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Diario | Edmond y Jules de Goncourt

Traducción de Armando Pinto

 

1863

1 de junio

Toda la lista de la oposición pasó en París. ¡Pensar que seríamos un pueblo ingobernable si toda Francia fuera tan ilustrada como París! Todo gobierno que disminuye el número de iletrados va contra su príncipe.

 

La anglomanía en el siglo xviii era el frac, los modales, las carreras de caballos. Hoy es la tesis doctrinaria, las novelas de Dickens, las lecciones de literatura inglesa de Villemain y de Taine.

 

3 de junio

El barrio de Saint-Sulpice es el barrio de París donde los abarroteros venden cirios.

 

Vi el cuadro del Couronnement de Joséphine, de David. No, los peores pintores de feria no habrían hecho jamás una pintura tan grotesca y tan tonta. La tribuna en el fondo es un bloque que desborda cualquier idea. Esas cabezas de hombres de la corte son monstruosas.

Delante de ella Napoleón se descubrió y dijo: “¡David, te saludo!” La venganza de este reino es ese cuadro. ¡Oh, que no muera nunca! ¡Que permanezca, que subsista para mostrar el arte oficial del Primer Imperio –tela de feria frente a la apoteosis del gran saltimbanqui!

 

Los creyentes le reconocen a Dios el darle a los órganos genitales de la mujer viva el olor que no le da al camarón sino ocho horas después de su muerte.

 

El carácter de la literatura antigua es la de ser una literatura de présbita, es decir, de conjunto. El carácter de la literatura moderna –y su progreso— es la de ser una literatura de miope, es decir, de detalles.

 

Después de un aguacero, el asfalto brilla, lavado, lleno de reflejos blancos, de resplandores, de sombras alargadas como bajo el agua; una luz suave donde todo se distingue, pero nada brilla. El cielo es de un blanco transparente. La parte alta de las casas y de los edificios chispea de rosa. Los tejados de pizarra, los troncos de los árboles de los paseos, las aceras, todo de una gama violeta.

 

El matrimonio es la cruz de honor de las putas.

 

Comida en Saint-Gratien con la princesa.

Llega ese Ésopo de Chaix d’Est-Ange, cuyo ingenio es como mordiscos de mono: “¡Oh, usted –le dice a Sainte-Beuve–, le daría el buen Dios sin confesión… pues no se lo podría dar de otra forma!” En la noche, fumando en el parque, este viejo procurador general, este iniciado en todos los secretos de familia, nos dice que, en el fondo, no hay más que hipocresía en la sociedad y que es necesario fomentarla puesto que, por poco que uno penetre en la vida íntima de la gente, uno siempre descubre no sólo adulterios sino incestos, etc.

 

8 de junio

 

Al salir de una discusión violenta con Magny, que me dejó con el corazón palpitante en el pecho y la lengua y la garganta secas, tuve la convicción de que toda discusión política se reduce a: “yo soy mejor que tú”; toda discusión literaria a: “yo tengo mejor gusto que tú”; toda discusión artística a: “yo veo mejor que tú”; toda discusión musical a: “yo tengo mejor oído que tú”. ¡Es espantoso ver cómo, en todas las controversias, estamos solos y no hacemos prosélitos! También Dios nos hizo dos: tal vez por eso.

Algo curioso: todas esas inteligencias que se volvieron contra nosotros esta noche niegan todas las bellas o grandes o buenas cosas del pasado y se remiten furiosamente al 89, al 93, al régimen actual, al sufragio universal, ¡que hace la apoteosis de Proudhomme, y de Havin, el hombre más nombrado de Francia!

En esta comida, Sainte-Beuve contó que el 24 de febrero de 1848 él tenía una cita con una lavandera: “¡Pues sí, señores, con una lavandera!” Y no pudo cruzar los puentes, detenido por el pueblo que gritaba: “¡Viva la línea!” Y que desde la casa de la lavandera vio pasar una batería de artillería: “¡Yo hubiera dado a todos los doctrinarios por una batería de artillería, los daría todavía!” Por fin encontró una habitación en un pequeño hotel donde no hacían más que preguntar por M. Autran. Eran todos sus amigos de Marsella que venían a ver su obra representada en ese momento en el Odéon.

 

Entre nosotros, en las discusiones políticas, no hay más que silencio de parte de Gautier, completamente indiferente a esas cosas que considera inferiores, y rehúsa absolutamente recordar que Sainte-Beuve lo encontró después de 1830 en una procesión conmemorativa por los cuatro sargentos de La Rochelle.

 

13 de junio

Me he enterado hoy de lo que cuesta una elección en la que no se triunfa. Le ha costado a mi amigo Louis Passy un franco por voto; 8 000 votos: 8 000 francos. Ganar sale más caro… donaciones a los municipios, bebidas a los bomberos. A su feliz competidor, M. D’Albuféra, le costó 60 000 francos.

 

17 de junio

Los dos estados más felices de la vida –el sueño de la mañana, la pipa después de la comida— son dos estados de inacción consciente.

 

Leí el Souvenir de Solférino, del médico suizo Dunant. Me transporta de emoción. Hay descripciones sublimes que tocan la fibra a fondo. Es más bello, mil veces más bello que Homero, que la retirada de los Diez Mil y que todo. Sólo algunas páginas de Ségur, en la retirada de Rusia, se le aproximan. ¡La verdad sobre lo vivo, lo amputado, sobre esas cosas, descritas y pintadas con elegancia desde el comienzo del mundo!

Veo que en las últimas guerras, de Alexandre de Rusia y de Napoléon de Francia, nos horrorizamos de los campos de batalla. ¡Síntoma nuevo! Sólo Napoléon, el primero, nacido y crecido soldado podía asistir apacible a esas cosas del siglo xix.

Uno sale de ese libro con horror, como de una ambulancia, maldiciendo la guerra.

 

18 de junio

Este gobierno, les Invalides de La Palférine.

 

19 de junio

Unas veces Dios me parece un terrible y siniestro verdugo, un atormentador, un Sade de las alturas. Otras, un farsante y un embaucador que, como aquellos que te cortan la crin de tu lecho, emponzoña todos los paraísos del mundo, los climas bellos, los países cálidos, con las fiebres, las enfermedades, los reptiles, los insectos, etc.

 

21 de junio

Gramont-Calderousse, después de que vendió el préstamo en la Bolsa, la Bolsa bajó. ¡Jamás un hombre había sido tan conocido por ser el amante de la mujer de un ministro!

 

Charles Edmond es un simpático ejemplo de comedia. El quejumbroso, el llorón –y más doliente a medida que menos desafortunado es: “Dios mío, sí, dice con un tono de crucificado, tengo un puesto de seis mil francos; y tengo todo, hospedaje, luz, calefacción… tengo un departamento de catorce pies.” Y parece beber, mientras dice eso, el cáliz hasta las heces.

Y si un niño coge su sombrero y juega con él: “¡Vete –dice con una voz de Cristo–, ve allá adentro…! ¡Hubo un tiempo en que estuve acostumbrado a todo, ahora!”

Me dicen que es una de las características nacionales del polaco.

La princesa es tan rococotière que a veces decide ir en coche de punto, con Girard, a ver a los vendedores de curiosidades. Es una habitual de Vidalenc y, como dice, al entrar en la pequeña pieza, donde hay una estufa y el gran sillón de la madre Vidalenc, “una íntima”. Ha querido comprarle el encaje de su gorro; pero la madre Vidalenc nunca quiere y le dice que se lo dejará en su testamento.

Aquí es cuando uno comprueba el poder de lo impreso y el efecto del golpe de pluma: el mínimo rasguño a la administración del museo de Louvre forma llaga.

Ella ha querido tener aquí a Sainte-Beuve, le ha ofrecido la casa a la entrada del parque, para él y su servicio. ¡Él había aceptado, pero las mujeres de su casa se opusieron! Además, habría significado para Sainte-Beuve dejar las calles de París, las lavanderas, las prostitutas.

 

22 de junio

En casa de Magny.

Gautier: ¿Los burgueses? Sucede cada cosa con los burgueses. He entrado a algunos interiores; es para taparse la cara. El lesbianismo es el estado normal, el incesto es permanente y el bestialismo…

Taine: Yo conozco a los burgueses, yo soy de una familia burguesa… Además, ¿qué entiende por burgués?

Gautier: Gente que tiene de quince a veinte mil libras de renta y que es ociosa.

Taine: ¡Y bien, yo le nombraría quince mujeres de burgueses que yo conozco que son puras!

Edmond: ¿Qué sabe usted? ¡Dios mismo lo ignora!

Taine: Mire, en Angers, las mujeres son tan vigiladas que no hay ni una que haga hablar de ella.

Saint-Victor: ¿Angers? ¡Pero está llena de pederastas! Los últimos procesos…

Jules: ¡Ellos hundieron el puente!

Sainte-Beuve: Mme Sand va a escribir algo sobre un hijo de Rousseau, durante la Revolución… será sobre todo lo que hay de generoso en la Revolución… sólo piensa en su tema. Me ha escrito tres cartas, estos días… es de una organización admirable.

Soulié: Hubo un vaudeville de Théaulon sobre los hijos de Rousseau…

Renan: ¡Mme Sand, la más grande artista de este tiempo y la más auténtica!

La mesa: ¡Oh!… ¡Ah!… ¡Hi!…

Saint-Victor: ¡Es curioso, ella escribe en papel carta!

Edmond: Ella perdurará… ¡como Mme Cottin!

Renan: Por cierto, ¡yo no entiendo el realismo!

Sainte-Beuve: ¡Bebamos… yo, yo bebo! Vamos, Scherer…

Taine: ¿Hugo? Hugo no es sincero.

Saint-Victor: ¡Hugo!

