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Imago urbis | Por Leonarda Rivera

Así como hay pensadores que han hallado su metáfora en el bosque, hay otros cuyo discurso parece inseparable del tema de la ciudad. De éstos, Eugenio Trías ha hecho de la imagen de ésta el espacio propio para su discurso. Claro que Eugenio Trías no ha sido el primero en apuntar una analogía entre ciudad y pensamiento; ya antes otros habían fundado ciudades ideales y habían intentado tomar también la estructura y trazados citadinos como su modelo: había equiparado la arquitectónica de la ciudad con la arquitectónica de algunos sistemas filosóficos.
Pero no debemos olvidar que hay de ciudades a ciudades: hay aquellas que sueñan con ser réplicas perfectas de sus diseños, con calles y avenidas tan bien trazadas como si la mano del urbanista que las concibió nunca hubiese temblado. Existen también ciudades genéricas que son una interminable repetición de un mismo módulo estructural simple; ciudades que crecen hacía arriba, que han cambiado la horizontalidad por la verticalidad, en las que el rascacielos es la tipología final y definitiva.
¿Cómo será esa ciudad a la que Eugenio Trías piensa como metáfora para su pensamiento? Antes de cualquier respuesta posible, debemos anotar que durante más de diecisiete años Eugenio Trías fue docente en la Escuela de Arquitectura Barcelonesa y que muchas de sus preocupaciones responden a las inquietudes surgidas en el aula. Por otro lado, este pensador catalán no sólo se apropia del lenguaje de la arquitectura para construir su obra, sino que en ésta la ciudad se vuelve un problema filosófico, estético. Así que por una parte, tenemos al joven Eugenio Trías que se inaugura en el pensamiento filosófico con una tesis de licenciatura sobre las relaciones entre eros y poiésis –teniendo como escenario la polis de Platón– y, por otra, al Eugenio Trías maduro que en Ciudad sobre ciudad inaugura a la manera de un viejo augur la ciudad fronteriza.
En Ciudad sobre ciudad, Trías apunta que su obra puede ser vista como una ciudad y, las diversas áreas congregadas en ella, como barrios o suburbios. Se trata de una ciudad ideal que se fue construyendo de forma imprevisible y desordenada; nada que ver con esas ciudades perfectamente trazadas en los planos, ni mucho menos con los diseños contemporáneos de ciudad que en Oriente han dado vida a las ciudades genéricas. La obra de Eugenio Trías se asemeja más bien a una de esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en grandes ciudades, esas ciudades mal trazadas, pero no mal escritas. En Ciudad sobre ciudad, Trías acude al Wittgenstein de Investigaciones filosóficas al intentar justificar el porqué su ciudad fronteriza sólo puede ser fundada a posteriori o refundada; se trata pues de “una ciudad que al estilo de las viejas ciudades europeas posee sus barrios y suburbios sobre los que se edifican nuevos acomodos urbanos, y en donde conviven viejos barrios con expansiones o ensanches de nueva planta”. Algo parecido a esa ciudad, a la que Wittgenstein compara con “pensar-decir”, ese concepto de lenguaje que contempla una pluralidad de barrios y suburbios, y que sin embargo, tienen entre sí “aires de familia”.
En tanto criterio de distribución, la ciudad fronteriza y sus barrios aparece justificado en la etapa tardía de su pensamiento, aunque la ciudad, en tanto tema, está presente desde el comienzo. En una entrevista, Eugenio Trías revela que siempre quiso escribir un libro que llevara por título Ciudad sobre ciudad, que sería una especie de homenaje al viejo casco de Barcelona, pero también a la nueva Barcelona construida sobre las ruinas de la ciudad romana. Éste es otro tema inquietante en su discurso, las ruinas sobre las que se levanta una ciudad, una cultura o un pensamiento filosófico. Esas ciudades que se fundan o refundan encima de otra.
