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Entrevista a Pita Ochoa | Óscar Alarcón

El infrarrealismo es más que Roberto Bolaño. Es cierto que el escritor chileno es la cara pública, sin embargo hay otros escritores. Se trata de una generación amplia. También olvidada. El 31 de julio de 2015, la librería Etcétera y María Villatoro organizaron una charla con Pita Ochoa, integrante de los infrarrealistas, quien conociera muy bien a Mario Santiago Papasquiaro, a Roberto Bolaño, a Piel Divina y a todos los poetas Infras.

En punto de las cinco esperábamos que llegase Pita Ochoa. Le llamó a María Villatoro para avisarle que había tráfico pero que estaba entrando a Puebla. Para hacer menos larga la espera, María Villatoro leyó el manifiesto escrito por José Vicente Anaya y, a la mitad de la lectura, Pita Ochoa apareció en la librería.

¿Puedes decirnos cuál es el momento de inicio del infrarrealismo y cómo te unes a éste?

Aunque todos reconocemos un momento fundacional, creo que fue algo que se gestó –y que cada quien traía la semilla en la piel–. Más bien fueron encuentros de muchas vertientes.

Roberto Bolaño conoció a Bruno Montané porque eran chilenos; Mario Santiago conoció a los hermanos Méndez; Rubén Medina conoció a Piel Divina, y finalmente todos coincidimos en La Casa del Lago a principios o mediados del 75. En parejas o de manera solitaria, todos fuimos llegando ahí. Yo fui de las que llegó al final, por ahí de septiembre del 75, porque mi compañero de toda la vida los conoció: él sí estaba en el taller de poesía, quería escribir más libremente y hacer danza y otras cosas. A él fue a quien jalaron porque tenían unas maneras bastante… arbitrarias de escoger a la gente.

Se paraban Mario Santiago o Roberto o Cuauhtémoc o quien fuera, y entonces llegaban y te arrebataban: “a ver qué escribes”, y a partir de eso decidían si te invitaban o no a las reuniones. Así de inhóspito era el ambiente. Fueron muchísimos los que se acercaron.

En enero del 76, que fue el nacimiento formal, nos encontramos en casa de Bruno Montané. Éramos como cuarenta. Cada quien daba sus ideas de lo que podía ser el infrarrealismo. Y entonces la mitad de la gente se fue. Era impresionante ver las caras largas de la gente, sobre todo de los escritores, pintores, músicos que tenían mucho más edad que nosotros y que fueron quienes salieron huyendo.

De esas generaciones mayores que estuvieron un rato, el único que quedó fue José Vicente Anaya. Todos los demás salieron corriendo. Si ustedes toman en cuenta que Juan Esteban Harrington tenía 15 años, yo tenía 17 y Mario Santiago y Roberto tenían 22 años, éramos unos adolescentes vibrantes y con la soberbia de la adolescencia. Éramos bastante insoportables. Mucha gente salió huyendo.

A partir de eso, a partir de que se nombra el infrarrealismo –de la Ciencia Ficción rusa, que son los Infrasoles, hoyos negros que se ven, se sienten, que tienen la energía más creadora del universo, a partir de eso es que surge el Infrarrealismo–, es que ya tenemos un grupo más o menos conformado, en el que todavía hubo muchos ajustes. Mario Santiago, cada semana, hacía una lista de quiénes éramos infrarrealistas. Creo que hasta el 85 todavía la hacía: éste sí es, éste no es. Curiosamente lo hacía mucho con las mujeres.

–maría villatoro: ¿Había misoginia en el infrarrealismo?

Estábamos rompiendo con eso, pero no era tan fácil. Estamos hablando del 75. Teníamos demasiados retos por delante y con todo y que había un discurso de amor libre. La verdad es que las condiciones no se prestaban para que fuéramos iguales. Para que yo entrara a las cantinas con ellos tenía que vestirme de niño: andaba de overol, de pelo corto y sin pintar.

Era más común que me pidieran la cartilla a que me dijeran: “tú eres niña, no entras”. Fue la única manera en la que entré, pero eran de las aventuras que se cuentan porque a veces ni siquiera estábamos juntos porque todos éramos hijos de familia… No es cierto, la mayoría éramos hijos de familia. Las mujeres, sí. Todas vivíamos en casa. Era muy vibrante.

