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Diario | Edmond y Jules de Goncourt

Traducción de Armando Pinto

 

1863

 

París, 2 de septiembre

Hoy, en la galería de dibujos, en el Louvre, veo a tres colegiales en uniforme, encaramados en las sillas, que copian Watteaus sobre sus rodillas, los trois crayons comprados por el museo en la subasta de Imécourt. ¡Una gloria que no morirá!

Todos estos días, tristeza vaga e infinita, desánimo, pereza, atonía de cuerpo y mente. Más que nunca en nosotros, esta tristeza del regreso que se asemeja a una gran desilusión. Reencuentra uno su vida estancada, en el mismo lugar. En la lejanía, sueña uno con un no sé qué que deberá llegar, algo imprevisto que uno encontrará en casa. ¡Y nada más que prospectos, peticiones, catálogos! Tu existencia no marcha. Tiene uno la impresión de un nadador que, en el mar, por la neblina, no se ve ni se siente avanzar.

Es necesario renovar hábitos, trabajo. Está uno, estos primeros días de vuelta, desorientado, desequilibrado. Es preciso volver a encontrarle el gusto a la simpleza de la vida.

De las cosas a mi alrededor, que conozco, que he visto y revisto cientos de veces me viene una insoportable sensación de fastidio. Me aburro con algunas ideas machacadas y monótonas que me pasan y me vuelven a pasar por la cabeza. Y los demás, en los que busco distracción, me aburren tanto como yo. Están como los he dejado. ¡Nada les ha pasado a ellos tampoco! Han continuado existiendo. Me dicen las frases que ya conozco. Lo que me cuentan ya lo sé. El apretón de manos que me dan se parece a los que me han dado ya. No han cambiado nada, ni de chaleco ni de espíritu ni de querida ni de fortuna. Nada han hecho de extraordinario. No hay nada nuevo ni imprevisto, ni en ellos ni en mí. Incluso nadie ha muerto entre nuestros conocidos… No tengo pesadumbre, pero es peor que eso: ¡el sol parece detenido!

 

7 de septiembre

Morère nos pregunta en qué consisten los asuntos de Gavarni con el emperador, y hablamos de Gavarni.

Nos cuenta que primero trabajó en instrumentos de precisión con Jecker. Y que un día mientras paseaba con él, vio en un baratillo un sextante, y dándole vueltas y vueltas en todos sentidos, dijo: “Sólo hice uno, quisiera volver a encontrarlo…” A los 17 años entró con Leblanc, hoy en el Conservatorio, y ahí dibujó planos de máquinas. Un detalle desconocido y oculto por él, que explica al diseñador de modas, su madre fue costurera. Su padre, que había sido tonelero en Borgoña, vino a París a la Revolución y parece haber vivido del trabajo de su esposa. Individuo falso, su esposa se quejaba en los primeros tiempos de su matrimonio: la lleva en titi al baile de la ópera, diciéndole que no había peligro para las mujeres, ¡solamente para los jóvenes!

Nada de sensatez: fumando un cigarrillo en el burdel –al lado de Morère, quien entra a coger–, no se acostaba con su mujer, que fue a buscarlo a Londres después de dos años de separación. El amor para él, en su juventud: era amor mental, por cartas; él lo llamaba ser cauteloso. A pesar de eso, algunas jóvenes amantes: una llamada Leroy, antigua amante del mariscal Vallée, al regresar de África; y una tal Adéle Nourtier.

Lado bailarín: los domingos estudiaba a las modistillas en la sala Dourlans; le mostró a Morère el lugar donde había aprendido a bailar, en la Cour des Coches. Petimetre, bien vestido, insoportable, vanidoso en su juventud, lo que lo calificaba de fatuo.

 

Miércoles 9 de septiembre

Vamos al entierro, esta mañana, de una vieja prima de 83 años, una de nuestras dos últimas visitas a la familia en el año.

¡Es espantoso cómo se apartan las familias! En estas citas de la muerte, que ya son las únicas de la familia, ve uno a un montón de gente a la que ya no conoce, que resultan tus primos, y a jóvenes en traje de luto, que son los maridos de las hijas de madres ¡con las cuales, de niño, habías jugado!

En el tren, en la noche, nos topamos con el viejo padre Giraud, el antiguo ministro de instrucción pública, uno de esos viejos epicúreos anecdóticos, que parecen momias viejas y amables del siglo xviii. Nos cuenta que cuando Mortier entra rápidamente a Hanovre, coge todos los papeles de la condesa de Provence y que en esos papeles, hoy día en los archivos de Asuntos Extranjeros, donde han pasado toda la Restauración, hay una correspondencia obscena del marido a la mujer, llamando todo por su nombre. La obscenidad en el matrimonio –¡hace ya tanto tiempo!

Entramos a la casa de la princesa:

–Clotilde, te presento a los señores de Goncourt.

Es la nuera, una especie de mujercita sin carácter, mal proporcionada, acoplada al final de eso una cabeza con grandes ojos graves y sin vida, una mandíbula ancha y fuerte. El ejemplo de la degeneración de una raza real del Midi y de una raza real germana. La frente abombada y tonta; con un aire adormecido, como con cloroformo; la fisionomía sin ningún movimiento, una sonrisa inanimada y sin matices; y sobre eso, muda como una carpa: una verdadera reina de las marmotas. La princesa se aparta de ella y, pasando junto a nosotros con un gesto de impaciencia, de fastidio:

–¡Ya tengo suficiente! –Y parece llamar a comer.

Comemos. La princesa permanece clavada en su asiento, cada vez más silenciosa y abstraída, su gruesa mandíbula trabajando, su ojos dispuestos a caer sobre el plato.

Durante ese tiempo, su dama de honor, Mme la vizcondesa Bertrand, nos dice una frase del emperador que ella había escuchado. Fue en una comida íntima. El emperador estaba a punto de hablar de Lacordaire cuando la emperatriz lo interrumpe:

–¡Ah!, no hable de Lacordaire, ¡nosotros descendemos de Saint Dominique!

–¿En línea directa? –dice el emperador–. Eso sería una gran iniquidad… –Y la emperatriz enrojece hasta la raíz de sus cabellos.

Por la noche, Clotilde parte:

–¡Ahora que los niños se han ido a dormir –dice la princesa con alegría y alivio–, divirtámonos! –Y la toma contra Sainte-Beuve, a propósito de su artículo en favor de Renan, libro que ella considera detestable como el socialismo. Y Sainte- Beuve, después de mil circunvoluciones y pequeñas resistencias a derecha e izquierda, acaba por decir, con sus gestos untuosos de cura:

–Por Dios, princesa, nosotros estamos entre dos cuartos de hora: el cuarto de hora primitivo, que es el nacimiento, que no es muy bueno, y el cuarto final, que es todavía menos bueno. Hay que tratar de llenar los intervalos lo más agradablemente posible, de vivir como si nunca hubiéramos nacido y como si jamás fuéramos a morir. –Y termina reconociéndole a la princesa que había hecho, en su artículo, muchas concesiones a su intimidad con ella.

Después Cousin es puesto sobre el tapete. Se le pinta como un saltimbanqui inspirado, Sainte-Beuve cita de él estas palabras. Había perdido a uno de sus amigos, llamado Loyson; “¡No me esperarás mucho!” Algunos años después de eso, Labitte le recuerda su discurso y la emoción que había trasmitido a todos, Cousin exclama con su voz solemne:

–Oh, yo sabía que no iba a realizar mi predicción… ¡Entiendo bien el dramatismo!

Al regresar en el tren, Sainte-Beuve nos cuenta que había servido de secretario, hacía tiempo, a una puta que quería arrojarle al rey de Holanda el dinero de un acostón.

 

13 de septiembre

Comida con Saint-Victor: día tras día opiniones menos asentadas, más variables, más domésticas, e incluso, también más violentas; lo que les falta de fondo y de conciencia, él lo desquita con furor cortante. Son cada vez más agudos sus cambios de juicio: es como una veleta sin engrasar.

En el fondo, tiene el furor de las ideas recibidas y de los prejuicios corrientes. Goethe es siempre, y en todo, un dios: hay divinidad en sus Mémoires, ¡ningún egoísmo en su episodio con Frederika! Esos dos jugadores de cartas, Briguiboule y Bénazet, son verdaderos Luis XIV, grandes hombres honestos. “¡Bénazet se retira sin un sou!” Delacroix, es admirable, divino, y además “sabio como Rafael”… Todo aquel que ataca a Renan es un hipócrita y un canalla. Reiset es el mayor conocedor de pinturas… Y todo eso porque a Reiset le han parecido buenos sus cuadros; Briguiboule y Bénazet porque ellos lo han alimentado este año; Renan, porque se vende a 40 000; Delacroix, porque ha visto a sus fanáticos esta semana; Goethe, porque es un gran nombre. Nunca un juicio personal desinteresado. Y también, en toda esta violencia, hay en el fondo una disputa con Lia, una irritabilidad nerviosa de jugador a la bolsa, que lo llena de contradicciones insoportables.

 

“Mi amor…”, esa palabra, en la calle, a mí, un desconocido que pasa –¡Dios mío, se parece terriblemente a la banalidad de la mayor parte de las afecciones humanas!

 

14 de septiembre

Gran batalla en torno al recuerdo de Voltaire. Sainte-Beuve y Saint-Victor son sus abogados contra nosotros que preferimos completamente la persona y el talento de Diderot. Saint-Victor, impetuoso, entusiasta, echando los bofes por nada, con esa falta de mesura que le hace decir las mayores estupideces para un hombre inteligente, exclama que él es todo, gran poeta en su poesía ligera, gran historiador, que tiene fantasía, una imaginación prodigiosa… llega a afirmar que su estilo está lleno de color y que “se parece asombrosamente a Heinrich Heine”… ¡Le neveu de rameau es una basura! ¡Candide es la humanidad! Y esto y aquello… Durante ese tiempo, Sainte-Beuve hace un largo y fluido elogio de Voltaire, comparándolo con el agua clara por su limpidez, claridad, transparencia.

Gritamos, nos encolerizamos, no nos escuchamos. Saint-Victor se vuelve epiléptico y Sainte-Beuve nos jura por sus grandes dioses que en un curso de una hora nos convertiría a Voltaire. Gautier llega en nuestra ayuda, proclama a Voltaire infecto, ¡Candide idiota!, Voltaire un Prudhomme gigantesco. Y refiriéndose al pasado literario de Saint-Victor:

–¡Hombre, eres repulsivo! –Al final, le dice en un tono terrible, Glissez mortels, n’appuyez pas: ¡tú amas eso, eso te transporta, Glissez mortels, n’appuyez pas!

Saint-Victor se ruboriza, grita mucho; y de Voltaire, la conversación pasa, y sin descender mucho, ¡a M. Thiers! Aquí estamos más o menos de acuerdo en declararlo un historiador sin el mínimo talento. Sainte-Beuve se apresura a defenderlo como historiador:

–¡Es un hombre fascinante! Tiene tantas ideas, tanta influencia…

Y nos describe la manera en que cautiva a la Cámara, seduce a los diputados. Es siempre la misma defensa, de respuesta y de argumentación, que he visto en Sainte-Beuve. Uno le dice:

–¡Pero Mirabeau es un vendido!

–Sí, pero ama tanto a Sophie! –Y él habla…

Por todo y para todos es así. Y a propósito de un libro, jamás nos responde sobre el libro, siempre sobre el hombre, sobre sus relaciones, sobre su posición, sobre el papel que él jugó. Y al mismo tiempo tiene en él, como las naturalezas a la Rousseau, un odio de criado, y al mismo tiempo rebeldía e indignación contra el edificio social, los señores de la casa, la sociedad entera –y una gran bajeza de opinión frente a todo hombre de poder, de influencia, de la política, ya sea Thiers, Molé, Guizot, Royer-Collard–. Del resto, del gobierno de Luis Felipe, que él ha atravesado desde muy abajo, él lo mira con respeto y una cierta dependencia. Él cree en la fuerza y en el temperamento de toda esa generación.

Sainte-Beuve parte. Bebemos la mezcla de licores que ha hecho en cada postre, de ron y de curazao.

–¡Ah!, a propósito, Gautier, ¿tú regresas de Nohant, de casa de Mmme Sand? ¿Fue divertido?

