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Batalla de ciervos | Balam Bartolomé

Introducción

Cuando visité París por primera vez, uno de los encuentros memorables fue el que tuve con el cuadro Batalla de ciervos, de Gustave Courbet. En esta pintura monumental –originalmente mostrada en el Salón de París de 1861– se aprecia un bosque umbrío dentro del cual un par de ciervos se traba en batalla. La obra me impactó pues, más allá de su factura impecable, encarna la contradicción que conlleva el enfrentamiento con aquello otro que también es uno, la confrontación constante entre lo que somos, nuestro contexto y sus posibilidades. Sin embargo esta lucha en espejo, salpicada de tintes al mismo tiempo primitivos y ontológicos, está envuelta de una atmósfera de inquietante nobleza: aquella que constituye la combinación entre lo instintivo y lo poético.

 

Su peso en oro

Cualquier actividad racional que llevamos a cabo es una forma de no pensar en la inminencia de la muerte. Dedicamos buena parte del tiempo a ocuparnos en quehaceres que llenen los renglones en blanco del cuaderno de la vida. De ahí que, diariamente, procuremos tareas que cubran el itinerario que comienza al despertar y concluye al irnos a dormir.

Como consecuencia de ese ejercicio cotidiano, son pocas las veces en que somos conscientes de ocupar un lugar en el espacio, de tener un cuerpo y, en consecuencia, una función. Reflexionamos poco sobre el hecho de estar o suceder y de que esta materia que habitamos, a la que podemos denominar casa, carne, cosa, escultura, cáscara, cráneo, forro o cacharro, deviene en barca de Caronte pues en algún momento se fatiga y al final se agota. Esta máquina imperfecta tiene en la inconciencia de sí misma su talón de Aquiles. Desde la cueva del cráneo divaga y se ensimisma: pareciera gozar al censurarse, no está a gusto.

Un día, mientras hacía zapping en la tv, me encontré con un documental. Trataba sobre la fauna endémica en algún rincón de Asia y la función de cada uno de los integrantes del ecosistema dentro de la cadena alimenticia. En alguna parte del programa presentaron el caso de un gusano cuya forma y colorido semejaban caca de pájaro. Su color y forma, sorprendentemente exactos, le permitían confundir y evitar a los depredadores. Una mímesis pulcra.

A mis ojos, el bicho se volvió agraciadísimo: justo y puntual, perfecta y naturalmente inteligente. Era, a un tiempo, todo gusano y todo caca. Definitivamente estaba en lo suyo. O qué sé yo.

 

Verdad verdadera

La Verdad representa una contradicción a la que prefiero no acceder. Desde una perspectiva más bien desconfiada, pienso que como método de conocimiento resulta desesperanzador por inalcanzable; como vacuna contra la ignorancia, la considero cruel pues todos prefieren ver cómo no es y verse cómo no son. Por tanto, las consecuencias de tal verdad serían devastadoras: como ideología es difusa e imprecisa y como tesoro corrompe además de resultar demasiado mezquina. Hay que reconocer –eso sí– que como chantaje resulta muy efectiva.

Nuestra vida está conformada por interpretaciones de una idea absolutista de lo que se presupone verdadero, a partir de la cual se desdoblan diferentes percepciones de una realidad que creemos entender desde nuestra vulnerabilidad, presencia y consistencia corporal. Esto se traduce en ocasiones como fe neurótica hacia casi todo. Echamos mano de este misticismo balín en función de aligerar responsabilidades y sentirnos más “libres”. Incluso hay quienes ven el desnudarse en el zócalo como un acto redentor. Somos una especie más bien perezosa que prefiere placebos dogmáticos para dummies del tipo Pare-de-Sufrir. Es más fácil resolverlo así que intentar comprender que aquello que parece diferente a lo conocido es lo mismo, sólo maquillado de diferente modo.

Lo mismo sucede con la realidad, pues en su perímetro incierto el límite entre certeza y vaguedad se pierde en el camino del rumor. Sólo así las ideas pueden tomar un rumbo no proyectado y rebosar su intención como un arroyo al desbordarse. Se vuelven imaginación y, en consecuencia, se tornan mentiras. Eso, a mi parecer, está muy bien pues la única verdad verdadera es que mentir no es del todo malo ya que, al hacerlo, generamos la posibilidad de una realidad improbable.

 

Quinto cuarto

Dentro de un entero dividido en cuatro (4/4) es imposible incluir un cuarto más (5/4) sin dividirlo y transformarlo en un entero y un cuarto (1 1/4). Si consideramos el espacio que habitamos –el mundo– como equivalente a un entero, y lo asumimos como un todo que se desdobla en tiempo, espacio y sus dos condiciones (ser y estar), podemos suponer que sobre o dentro de este entero existe un quinto cuarto, espacio vasto e inexplorado; una zona en construcción permanente a partir de una perspectiva paralela a lo material: la del pensamiento y la imaginación.

Este plano se extiende verticalmente al infinito desde un vórtex mínimo e individual; un quinto punto cardinal que se encuentra en el centro de los otros cuatro. Este quinto cuarto se ensancha desde su origen con la forma de un cono invertido –parecido a un tornado– y se expande en la medida en que se ha descubierto algo nuevo acerca del nunca-mejor-dicho mundo entero; sobre sus galaxias y constelaciones.

