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Eduardo Milán

Se podría decir que dentro de la obra de un autor, cuando esta se ha consolidado, existen libros articuladores y libros marginales. En la actual moda intelectual de privilegiar lo “menor”, sea lo que sea, sería “intelectualmente correcto” llamar la atención sobre la obra marginal, desconocida, o de difícil acceso. Si no fuera porque en la mayoría de los casos esto implica movimientos de competencia interna entre críticos y académicos. Por ejemplo, si la obra clave ha sido trabajada, entonces se trata de destacar la secundaria. Cualquier día resucitan a François Coppée (poeta de lo cotidiano y la sentimentalidad) como esencia del xix francés, “el poeta que realmente se leía” dirán por estadísticas, contra los “hegemónicos” simbolistas… Este tipo de ejercicio de “rescate” es loable mientras no se instrumentaliza, lo que hoy no sólo sucede sino que es el último “nicho cultural”, en especial en el mundo del marketing editorial, como la edición “independiente” mediante operaciones de maquillaje de best sellers extranjeros como escritores de “culto” o bares literarios autodenominados “míticos” que abrieron hace dos temporadas, etc. Con todo esto, parece fuera de tono publicar una tirada larga y que un libro se distribuya en varios países y tenga una resonancia más allá del círculo de amigos del autor y sus medios de reproducción. Disenso es un libro de estas características y, por lo mismo, sigue en la costumbre de Eduardo Milán de incomodar.

Disenso es un libro significativo, que marca, diríamos “importante” pero la palabra está muy significada. Editado nada menos que por el Fondo de Cultura Económica, triplica la extensión de los poemarios al uso, se encuentra en librerías de Ciudad de México y de Madrid, va acompañado de cuatro textos críticos de autores de ambas orillas del Atlántico y ambos hemisferios. Disenso no es un libro “marginal”, ni como objeto-libro ni en la obra de su autor. Disenso es un margen, es distinto. Es un margen del habla, un límite del lenguaje.

Manto, la reunión de su poesía hasta 1997, significó la difusión de la obra primera de Milán en América a través del Fondo de Cultura Económica, y los dos libros publicados en la mítica editorial española Ave de Paraíso, Nivel medio verdadero de las aguas que se besan y Alegrial, la posibilidad de su lectura en España. Si estos libros son momentos axiales, para el espacio del lector de la obra de Milán, Disenso es una nueva articulación en la estructura difusa de un habla que en el cambio es fiel al cambio.* Es solvente, otra vez. Como dice al comienzo de la edición de Alegrial: “Quiero dejar claro que esto es completamente distinto a lo que escribí antes.” Y ese antes incluye libros tan importantes para la poesía en español como Errar (1993). Dentro de un habla proliferante, Disenso marca una distancia con los usos y, sin totalizar, da una muestra rotunda de una escritura radicalmente comprometida con el límite a pesar de sus múltiples formas (¿moradas? No, caminos).

Hace bastante, Genette nos permitía sintetizar una serie larga de fenómenos en torno a los textos mismos bajo el paraguas del “paratexto”. La colección, la portada y los textos críticos que acompañan la edición nos anuncian el libro de poemas, además “canonizado” por adelantado por el volumen del libro (hoy es raro el libro de poemas que supera las ochenta páginas), la importante trayectoria editorial y su distribución en todo el ámbito de la lengua. Suena a escritura del poder, complaciente, correcta, en definitiva, inofensiva. Pero hay excepciones. Parra, Ullán, García Valdés en Galaxia Gutenberg son una excepción notable. Zurita publicando ZURITA en Chile, México y próximamente, España, otra. ¿Qué hace Milán aquí? ¿Qué hace contra esto? Disiente. Cuestiona desde el interior.