–¡Como un convento de hermanos moravos! Llegué en la noche, está lejos del ferrocarril. Pusimos mi equipaje en un matorral. Entré por la granja, con perros que me daban miedo. Me dieron de cenar. La comida era buena; pero había demasiadas piezas de caza y de pollo: a mí no me gusta. Estaba ahí Marchal el pintor, Alexandre Dumas hijo, Mme Calamatta.

–¿Y bien, sigue enfermo Dumas hijo?

–¿Saben que hace ahora? Es infeliz. Se planta frente al papel en blanco y se queda ahí cuatro horas. Escribe tres líneas. Se va a tomar un baño frío y a hacer gimnasia, porque tiene muchas ideas de higiene. Regresa, encuentra que las tres líneas son tontas como todo.

–¡Y bien, eso es lucidez! –dice alguien.

–Y no deja más que tres palabras. Su padre vuelve de tanto en tanto de Nápoles, le dice: “Has que me preparen una chuleta, voy a acabar tu obra”, escribe el escenario, introduce una puta, toma el dinero y parte. Dumas coge el escenario, lo lee, lo encuentra muy bien, va a tomar un baño, relee el escenario, lo encuentra estúpido, lo corrige durante un año. Y cuando su padre regresa, encuentra, de las tres líneas del año pasado, ¡todavía tres palabras!

–¿Y cómo es la vida en Nohant?

–Se desayuna a las diez. A la última campanada, cuando la aguja marca las diez, todos se sientan a la mesa sin esperar. Mme Sand llega con aire de sonámbula, permanece dormida todo el desayuno. Después del desayuno vamos al jardín, jugamos boliche; eso la reanima. Se sienta y se pone a hablar. A esa hora hablamos por lo general de pronunciación; por ejemplo, sobre la pronunciación de ailleurs y de meilleur. Pero el gran placer de la charla social son las chanzas estiercoleras.

–¡Cómo!

–Sí, la mierda, los pedos, es el sustento de la alegría. Marchal tiene mucho éxito con sus gases. ¡Pero, por ejemplo, ni una palabra sobre la relación de los sexos! Creo que te conducirían a la puerta si hicieses la mínima alusión a ella…

“A las tres, Mme Sand sube a escribir hasta las seis. Comemos. Sólo que te piden comer un poco rápido para darle tiempo de comer a Marie Caillot. Es la criada de la casa, una pequeña Fadette que Mme Sand encontró en el campo, para actuar en las piezas de su teatro, y que viene al salón, en la noche, después de comer. Después de comer, Mme Sand juega solitarios sin decir una palabra hasta medianoche… Por ejemplo, el segundo día, comencé a decir que si no hablábamos de literatura, yo me iría… ¡Ah, literatura! Parecían venir de otro mundo…

”Tengo que decirles que en ese momento no se ocupaban de otra cosa allá que de la mineralogía. Cada uno con su martillo, no salían sin él.

”En fin, yo dije que Rousseau era el escritor más malo de la lengua francesa, y esa frase nos hizo discutir con Mme Sand hasta la una de la mañana.

”Por ejemplo, ¡Manceau le ha urdido ese Nohant para la escritura! Ella no puede sentarse en una pieza sin que él haga que surjan plumas, tinta azul, papel de cigarros, tabaco turco y papel rayado. ¡Y ella en el jolgorio! Pues recomienza a medianoche hasta las cuatro. En fin, saben a qué ha llegado, ¡a algo monstruoso! Un día, ella acaba una novela a la una de la mañana: ‘¡Vaya, dice ella, he acabado!’ Y comienza otra. La escritura es una dependencia en ella…

”Por lo demás, uno está muy bien en su casa. Por ejemplo, hay un servicio silencioso. Hay una caja en el corredor que tiene dos compartimentos: uno es para las cartas para el correo, el otro para la casa. En éste escribe uno todo lo que necesita, indicando su nombre y su habitación. Yo tenía necesidad de un peine; escribo: M. Théophile Gautier, habitación tal, mi pedido –y la mañana siguiente a las seis yo tenía treinta peines a escoger.”

 

Paso, esta mañana, a llevarle el diario Paris a Sainte-Beuve. Me llama a gritos mientras se lo entrego a su gobernanta, Mme Dufour, una alta y muy bella morena, que, al abrirte, tiene como quemaduras de sol en la piel. Y lo descubro sobre una pequeña escalera, un viejo pequeño en chaleco de lana. Era horrible, como ver a un Convencionista en los Petits-Ménages.

Voy de ahí con un poseedor de documentos sobre pintores. Émile Bellier de La Chavignerie. Un hombrecito magro, con los ojos ardientes, enfermo del pecho, que escupe sangre y se mata revisando lo infinitamente pequeño de documentos únicos. Un departamento árido, de un cenobitismo provincial, con horribles recuerdos de familia y pequeñas reliquias infectas de viajes, enmarcadas y fechadas, como un pedazo de la tapicería de la casa de Juana de Arco de Domrémy. Presiente uno a un hombre que herboriza la historia. Nos hace leer, en la Biographie, un artículo suyo sobre los Saint-Aubin, en el que habla censurando nuestro estilo –¡y todo su artículo está basado en el nuestro! Su especialidad es la de desenterrar las actas civiles de los pintores académicos del siglo xviii. Naturalmente, le faltan los de Chardin. ¡Y él trabaja en eso desde hace diez años! Felizmente, en dos horas, nosotros los encontramos en los archivos. En el fondo, ese trabajo de topos y de hormigas furiosas, es entristecedor y lúgubre.

 

21 de septiembre

De la casa de mi tío, en Croissy, donde hemos venido a pasar tres días, voy a Ferrières y gracias a Eugène Lami, entro. ¡Oh, no hay ricos más pobres que los ricos de ahora! No han encontrado nada mejor que pepenar en los baratillos, empalmar, apilar a duras penas. Tienen a grandes artistas modernos. Tienen para ornar sus palacios, escultores como Barye, decoradores como Baudry; hay mil talentos para acomodar, para amueblar, cosas que hacer que sólo ellos pueden hacer –y nada nuevo, nada imprevisto, nada creativo, nada que provoque envidia ¡y que desespera! ¡Y todo estropeado por la ausencia de unidad, el popurrí de estilos, de lienzos, de muebles! El molesquín al lado del terciopelo, el terciopelo al lado de la seda china. ¡Nula invención, nula imaginación! Apenas si en un pequeño fumador, donde cinco fumadores se asfixian, Lami ha desplegado un pequeño friso encantador del carnaval de Venecia. El oro que no crea es vergonzoso. ¡Impotencia del dinero en el siglo xix!

 

Regresamos para la comida al restaurante de Magny. Hablamos de Vigny, la muerte de hoy, y Sainte-Beuve cuenta anécdotas en su fosa. Cuando escucho a Sainte-Beuve, con sus pequeñas frases, me parece ver a las hormigas sobre un cadáver; él limpia el cadáver, y te queda un pequeño esqueleto del individuo muy limpio y adecuadamente arreglado.

“Dios mío –dice con un gesto untuoso–, uno no sabía si era noble, nunca le conocí familia. Era un noble de 1814: en esa época, uno no miraba tan cerca… Hay, en la correspondencia de Garrick, un De Vigny que le pedía dinero, pero tan noblemente que le da alternativas para obligarlo: sería curioso saber si descendía de él. Era un ángel. ¡Siempre ha sido un angel, Vigny! Jamás se vio un bistec en su casa. Cuando uno lo dejaba a las siete para ir a comer: ‘¿Cómo, ya se va?’ No comprendía nada de la realidad, no la veía. Tenía frases soberbiamente ingenuas. Al salir de pronunciar su discurso en la Academia, un amigo le dijo que su discurso había sido un poco largo: ‘Pero no me siento fatigado’, le respondió Vigny… Junto con ello un poco de militar. En ocasión de esa misma recepción, él tenía una corbata negra, y al encontrar, en la biblioteca, a Spontini, que había guardo la etiqueta del traje imperial: ‘¿No es cierto que lo uniforme está en la naturaleza, Spontini?’ Gaspard de Pons, que había estado en su regimiento, dice de él: ‘Era un hombre que tenía el aspecto de las tres cosas que era, ‘¡militar, poeta y hombre de ingenio!’

”Era muy torpe. Del acuerdo que lo conduce a la Academia, no comprende nada. Cuando él recomendaba a alguien para un premio, lo perdía. Llevaba extractos del libro a galardonar y los leía impacientando a todo mundo. A Taine, a propósito de su Tite-Live, todo el mundo estaba de acuerdo en otorgarle el premio. Llega Vigny, dice que está muy bien, que acaba de leerlo y que pide permiso a la Academia para leer unos pasajes. Para comenzar, tenía la mano maldita; Saint-Marc exclama: ‘¿Pero no era mejor que eso? ¡Yo no le doy el premio!’ Y así los demás… Él retardó el premio un año.

”Estaba tan en las nubes, muy por debajo del mundo real, que cuando no se acostaba todavía con Mme Dorval, Mme Dorval pudo decirle: ‘Alfred, ¿es que aún no piensas pedirle mi mano a mis padres?’ De Vigny pasamos a los salones de París. Sainte-Beuve habla del de Mme Circourt, salón muy ecléctico, muy lleno, muy mezclado, muy vivo, un poco demasiado ruidoso, en el que uno caía un poco sobre no importa qué y hablaba mucho, todos a la vez: ‘Era un aturdimiento más que una conversación.’ Luego vamos a los dos únicos salones donde los hombres de letras van ahora: el de la princesa y el de Mme de Païva. Aquí, Gautier toma la palabra y nos despliega la extraña vida de esa mujer.”

Ella era la hija natural del príncipe Constantin y de una judía. Su madre, que era muy bella, desfigurada por viruela, hizo cubrir con crespones todos los espejos de la casa para no verse. La pequeña crece sin espejos. Le dicen que tiene una nariz de papa: eso la atormentaba mucho, no sabía cómo podía ser. Para alejar la sospecha de sangre principesca en sus venas, la casan joven con un sastre francés de Moscú. Ella se deja raptar de ahí por Herz, quien le da lecciones de piano. En París, Herz, arruinado en el 48, se escapa y la abandona. Ella cae gravemente enferma, sin un sou, en el hotel Valin, rue de Champs-Élysées, en el cuatrième. Gautier recibe un recado de ella, en el que le ruega que vaya a verla. Él va. Ella le dice: “Tú ves dónde estoy. Puede ser que no me recupere nunca. Si eso sucede, no hay nada qué decir. Pero si me recupero, no soy una mujer que se gane la vida haciendo zapatillas de orillo: yo quiero tener, a dos pasos de aquí, el hotel más bello de París, óyelo bien, ¡recuérdalo! Ella se recupera. Su amiga Camille, la marchante de modas, la arma para la guerra, le proporciona un arsenal de vestidos y ajuar para su gran golpe. Gautier la ve al momento de partir, todo es ostentoso, probando como un soldado su fusil antes de la batalla. Ella le dice: “Pero como uno no puede garantizar nada, yo puedo errar el golpe.” Bien, entonces, ¡hasta luego! Y le pide un frasco de cloroformo para envenenarse en caso de que no tenga éxito. Gautier va a pedírselo a uno de sus amigos, un interno, y se lo da.

Ella parte. Unos días después, Gautier la encuentra en Londres en una bella mansión de campo, con un coche inmenso, magnífico: “¡Qué bien –le dice él–, veo que no tuviste todavía necesidad del veneno!” Y ella le explica que está muy cerca, que no ha logrado nada, que todo eso son gastos y que ella no tiene más que quinientos francos, que él le busque con ese último dinero un palco en Lumley, en la Ópera, para el día siguiente: “Tengo una idea”, le dice. Gautier lo obtiene. Y ella se hace de un tal Lord Howard, chiflado, cuya manía es creerse embarazado: se le acuesta, jalando algunos trapos. Después de algún tiempo, le pasa a esta mujer en la cabeza el deseo, el pensamiento fijo de bailar con una reina. Encuentra a M. de Païva, embajador de Portugal, pronto locamente enamorado. Ella se hace instruir, con una gran seriedad, en la religión católica en un convento, abjura sin reír, se casa con él y va a Portugal a hacer, en una gran contradanza, ¡un vis-à-vis con la reina! Después, habiendo gozado de todo eso, descubre que la reina le había hecho una mueca, que su nariz no le había agradado, se disgusta con Païva, quien le había otorgado, al casarse, cien mil francos, lo trata de tacaño, lo deja y se va, sin poder ser alcanzada por las legaciones de Païva que le pisan los talones.