Parte de lo racional humano involucra la necesidad de nombrar los espacios sin importar si se han visto, pisado o comprendido. Este horror vacui es provocado por la existencia probable de aquello que no se conoce y que atemoriza. Este tipo de territorios inexplorados son tierra fértil para el delirio, la suposición, el error: el puente hacia los grandes descubrimientos.

Sin este 5/4 no habría quién creyera en la existencia de un posible paraíso o infierno. No habría lenguaje, pues no existiría conciencia y, por tanto, necesidad de conocimiento. No habría preguntas ni existiría la noción de certeza o vaguedad. Difícilmente a alguien se le hubiera ocurrido nada: la condición móvil e inestable que nos ha acompañado desde el principio ha sido la clave de nuestra permanencia y evolución. Divide y vencerás.

 

Día gris

 

a Nicolás Pradilla

 

I

En ocasiones me imagino atravesando las paredes. En términos científicos esto es imposible pues los objetos no pueden ocupar el mismo espacio que otro cuerpo. Con base en este impedimento vamos por la vida esquivando, tropezando, interfiriendo; usando los objetos como herramienta, haciendo eses o generando tensiones con lo que nos rodea, pero nunca ocupando el mismo espacio. Este impedimento es el que ha marcado nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Desde lo incorpóreo, esta imposibilidad se antoja parecida al humo de un cigarrillo que desaparece en el aire, ligero y fantasmal, ocupando lánguidamente la totalidad de algún espacio. Más allá del voyeurismo implícito en esta imagen, me cautiva la idea de incorporarme a estas zonas ocultas. Pienso en las pocas veces que nos damos cuenta que también somos observados por terceras presencias que, desde su aparente despropósito, comparten nuestras actividades diarias. Me refiero a las mascotas, los insectos, las plantas.

Sin embargo, esta condición omnipresente no alcanzaría a cubrir los rincones infinitos de la mente, otro espacio vasto donde las ideas nadan en cardumen.

 

II

Filadelfia. Es octubre. Un día gris. Desde el autobús, veo gente que camina expulsando vaho por la boca: bostezos del alma. Voy camino al Philadelphia Museum of Art a ver Étant donnés, la última obra de Marcel Duchamp.

 

III

Nunca una puerta me pareció así de penetrable. Materia que es al mismo tiempo metafísica y naturaleza. Étant donnés es posiblemente una premonición de lo que sucede tras el momento funesto. Me pregunto si como obra póstuma habrá sido pensada como tumba. ¿O es acaso una versión sublimada del Aire de París? ¿Es mausoleo o manantial? Las preguntas se acumulan en mi mente más rápido de lo que puedo responderlas. Me formo varias veces para observar por la mirilla. Mis ojos intentan registrar cada mínimo detalle. Pienso en la cantidad de veces que me he topado con reproducciones fotográficas de esta pieza. Compruebo que la esencia de algunas obras es imposible de aprisionar en una estampa. Son visiones totales e inasibles. Algo similar sentí al estar frente a La lechera, de Johannes Vermeer.

En el mismo museo se encuentra una obra de Bruce Nauman que dice así: “El artista verdadero ayuda al mundo revelando verdades místicas.”

Jaque mate.

 

The good, the bad and the ugly

Desde la ventana del décimo piso en que me encuentro, dirijo la mirada a la avenida. Sobre la calle, en la acera opuesta, un grupo de gente se acerca a un individuo que sale del edificio localizado justo frente al mío. “Alguien famoso”, pienso. Aguzo la mirada y sí, tengo razón. Es Clint Eastwood. La gente se amontona alrededor suyo, eufórica. Quieren verlo de cerca, tocarlo, comprobar que es real. Él, amable, firma autógrafos. Observo la escena por unos segundos.

Pasado el interés inicial, levanto la mirada. A lo lejos, apenas distinguible, un niño mira a su vez cómo un globo se aleja hasta perderse en el cielo.

Ciudad de México, 5 de septiembre de 2011

 

Revés

El viejo autobús viene dando tumbos pesados sobre la terracería. Parece que flota sobre una fina alfombra de polvo. Alcanzo a ver pequeñas sombras montadas sobre él, diminutas y apretujadas. La cercanía inminente del camión genera entre todos una tensión bruta; los músculos se tensan, en alerta. Junto a mí, el hombre del sombrero intenta colarse en primer plano a como dé lugar. Viene abrazando contra su pecho una bolsa de papel. Da órdenes, enrojece, se indigna, refunfuña, desespera, escupe al hablar. Nadie lo escucha, menos aún lo dejan pasar. Todos, sin excepción, esperan lo mismo.

