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Ex Europa. Una conversación con Gregor von Rezzori | Por Claudio Magris

Traducción de José Aníbal Campos

También a Gregor von Rezzori se le podría calificar de “sin patria”, de “homme à tout faire políglota”, como el protagonista de su novela La muerte de mi hermano Abel: una figura con varios estratos, mudable, que abrumada por la historia universal va dejando incesantemente fragmentos de su yo entre las ruinas de la vieja Europa. Nacido en 1914 en Chernovitz, en la Bucovina (que todavía era por entonces una provincia oriental del imperio austrohúngaro y crisol de sus variadas nacionalidades), Rezzori nació demasiado tarde como para vivir en carne propia la realidad de la vieja Europa; sin embargo, también nació demasiado temprano como para liberarse de su herencia o como para participar en ese transfigurado revival de la llamada Mitteleuropa, ésa que ahora proclaman especialmente aquellos que conocen ese “mundo de ayer” sólo de oídas.
Arraigado en una realidad que siente como esencialmente imaginaria, Rezzori encarna y configura el estado de ánimo típico de los nacidos después (¡el epigonismo es el destino de todos los hombres de hoy!), “ese rezagado que hay en nosotros, que ya conoce de memoria todo el tinglado desde sus orígenes”, como se dice en una de sus novelas. En alguna ocasión Rezzori comparó el mundo de Mitteleuropa con una caracola vacía, en cuyas oquedades resuena un vano rumor. Su narrativa imita de forma irónica el atractivo que ejercen esas caracolas de la nada, del vacío, y con ella intenta captar Rezzori el eco de ese rumor: el de una vida auténtica, pero perdida, el de una extinta promesa de felicidad.
Sin que se le pueda adjudicar una nacionalidad concreta, Grisha (como lo llaman sus amigos) vive actualmente en Donnini, cerca de Florencia. A sus 76 años, es un hombre sereno y fuerte, a pesar de algunos agresivos caprichos de su salud; en los rasgos de su cara se nota la afectuosidad exclusiva del hombre de mundo, un hombre consciente de que este mundo –como en una fiesta– espera de él una conversación sin pausa, pero también cierto asomo de sarcasmo en relación con esos rituales de vanidad, así como un destello ligeramente malicioso de candidez y amistad.
Nos conocemos desde hace muchos años, y recuerdo bien las horas que pasamos juntos en Donnini (en medio de la impresionante colección de zapatos de Grisha, cuyos ejemplares él suele limpiar personalmente y a conciencia), en Viena, Trieste, Munich, donde vivimos juntos al gran Charlie Rivel y la melancolía de su irresistible comicidad; en Nueva York, que exploré bajo su guía, aunque allí me sentí como el ratón de campo de la conocida fábula.
Creo que los dos, aunque de forma distinta, estamos profundamente convencidos de que el mundo es un malentendido, un descuido en gran formato, lleno de sufrimientos y no exento de atractivos. A menudo me he preguntado de dónde puede surgir esa coincidencia, ya que nuestras visiones del mundo, nuestras nociones de valor, nuestros estilos de vida son tan diferentes y, en algunas cosas, hasta opuestos. Es cierto que Grisha posee una cualidad que no es demasiado habitual (y que conforma la poesía de sus textos más hermosos): la sinceridad y la fiabilidad.
Creo que él, a diferencia de muchos, no finge ser nada que no sea: si se ha equivocado, no saca a relucir ideologías ni teorías con el propósito de dorar la píldora o de justificar su error. Tal vez todo esté relacionado con el hecho de que, a pesar de las diferencias en años, valores y costumbres, él me siga pa­reciendo un compañero de escuela. Y esto es lo que empiezo por preguntarle:

–¿No es rara esa sensación de solidaridad entre nosotros, casi de complicidad?
