Carlos Flores

El crítico cultural y sus quehaceres filológicos | Wilfrido H. Corral

Pasan años sin un análisis que supere con creces el proverbial entusiasmo sobre cambios de paradigma y estudios seminales hispanoamericanos.[1] Hoy La innovación retrógrada: Literatura mexicana, 1805-1863, de Christopher Domínguez Michael, llena las lagunas de varias décadas. Si se relee su insuperable Vida de fray Servando (2004), su temprano interés en algunas nociones de Karl Marx (revisadas autocríticamente en un ensayo de 2013 sobre su paso al liberalismo), y en particular la magistral contextualización que lleva a cabo en El xix en el xxi: ensayos sobre Chateaubriand, el conde De Maistre, Balzac, De Quincey, Saint Victor y Sainte-Beuve (2010), se tiene una idea muy buena, e insufiente, de cómo forja su crítica insurgente. Paralelamente, desde La sabiduría sin promesa. Vidas y letras del siglo xx (2001) y otras selecciones de sus ensayos, se sabe pródigamente que los siglos xx y xxi no le son nada extraños. Cuando compile sus artículos, notas y reseñas de la literatura contemporánea, se confirmará expeditamente sus otros valores eruditos, respaldados por una ética y necesidad innata de interpretar con conocimiento de causa.

Esa compleja producción, que sin mucha reflexión es distinguida como polémica, lo ha convertido en el crítico actual de lengua española cuya autoridad explicativa es innegable y respetada. Y si se mantiene, también con poca cavilación o matices, que su liberal conservadurismo [sic] cultural (que diferencia del populismo antiliberal actual) tiene menoscabos filológicos, es comprensible diferenciarlo así por su prosa preclara, desenvoltura y sensatez para expresar libremente ideas que en críticos poco ilustrados conducen a contradicciones y enredos.  Es igualmente evidente su capacidad para asimilar y equilibrar la crítica y teorías que cierta academia foránea sobredimensiona por razones nada pertinentes a la exegética en general. Si esas características y andamiaje conceptual ocasionan calificarlo de universalista, clasicista y lo afin, vale comprobar que, por lo menos desde su Antología de la narrativa mexicana del siglo xx (1989, 1991) hasta el Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) (2007), su dedicación a las letras de su país no puede ser más mexicana.

Debido a esa sazonada y prolífica trayectoria, La innovación retrógrada es mucho más que el profundo estudio de un historiador de las ideas y crítico literario que conoce íntegramente el siglo xix occidental. Por los movimientos que analiza, como el romanticismo (el más perdurable de los del xix), sus contextualizaciones son comparatistas, enfoque axiomático para su El xix en el xxi. Conjuntamente, su investigación no es un ajuste de cuentas o tratado ideológicamente triunfalista sino un modelo de crítica cultural multidisciplinaria (descripción que no le gustará). Cualquiera que sea la caracterización, siempre hace sus tareas, las revisa y armoniza, asimilando su esfera intelectual sin puritanismo metodológico. Este último emana asiduamente del academicismo en que el siglo xix parece preocupar al filólogo que teme recurrir a su práctica, aunque esté renovada; o a los redentores de una “poscrítica” neocolonizada cuya agenda es compeler al público a pensar el xix desde un siglo xxi que cree tener todas las respuestas “correctas” a las preguntas instauradas hace doscientos años. Para alejarse de esa mojigatería, Domínguez Michael va contra la corriente, y verifica por qué al contextualizar el xix no lo lee como si estuviera en sólo en ese siglo.

Se desprende de casi cada página de La innovación retrógrada que en el xix se da una dinámica que ya señaló su autor en el Prólogo a la edición chilena (2009) de La sabiduría sin promesa: “Durante el siglo xix, el primero que tuvo conciencia casi planetaria de serlo, Hegel, Marx y Comte, precedidos por el sacerdote napolitano Giambattista Vico, conciliaron con relativo éxito el culto al progresismo con la biologización de la historia”. Plantea también, con las debidas distancias, que los académicos querellantes, característicamente algunos marxistas anglófonos, resuelven precipitadamente que el siglo xx fue muy corto (1914 a 1989) e inseparable de la modernidad anterior. ¿Cómo justifica dedicarse a los años 1805-1863, aun teniendo en cuenta que su Nota introductoria aclara que ésta es la primera entrega de un ensayo sobre la literatura mexicana  del xix? Si en La sabiduría sin promesa lo hace problematizando los “estados de perfección”,  en La innovación retrógrada –especialmente en “Maestros liberales”, el último y más extenso de sus siete capítulos– examina cómo cualquier refinamiento estético no siempre acata dictados estatales.

