Andreas Kurz

Confesiones de un racionalista

Mi hermano murió hace siete años. Hasta la fecha no acepto el hecho de su muerte. Murió a los 40 años, a la mitad del camino, es decir con mucho camino delante de él. Habló, desde el helicóptero que lo trasladaba al Hospital General de Viena a casa de mis padres, emocionado y feliz porque disfrutaba como niño este viaje tan cerca del cielo. Doce horas después se rompió la aorta: una muerte silenciosa que no despertó a la enfermera que había asumido la tarea de vigilarlo durante su primera y última noche en la clínica. Un descuido médico mató a mi hermano, no una enfermedad genética de la que nadie sabía. Una muerte innecesaria originada por un hospital de tres mil camas, con las instalaciones técnicas más sofisticadas y el personal mejor preparado y más desvelado de todos los hospitales europeos. Hasta la fecha no puedo ver las torres gemelas del edificio sin el irracional deseo de que les espere el mismo destino que a las torres neoyorquinas.

Irracional es mi negativa de aceptar la muerte de mi hermano, irracionales son las reacciones de mis padres ante la inefable catástrofe de perder un hijo, irracional es el intento tardío de lamentarme mediante la escritura.

En su canción “I grieve”, Peter Gabriel se da cuenta de que el dolor siempre es personal. No hay empatía, no hay consuelo. Sé que la pérdida de un ser querido —un familiar, un amigo— es algo inevitable en la existencia de cada uno. Sé que millones han experimentado lo que yo hace siete años. Sé que lamentar el fallecimiento de un hermano en un país que cada día más convierte la muerte en un acontecimiento banal y grotesco puede parecer —y sin duda lo es— ridículo y, para los familiares de las víctimas de una guerra tan sucia como caricaturesca, frívolo. Sé todo esto, y no me importa. Porque “I grieve”. “They say life carries on”, se burla Gabriel sutilmente en su canción. Se burla porque sabe que no es cierto. La vida no continúa después de las catástrofes personales, se petrifica y —con suerte y gracias a un impulso necio de supervivencia— se transforma. El intangible fantasma de la ausencia se apodera de todos los objetos, conceptos e ideas. Esta ausencia impide la continuación de la vida, la convierte en simulacro. Alguien falta. Tengo que sustituir a este alguien con el amor, el trabajo, el alcohol, la televisión, el deporte. Sólo así es posible mantener el simulacro de vida –hasta la siguiente catástrofe.

La muerte acaecida cerca de mí impregna todo con un color grisáceo. Los objetos más bellos y brillantes, la felicidad pura e ingenua, inclusive la calma del final de un día satisfactorio pueden, de repente y sin aviso previo, teñirse de este color indefinido. La muerte halla fisuras y huecos en objetos y sentimientos y nos muestra su semblante.

El verdadero estado paradisiaco del individuo es el del niño que aún no se da cuenta de la muerte, ni de la propia ni de la ajena. Los antropólogos saben que la vida consciente de la especie humana empieza con un acto de transferencia. El animal que ve el cadáver de uno de sus iguales no relaciona la putrefacción con su propio futuro, no está consciente, no vive, propiamente dicho. Los humanos aprendieron a relacionar la muerte ajena con su propia finitud. El aprendizaje duró milenios: sus resultados finales son la inteligencia, la tristeza, el miedo y —quizás— el arte. Tarde o temprano el niño, cualquier niño, despierta a la muerte: el acto de concientización, un acto traumático sin duda que es, no obstante, la bienvenida que el género humano prepara a sus generaciones de reemplazo. Esta primera catástrofe genera el primer simulacro de vida; las subsiguientes lo renuevan y refuerzan.

