Homero Archivo

El éxodo de Anteo: Homero Carvalho Oliva | Francisco Trejo

 

Estuve en Ecuador durante los primeros días de abril del presente año. A mi llegada, desde los aires, apenas pude ver el tapete herbáceo que rodea el Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre. Llovía; una neblina ligera fue lo primero que vi al arribar. Las lluvias son algo normal en Quito en esta temporada, por eso existe un dicho acertado: “en abril, lluvias mil”, que más de una vez me repitieron los habitantes de esa ciudad donde se encuentra ubicado el ombligo del planeta.

Y justo cerca de la Ciudad Mitad del Mundo, al norte de Quito, un par de días después de mi llegada, los invitados al Noveno Festival Internacional de Poesía en Paralelo Cero tuvimos una reunión en la casa de campo de la poeta ecuatoriana Elsy Santillán Flor, donde tuve el gusto de conocer a diferentes poetas de Iberoamérica, entre ellos al boliviano Homero Carvalho Oliva. Después de un breve recital que rompió el hielo entre los autores desconocidos, vino la charla y el abrazo fraternal de reconocimiento, no sólo como escritores de literatura, sino como hermanos de teta común: el idioma español.

Xavier Oquendo Troncoso, poeta ecuatoriano y organizador del festival en cuestión, me dio un apretón de manos y me dijo que me interesaría hablar con Homero –quien estaba a su lado– porque había vivido en México. A partir de ese momento, debido a mi tema de estudio actual dentro de la Maestría en Literatura Mexicana Contemporánea en la uam Azcapotzalco, los poetas extranjeros radicados en México desde las últimas décadas del siglo pasado, me interesé en saber un poco sobre su estancia en México y sus motivos. Al enterarme de que había salido exiliado de Bolivia por una cuestión política cuando era un estudiante universitario, quise ahondar más en su experiencia en nuestro país durante aquel lapso breve que ocurrió en la naciente década de los ochenta.

Con esto, se puede dar seguimiento, desde la voz misma de los literatos del exilio, a respuestas como ¿en dónde colocar este tipo de textos que son el resultado de un fenómeno social de alto impacto, como lo son las diferentes dictaduras que se han registrado a lo largo del continente americano? ¿Este texto de Homero, y en general de la literatura de los autores transterrados, pertenece a la literatura mexicana? ¿Es, por otro lado, un texto del exilio? Tomando en cuenta las declaraciones del autor en la entrevista, me parece pertinente decir que es un texto sin patria, un texto latinoamericano, en el mejor de los casos, por su tema y su atmósfera, por sus preocupaciones estéticas y su estructura.

 

–Estimado Homero, háblame de las circunstancias que te orillaron, primero, a salir de Bolivia, tu país de origen y, segundo, a decidirte por México como país de asilo.

–El 17 de julio de 1980 tomó el poder, en Bolivia, el dictador Luis García Meza. Ese nefasto día asesinó, entre otros, a Marcelo Quiroga Santa Cruz, jefe del Partido Socialista Uno; a Gualberto Vega, líder sindical minero, y a Carlos Flores, jefe del por-Posadas. En los días sucesivos se cometieron masacres en las calles y los dirigentes políticos, sindicales y universitarios tuvimos que ponernos a buen recaudo. En esa época yo militaba en el Grupo Revolucionario Octubre, una organización de izquierda nacional, y era dirigente de la carrera de sociología, de la Universidad Mayor de San Andrés, de La Paz y, con unos amigos y compañeros, supimos de una lista que la “narco dictadura” tenía para perseguir y apresar a ciertos dirigentes. En ella estaba mi nombre. Conocía la tradición de México de proteger y amparar a los exiliados y por eso decidí irme para allá. Ahora, muchos años después, frente al teclado, pienso que fue una acertada decisión.

 

–¿Cuándo regresaste a Bolivia? ¿Cuándo terminó el exilio en México?