Sainte-Beuve: ¡Cómo, usted, Taine, pone a Musset arriba de Hugo! ¡Pero Hugo hace libros! Él se ha apropiado, en las narices de este gobierno que es tan poderoso, del mayor éxito de este tiempo. Él llega a todas partes… Las mujeres, el pueblo, todo el mundo lo ha leído… Él trabaja a marchas forzadas de las ocho a mediodía… Yo, cuando leí sus Odes et ballades, le llevé todos mis versos… La gente del Globe le llamaba bárbaro… Pues bien, todo lo que he escrito me lo ha hecho escribir él. En diez años la gente del Globe no me aceptó nada.

Saint-Victor: Todos descendemos de él.

Taine: ¡Permítanme!, Hugo era en ese tiempo un gran acontecimiento, pero…

Sainte-Beuve: ¡Taine, no hable de Hugo! ¡No hable de Mme Hugo! Usted no la conoció… Sólo dos aquí, Gautier y yo… ¡Pero es magnífico!

Taine: Creo que ahora ustedes llamarán poesía a describir un campanario, un cielo, a hacer ver las cosas. Eso no es poesía, es pintura.

Saint-Victor: ¡Yo la conozco!

Gautier: ¡Taine, usted me da la impresión de caer en el idiotismo burgués a propósito de la poesía, la de exigirle sentimentalismo! La poesía no es eso. Es una gota de luz en un diamante, palabras radiantes, el ritmo y la música de las palabras. ¡Ella no prueba nada, no cuenta nada, una gota de luz! ¡Así el comienzo de Ratbert, no hay en el mundo poesía como esa, tan elevada! ¡Es la cumbre del Himalaya… Toda la Italia blasonada está ahí! ¡Y nada más que nombres!

Nefftzer: ¡Hay ahí una idea, si fuera buena!

Gautier: ¡No hables! Tú te has reconciliado con el buen Dios para hacer un diario, te has colocado junto a los viejos.

Taine: Vea, por ejemplo, a la mujer inglesa…

Sainte-Beuve: ¡Oh! ¡La mujer francesa, no hay nada más encantador! ¡Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis mujeres, es delicioso! ¡Tienen una gracia, son tan amables!… ¿Ha regresado nuestra amiga? ¡Y pensar que por nada al final uno tiene una multitud de encantadoras, de estas infelices! Pues el salario de las mujeres… He ahí algo en lo que personas como Thiers no piensan nunca. Es necesario renovar el Estado por eso. Son asuntos…

Veyne: Es decir que si hubiera una Convención…

Saint-Victor: No hay forma para que una mujer viva. La pequeña Tal, del Gymnase, con cuatro mil francos por año, me dijo ayer…

Gautier: La prostitución es el estado ordinario de la mujer, lo he dicho.

Jules: ¡Pero queremos acabar con todo el comercio de lujo!

Alguien: Entonces, ¡regresemos a Malthus!

Charles Edmond: ¡Malthus es una infamia!

Taine: Pero me parece que no debe uno traer niños al mundo más que cuando está uno seguro de su sustento… Las muchachas que parten para ser institutrices en Rusia, ¡es horroroso!

Eudore Soulié: ¡Cómo! ¡Es la principal inmoralidad! Quiere usted limitar… Pues bien, si los niños mueren, que mueran; pero hay que hacerlos…

Se oye una voz: “¡Corte el pabilo!”

Otra voz: Es egoísmo.

Edmond: ¿Cómo, egoísmo? ¡No disparar!

Charles Edmond: ¡Sí!

Gautier: ¿Su amante es estéril?

Charles Edmond: ¡Sí!

Risas.

Saint-Victor: ¡Dios mío, es la naturaleza, es el gran Pan!

Una voz: Y la naturaleza se venga cuando…

Aquí, a Sainte-Beuve se le ponen las orejas como cerezas. ¡Un espectáculo! Vamos a la cuestión de la propiedad literaria:

Gautier: Hice un discurso tan bueno en la comisión que poco faltó para que hiciera pasar el principio de retroactividad.

Sainte-Beuve: ¡Cómo! ¡Eso no tiene sentido! Yo estoy, en principio, contra toda propiedad. Yo vendo todos los años una pequeña cantidad de volúmenes. Eso me sirve para darles algunas pequeñas cosas a las damas… Los regalos de fin de año, son tan gentiles, que uno no puede…

El nombre de Racine se suelta desde un asiento.

Nefftzer a Gautier: Tú, tú has hecho hoy una infamia. Has alabado esta mañana, en tu folletín del Moniteur, el talento de Maubant y el de Racine.

Gautier: Es cierto, Maubant tiene mucho talento… pedí una medall… Mi ministro tiene la idea idiota de creer en las obras maestras. Entonces, menciono a Andromaca. Por lo demás, de Racine, que hace versos como un cerdo, no he dicho una sola palabra elogiosa de ese ser…

Se habla de una cierta Agar en ese género de diversiones…

A partir de este momento, Gautier no se dirige a Saint-Beuve más que como mi tío o el tío Beuve.

Scherer (espantado, mirando la mesa desde lo alto de sus quevedos): Señores, los encuentro de una intolerancia… proceden por la vía de la exclusión. En fin, ¿qué es lo que hay que hacer? Reformar, combatir sus opiniones instintivas. El gusto, eso no es nada, no hay más que juicios. Es necesario juzgar…

Jules: ¡El gusto, por el contrario, y nada de juicios! El gusto es el temperamento.

Saint-Victor (tímidamente): Yo debo reconocer que tengo debilidad por Racine.

Edmond: ¡Eh! Bien, eso es lo que siempre me ha sorprendido. Que a uno le guste la ensalada con mucho vinagre y al mismo tiempo la ensalada con mucho aceite, Racine y Hugo.

Barullo final.

Una voz: ¡No se oye!

Gavarni: ¡Se oye demasiado!

Exeunt.

 

Miércoles 24 de junio

Visita a Feydeau, en la parte alta de la rue Clichy. Un departamento de damisela y artista, un lujo de chucherías infectas, una artistería de especulador, por decirlo así, con un no sé qué que suena a falso y parece turbio, que huele a hombre-puta. Sobre un mueble de Boulle, todo carmesí, los libros de Feydeau, levantados en gran in quarto, como para engrandecerse por el formato.

Feydeau en chaquetón rojo, sentado en un sofá, los pies extendidos sobre una silla, durmiendo. Lo sacudimos, se despierta. Se ha puesto, el mismo día en que ha terminado su última novela, a escribir otra. Naturaleza de buey; se levanta a las cuatro de la mañana.

Su esposa entra, su hijo con su nodriza. Su mujer, la cabeza pequeña que ha pintado Ricard. Un acento de Polonia que parece un acento creole del Norte, una suerte de gorjeo en el habla. Esta acogida familiar y encantadora al extraño te hace entrar de inmediato, como de la mano, a la intimidad de su vida.

Y henos ahí, hablando amablemente, seductoramente, del aburrimiento de estar casada con un hombre que se acuesta a las ocho; se lamenta de no haber salido en diez años al mundo en la noche; de sus veladas frente a la lámpara en el comedor, sin poder recibir, con su marido acostado en el diván en la sala.

Hay una camarera, rubia, amarilla, sosa, una especie de Herodías moscovita, que atraviesa todo con la impasibilidad de las muchachas que sirven en el vicio, de los muchachos del café que atienden los excusados –algo de automático, de insensible y cruel.

Una hora después estamos en el parque de Saint-Gratien. Al final de una alameda, la princesa en un vestido de fular pajizo, con las manos detrás de la espalda a la Napoléon, en la penumbra que provoca la luz detrás de alguien, habla con el prefecto de la policía. Un perro pequeño la sigue, sobre cuatro patas como alambres, con dos ojos saltones –perro de princesa, arrogante y susceptible, ladrando con la familiaridad a la gente que lo mira.

–¡Y bien, aquí de nuevo! ¡Ah! extraño a Rouland… le he escrito… ¿Qué es de M. Duruy, Monsieur Giraud? –le pregunta al antiguo ministro de la Instrucción pública. Giraud inicia el elogio de Duruy y cita las palabras de su rechazo a la plaza de inspector general, rechazada por Duruy como si pidiera un favor muy grande.

–¡Vamos, está bien! Siempre nos sentimos emocionados por sus bellas palabras. ¡Ahora, el reverso de la medalla! ¿Cómo será en la Academia?… ¡Ah!, he aquí a Saint-Beuve. ¡Vamos, Sainte-Beuve, infórmenos, rápido! ¿Qué sabe usted de M. Duruy?

–Bueno –dice Sainte-Beuve, con una sonrisa vaga–. Él es muy amable, está bien físicamente, lo que no tiene consecuencias.

–¡Vamos, vamos, queremos más. No eso!”

Sainte-Beuve retoma el punto.

–Pues bien, él ha escrito los compendios que ustedes conocen…

–Yo creo, ustedes recordarán, que hablamos de eso en la comida… Yo compré diez…

–¡Ah, bien –dice alguien–, eso lo hará quedar bien con él!

–¡Pero vayamos al lado malo, ahora!

–Pero, princesa, no hay nada malo en eso… hay una mujer…

–¿De qué nos habla? ¿De su mujer?

–¡Ah, princesa, perdón! Una mujer que él conoció, creo que de la época de su primer marido… Ella ha permanecido bella, es agradable… Y bien, creo que le ha servido algo… Y además creo que ha ayudado un poco al emperador en su César.

–Sí, sí –dice la princesa–. Recuerdo que un día el emperador me preguntó si yo conocía a alguien que pudiera remplazar a Mocquard: “Él se fatiga muy rápido, ahora, Mocquard… yo tengo a M. Duruy…” En fin, ¡era un cambio extraño! Yo aprendí de esa manera, ayer al regresar de Versailles, donde me he divertido mucho… La Valette cayó en mi casa toda enharinada. Me hizo una escena porque no me trepé en el cambio del ministerio… ¡Ah! los hombres políticos… ¡ya tengo suficiente! ¡Todos ellos me aburren! Y además, encuentro que siempre cambian los hombres y para nada las cosas. Aquí yo me escapo. –Y subiendo la escalinata: “¡No miren, no tengo calzón!”

