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El filósofo del fracaso: Émile M. Cioran | Costica Bradatan

Traducción de María del Carmen Navarrete

 

Para algunos, fue uno de los pensadores más subversivos de su época, un Nietzsche del siglo xx solo que más sombrío y con un mejor sentido del humor. Muchos pensaban que era un loco peligroso, sobre todo en su juventud. Sin embargo, según otros, simplemente era un encantador joven irresponsable que no constituía ningún peligro para los demás, tal vez sólo para sí mismo. Cuando su libro sobre el misticismo llegó a la imprenta y el tipógrafo se percató de cuan blasfemo era su contenido, se negó a tocarlo, era un buen hombre temeroso de Dios; el editor se desentendió del asunto y el autor tuvo que publicar sus blasfemias en otra parte, por cuenta propia. ¿Quién fue este hombre?

Émile Cioran (1911-1995) fue un filósofo francés, rumano de nacimiento, y autor de unas dos docenas de libros de perturbadora y despiadada belleza. Es un ensayista en la mejor tradición francesa, y aunque su lengua materna no fue el francés, muchos lo consideran uno de los mejores escritores en ese idioma. Su estilo de escritura es caprichoso, poco sistemático, fragmentario; es proclamado como uno de los grandes maestros del aforismo. Pero para Cioran la “fragmentación” fue, más que un estilo de escritura, una vocación y una forma de vida; él mismo se llamaba “un homme de fragment”.

A menudo se contradice, pero ésa es la menor de sus preocupaciones. En su caso, contradecirse no es ni siquiera una debilidad sino el signo de una mente viva. Él creía que en la escritura no se trata de ser coherente, persuasivo ni de mantener entretenidos a los lectores; escribir ni siquiera tiene que ver con la literatura. Para Cioran, al igual que Montaigne varios siglos antes, escribir tiene una función vivencial inconfundible: uno no escribe para producir un acervo de texto, sino para actuar sobre uno mismo; para recuperarse después de una desgracia personal o para salir de una profunda depresión, aceptar una enfermedad mortal o llorar la pérdida de un amigo íntimo. Uno escribe para no enloquecer, para no matarse ni matar a otros. En una conversación con el filósofo español Fernando Savater, en un momento dado Cioran afirma: “Si no hubiera escrito, pude haberme vuelto un asesino”. La escritura es cuestión de vida o muerte. La existencia humana, en su esencia, es angustia y desesperación infinitas; y la escritura puede hacer las cosas un poco más tolerables. “Un libro es un suicido pospuesto”, agrega Cioran.

Cioran escribió para salvarse él mismo de la muerte una y otra vez. Escribió su primer libro, En las cimas de la desesperación (Pe culmile disperării, 1934), cuando tenía 23 años, en sólo unas semanas, mientras padecía de un fuerte ataque de insomnio. El libro, una de sus mejores obras tanto en rumano como en francés, marcó el principio de un fuerte vínculo íntimo en su vida entre la escritura y el insomnio: “Nunca he podido escribir de otro modo que no sea en medio de la depresión [cafard] que me provocan las noches de insomnio. Durante siete años apenas si pude dormir. Necesito esa depresión, e incluso hoy antes de sentarme a escribir pongo un disco de música gitana [triste] de Hungría”.

Que Cioran sea un pensador poco sistemático no significa que su obra carezca de unidad; al contrario, ésta se mantiene firmemente unificada por su peculiar estilo de escritura y modo de pensar, pero también por un conjunto distinto de temas, motivos e idiosincrasias filosóficas, entre los cuales figura de manera prominente el fracaso. Cioran estaba obsesionado con ese tema: el espectro del fracaso ronda su obra a partir de su primer libro rumano; luego, durante toda su vida, nunca se apartó del fracaso. Lo estudió desde distintas perspectivas y en diferentes momentos, como suelen hacer los verdaderos conocedores, y lo buscó en los lugares más imprevistos. Cioran creía que no sólo los individuos pueden terminar siendo un fracaso, sino también las sociedades, los pueblos y los países. Sobre todo los países. Una vez comentó: “me fascinaba España, porque era el ejemplo del fracaso más espectacular. ¡El país más grande del mundo sumido en tal estado de decadencia!”

El fracaso impregna todo. Puede manchar las grandes ideas, así como los libros, las filosofías, las instituciones y los sistemas políticos. La misma condición humana es para Cioran sólo otro proyecto fallido: “Ya no querer ser un hombre”, escribe en Del inconveniente de haber nacido (De l’inconvénient d’être né, 1973), es “soñar con otra forma de fracaso”. El universo es un enorme fracaso, al igual que la vida misma. “Antes de ser un error fundamental, la vida es un fracaso de gusto que ni la muerte, ni siquiera la poesía, logra corregir”, afirma Cioran. El fracaso gobierna al mundo como el dios caprichoso del Antiguo Testamento. Uno de los aforismos de Cioran dice: “‘Estabas equivocado al contar conmigo’. ¿Quién puede hablar en esos términos? Dios y el fracaso”.