Para llegar al meollo de esa explicación, que desmenuza en “La guerra perpetua, 1828-1863”, segunda de las dos partes de su amplio  estudio, elucida –en tres capítulos que van tejiendo varios géneros, ideologías y estéticas– la práctica de “Ingenuos y sentimentales, 1805-1827”, título de la primera parte de su análisis. Así como la filología persigue una forma y provee marcos conceptuales, la antesala de sus lecciones examina exhaustivamente las ideas del conservador (para los sectarios actuales), Marcelino Menéndez Pelayo. Como Sainte-Beuve, a quien se le reprochaba su falta de sensibilidad y ceguera hacia los autores de su día, Domínguez Michael sabe que es un buen juez, sin un código pero con método. Por eso no pasa por alto verdades evidentes. Según Claudia Gilman, éste es ocasionado por la excesiva entrega del comparatismo, en su versión norteamericana, a los axiomas multiculturalistas.

Por eso cala a través de don Marcelino el escepticismo comparatista que le permite ver la producción literaria como poco distinta de la naturaleza humana; añadiendo el giro, perenne incluso en Marx y Nietzsche, de que no se sabe todo de esa naturaleza, y que no es una “construcción cultural” posmoderna. A la vez, da muestras de tener conciencia de que la crítica basada en una lectura o impresión originaria siempre será tan indispensable como las opiniones de la crítica de moda o académica neocolonizada, que hoy tienden a ser el mismo ente. Domínguez Michael no se adecua al embate multiculturalista que Gilman asume la crisis de ese campo que hoy mucho abarca y poco aprieta. En su lugar, y sin concebirse como tal, la crítica del mexicano cabe, con salvedades, dentro de otra particularidad comparatista fijada por Gilman: “Conciencia exiliada, el comparatista no se siente ‘en casa’ en ningún lugar, trabaja en el borde de cada tema, su condición es la de quien navega entre lenguas, culturas, artes o discursos, lo que equivale a postular que la literatura comparada resulta así una elección profesional determinada por un tipo particular de subjetividad”.[2]

Vista así, La innovación retrógrada es además un tratado sobre el arte de interpretar, porque para Domínguez Michael, como para cualquier crítico que se precie de serlo, es inevitable bregar con su contexto inmediato, aunque sea contrariamente. Esa conciencia sigue afectando, por ejemplo, al crítico marxista Terry Eagleton, más y más fustigador en este siglo de las desproporciones de la escritura crítica actual –sobre todo la estadunidense– que arrepentido de sus propios excesos durante el xx. Así, en una reseña positiva del disidente The limits of critique (University of Chicago Press, Chicago, 2015) de Rita Felski, Eagleton está de acuerdo con que hoy “El tono moral o político superior, el aire de superioridad espiritual, el recelo de lo estético, la sospecha de las apariencias externas como fraudulentas, la búsqueda de una verdad que es difícil de encontrar, el escaneo de síntomas de impureza, también se encuentra en el culto de la corrección política”.[3] ¿Cómo valerse de un filólogo que criticaba similares actitudes hace cien años?  Son 67 los volúmenes de las obras completas del maestro español (23 los de su epistolario), ninguno de los cuales permite perspectivas tópicas. Domínguez Michael lo sabe, y por ende centra su alcance en lo heterodoxo, a veces con la ironía del políglota.