¿Cuáles eran los otros grupos literarios que estaban alrededor de los infras, con los que no tenían problemas? ¿Cuáles eran las características que te llamaron la atención para poder decir “sí, me quedo en el infrarrealismo”?

Nosotros no pertenecemos al 68. La verdad es que a nuestra edad no había absolutamente nadie conformado en grupos, a excepción de los pintores y los músicos. Escritores no había. Si bien dentro de la música había grupos de poder, en el rock no. Los pintores eran muy organizados, sobre todo la gente que ya estaba en las carreras como el Grupo Suma o Pentágono.

No era la moda andar haciendo grupos literarios, por eso éramos tan molestos. Había grupos de amigos, como todos los de Monsiváis, todos los de Bonifaz, todos reunidos en grupos, pero nadie conformaba algo que no tuviese pies ni cabeza. Eran “mis amigos, mis compadres”, pero no trabajaban juntos.

Nosotros ni estábamos trabajando en el término formal, pero todos decíamos “sí, yo tengo ganas de cambiar al mundo”. Eso fue lo que ayudó a que los lazos fueran muy estrechos porque estábamos descubriendo la vida, estábamos descubriendo qué queríamos hacer, qué queríamos amar, qué no queríamos amar, qué queríamos odiar y a quién queríamos agarrar a patadas. Eso era lo que nos unía, esta identidad de qué queríamos hacer, ciertamente cada quien con sus preferencias.

Lo que sí quiero decirles es que, desde el principio y toda la vida, fue un grupo muy cerrado, pero era un grupo multicultural, multisocial –porque había de todas las clases sociales, había juniors, había lumpen–. Los hermanitos Méndez comenzaron a trabajar a los 15 o 16 años.

Cuauhtémoc Méndez fue el primer líder sindical a los 19 años, porque era trotsko, trotsko, trotsko. Era líder sindical de una de las secciones más combativas que ha habido en la Secretaría de Salud y se enfrentó a gritos con un tipo como Joel Ayala. Durísimo, a los 19 años. Había gente muy anarcosindicalista, gente muy trotska, y feministas, aunque éramos pocas mujeres que comenzábamos a echar lumbre.

Retomando lo que María te preguntaba sobre la misoginia, ¿cómo era el rol de las escritoras dentro del Infrarrealismo? ¿Se podía escribir libremente? ¿Había alguna restricción?

No había. Igual te destrozaban como a los demás. Mario Santiago era especialmente cruel en destrozar los textos, pero igualmente amoroso para ayudarte a rehacerlos. Ahí no había cuestión de género. Cada quien escribía a su manera: las mujeres teníamos más temas y los hombres tenían otros temas. En ese aspecto, no. En la vida cotidiana, sí. Yo insisto: más que misoginia eran las condiciones en las que vivíamos.

Si hacen memoria, a mediados de los setenta, ¿cuál de estos grupos, de estas mafias culturales estaba encabezada por una mujer? ¡Pues no había! No es que nuestros amigos, amantes y novios fueran especialmente misóginos. Era un contexto distinto el de los setenta, apenas estábamos aprendiendo sobre las pastillas anticonceptivas. La verdad es que era un mundo sexualmente muy diferente y que había gran apertura. En términos de escritura, ahí sí estábamos iguales.

Si vemos actualmente el trato que se le da a algunas mujeres en algunos videos musicales, parece ser que esta época es en la que más se ha objetualizado a la mujer. ¿Tú crees que hay mayor apertura en este momento no sólo para que las mujeres escriban sino para que publiquen?

Yo soy feminista de corazón, pero siempre hay que contextualizar. La condición de la mujer siempre tiene que ver en el contexto en el que vive. Sigo creyendo que hay una gran discriminación a la mujer. Basta ver el número de mujeres en los mandos medios, en la vida política, en la vida social.

Sin embargo, hay dos cosas que me gustaría recalcar. Uno, de los colectivos de jóvenes que conozco, muchos están liderados por mujeres, y las mejores editoriales que yo conozco casi las hacen mujeres. No están publicando, porque nunca van a publicar, en Anagrama, Planeta, en la misma cantidad que publican los hombres. Es una cosa muy social, mercadotecnia, muy del mundo entero, y otra cosa es que realmente crean que las mujeres jóvenes no tienen las herramientas, dentro de un ámbito cerrado, para que puedan controlar e ir más allá de lo que aparentemente las condiciones sociales se dan.