Comemos, después charlamos mientras fumamos. Sainte-Beuve se queja de ser viejo, le decimos que él jamás ha sido joven. “Es verdad –dice la princesa–. Él ha roto ya con un montón de tonterías, de ideas tristes… Me gusta más lo que hace ahora… Bueno, es verdad, sus artículos ahora son de una libertad… él chapotea en la verdad.” Un poco ruborizado por el elogio: “Dios mío –dice Sainte-Beuve–, la crítica, es decir, todo lo que le pasa a uno por la cabeza, no es más que eso.”

La puerta del fondo se abre, Nieuwerkerke aparece, viene de Fointainebleau.

–¿Ha comido?

–No, perdón, princesa, ¡me fui como un ladrón!

–Vaya rápido a comer y vuelva a contarnos las noticias.

Nos sentamos en la escalinata, fumando bajo las damas. Boitelle nos dice:

–Vengan aquí, porque para fumar es necesario tener la espalda apoyada, es muy importante. Se trata de estar bien, es la vida. A partir de ahí regresamos a esa idea, de estar bien, de beber bien, de comer bien, de beber y comer religiosamente, porque beber con distracciones…

–¡Si –digo–, no oímos el buen vino!

–¡Oh!, por supuesto, todas las personas inteligentes salen con eso.

Y veo liberarse la pose, la sonrisa sensual, las palabras, la filosofía de ese prefecto de policía, que no ama del arte más que lo gracioso y a todos los bribonzuelos de la pintura, soltar la filosofía de una parte de los hombres de este gobierno, el epicureísmo, y que puede ser, después de todo, su única gracia.

Nieuwerkerke comió.

–¡Y bien, cuéntenos lo que ha visto! ¿Qué hay allá?

–Pues, en primer lugar, sus tres primas. Y también la princesa Colonna… ¡Ella tenía un trapo de cocina sobre la cabeza! Figúrense que esta mañana llegó media hora tarde al desayuno. El emperador se paseaba y se retorcía el bigote: no está de buen humor cuando tiene hambre. Y cuando la emperatriz le dijo “La princesa Colonna, que usted conoce”, él le contestó: “Bien, pero vamos a desayunar.” ¡El éxito la echa a la juerga!

–¡Oh –dice la princesa–, no me sorprende! Y es una que se viste… Tiene la afición de ponerse un montón de cosas feas… Y, además, sus cabellos son falsas coletas. Ella tenía, el otro día, una que se había desprendido, que le colgaba sobre el cuello. Yo me dije: “¡Bien, ve, la mostrarás toda la velada!”

–¡Se desprenden de mucho por abajo, en Fontainebleau, princesa!

Una voz:

–¿Qué dice Vaillant?

–Vaillant no sabe nada. La ópera lo turba mucho, este hombre que deja caer siempre sus tirantes… Tiene miedo de recibir en cualquier momento la visita del cuerpo de baile… y luego, él que ha tenido la emoción… Sabéis que pretende que para hablar con el emperador ¡tiene que usar un pantalón forrado con tela encerada!

–¡Ah, dejémoslo entonces! Además, todo eso me da igual, aunque ahí esté parte de mis enemigos… Encontré a Walewski de una estupidez asombrosa… Me molesta que por esta pobre Agar, a quien le han hecho ya un montón de cosas desagradables… Pero, vean, ¡le diré que trate de seducir al mariscal!

–Vaya, es una idea… Yo me paseaba alrededor del estanque con mi patrón, a las once. Y entonces la emperatriz viene a llevárselo en su calesa, con sus ponis. Estuvieron en el bosque, yo no sabía qué hacer… charlamos sobre eso… Él tuvo que ir a un rincón lejano para fumar ¡en Fontainebleau!

–Y el emperador, ¿fuma? –dice Saint-Victor.

–¿El emperador? ¡Pero él no es un hombre –le responde alegremente Boitelle–, es un dios!… En eso que ustedes acaban de decir podría distinguirse algo sedicioso. ¡Es la anarquía! Hay un comienzo de instrucción ahí…

Regresamos al salón.

–Oh, su Vie de Jésus –le dice a Sainte-Beuve–, ¡nos ha molestado a Mme Fly y a mí!

Le dije:

–¡No me lea más! Eso me ha impedido pintar… ¡Vamos, es fastidioso!

–Pero princesa…

–Dejémoslo, ¡está usted encaprichado con ese libro! Es fascinante lo que dijo sobre él Sacy esta mañana. ¡Ah!, fui a ver a Sacy a Eaubonne y cuando estaba a punto de hablar del libro de Renan, me dijo muy bajito: “¡No delante de mi mujer!” ¡Ah, pues! ¿Entonces es una dama delante de la cual no se puede hablar?… En fin, este Renan no sé qué quiere.

–Por Dios, princesa… –retoma Sainte-Beuve.

–¡Ese libro es muy malo!

–Un día que hablaba con Renan, me dijo que cuando uno llega al punto de las grandes preguntas se enfrenta uno a una duda inquebrantable.

–¡Vaya! Él quiere fundar la duda inquebrantable. ¡Eso es lo que quiere su M. Renan! ¡No tiene sentido común!

–Una de dos –dice Girardin–. O a Renan le falta lógica o le falta sinceridad.

–En fin, para mí, ¿quieren saber lo que creo? ¡Él ha elegido la duda, eso es todo! ¡No, no me gusta ese libro!

 

25 de junio

El tabaco, una providencia en un siglo de actividad febril, de prodigiosa productividad. Es el láudano del sistema nervioso.

 

28 de junio

Al salir de Mabille, escuchamos en una calle lateral de los Campos Elíseos:

–¡Es un peligro, amárralo!

Es un cochero que siete agentes de policía, con mucho esfuerzo, tratan de llevar al cuartelillo del Palais de l’Industrie. Él se debate, se endurece, da patadas furiosas, embiste y patea por más atado que esté. Su voz es terrible por la cólera, la rabia, la agonía:

–¡Pedazo de cerdo! ¡Pedazo de animal! ¡En guardia!

En el cuartelillo le dice al centinela:

–¡Presente armas! ¡Cierre el ventanillo!

Me doy cuenta de que envejezco: estoy moralmente en contra del hombre arrestado por la policía.

 

El despacho del prefecto de policía, esta gran pieza donde flotan tantas cosas temibles, estos muros marcados por tantos secretos repelentes o terribles, está lleno de Boucher, de pinturas amorosas del siglo xviii, de desnudos pícaros, de indecencias alegres que cubren no solamente los paneles, de un horrible papel imperial con abejas de oro, sino también los sillones, las sillas, atestándolo todo.

–Sí –nos dice Boitelle–, cuando vemos, como yo, todo el día muebles feos, es agradable mirar de tanto en tanto una figura bonita.

Él nos muestra todo eso gentilmente, bonachonamente –incluso su desorden–, llena con sus cuadros y sus lienzos una casa de jardinero en la esquina de su pequeño jardín. Ahí una palangana, una esponja, sus cigarros; y ése es su ocio y su distracción, volver a ver y revivir los colores enmugrecidos de enigmáticas telas anónimas.

Al salir quiere que nos llevemos, como recuerdo de nuestra vista, un dibujo de Lépicié, de quien él es un gran coleccionista.

 

París, el verdadero ambiente para la actividad del cerebro humano.

 

1 de julio

Tal vez describir, en las Actrices, una de las relaciones forzadas a la Dennery; de esos hombres que pueden tener a las mujeres más bellas de París y las hacen marchar derecho por un papel, una influencia, comenzar una carrera de dama –y que están remachados a una vieja mujer que descarga sobre ellas la desesperación de los cuarenta años, les infringe castigos humillantes y las hace salir cuando sus amantes entran.

 

El consumidor hace al que le sirve a su imagen.

Los agentes de Bolsa, las putas, comparten su humor, su insolencia con los meseros de los cafés de los bulevares. A la altura del bulevar Saint-Martin, hay infiltraciones de malos comediantes y de improvisadores en un mesero que te ofrece un melón con simpatía.

En Palais-Royal, frecuentado por los ricos provincianos y los tranquilos vividores del orleanismo, el mesero proporciona el servicio humilde, discreto, silencioso de los hombres que se requieren para servir en los ministerios.

 

2 de julio

Me encuentro en lo alto de un autobús, al lado de un alcantarillero que le cuenta al cochero los peligros de su profesión: cuántos mueren por año, ahogados en las cloacas por las tormentas, cuyos cuerpos arrastrados por las aguas se descubren en el Jardin des Plantes. Él, una vez, se mantuvo dos horas aferrado con los brazos. ¡Qué de gente muere así allá abajo, en la sociedad!

 

Lunes 5 de julio

Cuando hablamos en casa de la princesa de la belleza de Mme de Maintenon, ella deja escapar su carácter en esta frase: “¡En principio, si alguien no me cae bien, lo encuentro feo!”

 

Lunes 6 de julio

En casa de Magny.

Sainte-Beuve ha entregado su dimisión como miembro de la comisión del Dictionnaire de la Académie, es decir, a 1200 francos por año, por escribir su artículo de esta mañana sobre Littré. ¡Hay pasión en el odio!

Él exige esta noche, enérgicamente, menos agentes de policía de las costumbres en las calles y se subleva fuertemente, como por pro domo sua, contra la arbitrariedad que rige a las damiselas. Demanda que un hombre honesto suba a la tribuna del Cuerpo legislativo para defenderlas y protegerlas; y M. Thiers y los otros no tendrán nada que objetar.