Si el capítulo I, “La arcadia de México” se dedica a los árcades mexicanos pre-independentistas y su tribuna de la primera época del Diario de México –fundado en 1805, fecha aceptada por Domínguez Michael como el comienzo de la literatura nacional– bajo el protagonismo de fray Manuel Martínez de Navarrete, la centralidad conceptual de Menéndez Pelayo sobresale hasta la última página del capítulo II, “Lizardi, el Apolo de las banquetas”, que contiene un emblema de la mayoría del libro: “Toda Arcadia, decía Menéndez Pelayo, es el paraíso sin la serpiente. Quiso decir: sin esa serpiente que es el pecado. Pero, ¿realmente puede haber un paraíso sin la amenaza de la serpiente? Y si la modernidad es alejarse del  pecado original, como pregonó Baudelaire, para desconsuelo de don Marcelino los árcades nunca son satisfactoriamente modernos. A José Joaquín Fernández de Lizardi, los que se creían modernos lo consideraban un antiguo, pero sospechaban –amigos, enemigos, comentaristas– que era, como lo fue, una novedad radical porque él fue nuestro primer moderno, pese a toda la innovación retrógrada que paradójicamente invirtió para llegar a serlo. Lo es por su laicismo, por su afición democrática por el público, por sus afanes de novelista, por su mexicanidad (buscar la identidad nacional es una de las obsesiones más declaradamente modernas)”.

¿No se puede ansiar un paraíso en que presida el pecado? Es debatible, aun para aquellos  momentos dependentistas, que la obsesión nacional es moderna, sobre todo si se concibe la modernidad como cuestionamiento o rechazo de la tradición, giros que anteceden al uso urbano (no todo México lo fue en el  siglo xix) que hace Baudelaire del término. Existían periódicos mexicanos en el siglo xviii, además de un boom de prensa ilustrada en las Américas, pero no se puede decir, contra la noción de “comunidad imaginada” de Benedict Anderson, que imaginar la nación llegaba más allá de los relativamente pocos lectores de esas publicaciones, aun admitiendo que las élites lectoras establecieron la nación.

Auerbach propone que casi inevitablemente se da algún tipo de altercado, interrupción, o por lo menos impedimento “durante el curso del progreso de una cultura cuando reglas forzadas y principios racionalistas homogeneizantes intentan guiar o limitar ese curso”.[4] Entonces, sigue, la razón se convierte en archienemiga del espíritu nacional, porque no quiere extraer de su invisibilidad las fuerzas inhumanas arremolinadas debajo de la racionalidad.  Domínguez Michael no siempre advierte esa razón, probablemente porque su tránsito se asemeja a uno advertido por Claudio Guillén: “nos lleva a la vivencia de la obra literaria, a una experiencia tan original y poderosa que no está supeditada a su función como comprobación del concepto teórico”.[5] O sea, es una lectura que se puede examinar por lo que es, no como metalectura.  Tal vez no le agrade equiparar su metodología a la de Edward Said, pero apreciará, como Guillén, los valores positivos de Said como lector, filólogo y crítico (su enfoque “colonial” sigue tergiversado por discípulos autoungidos que nunca tuvieron sus lecturas).

Tan esencial como las nutridas fuentes que lo conducen a sus conclusiones es cómo las desovilla por medio de su lectura de Menéndez Pelayo. Ésta despega de la reacción nacional a la Antología de poetas hispanoamericanos, cuya parte mexicana, preparada para el maestro, muestra mayor entusiasmo por la literatura de la Nueva España que por la posterior, sin infancia y menos hispana. Objetivo con el sabio, Domínguez Michael difiere los volúmenes de la exhaustiva Orígenes de la novela porque la mayor de sus metas es explicar la poesía como género fundacional, impugnando cierta fijación crítica posterior a Anderson por privilegiar la novela como inicio de las literaturas nacionales. Sin embargo, su análisis de El diablo en México y El fistol del diablo en el capítulo vii es tan riguroso y ameno que convence de que no hay que supeditar las novelas decimonónicas. Además, su contundente esbozo histórico-biográfico de don Marcelino privilegia su actitud humana y arranca desde ideas como “No hay crítico que no se crezca ante los escritores que admira”, o “Lo malo es malo para el crítico y lo peor, peor”, para concluir: “No me parecía apropiado iniciar una historia de la literatura mexicana sin hablar de cómo veía la crítica internacional, desde el privilegiado mirador de un gran crítico europeo como Menéndez Pidal, a esa parte nuclear de una literatura que es su poesía” (73).

