistas los que llevan la historia a las situaciones y las reflexiones que pueden acabar convertidas en aristas. Afirmaciones del Maestro como que “Es más fácil dejar volar la imaginación tras la realidad que arrodillarse encima de ésta con lupa y microscopio en mano” o que “Quiero que las palabras, el lenguaje, el uso, el manejo que les des, sean lo que despierte la imaginación del lector como la mejor de las imágenes”, sirven también como una obvia declaración de principios de la narradora, que sigue aclarando ante nuestra mirada los movimientos con los que se propone hacer el truco de magia que dará como resultado una novela.

Los personajes están ensayando trucos y probando fórmulas alquímicas que consigan transformar sus experiencias de internos en un sanatorio en una novela, lo que para Ruiseñor es tanto como “convertir la mierda en oro”. Como si fuese una traición, llegamos a saber que Nadia ya había intentado escribir fuera de la Casa del Cerro; es más, podría afirmarse que ha ingresado en la Casa de la Risa porque así lo había escrito. Sin embargo, el maestro se empeñará en descubrirle que la suya es una novela fallida porque lo único que ha pretendido ha sido recrear la vida de Florencia Tolosa, su nana: “Me estorbaba resentir la abundancia que desbordaba a Nadia. Resentía que quisiera dedicarle una novela a su nana cuando podía dedicársela a su mamá. (…) ¿Qué podía representar para Nadia una nana que la hiciera disponerse a fundirse en ella para poder retratarla? ¿Sabía Nadia que, sin la fusión del autor en sus personajes, no había obra?” Mientras elabora su encendido ejercicio para desacreditar el trabajo de Nadia, el Maestro-Brujo introduce un abundante número de preguntas sobre las funciones que ha de cumplir una novela. En principio, la finalidad más denostada es la que pretende construir una cadena de acontecimientos o de acciones que sólo den como resultado una trama abigarrada o una realidad que sólo demuestre hechos incapaces de emocionar.

Especialmente esclarecedor resulta el comentario que en una de sus excéntricas clases de literatura hace a Nadia: “Tu nana se llamaba Florencia y era un refugio”. Más adelante: “Desde hace días quiero decirte que hay atmósferas de México que me recuerdan a México, y tu nana, ya que hablas de ella, es una de estas atmósferas a las que me refiero”. De nuevo la idea del refugio, o la atmósfera: esa parte del espacio que rodea a la Tierra en la que la vida es posible y se puede respirar, aunque sea con dificultad por aspectos nocivos como la contaminación. La escritura es un refugio, como también lo es la nana. Tornero quiere que Nadia escriba con él sobre Florencia porque él también querría escribir sobre su nana Julia: “La novela que yo hubiera escrito sobre mi nana Julia habría sido un canto de nostalgia a mi mamá, que nunca me tuvo en sus brazos. No le dio tiempo. (…) Murió en vez de mí”. Se produce, por tanto, una cadena de suplantaciones en la que Tornero quiere suplantar a Nadia en la escritura de su novela en la que una nana ocupa el lugar de la otra mientras cada una de ellas está sustituyendo a las madres de los dos protagonistas que, a su vez, quieren que la literatura suplante a la vida mientras viven en una casa que no es la suya aunque no tengan ningún otro lugar donde esconderse.

