Carlos Flores

El declive de la reseña literaria | Elizabeth Hardwick

Traducción de Ezequiel Valderrábano

 

Solía pensarse que Keats había muerto a causa de una mala reseña, que desanimado y sin esperanzas había vuelto la espalda a la pared y desistido de luchar contra la tuberculosis. Evidencia posterior ha demostrado que Keats tomó las reseñas hostiles con una serenidad mucho más viril de lo que aprendimos en la escuela, y sin embargo la imagen del inusual joven talento segado por venenosos reseñistas permanece anclada firmemente en la mente del público.

Aún se cree que el reseñista y el crítico son personas de peligrosa acritud, demonios veleidosos, crueles con la juventud y ciegos al trabajo novedoso, empeñados en alejar al público letrado de lo fresco e importante por celos, mezquino conservadurismo, o lo que sea. Si el pobre Keats viviera ahora podría sufrir una muerte literaria, pero no sería por un ataque; por el contrario, se podría atragantar con lo que Emerson llamó “papilla de concesiones”. En Estados Unidos, hoy, el olvido, el fracaso literario, la oscuridad, el rechazo –todos los grandes momentos de la incomprensión y la tragedia artística– ocurren todavía, pero las condiciones naturales para su ocurrencia se encuentran en un curioso estado de camuflaje, como esas ideas decorativas en las que la madera se pinta para que parezca papel y el papel para que parezca madera. Un genio irse, en efecto, a la tumba sin haber sido leído, pero es difícil que se vaya sin ser elogiado. Dulces, amables elogios llegan por doquier a la escena; una complacencia universal, pero hasta cierto punto lobotomizada, reina. El libro nace en un charco de melaza, la salmuera de la crítica hostil es sólo un recuerdo. De todos se dice que han “satisfecho una necesidad”, se les “agradece” por algo y son disculpados por “faltas menores en una obra por otra parte excelente”. “Un artista completamente maduro” aparece varias veces a la semana y a menudo diariamente; muchos son los portadores de esos “mensajes que el Mundo Libre ignoraría a su propio riesgo”.

La condición de la reseña popular ha decaído tanto, el efecto de sus placenteros juicios es tan deprimente para el público lector en general que los astutos editores de Lolita han tratado de estimular las ventas citando malas reseñas junto con, por supuesto, las buenas, repetitivas y habituales. (Orville Prescott: “Lolita es sin duda una noticia en el mundo de los libros. Desafortunadamente es una mala noticia”. Y Gilbert Highet: “Lamento que Lolita haya sido publicada, e incluso que haya sido escrita”.)

No es meramente el encomio de todo lo que hay a la vista –un problema especial en sí mismo– lo que enfada y desconcierta a quienes miran con atención la escena literaria, sino también la inexplicable pereza de las secciones dominicales de reseñas de libros del New York Times y el Herald Tribune. El valor e importancia cada libro en particular es confusamente inflado, a tono con el humor norteamericano del momento, pero las secciones de reseñas de libros como empresa cultural están, como la bolsa del desempleo, en un estado de perniciosa depresión en cuanto a vivacidad e interés se refiere. Uno no hubiera pensado que pudieran caer más, puesto que siempre han sido diarios más bien modestos y convencionales. Sin embargo hubo lugar para el declive en los últimos años y la oportunidad fue aprovechada. Un domingo en la mañana con la reseña de libros es a menudo una experiencia deprimente. Lo mejor es estar en un estado de distraída tolerancia cuando coge uno, en particular, el Herald Tribune Book Review. Esta publicación es no sólo mediocre; tiene también una extraña, confusa inadecuación cuando aparece monótamente semana tras semana.