Encuentro por primera vez, en la Opéra, a Vacquerie. El hombre es, como su talento mismo, una mezcla de Don Quijote y de Seringuinos.

Scholl, en el foyer, con una condecoración de oficial de una orden extranjera en el ojal, la desempeña perfectamente, al punto de confundirse con un oficial de la Legión de honor. Es en ese momento el gascón en plena explosión. Le nain jaune le reportará doscientos mil francos. En Bélgica funda un periódico político para el sur. Será el representante del periódico L’Europe en París. En pocas palabras, nos dice que él no puede vivir con menos de cien o doscientos francos por día.

 

8 de julio

Veo, en casa de Palizzi, sus acuarelas, muy luminosas, muy exageradas, muy brillantes. Me dice que les proporciona su último brillo con pinturas chinas, de las cuales tiene un recipiente, y que le dan a sus tonos como un glacis de frescor y de riqueza, desconocido en nuestras pinturas de Europa.

La tarde, en casa de la princesa, a propósito de una defensa de la pureza de Daphnis et Cloe por Giraud, el antiguo ministro de instrucción pública acaba de darle un ejemplar a la princesa, quien se vuelve hacia él y con sus labios dibuja, más de lo que ellos dicen: “Es usted un viejo puerco.”

 

12 de julio

Al leer el Voyage dans l’Inde, de Soltykoff, me da tal gana de exotismo ¡que corro a comprar una piña!

 

13 de julio

Tocan. Un propio trae una carta de Sainte-Beuve, quien, sufriente, nos ruega ir a su casa para hablar de su artículo sobre Gavarni.

Después de algunas palabras de la biografía, pasamos a las litografías, a la imagen. Y es grande nuestra estupefacción al verlo leer las leyendas a contra sentido, estropeándolas, sin comprender nada, con gran ignorancia de todos los parisianismos de París. Nos pregunta qué es le plan, pide que le expliquemos ma tante, que él ignora, tanto como le clou.

En el dibujo mismo, él no ve nada, no percibe nada, no entiende la escena, no distingue quién habla ni a los dialogantes de la leyenda. Casi toma la sombra de un personaje por un personaje y tiene por un momento la testarudez cómicamente rabiosa de ver tres individuos en escena.

Y, sobre todo, necesita las explicaciones, que bebe, que anota. Se aferra a la mínima palabra que soltamos, la escribe en una hoja de papel donde hilvana su artículo con señales y lo bosqueja como un ciempiés. Se informa de otros pintores de costumbres. Nosotros le decimos: “¡Abraham Bosse!” Y él:

–¿De qué época?

–Freudeberg

–¿Cómo dices?

–Freudeberg

–¿Cómo se escribe?

Y así con todo. Agarra, recoge, traga de prisa, engulle al vuelo tus ideas. Nosotros nos quedamos espantados, molestos, con esta profunda inteligencia latente en el fondo de este hombre. No aprecia nada por sí mismo, siempre informándose –un chupador de conversaciones, un escritor de artículos al vuelo para el periódico, recurriendo a la ayuda de especialistas, de amigos, de familiares.

Van a buscarnos un coche y nosotros esperamos en su salón, frente a su pequeño jardín desolado de trapense. Sobre la mesa hay una escultura en yeso estearina de Carpeaux del busto de la princesa, carnosa y viva, a la Houdon.

Nos habla del mundo que lo rodea, de la necesidad que tiene del vecindario en su casa, de la animación en las comidas, que se desprende de la soledad que tanto le gustaba en el pasado y que ahora le horroriza. Nos habla de sus tristezas de estar solo, sus tristezas de los domingo en la tarde de antes: “Yo conozco bien a las damas de la vida, pero mis domingos en la tarde, ¿es qué ellas se ocupan de ellos?”

 

15 de julio

Vino Levallois para decirnos que Guéroult nos esperaba para convenir la publicación de Mademoiselle Mauperin en L’Opinion.

Vamos a las oficinas del diario, a ese gran falansterio de diarios de la rue de Coq. Un despacho blanco, donde hay gente muy ocupada en mangas de camisa, que abre las puertas, y una caricatura de Le Charivari en el muro: alemanes celebrando el aniversario de Waterloo y un soldado francés entreabriendo la puerta y diciéndoles que hagan menos ruido.

Acordamos con Guéroult. Se parece asombrosamente, físicamente, a Robert Macaire.

En la noche, la princesa nos cuenta que vio al duque d´Hamilton la víspera de su muerte: caminaba, hacia su departamento, con la cabeza floja, sin sentido, como un muerto que marchase dando maquinalmente apretones de mano. ¡Esa vida sin alma, ese movimiento de un cuerpo sin pensamientos, algo espantoso!

Al regresar con Gautier. Como hablamos del tipo de la mujer de mundo actual, de su estilo: “¿Admite que la emperatriz es una mujer de mundo? –dice–. Pues bien, ¿sabe que me dijo en Compiègne, al mostrarme pinturas de Chaplin en su recámara?… ‘¡Yo me pongo en mi casa!’”

 

La mirada de la mujer, ese silencio que dice todo, ¡qué misterio! Escribir un día dos o tres páginas sobre eso.

 

Una tal Mlle Thureau, la hija de un antiguo marchante de madera muy rico, que se casó con el hijo de Benoît-Champy, decía sobre las proposiciones de matrimonio: “No importa quién, siempre que me saque al mundo todas las noches.”

 

En el tren, en un rincón de nuestro vagón, hay un anciano con el botón de la Legion d’Honneur, una linda cabeza de viejo militar. Tiene un crespón en su sombrero. Es triste, de esa tristeza desgarradora, abstraída, que sigue al entierro de una persona muy querida. La sentimos, es como la corriente eléctrica de su gran dolor. Le preguntamos si no le molesta el tabaco. Al principio no entiende; luego, al comprender, hace con la mano un signo de indiferencia suprema, como si todo le diera igual y ya nada le fuera apreciable.

Lo vemos tragar sus lágrimas, sentir en sus manos la agitación y nerviosidad del pesar.

En Batignolles desciende, se levanta con esfuerzo, a sacudidas. He llevado sobre mí todo el día la sombra de su duelo de viejo. Y por ella, por esa visión, hemos permanecido tristes. Él nos ha hecho indignarnos contra Dios, que causa la muerte y el dolor de los vivos, contra Dios, malvado, y que hace incluso más mal que el hombre. El hombre, ¿qué ha hecho de malo, de torcido, de cruel? La guerra y la justicia, eso es todo. Pasa no sólo por la muerte, sino además por la enfermedad, el sufrimiento, los pesares, ¡por todas las torturas de la vida! ¡Ser todopoderoso y haber hecho esto! Sus ideas han proseguido sin refutarse entre nosotros.

 

He aquí lo que el hombre encontró en la tierra: el coito, las frutas y los animales salvajes. Todo lo demás es de su invención.

 

En la comida, en casa de Véfour, frente a mí, una pequeña mujer nerviosa, febril, inquieta, con los gestos del mono que mira desde el fondo de su refugio –mujer rara, sin clasificar, con la gracia de un animal exótico; una señorita que viene no sé de dónde, de algún Pamplemousses cualquiera. Parece escapada del Jardin des Plantes y de Paul et Virginie: el ideal del mono, como la mujer de Watteau, es algunas veces el ideal de la cerda.

 

Hay una fealdad de abyección y degradación, de raza inferior, que es estigma de los millonarios: vea a Rotschild, Pereire…

 

Gautier me contaba, el otro día, que Soltykoff, extenuado por el opio, pasa su agonía tocando, palpando, con guantes, pequeños granos, polvos de sándalo, toda suerte de cosas pequeñas de allá. Murió en olor de oriente como otros mueren en olor de santidad.

 

Voy a usar esta tarde mis guantes de Saint-Gratien en la Closerie des Lilas.

Uno encuentra ahí todavía –ahí solamente— el tipo físico de la mujer de Gavarni, la pequeña rata de París. Hay alegría burda, los calzones rosas que muestran completamente al levantar la pierna. La barahúnda, los gritos; damas que piden casualmente alfileres para arreglarse; risas verdaderas, estudiantes que como propina dan un apretón de manos al mesero, y la música de la orquesta repetida a coro por los danzantes.

 

Viernes 17 de julio

En casa de Gautier, en Neuilly

Son las ocho y media. Lo encontramos sentado a la mesa. No come sino hasta las ocho. A su alrededor su hijo y sus dos hijas, con los brazos un poco desnudos, haciendo crujir, con gestos graciosos, los cangrejos de un gran plato puesto en medio de la mesa. Y cuando los roen, exasperadas por los carapachos, los rechazan como gatas, volviéndose hacia ti, desplazan sus cabezas para hablar una sobre la otra, escalonando sus mohines y sus risas te hablan del chino con el que comieron ayer, van a buscar el zapato chino que les dio, farfullan las palabras chinas que les dijo. A esas vivarachas y menudas orientales de París, que tienen en sus gestos un no sé qué de tierna suavidad, en el talle un balanceo de harem, esa dulzura familiar de lindos animales, elegidas por la mano del raja de Lahore en la visita que le hace el príncipe Soltykoff, eso les parece como un perfume de Oriente. Ellas parecen, por momentos, un poco las hijas de la nostalgia de Oriente de su padre.

En medio de eso, de ellas, aportamos recetas de cocina cosmopolita –espinacas sobre las que se apilan almendras de albaricoques, un zabayon–. Gautier, feliz, disfruta comer, hablar, bromear, cómicamente bonachón interpela a las criadas con una solemnidad graciosa, florece como un Rabelais en familia.

Nos levantamos de la mesa y pasamos al salón. Las chicas te conducen suavemente, graciosamente, con ademanes de confianza a pequeños rincones de sombra y de intimidad. La mayor deletrea una gramática china, va a buscar su escultura, L’Angelique de Ingres, esculpida en un nabo todo arrugado, y uno no ve nada. ¡Es de risa!