–Estuve cerca de dos años en México. Retorné a finales de 1981, luego de visitar Managua, Nicaragua, invitado por una organización juvenil para conocer la Revolución Sandinista que se iniciaba en el país de Rubén Darío. Allá nos recibió la comandante Mónica Baltodano, hoy una reconocida historiadora de ese proceso, y nos llevó a conocer a los hermanos Ortega, Daniel y Humberto. También conocí a Ernesto Cardenal, que era ministro de Cultura. Estas visitas marcaron mi vida. Ahora me pregunto: ¿cómo es que una revolución tan linda se jodió tan rápido? Volví a Bolivia porque García Meza ya no estaba en el poder, otro militar lo reemplazaba y se hablaba del retorno a la democracia. Ya había cesado la represión y no había persecución.

–¿Qué significa, desde tu experiencia personal, terminar con el exilio, volver a casa?

–En Nicaragua me pregunté si yo quería quedarme en ese país y convertirme en un internacionalista o volver al mío. Opté por lo segundo porque soy como Anteo, del mito griego: para recobrar mis fuerzas necesito de mi tierra, de mis amores y desamores, de mi familia, de mis paisajes, de mi cultura, de mi patria. ¿Qué otra cosa es la patria?

–Tomando en cuenta esta pregunta que hiciste, ¿consideras haber experimentado alguna especie de crisis de identidad? Mencionaste a Anteo, un personaje mítico que en cierto modo ofrece una idea de la construcción de tu propia personalidad. Entonces, ¿la patria también puede hallarse en la literatura misma, en un momento de crisis, y puede servir como un motivo de construcción de identidad?

– Creo que sí. El lenguaje es la patria final de los escritores. En ese territorio me sentía cómodo, aunque era un principiante reconociendo el mapa, los caminos, las ciudades, aprendiendo a manejar la brújula de los cuentos y buscándome en cada frase que escribía y en cada texto que leía. Quería creer que mi nombre era un destino, que por algo mi padre me había bautizado con el nombre tan feo de Homero. Allí se fue formando el escritor que luego regresaría a Bolivia a enfrentarse a sí mismo.

–¿Cómo fue ese regreso?

–Cuando retorné de México tenía muy claro que quería ser escritor. Allá había ingresado a estudiar sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco, pero en Bolivia no quise continuar con mis estudios porque algo se había quebrado en mi interior para dar lugar al nacimiento de otro ser. Eso me cambió para siempre. En la Paz, no seguí estudiando y me dediqué a cierta desenfrenada bohemia literaria con grupos de escritores que creían que el alcohol y la droga era medios para la iluminación.

–¿Cómo o cuándo te diste cuenta de que querías ser escritor? Me comentaste, en el instante en que nos conocimos, que asististe a algunos talleres de creación literaria aquí en México y que, incluso, formaste parte de un grupo de jóvenes que se reunían a escribir bajo un determinado nombre que les daba identidad. ¿Puedes hablarme más sobre ello?

–A los pocos días de haber llegado al df conocí a Juan Rulfo. Era presidente del comité mexicano de solidaridad con el pueblo boliviano. Hubo un acto de apoyo y el discurso central lo dio el mismísimo autor de “Luvina”, uno de mis cuentos preferidos. Le estreché la mano y me dije a mí mismo que cuando fuera grande sería como ese señor: humilde, sencillo y grande. Estuve en algunos talleres. No recuerdo los nombres de los escritores que los dirigían, solamente el de Juan de la Cabada. El grupo de jóvenes se llamaba Netopía, un término compuesto de “neta” y utopía. Éramos un contrasentido, pretendíamos ser irreverentes y experimentar con peyotes y esas cosas. Incluso decidimos ir en busca de María Sabina, y no sé si lo hicimos o simplemente lo imaginé. Era un grupo muy loco. Le perdí el rastro a sus integrantes.