A partir de Ciudad sobre ciudad puede verse ya con cierto aire de familia cada uno de los barrios (4) que conforman la ciudad fronteriza. Esa distribución permite que la obra de Eugenio Trías pueda ser recorrida como se recorre una ciudad, incluso si la imagen de la ciudad comúnmente invita al visitante a perderse en sus laberintos. En analogía, el discurso de Trías pone al hombre como el laberinto mismo.
Una ciudad refundada en la frontera, en el límite, sólo fue posible cuando su autor desglosó y deparó lo que entendería por el límite, el ser del límite: “Esta instauratio magna, este gesto inaugural de la mano cansada del filósofo, puede parecer a primera vista la inversión del rito de fundación de la ciudad que el propio Trías describe en su obra Ciudad sobre ciudad. Los romanos tenían a bien celebrar un rito de inauguración de las ciudades en el que se consultaba a un augur sobre el lugar, la orientación y la forma en la que debía ser proyectada la ciudad.”
Me parece sumamente sugerente que Ciudad sobre ciudad no sólo sea una especie de síntesis de todo el discurso trisiano, sino también una mirada retrospectiva que reafirma los diversos temas que se fueron asentando en cada uno de sus barrios. Este libro –hay que decirlo– lleva por subtítulo “Arte, religión y ética en el cambio de milenio”.
Ahora bien, en su discurso, pensar la ciudad significa pensar también en el hombre, en su condición limítrofe. De hecho, El artista y la ciudad, y la lectura sobre las relaciones entre la ciudad terrestre y la ciudad celeste, lo que lo acerca a ese límite, limes, espacio fronterizo en el que habrá de confluir toda su reflexión.
Hay autores que parecen haber sido fundamentales para su comprensión de ciudad como Aldo Rossi y su La arquitectura de lo monumental, pero sobre todo Joseph Rykwert y La idea de ciudad. Incluso Trías hizo un prólogo para la versión española de éste último. Pero también hay otros autores que se pueden ver como huéspedes distinguidos de la ciudad fronteriza. Entre éstos sobresalen Franco Rella y su libro Limina, y Robert Frossier y uno de los tomos de su obra La Edad Media. El concepto de limes, límite, está marcado por la topología romana que bien osa en comentar Frossier en su libro, mientras que la fundación de la ciudad en la frontera, en el limes, se aclara con algunos ejemplos que en su momento fueron recuperados por Rykwert en La idea de ciudad.
De manera muy breve: Eugenio Trías, basándose en los estudios de Frossier, concibe en un primer momento la noción del límite en el sentido del limes geopolítico del imperio romano; una franja leve, quebradiza, marginal, pero susceptible de ser habitada y, en todo caso, situada en el intersticio entre lo que los romanos concebían como su mundo y el más allá (el mundo bárbaro). El limítrofe era el habitante del limes. La intención de Trías al usar esta metáfora es para comprender la naturaleza limítrofe de nuestra condición. Hay que subrayar que la metáfora del limes está basada en la distribución político-territorial del imperio romano y, en gran medida, la topología del límite se encuentra sustentada en las imágenes que sostienen a dicha distribución. ¿Qué pues es el limes? Es un lugar, es la frontera, el espacio territorial donde se atraviesan elementos que provienen de distintas franjas. El límite se despliega bajo tres cercos:

1. El cerco que los salvajes o bárbaros sometían al limes, e indirectamente, al propio cercado imperial.
2. El cerco que el propio imperio levantaba contra sus amigos –enemigos –habitantes del limes (que generalmente era una parte del ejercito que cuidaba y cultivaba ese territorio).
3. El cerco que el limes y sus habitantes fronterizos sometían tanto a los bárbaros del más allá como a los “habitantes del imperio”.

Visto bajo el discurso de la otredad, el más allá constituía un territorio poblado de seres extraños, salvajes, sin cultura. Mientras que el más acá, para los antiguos, representaba el mundo. En ese territorio podía habitar el ente investido de razón, derecho y lenguaje. Era el mundo de la cultura. Ese mundo tenía su limes en la frontera.
Bajo esta metáfora, el mundo es la ciudad, la polis, y el verdadero habitante de la polis es el ser investido de razón. El habitante del más allá es “un falto de lenguaje y de cultura”, el más allá es zona de bestias; allí donde se termina “el mundo” comienza el territorio salvaje. El mundo de la otredad. El limes, en tanto frontera, participa tanto de un cerco como del otro, es decir, tanto de lo racional como de lo irracional.
La ciudad fronteriza participa de la gran metrópoli pero también recibe elementos que provienen del llamado “no-mundo”. Hemos dicho que Eugenio Trías no es el primero en reparar en la analogía sistema de pensamiento-ciudad, ni tampoco es el primero en teorizar sobre el concepto de límite. Sin embargo, Trías no concibe el límite como una línea que se vislumbre en la lejanía, ni tampoco como un horizonte que limite un campo de visibilidad que se imponga como inalcanzable, o como una barrera; su concepto de límite está basado en el limes geopolítico romano. “El límite tiene aperturas: accesos hermenéuticos, a lo que se halla más allá del trazado que establece. Puede decirse que posee puertas (y bisagras. Goznes y cerrojos). (…) Es más, el límite –que es a la vez puente y puerta, por emplear aquí las expresiones de un importante trabajo de Georg Simmel– debe ser concebido en proyección temporal, y no tan sólo en términos espaciales. En este sentido el límite posee una doble significación: es, por un lado, terminus (el final mismo de un proceso), pero es también limen, umbral. El límite es, a la vez, comienzo y fin: tránsito pre-liminar hacia algo que nace; tránsito terminal de algo que finiquita (en dirección a lo incierto).”
Eugenio Trías siempre tuvo muy presente que la fundación de las ciudades entraña un rito sagrado, pues constituye no sólo la instauración de un espacio que será habitado sino, también, un juego de intercambios con lo que él llama “el cerco hermético”, aquello “otro” que siempre estará acechando a la ciudad desde sus entrañas, aquello otro que deberá ser colmado para que la ciudad, en tanto espacio donde confluirá la vida cotidiana, pueda ser habitada sin la presencia de “los otros”. De ahí su fascinación por La idea de ciudad, donde Rykwert reconstruye, a través de Tito Livio y otros, el complejo rito de la inaguratio (literalmente, “buenos augurios”) de la ciudad. El rito concluía, tras el trazado en tierra de los surcos que constituirían los límites de la ciudad, y la depositación de las reliquias del rito fundacional en el mundus, en un pozo excavado en el que éstas quedaban enterradas con el fin de surtir efectos benéficos a la ciudad –allí mismo se depositaban también las reliquias del héroe o las reliquias relativas a la ciudad matriz de la cual la recién fundada era colonia–. Ese mundo que aguadaba un pozo abismal cubierto por una gran losa era, de hecho, el límite que salvaguardaba a los vivos de los muertos. Es decir, que en el centro mismo de la ciudad yacía “lo otro”, de forma tal que el mundo representado en la ciudad era también la puerta misma del submundo.
Los tres cercos presentes en la filosofía del límite no olvidan esto. Saben que el hombre, en tanto habitante de la frontera, del limes, está siempre en contacto con eso “otro”. El concepto de límite, la propuesta del ser como límite, está presente en los cuatro barrios que conforman la ciudad fronteriza, una ciudad que se sabe situada en un territorio limítrofe y que nunca fue trazada en principio como ciudad, sino que como toda ciudad fronteriza creció desordenadamente, anexando diversos temas, y que, por tanto, sólo al final pudo ser refundada a la manera de las viejas ciudades europeas que no tienen un trazo lineal, sino que edificios antiguos conviven con estructuras nuevas y disimiles. Al comienzo de la aventura filosófica de Eugenio Trías no hay ciudad ni estructura, la ciudad fronteriza es una ciudad que crece por todas partes, que ve el arte como un dispositivo que en el límite instaura significado y proyecta sentido; en la ciudad fronteriza los temas se atraviesan y a veces se confunden. En ella, la filosofía tiene una cita consigo misma y con sus sombras.

 

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