Cioran podía hablar muy bien del fracaso porque lo conocía íntimamente. Fue alguien que en su juventud participó en proyectos políticos catastróficos (lo que lamentó toda su vida), que cambió de países e idiomas y siempre tuvo que empezar desde cero, fue un eterno exiliado y vivió una vida marginal, casi nunca tuvo un empleo y muy constantemente estuvo al borde de la pobreza. Debe haberse familiarizado profundamente con el fracaso, incluso habrá tenido instinto para detectarlo. Sabía cómo reconocer un caso digno de fracaso, cómo observar su manifestación y disfrutar su complejidad. Porque el fracaso es irreductiblemente singular: las personas exitosas siempre se las arreglan para lucir igual, pero quienes fracasan lo hacen de muy distinta manera. Cada incidente de fracaso tiene una fisonomía y una belleza propias, y se necesita un conocedor sutil como Cioran para distinguir un fracaso aparentemente banal pero que, de hecho, es enorme de uno escandaloso aunque mediocre.

La primera vez que se topó con el fracaso fue en su tierra natal, entre sus compatriotas. Cioran nació y creció en Transilvania, una provincia que durante mucho tiempo perteneció al imperio austrohúngaro y sólo recientemente, en 1918, pasó a ser parte del reino rumano. Incluso hoy en día los transilvanos muestran una fuerte ética de trabajo; y la formalidad, disciplina y autocontrol se tienen en gran estima. Pero cuando Cioran asistió a la universidad en Bucarest, la capital del sur del país, entró en un universo cultural totalmente nuevo. Aquí las habilidades vencedoras eran distintas: el arte de no hacer nada, la sofistería (de un poco juguetona a evidentemente cínica), anular la integridad intelectual, la dilación como especialidad, desperdiciar la propia vida como vocación. Como estudiante de filosofía, Cioran entró en contacto con algunos de los mejores artistas de Bucarest en ese sentido. La mezcla de brillantez intelectual y espectacular sentido de fracaso personal que mostraban algunos de ellos consiguieron su admiración incondicional y perpetua: “En Bucarest conocí a mucha gente, muy interesante, sobre todo a fracasados que llegaban al café, hablaban de manera interminable y no hacían nada. Debo admitir que, para mí, eran los más interesantes del lugar. Personas que no hicieron nada durante toda su existencia, pero que por otra parte eran brillantes”.

Durante el resto de su vida, Cioran quedaría secretamente agradecido con esa tierra de fracaso que fue su país. Y tenía razón en hacerlo. Ya que los rumanos mantienen una relación única con el fracaso, igual que los esquimales tienen innumerables palabras para describir la nieve, parece que la lengua rumana tiene otras tantas relacionadas con el fracaso. Una de las construcciones verbales más comunes en Rumanía, que Cioran apreciaba, es n-a fost să fie (literalmente, “no habría de ser”, pero con fuertes matices de predestinación). El país es verdaderamente una mina de oro.

Por todos es sabido que Cioran fue un misántropo, pero si hubo un tipo humano al que comprendía y compadecía fue le raté, el fracaso. En 1941, ya en París, le confiesa a un amigo rumano: “Me gustaría escribir una Filosofía del Fracaso, con el subtítulo Para uso exclusivo del pueblo rumano; pero no creo que pueda hacerlo”. Cada que Cioran pensaba en su juventud, siempre recordaba con una mezcla de fascinación, ternura y admiración, a los grandes perdedores y el interminable espectáculo de fracaso que encontró en Bucarest. Como escritor incipiente, seguramente lo atrajo la escena literaria del país, pero no tanto como la del fracaso: “Mis mejores amigos en Rumania no eran escritores en absoluto, sino fracasos”. El catedrático que impartía filosofía en la Universidad de Bucarest, quien tuvo la influencia más decisiva sobre el joven Cioran, Nae Ionescu (1890–1940), era un fracaso espectacular según los valores normales. No publicó ningún libro, sus conferencias a menudo eran plagios o improvisaba en el momento, y a veces no se presentaba a clase porque “no tenía nada que decir”. Su pereza era legendaria. Por otra parte, Ionescu fue una de las mentes más brillantes de su generación; un “genio”, según relatos de primera mano. Siempre el filósofo, Ionescu incluso formuló una pequeña teoría del fracaso (que, convenientemente prefirió no publicar).

