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Fruto extraño | Monserrat Acuña

¿Pero estar enfermo no es la reiteración de estar vivo, doblemente vivo?

Sergio Loo

 

Operación al cuerpo enfermo, de Sergio Loo, es un fruto extraño. Uno de esos frutos “difíciles de categorizar y de definir en sus apuestas por soportes y formas diversas, mezclas y combinaciones inesperadas, saltos y fragmentos sueltos, marcas y descalces de origen, de géneros –en todos los sentidos del término– y disciplinas”, dicho por Florencia Garramuño.[1] Esos frutos extraños que se incomodan ante la estabilidad, lo específico y cualquier otra trampa de la pertenencia, que con agilidad se deslizan entre lindes, no son una práctica ni la otra, articuladas en un soporte precario, de vulnerabilidad radical y movimiento constante.

Frutos extraños es el nombre de una instalación de Nuno Ramos en la que se entrelazan la música popular, árboles secos, palabra escrita y video. También es el término que Florencia Garramuño usa para nombrar, con precisión inspiradora, una considerable cantidad de obras de arte contemporáneas. Los frutos extraños parecen compartir un malestar frente a cualquier definición específica o cualquier categoría en la cual instalarse cómodamente. Estas prácticas establecen conexiones novedosas dentro de diferentes campos de la estética, como la convivencia entre instalación y literatura, dibujo y poesía, fotografía documental, entre otras. Es claro que estos frutos extraños han transformado el paisaje de la estética contemporánea actual; su puesta en crisis de la pertenencia ha permitido nuevas formas de organización de lo sensible a través de la exploración y el desconocimiento de las fronteras disciplinarias.

El texto de Sergio Loo, fruto extraño, irrumpe en el límite: es inespecífico en tanto es imposible de aprehender. Por un lado, la inespecificidad genérica. El libro oscila entre la poesía, la novela, la disertación ensayística y el manual médico. Está compuesto por fragmentos de prosa poética que articulan un relato sobre la enfermedad y, al mismo tiempo, confluyen con fragmentos de lenguaje médico. La irrupción del relato en el poemario es importante: la narración se independiza de su modo de pertenencia y compone un nuevo uso del género que sobrepasa las prácticas convencionales para poner en acción el relato. La composición que hace el autor al tomar elementos de la novela y la poesía desestabiliza y al mismo tiempo posibilita que se representen sucesos en los que aparentemente no sucede nada. Un cuerpo enfermo es generalmente un cuerpo en reposo. La ausencia de acción haría de ésta una historia inenarrable; la solución es poética: el cuerpo enfermo es lenguaje.

CLAVÍCULA

Ésta es la historia de un sarcoma en mi pierna izquierda que casi me rompe el fémur. Ésta es la historia de cómo casi me tienen que mutilar una extremidad. Ésta es la historia de lo que pensaba hacer si me cortaban la pierna. Ésta es la historia de mi cuerpo desnudo siendo operado, abierto, anestesiado y zurcido para sanar. Ésta es la historia de todas las historias lindas que me contaría la gente una vez que me hayan diagnosticado mi amputación. Ésta es la historia de los días de recuperación, la amputación que drena la sangre sucia.[2]

 

El modo en el que se cuenta la historia no es el común; su estrategia es la yuxtaposición de fragmentos cuyos vacíos temporales se ocupa de llenar el lector mediante la creación de un sentido. Los poemas de Loo son notas de ruinas, despojos del cuerpo que va muriendo. El trabajo con el fragmento crea hojas en las que los textos entre sí parecen no relacionarse:

PUENTE DE VAROLIO

“Para obtener una muestra del tejido es preciso una biopsia incisional: una incisión en la piel para extraer los fragmentos del tumor para evaluarlo”.

 

TRAPECIO

Dibujo a Pedro en uno de los muros. Al que le da más luz. Pedro en escorzo mordiendo un durazno. Su traslación a la gráfica se desdoble, por no decir, se voltea contra mí; por culpa de la perspectiva parcial, deforme, que tengo de él, masa concreta. Mi trazo me delata. Mi trazo soy yo. El dibujo soy yo y es la figura de Pedro a la vez. Mezclados. Nuestras piernas y nuestros brazos se expenden en una nueva forma de hermafroditismo. Así nació el sol.

