Juan-Villoro-para-web

La insumisa relectura  | José Ramón Ruisánchez Serra

El padre de Montaigne decidió que la mejor manera de educar a su hijo no era en francés. Apenas separado de su nodriza, le contrató a un alemán a quien le dio una orden lapidaria: al niño solamente le hablaría en latín. Y no solamente lo hizo el ayo. Cada miembro de la familia y de la servidumbre aprendió lo suficiente para que el niño Michel no oyera francés sino hasta que cumplió los seis años. Así, con una lengua muerta como lengua materna, Montaigne creció leyendo a Horacio, Virgilio y Ovidio antes de conocer a Villon.

Creo que eso explica mucho, no sólo de su erudición, sino de la empresa de los Ensayos como acta de nacimiento del pertinaz yo crítico moderno. Al crecer y educarse de esta manera absolutamente singular, Montaigne recibe la impronta que le permite y lo obliga a pensar el mundo de nuevo. Y por eso se atreve a hablar de todo: desde el deber de amistad con el amigo muerto hasta los colores que prefiere para vestir. Blanco, negro y gris, como es común hoy, pero nada frecuente en sus tiempos.

Todo esto viene al caso porque, como nos cuenta Juan Villoro en su hermoso ensayo “Iguanas y dinosaurios”, en el Colegio Alemán de la Ciudad de México él fue uno de los pocos niños mexicanos educados en el grupo de los alemanes. Donde resolvía problemas sobre manzanas aritméticamente predestinadas al apfelstrudel y sólo llevaba una clase en español. Dice que por eso todo el conocimiento estaba “en extranjero”. Digo yo que buena parte de su maravillosa originalidad seguramente proviene de esta crianza minoritaria.

Gracias a esa educación, lee en alemán por mí y por muchos de los que hablamos español, y a eso le debemos, de manera directa, los ensayos sobre Schnitzler y Bernhard en Efectos personales. Así como soberbias versiones de Von Rezzori, Goethe y Lichtemberg. Además de párrafos deliciosos como este: “Si para Borges la metafísica es una rama de la literatura fantástica, para los escritores de habla alemana la literatura suele ser una forma de la filosofía. Las novelas de Hermann Broch, Thomas Mann, Robert Musil y Elias Canetti son formidables ensayos. La realidad se vuelve asunto al incorporarse a una teoría del conocimiento. Para interpretar un suceso, por nimio que sea, el escritor alemán recurre a la razón filosófica. Günter Grass va al dentista y después de la primera inyección habla de Séneca, Goethe viaja a Italia y encuentra su ser en todos los campanarios, Walter Benjamin caza mariposas y cada captura le restituye una esquiva porción de su existencia”.

Como se ve, el humor no fue afectado por los años del Colegio Alemán. Al contrario. Pero sobre todo parece que, en esos años de ser peculiar, fue germinando una mirada astuta, que sabe encontrar los detalles que importan y, mucho más importante, la mejor manera de decir lo bueno y sorprenderme al referirse a un escritor que he leído bien: “Augusto Monterroso conoce tan a fondo los géneros canónicos que prefiere abordarlos como parodia. Desde su título, Obras completas (y otros cuentos), el delgado volumen con el que debutó en 1959, es una lección de ironía: cada frase significa al menos dos cosas y cada texto rinde un irreverente homenaje a la historia de la literatura”.

Pero eso apenas es un paso hacia una observación más honda: “La lectura es cariñosa y justa. Captura algo que todos los que queremos tanto a Tito intuíamos, pero que no habíamos sabido decir tan bien. Pero apenas es el primer paso para llegar a una observación aun más honda: “Toda obra perfecta depende de cierta imperfección que permita quejarse de que no sea ‘perfecta’” . Defectos ejemplares de los que depende la magia de un texto literario. Llegar a ese lugar es verdaderamente el privilegio de quien es raro y sabe que si bien “todo está en todas las cosas”, es necesario saber buscarlo de manera elíptica. Explícamelo con apfelstrudels. Así, Juan Villoro nos trae de un lugar recóndito –una carta que Schiller le envía a Goethe– un fragmento inteligentísimo: “Schiller encomia que, una vez en posesión de sus recursos, Goethe logra ‘transformar, retrocediendo, los conceptos en intuiciones’. El elogio merece una pausa reflexiva. Estamos ante una operación intelectual más compleja que el conocimiento: el camino de regreso del civilizado, el asombro adquirido a voluntad, después de saber las cosas”.

