cholula-feat

Cholultecas

ORIGEN

 

Hay cholultecas desde hace cuatro mil años. De los primeros se sabe muy poco. Algo seguro es que les gustaban las puestas del sol, especialmente las del verano, cuando el sol desaparece entre los dos volcanes que, en aquella época, eran simplemente los dos volcanes. En Cholula los ocasos son apocalípticos, con la fumarola del volcán derramando rosáceos y rojos sobre el cielo, las dos moles de piedra alzándose sobre la noche como centinelas negros que no se dignarán ya a abrir las puertas. Algo se pierde en cada atardecer cholulteca, lucidez, astucia, viveza. Va invadiendo, en cambio, el pasmo, el misticismo.

La segunda cosa que sabemos de ellos es que, a diferencia de los de ahora, eran bastante ricos. Nada más controlaban el negocio entre Teotihuacán, ciudad de dioses, y el resto del mundo con el que entonces valía la pena comerciar. ¿Eran aliados o colonia de Teotihuacán? No sé sabe. Baste con decir que tenían la pirámide más ancha del mundo de aquellos siglos y los de ahora.

Colonia sí fueron, en el siglo viii, de un grupo extrañísimo llamado los olmecas-xicalancas. Cabezones, de nariz chata y labios gruesos, estos indios tenían más de africanos que de indios. Salvo la creencia de los franciscanos, según la cual los primeros pobladores de esta tierra eran la tribu perdida de Jerusalén, no encuentro otra explicación para estos negroides. ¿Cómo llegaron? ¿A dónde se fueron? Lo cierto es que, antes y después de Teotihuacán, ellos les marcaron el paso a las ciudades del valle de Puebla. Durante cuatro siglos a Cholula le tocó bailar al ritmo olmeca-xicalanca.

Dato extraño. A los olmecas-xicalancas no les gustó la pirámide. Muy grande, muy colorida, muy bañada en sangre. O como Atila al saquear Roma, quizá no la entendieron. Se instalaron a un lado, sin tocarla, dejando que acumulara polvo y tierra. Y en menos de lo que se enciende un manojo de años, la pirámide se volvió un cerro.

Nadie la desenterró, ni los cholultecas cuando recobraron el poder, ni los españoles ni los mexicanos. Los primeros la dejaron ser, los segundos le construyeron una iglesia encima y los últimos la usan para ir a volar papalotes. ¿Qué hubiera opinado Notre-Dame si la hubieran olvidado bajo tierra? Polvo eres, polvo serás: eso les pasa a los cholultecas por místicos.

Tuvieron su oportunidad de desenterrarla en el xii, pero no los primeros pobladores; la oportunidad fue entonces de los toltecas-chichimecas. Eran siete tribus y salieron de Tula a matar. En un siglo poblaron todo el valle de México y Puebla; crearon la ciudad de Tenochtitlán, Tlaxcala, Huejotzingo y poblaron, de nueva cuenta, Cholula. Bajo los centinelas negros, los toltecas-chichimeas se preguntaron ¿para qué, cuándo se pueden construir tantas otras? Hicieron de Cholula su ciudad sagrada, construyeron cientos de templos y un puñado de pirámides: a ella iban a coronarse los señores del golfo, los valles de México, Morelos y del norte de la mixteca.

Cuando los conquistadores llegaron a México, en Cholula, según Cortés, había alrededor de 20 000 casas; es decir, una población no muy lejana a la de ahora, 100 000 habitantes. París, en la misma época, tenía 150 000.

CONQUISTADORES

Los pobladores de las ciudades-estado del valle de México y Puebla provenían de Tula y hablaban la misma lengua, el náhuatl. No por ello dejaban de odiarse. Y cuando el odio es entre hermanos, no hay donde acabar. Con los toltecas-chichimecas las pirámides se bañaron en sangre de punta a punta, rojo parejo, con greñas atoradas entre las piedras donde habían lanzado los cuerpos exangües del enemigo, y el pellejo de las víctimas como vestimenta del día a día. De esta guerra, para el siglo xvi, había dos claros vencedores: Tenochtitlán y Cholula, la primera ganó por las armas, la segunda por la religión. La más jodida fue Tlaxcala.