Sin embargo, Cioran no se contentó con ser un observador distante del fracaso. Desde el principio, empezó a practicarlo él mismo y lo hizo con estilo. En 1933, recién egresado de la Universidad, se le otorgó una beca de posgrado en la Universidad Friedrich Wilhelm, en Berlín. Apenas llegó a Alemania, Cioran se enamoró del recién instalado régimen nazi. En noviembre de ese año, le escribe a su amigo Mircea Eliade: “Estoy completamente cautivado por el orden político que han establecido aquí”. Cioran encontró en la Alemania de Hitler todo lo que no podía hallar en la aún relativamente democrática Rumania. La histeria política y la movilización de masas se habían apoderado del país, lo que Cioran pensaba era bueno; el régimen nazi había imbuido en los alemanes un sentido de “misión histórica”, algo que la democracia de Rumania nunca podría ofrecer. Mientras otros detectaban el principio de una catástrofe de proporciones históricas en Alemania en ese momento, Cioran sólo vio la promesa y la grandeza histórica. Y, ¿qué hizo exactamente a Hitler tan grande? Su capacidad para despertar los “impulsos irracionales” del pueblo alemán, contestó Cioran, tratando de parecer un observador objetivo. Con apenas 22 años, empezó a practicar el fracaso en serio. En el otoño de 1933, Cioran ya era una estrella que ascendía rápido en las letras rumanas, incluso como estudiante contribuyó con un puñado de ensayos sorprendentemente originales en algunos de los medios literarios del país. Ahora esas publicaciones deseaban más textos suyos; sobre todo, querían la cobertura de la escena política alemana. En un artículo que mandó al semanario Vremea (diciembre de 1933), Cioran escribió con firmeza, pluma en mano: “Si algo me gusta del hitlerismo, es el culto de lo irracional, la exaltación de la vitalidad como tal, la expresión viril de la fuerza, sin ningún espíritu crítico, reserva, ni control”. Al abusar de un estereotipo muy amado por los enemigos de la democracia liberal en todos lados, Cioran se compadece aquí de una Europa “decadente” y “afeminada” frente a una Alemania orgullosamente “masculina”, toda músculos, ruido y furia. Hitler es ostensiblemente el hombre al mando, y Cioran está debidamente impresionado. Varios meses después (julio de 1934), en otro artículo para la misma revista, no se intimidó en absoluto para expresar su incontrolada admiración por el hombre con cojones: “De todos los políticos actuales, Hitler es el que más me gusta y admiro”. Y sin embargo, lo peor está aún por venir.

Cioran está tan embelesado por el “viril” orden establecido por Hitler en Alemania que no consigue saciarse, por lo que quiere una versión de éste trasplantada en su país natal. En una carta a otro amigo, Petru Comarnescu (diciembre de 1933), escribió: “Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que he visto aquí, y estoy convencido de que nuestra holgazanería natural podría suprimirse, si no es que erradicarse, mediante un régimen dictatorial. En Rumania sólo el terror, la brutalidad y una angustia infinita todavía podrían inducir algún cambio. Todos los rumanos deberían ser arrestados y hechos papilla, sólo después de una paliza de ese tipo podría un pueblo frívolo hacer historia”.