Fuera de la vida simulada sólo existen el caos y la nada que, de ninguna manera, deben acercárseme. La muerte de un ser cercano a mí rompe el simulacro y permite la entrada del caos y de la nada. En esos momentos de desesperación y rebelión vemos claro, pero lo que vemos nos asusta y exige la reconstrucción del simulacro con materiales aún más aislantes. Todavía hoy perdura en los pueblos de mi país la costumbre del Leichentrunk (la comilona del o por el cadáver). Después del funeral, los familiares y amigos del difunto —y muchos “colados”— se juntan en una fonda o en una casa particular para celebrar. Se trata de una despedida: el último adiós al muerto. Sin embargo, se celebra en realidad la restauración del simulacro. El muerto y la muerte están en una fosa, con ellos se ha enterrado paradójicamente la verdadera vida, la que espanta porque es finita. La borrachera, el objetivo más claro del Leichentrunk, forma una zona gris entre la vida que amenaza y el simulacro que tranquiliza. La borrachera incluye una fase visionaria que nos expone a nuestra propia clarividencia, pero esta fase muy pronto desemboca en la inconsciencia y el sueño profundo. La cruda realidad (en español), la triste realidad (en alemán), es el inicio doloroso y nauseabundo del simulacro recuperado: el dolor y las náuseas se imponen y suministran el olvido reconfortante. La eficacia del mecanismo —banal y grosero en el caso descrito, refinado y sutil en muchos otros casos— la demuestran miles de ejemplos históricos. Menciono dos: a sus 80 años, Porfirio Díaz estaba seguro de poder sobrevivir un periodo presidencial, seis años más. La probable muerte biológica en el transcurso de ese periodo no entraba en su mente. También a sus 80 años, agotado y enfermo, Herbert von Karajan, dictador más poderoso que don Porfirio, firmaba contratos a largo plazo, se comprometía a dirigir orquestas y festivales culturales a sus 90 o 95 años. Karajan murió a los 81. Pocos registraron el acontecimiento, sencillamente no lo creían. Karajan se había resguardado muy bien contra la muerte, había cerrado herméticamente el simulacro e involucrado armoniosamente a familiares, empresarios culturales, aficionados y simples espectadores en él.

Quizás a los padres de un hijo muerto le esté vedada esta salida. Engaña el lenguaje porque la salida implica un encerrarse, no una puerta que se abre hacia fuera, sino una que permite el acceso a una celda de la que, con preferencia, ya no se saldrá hasta la propia muerte. Quizá los padres de un hijo muerto tienen que buscar otras entradas / salidas a esa celda. Para ellos el despertar después del Leichentrunk sólo significa el regreso de la ausencia, la del ser perdido y la inevitable ausencia del propio ser. En su futuro cada despertar sería como el de un enfermo de Alzheimer —la muerte y la desesperación experimentadas cada mañana como si eso acabara de ocurrir—, si no se refugiaran en algún simulacro de vida.

A raíz de la muerte de mi hermano, mi madre empezó a convertir el pesimismo en su forma de existencia, única que aún le parece habitable y digna de la dimensión de su dolor. Enfermedades escondidas durante décadas empezaron a manifestarse: el glaucoma, las cataratas, el hipertiroidismo, las hernias, la escoliosis se volvieron fieles compañeros de una existencia centrada en la desesperación. Mi madre no vive como si cualquier día pudiera ser su último, sino porque todos sus días son últimos días. Cada vez que la veo es la última, cada vez que visitamos a uno de sus hermanos insinúa que será la última que lo veremos porque está muy enfermo, porque ya es viejo, tan viejo como ella, porque ya el año que viene ni su hermano ni ella van a estar. Cada enfermedad seria de la que se entera, de un conocido o un extraño, por el chisme de la vecina o el de las revistas, inmediatamente se relaciona con ella. Quizás no estalla, pero ya la trae. Mi madre se ha convertido en un personaje de Thomas Bernhard, en el pintor Strauch de Frost: apenas escucha de una enfermedad, siente que se está desarrollando en su cuerpo, ya percibe la putrefacción. Mi madre sólo consulta a los médicos que sabe que no le van a ayudar. Si por casualidad encuentra a un médico eficiente que le receta la medicina correcta —placebos a veces— y trata de enfrentarla con la verdadera causa de todos sus males, entonces mi madre huye espantada: curarla sería matarla.