Aquí entra sin duda el relato hecho por Saint-Victor de la persecución del hombre con el que estaba ahora, a través de Europa, en Suecia, etc. –un joven barón silesiano, el marqués de Carabas de Silésie, cuyo padre tiene 87 años y muchos millones–. Locamente enamorado de ella, le construye el hotel soñado en los Champs-Élysées, le compra Pontchartrain, donde ella se cree descendiente de Mme de Maintenon. ¡La mujer rusa, de una fuerza y diplomacia asombrosa! Ella ve un collar de perlas negras de 60 000 francos. El barón silesio lo encuentra un poco caro. Ella ve en la Exposición un mueble de 35 000 francos, regateado por el emperador que lo encuentra demasiado caro, lo compra de inmediato y lo envía al barón como regalo. Él le compra el collar. Ella se lo regresa diciéndole que no da un regalo para recibir otro. Él se siente herido y le envía todo el juego de perlas negras. En ese momento, completamente enamorado de ella, le da mucho dinero a la tesorería de Saint-Pierre para que el papa anule su matrimonio con Païva.

 

30 de septiembre

Después de comer, en casa de la princesa, Girardin dijo: “Ahora que ya no hay nada bueno ni malo, ahora que no sabemos ya lo que es recto, lo que es honesto, que no hay ya reglas, que no hay más que una cosa, el éxito, el ministro debe tener un ministro que se llame ¡éxito! Drouyn de Lhuys no ha estado más feliz con Rusia que los ministros de Luis Felipe: entonces hay que sacrificarlo. Honestidad, buenas intenciones del hombre, ¿qué hizo? Un ministro es como un cocinero que tuviera los mejores certificados del mundo y que cocinara pésimamente: yo sería responsable de su mala cocina frente a mis invitados y lo despediría.”

En el tren, hablamos de la candidatura de Gautier a la Academia: “No es posible –dice Sainte-Beuve–, necesitará un año de visitas, de ruegos… Ninguno de los académicos lo conoce. Vean, ese es el punto, es necesario que te hayan visto, que se hayan acostumbrado a tu presencia. Una elección, lo saben bien, es una intriga. Una intriga, hace falta emprender una, en el buen sentido de la palabra… Veamos –y él cuenta con sus dedos–, tendrá a Augier, Feuillet, tal vez Rémusat, Vitet, creo. Es necesario que los vea mucho, por ejemplo, ¡a esos dos! Si todo se conduce bien, Dios mío… Cousin, uno le lanzaría a la Colonna, a la que le diría que él ve absolutamente una sinfonía en blanc majeur dedicada a ella. Por ejemplo, ¡sería necesario que no dejara a Cousin ni un minuto antes de la elección!… Para la princesa, tendríamos a Sacy.”

 

La salud es importante en la carrera de un hombre. Hay personas que nacen armados de esta fuerza corporal sin desfallecimiento, que hacen su voluntad a toda hora. Girardin nos dice que él jamás ha estado enfermo, que no sabe lo que es la enfermedad.

 

Octubre

Compré el otro día unos álbumes de obscenidades japonesas. Me regocija, me divierte, me encanta la vista. Yo las miró más allá de la obscenidad, que está ahí y que parece no estarlo y que yo no veo pues desaparece en la fantasía. La rotundez de las líneas, lo imprevisto del conjunto, el ordenamiento de los accesorios, el capricho de las poses y de las cosas, lo pintoresco y, por decirlo así, el paisaje de las partes genitales. Al mirarlas pienso en el arte griego, el aburrimiento de la perfección, un arte que no se liberará nunca de ese crimen: lo académico.

De todos los grandes personajes de la historia de Francia, es, tal vez, Alexandre Dumas quien, en sus novelas, ha hecho los medallones más parecidos… en miga de pan.

Hemos descubierto la gran fatiga del mundo: es la de parecer atento a cosas que no te interesan. ¡Es una perturbación interior!

 

Acabo de leer el nuevo programa de ese ministro entrometido, Duruy, para la enseñanza de la historia actual, calientita, en los colegios. Le falta a este gobierno imponer a los infantes un catecismo histórico, formar en el Imperio al que nace, tomar e interceptar las opiniones políticas antes de que aparezcan; en las generaciones hacer preceder al diario por el profesor; echar en los cerebros que aún no se forman la idea de que nada más que eso ha estado bien, tiranizar los cerebros aún sin formar: introducir la servidumbre en la tarea, la cortesanía en los cursos, aprovecharse de la edad sin crítica para entregarles la historia del Moniteur de hoy. Seducir, en una palabra, a las almas menores y comenzar frente a los niños la apoteosis de los emperadores en la historia. Ese ministro habrá ligado su nombre a la bajeza de la publicidad, desconocida hasta ahora por los poderes que se respetan vergonzosa y pésima medida después de todo. El chovinismo se convertirá en castigo, el Imperio heredará junto al infante el odio a los clásicos.

 

3 de octubre

Sentado en el café de la Régence, descubro en ese rincón de la rue Saint-Honoré un aspecto de París de 1770, y también la fachada de una gran calle de un gran pueblo de provincia. Hay un joyero donde creo que debió pavonearse una bella joyera de Restif. Las ventanas de la casa son burguesas. Hay transeúntes con la actitud de regresar al Marais, muchachitas que tienen el aire de modistillas. Pienso vagamente en Philidor, él me recuerda a los carricoches y las sillas de manos, tengo los ojos y el alma muy lejos de esos horribles recorridos ingleses de los nuevos bulevares, tan largos, tan anchos, tan geométricos, aburridos como las grandes carreteras.

Tal vez aquí, en este tiempo, lo que ha roto más con lo consagrado y lo clásico, es lo cómico, la comicidad de los bufones actuales. Es de una gran fantasía, de una locura que arranca la risa, imprevisible, de una chifladura de payaso, de un efecto nervioso inaudito, de cosas que hacen el efecto de un gas exhilarante que da pena, a veces, que provoca un estremecimiento como si viera uno Hamlet en el Bobèche o un Shakespeare chocho.

 

El verdadero comienzo de un cuento de hadas es un hombre que va a matarse: monólogo sobre las grandes preocupaciones de la vida, junto al fastidio de la Guardia nacional, etc.

 

4 de octubre

Gavarni me da una prueba anticipada de su retrato. Me dice que Bertauts, para esas pruebas, hizo una tinta especial que le costó cien francos.

 

Ayer, al salir de la representación de Aladino, me vino a la mente una idea que he tenido a menudo al salir del espectáculo. Molière, al leer sus piezas a su sirviente, ha juzgado al teatro: se pone, sencillamente, al nivel del público de las obras dramáticas.

 

Morère me dijo que en los cafés a donde iba con Gavarni, Gavarni tenía un sentido adivinatorio para adivinar el estado, la profesión, de la gente que estaba allí. A menudo, Morère los encontraba en la calle con los instrumentos de su profesión que había dicho él: olfato extraordinario de ese individuo.

Mucho estudio, pero una mucha mayor memoria. Tenía en su cabeza los rostros de toda la gente que había visto. Él veía a la gente que dibujaba. Se le aparecía a menudo. Le dijo a Morère después de bosquejar una cabeza:

–Mira, ¿te acuerdas?

–No, dice Morère.

–¡Cómo! Es el hombre, lo conoces, que vimos en un muelle… –¡Hacía veinte años de eso!

En este gran genio advenedizo del arte, Gavarni, hay en el fondo lo que resta de un fondo original falto de educación y soltura. En una época se lanzó, para disfrazar eso, a la elegancia extrema. Ocultó sus instintos pueblo bajo sus guantes amarillos. Pero él ha permanecido pueblo en el fondo. Se agarra como el pueblo a las consideraciones burguesas ajenas a las condiciones, títulos. Tuvo siempre en las partidas que hizo una economía que se siente de ventorrillo. Su mesa es una verdadera mesa de obrero. Es insensible a un montón de delicadezas materiales, que es la nota aristocrática de un hombre. Gastó mucho dinero en comer sin derrochar. Era exagerado sin ser espléndido –no que fuera avaro.

 

6 de octubre

Michelet me hace el efecto de ver la historia como un hombre que desde la colina Montmartre viera París en un clima neblinoso, con algunas partes despejadas.

 

¡Cómo pasó su belleza por ti y lo que tu cuerpo recibió! Ella y yo, esta tarde, hablamos del tiempo en el que nos vimos, hace ya doce años. Cómo disfrutamos de nosotros sin conocernos, ella, sin descubrir lo que yo era, un querubín –yo sin saber que tenía en los brazos a la Diane de Allegrain.

 

8 de octubre

¡Es asombroso cómo nuestro camino va para arriba y no para abajo! Michelet, ahora, en el prefacio de La regénce, ¡nos trata de escritores eminentes! Hugo, me dice Busquet, está lleno de simpática curiosidad sobre nuestra reseña. Es la gran crítica la que nos ha discutido, juzgado, apreciado. En los camaradas de nuestro tiempo, de nuestra edad, excepto Saint-Victor, no hemos encontrado más que silencio e injurias.

Busquet me dice que Scholl va a batirse con Granier hijo, y he aquí a Scholl que pasa con su marcha normal, su paso nervioso, su aspecto desgarbado, un canturreo en los labios. Se bate mañana cerca de París. Habla, bromea, se le ve a gusto, algo encolerizado, pero con buen estado de ánimo. Tiene el aire de representar el papel de un hombre que se bate. Me dice que el pequeño pasa por ser muy fuerte, pero que él ha tomado 30 lecciones sobre el terreno; que, por lo demás, con su guardia, a lo peor que llegará será a tener una rasguñadura en el brazo. Nos cita para mañana en el Nain Jaune, a mediodía. Lo dejamos un poco más emocionados que él, envidiosos de ese valor de ciertos temperamentos optimistas, que consiste en no ver las cosas a fondo y no considerar en un duelo literario el azar de la muerte.

 

9 de octubre

Los empaquetadores del Nain Jaune nos cuentan que Scholl recibió, esta mañana, una herida de espada que podía matarlo.

 

Este día, perseguido por la idea de que el mundo no es un mundo inmortal. ¿Y entonces, para qué tanto esfuerzo, sacrificios, sudar sangre por una inmortalidad que no existe? ¿Entonces, por qué no tomar de nuestra carrera el beneficio y la repercusión inmediata, el dinero y el bombo de las obras inferiores?

 

12 de octubre

A medida que uno avanza en la vida, el amor de la sociedad crece en uno lo mismo que el desprecio a los hombres.

En el restaurante de Magny, hablamos del desalmado de Lamartine. Él ha tenido a una Mme Blanchecotte, una especie de poeta-obrera que se convirtió, después del 48, en la abnegada acomodadora de sus volúmenes. Lamartine, un buen día, le reclama 300 francos de más: ella va al Monte de Piedad con todo lo que tiene y se los da. Él los toma.

Encuentro a Renan afectado, apagado, hundido. Todo ese concierto de anatemas, esas procesiones, oraciones, tañidos expiatorios, parecen descender a esta alma que ha roto con el seminario, pero que depende de él. Deja escapar, al pasear abatido, la cabeza hundida y de lado: “Si hubiera creído que sería tan estúpido, que haría tanto ruido, a fe mía, no sé si…”

En cuanto a Gautier, él está muy afectado por todas esas excomuniones. Lo ve como una especie de jettature que podría recaer sobre todos los compañeros de mesa de Renan.

 

Miércoles 14 de octubre

Para la princesa todo es lo mejor en el mejor de los mundos. Billault murió, ¡tanto mejor! Eso hará que la política del gobierno se aclare. En fin, ella sabrá, ella que está lista a seguir al gobierno no importa a dónde, a hacer lo que él quiera –jesuita si quiere, le es perfectamente igual–, ella sabrá por fin lo que hay que hacer, mientras que con ese diablo de Billault él adormecía todo, impedía tomar partido, arreglaba tan bien las situaciones falsas, que uno se hubiera quedado ahí eternamente. Y después, la comida, que había comenzado con grandes lamentos sobre la muerte, acaba con insinuaciones expresadas con sonrisas: “¡Oh!, él fue muy hábil… murió justo a tiempo, antes de este asunto de Polonia.”