 

Los diversos recortes no se adecúan ni se enlazan en función de una trama contenedora. El libro narra, en esa forma de no-trama, el proceso del cáncer, los recuerdos de infancia y las aventuras de la comunidad poliamorosa que integran Cecilia, Pedro y el sujeto. La historia, que se ha librado de las exigencias convencionales de la narración, no se resuelve; en su lugar, los fragmentos diferentes hacen que el espacio de la escritura se vuelva una instalación al estilo de las artes plásticas. La heterogeneidad de registros, tiempos e historias presenta una escritura desde la intemperie puesto que carece de un lugar desde el cual posicionarse: no es poesía, no es novela, no es ensayo.

El texto-instalación existe tanto por su inespecificidad de lenguaje como porque el medio ha sido afectado. A pesar de ser un libro aparentemente común, en él hay una relación directa entre la ilustración, la disposición de la tipografía y otros juegos que hacen que estén extrañados los vínculos entre texto y su materialidad. Del mismo modo están extrañados los títulos, los cuales no se relacionan con el texto que preceden ni con las imágenes que lo acompañan, sino que en conjunto crean una cartografía inusitada.

De la convivencia entre ilustración y texto es posible afirmar que ninguno de los lenguajes es subsidiario del otro. Dibujo y texto se intercalan en una creación única que se expande cada vez más gracias a la independencia de sus integrantes, al mismo tiempo que sostienen un vínculo común de sentido. No ocurre con los dibujos y la intervención de la página la fusión de los diferentes lenguajes, ya que eso ocasionaría la estabilización de la identidad híbrida y su normalización. Por el contrario, se genera una comunidad inespecífica de sentido. Esa apuesta por la inespecificidad es el correlato de “una exploración de la sensibilidad en la que las nociones muy diversas de pertenencia, especificidad e individualidad resultan continuamente cuestionadas”, acota Garramuño.

Los límites entre ficción y realidad también se encuentran problematizados gracias a que Loo vive una operación por el tipo de cáncer que el sujeto lírico del poemario atraviesa. El gesto de diluir los bordes entre ficción y autobiografía pone en crisis las ideas de pertenencia, especificidad y autonomía. La negativa a cerrar las fronteras es también un no a la creación del mundo autónomo y autosustentable del libro. Tal cosa acarrea una inestabilidad comparable a la de las instalaciones que se colocan en espacios públicos y cuyo inicio y final son imposibles de ubicar espacialmente. Esta inestabilidad implica la posibilidad de analizar problemáticas sociales y existenciales del ser humano que, desde una noción del “texto en sí”, no podrían abordarse en la literatura. Garramuño explica que “los textos que al instalarse en la tensión de una indefinición entre realidad y ficción, realizan una suerte de intercambio de potencias de uno y otro orden, lo que hace que el texto aparezca como la sombra de una realidad que no acaba de iluminarse a sí misma”. Es importante anotar que no es un problema si el yo del texto es Sergio Loo o no; tampoco si los recuerdos aparentemente personales que están ahí le pertenecen, pues lo que se expresa es la experiencia común de la enfermedad y la corporalidad.

A pesar de que la sensorialidad, lo erótico y, en general, todas las sensaciones corporales ocupan el libro, el sujeto se encuentra ausente. La enfermedad puede ser experimentada por todo aquel que posea un cuerpo. De hecho, la posesión de un cuerpo es en sí misma la posibilidad de la enfermedad. De ahí la despersonalización, que es una experiencia común: todos los personajes están enfermos de algo (miedo, cáncer, sida, infección, entre otras patologías.). Pedro, Cecila, la madre, el padre y el yo lírico son sujetos o, más bien, “no-sujetos o sujetos de su propia ausencia […] sujetos finitos recortados por un límite que no puede interiorizarse porque constituye precisamente su afuera. La exterioridad a la que se asoman, y que los penetra en su común no-pertenecerse”.[3]

Operación al cuerpo enfermo es la crónica de la vulnerabilidad a la que cualquiera está expuesto. La apuesta por lo inespecífico es también un envite por lo común. Las prácticas de la no pertenencia, más que exhibir la negación genérica o lingüística, hacen un modo de invención de lo común, lo cual desindividualiza y posibilita la desapropiación de la especificidad. Lo común es lo impropio, lo que puede ser de cualquiera, pero que no es de todos: “Una desapropiación que inviste y descentra aI sujeto propietario y lo fuerza a salir de sí mismo. A alterarse. En la comunidad, los sujetos no hallan un principio de identificación, ni tampoco un recinto aséptico en cuyo interior se establezca una comunicación transparente o cuando menos el contenido a comunicar”, dice el mismo Esposito.