Asentada en un valle de tránsito accesible, a diferencia de Huejotzingo, protegida por las barrancas del Iztaccíhuatl, Tlaxcala era el paso obligado en la expansión imperial de los mexicas, la última tribu tolteca-chichimeca en asentarse en el valle que lleva su nombre. Sádicos como pocos, los mexicas se frotaban las manos tramando la estratagema a seguir contra sus hermanos de raza. Y lo primero que se les ocurrió fue… un embargo. Les bloquearon el mercado de la sal y el algodón. Tlaxcala, en náhuatl, significa, el lugar de las tortillas. Pues desde ahora, si se las querían tragar, que se las tragaran acedas.

Pero, como todos saben, el que ríe al último ríe mejor. Cuando los españoles cruzaron la frontera de piedra construida alrededor de Tlaxcala por los mexicas (los imperios son dados a esos extremos, aunque ahora nos hagamos los sorprendidos), hubo asamblea de ancianos tlaxcaltecas, a la que se coló más de un joven guerrero. ¿Qué hacer, aliarse o pelear contra los barbados? Los de cabello oscuro pedían guerra, los de cabello cano extrañaban demasiado sus tortillas con sal. Optaron por una decisión timorata: enviar al ejército de otomíes a librar batalla, algo así como la fila de magrebíes luchando por Francia en la Segunda Guerra Mundial o los negros, latinos y guerrilleros de toda índole luchando por los Estados Unidos. Para mostrar aunque fuera un poco de dignidad, encabezaba el ejército de otomíes un noble tlaxcalteca: Xicoténcatl.

A este Xicoténcatl le tocó recibir las primeras balas, que los conquistadores dispararon a distancia considerable. Después, en todo un despliegue de alta tecnología, embistieron los caballos. Las armas cortas de los indios no les daban ni para tocar los pies del jinete: se lanzaron en contra de las patas del animal. Bastaría haber conocido aunque fuera un poco al caballo para saber que ésa era mala estrategia. Al caer la noche, los tlaxcaltecas-otomíes yacían pisoteados, baleados y rematados con navajas de obsidiana. Todavía hubo otra batalla, casi escaramuza, antes de que Cortés fuera recibido en la misma asamblea donde, una semana antes, se había decidido probar el calibre de los conquistadores. Desde ese día, tlaxcaltecas y españoles se hicieron aliados; hasta el día de hoy no se han vuelto a separar.

Terminado el festín de la alianza, vaciadas las vasijas de pulque, ahora sí. ¿A dónde quería ir Cortés?

“A Cholula.”

“Vamos pues”, respondieron los tlaxcaltecas. Pero acompañados de los huejotzincas, que la pólvora y los caballos estuvieron bien para espantar otomíes, pero Cholula era la ciudad sagrada. Allá se daban el lujo incluso de no desenterrar la pirámide que, para entonces, formaba un cerro lindo de verse. Cholula era otra cosa, y esto lo descubrió también Cortés después de unas horas de viaje, cuando divisó la ciudad y detuvo a sus huestes. Así lo describió a Carlos V, meses después: “Esta ciudad es muy fértil de labranzas porque tiene mucha tierra y se riega la más parte de ella y aun es la ciudad más hermosa de fuera que hay en España, porque es muy torreada y llana y certifico a vuestra alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas treinta tantas torres en la dicha ciudad y todas son de mezquitas.”

Aquí había que enviar a los embajadores, negociar, aplicar el arte de la guerra; aceptar la hospitalidad de los cholultecas, a condición de que entraran a su ciudad sólo los españoles; hacer oídos sordos a los tlaxcaltecas, totonacas y huejotzincas, quienes les aseguraban que iban directo a una emboscada; hacer oídos sordos a los mismos españoles que, para ponerlo en una expresión muy suya, se cagaban las patas de miedo, porque la pólvora, el metal y los caballos no quitaba que eran apenas quinientos hombres contra una ciudad del tamaño de Sevilla; y, por último, aguantar el frío en la sangre y mantenerle la mirada al indio cuando éste les dijo, muy quitado de la pena:

“Bienvenidos a su muy humilde casa.”