Para el mundo de los libros, para lectores y escritores, el torpor del New York Times Book Review es más inquietante. Vienen a la mente todos esos maestros de literatura de la preparatoria, esos fieles bibliotecarios y vendedores de libros, todos esos confiados suburbanitas, todos esos brillantes jóvenes, hombres y mujeres de la provincia, todos aquellos que creen en el juicio del Times y que necesitan su dirección. La peor consecuencia de su decadencia es que actúa como una especie de oculto disuasor, negando amable, suave, respetuosamente cualquier cosa que de vivo interés pudiera haber en los libros o en los asuntos literarios en general. El anodino halago y el casi imperceptible desacuerdo, el estilo insípido y el pequeño e insustancial artículo, la ausencia de compromiso, pasión, carácter, excentricidad –la carencia, en fin, del tono literario mismo– han hecho del New York Times un periódico literario provinciano, más grande y grueso pero no muy diferente, finalmente, a todos esas “secciones de libros” dominicales de las pequeñas ciudades. (El New Yorker, Harper’s, Atlantic, los semanarios de opinión y noticias, las revistas literarias, todas dedican una buena cantidad de espacio y pensamiento a la reseña de libros. El a menudo desgarbado y siempre variable resultado no debe pasar inadvertido. Sin embargo, en esas revistas las reseñas sólo son una parte del reclamo a la atención del lector, y la peculiar decepción por la forma en que los libros son a veces tratados no puede entenderse sin un estudio de cada revista como un todo.

 

Con consternación uno decide que el malestar de las publicaciones populares de reseñas –el Times, el Tribune y el Saturday Review– no siempre puede achacarse al mercado. Ha sido simple y reconfortante creer que la presión de los editores y vendedores de libros justifica la hospitalaria recepción de malas novelas, de trillados libros de “ideas”, y así sucesivamente.

Así como una canasta de Pascua necesita tiras de papel verde bajo los huevos, los editores necesitan reseñas favorables para usarlas en la exhibición de sus productos. Nadie piensa que la presión sea simple y directa; se la imagina sutil, práctica, básica, es decir, que tiene que ver con el hecho de que los anuncios del negocio de la edición mantienen las secciones de reseñas de libros funcionando financieramente. Esta explicación ha tenido, naturalmente, una exagerada aceptación.

La verdad es, imagina uno, que los editores –al ver sus mejores y sus menos buenos productos tratados con uniforme ecuanimidad— deben ser conscientes de que el drama del mundo del libro es que está siendo suave, indoloramente asesinado. Todo es en cierta forma igual, ya sea un rutinario libro de historia de un respetable académico, un conjunto de lugares comunes del Pentágono, un volumen de versos, una obra de ideas radicales, un libro de ideas conservadoras. El simple “reporte” parece haber triunfado sobre el drama de la opinión; “se deja leer”, unas palabras cariñosas han tomado el lugar del requisito pasado de moda de un estilo de prosa bueno y claro, lo cual es algo más. Todas las diferencias de excelencia, de posición, de forma son empañadas por la soñolienta aceptación. La borrosidad difumina del mismo modo lo bueno y lo malo, lo convencional y lo singular, de modo que al final parece que tanto el autor como el reseñista no tienen realmente una posición. La indulgencia cae del mismo modo sobre el rico que sobre el pobre; la obra destinada a ser un best seller, en la cual los editores han gastado una fortuna, es enaltecida sólo más extensamente que el libro con el que los editores pensaban apenas salir a mano. De esta forma, hay una especie de democrática euforia que puede proporcionar al libro insustancial un servicio, pero difícilmente satisfacer las necesidades del trabajo serio. Cuando un libro es reconvenido, el reproche usualmente no es más que un ligero pinchazo con la aguja, administrado en medio de terapéuticos cumplidos. “…es conscientemente engreído”, dice una reseña. “Pero contiene el suficiente ingenio y estilo de… para hacer que su publicación en Norteamérica valga la pena”. Los editores de las publicaciones de reseñas ya no parecen estar comprometidos con la literatura. Los libros se apilan cuando salen, y con ellos viene la reseña. Muchas mentes distinguidas dan su nombre a varios artículos largos y cortos del Times, el Tribune y el Saturday Review. Los pregones ofrecidos por los mejores escritores son adaptados, frecuentemente, para no alcanzar su mejor forma. Conscientes de muchos tristes domingos, aceptan los encargos con un espíritu cooperativo y regresan una pieza “legible”, no gran cosa, por supuesto. (Alice James escribió en su diario que a su hermano Henry le pidieron que escribiera en la prensa popular y le aseguraron que podía hacer lo que quisiera “siempre que no fuera algo literario”.)