Mi padre, a sus 70 años, fuerte como un oso, reaccionó de manera muy diferente: su simulacro se llama creatividad. Hombre práctico toda su vida, dedicado al trabajo manual, descubre al inicio de una vejez que promete ser larga y activa la escritura, la pintura y la elaboración de sistemas religiosos nuevos. Los dibujos de mi padre son los de un niño: sin técnica pero espontáneos y sinceros. Son dibujos crueles que desenmascaran la hipocresía de familiares y conocidos normalmente identificables; que critican ácidamente el desmesurado valor que otorgamos al dinero, el éxito, la juventud y la belleza; que idolatran desmesuradamente a algunos seres queridos, su segundo nieto (mi hijo) en primer lugar. Sus textos son introspección, profecía y conjuro. Analiza minuciosamente los acontecimientos pequeños y grandes de cada día, predice el futuro suyo y nuestro, manda al infierno a los que le caen mal (casi todos los demás). Cuando cumplió 67, hace tres años, anotó: “He iniciado el último cuarto de mi vida.” Hago el cálculo que me espanta un poco: mi padre pretende morir exactamente a los 90 —cifra redonda incluida en el 67 de manera inesperada, aunque sí prevista por él—. Le quedan veinte años aún, es decir, la muerte está muy lejos. Veinte años es el lapso que el diablo de Thomas Mann concedió a Adrian Leverkühn. En Dr. Faustus, el músico no es capaz con toda su sensibilidad artística de imaginarse esta eternidad, darse cuenta de que al final de esos veinte años algo espera. Mi padre, con el mismo truco, aleja la muerte de su existencia. Dado que también profetiza que su esposa va a morir después de él, tampoco existe el riesgo de quedarse solo. Me encuentro ante una fantasía desbordante, casi delirante, reprimida probablemente durante décadas y liberada por un acontecimiento trágico e irreversible. La escritura y la pintura han de tener un objetivo. Éste se llama religión. En desacuerdo con catolicismo y protestantismo (las dos únicas confesiones existentes en su ciudad natal), mi padre tiene que fundar su propia religión, culto y símbolos incluidos. Usa el jardín de la casa para construir pequeños monumentos, casi templos, y llenarlos con las señales de su religión. Por supuesto que con esto causa conflictos matrimoniales en serie, los que —por otro lado— convienen a mi madre porque confirman su pesimismo apocalíptico que cómodamente puede concentrarse en la figura diabólica de su cónyuge. Desgraciadamente no pertenezco al círculo de los iniciados en la nueva religión formado, sospecho, sólo por dos personas: él mismo y su nieto. La última vez que lo vio, mi hijo tenía un poco menos de año y medio, así que aún no puede dar cuenta de los paseos interminables con su abuelo por los bosques de la comarca.

Espero que no se me entienda mal: no me burlo de mi padre. Al contrario: lo admiro. Respeto su imaginación, su inquebrantable voluntad, su honestidad incondicional, el optimismo inagotable. Respeto y admiro la radicalidad del pesimismo de mi madre, su fe absoluta en el peor de los futuros pensables, su convicción de que lo malo siempre puede convertirse en pésimo, su imán que atrae enfermedades reales y ficticias. Admiro a la pareja que, después y a causa de la muerte de su hijo mayor, encontró —vuelve a encontrar cada día— un modus vivendi que les permite, al cabo de cuarenta y cinco años de matrimonio, conciliar contrastes existenciales presentes desde siempre, pero asumidos apenas.

La vida no continúa, la vida se transforma. No repito con esta simple frase las tonterías esotéricas al estilo de “la muerte sólo es otra forma de vida”. O, peor todavía: “la muerte sólo es transitoria, convierte las cenizas en vida”. La escena final de Forrest Gump pertenece a los recuerdos que quisiera borrar de mi mente, pero su insuperable falsedad la mantiene ahí. La pluma que cae del libro del hijo de Forrest, la pluma que representa a Bubba o a Jenny (cualquier muerto de la película), es kitsch del más falso y engañoso: la ilusión más hermética producida por Hollywood, esa máquina de ilusiones. La muerte es definitiva, un punto final, se apaga la conciencia, se muere el universo y no hay empatía ni consuelo. Sólo hay el simulacro de vida del que la forma escogida por mis padres es un ejemplo hermoso.

Mi simulacro es mucho menos interesante: se llama literatura. En realidad escogí lo que forma el centro de mi vida desde casi treinta años. Lo que cambia es mi manera de leer y asumir la literatura. Busco cobardemente un consuelo en ella, pruebas (aunque vagas y especulativas) de que sí hay un después, de que con la muerte no sólo se colapsan todos los neurotransmisores, sino que sí es una transición hacia algo al estilo de Forrest Gump, algo que implica una nueva forma de conciencia. Busco esto en la literatura y, al mismo tiempo, mi racionalidad rechaza cualquier intento de prueba, cualquier rasgo de irracionalidad en los textos devorados y mal digeridos.

