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El fervor de la escritura | Por Gabriel Bernal Granados

Manuel Capetillo nació en la ciudad de México en 1937 y murió aquí mismo, en su casa de la colonia San Miguel Chapultepec, en 2008. Comencé a tratarlo a mediados de la década de 1990 a través de unos amigos en común y de su esposa María. Manuel era un hombre predominantemente silencioso, que abría la boca de vez en cuando ya fuese para opinar sobre música o sobre literatura o para hacer comentarios satíricos demoledores. No era, no obstante, uno de esos escritores que se lucen en público. Todo lo contrario: su cuerpo delgadísimo y una curvatura cada vez más pronunciada en la región cervical de su espalda traicionaban la educación monacal de la que Manuel había sido sujeto en su juventud. En no pocas conversaciones se refirió sin sorna a los años en que había sido monje benedictino en el Monasterio de Santa María de la Resurrección, en Cuernavaca, Morelos, y a la huella profunda que esta experiencia había dejado en su escritura. Como un personaje tomado de una novela de Dostoievski, Manuel era epiléptico y padecía visiones. No sé en qué medida este último padecimiento era asimismo un motivo de contemplación deleitosa. Manuel era capaz de desdoblarse no sólo para convertirse en el testigo de sus alucinaciones, sino para transformarlas en literatura. De hecho, esta condición de testigo de un mundo alucinado constituye el material de sus primeros libros, que se fueron escribiendo desde el plano de cierta inconsciencia, tal y como el propio Manuel llegó a reconocer en algunos escritos autorreferenciales. Sus primeros cuentos (reunidos en Las tres visitantes, de 1975) y novelas (El cadáver del tío, 1971; Plaza de Santo Domingo, 1987) quieren reproducir la calidad de esas visiones, pero a partir de una intuición profunda: todo lo escrito no va más allá de la escritura. Lo anecdótico parte de ella –de la escritura– para volver a ella. De ahí el carácter atípico y nebuloso que desde un principio tuvieron los experimentos narrativos de Manuel, y de ahí la creciente conciencia de que el escritor recibe el llamado de convertir todo lo vivido –y todo lo leído– en material escrito.
No sé exactamente cuándo Manuel se encontró por primera vez con La muerte de Virgilio de Hermann Broch. El caso es que en determinado momento de su reflexión sobre la literatura y sus formas convirtió la obra maestra de este escritor austriaco en el punto de inflexión de su obra. Si en un principio la piedra angular para la composición de sus trabajos literarios fue la música de Mahler, cuando Manuel alcanzó la madurez como escritor y se volvió, de manera consciente, más radical en el empleo de sus premisas y la enunciación de de sus postulados, su punto de referencia y el centro de gravedad de su obra se volvió La muerte de Virgilio. En el “relato” sobre la agonía de Virgilio, Manuel constató la existencia de un más allá de la escritura y el lenguaje, situándolo en la reflexión metafísica sobre la condición humana y los polos que la circunscriben: el origen y el fenómeno inaplazable de la muerte. En el libro de Broch, Manuel percibió una secuencia religiosa, casi mística, que en muchos de sus puntos coincidía con su experiencia propia.
En 1999, Manuel publicó un ensayo sobre estos temas: Límites de la muerte de Virgilio. Hermann Broch: más allá del lenguaje. De este ensayo podría decirse que está conformado por asedios a lo que en opinión de Manuel constituye el eje central del libro de Broch: la descomposición del lenguaje literario en sus elementos inmateriales trascendentales; el desvanecimiento paulatino de lo concreto y la manifestación cada vez más evidente de lo espiritual. En este flujo intercaló temas que tenían que ver, asimismo, con su propia problemática como escritor recluido entre las cuatro paredes de su estudio y desprovisto de un sustento económico estable: la dependencia del trabajo literario de instancias tan superficiales y decisivas como el mecenazgo del Estado. Límites de la muerte de Virgilio es un libro que no ha recibido la atención que merece. Es uno de los mejores ensayos sobre un escritor de la modernidad europea que se haya escrito en idioma español y se encuentra a la misma altura de ensayos como el de García Ponce sobre Musil.
Manuel sabía que la escritura no hace distingos de géneros. La creación lo involucraba todo y por eso, en el mismo nivel de profundidad y reflexión donde cohabita la totalidad de su obra, se encuentran sus libros de ensayo, el ya mencionado sobre Broch y el que dedicó a desarrollar otra de sus grandes pasiones: el cine de Andrei Tarkovski. La lectura de La sacralidad y la poética en la cinematografía de Andrei Tarkovski resulta fundamental para comprender el alcance y el sentido de los empeños litearios de Manuel, desde su “novela” El final de los tiempos hasta las obras donde mezcla indistintamente la reflexión, la poesía y la narrativa –me refiero a La espiral del agua, Paraíso perdido y recobrado y una serie de libros hasta ahora inéditos que Capetillo mandaba encuadernar en una papelería, en tirajes de cincuenta ejemplares cada uno. Realidades como las que se encuentran cifradas en las palabras sacrificio o contrición (en el marco de la teología católica cristiana) o símbolos como el de la tierra, el fuego, el agua y el verbo, que son propios de la cinematografía de Tarkovski, en la obra de Manuel se transforman en entidades literarias que duplican la carga de su significación en su traslado al terreno de lo escrito.
En sus inicios, Manuel causó furor entre sus lectores y críticos debido sobre todo a la maestría con que manipulaba el lenguaje y se alejaba decididamente de las modas para ir construyendo el equivalente sagrado de una catedral proustiana: un templo, cuya aspiración, de acuerdo con palabras del propio Manuel, consistía en alcanzar “su mayor altura”. La expectativa se fue apagando en la medida en que Manuel se fue recluyendo en casa para cultivar sus obsesiones. Su devoción por la escritura no conoce paralelos en la historia reciente de las letras mexicanas, salvo excepciones como la de García Ponce quien, por diferentes motivos, se consagró con un mismo fervor a la religión de la literatura. Es difícil encontrar autores donde la expresión de la fe esté plenamente justificada a través de la palabra escrita. Manuel Capetillo es uno de ellos.