Mantener a ciertos descontentos y repetitivos comentaristas es apenas suficiente para disputar las nociones de crudo comercialismo por parte de las publicaciones de reseñas. Una editorial comercial, una organización “pujante” –como de las que siempre oímos hablar en la prensa– habría evaluado las protestas, de haberlas, y excluido de la pastura a esas torpes mentes. Por ejemplo, ¿qué podría ser más cansado que la diatriba de J. Donald Adams contra el pobre Lionel Trilling por tratar de hacer interesante a Robert Frost? Sólo tal vez una diatriba contra Adams, quien, como la presión comercial, difícilmente es el problema real con el Times. Adams es como esos monumentos públicos que nota sólo un extraño o alguien que ha estado fuera mucho tiempo. Lo realmente desalentador con el Times y el Tribune es la capacidad de la redacción.

Recientemente, una pequeña revista llamada The Fifties publicó una entrevista con el editor en jefe del New York Times Book Review, Mr. Francis Brown. Mr. Brown aparece en ese intercambio como un hombre con una considerable experiencia editorial general y una muy pequeña “disposición” para el puesto para el cual fue nombrado, esto es, editor del poderosamente importante semanario Book Review. Tristemente, en ningún lugar de la entrevista muestra un vivido interés o incluso sofisticación sobre materias literarias, el mundo de los libros y los escritores –lo mínimo necesario para su posición–. Su enfoque es modesto, ingenuo y curiosamente indeciso. En la universidad, nos dice en la entrevista, se graduó en Historia y posteriormente se convirtió en editor general de Current History. Más tarde llegó al Times, donde no tenía “que ver nada con libros”, y después fue elegido para que “intentara algo en el Book Review”. El entrevistador, insinuando algunos de los defectos del Book Review, pregunta si no se descansaba demasiado en los especialistas, la práctica, demasiado frecuente, de dar un libro a un reseñista que ha escrito un libro como ése, o sobre el mismo país o el mismo periodo. Mr. Brown piensa que “un campo es un campo”. Cuando se le pide que compare nuestro Times Book Review con el Times Literary Suplement de Londres, Brown opina. “Ellos tienen una audiencia reducida y nosotros tenemos una amplia. Creo que en ficción ellos lo están haciendo peor que cualquier publicación acreditada”.

Esta opinión resulta asombrosa para cualquiera que haya seguido las reseñas del Times de Londres y otras publicaciones de reseñas inglesas, como el Times dominical y el Observer. Estas publicaciones establecen un sólido estándar tan intrínsecamente más elevado que el nuestro que la comparación detallada es casi imposible. No se trata de lo que podría contener una reseña individual; es un asunto de tono, de seriedad, de independencia mental y temperamento. Richard Blackmur, en un reciente artículo, nos habla de una conversación con el editor del Times Literary Suplement, quien piensa que el problema con las reseñas de libros en Norteamérica es justamente la falta de una dirección editorial fuerte e independiente y arriesga que pocas editoriales retirarían su publicidad a causa de la desaparición del afable producto ofrecido en la actualidad. Una descripción de Dwight Mcdonal del Times Literary Supplement, la publicación londinense, encuentra que el periódico inglés “parece ser editado y leído por gente que sabe quién es y qué le interesa. Que la vasta mayoría de sus conciudadanos no compartan su interés en el desarrollo de la prosa inglesa, la bibliografía de Bielorrusia, el trato de André Gide a su esposa, la relación precisa entre canción popular y canto llano, y ‘la gran tachadura’ en una carta del Dr. Johnson que ha dado muchos problemas a varios de sus editores… no significa para ellos ningún problema”.