“Hombre, qué amable”, le respondió Cortés.

Y con esa respuesta, y con lo que haría al día siguiente en la noche, se ganó su lugar en todos los libros de texto.

 

LAS VERSIONES DE LA MASACRE

Existen tres versiones distintas. La de un fraile que abogaba por los indios, la de un soldado que le reclamaba a la Corona lo que le debía, y la de Hernán Cortés, que le escribía al rey Carlos V. Todas narran un mismo hecho: la masacre de Cholula.

Empecemos con los números. Bartolomé de las Casas refiere seis mil muertos, más los que, escondiéndose bajo los cuerpos exánimes fueron, dos días después, rematados. Cortés nos da la cifra en una frase que nos lo pinta a él cabalmente: “dímosles tal mano, que en dos horas más de tres mil murieron”. Bernal Díaz del Castillo es más prudente, y eso le costó fama marcial, pero se la granjeó como escritor. Él no abogó en números, “matamos muchos de ellos”, escribe, pero tacha después la segunda parte de su frase: “y otros se quemaron”. ¿Los quemaron vivos? ¿Quiénes los quemaron, ellos mismos, los tlaxcaltecas? ¿Los quemaron en el templo a Quetzalcóatl, al calor de la batalla? Tachado. De acuerdo con el historiador Lomelí Vanegas, los muertos debieron ser, ese día, entre 5 000 y 10 000.

¿Quién nos explica la masacre? Bartolomé la entendió como una lección marcial “o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras”. Los conquistadores negociando con el sadismo y la dignidad, azuzando para sacar después el matamoscas. Bernal se enfureció con esta acusación del para entonces obispo De las Casas. Ante todo un buen cristiano, Bernal se preocupó en decir que ellos hicieron lo correcto, de otra manera los indios seguirían en sus cúes, adorando demonios, Uichilobos, Tezcatepucas, sacrificando enemigos para comer sus carnes con sal y ají y tomates. Fue lo correcto, nos quiere convencer Bernal, y se quiere convencer a sí mismo. Ellos se lo ganaron, por infieles. Pero tacha la frase: “y otros se quemaron”.

Cortés, por su parte, no da explicaciones.

¿Cómo sucedió? Según Bartolomé, los españoles mandaron llamar a los caciques principales de Cholula. Con la excusa de que emprendían el camino a Tenochtitlán, ordenaron les trajeran varios miles de tlamemes: indios de carga, único transporte en un mundo sin ganado. Llegaron cinco o seis mil de estos “corderos muy mansos”, los juntaron en un gran patio, y “ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado”. Después tenemos, de nueva cuenta, la hoguera, atizada por los conquistadores para quemar en ella a los caciques. Aquí, Bartolomé se preocupa de darnos un detalle: nos cuenta que algunos lograron escapar de las llamas, subieron a la pirámide, y desde ella les dieron batalla a los conquistadores. Duraron poco.

¿Qué dice Cortés? Mató a tres mil en dos horas. Tampoco lo hizo por gusto. Si tal fuera, hubiera “trucidado” a totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, otomíes. Fue estrategia marcial, que es casi decir estrategia de sobrevivencia. Quienes no han vivido una guerra, qué saben. Según él, los cholultecas, desde que entraron a su ciudad, los mantuvieron a agua y aire. Al llamarlos para ver dónde había quedado la hospitalidad prometida por los embajadores, se hicieron los enfermos: que están malitos. Pero entonces se supo. La lengua, Malinche, fue abordada por una india de la ciudad, noble de linaje; le dijo que a las afueras de Cholula se aprestaba un ejército para darles muerte a los españoles; que se viniera con ella, porque de otra manera no salvaba la vida. Pero Malinche prefirió a Cortés.