Me da muchísimo gusto saber que muchas de las chicas, lesbianas o no lesbianas, feministas o no feministas, pueden sacar adelante, a pesar de las condiciones adversas. Eso era algo que a nosotras nos costaba mucho más trabajo.

Por otro lado, creo que no hay un retroceso en contra de la condición de la mujer, sino que hay un mercado terriblemente perverso que hace que hombres y mujeres nos volvamos cosas. Entonces la gente, como el fotógrafo Tunick, festeja y trata a los cuerpos de los seres humanos como ladrillos.

Creo que hay una sobreexplotación de los cuerpos y de la sexualidad de manera lucrativa. Eso es otra cosa, distinta a la posición personal de hacer de su cuerpo lo que se le hinche la gana, pero no se vale que lucren con la imagen y la sexualidad. Creo que son dos cosas diferentes.

Regresando al infrarrealismo, ¿cómo trabajaban sus textos? ¿Los tallereaban e iban puliéndolos hasta que quedaran? ¿Cómo se llevaba a cabo el trabajo hasta dar con algo que ya era publicable?

Antes de la fundación del infrarrealismo se trabajó mucho tiempo y uno de los puntos centrales para unirnos fue el taller de Alejandro Aura, pero además del taller también había una manifestación de lo que estaba pasando en este incipiente grupo, que eran los recitales de las novísimas literaturas.

Era la primera vez que se leía el Movimiento Hora Zero en México, Los Párpados Azules franceses también era la primera vez que se leían. Todos estos movimientos de vanguardia se estaban dando alrededor de lo que luego fue el grupo infrarrealista.

Mario Santiago había sacado una revista a principio de ese año que se llamaba Zarazo, donde trataba de hacer visibles las vanguardias, que se podían conocer de manera bastante clandestina. Ésa era la única manera.

Creo que la libre circulación de las vanguardias, entre el grupo y sus alrededores, permitía que lo que se estuviese proponiendo fuesen las nuevas formas poéticas, que no existían en México. Estaban contagiados por lo que pasaba en el mundo pero que aquí no existía.

La dinámica era leer y escribir de manera colectiva, 24 horas al día, 7 días a la semana. No es que hubiese plenarias sino que todo el tiempo, mientras ibas caminando, ibas hablando… Siempre se nos ha criticado por ser unos vagos y unos drogadictos, pero algo que se les olvida decir es que había poca gente que leyera de la forma en la que se leía en el grupo. Realmente era una voracidad por leer, y escribir era una tarea permanente.

Fuera de los hermanos Méndez y Roberto Bolaño –que de repente le ayudaba a su papá–, todos los demás no teníamos otra cosa que hacer más que estar juntos escribiendo y leyendo. Las reuniones eran en el Café La Habana o en casa de Bruno Montané, o en el pasto de Chapultepec o donde fuese. Era una práctica común, no era “vamos a vernos cada quince días para tallerear”. Era, de verdad, algo que hacíamos veinticuatro horas al día.

–maría villatoro: ¿Se puede hablar de una camaradería entre los infras? ¿Se destrozaban los textos?

Por supuesto. Te podían hacer llorar porque te habían hecho trizas, pero todo mundo se abrazaba y se besaba, porque decían “somos carnales, ¡para eso te lo leí!” Estas manías para escribir no sólo las tenía Mario Santiago. Tú revisas los libros y te encuentras manos de todo mundo leyendo sobre los libros y haciendo anotaciones. Era la calidez y la camaradería.

–maría villatoro: Quizás eso fue lo que hizo que el movimiento subsistiera y traspasara –lo que le falta a los grupos literarios actuales–, que se ayudaran y “fuera competencia”…

Fuera competencia, no. Nos amamos, nos queremos mucho pero así como que todos somos iguales, no…

–maría villatoro: Me refiero a que no se le metía el pie al otro. ¿O había sabotaje?

Yo insisto en esto. El texto que te gusta de José Vicente Anaya me acaba de sorprender porque nunca lo había escuchado de tal manera que no me molestara, por ejemplo. Porque es un texto que causó la ruptura de Vicente Anaya con el grupo.

¿Por qué causó la ruptura? ¿No era la visión compartida en general?