Durante ese tiempo, la señora regresa con una amiga, una vieja actriz, y su marido, un oficial del que se hizo esposar. Y entonces una gran conversación culinaria se entabla… La actriz es fuerte, fuerte como una de esas mujeres galantes de Balzac, que saben todo y cocinan buenos platillos para el amante. Se discute, sobre todo, la cocción de los cangrejos. Hacemos comparecer a la cocinera y corregimos su tradición. Es como una conferencia a la Jordaens, en la que Gautier sostiene que uno puede comer bien en todas partes, incluso en España, con un puchero de jamón y huevos.

Y después de eso, caemos en el libro de Renan. Hemos compartido con Gautier nuestro desprecio por el talento literario del libro, nuestra antipatía por el autor, nuestro horror por su falso gusto y la vaguedad de la tesis sostenida, la falta de sinceridad, la confusión de ese Dios que no es Dios y es más que Dios.

–Un libro sobre Jesucristo, he aquí como tenía que hacerlo –dice Gautier.

Y se pone a esbozar un Jesús hijo de una perfumera y un carpintero–. Un mal sujeto que abandona a sus padres, que manda a paseo a su madre, que se rodea de un montón de canallas, de gente tarada, de enterradores y de mujeres de la mala vida, que conspira contra el gobierno establecido, y que hicieron bien, muy bien en crucificar, más bien en lapidar. Un socialista, un Sobrier de ese tiempo, que destruye todo, aniquila todo, la familia, la propiedad, furioso contra los ricos, que recomienda abandonar a los hijos o, mejor, no hacerlos, que disemina las teorías de la Imitation de Jésus-Christ, ocasionando en el mundo todos esos horrores, un río de sangre, las Inquisiciones, las persecuciones , las guerras religiosas; trayendo la noche a nuestra civilización al comienzo del día que era el politeísmo; destruyendo el arte, estropeando el pensamiento, de tal suerte que todo lo que le siguió no es más que mierda, al punto que tres o cuatro manuscritos, traídos de Constantinopla por Lascaris, y tres o cuatro pedazos de estatuas, encontradas en Italia, durante el renacimiento, son para la humanidad como el cielo recobrado… Por lo menos, es un libro. Puede ser falso, pero el libro tiene su lógica… Tiene incluso la tesis totalmente contraria, que igual le atribuye… ¡Pero yo no entiendo un libro entre esto y aquello!

 

Lunes 20 de julio

En casa de Magny. A propósito del libro de Mme Hugo y la época de Hernani, Gautier dice que no era un chaleco rojo lo que llevaba, sino un jubón rosa: risas…

–¡Pero es muy importante! El chaleco rojo habría indicado una inclinación política, republicana. No había nada de eso. Éramos simplemente medievales… Todos, Hugo tanto como nosotros… Un republicano, no sabíamos qué era eso… No había más republicano que Pétrus Borel… Todos estábamos contra la burguesía y a favor de Marchangy… Éramos el partido matacán, eso era todo… Hubo una escisión cuando celebré la antigüedad en el prefacio de la Maupin… Matacán y nada más que matacán… El tío Beuve, lo reconozco, siempre ha sido un liberal… Pero Hugo, en ese tiempo, estaba a favor de Luis XVII. ¡Se los aseguro!

–¡Oh!, ¡oh!

–¡Sí, por Luis XVII! Cuando me vienen a decir que Hugo era liberal y pienso en todas esas farsas de 1828… Él no se metió sino hasta después de esas marranadas… Fue el 30 de julio de 1830 que comienza su regreso… En el fondo, Hugo es pura y simplemente medieval… Jersey estaba lleno de sus condecoraciones. Era el vizconde Hugo. Tengo doscientas cartas de Mme Hugo firmadas vicomtesse Hugo.

–Gautier –dice Sainte-Beuve–, ¿sabes cómo pasamos la jornada del estreno de Hernani? A las dos, estábamos con Hugo, de quien yo era su fiel compañero, en el Théâtre-Français. Nos trepamos a un cupulino y miramos pasar la fila, las tropas de Hugo… Hubo un momento en que tuvo miedo al ver pasar a Laissailly, a quien no le había dado un boleto. Lo tranquilicé: “Yo respondo.” Y después fuimos a cenar a lo de Véfour, abajo, creo; pues en ese tiempo Hugo no tenía notoriedad pública…

–¿Desea partir? –Le dice una voz a Renan.

–Sí. –Salgo para Saint-Malo.

 

–Vea usted –me dice Saint-Beuve, llevándome a un aparte–, le tengo ojeriza. Tiene un montón de muchachas tan lindas, que uno no pediría más… ¡Y qué pasa! A fuerza de sermones y opio, él las hace morir vírgenes sin haber hecho nada, pues él, ese canalla de Dupanloup, tenía la dirección de la casa.

–Yo admiro a Jesucristo sin reservas, dice Renan.

–Pero, en fin –dice Sainte-Beuve–, hay en esos Evangelios un montón de cosas estúpidas: “Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra.” ¡Eso no tiene sentido, no es verdad!

–¿Y Cakia-Mouni? –dice Gautier–. ¿Bebemos un poco a la salud de Cakia-Mouni?

–¿Y Confucio? –Dice alguien.

–¡Oh, es un pelmazo!

–¿Pero qué hay más estúpido que el Corán?

–¡Ah! –me dice Sainte-Beuve, inclinándose hacia mí–. Es necesario haber recorrido todo y no creer en nada. No hay nada más verdadero que una mujer… La sabiduría, Dios mío, es la sabiduría de Sénac de Meilhan, que formuló en L’émigré.

–Evidentemente –le digo–, un escepticismo afable es todavía el summum humano… No creer en nada, tampoco en sus dudas… Las convicciones son estúpidas… ¡como un papa!

–Yo –dice en esos momentos Gautier al doctor Veyne–, jamás he tenido un deseo excesivo de esa gimnasia íntima. No es que esté menos bien dotado que otros. Soy un hombre, he hecho diecisiete hijos, y todos muy bellos: se pueden ver las muestras… he trabajado por encargo. Me han ofrecido diez mil francos por hacer uno… Pero coger una vez por año –les aseguro– es suficiente. Lo hago con la mayor frialdad… Podría hacer operaciones matemáticas… Y me parece humillante que una zorra pueda creer que uno tiene necesidad de caerle encima… Vea, cuando cogí con Ozy, ella tenía 18 años ¡y le aseguro que valía la pena! Bien, yo tenía una pieza en la habitación del portero. Encontré, al regresar, a las dos de la mañana, un recado suyo en el que me rogaba pasar inmediatamente a verla. Desperté a los porteros y pasé. Ella me dijo que quería saber si yo dormía en mi cama, si no dormía con alguna bella bailarina. Le dije que bien veía que no, pero por la hora que era me resultaba muy difícil irme y despertar nuevamente a los porteros. Ella me señaló un diván; después, al cabo de media hora, pretextando que yo podía tener frío, me hizo un lugar en su cama y me dijo: “Dios mío, yo lo conozco tan poco…” Me indignó que pudiera creer que le iba a caer encima, que tuviera ganas de eso. Le di la espalda y me dormí. A la mañana del día siguiente me golpea la espalda y me dice: “¿Se da cuenta de que los dos la hemos pasado como si nada?” Le dije: “Francamente, sí.” Hubo un tiempo en que ella no disfrutaba más que la segunda cogida, la cogida de la mañana, a las 6:45, porque a las 7 llegaba el duque de Montpensier: eso la excitaba… a menudo encontraba al príncipe en la escalera.

–¿Cómo está nuestra amiga?

–Muy bien.

–Nos reíamos mucho en España.

En 1849, cuando Sainte-Beuve tenía que dar cursos en Liège, a continuación de numerosos escritos, rápidos y esforzados, tuvo eso que los médicos llaman el calambre del escritor, que le paralizó los músculos del brazo derecho, lo que provocó que después no escribiera más que notas y dictara sus cartas si eran un poco largas.

Al levantarnos para irnos, Gautier se dirige a Scherer, el personaje más mudo de la sociedad, y le dice:

–¡Espero que por una vez se comprometa, pues nosotros nos comprometemos y no es justo que usted se mantenga ahí, sólo mirándonos!

 

24 de julio, en Grez, cerca de Fontainbleu

Henos aquí, en un albergue de campesinos, la pensión a 3.50 francos por día, en cuartos blanqueados con cal, durmiendo en colchones de plumas, bebiendo el vino de su cosecha, comiendo muchos omelets, caras amables de dueños de pequeños cafés, un río a dos pasos donde uno ve en el agua clara peces, botes, líneas; unas ruinas a un lado.

Tenemos como compañero a un hermano del pintor Palizzi y a un joven hombrecillo de Saint-Omer, M. de Monnecour, que comienza a hacer pinturas de aficionado.

Es sorprendente cómo el pintor sufre poco, o más bien no sufre por la falta de comodidades. El lecho tiene pulgas, el taburete es de paja, el vaso de vidrio común, el tenedor de fierro, la palangana de loza, todo lo que hace sufrir al civilizado, al Parisino, parece como si fuera un placer para él, como las costumbres de una patria recobrada. Se diría que mientras los literatos son empujados naturalmente a alcanzar los placeres de la aristocracia, los pintores, liberados ellos mismos, vuelven con amor a lo que son, el pueblo.

 

28 de julio

Después de diez años volvemos a Marlotte, cerca de aquí, que habíamos visto diez años antes cuando vinimos con Peyrelongue, el marchante de cuadros, su señora, Murger y su querida, etc.