Leo muchos de estos textos con el propósito de escribir un estudio extenso sobre la influencia del irracionalismo y el intuicionismo en literatura y pensamiento mexicanos de comienzos del siglo xx. Hermoso engaño y engaño doble. Hermoso porque este objetivo “científico” me obliga a leer a Spengler, Bergson, Keyserling, filósofos que con gran facilidad deconstruyen el carácter definitivo de la muerte. Doble porque, casi en el acto de la lectura, puedo burlarme de ellos, rechazar sus ideas como ilusiones sin fundamento racional producidas por mentes sobrecalentadas. Hermoso porque también me obliga a familiarizarme con la epistemología de Karl Popper, el más racional y sobrio de todos los filósofos, con la que puedo rechazar las ideas irracionalistas e intuicionistas como teorías ad hoc sin valor científico alguno. Doble porque empiezo a buscar oraciones y palabras que develen la racionalidad popperiana como irracional: tarea no muy difícil, dado que Popper se comporta, cuando no es ni racional ni sobrio, de manera impulsiva y ebria. Es decir: el tenor de mi trabajo, que posiblemente tendrá el mismo destino que el estudio sobre el oído proyectado por Konrad, otro protagonista de Bernhard, ya se ha fijado: buena parte de la poesía y la narrativa mexicanas de los años veinte y treinta del siglo xx es irracional y anticientífica, propaga, por ende, pensamientos peligrosos que culminan en dogmatismos nefastos al estilo de José Vasconcelos.

No me atrevo a formular la hipótesis más consecuente: el fenómeno literario en sí es irracional. Escribir poemas, novelas y cuentos, pero también reflexionar sobre poemas, novelas y cuentos va contra la razón; es inútil, no produce conocimiento, sino sólo la necesidad de aceptar dogmas. No importa que esta hipótesis corte la rama del árbol sobre la que me he acomodado. Importa porque me privaría del placer de hurgar en textos irracionales que fabulan, a final de cuentas, sobre la inexistencia de la muerte. Esta hipótesis, en otras palabras, derrumbaría mi simulacro.

La racionalidad positivista no puede ser negada. La imposibilidad de la existencia de formas de conciencia diferentes a la nuestra es estrictamente lógica. El final de la vida biológica ha de ser aceptado como un verdadero final y como la reinstauración de la nada. Creo en estos tres postulados, no dudaría de su veracidad. Sin embargo no me satisfacen, no son ni bellos ni interesantes ni divertidos ni me permiten construir el simulacro ontológico. Sí son bellos y hospitalarios: las fantasías de Freud sobre el triunfo definitivo de Eros sobre Tánatos, la retirada estratégica de la energía vital al lodo originario de donde resucitará con toda su fuerza; el fino espiritualismo de Henri Bergson, quien demuestra paso a paso, casi matemáticamente, que la conciencia no puede ser apagada, que es inmortal; el delirio de grandeza del conde de Keyserling, quien se percibe a sí mismo como metafísico a la altura de Dios, cumbre desde donde explica el nuevo evangelio que se llama Keyserling. Hasta es bello el arrogante ateísmo de Nietzsche, que quiere liberar a los humanos de la creencia en un más allá paradisiaco, que sustituye la monogamia cristiana por una promiscuidad mítico-escatológica aún más consoladora y engañosa.

Son bellas y cómodas las teorías poéticas desde la antigüedad, a través de los romanticismos, hasta las vanguardias que otorgan un papel divino (y más que divino) al poeta: el creador de mundos, el intermediario entre lo sobrenatural y lo humano, el inmortal por y en la palabra poética. Son bellos y reconfortantes —a pesar de la tragedia personal implícita— los ejemplos de Hölderlin y Gérard de Nerval: feliz y productivo en medio de la locura aquél; genial, hímnico y extático suicida éste. Es consoladora la enajenación del juez Schreber, creador de un universo despoblado y repoblado gracias al coito de la hembra Schreber con el macho Dios, más inmortal aún que los grandes poetas. Es melancólica la convicción de Xavier Villaurrutia de que el acto poético garantiza la supervivencia del poeta: no se trata de fama póstuma, se trata de ser parte del lenguaje, de la langue, diría Roland Barthes, otro irracional en busca de consuelo ante lo inevitable. Es trágica y grandiosa la fría confianza que Jorge Cuesta deposita en la inteligencia: le dicta un suicidio espectacular, una locura que estalla poco después de escribir el verso final de su poema más calculado, más geométrico, más inteligente.

Son simulacros exitosos la creencia en belleza y fealdad del arte, superioridad e inferioridad del artista, bondad y maldad de la literatura, efecto pedagógico (positivo o negativo) de la escritura, integridad moral o perversión ética del intelectual. Son los simulacros más exitosos la convicción de que el arte y la literatura otorgan inmortalidad y la esperanza de que el pensamiento y la palabra puedan vencer a la muerte, esperanza cursi propagada igual por Forrest Gump que por Marcel Proust.

El simulacro que yo escogí ofrece muchas ventajas; la más grande, el hecho de que lo escogiera. Además permite formular proyectos de investigación eventualmente apoyados por la universidad y conacyt, leer textos que ningún racionalista en sus cinco sentidos (ni siquiera Popper) leería y desarrollar cierta sobriedad intelectual —fingida por supuesto, se evapora a más tardar con la tercera cerveza— que se puede usar bien en el salón de clases.