No. Porque los manifiestos de Roberto, y el de Mario Santiago, que son los que más se conocen, se hicieron de manera colectiva. Ciertamente, Roberto lo reunió, lo corrigió, lo firmó y lo publicó, pero era algo que se iba haciendo mientras caminábamos en la banqueta, mientras nos comíamos una torta en Chapultepec. En fin… Se hacía algo colectivo, se pensaba en manifiestos. El manifiesto de Roberto y el de Mario son colectivos.

Vicente Anaya –que a mí me llevaba más de diez años y que sí trabaja y tenía departamentos y era un hombre formal y trabajador con prestaciones– nos basculeaba cada vez que salíamos de su departamento. Entonces él nos invitaba y decía: “Vamos a que escuchen mi traducción que es maravillosa.” Llegábamos a su casa, nos ponía velas: alucinábamos con “Aullido” y después decía “saben qué, tengo que ir a trabajar”. Nos corría y nos basculeaba. Había una diferencia generacional impresionante.

Finalmente, cuando Mario y Roberto leyeron el manifiesto de Anaya, la verdad es que se burlaron de él. Le dijeron “oye, güey, ¿qué es esto? Está demasiado teórico”. No se trataba de eso. Fue ahí cuando Vicente Anaya se empezó a distanciar.

–maría villatoro: ¿Se sintió mal?

En realidad había demasiadas diferencias entre su modo de vida y nosotros, que andábamos vagando, que un día nos quedáramos en la azotea donde vivía Piel Divina y, a veces, nos quedábamos en el parque o a veces cada quien se iba a su casa.

José Vicente Anaya no participaba mucho de eso. Participó antes con Mara y Vera Larrosa en cosas mucho más concretas. La mamá de Mara y Vera formaba parte del estatus cultural. Su papá es un arquitecto muy prestigioso que fue funcionario durante muchos sexenios. En casa de Mara había grupos de gente de la Facultad de Letras que hacía el rollo de “juntémonos para tomar un vinito mientras alguien lee”. Bien finos. Y Vicente iba a algunas de esas cosas. Mario Santiago también, pero lo sacaban. Terminó por ya no acudir a estos lugares donde la mamá –Blanca– hacía sus tardes literarias con vinito en cristal cortado. Lo que hicieron Mara y Vera fue jalar y enamorar a todos los jóvenes que andaban por ahí y entonces Vicente dejó de ir a los cafés literarios. Pero sí había mucha distancia entre ese mundo, en el que de pronto embonaba Vicente Anaya, y el garaje donde hacíamos las fiestas en casa de Mara. A nosotros jamás nos invitaron al vinito de la mamá y, en cambio, nos prestaban el garaje.

Una vez que ya está conformado el grupo y que comienzan a enfrentarse a La República de las Letras, ¿cuáles son las estrategias que siguen para pelear a la contra? El infrarrealismo es percibido como un grupo que hace contracultura en aquella época.

Las estrategias no fueron pensadas. La estética y la ética no tenían una estrategia. Tampoco teníamos una formación de “vayamos y marquemos nuestros objetivos”. Era darse a la vida, dar el corazón. Eran como ritos de iniciación bien mexicas: o dabas el corazón o no entrabas. Ciertamente, había una conciencia de “nosotros no queremos ser como el grupo de Carmen Boullosa”. Y, como ella misma dice, “les hicimos un bien; nada más no los dejábamos publicar. La fama que tienen es porque no los dejábamos publicar”. Hay que agradecerle a gente como Carmen. Nosotros no sabíamos que no nos iban a dejar publicar.

Si hay algo que nos ha criticado la izquierda es que justamente, en este afán de buscar en donde publicar, las primeras publicaciones se dieron con un anarquista español que se llama Juan Cervera. El primer libro de Roberto, Reinventar el amor, se dio ahí, y luego Pájaro de calor: casi casi lo pagó Juan, que era un buen amigo que nos quería pero que nos sufría, al igual que Efraín Huerta o Pepe Revueltas. Sufrían… Por ejemplo, llegábamos a casa de Efraín. Ponía una botella y, en cuanto se acababa, sabíamos que todo mundo tenía que salir. Las mujeres de su familia eran las que nos corrían a pesar de Efraín. Había gente que nos quería. Roberto era muy seductor. Mario Santiago era genial pero no era buen comerciante.