Encontramos el pueblo, pero rebuscado, con una especie de casas burguesas pobres, edificaciones esforzadas, tentativas de cafés –¡incluso un urinario! Hay ahora un castillo con una verja con corona, construido por un joven barón para asombrar a los artistas, castillo a medias terminado y abandonado, ¡por falta de dinero!

Todo es pose y mentira. Son siempre los mismos campesinos miserables, con su vino que hace mal y sus jergones con chinches, lo pintoresco soportable solamente a los 20 años y a los paisajistas.

Al volver a una casucha, en la cual está colgado un mal cuadro de naturaleza muerta, letrero de taberna, y de donde salen risas y estallidos de voces, un viejo campesino coloradote, granujiento, desdentado, con la sonrisa de oreja oreja, una figura a la père la joie crapuloso, los pies a pelo en sus babuchas, viene a estrechar la mano de nuestro compañero Palizzi: es Antony, el hospedero de los pintores de abajo.

La casa está sucia de pintura, los antepechos de las ventanas son paletas; sobre el yeso hay como manos de pintores de brocha gorda que se habrían limpiado en él. De la sala de billar, metemos la nariz en el comedor, todo pintarrajeado con caricaturas de cuerpos de guardia y caricaturas de Murger. Hay allí tres o cuatro hombres en chaquetón, entre el canoero, el peluquero y el pintorcillo, con el aspecto de obreros mal encarados, desayunando a las tres con las mujercillas de la casa, que vienen sin sombrero y en pantuflas del Barrio Latino y se regresan igual.

Uno no sabe muy bien si son pintores o es una escuela de paisajes. Parece que en el albergue de Antony hay, todo el día y toda la noche, una juerga de barra y de Closerie des Lilas, músicos de guitarra, sillas que se lanzan a la cabeza, y algunas veces una cuchillada. El bosque es ralo y, en consecuencia, abandonado. No he visto más que dos paraguas de artistas en la Mare aux Fées, en ese paisaje de granito, de verdor intenso, de robusta majestuosidad, de brezos rosa en lugar de este taller que hay aquí, al aire libre, con las señoras que cosen y remiendan a la sombra de los caballetes de campo.

Al regresar nos muestran la casa de Murger, a la entrada del bosque; después el amigo de Murger, Lecharron, un marchante de vinos que nos dice en tono enternecedor:

–¡Ah, el pobre Murger! –Sepan que era yo quien le hacía a menudo un omelet! Él pasaba todo el tiempo aquí… –Y luego agregó con un suspiro–: ¡Yo perdí mucho dinero con él! En lugar de hacerle una tumba bonita –la fui a ver cuando estuve en París– debieron haber pagado sus deudas. ¡Eso sería más honroso para los artistas!

¡Murger, Antony! Ese muerto y este albergue. Todo me parece ir junto. Marlotte, ahora, con sus falsos artistas y sus garibaldis postizos en blusas rojas y azules. ¡Me parece hecho para la invocación del santo Murger! Su memoria insolvente flota aquí con un regusto a ajenjo.

Vamos a cenar a otro albergue, el de Saccault, este hombre que durante diez años, con Ganne, ha mal hospedado y mal alimentado a todas las glorias de nuestro paisaje moderno. La casa ahora es lúgubre. La mujer tiene neuralgia y está toda fajada, desesperada como los campesinos sin fuerza. El hombre fermenta su vino y la bancarrota. La hija, convertida en señorita después de un viaje de tres años a Rusia, ha recaído sobre la espalda de sus padres y le sirve a los viajeros por el amor del buen Dios. Cenamos ahí, un mal conejo salteado, con Nanteuil, ya triste, y que este mesón no alegra.

 

29 de julio

Aquí, día a día, crece en nosotros una alegría tonta, en la que los órganos y sus funciones tienen como alborozo. Sentimos el sol en la piel; y en el huerto, bajo los manzanos, recostados sobre la paja de los recipientes de las lavanderas toma cuerpo en nosotros un embrutecimiento dulce y feliz, como el rumor del agua que escuchamos en los barcos, en los juncos, junto a uno, al salir de una esclusa.

Es una sensación deliciosa de pensamientos coagulados, de miradas perdidas, de ensueños sin horizonte, de días a la deriva, de ideas que siguen el vuelo de las mariposas blancas en la col.

 

Abajo, en la cocina, en la campana de la chimenea está pegado un gran afiche que quedó de las elecciones: El único candidato recomendado por el gobierno es M. el barón de Beauverger.

¡Se podría decir pegado por orden de la policía, pues el comisario obligó a los hosteleros a ponerlos so pena de clausurarlos!

 

Estuvo aquí, estos días, un actor de vodevil, Munié, haciendo paisajes ingenuos de la naturaleza. Se hospedaba con el maestro de escuela y utilizaba como taller el gran salón del ayuntamiento.

 

Pintar en Fontainbleau, para los artistas, el paraíso de un Pouthier. Para comenzar, los placeres de un chulo: se viste como un cerdo, con la camisa manchada, etc. Después, gozar de los animales: pollos, niños, etc. Después, sobre todo, el placer de la sociedad de los campesinos, a los que se cree superior y que él honra con un apretón de manos; el placer de esta vida de campo y de taberna, compañerismo de la botella, tú, a ti, con todos; estrechar la mano al hospedero, al cafetero, al picapedrero; la familiaridad con el hombre que no conoce sino desde hace un cuarto de hora; la intimidad en camisa con el pueblo más bajo que uno. En una palabra, la realización de todas sus aspiraciones hacia la crápula y las costumbres del obrero. La fraternidad de la copita. El gusto de regresar al pueblo; el gusto de ponerse una camisa de obrero, que es como regresar a su piel.

 

1 de agosto

La Mare aux Fées, peñascos grises, suelos de ceniza, brezales rosas. Las raíces como serpientes; bloques de granito como lomos de hipopótamo enlodados; robles crispados y magníficos. Algo como un bosque de druidas sobre un volcán extinto.

 

4 de agosto

No falta casi nada aquí, excepto una amante, un amigo y un mono.

Arreglar el rompecabezas, expresión de campesino por “tomarse la molestia.”

 

Las siete de la tarde. El cielo azul pálido, de un azul casi verde, como una esmeralda fundida. Ahí arriba marchan suavemente, en una marcha armoniosa y lenta, masas de pequeñas nubes, barridas, desguazadas, desgarradas, de un violeta tierno, como vapores bajo un sol que se pone. Cada una de sus cimas son rosas como cumbres de glaciares de un rosa iluminado.

Delante de mí, en la ribera de enfrente, líneas de árboles, cuyo verdor amarillo, y aún caliente por el sol, es templado y bañado por el calor y el polvo con tonos vespertinos en esfumados de oro que envuelve el verdor antes del crepúsculo. El gris del tronco de los árboles, de grandes álamos de follaje inmóvil, adquiere tonos cálidos y rosas. Abajo, una línea de juncos traza un surco de ceniza verde.

En el agua rizada por una gavilla de paja, que un hombre moja, a un lado de mí, para liar la avena, se refleja casi con solidez y más denso que allá arriba, el azul más verde, el verde más intenso, el violeta más oscuro, más profundo, más cavernoso, casi junto a mí, donde se vuelve negro y adquiere ya las sombras de la noche. El viejo puente de piedra gris, los pilares saliendo de entre los carrizos oscuros, las líneas de nenúfares, conservan del cielo una reverberación de rosa y de violeta. Y bajo el último arco, cerca de mí, del arco de su sombra, se destaca la mitad de una vaca rojiza, que bebe con lentitud y, cuando ha bebido, eleva su morro blancuzco, roñoso y goteante de agua.

 

Palizzi, el menor de la familia –son cuatro pintores–, es una muestra curiosa de la raza napolitana. Es el napolitano mismo. Es la pasión y el machaqueo del niño por las menores cosas de la vida. Esta pasión es a la vez redoblada por una prudencia infinita de lo que él llama la política, un miedo horroroso a la policía, al gendarme, al campesino, al hospedero, a todo el mundo –una raza que parece salir de los terrores de la inquisición–. En la calle, ve a un borracho que duerme sobre un banco, se te aproxima rápidamente y te dice misteriosamente: “¡No hay que decir que vimos a este hombre, no sabe uno nunca lo que puede suceder!” Y siempre, a causa de esta política, están los apretones de manos a los campesinos, las amabilidades, mil cálculos que a la sensibilidad de las razas del norte repugna. –¡Y con ella, la Italia de Garibaldi, el patriotismo de Polichinela!

 

5 de agosto

En la mañana, medio dormido, el frotamiento de los carruajes de heno contra los muros me da la impresión de una mujer que, sentada al pie de mi cama, se pusiese sus medias de seda.

 

“Vino y ejército…” Así resumió Palizzi, el otro día, a Francia. ¡La frase tenía que ser dicha por un italiano!

 

8 de agosto

En Marlotte, en casa de Antony. Falansterio innoble del harem autorizado por Murger, que va tirando en los escalones de los sótanos botellas de agua blanca y botiquines de inyecciones.

Al tomar el pan y el queso en el comedor, observo lo que ensucia la cal de los muros, pinturas y dibujos infectos de estudiantes, algo horrible de mirar como el chulo Macabro, la apariencia de dibujos hechos en el lugar durante una juerga. En medio de eso una caricatura abominable y estúpida de Murger en camisa de obrero, un fusil bajo el brazo, arriba una corona de espinas como aureola, los ojos supurando –¡un Cristo de ajenjo en su borrachera!

 

Aquí dicen: “Todo el mundo en la paja”, por “Todo el mundo duerme”.

 

11 de agosto

Saint-Victor viene a alcanzarnos aquí. Por la tarde, en la comida, hablamos de la pequeñez de Roma, de sus monumentos, tan grandes en el recuerdo, de sus arcos del triunfo que pasarían por abajo de l’Étoile, de su Foro, grande apenas como nuestras prefecturas, de su Coliseo, cuyo anfiteatro no tiene más que ciento cincuenta pasos, menos que el Hipódromo. En el fondo, no hay grandeza ni en Grecia ni en Roma.