Una estructura arborescente, o rizomática para usar una palabra manida, parece dar idea de la trayectoria poética de Eduardo Milán. Hay temas y formas que persisten, el tronco, aunque siempre cambiando, junto a nuevas estrategias que problematizan el trabajo anterior pero en diálogo con él, las ramas, hojas, espinas, siguiendo la lógica de una dialéctica negativa que conduce a una escritura constelada como ya hemos apuntado alguna vez. La constelación llama a la idea del cielo y de las estrellas, que nos lleva a la música de las esferas. Esa teoría pitagórica según la cual la armonía geométrica está íntimamente unida a las proporciones de la cuerda musical. La música como vía, el sonido, complejo, planetario (vagante) y armónico en cuanto solvente, no por convención(al). ¿Qué es armonía?

De este modo podemos ver cómo dialoga este nuevo libro, Disenso, con Solvencia. El título anterior ponía en juego lo solvente como lo sólido, lo que da cuenta, en diálogo, vibrando, con el solvente, lo que disuelve. Disenso también es una palabra que conlleva una tensión interna. Disenso puede ser tanto el disentimiento (la división del sentimiento) como la “conformidad de las partes en disolver o dejar sin efecto el contrato”. ¿“Contrato social”? En Disenso se plantea una cierta mirada del escritor ante una realidad vivida, recordada y escrita, pero en el mismo movimiento una propuesta de consenso, aunque negativa. Consenso en disolver y volver a empezar. Una propuesta de solvencia. Así, de manera compleja, la poesía de Eduardo Milán evoluciona desde su tronco solvente en sus múltiples desarrollos como una de las obras más ricas y necesarias del panorama poético actual en español. Otra vez, cada una diferente, la alquimia del verbo.

Como dice Anselm Kiefer en El arte sobrevivirá a sus ruinas (porque se trata de ruinas), la constante salida del arte de sus propias fronteras para regresar a ellas “le permitirá renovarse, fluidificarse por medio de procedimientos que le pertenecen, como si el arte estuviera en posesión del solvente universal, del alkahest universal caro a los alquimistas, que lo buscaron en vano”. Entonces el arte se trata de solvencias y disensos. De catalizadores, en definitiva. En poesía, la palabra como posibilidad de pensar y decir algo más que lo que Clément Rosset llama “Lo real”, la idiotez. En uno de los textos críticos que acompañan la edición, Antonio Méndez Rubio dice: “Para Milán la crisis de la obra tiene que ver con la crisis histórica y social, con la crisis del mundo y del vínculo entre poema y mundo.” Cuestionamiento del lenguaje, habla en crisis, puesta en crisis, es decir, en tela de juicio, texto de juicio, de criterio. Sin juez, en juicio. Sin juego, en juego.

En la lectura reconocemos elementos de la genética de Milán como el origen (la tierra, el exilio, la distancia), el amor y la misma poesía como temas en constante reescritura. El libro, que se abre como un poemario al uso, como debe ser, con poemas, integra en prosa textos escritos en la frontera entre ensayo y poesía, luego una carta. Nos sitúa en territorio incierto. No se trata de cruzar fronteras. Se trata de disolverlas. No se trata de cruzar el Río Grande sino de su disolución, en la mirada a usa y el diálogo poético y político con el Sur. Sin fronteras. Una poética del “sin” (130). La crudeza del contraste, al comienzo de la sección titulada “Tocar tierra del sueño de poesía”, que comienza con un texto en prosa sobre su salida de Uruguay y la pérdida (El oficio de perder, diría Lorenzo García Vega), “lejano territorio del perder donde uno vive como inmortal este ahora” (194), sobre lo que viene abajo y traiciona lo que es, la poesía, la política. El dolor de ver a “la poesía recompensada. Recompensada como si ya hubiera capturado al wanted, al fugitivo” (181). Es difícil pensar en lograr “reseñar” Disenso, entre otras cosas, resiste a su síntesis. Vamos a la idea más simple y amplia de reseña, es decir, apuntar. Quizás, “…salir sin duelo…”

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