Cuando Echeverría corre a Julio Scherer a principios del 76, y Octavio Paz se va, para José Peguero, Roberto Bolaño y Mario Santiago se abre una puerta para publicar. Si tomas en cuenta que no teníamos dinero, ciertamente había algunos que venían de familias bastante acomodadas, pero no teníamos dinero ni para autopublicarnos, ni para andar comiendo en restaurantes ni nada. Los papás te dan para que gastes y ya. Roberto era de los que tenía que trabajar, de los que ayudaba a veces a su papá a la entrega de Pato Pascual. La verdad es que nunca tenía un peso. A él sí le interesaba empezar a trabajar y hacía trabajo manual –cambiar cajas de refresco– y no le gustaba. Y si te abren una puerta para publicar en una revista como Plural…

En ese momento ni siquiera éramos conscientes de lo que estaba ocurriendo con Julio Scherer y dijimos: “ya se fue Octavio Paz”. Todo mundo sabía que tenían el suficiente dinero y poder para poner otro periódico, porque ya lo habían anunciado.

Roberto se va a España con el dinero de las publicaciones de Plural: le pagaban lo suficientemente bien para que pudiera pagar su boleto. Eso permitió publicar antologías –muchas inventadas, confieso–, los artículos de los estridentistas, la segunda antología de los infras, que es una selección que hace Mario Santiago sobre los poetas de ese momento –la primera fue Pájaro de calor–. Todos los meses había colaboraciones, por lo menos de ellos tres. No es que nos diésemos cuenta de que no nos querían publicar; sabíamos que era difícil, porque a todo poeta joven de aquella generación le costaba trabajo publicar.

Roberto y Mario Santiago eran los más grandes –fuera de Vicente Anaya– y los demás teníamos 17 o 18 años. Tampoco es que nos muriéramos de ganas por publicar. Personalmente, no leía mis textos. A finales del 76 tuve un hijo. No era mi preocupación esencial hacer un poemario y que me lo publicaran. Nadie estaba persiguiendo eso. Más bien fue hasta que se va Roberto y que regresa Mario Santiago de su tour europeo cuando nos damos cuenta de que estas pequeñas declaraciones realmente habían molestado, y no era que se hubiese hecho gran escándalo.

En 1975 no pudimos hacer grandes vociferaciones. Pero nos dimos cuenta después, verdaderamente atrevernos a decir lo que mucha gente pensaba pero que no se atrevía a decir. Lo íbamos a pagar caro. Nos dimos cuenta hasta los ochenta.

Había anécdotas muy chistosas pero eran travesuras adolescentes. Por ejemplo, cuando hacen la presentación de Reinventar el amor, también estaban presentando un libro de Paz en la editorial del Taller Martín Pescador. Realmente ésa fue la primera trifulca. Estaban presentando todos, muy honorables. Llegamos y no oímos lo que había dicho Octavio Paz. Estaban las mesas de los libros, los meseros, las copas de vino, todos bien portados. Llegamos greñudos y con morrales, y la compañera de Cuauhtémoc Méndez –que no escribía pero que siempre andaba con nosotros, cuando termina con Cuauhtémoc se va y se vuelve líder de inmigrantes en Nueva York– se encuentra al señor Paz de frente y lo saluda: “Mi nunca bien querido y nunca bien cogido Octavio Paz”. Y entonces el hombre cambia de color…

Al ratito, por supuesto, nos empezaron a arrinconar y nos sacaron. En ese momento a Juan Esteban, que tenía 16 años y que había estudiado con varios de los ahora poetas consagrados en el Luis Vives, le reclamaron por tal ocurrencia y terminaron a golpes. Fue la primera vez que nos agarraron a golpes. La verdad es que sí eran travesuras. Pensar a los 16, 18 años que con eso estábamos rompiendo el sistema cultural… Pues no.

Fue hasta el 81 que nos dimos cuenta que verdaderamente había una cerrazón. Fue como empezaron los enfrentamientos. Ciertamente eran muy molestos, ciertamente era el pulular a todos los talleres en donde, así como hacían en el taller de Alejandro Aura, así como hacían en El Habana, así como hacían en las banquetas de Chapultepec –que era decirse “lo que estás leyendo es horrendo” y arrebatarlo, y componer el poema, o decir “es mejor Juan Ramírez Ruiz que tú”–, lo mismo hacían en todos los talleres a los que llegaban. En todos.