Transcurren las horas fumando pipa y mirando bajo los arcos del puente, en la parte luminosa de su sombra, el hormigueo, el hilillo restante de luz, que provoca reverberaciones en el agua clara.

 

Dicen que el hombre físico se renueva cada siete años. ¿El hombre moral no se renueva más a menudo? ¡Y cuántos hombres no mueren en un hombre antes de su muerte?

 

Escucho esta noche a unos hombres en la taberna hablar de Charles IX según La reine Margot. Alexandre Dumas ha sido verdaderamente el maestro de historia de las masas.

 

Lo que nosotros amamos en todas las cosas es el exceso: el exceso en las opiniones políticas, el exceso de bienestar o de malestar, del lujo y de la rusticidad, el exceso de los ejercicios físicos. En todo somos enemigos innatos del justo medio.

 

¿Musset? El jockey de Lord Byron.

 

En el campo siento que me es imposible trabajar. Me siento árbol, agua, hoja; no siento que piense.

 

12 de agosto

Saint-Victor me contó que el verdadero favorito de Morny es el libretista de sus operetas. Halévy es redactor en la Cámara y cuando M. de Morny calla a algún orador de la oposición, cuando, por ejemplo, le dice a Jules Favre: “Monsieur: yo doy total libertad a las discusiones, pero el presidente de la Cámara no puede permitir…”, etc., le hace una seña a Halévy, quien sube a su escritorio: ¡Vamos!, si en la tercera escena el cómico entrase por un armario en lugar de entrar por la puerta …–Sí, Monsieur le duc, eso sería divertido”, dice Halévy… ¡El hombre: debajo de la Opereta Buffa parisina un hombre de Estado!

 

Regreso a la Mare aux Fée. Pues bien, considerándolo todo, no siento para nada el paisaje. Siento un placer cien veces más grande cuando estoy en mi recámara en medio de mis dibujos, hojeando un catálogo de Techener o de Aubry.

 

Un hombre con 50 000 libras de renta se diría: “Hay algo ruinoso en la vida: la propiedad. Casi todos los fastidios de la vida vienen de ese sentimiento del hombre, que no quiere considerarse propietario vitalicio, sino eterno, de cosas y criaturas. Pues bien, ese sentimiento, el primero y más fuerte del hombre, yo lo eliminaría de mí y tendría todo sin la propiedad de nada, casa rentada por año, coche por mes, mujeres ídem. Sería usufructuario de todos los placeres de la vida.”

A desarrollar en un libro o una obra.

 

15 de agosto

Transitando entre el gentío en la fiesta del emperador. El pueblo, siento, no parece disfrutar más que de las alegrías colectivas. El hombre que no es pueblo tiene necesidad de alegrías para él, adecuadas a su ser.

Noto en la muchedumbre una especie de procesión pasiva, no de agrado, ni de ruido, ni de tumulto. El tabaco, ese estupefaciente, la cerveza, del adormecimiento y el sueño, ¿entumece el espíritu o el carácter nacional?

No sé por qué, pienso aquí en un buen programa de un gobierno borbón, en el que nadie pensó en 1815 y que nadie realizará jamás. Un gobierno de la aristocracia pura, que le habría quitado a los liberales y a los socialistas todas sus cuentos del liberalismo; que, en lugar de frases, hubiera tocado en verdad a la auténtica miseria; habría dado en los hospitales a los enfermos la mejor hospitalización; habría creado un ministerio del sufrimiento público; habría abolido la inmunda fosa común, le habría dado a cada uno el lugar y el tiempo para pudrirse, con un impuesto suntuario a la riqueza, a los coches; habría, ayudándose de las distinciones honoríficas, etc., alumbrado la caridad y la habría repartido a manos llenas; habría hecho la justicia gratuita, creado el honor del abogado de los pobres, como los grandes médicos de los hospitales; habría dado a la Iglesia la igualdad completa para el nacimiento, el matrimonio y el entierro.

 

Leí todos estos días sobre la Revolución, sobre el Tribunal revolucionario. ¡Pensar que Carrier hizo masacrar a millares de personas que habían tenido padres, hermanos, hijos, maridos, sin que ninguno de los que sobrevivieron lo matase! ¡Es triste para la vehemencia de los afectos humanos! En el único asesinato de un verdugo de la época, un asesinato por mano de mujer, fue la cabeza y no el corazón lo que condujo la mano.

 

Domingo 16 de agosto

Me enteré allá de las contrariedades y reveses de la expropiación de la casa de Gavarni. Cuando llegué, Mlle Aimée me dijo:

–Sabe usted, él está muy enfermo. Cuando le comunicaron el veredicto del jurado, le brotó una mancha en el ojo, como una gota de sangre. Desde entonces está enfermo.

Al entrar, encontramos a Gavarni en su gran salón-taller, en la semi penumbra de las persianas cerradas, sentado, sin poder dormir, pálido, abatido por el agobio de la opresión, tiene apenas la fuerza de darnos un cálido apretón de manos, su voz estrangulada por la angina, trata de hacernos sus antiguas bromas bonachonas, pero vemos el esfuerzo.

Nos dice:

–Es siempre la misma cosa… ese soplo del fuelle que no marcha… Tengo frío en mi cama… tendrían que meterme un veter en el cuello o hacerme un hoyo en la garganta… Pero Veyne no quiere, me da cosas para beber: no me hacen nada. ¡Vean, no es agradable beber esto! –Y casi sonrió–. Dios mío, todo el resto está bien, los pulmones, el pecho: me ha auscultado. Tengo bien el corazón, un poco pequeño… ¡pero la laringe!

Le hablamos de una consulta a la que no se resiste demasiado.

Salimos de ahí con el más triste presentimiento, porque junto a una enfermedad de pecho o de corazón de la que Veyne no quiere admitir la gravedad, vemos en el hoy una anemia provocada por los largos sufrimientos y tal vez, incluso, por tantos años de una alimentación insuficiente, cuando esta inteligencia pura no quería comer, se negaba a comer, le parecía un fastidio comer, un agotamiento, una aniquilación, una gran fatiga de la vida: y luego tanta delgadez que uno siente en su casa llena de recursos bajo su gabán, bajo los dos o tres pares de calcetines en sus pies.

Esta expropiación, sus decepciones, sus preocupaciones, su congestión, sus penas, esta caída del sueño de la casa de Tamburini en Bas-Meudon, casi comprada, todo eso, tengo miedo de que no termine y que los burgueses del jurado de expropiación, de los constructores al por mayor, de los techadores, etc., no se sientan bien vengados al matar a este inmortal bromista de la burguesía.

 

Lunes 17 de agosto

En casa de Magny. Al salir de la soledad del pensamiento y de la palabra de Grez, caemos con placer en la sala de visitas de Magny.

Es del entierro de Eugène Delacroix de donde partimos, esa muerte oscura, oculta, velada, como la muerte de un perro en su escondrijo, sin que, después de seis meses, sus amigos supieran nada, ni lo hubieran visto. Hablamos de ese secuestro cometido por la vieja criada, una especie de Mme Évrard, de los legados absurdos de ese moribundo. Y ya el misterio y la controversia versan sobre la historia de esta muerte reciente. Unos sostienen que ha muerto como un infante; los otros que ha muerto furioso pensando en nuevos medios y nuevos procedimientos de realización de su genio, despojado en su agonía de todo lo que se prometió hacer, de todo lo que sentía al alcance de la mano.

Saint-Victor esbozó con una frase esta figura nerviosa y achacosa, que yo vi pasar un día en la calle, con un cartapacio bajo el brazo:

–Se parecía al boticario de Tippoo-Saëb.

Luego lo juzgamos y decimos:

–Él descendía de Rubens…

–¡Sí, por el marchante de vinos!

Después es Saint-Victor quien palidece frente a su sopa:

–¡Somos trece! –¡Bah –dice Gautier–. Son los cristianos los que cuentan y no hay más que ateos aquí!

El racionalista Scherer no puede creerlo y, pasmado, sin poder recobrarse, mira, desde lo alto de sus quevedos y de la razón, al hijo de Magny a quien llamamos para que haga el catorce.

Se comienza a hablar, delante del chiquillo, de las copulaciones de Hugo:

–Era un toro –dice alguien.

–A mí –dice Gautier–, Mme Hugo me dijo que era una virgen.

–Todo lo que yo puedo decir –dice Sainte-Beuve– es que estuvimos juntos en un burdel, con Mérimée, Musset, Antony Deschamps: Hugo, que tenía sus condecoraciones y sus galones, no subió. Las muchachas decían: “Es un joven oficial que tiene una irritación.”

 

Martes 18 de agosto

Desayunamos en el Louvre, con Nieuwerkeke, quien nos hace ver las nuevas salas del Museo Napoleón III. Durante los postres, Gautier cuenta que después de la cantata a la emperatriz, recibió una carta firmada La Marianne con el triángulo igualitario, en la que le decía que estaba destinado a pasar en la primera lista a la guillotina.

 

Miércoles 19 de agosto

 

–Comerán con uno de sus enemigos –nos había dicho la princesa al invitarnos el domingo en la noche.

Encontramos con ella, hoy, a un tal M. Caro, profesor de filosofía, crítico literario de la France, favorito de la emperatriz, el ejemplo de esa horrible raza, el universitario guapetón, un pedante bromista, encima afeado por la apariencia de sustituto presumido. Parece que ha comenzado su camino haciéndose premiar por la Academia por sus injurias y ultrajes a la novela moderna y sus acusaciones a la inmoralidad de Balzac.