En medio de tanto truco de magia y de tanto intercambio de lugares, deseosa de ser ella misma quien relate su historia y se retrate, se aparece ante los dos internos, en el umbral de la sala en la que se encuentran, “una mujer de estatura más bien baja, de torso cuadrado y senos abultados (…) aun de delantal sobre la falda y, ésta, encima de un pantalón rabón; zapatos tenis amarillos y calcetines verdes; las mangas de un suéter azul marino arremangadas, el cuello tan gastado que dejaba ver, debajo, una camiseta roja también raída por el uso (…)”. Se trata de Florencia Tolosa, quien ha regresado del mundo de los muertos. Su estrambótica vestimenta quiere recordar lo dura que fue su vida. Después de una escena de lágrimas provocadas por la emoción del reencuentro con su niña Nadia, la nana relata su historia, que es para lo que ha venido. Incontables años de entrega a la familia en la que trabajó, después de una vida llena de adversidades: padres muertos en la infancia, orfanato, abusos, alcohol, malos tratos y miseria de la que sale gracias a las palabras, los idiomas y la cultura. Tornero y Nadia nos avisan que no deben pasar inadvertidas las similitudes con “Un coeur simple, de Flaubert, y las calamidades que vivió su protagonista, Félicité. Son muchos los rasgos que unen a la criada de la Sra. Aubain y a Florencia, desde la mala suerte que conduce a la entrega incondicional a una familia que en realidad no es la suya hasta la devoción por el loro disecado en el que la francesa cree ver al Espíritu Santo y que, en el caso de la mexicana, se dirige al gallo también disecado. Las dos criadas dialogan para el lector de Florencia y Ruiseñor de la misma manera que su autora quiere dialogar con las abundantes referencias culturales que engrosan sus escritos, los cuales van desde Shakespeare a los Beatles. El ejercicio de Bárbara Jacobs se dirige a entender de qué y cómo está hecha la literatura. Por eso, cualquier ejemplo resulta de utilidad para indagar en las manifestaciones que consiguen emocionarnos.

Además de relatar su penosa vida, Florencia ha regresado del mundo de los muertos para avisarnos de otras cosas. Una frase parece pasar casi inadvertida: “No hay como la intemperie”. Tal vez debería servir de aviso para todos los que han estado y están buscando refugio. Quizá, después de todo y antes de nada, la intemperie es el estado natural del ser humano, por lo que no se debería tener demasiado apego hacia nadie ni hacia nada, ni siquiera hacia los animales, porque nada se conserva: “le adelanto que, muertos, la gente y los animales no vamos a dar al mismo sitio, y lo lamento. Y otro dato que puede ser de su interés es que, una vez muertos, no necesariamente nos encontramos con o buscamos a la gente con la que nos llevábamos, para bien o para mal, cuando vivos”. O sea, la expulsión del paraíso original condena a la intemperie, una condición que sólo parece soportable para personas como la nana o como Félicité. Por eso son dignas de ser convertidas en mito y de aparecerse después de la muerte. Sobre ese más allá, Florencia revela otros secretos como que “cuando uno resucita, regresa de la edad en la que murió”, “ni muerto recuperas la juventud”. La resurrección, por lo que se ve, no deja de perder su atractivo.

Todavía recibimos otro mensaje a través de la nana cuando, una vez que ha regresado al mundo de los muertos, Nadia recuerda el día en que la enterraron: “Fue el golpe que oímos cuando, al inclinar el féretro los enterradores para empezar a deslizarlo hacia el fondo de la fosa, la coronilla de la nana pegó contra el interior de la cabecera de la caja. Fue un golpe que sonó con volumen alto, pero de corta duración. Un toque a la puerta y punto. Un memento mori. Único. Último, de su parte”. Florencia fue maltratada hasta el final, en una escena que de nuevo vuelve a desacralizar un momento dramático.

En su conjunto, la visita de Florencia ofrece material suficiente para que los dos internos sean capaces, por fin, de escribir la novela que anhelan. Pero tampoco parecen ponerse de acuerdo sobre si lo importante es relatar los acontecimientos que marcaron su vida o, al contrario, encerrarse en el refugio que es la nana y analizar las tormentas subjetivas que los empujaron en busca de un techo. La literatura puede ser tan útil para construir un relato como para dar forma al cobertizo que nos proteja de la intemperie. Nadia insta a Tornero a que narre todo lo que dijo la aparecida; pero el Maestro, que por algo ostenta ese cargo, se resiste. No le interesan tanto las desventuras de Florencia como el significado de la nana. De repente, todo el mundo quiere ser y se esfuerza por ser el consentido de la nana, sobre todo, como explica Bárbara Jacobs –que lo sabe bien porque es psicóloga de formación–, cuando se alcanza “esa edad en que se suele resentir cómo lo quiso a uno su mamá o su papá, o cómo no lo quiso a uno su mamá o su papá, y en cambio sí a un hermano”.