En Cioran las cuestiones de interés público a menudo se mezclan con asuntos de índole más privada. Inmediatamente después de esa detallada receta para ayudar a sus compatriotas a “hacer historia”, suelta una nota más bien personal: “Es terrible ser rumano”, escribe. Como rumano, “nunca te ganas la confianza de una mujer, y la gente seria te sonríe con desdén; cuando ven que eres listo, piensan que eres un tramposo”. Esta confesión, por indirecta que pueda ser, nos lleva sin rodeos al drama de la situación del joven Cioran. Esto se revela en varias capas. En primer lugar, parece que en su mente incuba la idea extraña de que no se le permite separar su valor personal de los méritos históricos de la comunidad nacional a la cual pertenece. En segundo lugar, tras medir el valor de esa comunidad, encuentra que en mucho es insuficiente. Cioran cree que, históricamente, Rumania es una “nación fallida” y su fracaso no puede borrarse en todos los rumanos. De hecho, como si eso no fuera bastante malo, renunciar no es una opción ya que “la separación de uno de su nación lleva al fracaso”; hay fracaso en ella, pero aún más fuera de ella. Así que a una edad relativamente joven, Cioran queda atrapado en un impasse existencial muy grave. Que ese drama sea en buena parte obra suya no lo hace menos doloroso. Al contrario, es algo que lo herirá profundamente a él y a su trabajo. Esta práctica del fracaso puede ser una ocupación cruenta. Es este drama —“el drama de la insignificancia”, como Cioran lo llamará posteriormente— lo que subyace en el libro que publica poco después de su regreso de Alemania: La transfiguración de Rumanía (Schimbarea la faţă a României, 1936). Escribe, sobre todo, para curar un orgullo herido. Eso es lo que le sucede a los que nacen en una “cultura pequeña”: su orgullo siempre está herido. “No es nada agradable haber nacido en un país de segunda categoría”, señala. “La lucidez se convierte en tragedia”. Se siente tan aplastado por el nivel cultural menor de su país que, para aliviar el dolor, no vacila en vender su alma: “De buena gana renunciaría a la mitad de mi vida si pudiera experimentar con la misma intensidad lo que vivió el más insignificante de los griegos, romanos o franceses, incluso por un momento, en el clímax de su historia”. Reinventarse a sí mismo, convertirse en alguien más solo como una forma de lidiar con la désespoir d’être roumain, es algo que Cioran hará toda su vida; alienarse se convertirá en una segunda naturaleza para él. En El inconveniente de haber nacido, uno de sus aforismos dice: “En una rebelión continua contra mi ascendencia, he pasado toda mi vida deseando ser otra cosa: español, ruso, caníbal; lo que sea, menos lo que yo era.” Podría perdonar a Dios por muchas cosas, pero nunca por haberlo hecho rumano. Ser rumano no es un hecho biográfico sino una catástrofe metafísica, una tragedia personal de enormes proporciones. “¿Cómo puede uno ser rumano?” Cioran se pregunta con exasperación. ¿Cómo se puede ser algo tan cercano a la nada, tan poco improbable que exista? En La transfiguración de Rumania describe a sus compatriotas como excesivamente “mediocres, lentos, resignados, comprensivos”, terriblemente bien educados. Para su vida, Cioran no puede aceptar como suyo a un pueblo de ese tipo. Los rumanos, increíblemente pasivos y modestos, han perdido todas las oportunidades de dejar una huella importante en el mundo. Rumania es un país que ha dormido a lo largo de la historia.

Pero Cioran no es nada si no se contradice a sí mismo. En otras partes del libro “ama el pasado de Rumania con un odio intenso”, y tiene grandes sueños para su futuro. No concibe nada menos que una “Rumania con la población de China y el destino de Francia”. El país está bien, sólo necesita una pequeña zarandeada en uno u otro lugar; sobre todo, necesita que lo “empujen” hacia la historia. ¿Qué significa eso exactamente? No lo dice Cioran, pero nos da un indicio cuando asegura que sólo puede “amar a Rumania en el delirio”. Y para tan nobles fines cualquier medio se justifica, ¿o no? Como el mismo Cioran lo expresa, “todos los medios son legítimos para un pueblo que se abre paso en el mundo. El terror, el crimen, la bestialidad y la perfidia son viles e inmorales sólo en la decadencia (…) si ayudan al ascenso de un pueblo, son virtudes. Todos los triunfos son morales”. Una vez más, la política de la testosterona, el erotismo del poder bruto. Sólo una dictadura de lo irracional, como la que ha visto Cioran en Alemania, puede salvar a este país de sí mismo. ¿Uno se pregunta a veces cuanto tiempo se puede juguetear con el fracaso antes de ser aplastado por éste?

En unos años, cuando el propio movimiento fascista de Rumania, la violentamente antisemita Guardia de Hierro, suba al poder durante unos meses a finales de la década de 1940, Cioran lo respaldará, aunque a su propia manera ambigua. Una “Rumania en el delirio”, con la cual solía soñar, finalmente tomaba forma, y era un espectáculo violento: Los judíos rumanos eran perseguidos y asesinados a sangre fría, sus propiedades eran saqueadas y reducidas a cenizas, mientras al resto de la población se le sometía a un brutal lavado de cerebro religioso fundamentalista. Para entonces, Cioran ya estaba en Francia reinventándose en otro idioma. Sin embargo, durante un breve viaje de vuelta a su patria, en un artículo dedicado a la memoria del líder fundador del movimiento, Corneliu Zelea Codreanu (el llamado “Capitán”, 1899–1938), que leyó en la radio nacional, Cioran pontificaba: “Antes de Corneliu Codreanu, Rumania no era más que un Sahara poblado… Sólo tuve algunas conversaciones con Corneliu Codreanu. Desde el primer momento me percaté de que hablaba con un hombre en un país de escoria humana… El Capitán no era ‘inteligente’, el Capitán era profundo”.