Una constante opinión acertada no es el único parámetro del poder de un crítico, ¡aunque un gusto que se equivoque con frecuencia sólo le es permitido a las grandes mentes! En cualquier caso, todo depende de lo que es certero y lo que es erróneo. La comunicación del deleite e importancia de los libros, las ideas, la cultura misma, es lo mínimo que uno esperaría de una publicación dedicada a las reseñas de nuevas y viejas obras. Más allá del comienzo, lo que interesa al reseñista individual es todo. Reseñar libros es una forma de escritura. No cogemos el Times dominical para descubrir lo que Mr. Smith piensa, por ejemplo, de El doctor Zhivago. (En el Herald Tribune probablemente sería la señora Smith.) Como dice el dicho, ¿qué es lo que obtienes cuando descubres lo que piensa Mr. Smith del Dr. Zhivago? Lo que importa es lo que una mente original, capaz de presentar nuevas ideas en una forma vívida e interesante, piensa de los libros cuando estos aparecen. Para pura información, un catálogo detallado de los editores puede hacerlo tan bien como muchas de las reseñas que aparecen semanalmente. En un estudio de las reseñas de libros hecho en la Wayne University, observamos que nuestra “vieja, fiel, eternamente favorable reseña”, se sostiene con todo el vigor que podríamos esperar. El 51 por ciento de las reseñas consideradas en el Book Review Digest en 1956 fue favorable. Más interesante es el hecho de que ¡el 44.8 por ciento no se comprometía! El significado estricto de “reseña” inclinaría fuertemente a la mayoría de la gente a producir una opinión de cierta clase y por ello la reluctancia de los reseñistas que no se comprometen es un hecho de enorme perplejidad. Las reseñas desfavorables alcanzan el 4.7 por ciento.

 

Un domingo, hace algunos meses, en el Herald Tribune. Los siguientes son extractos de cinco reseñas de novelas actuales, reseñas que tristemente traen a la mente un tema adolecente.

  1. “El valor real de la novela reside en su conciencia del carácter, la personalidad esencial y el sutil efecto del tiempo”.
  2. “Ocasionalmente algunos de los componentes de la novela parecen artificiales, pero es sólo una primera impresión, pues sobre todo es la recreación de una atmósfera tan fuerte que dicta un destino”.
  3. “Miss … escribe bien, cuenta la historia con un vigor y realismo que ayuda a sostener la extrañeza de su tema central. Para un lector que disfruta de un toque macabro es una intrigante exploración de la imaginación”.
  4. “…sin embargo, es un libro interesante y vertiginoso; más complicado que la mayoría de su especie, y con una delineación más sutil de sus personajes. Constituye una buena lectura”.

5 “También, en su entramado… ha establecido una cálida, persistentemente interesante historia de lo que puede pasarle a un grupo de gente ordinaria en una situación peligrosa, una situación, incidentalmente, tan probable por lo menos como la que Nevil Shute presupone en On the Beach”.

“La que Nevil Shute presupone en On the beach, el aplomo de esta frase haría que muchos lectores hicieran una pausa al recordarles, como lo hace, que hay toda clase de ejemplos de la llamada ‘oscuridad de referencia’.”

Con el Saturday Review uno siente cada vez más que no es feliz en su trabajo. Es caprichoso, como una actriz buscando el gran papel que la lleve a la cumbre. “De literatura” ha sido retirado del título, una escisión que el misceláneo contenido sensatamente justifica. La búsqueda de ideas es tan enérgica como la de cualquier publicación nacional; los editores están tratando de mantenerse frenéticamente al paso de los tiempos. Con el gran incremento de las ventas de discos, los departamentos de música han absorbido más y más espacio en la revista. El viaje, en todas sus manifestaciones, ha adquirido un gran interés –libros de viajes, consejos de viajes, guías a casi tantos eventos como la sección Sugerencias trata de abarcar. Pero no es suficiente. Números dedicados a las carreras de autos y SR va a la cocina. Extraordinarias ideas de promoción se le ocurren al equipo, como el Premio Anual de publicidad del Saturday Review. Leamos unas líneas de un artículo sobre ese tópico: “Porque el Saturday Review está siempre interesado en la pauta de la comunicación en los Estados Unidos, ha observado con profundo interés el progresivo desarrollo de los anuncios como un medio de comunicación de ideas, una habilidad mucho más sutil incluso que la comunicación de noticias”.