Mi simulacro revela como fértil consecuencia de su funcionamiento la hipocresía de racionalidad y objetividad científicas. Paul Ricoeur, en Ideología y utopía, lo sabe mejor que yo. Desmenuza y al mismo tiempo expone la irracionalidad de cualquier pensamiento ideológico o utópico. Sin embargo, no podríamos vivir sin este tipo de pensamiento. Ni siquiera los racionalistas más estrictos podrían renunciar a él. Esto explica quizás el violín de Einstein, la erotomanía y superstición de Schrödinger, el duelo entre Wittgenstein y Popper realizado con un atizador en Cambridge, el romanticismo político de Bertrand Russell y miles de ejemplos más que muestran la eficacia del pensar y actuar irracionales hasta en los ambientes y mentes más positivistas.

La superstición, el fanatismo, la etimología popular, desgraciadamente también la ira, los celos, la arrogancia y muchos fenómenos y actitudes irracionales más siguen teniendo vigencia y valor científico. Son ellos los que influyen en nuestra lógica, son ellos los que generan nuestras hipótesis y teorías, los que manipulan nuestros conocimientos.

Mi simulacro me permite una actitud soberana que juzga y rechaza la irracionalidad, pero, con un guiño algo irónico, admite y acepta su necesidad, envidia su inmortalidad. Esta actitud, sin embargo, no cuestiona ni pone en peligro el simulacro ontológico. La lucha perenne entre razón e intuición, objetivismo e idealismo, positivismo y espiritualismo no le interesa, no tiene lugar en él porque es parte constitutiva de él. El mecanismo se parece a la cárcel lingüística de la que se percataron los estructuralistas. Es posible describir el funcionamiento del lenguaje, descubrir sus trucos y resolver sus misterios, hasta hacer predicciones acerca de su desarrollo futuro. Pero nada de esto influye en el sistema lenguaje porque todo lo descubierto ya es parte del sistema y —consecuencia desastrosa— no se puede saber nada nuevo, nada que no esté previsto por el sistema. Triste verdad de cualquier simulacro de vida que nos formamos con la primera intromisión de la muerte: hasta que nos damos cuenta de qué y cómo lo formamos no podemos salir de él.

Muchas ventajas y comodidades tiene mi simulacro autoconsciente, pero nada de dignidad. Mi hermano muerto nunca ha tenido lugar en él. Me temo que no esté previsto en él, que mi balbuceo presente sólo sea un intento vano de integrarlo. Me inclino ante la dignidad de mis padres. Sus simulacros probablemente inconscientes guardan y respetan la memoria de mi hermano, algo que la literatura con toda su erudición y tradición, con todo su aparato intelectual y sentimental, algo que la palabra publicada no logrará nunca.

Texto publicado en la edición 146 de Crítica


Escrito por Andreas Kurz

Estudió literatura comparada en la Universidad de Viena, así como una Maestría en Letras Hispánicas en la Universidad de las Américas– Puebla. Se doctoró con una tesis sobre la influencia francesa en el modernismo finisecular mexicano. Impartió clases en la Universidad de Viena, la UDLA-P, el Tec de Monterrey, el ITAM, el Claustro de Sor Juana y la UNAM. Es profesor de tiempo complemento en la Universidad de Guanajuato. Su último libro publicado es Cratilismo. De la pesadilla mimética en literatura y discurso (Puebla 2010). Publicó libros sobre el modernismo mexicano y el narrador cubano-francés Alejo Carpentier.

Actualmente investiga sobre la influencia de la filosofía irracionalista en la cultura mexicana, así como sobre las teorías de la literatura fantástica. Es colaborador de La Jornada Semanal.

  • Gandel

    Qué texto tan triste.
    Le escribo un abrazo al autor.

  • Ana Terán

    No se puede felicitar a quien se duele tanto. Yo pasé, he pasado, sigo pasando por esa misma experiencia y, en mi caso, doblemente: dos de mis hermanos murieron con una diferencia de 5 años, uno de 28, el otro de 32. Pero se cale un abrazo, que aquí va.

  • Lalo Martín del Campo

    La ciencia tampoco distingue límites entre lo que es simulacro y lo que es simulado. Lo bello lo pondría primero ahí, en tal incertidumbre cuerda (en lugar de tanta certidumbre loca, a propósito de Cuesta), y luego, en lo bello que el supuesto simulacro termine siendo: algo (“seguramente”) más real de lo que se imagina y se duele uno. Un abrazo, profesor.