Si los capítulos ii y iii de la primera parte del libro se ocupan de dos autores canónicos fuera de México, Fernández de Lizardi y Mier, el anterior, dedicado a “La Arcadia de México”, exhibe un tema que el autor quizá no se propuso directamente y que estudia sin recurrir a una metodología popular que establece semenjanzas sin distinciones. Se trata de la esparcida noción de literatura menor o pequeña, que aplicada al siglo xix es una veta hispanoamericana inagotable y todavía difusa o mal concebida. No se entiende una literatura mayor, o por qué lo es, sin la menor o sin el contexto que proveen los historiadores fundacionales. Esta idea se puede cotejar con otra: no hay un escritor menor porque no hay un escritor mayor que sea su antónimo en todo sentido, cotejo que podría significar que la grandeza es un espejismo y, la pequeñez, un tipo de ilusión. Su muestra convoca a literatos e historiadores como Alamán, Altamirano, Bustamante, Carpio, Martínez de Navarrete, Morelos, Payno, Prieto y Ramírez (El Nigromante), la mayoría de los cuales conformará un canon reconocible junto a Fernández de Lizardi, Heredia y Mier.

Cada uno de ellos aparece en diferentes capítulos de las secciones del libro, y las remitencias son constantes. Ahí media una visión filológica renovada, porque basándose en trabajos historiográficos se ocupa de autores poco conocidos cuya función en la historia literaria nacional no es menos importante. Ese proceder imposibilitaría asociar su filología a la de Auerbach, para quien aquella era un compromiso con la literariedad mayor (no la crítica o teoría actuales) producida para y por una élite culta. Pero los asemeja tratar la mezcla de estilos altos y bajos con tal de que sea de una literatura seria. Entre los autores que estima esenciales están prosistas como Orozco y Berra, Díaz Covarrubias y Pizarro, junto a varios historiadores, poetas mayores como Pesado y Carpio, y jóvenes como Rodríguez Galván y Calderón.  Si éstos dejan de ser parte de una literatura “menor” debido a este libro, la obra e ideas de Byron, Chateaubriand, Goethe, Lamartine, Lesage,  Scott y Voltaire proveen el contexto canónico occidental que confirma su trascendental noción de que sin autores no mexicanos la literatura mexicana es inexplicable, porque cree “en la literatura mundial y sus zonas de irradiación”.

Por esos cruces transoceánicos –establecido su enfoque y ya en el capítulo v, “El fin de la innovación retrógrada”– es comprensible que afirme temerariamente: “Mientras que fray Servando o el periodista Fernández de Lizardi o el historiador Bustamante se empeñan en presentarse como nativos de un desierto, crecidos a pan y agua en la Nueva España, ufanándose de no ser hijos de nadie, en Heredia todo es filiación y ternuras: no en balde se sintió en familia el primer poeta y crítico hispanoamericano que pretendió vivir en calidad de ciudadano de la literatura mundial” (énfasis míos). Parecerá curioso que al hablar del siglo xix discuta la crítica. Pero no si se toma en cuenta otros pruritos nacionales como el de Beatriz Sarlo, y sobre todo la antesala e hilo de su libro. Por ende asevera: “Parroquial, Menéndez Pelayo preferiría ver a Heredia siguiendo el camino del blásfemo lord Byron que el del católico Chateaubriand”.

En este punto de su libro no hay que pensar en su biografía de Octavio Paz para comprobar que Domínguez Michael es más amigo de la poesía que de cierta crítica. Refiriéndose a lecturas hiperacadémicas, en “Poetas reprobados” (del 1 de marzo de 2016 en su blog de Letras Libres) increpa concisamente la práctica exclusivista de exigirle a un antólogo de poesía que “teorice” su selección, industria calada a través del capítulo vi, “La maqueta de Jerusalén”. Tan significativo como ese razonamiento es que comprueba que su crítica y la de otros colegas nunca es antiacadémica, sino que se concentra en la cordura interpretativa, actitud difícil de relativizar. Es otro asunto la poca atención académica a la poesía, aviso implícito en el artículo de Guillén. Como aquella biografía y mucho de lo que escribe Domínguez Michael, este estudio, bien leído, es una crítica de la crítica y de sí mismo.

