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Democratizar la actividad poética | Alicia González

“Debe hacer calor en este poema”, dice un verso de Víctor Rodríguez Núñez. Y sí, sus poemas destilan canícula sin ser los poemas del clásico cubaneo. Un calor extraño porque lo supuran pese a que el ganador del Premio Loewe de Poesía de este año vive desde hace años en Ohio y no en esa isla que los cubanos siempre llevan a cuestas estén donde estén. Contra todo pronóstico, el jurado del Loewe, presidido por Víctor García de la Concha y formado por Francisco Brines, José Caballero Bonald, Antonio Colinas, Óscar Hahn, Cristina Peri Rossi, Soledad Puértolas, Jaime Siles y Luis Antonio de Villena, ha vuelto a dejar huérfanos a los poetas en castellano que ven, por segundo año consecutivo, cómo uno de los galardones más prestigiosos de la poesía en español vuelve a premiar los acentos de Iberoamérica.

La descripción de quién es Víctor Rodríguez Núñez se la dejamos a él mismo en ese ejercicio de proposografía quevedesca que es “¿Arte poética?”: “Saqué unos ojos miopes / una nariz bisiesta / unos labios que no puedo juntar / un pelo de camello / más un cuerpo de atleta retirado. / También el mal genio de mi padre / el dolor en el lado de mi madre / el lunar sospechoso de mi abuela / el cólico nefrítico de todos / y hasta las fiebres constantes de mi hijo. / Razones que me obligan a tener mala opinión de la belleza”. Llaman la atención en él esas gafas de revolucionario gramsciano en áspero contraste con el pelo crespo que, como llamas blancas, dan un porte alborotado a su figura. Aunque para conocer al autor de La poesía sirve para todo, aquella serie de entrevistas suyas con poetas hispanos, quizá será necesario dejar de lado al periodista y poner el foco sobre un escritor que ha sobrevivido a los intentos de fagocitarlo de disidentes y apologetas que a partes iguales se disputan la cultura de la cubanidad.

–¿Qué hay de esa poesía necesaria y útil dispuesta a comerse el mundo de El Caimán Barbudo en este “despegue”?

El Caimán Barbudo publicó en uno de sus primeros números un manifiesto, “Nos pronunciamos”, que en mi opinión no ha perdido su vigencia. Aunque no sea parte de la generación de poetas que lo hizo sino de la siguiente, lo he seguido por su propuesta de una poesía dialógica. Afirma la voluntad crítica, pues no se propone “hacer poesía a la Revolución”, ya que una “literatura revolucionaria no puede ser apologética”. Expresa una voluntad de representar la realidad en toda su amplitud y profundidad, de superar la barrera entre lo público y lo privado, pues no se renuncia “a los llamados temas no sociales”. En definitiva, propone que “todo tema cabe en la poesía”. Al mismo tiempo, rechaza la lírica “que trata de justificarse con denotaciones revolucionarias, repetidora de fórmulas pobres y gastadas”, como la “que trata de ampararse en palabras ‘poéticas’, que se impregna de una metafísica de segunda mano para situar al hombre fuera de sus circunstancias”. Mi “despegue” pertenece a otra época, no es comecandela ni prosaista, pero no se despega de esos principios.

–¿Es un buen síntoma la irreductible constatación de que la poesía sigue siendo para la minoría?

–Sin dudas, y no creo pecar de elitismo al pensar así. La poesía es una de las herramientas más importantes del ser humano, nos ha ayudado a vivir desde el principio. No es una creación de la modernidad, viene de mucho antes; es anterior a la literatura, incluso anterior a la escritura. Se ha modernizado bastante pero no ha perdido su carácter original; mantiene sus raíces en la oralidad. De ahí que la gente asista con entusiasmo a los festivales de poesía y sin embargo no compre libros con el mismo fervor. No me preocupa para nada que la poesía no sea un objeto de consumo masivo en nuestro tiempo. Posiblemente es la única cosa que el capitalismo no ha podido convertir en mercancía. Esto es una prueba irrefutable de que tiene un núcleo humano que nada ni nadie puede reducir.