–Una vez reubicado en Bolivia, ¿sentiste la necesidad de volver a México para establecerte en su geografía de nueva cuenta?

–Siempre. Soy un enamorado de México, del inmensamente grande df. En ese país conocí el mar e hice amistad con revolucionarios de toda América Latina que se encontraban exiliados en esos años. Tupamaros uruguayos, montoneros argentinos, miristas chilenos, anarquistas españoles, senderistas peruanos… En esos años México era un fiesta y los izquierdistas éramos los invitados. Yo mismo compartía un departamento con un exiliado uruguayo.

En varias oportunidades se me han frustrado viajes de regreso a México. En una ocasión, en 2006, me invitaron a un encuentro de escritores en Monterrey y no pude asistir porque, justo en esos días, me salió un buen contrato laboral. Sin embargo, aparecí en un periódico de por allá como si hubiera asistido. Seguramente porque mi nombre ya estaba en el programa y algún periodista fue al encuentro y pensó que yo estaba presente en la mesa redonda, incluso citó algunos comentarios ajenos como míos. Esas cosas que solamente la literatura produce.

Un detalle curioso: mi hija mayor, Brisa Estefanía, estudió en la Facultad de medicina de Guadalajara y ahora ejerce su profesión en Playa del Carmen. Ella es mi vínculo con México: siempre que nos escribimos o hablamos por teléfono México está presente.

–¿Cómo fue la relación que tuviste con Bolivia durante el tiempo del exilio?

–De nostalgia, aunque nunca me dejé vencer por el chovinismo, pues me adapté muy consciente a la cultura mexicana y la amé. Mi relación con Bolivia era a través de cartas o llamadas telefónicas (muy caras), incluso telegramas, ya sea con una enamorada o con  mi familia. Ahora que lo pienso, esos medios de comunicación parecen tan lejanos, tan antiguos, como si fueran del siglo pasado, y me siento viejo.

–¿Cuáles fueron tus actividades principales en México?

–El exilio boliviano se reunía permanentemente para analizar la situación nacional y las medidas a tomar. Si bien yo era un simple dirigente estudiantil, intentaba estar al día de lo acontecido en mi país. Ingresé a sociología en la Metropolitana y asistí a talleres de literatura. En México aprendí a sentirme orgulloso de ser latinoamericano: fui varias veces a Teotihuacán y al Museo de Antropología, así como a otros museos y ahí aprendí a valorar esas culturas tan monumentales y gloriosas. México me hizo apreciar lo mío, las culturas andinas y amazónicas que existieron en el territorio que hoy es Bolivia. Me asimilé con mucha pasión a la cultura mexicana, además hay que recordar que en esos años yo profesaba una profunda posición antimperialista. Y eso es algo común en México.

–En 1980 obtuviste un premio importante en México por el cuento titulado “Joñiqui”. Háblame del proceso creativo de este texto, de cómo te enteraste del concurso y, a su vez, de la deliberación del jurado calificador.

–Mi relación cotidiana, literaria e informativa, era con los medios de izquierda. En uno de los periódicos, no recuerdo si fue La Jornada o UnomásUno, salía una revista feminista, Fem, dirigida por un aguerrido equipo de escritoras y periodistas que en esos años feroces eran la vanguardia. Mujeres como Elena Poniatowska, Elena Urrutia, Marta Acevedo y otras. Leyendo el periódico, supe de la convocatoria; sin embargo, como era muy joven, tenía 23 años, no confiaba en la calidad de mis cuentos, así que les pedí a escritores bolivianos exiliados que los leyeran y todos, excepto uno, me dijeron que eran malos cuentos, que debía trabajarlos más. La excepción fue Ramón Rocha Monroy, un extraordinario escritor boliviano. Él los leyó y generosamente afirmó que, si presentaba “Joñiqui”, ganaba el premio. Yo, todavía indeciso, le conté que otros escritores los habían descalificado y él me aclaró que lo habían hecho porque ellos también se iban a presenta al concurso. El jurado estuvo integrado por todo el equipo de Fem, presidido por Elena Poniatowska, y entre muchos cuentos de varios países eligieron “Joñiqui”, con una buena suma de dinero. Fue toda una sorpresa y una gran felicidad que me dura hasta el día de hoy. En esa época no era muy frecuente que los escritores bolivianos ganaran premios en el extranjero.