Said,[6] otro crítico consciente de la ética de su quehacer, demostró hasta el fin de su vida que la filología no es meramente sondear documentos antiguos, o creer que la literatura se limita a las belles lettres. Tampoco se trata, como describe Eagleton las preferencias de la crítica actual, de que “La existencia diaria puede ser válida sólo si es alejada, perturbada, desmantelada, fragmentada o penetrada a cierto nivel del ser más profundo o más elusivo (…) Sólo se encuentra valor en algún momento privilegiado o epifanía rara, alguna revelación fugaz o insinuación esporádica”. Por no mostrarse deslumbrado por el mundo tecnológico caído, en el cual se confunde la razón con el fetiche de acumular datos separados de valores vitales (otrora universales), no hay en sus análisis ningún catecismo. Si en algunos trabajos sueltos Domínguez Michael afirma que la moderación al buscar una interpretación mayor no es una virtud, en La innovación retrógrada su circunspección no es acomodaticia o un compromiso débil o potencial. Blanco irresistible por ser su práctica tan resuelta como la teoría que se desprende de la primera, hace legibles las líneas de causa y efecto, afines a la gran apertura que Guillén considera el rasgo constituyente de los estudios literarios actuales. Por eso no presenta ninguna de sus lecturas de manera aislada, sino con abundante información, con sustento adecuado e indicios sólidos, añadiendo hechos a teorías escuetas; todo como parte de su argumento sobre la innovación retrógrada, porque de lo contrario estaría reforzando convenciones.[7]

Su idea central de que la creación remite a espacios y contextos antiguos, o no se puede escapar de ellos, queda fijada en los capítulos iv, “La antigüedad moderna”, y el v. El iv muestra que “Si es difícil escribir una historia de la Independencia sin Bustamente, es imposible concebir a la nación nacida en 1821 sin su vida y sin su obra”. Pero el trabajo de ese historiador fue el ejemplo máximo de una convicción maniquea, “a la vez retrógrada y moderna, es decir romántica, de que el héroe sólo puede ser un mártir y el historiador el abogado de su causa”, y con el apoyo de Pedro Henríquez Ureña agrega que sin la falsa erudición de Bustamente “México hubiera carecido, al nacer como república independiente, de una antigüedad moderna, sin la cual no hay nación ni romanticismo que valgan”. Esta conclusión no es exagerada si se sigue el argumento al capítulo v, en particular en su detallado examen comparatista de la segunda sección, “Jicoténcal, la novela enigmática”.

El v es prueba fehaciente del impulso medular que une a sus capítulos: explotar el poder de la historia literaria con vigor flagrante, para crear crítica que transporte tanto como la ficción. Su deleitable relato comienza contando la militancia de Heredia, y opta por la autoría de otro cubano, Félix Varela, para Jicoténcal, la primera novela histórica hispanoamericana, y el “patriotismo indígena exudado” por ella que hizo que se la creyera mexicana. Diferente de la crítica posmodernista, para la cual “Lo valioso en un texto literario es lo que es marginal, subversivo, aberrante o no normativo.  Márgenes y minorías, lo anómalo y transgresivo es alabado por el dogma posmoderno como bienes en sí, un criterio que curiosamente ignora la existencia de asesinos seriales y neonazis” (Eagleton, 36-37), la investigación de Domínguez Michael apunta a otros valores, comparatistas por cierto (el canon novelístico decimonónico, Scott en particular), aseverando respecto a Jicoténcal: “Un mexicano no hubiera podido tomar fácilmente ese pequeño reino [Tlaxcala] como símbolo, por la reputación traidora de los tlaxcaltecas y porque renunciar a la herencia imperial de los aztecas, poco después de decretada la orfandad que significaba la Independencia, habría sido un suicidio ontológico”.

Si hay un héroe en este libro y en la apostasia nacionalista del capítulo v, el que recibe más atención es Heredia (un Hazlitt para Domínguez Michael), especialmente a partir de “Sobre la novela”, ensayo de 1832 que “no es una condena de la novela como género sino una crítica sobre la perniciosa tentación de confundir la verdad con la ficción y la novela como historia”. Vale añadir que junto a expresar que la vida de las naciones fue al principio heroica y mitológica, Heredia considera que la novela no pudo aparecer en Grecia o Roma porque “Absorbiólo todo la vida civil”, sosteniendo que “Las memorias y biografías completan lo que tienen que dejar a un lado la historia de los pueblos considerados en masa, formando una lectura llena de instrucciones y agrado”.[8] Esa visión, por supuesto, está en su nueva visita a Mier en el capítulo iii, “La posteridad de un antiguo”.