Este “Capitán” profundo era, entre otras cosas, un antisemita fanático; defendía abiertamente el asesinato político y él mismo era un asesino político. En el contexto de una cultura democrática precaria en la Rumania de entreguerras, ayudado por el carisma personal y una singular falta de escrúpulos, Codreanu empujó casi sin ayuda al país al caos en la década de 1930. Y ahora Cioran lo alababa. Cuando se trata del fracaso, un pensador —incluso uno irresponsable de mala fama como era el joven Cioran— difícilmente podría llegar más bajo. ¿Qué le sucedía, uno se pregunta, igual que lo hacían en ese entonces sus amigos de mentalidad democrática? En los siguientes años, al mismo Cioran se le aparecería esa pregunta, una y otra vez, con deprimente urgencia. Cuando por vez primera se enfrentó a la gravedad de su postura política profascista, poco después del final de la guerra, casi no se reconocía en la Transfiguración de Rumania y su periodismo político. Los horrores de la guerra, la magnitud del Holocausto, en el que murieran algunos de sus amigos judíos, lo despertaron bruscamente; esos textos deben de haber sido entonces motivo de pesadillas. Luego, el paso del tiempo lo hizo ver las cosas cada vez con mayor claridad. “A veces me pregunto si realmente fui yo quien escribió esos desvaríos que citan”, escribe en 1973 en una carta a su hermano. “El entusiasmo es una forma de delirio. Una vez tuvimos esa enfermedad, de la que nadie cree que nos hayamos recuperado”. En un pequeño texto póstumo, Mi país (Mon pays, 1996), Cioran se refiere al contenido de La transfiguración de Rumania como “los desvaríos de un loco desenfrenado”. Esto, dicho sea de paso, es el resultado de una práctica intensa del fracaso: antes de que uno lo sepa, uno trae a otra persona al mundo. Un día, uno se mira ante el espejo sólo para descubrir que alguien más lo mira fijamente.

Nunca es fácil acorralar a Cioran, pero cuando se trata de su pasado político es casi imposible. No facilita las cosas que, fuera de las vagas referencias a los “desvaríos” y “entusiasmo” de su juventud, el Cioran posterior generalmente era reacio a tocar “esos años”. Y por una buena razón: sabía muy bien lo que había. El fracaso odia viajar solo: por lo general prefiere la compañía de la vergüenza. En otra carta a su hermano, Cioran escribe: “El escritor que hizo algunas estupideces en su juventud, tras su debut, es como una mujer con un pasado vergonzoso. Nunca se perdona, nunca se olvida”. Hasta el final de sus días, su participación política en la Rumania de entreguerras seguiría siendo la mayor vergüenza de Cioran, su fracaso más grave, demoledor. En comparación, todo lo demás es fallido.

Un vistazo más al peculiar pensamiento político de Cioran. En una carta que envió a Mircea Eliade en 1935, escribe: “Mi fórmula para todas las cosas políticas es la siguiente: lucha resueltamente por todo aquello en lo que no crees”. No es que esa confesión aporte mucha claridad a la participación de Cioran, pero ubica sus “desvaríos” en cierta perspectiva psicológica. Esa doble personalidad distinguió al Cioran posterior y tiene sentido, para un filósofo que ve el mundo como un fracaso de grandes proporciones, burlarse del orden cósmico (y de él mismo en el proceso) al pretender que hay un significado donde no hay ninguno. Sabes que todo es inútil, pero al comportarte como si no lo fuera, logras expresar tu disidencia y socavar los designios del “demiurgo maligno”. Y lo haces con ironía y humor ilimitados, lo que está rigurosamente pensado para contrarrestar la farsa divina. El que ríe al último ríe mejor.

En 1936, cuando volvió de Alemania, Cioran trabajó un breve periodo como maestro de filosofía en una secundaria de Braşov, en el centro de Rumania. Eso también fue un rotundo fracaso, el último intento que hizo para mantener un trabajo de tiempo completo. Durante una clase de lógica, por ejemplo, Cioran les diría a los estudiantes de secundaria que todo en el universo estaba irremediablemente enfermo, incluso el principio de identidad. Cuando un estudiante le preguntó “¿Qué es la ética, señor?”, Cioran le contestó que no debería preocuparse, que no existía tal cosa. Sus clases eran un caos perpetuo, y los alumnos, como sus colegas, estaban tan perplejos por el más inverosímil de los maestros. Cuando, a la larga, Cioran renunció, el director lo celebró bebiendo hasta flotar en los vapores del alcohol.

En 1937, al percatarse de que nunca podría distinguirse en esa tierra de fracaso, decidió una vez más dejar Rumania. Consideraba que esa decisión era, “por mucho, la más inteligente” que jamás hubiera tomado. Su primera elección fue España –el “ejemplo del fracaso [más] espectacular”, por lo que solicitó una beca en la embajada española en Bucarest, exactamente dos meses antes de que empezara la Guerra Civil en ese país–. Nunca le contestaron. Decidió que París era el lugar adecuado para alguien con sus aspiraciones: “Antes de la guerra –recuerda–, París era el lugar ideal para frustrar tu vida; y los rumanos, en particular, éramos famosos por eso”.