Después de la comida, la princesa se escapa del salón, del viejo Sacy y del viejo académico Lebrun, el viejo periodista y el viejo poeta de tiempos de M. de Jouy:

–¡Oh –dice ella–, esos viejos son tan aburridos!

Y se dispone a escuchar a Gavarni, al que ella empuja a hablar sobre sus amores. Pues el amor parece haber quedado como el único gran tema para la gran curiosidad de esta mujer. Sólo eso le interesa, la divierte, la anima.

–Pero si no hay más que eso –dice ella–, yo fui educada así. Mi viejo padre me decía a menudo: “Mira, cuando uno ya no puede hacer el amor ni tener una buena comida, vale mejor morir.” La buena comida, por ejemplo, yo no la quiero, yo comería pan seco, me da igual.”

Arriba, la puerta se abre a dos batientes. Es un ministro. Es Boudet. La princesa se levanta, abandona las confidencias de Gavarni, a los fumadores, y va a aburrirse.

 

15 de octubre

En el ensayo de el Aïeule de Charles Edmond, en el ambigú. Singular aspecto sombrío: actores, autores, con la facha de obreros a destajo. En los rostros un cierto aire de embrutecimiento, de fastidio, de saciedad, de fatiga, de repetición. Los actores, las actrices, inertes o caminando automáticamente recorren el foyer en el entreacto, silenciosamente, maquinalmente, como desinflados por la pasión de sus papeles. Sin ánimo. Los tramoyistas mismos, fúnebres y muertos en su trabajo. No hay maniobra más lúgubre y fantasmal que aquella de complacer al público.

Pasé a casa de Scholl a las cuatro. Tiene un círculo a su rededor. La Barrucci está sentada en un canapé junto a él. Habla de ella como de una hermana de la caridad; incluso nos la presenta.

 

Sábado 17 de octubre, cerca de Chartres

  1. Camille Marcille me lleva, cerca de su casa, a ver el castillo actual de los de Noailles, Maintenon. El cielo taciturno refunfuña. Los tulipanes, las hojas muertas, todas amarillas, caen una a una en los canales de agua muerta. La vista es obstruida por el gran acueducto arruinado, inútil. El castillo refleja lúgubremente sus viejos ladrillos en los canales de Holanda. Es la tumba fría, húmeda, ambiciosa y aburrida de la memoria de la Maintenon.

 

¡El diario ha matado al salón, el público ha reemplazado a la sociedad!

 

Del viernes 16 al lunes 19 de octubre, en Oisème, cerca de Chartres

Acabamos de pasar unos días felices –con algo de emoción en mí, días de los que uno sale con un perfume rosado en el alma–, con la familia Camille Marcille, hermano del que vive en París, en Oisème, cerca de Chartres. Es un pequeño nido, una casa sencilla sobre una rampa de verdor, con, encima, una capilla que domina todo el valle, un estudio tranquilo, el arte situado en lo alto de la vida de familia.

Ahí arriba, los ojos se deleitan en los Prud’hon, los Chardin, los Fragonard. Abajo, en el jardín, de suficiente tamaño para ser alegre y florido, en la casa pequeña y plana, el corazón se alegra con una honestidad franca como el oro, con la cordialidad de la hospitalidad, de todo lo que se revela de bueno, de fresco, de feliz, de un interior regulado por el deber y atravesado por merodeos de niños.

¡Oh, las lindas jovencitas que había ahí! Y qué dulzura tener sus pequeñas manitas en las nuestras y pasear así, ver en la noche, al irnos a acostar, la hilera de pequeños botines en la puerta de su dormitorio, como colocados para una noche de Navidad y que parecen esperar a San Nicolás; ver en la mañana, entre los sillones, sus sillitas de diferente tamaño ¡de acuerdo al tamaño de cada una! ¡Lindos angelitos locos –y ya mujeres–, ver las mentes, las mejillas y el sentimiento en flor! Pequeños seres amorosos, que te dejan un rayo de luz cuando ríen, y se frotan en ti como gatitos y te muestran, al mirarte, el azul del cielo.

Un cuadro delicioso. Amontonadas en un pequeño coche jalado por un pobre burro. Un pequeño campesino, con la blusa suelta, palmotea al penco. Todas ríen, gritan, se alborotan. Una carretada de dicha de ocho años, ¡y ningún pintor para representar eso!

Ese pequeño mundo juega entre las piernas de un padre que no es más que bondad, arruga la falda de seda de su madre. Quisiera pintarlo, decir todo lo que me ha dejado en el recuerdo y en qué medida es un rostro que permanece en la imaginación y el pensamiento. Imagine a una mujer de una treintena de años, delgada y con la elegancia de la delgadez, los rasgos recortados y como endurecidos de la forma más fina y delicada del mundo, la frente abombada, los ojos un poco hundidos, la nariz de un arco delicioso, la boca áspera y dulce a la vez, el rostro de un ovalado de lo más aristocrático. Y ahí, brillando con un fuego frío, rodeado de círculos, unos ojos azules, de una limpidez inquietante, de una transparencia de agua verde, ojos de esmeralda, cuya claridad por momentos taladran. Impenetrables, te sientes atravesado por ellos. Y todo eso, y el gesto y la voz, y los modales, como los ojos, como la cara, de una distinción infinita que le he visto a algunas burguesas y que llega aquí a un grado increíble. Jamás he encontrado una burguesa más grande. Hay como algo de sequedad y a veces de hostilidad altiva, que se añade a esa distinción. ¡Misterio de esta mujer que atrae, cautiva, subleva!

Es la nieta de Walckenaer. Ha probado el gusto por las letras, por la vida de París, pero vive aquí todo el año. Le digo en la primera comida:

–Debe ser duro para usted, Madam, tan parisina…

–¡Oh!, Dios mío –dijo con vivacidad–, cuando uno ama a su marido, a sus hijos, nada hay que sea duro.

Pero fue respondido con el tono de una persona que considera indiscreto que uno se refiera a sus heridas, a sus heridas aceptadas. Y después, poco a poco, en la forma en que ella habla, en la que sonríe incluso, vi pasar al mismo tiempo la amargura y la resignación del exilio en provincia de una mujer parisina hasta el tuétano, inteligente, letrada, recordando a los hombres de letras que conoció, intentando vivir la vida del espíritu, como ella puede, leyendo; mira con horror a la gente prosaica que la rodea, al pequeño pueblo, a los vecinos, una vez al año se permite la distracción del teatro de Chartres, una pizca del sacrificio, de melancolía y de amargura, que revela el consentimiento de la mujer. Ella intenta ocultarme eso, incluso de ocultármelo bromeando. Y sin embargo, poco a poco veo revelarse todo ese sacrificio consumado pero sangrante.

A la mañana siguiente, tuvo, ante no sé qué palabra sin importancia, un movimiento nervioso, como un escalofrío:

–¡Oh! –dijo con un tono extraño–, señorita, se lo ruego, no me provoque un ataque de nervios: ¡estoy a punto de tener uno esta mañana!

Ella acababa de decirle a uno de nosotros que había llorado toda la noche al dormir, y que ver a los parisinos era lo que la había hecho llorar así, y había agregado:

–Nunca voy a París, porque eso me deja triste un mes. Iré sólo por los dientes de mi hija –y doce horas…

Y después, cambiando de mirada y de voz y mirando a su pequeña hija de ocho años –que se acerca a mí, se me echa encima, lanzándome por sus ojos, por sus gestos, por el apretón de sus manos, por todo su cuerpo, la ternura de esta alma pequeña, tan extrañamente tierna–, dice, con una sonrisa casi de Gioconda:

–¡Oh!, mi pobre hija, tú eres el sentimiento, él el espíritu. Él te atrapará siempre. –Después, con un suspiro–: Sí, podemos dejarla así algunos años; después será necesario reformar un poco todo eso…

Así, en esta mujer, todo pasa en todo momento de un tono a otro, de una expresión a una expresión contraria, el alma y el espíritu, pero siempre con sonrisas sufrientes. Y junto a ella, junto a esta mujer rara, atrayente, dolorosa y serpentina a la vez, mi pensamiento va hacia la gran novela que está ahí, junto a mí: la crucifixión voluntaria de la mujer al deber.

 

Y ahí, creo, la primera aventura de amor halagador que me sucede. Una pequeña criada, una pequeña niña encontrada en el hospicio de Châtellerault, atiende a los niños. Tiene uno de esos aspectos lastimosos, como parece que hubo en la Edad Media a consecuencia de las grandes hambrunas, con unos ojos en los que la devoción se desprende como de un perro apaleado. La brava muchachita, en la noche, al desvestir a su ama, le dice:

–¡Ah!, ¡Madame! ¡A ese M. Jules lo encuentro tan regordete, tan alegre, tan cachetón, tan gentil, que si fuera rica le entregaría mi corazón!

 

Servir al gobierno es consagrarse al sueldo.

 

La belleza en el arte es para la aristocracia. Las obras del pueblo y para el pueblo, los trabajos colectivos para una comunidad no son más que pirámides, carreteras, viaductos.

 

23, 24, 25 de octubre, en Asnières-sur-Oise

Henos aquí con los Lefebvre. Nadie más triste que ese desgraciado padre Lefebvre, semiparalizado, con apenas la inteligencia para sufrir por su carrera interrumpida, por su destitución del Consejo de Estado, por los golpes que le asesta Le Moniteur cada mañana con la nominación de sus colegas al senado o a la gran cruz de la Legión de Honor. Yo escuché una noche con sus hijos, en el jardín, sus estallidos desgarrados de niño que llora. Su indignación se ahoga en una especie de gemido. Pesar, amargura, desesperación del hombre político segado, expiando la fortuna de su carrera, creyendo en la ingratitud del gobierno, resintiendo a todos a aquellos que permanecen y trepan a los honores como si apoyaran sus pies sobre su pecho, intentando trabajar sin poder hacerlo ya, obligado, después de algunos minutos de intentarlo a empaparse la cabeza con agua avinagrada para evitar la congestión. De ahí, la tristeza recae sobre su interior.

 

Hay allí lindas muchachas muy jóvenes, como esos días en los que hace buen tiempo desde muy temprano.

 

Como la mujer de Édouard está encinta y él dice que un niño o una niña le da igual, su suegra, que ansía furiosamente un varón, deja escapar esta frase de sus entrañas:

–¡Usted no conoce lo que es la felicidad de crear un hombre!

Charlamos con Édouard de la emperatriz. He aquí la muy curiosa y muy secreta historia que me contó, y que, como vamos a ver, viene de la fuente.

Al hablar de ella con el hijo de su antiguo chambelán, el joven Tascher, que tuvo en su oficina para formarlo en la diplomacia y que ahora es agregado en Alemania, Tascher le dice que era una mezcla de contrastes, de dulzura y de violencia, y que encima de todo eso lo que dominaba en ella era la coquetería, una coquetería honesta, pero increíble, que llegaba casi a la imprudencia.

–Mira –le dice–, en uno de sus últimos inviernos tuvo la aventura siguiente: Ella coquetea en los pequeños bailes de la corte, en los bailes de máscaras, con un hombre joven, lo inflama con arrumacos, con miradas, el joven se siente alentado a escribirle. Y no se detiene ahí. Le responde. El joven se vuelve loco, tan completamente loco, que un día se acerca a una recamarera española de la emperatriz en las Tuileries, y le dice que se quedará ahí hasta que haya hablado con la emperatriz, sostiene que sabe perfectamente lo que hace y adopta la actitud de un hombre que tiene derecho a esperar, a exigir esa entrevista con la emperatriz. Esta insistencia, esta exigencia, esta actitud casi conminatoria del joven, testarudo, inconmovible, con una pistola con la que amenazaba matarse, provoca gran emoción en la emperatriz. Tuvo, sin embargo, la prudencia de no aparecer. El hombre, no obstante, permanecía allí sin querer irse. En las habitaciones de la camarera, todo el castillo lo supo. Se quedó ahí 48 horas. Se le amenaza con ser conducido por la guardia. Responde que se matará antes de que llegue. Por fin, sin saber qué hacer, la emperatriz resuelve confiar en el emperador e ir a confesarle todo. El emperador envía a Bassano quien, a fuerza de ruegos, logra que el joven abandoné las Tuileries. Fue conducido a su país bajo escolta. Bassano hizo, incluso, un viaje a su país, un viaje diplomático para recuperar las cartas de la emperatriz. Logra devolverlas.