Como anécdota, les cuento que gracias al dinero del premio conocí el mar, pues soy de un país mediterráneo y me fui a Acapulco. La pasé muy bien y me gasté la mitad del dinero. Pero ésa es otra historia.

–¿Cómo te sentiste frente al mar, esa metáfora del exilio que con violencia expulsa animales tan enormes como las ballenas que un día amanecen varadas?

–Para mí, fue muy extraño. Yo soy de un territorio de grandes ríos de agua dulce: sé nadar muy bien, como los bufeos, y al meterme al mar sentí el sabor salado del agua y la imagen mítica y romántica que tenemos los bolivianos por el mar que nos arrebataron los chilenos, en una guerra en 1879, se cayó con la ola y aterricé de golpe en la playa, mirando a gringos blancos y obesos tirados en la playa como esas descomunales ballenas que nombras. Me sentí extranjero. Ese mar no era el mío.

–Volviendo a lo de “Joñiqui”, el texto se desarrolla en un lugar de Bolivia, aunque se alude al cine mexicano en alguna parte. ¿Por qué elegiste que fuera Bolivia el escenario de tu cuento? ¿Por el deseo de recorrer imaginativamente lo que se había quedado atrás? ¿Por cierta nostalgia y anhelo de volver?

–En Bolivia, en la época de mi niñez, había mucho analfabetismo y en el pueblo en el que nací muy pocos sabían leer y escribir, así que las películas mexicanas eran las preferidas. A decir verdad, “Joñiqui” y otros cuentos ya los había escrito en Bolivia y me los había llevado para corregirlos e intentar publicarlos. Nunca pensé en un premio; sin embargo, fue lo mejor que me pasó y afirmó mi vocación literaria. Recuerdo que, ni bien supe el resultado, le envié un telegrama a mi padre, que también era escritor. Me imagino su orgullo.

–¿Cómo fue ese momento en que supiste el fallo del premio? ¿Qué te comentaron de tu cuento, en general, amigos y conocidos, el jurado y los organizadores del certamen?

–La dicha misma. Los amigos, tanto bolivianos como extranjeros, se pusieron felices. Era un triunfo de la comunidad de exiliados. Así que cuando salió publicado el cuento, todos compraron la revista para leerlo. Nos emborrachamos varias semanas con ese pretexto.

–Independientemente de los temas que se tratan en el texto, entre ellos los crímenes contra el género femenino, un tema vigente en países como los nuestros, ¿cuáles fueron tus preocupaciones artísticas en ese instante?

–En ese momento mis preocupaciones sociales y artísticas eran las de un revolucionario latinoamericano que buscaba denunciar la injusticias a través de la literatura, aun hoy lo siguen siendo porque todavía existen muchas asignaturas pendientes. Sin embargo, creo que ahora tengo un compromiso mayor con la palabra. Acabo de cerrar una trilogía poética inspirada en las civilizaciones y pueblos indígenas de la amazonía boliviana, que se inició con el poemario Los reinos dorados, siguió con El cazador de sueños y concluyó con ¿De qué día es esta noche?, presentado en Quito, en el marco del Noveno Festival Internacional de Poesía en Paralelo Cero, donde nos conocimos. Ese poemario es un salmo contra la desaparición de los pueblos indígenas, porque cuando desaparece uno de ellos, mucho de nuestra humanidad se pierde por siempre jamás. Con ellos se pierde una manera de decir te amo, padre, madre, río, ave…

–¿Pensaste en algún tipo de público para tu cuento? Dijiste que fue escrito en Bolivia, pero al pensarlo como una tentativa para concurso en México, ¿tuviste algún tipo de conflicto con el lenguaje, antes de decidirte por emplear el registro del argot boliviano? ¿Cómo fue la experiencia con el lenguaje en ese determinado momento de creación literaria, o de corrección, como has mencionado?