Y cuando éste se enteró, mandó a llamar a los señores principales. De nueva cuenta la escena de su arresto, uno por uno, en una gran sala. Luego un disparo de escopeta como señal para que “diesen en mucha cantidad de indios que había junto al aposento y muchos dentro de él”. Aparece de nueva cuenta la hoguera, pero en este caso se trata de poner fuego a “algunas torres y casas fuertes donde se defendían y nos ofendían”. Concluida la masacre, pedidas las disculpas, los señores principales salieron de vuelta a sus casas, la cabeza gacha, y pisando al vecino, la comadre y al nieto. Al transcurrir las semanas, Cortés se sorprende, salomónico, de que la vida siga su curso: “en obra de quince o veinte días que allí estuve quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada que parecía que nadie faltaba de ella, en sus mercados y tratos por la ciudad como antes lo solían tener e hice que los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos”. Ni mandado hacer para presidente priista.

Por último, Bernal. El encomendero de cuarta, soldado sin insignias, sin dinero, con la única compañía de su hijo y los mosquitos de la selva lacandona, escribe, en su vejez, lo que nadie más en la historia podrá escribir antes y después de él: la primera invasión marciana en la Tierra. Y la escribe en primera persona porque, a diferencia del obispo De las Casas, al que no tragaba porque “dícelo de arte en su libro”, él sí lo vivió, en carne y hueso, y dícelo de verdad. Como marciano.

Llegaron a Cholula invitados por los mismos cholultecas. En los primeros dos días comieron muy bien “y abastadamente”. Después las cosas se torcieron. Al cruzar una calle, el conquistador se topó con una sonrisa burlona de un indio. Otro día lograron librar el cerco los tlaxcaltecas, y se allegaron a sus aliados para informarles que en las cañadas había un ejército mexica. Después, hubo sacrificios en las pirámides. Llegaron de nuevo los tlaxcaltecas, ahora a decirles que las calles tenían trampas con hoyos “y albarradas para que no pudiesen correr los caballos”. Tenían que hacer algo. Cortés optó por sobornar a dos sacerdotes con chalchuis, cristales verdes. Los sacerdotes les hablaron a medias. Hablaron además como quien no les tenían miedo, y sí mucho resentimiento a Moctezuma; parecía ya no creer en sus dioses, un día escuchaba a uno que le decía una cosa y otro día a otro que le decía la contraria, y no hacía nada, que era casi confesar que ya no creía en ellos. Moctezuma ya no valía la pena, pero tampoco valdrían mucho los barbados, así que del supuesto plan de emboscada nada se supo, pero que algo tramaban los cholultecas, eso seguro.

“¿Qué fue lo que dijeron?”, preguntó Cortés.

“Que sí, pero que no saben.”

Estuvo a punto de caer en la treta. Arrojó la moneda al aire y creyó que lo mejor sería esperar a que cayera en la palma de su mano. Fue en ese momento cuando la Malinche (Marina para Bernal) tomó la moneda. La misma anciana de noble linaje con la misma historia contada ya por Cortés fue quien inclinó la balanza.

Despejadas las dudas, Cortés mandó llamar a los caciques, capitanes y sacerdotes. Burlados en su propia estrategia, encerrados a cal y canto, escucharon una a una las amonestaciones de un profesor con rifle y espada; colegiales desesperados, argumentaron que no habían sido ellos los de la idea, que los obligaron, Moctezuma y sus embajadores, los mexicas metieron cizaña, ellos no querían… Cortés disparó su escopeta. Señal de lo que ya sabemos.

Bernal relata un detalle que olvidaron por igual De las Casas y Cortés. Se trata del hecho de que, en menos de dos horas, los tlaxcaltecas desbordaron las calles de Cholula e “iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener. Y otro día vinieron otras capitanías de las poblazones de Tlaxcala y les hace grandes daños, porque estaban muy mal con los de Cholula”.

Los tlaxcaltecas se cobraron la frontera de piedra y los embargos de la sal y el algodón. Se cobraron una a una todas las humillaciones y carcajadas. Y todavía mandaron llamar al día siguiente a la gente que no había podido patear al muerto, para que viniera a darse gusto. Bernal, al recordar este y otros tantos detalles, le puso la sal a la historia.