–Era un extraño, un oriental, un cabeza ardiente –añade Tascher para finalizar–. ¡Ah! Sé quién es, creo adivinar. Era Kalergis, el hijo del enviado de Grecia.

–¡Sí!

Al llegar, M. Lefebvre, quien, hasta ese momento no había jamás pensado en besarnos, extiende casi animalmente la cara para besarnos. Triste cosa, que la afectuosidad vuelva al hombre junto con la inteligencia que se va.

 

Miércoles 28 de octubre

En Saint-Gratien, la última comida de la princesa, que regresa mañana a París. Rostizándose los pies y un poco de la pierna en un descanso de hombre adosado a la chimenea, la princesa se enfurece contra los mimos y la presente adulación a los niños:

–El otro día, por una buba que le salió a un niño en el trasero, la familia vino al campo. Vinieron a verme para pedirme mi camisón y mandar a hacerle uno parecido a ese pobre pequeño que tenía una erupción en el trasero… ¡Los miman, los bañan! Y bien, ¿cuándo ellos tengan los pies sucios? ¡Se los lavarán a los veinte años! Es necesario que los niños lo hagan. ¡Nosotros no fuimos educados así, nosotros!… Cuando veo a Benedetti besar la mano de su hija, ¡tengo ganas de darle una bofetada!… Yo pasé horas con una placa de fierro blanco en la espalda para tenerla plana, la sujetaban con las viejas cintas de la Legión de Honor de papá, y los pies en un bote, y el pichón y las espinacas que me hicieron comer durante tres semanas. ¡Les debemos eso a los niños!

 

Una casa donde no hay elegancia, ni distinción en algún lado, sea de la ama o de la doncella, de una pieza o de un objeto, me resulta odiosa.

 

Jueves 29 de octubre, en Croisset, cerca de Rouen

Nos encontramos, en el andén del ferrocarril, a Flaubert con su hermano, cirujano en jefe del hospital de Rouen, un bastante alto y mefistofélico muchacho, con una gran barba negra, delgado, el perfil recortado como la sombra de un rostro, el cuerpo en equilibrio sobre sí mismo, flexible como una liana… Viajamos en un coche de punto hasta Croisset, una linda habitación con fachada Luis XVI, situada al pie de una cuesta al borde de la Sena, que aquí parece la orilla de un lago y que tiene un poco del oleaje del mar.

Henos en el gabinete del trabajo obstinado y sin tregua, que ha visto tanto trabajo y de donde ha salido Madame Bovary y Salammbô.

Dos ventanas dan al Sena y dejan ver el agua y los barcos que pasan; tres ventanas se abren al jardín, donde una magnífica enramada parece sostener la colina que asciende detrás de la casa. La estantería de la biblioteca en madera de roble, con columnas salomónicas, colocada entre las últimas ventanas, se empalma a la gran biblioteca, que ocupa todo el fondo cerrado de la pieza. Frente a la vista del jardín, sobre revestimientos blancos, una chimenea que soporta un reloj paterno de péndulo en mármol amarillo, con un busto de Hipócrates en bronce. A un lado, una pésima acuarela, el retrato de una pequeña inglesa, lánguida y enfermiza que Flaubert conoció en París. A continuación, la parte superior de cajas con dibujos indios, enmarcadas como acuarelas, y el aguafuerte de Callot, una Tentation de Saint Antoine, que están ahí como imágenes del talento del maestro.

Entre las dos ventanas que dan al Sena, se levanta sobre un estípite cuadrado pintado en bronce, el busto, debido a Pradier, en mármol blanco de su difunta hermana con dos grandes tirabuzones, figura limpia y compacta que parece una figura griega encentrada en un memorial. A un lado, un sofá cama, hecho de un colchón recubierto con una tela turca y cargado de almohadones. En medio de la pieza, junto a una mesa que tiene un cofre de la India con dibujos coloridos, sobre el cual hay un ídolo dorado, está la mesa de trabajo, una gran mesa redonda con tapiz verde, donde el escritor toma la tinta de un tintero con forma de sapo.

Una persiana alegre, de aspecto antiguo y un poco oriental, con grandes flores rojas, adorna las puertas y las ventanas. Y allí, sobre la chimenea, sobre las mesas, sobre los anaqueles de la biblioteca colgados de brazos adaptados al muro, un batiburrillo de cosas de Oriente: amuletos con la pátina verde de Egipto, flechas, armas, instrumentos de música, el banco de madera en que los primitivos de África dormían, cortaban la carne, se sentaban, platos de cobre, collares de vidrio y dos pies de momia, sacadas por él de las grutas de Samoûn, y metidos en medio de folletos sus bronces florentinos y la vida petrificada de sus músculos.

Este interior es el hombre, sus gustos y su talento: su verdadera pasión es la del lejano Oriente, hay un fondo de bárbaro en esta naturaleza de artista.

 

30 de octubre

Nos lee su cuento de hadas que acaba de terminar, “Le chateau de coeurs”, una obra de la que, con toda mi estimación por él, lo considero incapaz. ¡Haber leído todos los cuentos de hadas para escribir la más vulgar de todas!

Vive aquí con una sobrina, la hija de la hermana muerta a la que pertenece el busto, y su madre, quien nacida en 1793, conserva la vitalidad de esos tiempos y, bajo sus rasgos de anciana, la dignidad de una gran belleza pasada.

Es un interior muy severo, demasiado burgués y un poco estrecho. Los fuegos son magros en las chimeneas y el tapete termina en las baldosas. Hay una economía normanda hasta en la ordinaria generosidad provinciana, la comida. Ningún otro metal aparte de la plata, que da un poco de frío cuando uno recuerda que está en la casa de un cirujano, que la sopera tal vez es el pago de una pierna amputada, y el plato de plata, de una ablación del seno.

Hecha esta reserva, que creo más propia de la raza que de la casa, la hospitalidad ahí es cordial, acogedora y franca. La pobre muchachita, atrapada entre la estudiosidad de su tío y la vejez de su abuela, tiene palabras amables, bellos ojos azules y un simpático mohín de disgusto cuando, a las siete, después del ¡Bonsoir, ma vieille! De Flaubert a su madre, la vieja abuela la conduce a su recámara para que se acueste pronto.

Permanecemos encerrados todo el día, lo cual complace a Flaubert, quien parece mirar el ejercicio con horror y a quien su madre tiene que empujar para que ponga los pies en el jardín. Ella nos cuenta que a menudo, al ir a Rouen, ella lo encuentra, al regresar, en el mismo lugar, en la misma posición, casi asustada por su inmovilidad. Nada de movimientos: él vive en su manuscrito y en su gabinete. Nada de equitación, nada de canotaje.

Todo el día, sin descansar, con una voz estremecedora, con estallidos de voz de teatro de bulevar, él nos lee su primera obra, escrita en cuarto, y que no tiene otro título en la cubierta además de Fragments de style quelconque. –El tema es la pérdida de la virginidad de un hombre joven con una puta ideal. Hay en ese joven mucho de Flaubert, de las esperanzas, las aspiraciones, la melancolía, la misantropía, el odio a las masas. Todo eso, excepto el diálogo, que es inexistente, es de una fuerza sombrosa para su edad. Hay ahí, en los pequeños detalles del paisaje, la observación delicada y encantadora de Madame Bovary. El comienzo de esta novela, de una tristeza otoñal, es algo que él podría firmar ahora. En una palabra, a pesar de sus imperfecciones, es muy poderosa.

Como reposo antes de comer, fue a rebuscar entre sus trastos, vestidos y recuerdos de sus viajes. Mueve con alegría toda su mascarada oriental; y helo disfrazándonos y disfrazándose, magnífico con su tarbouch, una magnífica cabeza de turco, con sus bellas facciones regordetas, su cutis lleno de sangre y su mostacho caído. Y acaba retirando, con un suspiro, el viejo pantalón de piel de sus largos viajes, mirándolo con la ternura de una serpiente que mira su antigua piel.

Al buscar su novela, encontró papeles en desorden que nos lee en la noche.

Es la confesión autógrafa del pederasta Chollet, que mató a su amante por celos y fue guillotinado en el Havre, con todo el detalle de su pasión.

Es la carta de una puta, ofreciendo las indecencias de su ternura a un cliente.

Es la espantosa y siniestra carta de un desgraciado que se convierte en jorobado por delante y por detrás a los tres años; después herpético en carne viva, quemado con ácido y con cantáridas, por charlatanes, después cojo, después amputado de las dos piernas. Narración sin denuncias, y terrible por eso mismo, de un mártir de la fatalidad, pedazo de papel que es todavía la mayor objeción que he encontrado contra la Providencia y la bondad de Dios.

Y embriagados por todas estas verdades desnudas, por este abismo de cosas verdaderas, nos decimos: “La mejor publicación que harían los filósofos y los moralistas, de una selección de cosas parecidas, serían los ¡Archives secrètes de l’humanité!

Apenas si hemos salido al jardín, a dos pasos de la casa. El paisaje, la noche, tiene el aspecto de un paisaje con los cabellos al viento.

 

2 de noviembre

Le pedimos a Flaubert que nos lea algo de sus notas de viajes. Comienza; y a medida que nos despliega sus fatigas, sus marchas forzadas, sus dieciocho horas a caballo, las jornadas sin agua, las noches devorado por los insectos, las incesantes durezas de la vida, más duras incluso que el peligro de las jornadas, una sífilis espantosa agregándose a todo y una disentería terrible a consecuencia del mercurio, me pregunto si no hay vanidad y pose en ese viaje elegido, hecho y rematado, para trasmitir los relatos y el orgullo a la población de Rouen.

Sus notas, hechas con el arte de un hábil pintor y que parecen bosquejos coloreados, a los que le faltan, hay que decirlo, a pesar de su increíble conciencia, aplicación y voluntad de expresión, ese no sé qué, que es el alma de las cosas y que un pintor, Fromentin, ha captado muy bien en su Sahara.

Todo el día nos las lee; toda la tarde nos habla de ellas. Y tenemos, al final de esta jornada de encierro, la fatiga de todos los países recorridos y de todos los paisajes descritos. Como reposo, él no ha fumado más que algunas pipas que quema rápido, y sin dejar de hablar de literatura, de pronto intentando reaccionar con algo de mala fe contra su temperamento, dice que hay que apegarse al arte eterno y que especializarse es impedir esa eternidad, que lo especial y lo local no pueden producir arte puro. Y cuando le preguntamos a qué le llama bello:

–¡A lo que me hace sentir vagamente exaltado!

Por lo demás, sobre todas las cosas, tiene tesis que no pueden ser sinceras, opiniones de parada y elegancia exquisita, paradojas de la modestia y de rebajamiento verdaderamente exagerado frente al orientalismo de Byron o la fuerza de las Affinités électives de Goethe.

Suena la medianoche. Acaba de contarnos su gira por Grecia. No quiere dejarnos todavía, quiere charlar todavía, leer todavía, nos dice que a esta hora comienza a despertarse y que se acostaría a las seis si no tuviéramos ganas de dormir. Ayer Flaubert me dijo: “Yo no cogí de los 20 a los 24 años, porque me prometí no coger.” He ahí el fondo y el secreto del hombre. Un hombre que se impone a sí mismo la abstinencia no es un hombre de instintos, no es un hombre que habla, que vive, que piensa naturalmente. Él se modela y se forma de acuerdo con ciertas vanaglorias, ciertos orgullos íntimos, ciertas teorías secretas, ciertas reverencias humanas.

 

No hay palabras más graciosas, y profundas, que las de Mme de Dino, las que le dijo a Montrond, creo, en un castillo: “¡Pero sería más simple que en lugar de atravesar todos los corredores que yo vaya a su recamara, en lugar de comprometerla a venir a la mía! –Sí, ¡pero usted podría morir en la mía!”

 

A propósito del Capitaine Fracasse, nada hay más chocante en un libro que la realidad de las cosas contraste con lo novelesco, lo convenido, lo falso de los personajes. Todo lo material es detallado, vivo, presente; todo lo demás, diálogos, personajes, intrigas, es convencional. Ve uno el muro, de los héroes la sombra. El héroe mismo se borra, se evade, se difumina en lo vago, en lo falso. Defecto enorme de este género, el cual, mediante el empaste, hace marchar el paisaje, la casa, el departamento, el traje sobre el hombre, el hábito sobre el personaje, el cuerpo sobre el alma.