La visita a Heredia también es nueva, en términos de la crítica establecida y sus llamados, porque su deliciosamente locuaz pesquisa conduce a la explicación “cosmopolita repudiado”, tercera sección del capítulo, y a las conclusiones en la cuarta, “Muerte en la Grecia mexicana”. Éstas surgen de ideas como “A Heredia lo mató no la nostalgia de Cuba, sino el fracaso de la República mexicana, perdida entre logia y caudillos”, y que “En el corazón de la innovación retrógrada siempre duerme el anacronismo, y cuando este despierta todo se llena de telarañas y cenizas”. Curiosamente, son lecciones para nuestros tiempos nacionalistas y lo que les pasa a autores como Heredia, que se dedicó “a traducir la historia universal”. Domínguez Michael termina citando a Sibelius, y pese a su opinión según la cual los críticos no merecen estatuas, Heredia, “el crítico fundador de nuestra literatura moderna, es una de las excepciones. En Toluca, aunque feúcha, tiene su estatua” (énfasis mío).

Si Guillén notó un singular grado de desprendimiento en los estudios literarios actuales, también reparó que, junto al “historiador, el crítico, el sociólogo de la literatura, el teórico de la comunicación o de la cultura” existe un tipo que sólo puede calificar como “el caradura”, el que se permite declaraciones simplificadoras y apocalípticas sobre los cambios humanistas de este siglo. Para Eagleton, hoy “Ser lúcido es hacer las paces con los poderes dominantes. Es hablar una lengua mercantil”. La innovación retrógrada no tiene nada de pontificación o lo que Guillén llama “la incapacidad predictiva de la teoría literaria”, porque a su autor le interesa historiar, no mostrar que por ser “difícil” una interpetación es mejor. Para Auerbach la idea del espíritu nacional decimonónico también condujo a descubrir el perspectivismo histórico, lo cual es positivo por el énfasis en el individualismo que el crítico mexicano aplica a sus connacionales. Pero algo diferente de Auerbach, a quien no le interesaba el desarrollo de una literatura nacional (por ende todavía se considera que su filología es precursora de la literatura comparada), Domínguez Michael emplea la universal y todos sus referentes como apoyo de la nacional.

El cosmopolitismo fallido que Domínguez Michael traza para Heredia es recuperado y revivido en la última sección, “El diablo en México y otros visitantes” del último capítulo. Aquella “Novela de costumbres mexicanas” de Manuel Payno le permite explayarse en torno a “la primera gran novela mexicana”, cuya grandeza se debe a su mundialización temática, ambición balzaquiana y, por extensión, su esparcimiento con los hechos históricos. El diablo Rugiero es un dandy que “remata sus anécdotas con una pócima tras otra de filosofía moral que más que demoníaca era escéptica, moderna” (énfasis suyo). Junto al liberalismo que es un subtexto principal de la novela, el crítico admira que “Su sistema de historias paralelas, de cajas chinas que guardan cajas aún más chicas, es el propio del género, y lo que molesta en Payno es la dilatación de la trama que nos obliga a saltarnos lo subalterno para ir en busca de lo esencial”.

La empresa de Domínguez Michael puede contextualizarse con una que llevó a cabo Sarlo hace cincuenta años, en el momento más literario de su carrera crítica. Cotejar su Juan María Gutiérrez: historiador y crítico de nuestra literatura (las palabras clave son “crítico” y “nuestra”) con La innovación retrógrada permite observar que, en los años posteriores a las independencias americanas, el contexto argentino o el mexicano enfatizaba la poesía, entendida ampliamente, y los problemas nacionalistas más que nacionales, por la precariedad estética e ideológica de las literaturas entonces emergentes. Pero en sus análisis Sarlo y Domínguez Michael son clarividentes e innovadores respecto al papel de la crítica, y si he fijado cómo lo expresa el mexicano, noto varias confluencias con el breve estudio de ella. Refiriéndose a cómo Juan Thompson, de la generación de 1837, se planteó el problema de la existencia y adecuación de una literatura nacional y su coherencia, Sarlo cree que la niega porque “para que una literatura exista es necesario algo más que un número de obras y una corriente de producción (…) Estas características y esta problemática son las que Thompson encuentra esbozadas en la obra de Echevarría”.