Imagínate, el taller literario era como un aula del Colegio de San Idelfonso del siglo xvii, sacrosanto, en donde la gente estaba al pendiente de que aquel que dirigía el taller te dijera “uy sí, tu rima no rima”. Esos eran los talleres literarios. Sí tenían una actitud molesta de estar en los recitales.

Pero luego hubo dos o tres años en los que sacamos Pájaro de Calor. De Correspondencia infra se hicieron dos números y se estuvieron dando recitales a lo largo de la República Mexicana, y se vendían de mano en mano. En ese momento yo ya tenía a mi hijo. Mara estaba dedicada de lleno a pintar. Los hombres tenían muchísima más facilidad para hacerlo. Ellos eran los que estaban dando los tours y vendiendo las revistas.

Fueron momentos de mucha creatividad. Cuando regresa Mario Santiago, empieza a tratar de publicar; es cuando nos damos cuenta que realmente se habían sentido ofendidos por unos adolescentes vociferantes. Desde ahí, no nos han perdonado. Y no vamos a hacer nada para que nos perdonen. Nunca lo vamos a hacer.

¿Puede equipararse con lo que le sucedió al estridentismo? Los eliminan de las antologías oficiales en donde no aparece ningún poeta estridentista y, por supuesto, tampoco aparece ningún poeta infrarrealista.

El único que sí fue incluido en una de estas antologías a principios de los ochenta, fue Mario Santiago.

¿Los detectives salvajes son una auténtica biografía del movimiento infrarrealista?

Es una novela. Es la recreación imaginaria, ficticia, literaria de lo que éramos. Ciertamente, hay algunos rasgos de nosotros y hay anécdotas que cuenta Roberto que no pertenecen al personaje, y hay anécdotas que están realmente convertidas. Es lo que pasa en una novela. Es como pensar que Capote hizo un periodismo a secas. No es cierto. A sangre fría no tiene nada que ver con el verdadero caso del personaje.

–maría villatoro: Pero mucha gente lee la novela y dice: “Sí, seguramente eso hacían”.

¿Qué te digo? ¿Que sí compartíamos parejas? Sí. Pero las parejas que forma no son tales.

Me encanta Roberto porque él no bebía una gota de alcohol. Le daba un traguito –porque desde ese entonces ya tenía malestar en el hígado– y bebía poco, era de los que menos se drogaba. Fumaba como desesperado y tomaba café como desesperado, pero era de los que menos se drogaba. En la novela aparece como si lo fuera verdaderamente. Sí es el ambiente pero no somos nosotros.

Roberto Bolaño era exactamente lo contrario a lo que es en la novela. Roberto Bolaño era de una ternura, seductor, muy suave, que no bebía ni se drogaba. Nada que ver con el personaje.

Yo creo que fue un recurso. Hay que reconocer que Roberto quería mucho a Mario Santiago y Mario Santiago sí era así. Podía beber, fumar, drogarse, estar despierto treinta y seis horas al día, vagando. Él sí lo hacía. ¿Cómo puede un personaje como tal, en una novela, tener a un amigo como Roberto Bolaño? Si lo piensas en términos de “qué me funciona en la literatura”, entonces lo convirtió en eso.

¿Cómo podría participar de las aventuras si no era como Mario Santiago? Y era una admiración por Mario. Ese viaje lo hace Mario Santiago con Rubén Medina, y no estaba Roberto. Ese viaje ni siquiera fue a Sonora; fue a San Diego. Y se van con una tercera persona que no aparece en la novela. Y no estaban buscando a la poeta; están buscando a la amante del personaje que los invitó a viajar.

La novela tiene ese viaje por el desierto porque Mario Santiago se lo platicó muy bien. Nos lo platicó muy exaltado; lo maravilloso que les había ido. Todo mundo vivió ese viaje a partir de lo que platicaron Mario Santiago y Rubén Medina. Son los recuerdos de Roberto Bolaño a partir de la exaltación de Mario Santiago a partir del viaje. Porque Roberto era como estos personajes de Virgina Woolf, de Las olas, siempre andaba con una libretita chiquita y escribía con una letrita chiquita chiquita chiquita las veinticuatro horas del día. Era una especie de diario: iba recopilando frases, iba recopilando todo lo que pasaba. A partir de eso recreó algunas de las anécdotas pero las usó de manera literaria.