 

8 de noviembre

Scholl cae a su manera en nuestra casa, con su campanillazo de acontecimiento y de tromba. Viene a presumirnos a su nueva amante, la Barrucci, y nos invita, de una forma que no podemos rehusar, a cenar esta noche en casa de ella:

–Verás, querido amigo, un lujo… ¡es repelente! Yo llevo mi pipa de madera para fumar en su recámara.

Es en el barrio de las grandes damiselas, en el número 120 de la avenida de los Champs-Élysées donde ella reside, en el primero, en el que los postigos dejan filtrar la luz de una fiesta. El lujo, el fasto, se anuncian desde el habitáculo del portero y te conduce hacia ella por la gran escalera de alfombra blanca, poniéndote bajo la mano una barandilla de terciopelo.

Una gran librea abre; y de una antesala con la luz atenuada por el tapiz y las cortinas, entramos a un gran salón blanco, el techo pintado de cielo, con cortinas, muebles y lámparas de pantallas rojas. Una pequeña jardinera, en imitación de esmalte tabicado, se levanta en medio de un diván redondo. Lunas del más rico mal gusto siglo xvi, repisas y mesas, con esculturas de Venecia que parecen haber sido hechas a patadas de raíces y cepas frondosas. Aquí y allá grandes jarrones de imitación de Faenza, que uno compra con los peores mercaderes de sajonia moderna y de marquetería; y en un lugar de honor, bajo una urna, una horrible copa de Froment-Meurice de plata tostada, de follaje esmaltado, lamentable imitación de Benvenuto. Sobre el terciopelo del pedestal que la sostiene, hay, en oro, una N que remata la corona imperial; y en la copa se lee, grabado, Napoléon III. Eso representa, sin duda, una noche de amor de nuestro emperador.

La Barrucci es una mujer muy alta, delgada y esbelta. Tiene grandes ojos negros, un aire de viva cordialidad, los rasgos de la pequeña belleza italiana, esa simpática pronunciación de una linda extranjera que estropea el francés. Ella está ataviada con un vestido sin escote de terciopelo azul claro, bordado de petigrís. Las luces de las arañas, en todos los surcos de los pliegues, producen como reflejos de felpa y blancura de escarcha. Y las caricias del resplandor que cae de todas partes y de lo alto sobre sus hombros parecen verter ahí, como sobre el terciopelo de un retrato de La Tour, el polvo caído de una peluca. Sobre la cabeza tiene una redecilla azul del mismo tono que su vestido, con una rosa roja prendida a un costado. Es, por completo, un lindo pastel.

Está ahí, Albéric Second, Royer; y llega una mujer, una amiga, un adefesio horrible, como esas mujeres saben escogerlas, una gorda Émilie Williams, que llega de Argenteuil, de donde, a pesar de la lluvia, ha remado toda la jornada con un tal M. de Nivière.

La comida es suntuosa, insolente. Al desplegar la servilleta, la mano palpa los soberbios bordados de las iniciales y la corona de la dueña de la casa, repetidas en los platos y en los vasos, en los que el vidrio desaparece bajo el grabado. La vajilla llena el aparador; grandes platos de mayólica están adheridos a los muros como escudos. Sobre la mesa, hay una exhibición de cestos de frutas y piezas trufadas bien provistas. Aquello comienza con sopa de tortuga, con auténticos pedazos de tortuga, después trufas, faisanes con espárragos en rama, platos de monstruosos cangrejos de la Meuse. Los vinos, el château-Yquem, el les-d’estournel, el château-margaux, la primera cosecha del Rhin. Todo acompañado por entradas que dejamos. Hay un alarde en todos esos apetitosos pimientos sazonados con pimienta, calientes, atacados. Caviar, aceitunas rellenas, pimientos a la italiana, mortadela –lujo de especias que encuentra uno en todas las comidas en casa de damiselas y cuyo gusto va, en esas mujeres, de la Barrucci al burdel.

En esa comida, aplastante, de lujo, y que hace pensar involuntariamente en el miserable que no tiene qué comer, Scholl, ese pequeño bordelés, ese pequeño gran hombre de provincia, en la magra cocina paterna, cuyo mayor lujo eran los huevos a punto de nieve, Scholl se compadece y no encuentra nada que le sea suficiente. Él se hace el descontento en esa comida de sueño, dice que no tiene nada que comer y pide estofado de res. Es el granuja vengándose de ese lujo tan nuevo e inesperado, burlándose de él para ponerse a su altura. Por lo demás, ha comprendido bien ese mundo, ese mundo de mujeres sobre las cuales es preciso poner el tacón de las botas, un mundo que no se somete más que mediante la insolencia y que es necesario dejar atónito con exigencias. Cuando él se ha hecho el malvado, el descontento, cuando ha escupido sobre algo, hay como un arrobamiento en las mujeres, como madres con un niño echado a perder. Ellas se vuelven y te dicen: “¡Vaya, niño mimado! ¡Hay que hacer su voluntad!” Y la otra, con un gesto frío, la mirada adusta, ¡no le hace ni el regalo de una sonrisa! Durante ese tiempo, el servicio se afana con él. Aparece el celo de los sirvientes con el amante de Madame, y veo a cada instante llenar su plato y cubrirlo con trufas para el grandulón favorito que tiene en su actitud algo de malandrín y charlatán, mitad asaltante de transeúntes mitad lacayo de la Eau marveilleuse.

Después de comer, la Barrucci, a la que podríamos bautizar buena y tonta, nos lleva a ver su recámara. Es una gran caja acolchada, bordada, con franjas de fuego ribeteadas de raso color pensamiento –¡uno de esos prodigios de la tapicería de los que es imposible imaginar el precio! Hay un lecho Luis XVI muy amplio para que el Pactole duerma; y en el fondo del lecho, en la cabecera, una horrible copia de la horrible Vierge à la chaise de Rafael. ¡Buen lugar para esa obra maestra!

Ella nos muestra todo con la mímica y la vivacidad italiana, nos dice que ella es un poco artista, que ella hizo el diseño.

Después volvemos al salón y, como no sabemos qué hacer, pedimos visitar, como un lugar histórico, los lugares donde se desarrolló el asunto Calzado. Regresamos, y la Barrucci, para resultar agradable a la sociedad, le pide a su gorda amiga que nos muestre su trasero, ¡que, dice ella, es muy atractivo! La amiga, sin desconcertarse mucho, se muestra indecisa. Después de vacilar un poco, dice que no está de ánimo, que, ¡Dios mío!, estaría dispuesta a mostrárnoslo en particular, pero que así, en ceremonia, sería estúpido…

Por ahí, Scholl busca y rebusca en la montaña de cartas apiladas sobre la chimenea en una gran bandeja engastada de China, nombrando y bromeando a todo lo alto con los nombres que se encuentran ahí. Está casi toda la alta sociedad; hay cartas de la corte, cartas de Bonaparte, cartas blasonadas del faubourg Saint-Germain, y de lo mejor. Toda la diplomacia francesa y europea está ahí por completo. Nunca tuve una mejor idea de las ramificaciones del poder, de la sorda apoteosis de esas mujeres, que escuchando remover así esas relaciones por su amante, dando con orgullo el espectáculo de los conocidos de su amante.

¿Y por qué toda esa adoración? Hay algunas altas cortesanas que me ha sido dado conocer. Ninguna sobresale, para mí, de la clase de las prostitutas. Ellas no te dan más que las damas de burdel. Que ellas salgan de donde las otras no salen nunca, me parece que ellas lo resienten siempre, y que con sus gestos, sus palabras, su amabilidad, te regresan siempre ahí. Ninguna, hasta ahora, me ha parecido de una raza superior a las de las mujeres de la acera. Yo creo que ya no hay cortesanas, y que todo lo que queda son damiselas.

 

Lunes 9 de noviembre

Comida en el restaurante de Magny. Gautier expone la teoría, que es la suya, de que el hombre no debe mostrarse afectado por nada, que eso es vergonzoso y degradante, que no debe mostrar sensibilidad, y menos en sus amores –que la sensibilidad es un elemento inferior del arte y la literatura–. Paradoja en la que él, me parece, se muestra muy interesado y en la que se apoya, según él, para suprimir el corazón en sus libros…

–Esta fuerza que tengo se debe al estoicismo de los músculos al que he llegado. Hay una cosa que me ha servido de lección. En Montfaucon, me mostraron un día unos perros. Era necesario pasar justo en medio del camino y sujetarse los faldones del redingote. Eran perros guardianes, perros educados para la vigilancia, para los castillos, para las fincas. Cuando les ponían un asno en el camino y los soltaban, en cinco minutos el asno estaba pelado, limpio, la pura osamenta… Me hicieron pasar junto a otro compartimiento de perros. ¡Ésos tenían miedo! Te lamían el tacón de tus botas:

–¿Son de otra especie? –le pregunté al hombre.

–No, Monsieur, son absolutamente de la misma; pero a los otros los alimentamos con carne, a éstos sólo los alimentamos con pan.

Eso me aclaró todo… yo comía diez libras de carnero al día e iba a la barrera todos los lunes a esperar la llegada de los yeseros para apalearlos.

 

Taine, que tiene un aire de clérigo en esta mesa y en el mundo, apretujado en su traje negro –con el aire de regresar de la Universidad de Oxford por el Monte de Piedad–, nos dice que ahora la especulación de Hachette es la de encargar libros, libros adecuados al gusto y las necesidades del público, libros que se venden por el tema y el título, lo que lo dispensa de la necesidad de un nombre, de talento. Los éxitos de ventas y de dinero parecen engolosinarlo. Habla con envidia de Michelet, quien, editándose a sí mismo, y con una mujer que entiende de negocios, se ha hecho, por lo que él dice –muy exagerado sin duda–, de una renta de 20 000. Yo veo mostrar la hilacha al hacedor de libros, siempre en busca de temas atractivos, de estudios que proporcionen beneficios.

 

Martes 10 de noviembre

–Ella lo conduce por los largos caminos en el mes de diciembre, a pesar de su reumatismo: ¡yo te pido poco! Ese pobre buen hombre, a su edad… ¡está tan bien! El otro día un ministro dijo: “¡Ah!, me gustaría que el Consejo fuera el jueves: tengo una partida de caza el miércoles.” ¡Y sí!, ¡pospuso el consejo para el jueves!  Y provocó un desorden allá, pues él viene todas las semanas a París… ¡Ella lo hace venir!

Así habla la princesa de la emperatriz y de Compiègne. Sainte-Beuve, que entra, se entera de que está invitado a Compiègne. Y al pasar a la mesa, me dice, secándose su calvo cráneo que perla: “¡Ya sudo!”

Como al lado de Nieuwerkerke. Él parece a la vez un Carlomagno y un buen doméstico tras los carruajes. Me recuerda también a un buen tolpache. Me parece, física y moralmente, el Antínoo de los hércules de feria. Tonto como una mujer: es el dicho.

 

Lo que le falta a los libros de Gautier es lo que le falta al hombre: nervios, el sistema nervioso. Lo que tienen de él es el hueso.

 

Gaiffe nos pesca en los bulevares. Siempre está a punto de publicar un diario con Peyrat. Bromea y se burla de él mismo como siempre:

–Yo le digo. “Quiere que se lo haga a lo jacobino?” ¡Pues bien, se lo hago!… Garnier-Pagès es quien me salva. Él dice: “¡Hay algo en Gaiffe!” ¡Ese cernícalo! Él dice eso, ¿comprenden?… En el periodismo es muy simple. Nunca hay que hacer una metáfora ni atacar a Béranger, eso es todo…

Lo dirijo a sus recuerdos de la guerra de Italia, a donde fue enviado como periodista. Me habla de los heridos, de lo que sobre todo él notó en ellos: los ojos, la mirada larga y dulce, triste, infantil, engañada, como de una niña a la que le hubieran estropeado su muñeca. Después me describe un campo de batalla con la simetría, la disposición ordenada de los muertos, con sus pequeñas sombras, los rasgos, incluso de los que están hinchados, llenos de paz; y la tierra endurecida sobre todos los campos de batalla, sin terrones, apisonada, como piso de granero.  Me describe también al capellán jadeante, distribuyendo a la carrera las absoluciones en el área de los heridos, quienes lo siguen con la mirada como a la pierna de cordero en una mesa de huéspedes.