–No me parece nada raro, me parece absolutamente natural. Y por cier­to, así fue desde nuestro primer encuentro, desde aquel imprinting, una noche en Roma. ¿Lo recuerdas? Creo que fue en 1965. Yo tenía que dar una conferencia en el Instituto Goethe, o mejor dicho, tenía una lectura de autor allí, en el edificio situado en la Via del Corso. Fue, como se dice, una bella serata, con mucha gente del gran mundo y de la escena literaria, y entonces apareciste tú vistiendo el uniforme del soldado raso, pues por entonces debías cumplir con tu servicio militar en Roma; y aunque ya por esa fecha habías publicado tu ensayo El mito habsbúrguico, todavía no eras ni siquiera suboficial. Recuerdo que hablamos sobre Un armiño en Chernopol y me contaste que tú y tus amigos en Trieste habían transpolado determinados personajes del Armiño… a varios de sus conocidos en Trieste, a modo de caracterización…
Recuerdo también lo cohibido que se mostró un general que no sabía si tutearte, como es habitual entre los oficiales, o si estaba obligado a tratarte con mayor distancia. En un principio no dijo nada mientras nosotros charlábamos en alemán. Pero luego, cuando tuviste que volver al cuartel, él puso a tu disposición su coche oficial, una de esas imponentes carrozas del Estado Mayor, de color azul, y luego, en el cuartel, donde un par de horas antes habías estado barriendo los barracones, te vieron llegar con el chofer del general, como Cenicienta, a medianoche, aunque en realidad no eran más que las nueve y media. Eso casi podría ser una de mis historias magrebinias.
–Sí, los personajes de tu novela Un armiño en Chernopol nos servían formalmente como calificativos de género. Decíamos, por ejemplo: “Ése es como un Turturiuk, o este otro es un Petrescu…” Un armiño en Chernopol era para nosotros una lectura infinitamente significativa. La novela no sólo es un fresco de la antigua Mitteleuropa, sino una parábola de esa alternancia incesante entre lo verdadero y lo falso que tanta confusión crea en nuestras vidas, de nuestro tormentoso deseo de poder diferenciar ambas cosas. Creo que supiste dar una expresión válida a esa creciente ambivalencia de la realidad, a ese azar tendencioso de la vida auténtica, ese desmoronamiento de la individualidad en la nube de polvo del mundo. Por momentos pareces sentirte amenazado también por esa enajenación que describes, por el peligro que encierra pertenecer a una generación que ha sido despojada de su individualidad específica y de su cohesión específica, generación que has descrito en tus obras.
En algunos de tus libros menos significativos pareces encubrir esa disolución epigonal del individuo u ocultarla tras una elegancia cosmopolita. Pero libros como Un armiño en Chernopol (o también Memorias de un antisemita, que en cierto modo es un extraordinario autorretrato ficticio del tumor cancerígeno, y anida –a veces de un modo abiertamente violento, otras veces oculto tras alguna máscara– en el corazón de la civilización europea) muestran con mordaz ironía el destierro de la verdad, de la dicha, incluso de la vida… Pienso, por ejemplo, en el señor Tarangolian, ese insondable y melancólico prefecto de la Tescovina, en Un armiño…
–Sé que te gusta mucho ese personaje, el tal Tarangolian, por eso te dediqué la historia titulada “Skutchno”, en Memorias de un antisemita, pues en ella aparece un personaje parecido, el doctor Stiasny… Por cierto, casi por la misma época tú habías escrito libros como El mito habsbúrguico o Lejos de dónde, narraciones disfrazadas de ensayos en las que te acercas a mi universo, al igual que hiciste más tarde con tu libro sobre el Danubio. Un mundo que ya se había hundido mucho tiempo antes de tu nacimiento. Sin embargo, tú también te acercaste a él sin una forzosa voluntad de admiración ni con prejuicios negativos, como suele ser la costumbre entre quienes han nacido demasiado tarde en relación con algo, sino que lo hiciste de un modo sencillo, observando lo significativo de ese mundo. En esos años, o quizá sólo poco después, fueron redescubiertos también otros nombres como Canetti, Sperber y otros, como si ya por entonces se hubiera superado –al menos en el ámbito de la literatura– el Telón de Acero.