Pero lo mejor es que esta lejanía le sirve al mismo tiempo como la definición mejor de un cercano: “No es otra la meta de Pitol” –agrega–. Me asombra la justicia de la observación. Es verdad, Sergio Pitol, que viaja al Hermitage de San Petersburgo para poder encontrar el cuadro que adornó su mochila de niño, es el maestro del asombro recuperado en plena madurez.

Y al mismo tiempo, este triángulo que une a Goethe a Schiller y a Pitol desea desdoblarse; tiene una punta más, un vértice fantasma que apunta hacia Villoro, quien en Efectos personales lee y relee pero nunca para domar los textos, sino para atizarlos y pasarnos el calor, el brillo, el misterio de su llama.

 

Con Juan he hablado mucho de ciudades. Compartimos cariño por algunas, relativamente pequeñas, deliciosas porque no son parte del tour urgente de los apurados: Bologna o Amberes nos gustan a los dos. A los dos también nos gusta Barcelona, donde vivió él y, más improbable pero igual verdad, Houston, donde vivo yo. Naturalmente, hablamos y mucho del desastre continuado, irremediable e inexplicablemente adictivo que se llama Ciudad de México. Pero hay una ciudad en la que nuestros juicios no coinciden. A él le gusta Londres y a mí no. Acaso porque en Londres me he perdido, después de viajar 22 horas para llegar, o porque vi cómo uno de los últimos doubledeckers –esos autobuses rojos de dos pisos– casi mataba a un distraído que caminaba a tres metros de mí, o acaso porque no he sabido llegar a sus secretos, que conserva de manera más celosa que otras ciudades menos recoletas. Pero precisamente por eso me gusta que Juan hable de Londres. Él la ve de una manera diferente.

Cuento esto porque, como las ciudades, los libros también se habitan. Los mejores ensayos literarios nos hacen regresar a un libro porque vuelven urgente un lugar exacto de lo que todavía no he leído, vuelven nuevo el libro que he leído de otra manera. Pero sobre todo porque me convencen –y ésta es quizá la más compleja de las suertes del comentarista– de que, en un libro que no me gustó, me aguardaba algo en una edad distinta, que no supe comprender lo que me aguardaba entre sus páginas. Cada uno de estos libros es Londres.

En Efectos personales hay dos textos que me gustan mucho, pero no porque estén dedicados a un libro que me guste leer y releer –como “Lección de arena”, uno de los mejores ensayos sobre Pedro Páramo– sino porque tratan de autores que, cuando los intenté, me parecieron atroces. Uno lo dedica a William Burroughs, ese atascado al que tanto han querido desde los beatniks hasta Laurie Anderson y Gus Van Sant. Aquí, Juan Villoro se desvía por una pequeño paréntesis dedicado al abogado de Burroughs en México. Necesitaba uno bueno, porque le acababa de dar un balazo en la cabeza a su esposa. Y lo encontró. Se llamaba Bernabé Jurado: “Después de la muerte de Joan, el licenciado Jurado sacó a Burroughs de la cárcel en sólo trece días y lo llevó a la cantina de La Ópera como una prueba ambulante de su talento para pasarse la ley por los huevos. García-Robles logra un relato indeleble del hombre que defendió a su protagonista: ‘El abogado del diablo, hipertransa, avieso, rey del soborno y el chanchullo, amo de la maniobra y el capoteo de leguleyos, abogado mexicano in extremis… Se casó catorce veces… Cuando un periodista lo calumniaba, lo buscaba, le mostraba la nota infamante y se meaba en ella. El estilo de Bernabé Jurado era múltiple y siempre chueco… En un juicio le solicita al juez una prueba contra su cliente: un cheque sin fondos. Lo toma ¡y se lo come! Su cliente sale libre por falta de pruebas. Sólo una vez Bernabé Jurado estuvo en la cárcel, un año antes de dejar el mundo. Murió en 1980, cuando en un arranque de celos mató a su esposa en un penthouse en las calles de Varsovia número tres, Zona Rosa. Luego él mismo se disparó en la sien una bala expansiva. Murió instantáneamente. Fue su última movida’.”

A lo mejor nunca leo Nova express. Pero después de leer esto fui corriendo a comprar La bala perdida, de Jorge García Robles. Un libro sobre los años de Burroughs en México. Acaso no era el objetivo de su “Espíritu de San Luis”, pero es una ventaja colateral en un volumen así de generoso: no sólo nos regala el libro del que habla sino el libro que usa para comentar el libro del que habla.