Un día, él comía en el estado mayor. A algunos pasos de él había un oficial austriaco herido, que un viejo, sin duda un antiguo doméstico, con lágrimas en los ojos hacía beber. El joven hombre rechazaba la bebida con la mano en la que un dedo tenía una sortija con escudo. Con el movimiento que hizo, un poco de la taza cayó sobre su túnica. Entonces, con un movimiento encantador, le da al viejo una palmada de regaño amistoso en la mejilla, y con ese gesto murió.

 

23 de noviembre

Vamos a agradecerle a Michelet, a quien jamás habíamos visto, las halagadoras palabras que nos dedicó en su Régence.

Es en la rue de l’Ouest, al final de Luxemburgo, una gran casa burguesa, casi obrera. En el tercero, una pequeña puerta con una sola hoja como la puerta de un comerciante en domicilio. Una criada abre, nos anuncia, y entramos como a un molino, a un pequeño gabinete.

El día ha caído. Una lámpara, con una pantalla, permite percibir un mobiliario en los que la caoba se mezcla con algunos grandes objetos de arte, vagamente hielo esculpido. Eso se parece, sepultado en las sombras, a un mobiliario de burgués acostumbrado a las subastas. Su mujer, una mujer cuya cara muy fresca no tiene edad, se mantiene a un lado del buró en el que hay una lámpara, dándole la espalda a la ventana, derecha, sentada en una silla con la pose un poco rígida de una tenedora de libros de una librería protestante. Michelet está sentado en medio de un sofá de terciopelo verde lleno de cojines con bordados femeninos.

Él es como su historia misma: las partes bajas en la luz, las altas en las sombras. El rostro, sólo una sombra, en la que largos cabellos blanquean y de donde sale una voz… una voz profesoral y sonora, rodante y cantante, que se pavonea, por decirlo así, que asciende y desciende y produce como un arrullo grave.

Nos habla con “admiración” de nuestro estudio sobre Watteau, de esa historia tan interesante que falta, la del mobiliario francés. Y nos bosqueja con viva plática de poeta, la habitación del siglo xvi, a la italiana, con las grandes escaleras en medio del palacio, luego los grandes rellanos permitidos por la desaparición de la escalera, introducidos en el hotel de Rambouillet; después el Luis XVI incómodo y salvaje; después los maravillosos departamentos de los recaudadores generales, a propósito de los cuales se pregunta si fue el dinero de los recaudadores generales o el curso del tiempo o el gusto de los obreros lo que los hizo nacer; después nuestros departamentos modernos, incluso de los más ricos, serios, desamueblados, desiertos.

Después: “Ustedes, señores, que son observadores, ustedes escribirán esta historia, la historia de las camareras… No les hablo de Mme de Maintenon, pero tienen a Mlle de Launai… tienen a la Julie de Mme de Grammont, que tuvo sobre ella tanta influencia, en el asunto de Córcega sobre todo… Mme du Deffand dijo en algún lado que sólo había dos personas a las que se sentía ligada, d’Alembert y su camarera… ¡Oh! Es algo curioso e importante la parte de la domesticidad en la historia… Los domésticos masculinos han tenido menos influencia…

”¿Luis XV? Un hombre de espíritu, ¡pero una nulidad, una nulidad!…

”Las grandes cosas de este tiempo sorprenden menos, se nos escapan, no las podemos ver. No vemos el canal de Suez, no vemos la perforación de los Alpes… El ferrocarril, no vemos más que a una locomotora que pasa, un poco de humo… ¡y ese camino tiene cien leguas!

”¡Sí! Las grandes cosas de este tiempo, no ve uno el tamaño… Un día atravesé Inglaterra por su parte más larga, de York a… Yo estaba en Halifax. Había aceras en el campo, una hierba tan bien cuidad como la acera y los borregos que pasaban de largo –¡todo eso iluminado con gas!

”¡Oh!, es algo muy singular: ¿han notado que en este tiempo los hombres célebres no tienen la notabilidad en su fisonomía? Vean sus retratos, sus fotografías. Ya no hay bellos retratos. Las persona notables ya no se distinguen. Balzac no tiene nada característico. ¿Reconocerían ustedes, por la imagen, a M. de Lamartine como autor de sus poemas? No hay nada en la cabeza, en los ojos apagados… solamente una elegancia de porte que la edad no ha debilitado… es que en este tiempo, entre nosotros, hay demasiada acumulación. Sí, ciertamente, hay más acumulación que en otro tiempo. Nosotros contenemos más de los otros; y entonces, al contener más de los otros, nuestra fisionomía nos es menos propia. Somos más retratos de una colectividad que de nosotros mismos…”

Él ha removido ideas como ésa, como con la mano, durante casi veinte minutos, siempre con esa voz… Nos levantamos. Él nos conduce casi a la puerta; y entonces, bajo la luz de la lámpara que porta, se nos aparece, un momento, este prodigioso historiador del sueño, este gran sonámbulo del pasado, este poderoso conversador que acabamos de oír: nosotros habíamos visto a un pequeño anciano delgaducho, bullicioso, con las manos sujetando su redingote sobre su vientre, con un gesto riguroso, sonriendo con sus grandes dientes de muerto y dos pequeños ojos claros, la estampa de un viejo malo, de un pequeño rentista gruñón, con las mejillas barridas por cabellos blancos.

Escucho en la comida, en el restaurante de Magny, al cura Sainte-Beuve, inclinado sobre la oreja de Flaubert, decirle: “Renan vino a comer el otro día a casa de Mme de Tourbey. Estuvo muy bien… encantador…”

Incluso aquí, en nuestra mesa de escépticos, eso ha provocado un pequeño escándalo. Que todos nosotros, que no cimentamos ni religión ni duda, que no fabricamos ni desfabricamos a Cristo, que no tenemos ropa de apóstoles, vayamos allí algún día está bien. Pero que esta especie de sacerdote de la filosofía coma ahí esa sopa, ¡la sopa de Jeanne! Es divertido por la ironía que encierra.

Al salir de allí en peregrinación, con el paso lento y oscilante de un elefante que, después de una travesía, se acuerda del balanceo –es el paso del Gautier de hoy–, Gautier, feliz y halagado como un debutante por los halagos que acaba de dedicarle Sainte-Beuve, se queja de que no mencionó, al examinar su poesía, los poemas en los que ha puesto más de sí mismo: Émaux et Camées.

Se queja de esta aplicación del folletinista en encontrar en él un lado amoroso, sentimental, elegiaco, al que él le tiene horror. Dice que, ciertamente, en los treinta volúmenes que se ha visto obligado a gestar se ha visto forzado a darles a los burgueses la satisfacción, aquí, de los sentimientos; allí, del amor. Gautier agrega:

–Los dos sentimientos verdaderos de mi obra, las dos verdaderas grandes notas, son la bufonería y la melancolía negra –la jodidez de mi tiempo me ha hecho buscar una especie de exilio.

–Sí –le decimos nosotros–, tienes la nostalgia del obelisco.

–¡Eso es! Y es lo que Sainte-Beuve no comprende. Él no comprende que nosotros cuatros somos enfermos: lo que nos distingue es el sentido de lo exótico. Hay dos sentidos de lo exótico. El primero te proporciona el gusto de lo exótico en el espacio, el gusto de América, de la India, de las mujeres amarillas, verdes, etc. El segundo, que es más refinado, una corrupción suprema, es el gusto de lo exótico en el tiempo. Por ejemplo, Flaubert, él querría coger en Cartago, tu querrías a la Parabère; y a mí nada me excitaría más que una momia…

–¡Pero cómo quieres –le decimos– que el padre Sainte-Beuve, a pesar de su pasión por comprenderlo todo, comprenda un talento como el tuyo! Para comenzar, es muy amable, sus artículos son de una literatura amable, es muy ingenioso, ¡y eso es todo! A pesar de sus pequeñas pinceladas, su mezquino chismorreo escrito no ha bautizado un hombre, ni ha dado la fórmula de un talento. Ninguno de sus juicios ha acuñado, vaciado en bronce, la medalla de una gloria… Y a ti, con todo su deseo de serte agradable, ¿cómo podría ponerse en tu piel? Todo tu lado plástico se le escapa. Cuando describes un desnudo es como un onanismo de la línea. Acabas de decirnos hace un rato que no buscas introducir la sensualidad ahí. Y para él, el desnudo, la descripción de un seno, de un cuerpo de mujer, es inseparable de la idea cachonda, de la excitación. Para él, la Vénus de Milo es un Devéria.

 

En el periodismo, el hombre honesto es al que le pagan por la opinión que tiene; el deshonesto es al que le pagan por la opinión que no tiene.

 

Leemos, estos días, las Moeurs de La Popelinière, que se lanza al final a un mar de indecencias picarescas. Nos parece, al leerlo, ver a las mujeres del pintor Baudouin arremangarse las faldas en todo momento para convertirse en anatomías de Boucher.

 

27 de noviembre

Después de las grandes pestes, de las grandes redadas de seres en la Edad Media, nacieron gentes con la mitad de los sentidos: uno con un ojo, a otro le faltan los dientes, a otro el olfato, a otro el oído. Se diría que la naturaleza, acuciada a recrear, hace pacotilla para tapar bien que mal los agujeros.

La mujer que nos sirve parece haber nacido en una de esas hornadas, tanto su sentido moral como físico está en un estado esbozado e incompleto.

 

¡Qué extraño contraste! Gavarni –este Gavarni al que la posteridad representará como el maestro de la esencia de la elegancia, él que ha recogido en sus dibujos tanta seda, tanto lujo, la crema y nata de París– tiene gustos y una casa casi de obrero.

Un vaso de mercader de vinos para beber el vino le da igual. Le tiene horror, en una comida, a todo lo que signifique búsqueda, vinos de calidad superior, carnes rellenas; él llama comida distinguida a la que no tiene allí.

Vive con una madre y su hija, una providencia de cuidados y de bondad, de abnegación, dos provincianas de Limoges. La madre, con el aspecto de una vieja portera que echa las cartas; la hija, flaca como una cigarra, en un eterno vestido negro desflecado, con la apariencia de una cantante de café con el luto de una eterna miseria. Gavarni, esta inteligencia tan fina, tan distinguida, tan profunda, vive sin sufrir con la inteligencia de esas dos mujeres, en la que una, la más vieja, está casi a punto de caer en el alelamiento y el silencio de la infancia, y la otra que murmura sin cesar sobre todas las cosas. Jamás he visto un espíritu soportar con tanta paciencia la imbecilidad charlatana y de la que tengo algunas veces, al regresar a mi casa, sorpresa y estupefacción.

 

28 de noviembre

Al pasar por Luxembourg, al caer la noche: en un rincón del jardín, una vieja mujer, la miseria con sombrero, arranca febrilmente la corteza de un árbol que mete, mirando febrilmente a izquierda y derecha, dentro de su bolsa. Toda la noche, en la calidez en que estaba, fui perseguido por la idea del magro fuego de la pobre chimenea de esa anciana.

 

Esta noche, en el vodevil, en el estreno de Les diables noirs. Lía, a fuerza de obsesiones, de intimidaciones, de impertinencias, de amenazas secretas de escenas futuras, ha logrado hacernos decir, por Saint-Victor, de Berton, con el que ella se acuesta: “¿Verdad que ha actuado muy bien?”

 

Nos han contado, hace unos días, de ese saltimbanqui, Baudelaire, que ha elegido como domicilio un pequeño hotel, junto a una vía de ferrocarril, donde ha tomado un cuarto que da a un corredor siempre lleno de pasajeros, una verdadera estación. Con su puerta abierta les da a todos el espectáculo de él mismo trabajando, aplicando su genio, sus manos registrando su pensamiento a través de sus largos cabellos blancos.

 

1 de diciembre

Henri Monnier haría volúmenes con nuestra ama de casa. Ella soñó, el otro día, que era transportada por el aire por un águila, un sueño que la llena de orgullo. Consultó a un señor de la alcaldía que le dijo:

–Será usted condecorada…

–Pues sí –nos dice mientras nos mira pensar en lo que podrá ser–. En fin, una medalla, cualquier cosa…, en fin, como una condecoración…

 

2 de diciembre

En la comida, en casa de la princesa, nuestros amigos Flaubert y Saint-Victor nos atacan los nervios con su incremento de grecomanía. Bueno, llegan a admirar hasta en el Panthéon el color de ese admirable blanco, que, dice Flaubert con entusiasmo, es “¡negro como el ébano!”