Si Domínguez Michael establece sus parámetros con Menéndez Pelayo, Sarlo (que dedica su capítulo más breve a Gutiérrez y la literatura española)[9] rastrea la formación de una conciencia crítica ocupándose de periódicos y la enseñanza; y partiendo directamente de su políglota reconoce que su tarea requería que “se preparara con un bagaje de conocimientos, de hipótesis, de presupuestos estéticos y críticos”. El gatillo del crítico mexicano es que la literatura nacional nació antes que el país, “para bien y para mal, con esa escuela a la vez académica y periodística que fue, según acabaré por concluir, un movimiento caracterizado por la innovación retrógrada”; para aseverar: “Podrá parecer al lector iconoclastia necia la mía, la de sobajar, pedante póstumo, a la Academia de Letrán pero me temo que la filología estaría de mi parte”. Del contexto total de su estudio se desprende que le es más pertinente la riqueza de la literatura, mexicana para bien o para mal, por permitirle llegar a esas conclusiones.

Sarlo lidia con un corpus reducido y, por saber que ninguna filosofía política es igualmente apropiada para cada época, tiene que extraer más de menos, por exhaustiva que sea la documentación de Gutiérrez respecto a los programas pedagógicos. No sorprende así que dedique un capítulo a “Posibilidades y caminos para una crítica y una literatura nacional”. Más que con su único autor, y antes de afirmar “No es necesario que sea el romanticismo de Echevarría el que irrumpa en el panorama del Río de la Plata para que los neoclásicos sientan la necesidad de una postulación crítica”, pronunciamiento similar a los de su par mexicano, Sarlo arma un andamiaje con ideas como “La existencia de una crítica implica, además, que los hombres [sic] que hacen literatura se plantean este quehacer como algo específico y esencial, diferenciado de otros quehaceres, y como un campo de acción y elementos que le son particulares”. Entonces surge un partir de las aguas con la metodología de Domínguez Michael, al opinar Sarlo que “La crítica exige para ejercerse cierto nivel de despreocupación y lejanía, cierto desprendimiento frente a los productos posibles de ser interpretados y criticados. El nacimiento de una crítica supone además una tradición literaria preexistente donde esa crítica buscará sus modelos o ejercerá sus anatemas”.

El Gutiérrez de Domínguez Michael es Ignacio Ramírez, El Nigromante, y se esfuerza demasiado por considerarlo “a la vez teórico y literario”, y “nuestro primer teórico de la literatura. Crítico ya lo había habido –Heredia–, pero el primero en México en separar la literatura de la retórica…” Para decirlo se basa en el Ensayo sobre las sensaciones, dedicado a la juventud mexicana (1848) y otros ensayos de Ramírez; y parece inmoderado porque, si es verdad que El Nigromante abogaba por la reforma y la modernidad, a Domínguez Michael le interesa más el carácter radical, antiacadémico y sobre todo liberal de Ramírez, que parecería chocar en primera instancia con la opinión que “Nacionalista y universalista a la vez, El Nigromante no tenía un mundo nuevo que ofrecer”. Teorizar es diferente de tener una teoría, porque esta implica no sólo originalidad sino algo que se ha construido básicamente solo, y conduce a la teorización, que puede incluir la retórica de otros. En ese sentido, Ramírez no sería un teórico sino un importante precursor hispanoamericano para ver la necesidad de la sensatez en torno a ella.

 

Desde sus comienzos, Domínguez Michael nunca se ha expresado con la complacencia del crítico novato, y es indiscutible que lee los demasiados libros, los conecta o confronta; y si a veces riñe demasiado con algunos es porque los valora, si no no los escogería. A la concisión precisa del periodista sofisticado que es, aquí añade un andamiaje letrado debidamente selecto, no una dilatación bibliográfica meramente acumulativa. Si el tema principal de La innovación retrógrada es que una literatura nacional no es tan moderna como se cre, y que no se puede identificar a la modernidad con un avance tecnológico o social particular, también ostenta otras lecciones. Las más trascendentales son que escribir con elegancia, narrar sin embrollar, hacer los deberes intelectuales y pensar claramente son manifestaciones del compromiso que frecuentemente se le pide a un crítico en Hispanoamérica, y que el escepticismo y un espíritu calificador implacable son herramientas necesarias para acciones morales y políticas eficaces.