Habla, mariposea, caracolea, habla en la nariz de la princesa. Es exuberante, florido, hace bromas de profesor, sostiene paradojas de la École Normale, se adorna, se las da de importante. Es pesadamente cínico, desvergonzado, sin gracia. Dice:

–Es necesario que me abra camino. –Y agrega–: Iré a ver a M. Duruy y le diré: “Deme su plaza anterior o su plaza actual.”

Hay en toda su persona no sé qué hedor bajo y repulsivo de intrigante provinciano.

La princesa, que lo trata con desprecio y un poco avergonzada de él frente a nosotros, se escapa un momento de él y viene a encontrarnos en el fumador de la veranda para decirnos:

–Hay que hacerle la vida difícil… Fue a ver a Duruy, como uno de mis amigos íntimos, para pedirle una plaza de inspector… lo he visto cuatro veces. ¡A ese señor, yo no lo conozco!

Hablamos del tacto y de los infortunios de cortesano de Nisard. Del tacto, citamos su frase a Champfleury: “¡Pero me habían dicho que tenía usted el aspecto de un ropavejero! ¡Yo no lo veo!” Y como éxito, junto al emperador que le habla de César, de una opinión que no tiene sentido común: ¡es del emperador! Y después de las palabras del emperador, que se ha referido al interés de sus famosos artículos justificando la campaña de Rusia, contra Thiers, en el Moniteur: “¡Se ve que él no es militar!” Y la ejecución de Nisard acaba con la frase que expresó con motivo del nuevo ministerio y de la bajeza que tuvo al ir a excusarse y desentenderse ante Duruy: “Fue el ministro Boichot!”

La charla, en la noche, recae en Mme Sand. Discutimos la cuestión de los amores de Mme Sand, y todos están de acuerdo en atribuirle un carácter poco femenino y un fondo de frialdad que la hace escribir con sangre fría de sus amantes, casi acostada con ellos. Mérimée, un día, al levantarse del lecho, puso su mano sobre un papel que ella le arrebató: era su retrato.

No se vestía como hombre más que en la época de Sandeau, para ir al patio de butacas del teatro y a un pequeño restaurante que tenía un hombre de apellido Pinson, quien decía ingenuamente: “¡Es gracioso, cuando ella está de hombre, yo la llamo Madame, y cuando está de mujer, la llamo siempre Monsieur!”

Sainte-Beuve la vio una sola vez de hombre y he aquí cómo: Llamado a casa de Buloz, no casado entonces, en un entresuelo. Un pequeño joven, al entrar salta de un diván hacia él: “Buenos días, querido amigo, Musset sabe todo… ¿Quiere usted llevarme con el abad de Lammennais?” Era Mme Sand, en medio de su ruptura con Musset, a su regreso de Venecia.

–¡Lammennais, pueden creerlo –dice Saint-Beuve–, era aún sacerdote en esa época! Era invierno. Y, además, él permanecía todavía en Bretaña… Acabó por llevarla, no con Lammennais sino con Musset, quien estaba dispuesto a una reconciliación… Y en la puerta, cuando él le hace señas de si debía esperarla, ella desenvainó su bastón de estoque y le dijo: “Gracias.” Él se despidió y la dejó.

Vemos en todos los relatos de Sainte-Beuve su papel de entonces, un papel de oreja de bidet, de confesor de desavenencias, intermediario de reconciliaciones, siempre rozándose con los secretos de las mujeres. Puede ser ya la curiosidad y la inquisición del hombre que toma bajo las camas notas para sus memorias.

 

Cabourg 25 de agosto

Henos aquí en un sitio singular, un balneario de mar hecho para la gente de teatro, un balneario de mar en donde el alcalde es Dennery. En la playa, a un lado de los baños, sobre una pancarta impresa, el reglamento de pudor de los bañistas comienza: “El alcalde de Cabourg, caballero de la Legión de Honor, comendador de la orden de Charles III…”, y termina con el nombre de Dennery.

Preguntamos:

–¿De quién es ese chalet?

–De Cogniard.

–¿Y ese otro?

–De Clairville.

–¿Y ese otro que están construyendo?

–De Matharel de Fiennes.

Todo parece construido en billetes de autor, en derechos de autor, en críticos de teatro, en canciones de vodevil. Los chalets parecen decoraciones, las escaleras, practicables, el mar, la atmósfera de fondo de La muette de Portici y las olas parecen agitadas por las cabezas de los figurantes en el tercer foso.

En medio de los chalets se levanta un castillo, un castillo de circo, pintado de chocolate con cuatro torrecillas. Es de Billion, el antiguo director de circo; y las cuatro torrecillas son como excusados a la inglesa. Se parece a un castillo de feria, en una comedia en la que Lebel exclamaría con su voz estentórea: “¡Ya basta, que tengo cólicos!”

Y por todas partes, en esta villa proyectada, donde los letreros prometen calles, aquí y allá, alguna casa encierra algún viejo nombre de teatro. Allá, Franconi; aquí, la viuda de Adam; allá, Rosalie la saltadora del Hipódromo. Es como los Invalides y la Sainte-Périne de los bastidores; en las cajas, los hoteles dejan ver viejas putas, cuyas voces te recuerdan viejas voces olvidadas del teatro. Y el gran café del lugar es de un viejo amigo de director y actores, podrido de malas actuaciones. Pasma a los burgueses con sus bromas y chistes de café de variedades.

La noche de nuestra llegada, con el fondo del ruido del mar, Gisette experimenta la necesidad de confesarse y nos despliega su vida, sus amores, sus amantes, por lo menos a los que ella reconoce: “Dennery, nos dice, ¿creen que me ama?” ¡Yo reactualizo sus palabras y eso es todo! Y cuando le hablamos de sus últimas elecciones, hombres indignos de ella: “¿Pero qué quieren que haga cuando llueve y yo me aburro?”

 

¡Qué simpática historia me contó en los bulevares, antes de partir, ese atolondrado que ha pasado a través de tantas cosas: Claudin! El joven príncipe Bibesco, de eso hace años, al conocer a Claudin se dirige a él para saber el medio de hacer valer sus derechos al trono de Valaquia. Claudin le dice que eso le costará bastante dinero, pero que para un asunto como ese no había que temer los anuncios. Bibesco le dijo que estaba bien y que había un hombre que haría los artículos, con el cual lo pondría en relación. Llega entonces a la buhardilla de Claudin un Monsieur que había sido pasante de Bibesco. Era Duruy, el actual ministro. Forjaron entre ellos dos el artículo. Claudin va a buscar a Delamarre y le pregunta si está dispuesto a apoyar los derechos de Bibesco e insertar el artículo. Dellamarre no hace ninguna objeción ni pone ninguna condición. El artículo aparece a la mañana siguiente, y Claudin recibe del cajero un pagaré por 1800 francos por la inserción del artículo. Duruy, quien contaba con que costaría 80 francos, pega un brinco, convence a Bibesco de renunciar a los artículos y confiar en los folletos que él escribirá. Elabora de inmediato un folleto con Claudin. Claudin está intrigado porque no lo ve aparecer. Interroga a Duruy, quien le dice que él tiene mucha propaganda, que está con el hombre que puede lanzarla mejor y le da la dirección. Para pasmo de Claudin: estaba con un marchante de blancos, rue Rimbauteau, en el segundo.

–¿Pero cómo es usted depositario de esto? –le dice Claudin

–Cuando envio un paquete a Trieste agrego siempre dos o tres folletos…

Lo que prueba que los anuncios pagados en los diarios no comienzan en la página cuatro, sino en el Premier Paris y que la gente hace muchas pequeñas cosas antes de arribar a los lugares importantes.

 

¡Un matiz de coquetería es indispensable a la animalidad de la mujer!

 

Esta noche, en mi cama, escucho en el muro el reloj de péndulo y, en el horizonte, el mar que sube. Me parece escuchar al mismo tiempo el pulso del tiempo y la respiración de la eternidad.

 

Lo que Gisette tiene en un grado superior en su cinismo es la prontitud de comprensión. Le confío que Gafe está muy enamorado de Mlle Vernon: “¡Ah, ya vio el negocio!”

 

Los hombres aman a las mujeres menudas; las mujeres aman a los hombres grandes.

 

Hay mujeres cuyo encanto singular está hecho como de una suspensión de la vida, de una irrupción de la presencia del espíritu, de ausencias soñadoras.

 

Temo que dentro de poco el lugar, el paisaje donde estamos, no se nos presente más que a través de la sociedad, de la gente, del rostro de quienes nos atendieron; que no habrá un lugar para nosotros de felicidad, de sol, más que ahí donde haya una muchedumbre complaciente, agradable, divertida, un regocijo para el ojo y para el alma.

 

No hay nada mejor que las cosas exquisitas.

 

En los balnearios marítimos, las damiselas parecen mujeres honestas y simulan ese parecido. Tienen, como ellas, el mismo neceser, la misma vestimenta, niños que pasear y a los que parecen amar. En ese juego ellas se olvidan y se contienen, son menos familiares. Juegan a la mujer de mundo y parecen casadas… su maternidad, sobre todo, es un triunfo.

Y lo triste es que no hay nada que distinga la maternidad de una damisela de la de otra mujer. Al verlas las creeríamos puras.

 

Vi a Touques, en un albergue, una sirvienta grande, enorme. Creí ver a la mujer de la edad media del Norte, de una raza descendiente de los nibelungos por la Patagonia. Tenía también la belleza espantosa de una reina escandinava.

 

¡Uf! Lo ruin es la detestable raza de estos normandos, con su parquedad, su sonrisa de campesino que te atrapa, su tez ingenua que parece escarchada, sus cejas blancas, sus ojos de azulejos, sus ancianas con humor de ogro, su rapacidad sin la gracia o las pantomimas del Midi, sus miradas agrias como sus manzanas, ¡su espíritu intrigante, horroroso sin pausa, profundo y frío!

* Segunda parte, correspondiente a junio-agosto de 1863.