Por ejemplo, mi papá. En la novela aparece como policía y en realidad era profesor universitario. ¡Casi igual! El papá de Mara Larrosa era un ser extraordinariamente hermoso como para que lo ponga de esquizofrénico. Lo que hizo fue literatura. Insisto, tiene la cualidad de reconocer toda esa época: los giros literarios, lo que se pensaba, lo que se sentía, algunas anécdotas. Esos son los méritos de Los detectives salvajes. Según Bruno, lo que hizo fue una broma cuando puso los datos de quiénes éramos. Eso ni siquiera él se lo esperaba. Era una especie de homenaje y un guiño, que por supuesto no fue bien visto por todos.

¿La mitificación de Roberto Bolaño ¿crees que se deba a un trabajo similar al de un publicista? Porque toda la obra de Roberto no es el infrarrealismo en sí.

Roberto era muy muy seductor y Herralde lo quería como un hijo. La fama de Roberto, independientemente de su saber hacer letras, también se la debe a Herralde. El cariño que le tuvo Herralde lo impulsó a seguir escribiendo. Aunque Roberto ya había escrito muchas novelas, es hasta cuando lo adopta Herralde que empieza a volverse famoso. No es que Roberto se vendiera sino que se dejó adoptar.

Eso era Roberto, desde que tenía 18 años, y lo fue hasta que se murió. Y además, a pesar de todo, Roberto nunca cambió de agente literario.

En cambio, el éxito de Roberto se debe al agente literario que contrató la ex mujer. Ella consiguió al agente literario más exitoso del mundo para volverlo famoso. No es que se haya vendido. Quien lo está vendiendo –y lo seguirá vendiendo– es la ex mujer, con la que ya no vivía cuando se murió.

¿Cuáles son las condiciones que necesitamos, en diferentes estados de la República, para que surja un movimiento similar al infrarrealismo?

Los movimientos literarios, los movimientos de vanguardia, necesitan casi lo mismo que un movimiento social, en pequeñas dosis: tiene que haber una confluencia de personas, tiene que haber ideales conjuntos, tiene que haber una urgencia y una especie de cabeza que da la uniformidad.

Siempre he hablado de que hay momentos del infrarrealismo. En el primer momento, Roberto, que era este ser seductor que invitaba a todo mundo, que era capaz de convencerte, de decirte “sí, yo quiero, sí me gusta”, porque además sabía escuchar. Porque lo que tú aportabas era incorporado al lenguaje y vuelto a escribir, eso nunca lo tuvo Mario Santiago. Mario Santiago era como un padre de familia que te da un coscorrón y te dice que te quiere mucho. Ése era Mario Santiago. Totalmente diferente a Roberto. Y por eso estábamos más dispersos, porque dejamos de tener algo. Seguimos siendo a partir de lo que nos une, de los ideales, del amor, de todo eso, pero esas acciones colectivas… Mario Santiago no era capaz de organizarnos y ninguno de nosotros fue capaz de articularnos. No había alguien que pudiese articularnos de la manera en como lo había hecho Roberto. Aunque la idea creativa, el conocimiento de las vanguardias, el invento de las antologías y demás, mucho salía de Mario Santiago y no de Roberto. Después, a Mario le costaba mucho aterrizar todas las ideas creativas. Como estaba tan metido en su asombro, tan metido en su azoro, tan metido en su energía vital, estas cosas como organizar o editar se le iban en otras energías.

¿Mario Santiago era el Lado B del infrarrealismo?

No. Era el Lado A.

¿Quién era el Lado B?

En todo caso, el Lado B éramos todos los demás. El Lado A siempre fue y será Mario Santiago.

¿Sentían cierta orfandad o falta de hermandad con movimientos literarios como la Literatura de la Onda?

Claro. En los libros de José Agustín, ¿cuándo menciona a los infras? Porque ellos siempre pertenecieron al status quo. Bueno, no todos.

Gente como Rentería, que en las presentaciones en Bellas Artes de repente dice “vámonos a beber” y con eso cree que ya es un francotirador, cuando vive del financiamiento del Estado, y su mayor afrenta es decir: “Ay, que ya acabe esto porque quiero salir a beber”. A nosotros nunca nos dieron el chance ni siquiera de hacer eso. Nunca ganamos becas.