La portada puede “presentar” una fotografía de Joanne Woodward y, recientemente, en un número que publica las ideas de Max Eastman sobre Hemingway, no Eastman sino Hemingway, usando un suéter de cuello de tortuga en un retrato, nos mira desde la portada.

 

El periodismo literario alcanza, en el caso de muchos escritores, tales niveles de vitalidad, importancia y deleite que la excusa del tiempo fugaz, la presión del tiempo, la necesidad de un público amplio no puede ser aceptada, como quisieran los editores que hiciéramos. Orville Prescott, del diario Times, ¿debe considerarse una víctima de la celeridad? ¿Lo que se quiere es simplemente tiempo para escribir? ¿Un mes en vez de unos pocos días? El tiempo sin duda produciría una reseña más extensa de Orville Prescott, pero producir con una constante inspiración está abierto a la duda. Richard Rovere mencionó recientemente en algún lado que puede sentirse fascinado, hoy, con la lectura de algún artículo casual escrito por Edmund Wilson en 1924 para el Vanity Fair o el New Republic. Los ensayos más largos que Wilson ha escrito en años recientes sobre cualquier tópico que su mente aborda son obras literarias que uno difícilmente esperaría con regularidad o incluso raramente en el Times, el Tribune o el Saturday Review. No obstante, sus primeras reseñas son la clase de elevada esperanza que un editor tendría, o uno así lo imagina, en mente. Nada importa tanto como la clase de artículos que el editor querría si se cumplieran sus deseos. Los deseos editoriales sólo parcialmente se hacen realidad. El editor del Times Book Review, ¿realmente anhela a un escritor como V. S. Pritchett, quien escribe casi semanalmente piezas cortas en el New Statesman con tal brillantez que asombra a todo mundo? Pritchett es bueno escribiendo sobre “El mito de James Dean” o Ring Lardner o la novela rusa. ¿Es esta la clase de trabajos que nuestras publicaciones esperan, o el breve artículo ligero de, digamos, Elizabeth Janeway en “Atrapado entre libros”? Es típico de la mentalidad editorial del Times que con mayor frecuencia le encargue a Pritchett que escriba la casual, ligera Carta de Londres, un trabajo de periodismo insignificante, que hace muy poco uso de su singular talento para escribir reseñas de libros.

Finalmente, es la publicidad lo que vende los libros y las reseñas son, cuando mucho, el dedo meñique del gigante. Para algunos recurrentes best sellers como Frances Parkinson Keyes y Frank Yerby los lectores no buscarían una buena reseña antes de darles su aprobación y su dinero, como un padre no insistiría en la aceptación pública antes de darle un beso a su nuevo bebé. La publicación y venta de libros es un asunto complicado. Piense en esos editores en busca de ganancias con la novela erótica que habrían rechazado Lolita, estamos seguros, por no ser la clase correcta de sexo. Es fácil, una vez que el éxito comercial es un hecho, idear una razón convincente del entusiasmo del público. Pero antes del hecho, el negocio es misterioso, arriesgado, impredecible.

Por ejemplo, se estima que las reseñas del Time tienen el mayor número de lectores, tal vez unos cinco millones cada semana, y también se ha sugerido que muchos editores piensan que las reseñas del Time ¡no afectan las ventas del libro en un sentido o en otro! Frente a este misterio, algunos editores han concluido que los lectores del Time, después de conocer la opinión del Time sobre algún libro, sienten que de algún modo han leído el libro o, si no tanto como eso, lo han experimentado como un “hecho de nuestro tiempo”. No sienten más la necesidad de comprar el libro mismo que de ir a Washington para echarle un ojo de primera mano al trabajo de la administración republicana.

En un mundo de los libros como éste, en el que todo es descarnado e inmanejable, difícilmente parece haber verdadera necesidad de esas manos atareadas que tratan semanalmente de darle a todo eso la forma de una pequeña bola de mantequilla. El adaptable reseñista, apacible y superficial, puede sobrevivir razonablemente en los diarios locales, pero, para las grandes publicaciones metropolitanas, lo desacostumbrado, lo difícil, lo extenso, lo intransigente y,  sobre todo, lo interesante, debería esperar encontrar su público.

 

Carlos Flores

Carlos Flores