–Cuando escribo sólo pienso en mí mismo como primer lector y pretendo ser un lector exigente, intento escribir algo que no he leído. Conozco muy bien el lenguaje de los pobladores de la selva amazónica porque nací en ese territorio de grandes ríos y gigantescos árboles. Al corregirlo puse atención en que debía ser entendido en cualquier contexto y así lo trabajé, recordando a García Márquez, quien afirmaba que sólo se puede ser universal siendo genuinamente local.

–¿Influyó tu condición de exiliado para la elaboración de otros textos literarios?

–En otros cuentos que escribí allá en México sí influyó mi condición de exiliado, de extrañado…

–¿El exiliado es un extraño? ¿En qué sitio? ¿En el país de asilo o en su propia patria?

–A veces es un exiliado para sí mismo porque ya no se reconoce en su propio país. Algunos de ellos habían pasado tantos años en México que perdieron todo en sus propios países y no sabían cómo enfrentar un eventual retorno. En el caso de los bolivianos, había los que se pasaban el día comparando los alimentos, los productos, el transporte, con Bolivia. “Allá es mejor”, decían nostálgicamente por la patria, aun sabiendo que no era cierto. Dejé de relacionarme con ellos porque me enfermaba su actitud negativa.

–Literariamente hablando, ¿qué importancia tiene tu exilio en México?

–México definió mi vocación literaria. Sin ese premio y sin los talleres de literatura a los que asistí en el Instituto Nacional de Bellas Artes hubiera tardado más en definirme. Soy lo que soy gracias a México y eso no lo olvido nunca.

–¿Por qué pasar de la narrativa a la poesía?

–Con los años y la experiencia acumulada he llegado a la conclusión de que los escritores, cuando escribimos narrativa, somos unos dioses creadores, creamos personajes, espacios, tiempos, circunstancias e historia; en cambio, en la poesía, ésta es Dios o Diosa y nos hace su personaje en el poema. Busco en el poema responder a las preguntas que la filosofía me plantea. En 1983 publiqué mi primer libro de cuentos, Biografía de un otoño, y recién en 1995 publiqué una novela, Memoria de los espejos, que ganó el Premio Nacional de Novela ese año. Con la poesía tardé mucho más, hasta el 2010 que salió mi primer poemario. He tenido la suerte –que es otro de los nombres de la Divinidad– de obtener premios en los tres géneros: poesía, novela y cuento.

–Pasar de un género a otro, ¿podría ser una especie de exilio? Es decir, ¿hay momentos en que el espíritu humano no puede expresar algo con una forma y necesariamente se ve obligado a salir de ella y buscar asilo en otra?

–Es una fascinante manera de describir el paso de un género a otro. Parafraseando a Chéjov, yo diría que la narrativa es mi hogar; sé que en algún momento voy a llegar a casa. La poesía, en cambio, es como una casa de citas que siempre cambia de lugar para no ser descubierta por la policía y, a veces, me pierdo buscándola, camino a tientas por callejuelas oscuras, pero también debes saber perderte.

–¿Te sientes bien ahora en tu país?

–Muy bien. He superado muchas cosas con el apoyo de mi familia: de Carmen, mi compañera; de mis hijos, Brisa Estefanía, Luis Antonio y Carmen Lucía. Mañana espero escribir mejor que ahora.

–¿Cuál es tu definición de “exilio”?

–El verdadero exilio es el interior, cuando de pronto amaneces y el país y todo lo que significa no está contigo; el propio desarraigo, cuando te das cuenta que hay un país extraño en tu interior y sin embargo sabes que es el tuyo.