Christopher Domínguez Michael escribió en su Antología de la narrativa mexicana del siglo xx que una parte de la literatura escrita por mujeres en México –grupo en el que incluye a Bárbara Jacobs, especialmente por Las hojas muertas– se encuentra en una “edulcorada cárcel retórica” impuesta por la “infantilización prefabricada” de Elena Poniatowska. Esta afirmación, sumada a las aristas de las que ha hablado Gonzalo Celorio, evidencia de nuevo la existencia en la obra de Jacobs de situaciones incómodas para un determinado grupo de lectores. Como en un espejo deformante, se exageran los atributos y los sentimientos para conseguir personajes casi grotescos, arquetipos que sirvan para explicar y clarificar patrones. En este caso, freudianos.

Tanto Florencia como Julia, la nana de Tornero, trascienden su testimonio de criadas y niñeras para convertirse en arquetipo. Han sobrevivido a la intemperie. El maestro brujo que un día fue escritor –o así lo pretende– en la figura de la nana encuentra a su madre, su refugio, su atmósfera o su paraíso original. Así, él mismo le dice a su alumna: “Creamos, como el doctor Frankenstein, un monstruo constituido de miembros, características, ideas, lenguaje, temores y deseos de personas diferentes, irreconocible, inencontrable; a ver si más bien es él quien acaba con nosotros. Lo ideal sería que la mezcla convirtiera a FlorenciaJulia en La Nana, y que el lector que leyera tu libro, lector que recordara a su propia nana”. La añoranza por la nana y por la infancia es esa melancolía o saudade inherente al ser humano. Pero, en un nuevo giro, con la voluntad de desdramatizar la situación, Bárbara Jacobs une la nostalgia y el humor en una escena que recuerda al personaje de la felliniana Amarcord, el cual aprovecha una salida del sanatorio para encaramarse a un árbol y gritar “Voglio una donna!”: Tornero se sube a un pino a gritar: “¡Nana! –grito que dirigí a las nubes para que desde su aposento en el cielo mi nana Julia se acordara de mí”.

Hacia el final, cuando Tornero ha sido ya desposeído de la posibilidad de escribir ninguna novela, e incluso de la compañía de Nadia, se da una nueva invocación a la nana: “Nadia no puede abandonarme. ¿Por qué sí pueden las nanas, substitutas transitorias o permanentes de mamá, su brazo derecho, su mano izquierda, su dama de compañía, su paño de lágrimas, la nodriza universal, la confidente, el calor de la leche color hueso, la nata, espesa, dulce como la miel?”

Todo el ejercicio ciertamente freudiano de escritura que supone la novela que hay dentro de Florencia y Ruiseñor, así como de la novela que estamos leyendo nosotros, no es sino una invocación del arquetipo de la nana. Los desposeídos de la Casa del Cerro escriben, y se preguntan incansablemente cómo, para qué y para quién. Al final descubrimos que la literatura sirve para hacer regresar a la gente desde el mundo de los muertos, porque las novelas están pobladas de fantasmas. Los dos internos convierten a sus nanas en mitos que tienen que soportar la vulgaridad de la parte más salvaje de la naturaleza humana. Por eso no es fácil seguirlas en el proceso de su construcción. Por lo mismo sus historias están llenas de aristas. Tal vez a un mito clásico, en el que buscamos la grandeza de las cualidades humanas, no le permitiríamos ser escatológico, ni que haga juegos de palabras, ni vestuarios grotescos que demuestren lo absurdo que a veces rodea al ser humano. ¿Qué tipo de lectores busca el ejemplo de la grandeza en un loco que se sube a un árbol a llamar a su niñera? Con Nadia y Tornero nos preguntamos si acaso la muerte recubre de leyenda a los mitos: el hecho de dejar de ser para ser sólo en los demás, al fin y al cabo una definición cercana a la literatura que no es nada hasta que alguien se decide a leer. La literatura en sí misma se convierte en una aparición, en una visión que, como la nana, puede ser un buen refugio donde se nos restituyan los cuidados que no se nos procuraron en el momento preciso y cuya carencia se ha transformado en humor negro, macabro y extraño.