Cioran cortó sus lazos rumanos y empezó una nueva existencia. Incluso se dio un nuevo nombre: E. M. Cioran. En algún momento, empezó a escribir y hablar casi exclusivamente en francés (sólo usaba el rumano para maldecir, ya que descubrió que su francés era muy deficiente para eso). Técnicamente, había ido a París con una beca de posgrado; se suponía que debería tomar clases en la Sorbona y escribir una tesis doctoral sobre algún tema filosófico. Pero incluso cuando solicitó la beca sabía muy bien que nunca la escribiría. Por fin se había dado cuenta de qué era lo que quería: ¡la vida de un parásito! Todo lo que necesitaba para vivir de forma segura en Francia era una identificación de estudiante que le permitiera entrar a los baratos comedores universitarios. Podría vivir así para siempre. Y lo hizo, al menos durante un tiempo. A los 40 años seguía inscrito en la Sorbona, comía en el comedor de estudiantes “y esperaba que eso durara hasta el fin de mis días. Y entonces se promulgó una ley que prohibía la inscripción de estudiantes mayores de 27 años, y me ahuyentaron de ese paraíso”.

Ahora, expulsado del paraíso de los parásitos, Cioran tuvo que hacer algunos trabajos ocasionales. Algunos de sus amigos rumanos en mejor posición (Ionesco, por ejemplo) lo ayudaban a veces. De lo contrario, tenía que confiar en la bondad de los desconocidos. Y Cioran demostró ser bastante flexible al mantener controlada su misantropía: entablaba amistad prácticamente con cualquiera que le ofreciera la perspectiva de una cena gratuita. Así fue como conoció muy bien a las ancianas de París. Su rigurosa formación en filosofía sería útil: Cioran llegaba con su espléndida conversación y canto que le ganaban la cena. Luego estaba la escena eclesiástica de París: siempre que tenía la oportunidad, el iconoclasta Cioran se presentaba alegremente en la iglesia ortodoxa rumana para aprovechar las oportunidades de cenar gratis.

Cioran haría lo que fuera, salvo aceptar un trabajo. Hacerlo habría sido el fracaso de su vida. “Para mí –recuerda un viejo Cioran–, lo principal era proteger mi libertad. Si alguna vez, para ganarme la vida, hubiera aceptado un trabajo de oficina, habría fracasado”. Para no hacerlo, eligió entonces una senda que la mayoría consideraría el fracaso materializado; pero Cioran sabía que el fracaso es siempre un asunto complejo. “A toda costa evité la humillación de una carrera (…) preferí vivir como un parásito [antes] que destruirme al mantener un trabajo”. Como todos los grandes holgazanes saben, hay perfección en la inactividad: Cioran no sólo estaba consciente de eso, sino que también la cultivó toda su vida. Cuando un entrevistador le preguntó sobre sus rutinas de trabajo, contestó: “La mayor parte del tiempo no hago nada. Soy el hombre más holgazán de París (…) la única que hace menos que yo es una puta sin clientes”.

Como alguien que mantuvo una relación tan íntima con el fracaso, no sorprende que Cioran sospechara del éxito: “Hay algo de charlatán en todo el que triunfa en cualquier campo”, escribió; y con la excepción del Premio Rivarol, rechazó todos los premios que la cúpula literaria francesa le confiriera. Cuando el éxito público finalmente lo alcanzó, dio pocas entrevistas y siempre trató de no llamar la atención. “Je suis un ennemi de la gloire” era su credo. Sobre Borges, una vez dijo: “La desgracia de ser reconocido le sucedió. Merecía algo mejor”. En Del inconveniente de haber nacido, Cioran habla de una “existencia transfigurada constantemente por el fracaso” como un envidiable proyecto de vida. Una existencia de ese tipo sería la serenidad encarnada, sabiduría en la carne: todo “luxe, calme et volupté”.

El fracaso fue el compañero íntimo de Cioran, la musa fiel, la inspiración principal. Él mira el mundo –en las personas, acontecimientos y situaciones– a través de sus ojos impávidos. Por ejemplo, puede sopesar la profundidad de la vida interior de alguien por la forma en que se aproxima al fracaso: “Así es como reconocemos al hombre que tiende hacia una búsqueda interior: colocará al fracaso por encima de cualquier éxito”. ¿Cómo es eso? Porque el fracaso, piensa Cioran, “siempre esencial, nos revela a nosotros mismos, nos permite vernos como Dios nos ve; mientras que el éxito nos aleja de lo más interior en nosotros y, de hecho, en todo”. Muéstrame cómo lidias con el fracaso y te diré más cosas sobre ti. Sólo “en el fracaso, en la grandeza de una desgracia, puedes conocer a alguien”. Cualquier éxito que tuviera, Cioran lo consideraba desde el punto de vista de su “proyecto de fracaso” de toda la vida, y adquirió el hábito de leer éxito en el fracaso y fracaso en el éxito. Lo más exitoso que hizo no fueron sus libros, celebrados y traducidos en todo el mundo, tampoco su creciente influencia entre la gente de gusto filosófico. Ni siquiera su condición de maestro de la lengua francesa. “El gran éxito de mi vida –afirma– es que logré vivir sin tener un trabajo. A fin de cuentas, he vivido bien mi vida. He fingido que fue un fracaso, pero no lo fue”.