 

LA REINA DE CHOLULA

Cinco a diez mil muertos, Cholula no pudo recuperarse, y se fue poblando a retazos. Un encaje de orgullosos tlaxcaltecas, un jirón de tepanecas, una borla de huejotzincas, dos mecates de mexicas. Llegaron a Cholula por costumbre: tantos peregrinajes, tantas coronaciones. Allí estaban además los templos y las pirámides para gritarles a los dioses. ¿Adónde se fueron desgraciados? ¿Por qué nos prueban de esta manera? ¿Nos les bastó la sangre de nuestros esclavos? Abajo, a pedradas y por órdenes del conquistador, con los dioses mudos y con Quetzalcoatl pelando los dientes de serpiente alada. Y arriba, en su lugar, la cruz y la Virgencita, la Patroncita, la Emperatriz, la Mamacita de usted.

Cortés, Bernal y De las Casas, ¿qué fue de ellos?

El primero conquistó Mesoamérica entera. Su coco: los indios nómadas del norte. Nunca le plantaron una batalla de frente, y así, a carreras, en la sierra, imposible. Ninguno de los territorios que conquistó lleva su nombre, lo tiene solamente un golfo, al norte de México, donde los gringos jubilados comen langostas y los jóvenes ven ballenas.

Bernal se traspapeló entre los documentos del rey Burócrata, se quedó sin los privilegios que demandaba. Aunque su suerte tampoco fue tan adversa como él la retrata. Se casó con hija de conquistador, pudiente y de influencia en Guatemala. Tuvo varios hijos, hacienda “y abundancia de armas y caballos y criados, como muy buen caballero, y servidor de su Magestad”.

Bartolomé de la Casas sufrió el peor castigo que imponían los atenienses, después de la muerte: el exilio. Lo removieron con engaños de su obispado en Chiapas y lo pasearon de audiencia en audiencia por toda España. Aliviaron la conciencia con sus palabras, redactaron nuevas leyes con sus argumentos, pero no lo dejaron regresar a la Nueva España, capaz de que les afectaba el negocio.

¿Las mujeres? Malinche: léase a Octavio Paz.

Y la anciana que pudo haber desatado, sin saberlo, la masacre, no tiene hasta ahora nombre. Existe, sin embargo, uno muy sugerente: María Ylamateuhtli. María aparece en el Códice de Cholula de 1586, que trata, sobre todo, de la repartición de tierras; a ella se refieren como la reina de Cholula. Por las fechas, imposible que fuera la anciana que habló con Malinche. Pero por qué no hablar de su hija o su nieta. No era común una reina en ciudades indias, los mexicas no tuvieron una sola, ni tlaxcaltecas, ni huejotzincas, ni purépechas. Nadie, que yo sepa. Es probable que este reinado haya sido, pues, el pago a su traición involuntaria.

Texto publicado en la edición 149 de Crítica


Escrito por Alejandro Lámbarry

  • Maria Ylamateuhtli Marcelino de Mendoza, reconocida por Hernan Cortes como la reina de Cholula.

    • Alejandro

      Así es David, ella fue la anciana que delató a los aztecas y recibió, con los años, el reinado de Cholula. Creo que ya no hay duda en esto.

  • Pingback: » Lo visto y lo leído August 3, 2012 Big Blogger()

  • Me parece haber leído alguna vez que la pirámide de Cholula había sido mandada a enterrar porque es muy difícil que “tanta tierra” se acumule de esa forma. No hay en otras partes del mundo que algo tan grande o similar haya -acabado bajo tierra …sobre la tierra.- Por otro lado, me llama la atención que no se haya procedido a ‘desenterrarla’ Seria algo grandioso e impresionante poder verla en su magnitud y por lo poco que se puede ver, parece estar intacta.

    • Alejandro

      Hola Gustavo,
      Sí, las razones de la pirámide enterrada parecen estar veladas, aunque ya no tanto. No recuerdo si agregué la bibliografía en el texto original, pero te cuento que yo obtuve mi versión del historiador Leonardo Lomelí Vanegas, en su libro Historia breve de Puebla. Es un gran libro.

      Los motivos para no desenterrarla son, creo yo, porque las piedras al interior no están unidas (el tiempo ha deteriorado el material que usaban en lugar del cemento), de esta manera, no sólo es desenterrar sino buscar y pegar. Cuando se trata de una pirámide, la misión no es fácil.
      Saludos,

  • Paulino Hijuitl

    g,hmgljmghm