La princesa habla, emocionada, del placer que tuvo al ver Les diables noirs. Regocijada por la pasión que el autor buscó y metió ahí. El chulo, en lo que Sardou ha convertido a sus héroes, es un ser simpático para ella. Las mujeres, ya lo veo, no tienen para nada nuestra moral, no tienen más que la conciencia de sus pasiones. ¿Tal vez no existen los chulos para las mujeres?

 

4 de diciembre

Hace tres días que nuestra novela, Renée Mauperin, ha comenzado a aparecer en La Opinion Nationale. Hace tres días que nuestros amigos se abstienen rigurosamente de hablarnos de ella y de que no tenemos ninguna repercusión ni de ida ni de vuelta. Estábamos un poco desesperados de que cayera en el silencio cuando, esta mañana, nos ha llegado una amable carta de Féval, que nos demostró que nuestro niño se mueve.

Luego, le puse sanguijuelas, detrás de las orejas, a Edmond, que ha estado mal de los ojos desde hace algún tiempo. Tiene una dilatación de la pupila tan fuerte como si hubiera sido envenenado con belladona. Y nuestro médico Simon se pregunta si no será el exceso de tabaco.

 

El signo de un artista innato es el desear cosas contra su instinto, como el deseo de derrocar a este gobierno.

 

Lo que me parece tener el sentido patas arriba. Espalda contra espalda fue lo que me cayó, hoy, al oído: Girardin está en Compiègne y se le considera seriamente como prefecto de policía.

 

Lunes 7 de diciembre

Al salir del restaurante de Magny, los hombres me parecen pequeños y llenos de cosas aprendidas. Bonneval, ese hombre al que el mismo Scholl se rehúsa a darle la mano, acaba de hacer un rico matrimonio; ¡y Scholl es casi un gran hombre!

La envidia se exaspera en el teatro. Hay dos grandes ejemplos y dos muy feos mártires: Dumas hijo y Barrière. Les es imposible asistir a un estreno del otro y trabajar después del éxito de alguno de ellos.

 

11 de diciembre

Al salir del consultorio del médico Magne, que acaba de examinar los ojos de Edmond, pensamos en el gran orgullo que debe proporcionar la medicina, ese combate contra Dios, y lo emocionante que debe ser esa partida de ajedrez con la muerte. Ocuparse de una enfermedad desconocida, salvar a alguien: ¡todo, después de eso, es insignificante! ¡Y junto a esta vida, que uno toca por todos lados, la literatura es cosa muerta!

 

13 de diciembre

Salgo el domingo de una reunión en casa de Flaubert, con el asombro y el disgusto de la servidumbre de las ideas que descubro en todos lados. ¡Parecen remover las paradojas, y sus paradojas son siempre un catecismo!

 

16 de diciembre

La princesa vuelve a las cinco de Compiègne, está entusiasmada con una princesa de Bauffremont, alma de las repeticiones, que dice: “¡Yo soy un viejo comicastro!” ¡Lo pregonaríamos como lenguaje de nuestra novela!

Ella habla del emperador: “¿Qué quieren? Ese hombre no es ni intenso ni impresionable. Escucha a todo el mundo: sólo son los hechos lo que lo deciden. Nada lo conmueve. El otro día le soltaron un sifón de agua de Seltz en el cuello; él se limitó a pasar su vaso del otro lado sin decir nada. Es un hombre que jamás entra en cólera; y su única palabra de enojo es: ‘Eso es absurdo.’ Nunca dice nada más… yo, si me hubiera casado con él, le habría roto la cabeza para ver qué tiene ahí dentro.”

Dice que se sintió conmovida por la quejas de miseria de Ponsard, obligado a vivir en Viena. Y sobre eso le habló al emperador, el emperador sólo contestó: “¿Dinero?, es imposible, ya le he dado cincuenta mil francos.”

Después hablamos del artículo de Beulé. Exasperación de la princesa, que engancha artículos de toda la sociedad y exclama: “¡Son ustedes unos cobardes! ¡Ustedes son como el emperador! Quiere llevarse con el mono y la cabra, ¡y verán que será comido por el mono y por la cabra!”

Aquí es interrumpida por Sainte-Beuve, quien le dice con cierta firmeza que el emperador nunca ha tomado en cuenta el pensamiento, las revistas, los diarios: que fundó una revista que él dejó morir miserablemente de hambre: que uno nunca está seguro de ser apoyado y que en el fondo no hay lugar bajo el sol sino en los diarios y revistas hostiles al gobierno: “¿Dice usted: Le Moniteur? ¡Cómo! ¡Ese Moniteur, con los rapazuelos que lo dirigen!… Yo, quien le habla a usted, he sido obligado a reconciliarme con Buloz, con el que estuve disgustado durante diez años… figúrese –aquí abro un paréntesis–. Yo le dije: “¡Es usted un ladrón!” Y frente a todo mundo. ¿Y sabe usted qué me dijo, en lugar de indignarse?… “¡Ah, usted me busca piojos en la cabeza!”

 

Esto va mal: un desastre gubernamental, un sin ton ni son más completo que nunca que favorece corrientes contrarias, a Girardin, quien apoya a Pelletan en Compiègne, el emperador le dice en el desayuno: “¡Y bien! Está usted con­tento, tiene el aspecto alegre de tener un amigo en la Cámara; ¡y yo que lo recibo tengo el rostro alargado de tener un enemigo más!”

Y además –más agudo que todo eso, más agudo que esta anarquía de la corte que permite, un día, el libro de Renan, y que al otro hace romper, en la obra de Sandeau, los bustos de Voltaire y de Rousseau– esta tirantez, esta impudente contradicción matará todo: a un príncipe que es la autoridad, a una tendencia que es la revolución.

 

17 de diciembre

Al mirar los ojos de Mme Marcille, esos dos ojos de un azul intenso, en los que las pupilas contraídas son como cabezas de alfileres negros, esos ojos extraños y profundos, claros y fascinantes, esos ojos que se podrían comparar con su aureola a esmeraldas engastadas en la fiebre, pienso en lo peligroso que sería tener muy seguido a esta mujer, peligro constituido por entero por la inmaterialidad de la persona, por este carácter sobrenatural de los ojos, por esta emaciación de los rasgos, de una finura casi psíquica, por esta distinción de una mujer de Poe parisina.

De todas las mujeres que he visto, es ésta de la que estaría más orgulloso de tener; que sería de lo más humillante no tocar, como un ser distinguido; por quien me sería más duro no ser estimado por mi valor.

Y sin embargo, si yo la amase, yo concebiría con ella un amor del que se haría una buena novela: no de posesión corporal, sino de la posesión absoluta de todo lo que es inmaterial, una posesión de su corazón, de su cabeza, de su imaginación. No estaría celoso de que su esposo se acostara con ella; pero quisiera que todas sus ternuras me pertenecieran y tal vez estaría celoso de sus niños. Ella me dice que se despierta en la noche para oír rodar los coches de punto –para sentirse en París.

 

18 de diciembre

Comida en casa de Feydeau, donde sobre la falsedad y el gran lujo se percibe el apuro, las preocupaciones de dinero, una casa en la que se siente que jalan al diablo por la cola con guantes blancos… Encantadora miniatura de mujer, pero sin que emane de ella ni inteligencia ni alegría; una especie de asiática del norte a la que envuelve un sentimiento de melancolía aburrida.

A Flaubert le ha sido rechazado su cuento de hadas, Hostein se lo ha devuelto con una especie de mandadero, sin carta, sin disculpas. El mandadero, interrogado por Flaubert, solamente ha respondido: “No es lo que M. Hostein quería.” De verdad se debería escribir sobre los teatros: Los hombres de letras no entran aquí.

 

Los parisinos tienen la cara del día siguiente de un baile de máscaras.

 

Paso la tarde sentado a la puerta del café Véron, viendo entrar a mis colegas de letras que no conozco. Todos tienen el rostro cansado, obsesionado, atormentado. Hay en los gestos una nerviosidad enfermiza. No hay una sola figura contenta ni buena.

 

Lunes 21 de diciembre

En el restaurante de Magny. Estamos más o menos completos y la disputa sobre todo es enorme.

–Boileau es mejor poeta que Racine –grita Saint-Victor.

–Bossuet escribe mal –afirma Flaubert.

Renan y Taine ponen a La Bruyère debajo de La Rochefoucauld.

Nosotros lanzamos gritos de pavo.

–La Bruyère carece de filosofía –gritan ellos.

–¿Qué es eso?

Renan vuelve sobre Pascal, a quien proclama el primer escritor de lengua francesa. “¡Un puro culo, ese Pascal!”, grita Gautier.

Saint-Victor declama a Hugo. Taine dice: “¡Generalizar la particularidad, eso es Schiller! ¡Particularizar la generalidad eso es Goethe!”

Se discute sobre la estética, se encuentra genio en los retóricos, hay luchas homéricas sobre el valor de las palabras y la música de las frases. Después, entre Gautier y Taine… Sainte-Beuve los mira con dolor y un aire inquieto. Todos hablan; y de las voces de todos surgen profesiones de fe de ateísmo, pedazos de utopías, jirones de discursos convencionales, sistemas de nacionalización de la religión. Y yo asisto al bello espectáculo de ver a Taine, quien viene de vomitar en la ventana, regresa todo verde, con hilos de vómito en su barba, profesar durante una hora, en su mareo, la superioridad de su dios protestante.

 

Martes 22 de diciembre

Comida en casa de M. Delahante, amante de toda la familia Félix. En el salón un gran retrato de su padre. Todos esos burgueses, del tiempo de Luis- Felipe, son de la raza de los Bertin. Es la burguesía que, a fuerza de comer trufas, ha adoptado la cara fruncida del animal que las busca. Cabeza baja, atenta, ocupada, arrogante; una gran amplitud de vientres; domicianos de tienda o de finanzas, sentados, en su obesidad, como en su trono.

Al lado de esta imagen de la trufa, hemos hecho la más pobre y más mezquina de las comidas. Eso me ha dado una muy triste idea del Jockey francés: ¿serán los miembros simples guasones de la gran vida?

 

Escuché de Claudin contar estas palabras, conmovedoras y dramáticas, al llegar de la casa del corresponsal universal de los diarios de provincia, Brain­ne, quien se ha vuelto loco, y encuentra que su esposa escribe toda la correspondencia, incluso los correos políticos –lo que prueba que hay, en este mundo, incluso en las letras, muchos trabajos a disposición de todos los sexos.

 

24 de diciembre

Voy a servir de testigo del acta de nacimiento del segundo hijo de Édouard Lefebvre. Hay una aridez terrible en esos actos de la vida civil moderna. La familia moderna me parece pertenecer al catastro y a la estadística.

Édouard me cuenta esta frase, imposible, de su primer hijo, a quien le mostraron a su pequeño hermano de algunas horas y que dice: “¡No llora! ¿Quieres un fuete? Voy a buscar un fuete.”

 

Hay que abstenerse los más posible de rendirle un servicio a los príncipes: los príncipes no estiman lo que vale un servicio que puedes rendirles más que si no se los rindes.

 

Todos los sentimientos humanos, y puede ser que incluso el amor, no son más que agregados o desagregados del sentimiento de propiedad.

 

30 de diciembre

He aquí nuestro día. Esta noche trabajé hasta las tres de la mañana en la escena de amor de nuestro primer acto. Después de desayunar, fui a retirar de la subasta los dibujos que compré ayer. Después corregimos las pruebas de nuestra nueva edición de la Histoire de la societé pendant la révolution. Después de eso, trepamos escaleras para limpiar con potasa los muros y las telarañas de la antesala. De tres a cuatro fuimos a tomar nuestra lección de armas. Al regresar, un mandadero nos trae del subastador un magnífico pastel de Perroneau, por el que habíamos dado una comisión el domingo, en una subasta de cuadros de la École Francaise. Nos vestimos, nos pusimos corbatas blancas, fuimos a cenar a casa de la princesa; al regresar fumamos una pipa, en adoración frente a nuestro Perroneau, colocado en la mesa de nuestra recámara.

 

31 de diciembre

Al mirar nuestro Perroneau y nuestros tapices de Beauvais, sueño que el siglo xviii tuvo en su mobiliario artístico el terciopelo.