–En tu último libro, Flores en la nieve (que ya se ha publicado en Alemania y en Estados Unidos y que, próximamente, saldrá también en Italia), has ofrecido una especie de autobiografía compuesta de retratos de varias personas: la historia de un yo que se reconoce en esas otras personas y cuya existencia está íntimamente entrelazada con la tuya. En el brillante epílogo* vuelves, después de muchos años, a Chernovitz, y estableces una confrontación del Chernovitz de la época de los Habsburgo con el Cernăuţi rumano (el nombre que adoptó la ciudad después de la Primera Guerra Mundial), y con el Cernowce (en el que se convertiría más tarde), así como con el imaginado Chernopol (que es el nombre que ha seguido teniendo para ti): una ciudad con tantos nombres distintos; tantas ciudades en un mismo sitio; múltiples estratos de realidad, tan cambiantes que se vuelven imaginarios, irreales. Todo ese capítulo está impregnado de las expresiones “ex”, “antiguo” o “de antaño”: Chernovitz es “la excapital del exducado de la Bucovina. Perteneciente a la exmonarquía austrohúngara y situada en la parte oriental del bosque de los Cárpatos, al pie de la cordillera Tatras, en 1775 había sido cedida a la ex Austria Hungría imperial-real por el eximperio otomano, como recompensa por su intervención en la guerra ruso-turca. Se anexó primero al antiguo reino de Galitzia y luego, en 1848, pasó a formar parte de los territorios autónomos de la casa de Habsburgo”. Luego sería una exciudad rumana y, quién sabe, tal vez mañana será una antigua ciudad soviética… ¿Qué significa para un escritor esta experiencia tan singular, concentrada en un solo sitio: la de ser un “ex”, hijo de una “antigua” ciudad? ¿Es un estímulo o un impedimento para tu escritura? ¿Se fortalece quizá de ese modo la sensación de irrealidad? ¿Cambia sólo la geografía o cambia también el paisaje interior? ¿Se transforman las cosas en las que uno cree?
–De forma muy general, forma parte del sentido de la vida del hombre moderno el sentirse un “ex”. Por supuesto que tuvimos una experiencia intensa y muy particular que nos permitió reaccionar de un modo especialmente sensible a temas como el desarraigo, la pérdida de un mundo o a la falta de orientación. Si tú no fueras triestino de nacimiento, tampoco hubieras podido comprender tal vez esa sensación vital de los judíos del este, y no hubieras podido escribir Lejos de dónde.
Y sí, yo creo que la conciencia de ser un “ex” tiene sus ventajas para un escritor: no para entregarse a cualquier tipo de folclor sobre la antigua Austria-Hungría, sino en un sentido más profundo que afecta la propia vida. Tal vez sea en general ese sentimiento lo que lo convierte a uno en un escritor: por lo menos en mi caso fue así. Creo que un escritor, en cierto modo, es siempre un “ex”, no importa la realidad a la que haga referencia. Él nunca creerá que podrá disponer de ella de manera segura.
De hecho, tú has expresado de un modo sumamente personal la comprensión poética y el amor a la vida que surgen de esa sensación de ser un “ex”, una sensación que yo comparto absolutamente. No es casual que Stadelmann, el protagonista de uno de mis dramas diga que todo hombre es algún ex de algo. Pero, hablando de otro tema: ¿crees que el socialismo en Mitteleuropa ha quedado irrevocablemente passé o que la historia barajará otra vez las cartas y lo hará aflorar de nuevo en algún momento? ¿Crees que el hundimiento o el fin del comunismo hará que se sientan más fuertemente como “ex” aquellos que, a pesar de no ser comunistas, se han acostumbrado a ver el comunismo como parte de este mundo, de esta región del planeta? ¿Qué significa ese cambio para la escritura, para la manera de representar este mundo?
–Es preciso reflexionar de un modo nuevo no sólo sobre el marxismo, sino sobre todas las ideologías de nuestra era, pues todas, por lógica, son “ex”. Sería un error suponer que todos los países de Europa del Este han abjurado del comunismo; el comunismo ha marcado también los pensamientos y los sentimientos de aquellos que no creyeron en él o que incluso lo aborrecían. Cosas así no desaparecen de un día para el otro.