De lo que Juan sí ha logrado convencerme es de regresar a Lolita. Lo había leído en una  mala traducción, demasiado pronto (antes de llegar a la edad de Humbert Humbert) o acaso demasiado tarde (mucho después de la que tiene Lolita). Dice sobre Nabokov: “Ajeno a los temas ampulosos, creó un mito improbable: una niña caprichosa, de calcetines sucios, con una cicatriz en el tobillo, dejada por un patinador; una ‘consumidora ideal’, siempre dispuesta a mascar el chicle mejor publicitado”.

Después de leer el libro y decidir que no me había gustado, me he sorprendido usando muchas veces el término Lolita, como uno podría usar Don Juan, sólo que muchas más veces de las que he usado Don Juan. Y me ha sorprendido recordar minuciosamente pasajes de algo que, según yo, estaba destinado al olvido inmediato. Quiero contar una de esas ocasiones. Brinco directamente a la cita:

 

Las hierbas habían crecido dentro del galpón, entre pilas de cajones, bultos, muebles apenas reconocibles. Julio desvió la linterna al techo, en busca de alacranes.

Shit! –gritó Alicia y saltó en un pie.

–¿Qué pasa? –Julio se arrodilló maquinalmente. La luz de la linterna rebotó al alumbrar el cuerpo tan de cerca.

Su sobrina había pisado una penca de nopal; las espinas habían traspasado su suela de goma.

Alicia volvió a gritar, los ojos llenos de lágrimas. Julio respiró su aliento a dulces artificiales. Aun en la desesperación, su mente registró esa minucia. Alicia olía a chicle fresco.

Tiró con fuerza para desprenderle la penca. Alicia mordió su antebrazo.

–Perdón –gimoteó.

–Vamos a donde haya luz, estás toda espinada.

–Cárgame.

Alicia tenía dos anillos en los dedos del pie.

Julio sostuvo el bulto leve, un cuerpo apenas más pesado que el de una niña.

 

El pasaje es de la magnífica novela El testigo, de Juan Villoro. La levísima muchacha chicana –que huele a chicle Juiciy Fruit y en lugar de calcetines sucios y esa cicatriz homérica adorna sus pies con los toe rings que inquietan al protagonista– es Lolita, o al menos una de las encarnaciones de Lolita.

Lo que quiero señalar aquí es que el autor de Materia dispuesta, quien conversa con nosotros sobre sus lecturas, es uno de los grandes escritores vivos de la lengua. Juan Villoro nos enseña aquí esa parte esencial de su oficio: las ocho horas al día que el escritor pasa leyendo… o mirando con atención, que es otra manera de leer: “En el cuadro Tres de Mayo los soldados que matan al pueblo inerme carecen de rostro, la crueldad es difusa, obra de todos y cualquiera; ha perdido su nombre propio. Goya anticipa la idea central de Hanna Arendt; los verdugos anónimos encarnan la ‘trivialidad del mal’; en cambio, las víctimas tienen facciones precisas, abren las bocas y los ojos, nos interrogan, nos incomodan, saben, como Pavese, que cada hombre que cae ‘exige una razón’. Éste es, para Robert Hughes, el momento en que la pintura deja de celebrar batallas y transforma a los muertos en protagonistas. De los Desastres de la guerra al Guernica arde la misma lámpara: el artista retrata lo que no quiere ver”.

El cuadro convoca libros y los libros una obligación ética. Permítanme volver una vez más, para cerrar, a “La piedad del asesino” su texto sobre Lolita. Allí Juan Villoro escribe: “La obra entera de Nabokov es una reflexión sobre la inapresable sustancia del tiempo. Mientras ocurren, las anécdotas preservan su misterio; sólo a través de la memoria, cuando ya resulta imposible alterar sus ácidos designios, podemos otorgarles coherencia imaginaria. De acuerdo con Claudio Magris, escribir significa transformar la vida en pasado, o sea envejecer. Nabokov se concentra en las consecuencias morales de esta condición inevitable de la literatura: el caos que vivimos como un presente indescifrable se ordena como un pasado agraviante; una vez transcurrida la experiencia adquiere lógica y reclama cuentas. Narrarla implica concebir culpables”.

Pero ¿no es esto precisamente lo que hace la buena crítica? También lo que leemos permanece un poco incomprensible, incoherente, hasta que llegamos con un amigo sabio que, al conversar con nosotros, nos permite ordenarlo, ponerlo en el librero mental junto a otros libros. Pero ¿y la culpa? La culpa en este caso es más suave: es la de seguir teniendo lecturas pendientes: lecturas, relecturas, pero todas con la promesa de nuevas conversaciones privadas o, como la que ahora comienza, públicas.