Ahora bien, ¿qué posibilidades críticas tiene un texto inespecífico como lo es Operación al cuerpo enfermo? ¿Es posible que se articule una ética desde la estética de lo común?  Esa vulnerabilidad del sujeto, presente en el estado de enfermedad, es lo que permite definir una ética. Asienta Garramuño: “Los contornos de esa vulnerabilidad y esa precariedad aparecen definidos de un modo que llega a poner en cuestión la ontología del individualismo insistiendo en una (…) vulnerabilidad corporal común, que se ve como registro indispensable para pensar la ética contemporánea”. En el texto de Loo podemos ver una postura crítica ante los fenómenos que rodean a la enfermedad. Para comenzar, ante la burocracia, la frialdad y el desapego de todas las personas que participan del mundo médico; además de la estructura familiar que acompaña, la mayoría de la veces, con torpeza al paciente. Loo muestra la probabilidad de la enfermedad: la muerte como único plan certero a largo plazo.

La enfermedad no habita únicamente los cuerpos humanos. También brota y se expande en los organismos sociales. La familia y la sociedad son también cuerpos enfermos:

CUBITAL POSTERIOR

Cecilia es biológicamente una mujer: biomujer; por ello tener hijos, le indica, no su cuerpo, que ya está harto de sus ideas y sus discursos independientes, sino el otro cuerpo en el que está inserta: la sociedad. (…) de no procrear, Cecilia será una célula anómala: cáncer.

Por salud al cuerpo social, de no ser útil la célula, se prescribe la extracción de la mujer tumor.

 

 

Tales cuerpos son cuestionados en el texto. Inclusive se plantean formas de disidencia, como la relación entre Pedro, Cecilia y el sujeto lírico, una especie de relación utópica y erótica en la que los tres coexisten amorosamente con sus cuerpos enfermos.

De modo que el potencial crítico de una manifestación aparentemente lejana a la política es realmente poderoso. Lo privado es político, de tal forma que el dedicarle una pieza al cuerpo enfermo es también una acción con implicaciones éticas. Los mecanismos que vuelven el texto inespecífico permiten el cuestionamiento a las nociones hegemónicas de autoría, pertenencia y autonomía, lo cual deja a un lado la idea de que el arte se basta a sí mismo y dedica una mirada al mundo exterior.

El texto es un testimonio de la enfermedad, que permea la escritura y se hace presente a través de ella. Logra crear memoria al tornar la experiencia del horror algo narrable o al menos mostrar la incapacidad de nombrar:

Mi madre no dice cáncer por pudor, por pánico, por la misma razón por la que Pedro no dice sida, la misma razón por la que Cecilia no dice probable infección, por la misma razón por la que yo cada vez hablo menos (…) no nombrar para que el cáncer, el sida, la infección no vengan. Como si no estuviesen aquí, como si no fueran parte de la familia. Hace mucho que no escucho a mi padre decir mi nombre.

 

La elección de no-sujetos posibilita la articulación de una comunidad a partir de la empatía. Ésta se conforma desde la idea de que todo aquel que posea un cuerpo es susceptible de vivir la enfermedad a partir de una vulnerabilidad corporal común. Estas manifestaciones, frutos extraños, son propuestas estéticas que, pese a haber dejado de preocuparse por la trascendencia, continúan preguntándose —desde la precariedad y la inespecificidad de su medio, de su lenguaje y de su género— por el fundamento de una ética.

 

 

[1] Florencia Garramuño, Mundos en común: ensayos sobre la inespecifidad en el arte, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2015, p. 19.

 

[2] Sergio Loo, Operación al cuerpo enfermo, Ediciones Acapulco, México, 2015, p. 17.

 

[3] Roberto Esposito, Communitas. Origen y destino de la comunidad, trad. de C. R. Marotto, Amorrortu, Argentina, 2003, p. 33.