Y si los pueblos del Este, en la actualidad, cuando han caído los muros, los telones de acero y las mentiras, esperan de nosotros “la verdad”, se equivocan de cabo a rabo, nosotros tendremos que pagar muy cara esa decepción. Pero, sea como fuere, ese encuentro entre el Este y el Oeste no sólo va a cambiar a los países del Este europeo, sino todo nuestro mundo. El viejo mundo se habrá perdido para todos, y entonces todos seremos, otra vez, unos “ex”.
Y seguramente esos cambios influirán en la escritura, pero no existe ningún paralelismo prescrito entre la evolución de lo real y la de la escritura. Un escritor vive en distintos tiempos. En Alemania, por ejemplo, mis libros no encuentran gran resonancia, mientras que los anglosajones me toman en consideración y me prestan una atención especial, al igual que los franceses y los italianos, que ya estiman mis libros desde hace mucho tiempo. Cada voz clama en el viento, sin saber nunca cuándo será escuchada. A veces ese instante llega después de la muerte, y quizás esa perspectiva sea hasta preferible.
¿Cómo ves tú la cuestión alemana? Después de todo, en Un armiño en Chernopol escribiste ese capítulo sarcástico sobre el ejército alemán y su empresa Hindendorff & Ludenburg, que muy bien podría haberse llamado Hindenburg & Ludendorff…
–Alemania desempeñará un papel esencial, aunque despojada ahora de esa parte cultural –considerable, por demás– que aportaron en su momento los judíos. Será una norteamericanizada Alemania del Este y del Oeste, una especie de Coca Kohl con vodka. Y ahora toca esperar a ver cómo van a reaccionar los pueblos eslavos a ese brebaje. Soy escéptico en lo que atañe a la cultura. Ya en mis libros más antiguos defendí la tesis –como Kundera– de que la cultura esencial, durante aquellos años, no se mantuvo viva en Occidente, sino detrás del Telón de Acero, aun cuando era una cultura amenazada y clandestina. Me temo que ahora esa cultura va a desparecer. Como vez, un “ex”, incluso cuando habla del pasado, habla del presente e incluso del futuro. En el Este las circunstancias son extremadamente complejas. En Rumania, por ejemplo, la única solución sería una restauración de la monarquía. Sé que en eso no vas a estar de acuerdo conmigo, pues tienes la debilidad de creer que la historia siempre debe avanzar y nunca volver atrás.
No, mi aversión contra los nostálgicos procesos regresivos en el Este no tiene nada que ver con una fe en el avance lineal de la historia, sino únicamente con mi repugnancia para con las reincidencias negativas, por ejemplo, la vuelta al antisemitismo. Aparte de eso, también opino que el epígono a menudo se revela como un precursor y que el camino de la literatura –en opo­sición al de la historia– debería transcurrir tranquilamente al margen del tiempo. Y con ese “al margen del tiempo” hago alusión a un sentido musical, rítmico, como cuando estábamos en la escuela y no podíamos mantener el ritmo en las clases de gimnasia. Tu autobiografía, Flores en la nieve, está imbuida completamente de esa “otra” realidad, antes de conseguir captar la realidad histórica y utilizarla como alimento subliminal.
Y ahora una última pregunta: Chiusano ha resaltado en su ensayo el componente moral de tu escritura, la cual, a menudo, es un juego con el lado frívolo o vulgar de la existencia humana. En Memorias de un antisemita el yo narrador describe su antisemitismo, al recordarlo, con un desenfado a veces irritante, como si fuera la cosa más natural del mundo, pero sólo por eso –visto objetivamente– tanto más culpable. ¿No te enfrentas a ningún problema moral por escribir sobre un tema como ése sin mostrar compromiso alguno, de un modo casi mimético?
–El compromiso moral para un escritor no es otro que la honestidad de expresarse a sí mismo y no ponerse al servicio de ninguna causa. Dejar testimonio y no predicar, mostrar las cosas tal como son, en lugar de sugerir o imponer al lector un determinado punto de vista. Para un escritor el juicio debe surgir de la descripción, no debe ser impuesto desde fuera. También cuando se trata de la representación del mal son válidas las palabras de madame Aritonovich en Un armiño…, cuando le pide a la pequeña Tania que entienda: “Yo no espero que lo apruebes, sólo espero que lo entiendas.”