–Dice que su ideología es la identificación con el otro, la democratización de la palabra…

–Más o menos, aunque me molesta un poco el término ideología. Creo que todas las ideologías, en mayor o menor medida, deforman la percepción de la realidad. Su principal instrumento es la naturalización, o sea, hacer pasar lo artificial como lo natural. Por eso, tengo la convicción de que la poesía cumple, en su esencia, una función anti-ideológica. Al desnaturalizar el mundo, y lo que pensamos de él, nos ayuda a entenderlo mejor, y así poder transformarlo. Lo peor de la sociedad en que vivimos es el individualismo, la creencia de que somos diferentes de los demás, e incluso que podemos ser sin los demás. La poesía que busco es la que deja a la materia hablar por sí misma, sin el control de un sujeto poético. Y la democratización de la palabra no sólo implica el acercamiento a la lengua hablada sino la apertura a todas y cada una de las zonas del lenguaje.

–La suya es una poesía que busca comunicar pero sin perder la participación del lector activo como si se tratara de un texto dramático que sólo cobra sentido al representarse…

–Así es. Estoy en contra de la poesía que no respeta al lector, su pleno derecho a sentir o pensar lo que le dé la gana. He dicho muchas veces que busco un lector activo, que participe en la creación del poema, y así ceder la autoridad, democratizar la actividad poética. Uno de los recursos que más uso es la elipsis, para dejarle al lector el trabajo de conectar las ideas, de completar el sentido. También uso bastante el encabalgamiento, para que el sentido vaya más allá de los límites del verso, de la estrofa, del poema. Cuando un poema tiene un mensaje explícito y no va más allá de sí, para mí pierde toda la gracia, e incluso el sentido. Espero entonces la colaboración de los lectores españoles. Ya saben que mis poemas también les pertenecen.

–¿Le ha abierto puertas traducir a Luis García Montero?

–Pongo la mano en el fuego por todos y cada uno de los poemas que he traducido, tanto del español al inglés como del inglés al español, incluidos los de García Montero. Traduzco por una razón un poco menos utilitaria: entreabrir la puerta del mundo editorial anglosajón, cerrada hoy a la poesía de todas las otras lenguas. Sólo el 0.7% de los libros publicados en Estados Unidos en el 2014 son traducciones de obras literarias. Y lo más preocupante es que de todos los libros traducidos al inglés el pasado año en ese país (en total 442), únicamente 58 (en todos los idiomas) son de poesía, y apenas seis son de lengua  española (tres de México, dos de España y uno de Argentina). Con Katherine M. Hedeen, mi compañera en estos empeños y en la vida, hemos traducido libros de Ida Vitale, Juan Gelman, Fayad Jamís, Juan Bañuelos, Rodolfo Alonso, José Emilio Pacheco, Juan Calzadilla, Marco Antonio Campos y Hugo Mujica. Por otra parte, hemos traducido al español dos antologías que representan la periferia de la poesía anglosajona: En esa redonda nación de sangre: poesía indígena estadounidense contemporánea (2011 y 2013) y Nuestra tierra de nadie: poesía galesa contemporánea (2015). Traducir es un trabajo agotador y poco reconocido, pero abre en uno una puerta fundamental: la posibilidad de ser otro.

–¿Su poesía dialógica representa tal vez reconocimiento a lenguajes cercanos al periodismo como el de Svetlana Alexiévich?

–No he leído aún a Alexiévich, pero sí la larga tradición del periodismo hispanoamericano, donde se dan géneros propios como la crónica. Mi maestro en esto, como en otras muchas cosas, es Gabriel García Márquez. Me atrevería a hacer una antología de su periodismo que podría ser un libro tan bueno como Cien años de soledad. Hace mucho que no ejerzo el periodismo pero me siento periodista y en cualquier momento regreso. De todos los llamados géneros periodísticos, el que más me ha gustado siempre es el que no le gustaba a García Márquez: la entrevista. En mi libro La poesía sirve para todo (2008), reuní veintiún entrevistas con poetas hispanos (de España están mis queridos José María Valverde y José Agustín Goytisolo). En fin, todo lo que sé sobre el arte de escribir lo aprendí en el periodismo, en aquellos tiempos en La Habana en que hacíamos El Caimán Barbudo (con Eliseo Alberto Diego, Leonardo Padura, Abilio Estévez, Alex Fleites y otros compañeros de generación). Y sobre todo, del periodismo aprendí a estar atento a lo que pasa, y esto es clave si uno quiere ser poeta.