Sólo con algún racional de moda se puede armar una crítica que no arranque de una tradición, y es raro encontrar una verdaderamente nueva. Y sólo con alguna medida elástica se la puede creer tan perdurable como la filología, en la medida en que ésta se diferencia de la crítica hegemónica actual al no perpetuar sus errores rutinariamente por obedecer a lo que cree ser su razón. La autoridad epistémica va con la confianza que el crítico tiene en sí mismo y sus fuentes, y en cómo ha sido percibida, apreciación que ha ocasionado aportes válidos de la crítica académica. Si Domínguez Michael comprueba que, de hecho, es posible escribir un estudio convincente sin depender de críticos de moda o citarlos, también demuestra que lo que se aprende solo, de sus propias lecturas y descartando los filtros corporativos que le importan más al profesor institucionalizado, hace triunfar la lucidez personal sobre la ignorancia avalada por credenciales. Será arduo encontrar un estudio del siglo xix que dialogue con el actual con mayor claridad y fuerza, que exhorte verdades incómodas y extraiga lecciones rigurosas de las sombras históricas. Si este convincente razonamiento es una pieza de un ensayo mayor, es evidente que su autor establece un paradigma analítico que solo él podrá replicar.

Carlos Flores

Carlos Flores

 

[1] Colegio de México, 2016.

[2] Claudia Gilman, “La literatura comparada: informe para una academia (norteamericana)”, Filología, Universidad de Buenos Aires, Argentina, 1997, vol. xxx, núms. 1-2, pp. 33-44.

[3] Terry Eagleton, “Not just anybody”, London Review of Books, England, January 2017, pp. 35-37.

[4] Erich Auerbach, Selected essays of Erich Auerbach. Time, history and literatura, Princeton University Press, usa, 2014, p. 56.

[5] Claudio Guillén, “Dependencia y divergencia: literatura y teoría”, en Entre el saber y el conocer. Moradas del estudio literario, Universidad de Valladolid/Cátedra Jorge Guillén, España, 2001, p 50.

[6] Edward Said, “Conclusión: Vico in his work and in this”, Beginnings, intention and method, Basic Books, usa, 1975.

[7] Vale pensar en Auerbach y su “Filología de la literatura universal” (1952), trad. Jesús Espino Nuño, Teorías literarias del siglo XX, eds. José Manuel Cuesta Abad y Julián Jiménez Heffernan (Ediciones Akal, Madrid, 2005), pp. 809-820, que pule su “Giambattista Vico and the idea of philology” de 1936. Allí discute su propia práctica, abogando por un humanismo no restrictivo guiado por el sensus communis generis humani, porque para Vico la nueva ciencia, o nuevo arte crítico, incluía las disciplinas de “poetas, historiadores, retóricos, gramáticos, a los que nos referimos como eruditi”, ampliadas por Auerbach. Said siempre recurrió a Vico en su crítica, y en un texto temprano señaló siete marcadores (1975: 357) en que su visión de la filología como forma crítica moderna se compagina con la de Vico. Es un amor “difícil” que culmina en dos ensayos póstumos de Humanism and democratic criticism (Columbia University Press, Nueva York, 2004), “The return to philology” e “Introduction to Erich Auerbach’s Mimesis”.

[8] Cito de Los novelistas como críticos II, eds. Wilfrido H. Corral y Norma Klahn (fce, México, 1991), pp. 609-617. Heredia es tan mundialista e histórico como el Altamirano de “La literatura nacional” [1868], Los novelistas como críticos I, pp. 59-78, cuya importancia yace en su visión universal de la novela como género y, a la vez, en enaltecer el logro nacional (a pesar de que Domínguez Michael lo considere un “nacionalista puro y duro”): “¿Pues acaso Fenimore Cooper tuvo más ricos elementos para crear la novela americana y rivalizar a Walter Scott en originalidad y en fuerza de imaginación?”.

[9] Beatriz Sarlo Sabajanes, Juan María Gutiérrez: historiador y crítico de nuestra literatura, Editorial Escuela, Argentina, 1967, p. 60.