En sus libros, Cioran nunca dejó de reprender a los dioses, excepto, podríamos decir, al dios del fracaso, el demiurgo de los gnósticos. Hay algo definitivamente gnóstico en la filosofía anticósmica de Cioran y en su modo de pensar. Las percepciones, imágenes y metáforas gnósticas impregnan su obra, como lo han reconocido eruditos del gnosticismo. Una breve historia de la decadencia, La tentación de existir y Los nuevos dioses “son textos que coinciden con los más sublimes destellos del pensamiento gnóstico”, escribe Jacques Lacarrière. Al igual que los gnósticos de antaño, Cioran ve la creación como el resultado de un fracaso divino; la historia y civilización humanas no son para él más que “la obra del demonio”, el otro nombre del demiurgo. En Una breve historia de la decadencia, considera “incompetente” al dios de este mundo. “De todo lo que se intentó de este lado de la nada –se pregunta–, ¿hay algo más patético que este mundo, salvo la idea que lo concibió?” El título francés de uno de sus libros más influyentes, que en inglés se publicó como Los nuevos dioses, es revelador: Le mauvais demiurge (1969): “el demiurgo maligno”. Aquí, con simpatía no disimulada, Cioran llama a los gnósticos “fanáticos de la nada divina” y los alaba por haber “comprendido tan bien la esencia del mundo caído”.

Para Cioran, es un cosmos “caído”, pero también el mundo social y político. Porque realmente nada escapa al fracaso para este gnóstico del siglo xx. En un intento por trascender los fracasos políticos de su juventud, buscó entender su significado más profundo e incorporar esa comprensión en la textura de su pensamiento maduro. El resultado fue filosofar con mayores matices y un pensador más humano: sus experimentos con el fracaso acercaron a Cioran a una provincia de la humanidad a la que de otro modo podría no haber tenido acceso, la de los avergonzados y los humildes. En sus libros franceses, uno se topa con pasajes de inspirada y embriagante sabiduría sobre el fracaso:

En el clímax del fracaso, en el momento en que la vergüenza está a punto de arruinarnos, de repente nos arrastra un frenesí de orgullo que sólo dura lo suficiente para vaciarnos, para dejarnos sin energía, para disminuir, con nuestros poderes, la intensidad de nuestra vergüenza.

La práctica del fracaso durante toda la vida, junto con una reflexión obsesiva sobre el mismo, cambió a Cioran en un momento dado. Conforme envejecía, se volvió más tolerante al aceptar más las locuras y manías de otras personas. No es que el Cioran francés de pronto se volviera un pensador “democrático”. Dios lo libre. Eso nunca podría sucederle a él, hasta el final sería un profeta de la “decadencia de Occidente”, el pensador de sombríos y apocalípticos recelos. Por ejemplo, en Historia y utopía (Histoire et utopie, 1960), señala: “Cada vez que estoy en una ciudad de cualquier tamaño, me asombra que no se produzcan disturbios todos los días: masacres, carnicerías atroces, el caos más catastrófico. ¿Cómo pueden coexistir tantos seres humanos en un espacio tan confinado sin destruirse entre sí, sin odiarse hasta la muerte? De hecho, sí se odian entre sí; pero no son iguales a su odio. Y es esta mediocridad, esta impotencia, lo que salva a la sociedad, asegura su continuidad y estabilidad”.

No, Cioran tampoco se convirtió en un defensor de la democracia liberal. Pero de alguna manera debe de haber aprendido a disfrutar la comedia del mundo; de hecho, a participar con presteza en socavar el fracaso cósmico. El pensamiento posterior de Cioran muestra un rasgo peculiar que, a falta de un mejor término, puede llamarse desesperación jubilosa (Cioran se ve a sí mismo como un pesimista gozoso). Es el mismo patrón, una y otra vez: algo resulta ser monstruoso, lisa y llanamente terrible y, sin embargo, de alguna manera en ese mismo horror yace la semilla de su redención. La vida puede ser insoportable, el insomnio es un asesino, le cafard te carcome lentamente; y, con todo, es algo que puedes manejar a través de la escritura. “Todo lo que se expresa se vuelve más tolerable”, pregona Cioran. Escribir es una brujería espléndida que actúa sobre sus practicantes y hace que sus vidas sean más llevaderas. El negativo nunca llega en un estado puro, siempre hay algo que lo socava; la catástrofe, en la medida en que sea pronunciable, lleva en sí su propia redención.

Uno de los aspectos más intrigantes sobre los escritos posteriores de Cioran es su voz como crítico político. En Historia y utopía hay un capítulo llamado “Carta a un amigo lejano”. De hecho, el texto fue escrito como una carta y originalmente se publicó en La Nouvelle Revue Française en 1957. El “amigo lejano” era el filósofo rumano Constantin Noica, que vivía detrás de la Cortina de Hierro. En esa carta, como era de esperar, Cioran ataca al régimen político establecido por la Rusia soviética en Europa Oriental por ridiculizar una idea filosófica importante. “El principal reproche que uno puede hacer a tu régimen es que ha arruinado la utopía, un principio de renovación tanto de instituciones como de pueblos”, escribe. Cioran no puede simpatizar con un régimen que necesita los tanques rusos para instalarse y perpetuarse. Un régimen político comunista de ese tipo prácticamente acabó con la idea comunista en sí.

Sin embargo, más importante aún, en la misma carta Cioran somete a Occidente a una crítica casi igual de rigurosa. “Nos encontramos lidiando con dos tipos de sociedad, ambas intolerables”, continua aquí. “Y lo peor de todo es que los abusos en la tuya permiten que ésta persista en los suyos, para ofrecer sus propios horrores como un contrapeso a los cultivados en tu casa”. Occidente no debería felicitarse por “salvar” a la civilización. Cioran cree que la decadencia está tan avanzada que ya no puede salvarse nada, salvo tal vez por las apariencias. Los dos “tipos de sociedad” no son tan diferentes entre sí. En el análisis definitivo, sólo es cuestión de matiz: “La diferencia entre ambos regímenes es menos importante de lo que parece, tú estás solo por la fuerza, nosotros sin restricción. ¿Es la distancia tan grande entre un infierno y un paraíso atroz? Todas las sociedades son malas, pero hay grados, lo admito; y si he elegido ésta, es porque puedo distinguir entre los matices del oropel”.

Sin embargo, a pesar de todos sus méritos analíticos y estilísticos, la carta de Cioran resultó ser una torpeza política. El destinatario, Constantin Noica, que intentaba pasar inadvertido en el campo rumano, tenía la costumbre de tomar la correspondencia en serio, y el texto de Cioran lo alentó a responder con un mordaz ensayo filosófico propio. Noica también era un hombre de impresionante ingenuidad. Tras completar el ensayo, lo envió a su amigo en París y, como estaba previsto, depósito el sobre en un buzón en la calle. La policía secreta rumana, que tenía tentáculos por todos lados, hasta en los buzones en el campo, no se perdió el intercambio. Pero sus gustos filosóficos eran ligeramente distintos y, por consiguiente, Noica tuvo que pagarlo con varios años de prisión política. Cuando Cioran se enteró del arresto y encarcelamiento de su amigo, debió de asombrarse de cuán verdaderamente insondable era el fracaso. No importa qué, uno nunca deja de fracasar. E. M. Cioran murió el 20 de junio de 1995. Sin embargo, en cierto sentido, ya había partido antes de morir. Durante los últimos años padeció Alzheimer y estuvo internado en el Hospital Broca en París. Temiendo precisamente ese fin, había planeado suicidarse. Cioran y su compañera de mucho tiempo, Simone Boué, iban a morir juntos, como los Koestler. Pero la enfermedad fue más rápida, el plan se malogró; y Cioran tuvo que morir la más humillante de las muertes, una que tardó varios años en consumarse. Al principio, sólo hubo algunos signos molestos: un día no pudo encontrar el camino de regreso a casa, desde la ciudad que él –peatón empedernido– conocía como la palma de su mano. Luego empezó a perder algunos de sus recuerdos, a veces no parecía tener un sentido muy claro de sí mismo. Aparentemente perdió su fabuloso sentido del humor. Un día, un transeúnte le preguntó en la calle: “¿De casualidad es usted Cioran?” Su respuesta fue: “Solía serlo”. Pero los signos se multiplicaron y agravaron mucho. Cioran empezó a olvidar a un ritmo tan alarmante que debió ser internado. En un momento dado, las palabras le fallaron: uno de los mejores escritores de su tiempo, Cioran ya no podía nombrar las cosas más elementales. Luego le llegó el turno a la mente. Al final, olvidó por completo quien era.

En cierto momento de su prolongado sufrimiento final, en un instante de lucidez, murmuró para sí mismo: “C’est la démission totale!” Era el gran fracaso supremo, y no dejó de reconocerlo por lo que era.

* Este ensayo se incluirá en el libro En elogio del fracaso, contratado con Harvard University Press.