–¿Cómo llegué aquí? ¿Qué incomprensible destino me hizo venir a esta ciudad, a este caos, a esta brutalidad? –Los hombres reunidos nos miramos de reojo, desconfiados, protegiendo celosamente el mínimo pedazo de suelo que pisamos. La tensión colectiva nos hace balancearnos de manera uniforme al tiempo que nos impulsa torpemente un par de pasos adelante. –A donde hemos llegado –pienso mientras hundo mi codo sobre las costillas de alguno que me empuja por detrás, intentando pasar. Me niego instintivamente, los dientes rechinantes, fuerza irreconocible. Somos todos un nudo de energía que palpita y hierve; un solo músculo hinchándose hasta el límite.

Pienso en las aventuras de Istolak, el Troyano, que leí de niño. En ellas, el soldado cae preso del Imperio egipcio donde pasa de general privilegiado a esclavo desechable. A pesar de las adversidades, el héroe nunca pierde el temple ni se vuelve indigno de su formación guerrera, aunque ello pudiera significar la muerte.

Ahora no importa. El autobús ha llegado y es la única forma de escapar. Lento y pesado pasa frente a mí. “Viene hasta la madre”, pienso. De repente todos brincan, se pisan unos a otros intentando pasar, se trompican. El músculo parece deshincharse. Los hombres gimen y resoplan. Intentan agarrarse de donde sea, desesperados, feroces. Algunos caen y otros se aferran como grapas, todos manos y uñas (más bien garras) a la posible grieta que les permita sujetarse. Se queman las yemas de los dedos y caen otra vez sobre la carretera. Resisto con fiereza asido apenas a una ventana medio abierta. Un individuo intenta a toda costa afianzarse a una de mis piernas. Sostener dos veces mi peso es demasiado, así que lo pateo y cae.

El hombre del sombrero corre intentando mantenerse al paso del camión. De la bolsa de papel que lleva consigo asoman gruesos fajos de billetes. Intenta gritar, tose, gruñe, se ahoga. Tiene la boca seca y espuma acumulándose en las comisuras de los labios. Alza los brazos ofreciendo su pequeña fortuna al conductor. Queda sin aliento pero sigue; chorros de adrenalina corriendo por su cuerpo, dolor incomprensible y desconocido en sus muslos. Fuego en vez de sangre. Su esposa e hija lo observan en la lejanía y lloran.

No la ve. Es una piedra blanca, angulosa, sólida y casi con filo, durísima. El hombre del sombrero la pisa y su tobillo se tuerce en un movimiento violento. Tropieza mientras los billetes vuelan por el aire. Son tantos que parecen un festivo papel multicolor.

El momento parece suceder lentamente; el hombre del sombrero bracea grotescamente. Su cuerpo impacta el asfalto en un golpe seco, anclado. El golpe levanta una nube de polvo. La escena se vuelve difusa, casi invisible. Apenas distingo al hombre del sombrero incorporándose adolorido; rostro y alma vueltos un fantasma. Me recuerda las pinturas de payasos que veía en el consultorio de la doctora Anzures, mi pediatra.

El autobús se aleja. El hombre del sombrero traga saliva y sus ojos se humedecen. Alrededor de las pestañas se le empiezan a formar diminutas piedrecillas de lodo mineral. El hombre del sombrero recoge sus billetes lenta, dolorosamente.

 

Sarcófago

a Víctor, El California

Camino sobre la Avenida 18 de Julio. Es una tarde luminosa y el sol hace brillar los mosaicos grises de la banqueta. Al andar intento contarlos: uno, dos, tres, cuatro, seis, diez, catorce, veinte… La velocidad de mis pasos y los empujones de los demás peatones me hacen perder la cuenta. Empiezo de nuevo, ensimismado: uno, dos, tres, cuatro, seis, diez… De repente, un impacto me hace reaccionar. Sobre el pavimento veo el cuerpo desnudo de un niño; su cuerpo dislocado hace una forma imposible sobre un charco de sangre.

“¡Ahí! ¡Ahí arriba!”, gritan. Alzo la mirada y veo a un hombre que lanza frases ininteligibles desde una ventana abierta. No alcanzo a distinguir su rostro, es confuso e impreciso. Carga a un niño en brazos. De pronto, lo lanza al vacío. En una fracción de segundo mi cerebro me ordena: ¡Sálvalo!, y aunque la velocidad de la caída es considerable, la adrenalina me hace dar dos brincos para colocarme en el punto donde preveo que caerá. Abro los brazos para recibirlo. Espeluznado me doy cuenta de su frialdad inerte: lo ha lanzado muerto, como quien arroja un escupitajo desde el automóvil. Mi cuerpo se entume horrorizado, incapaz de reaccionar.

Otro impacto. Otro niño cae sobre un auto estacionado a unos metros de donde me encuentro. El golpe abolla el toldo. El cadáver rebota hacia el asfalto y revienta como el cadáver de una rana puesto al sol.

 

Mientras espero a ser atendido por algún doctor, decido recorrer el hospital al que me trajeron después del incidente. Me siento bien, aunque ante la insistencia de los doctores una revisión no parece mala idea. El hospital es muy limpio y deduzco que atenderse ahí resultará muy caro. Camino sin rumbo por los pasillos y llego a la zona de urgencias donde llegan las víctimas de accidentes, infartos, congestiones y asaltos violentos: el menú del día.

Justo ahí, un hombre de aspecto imperturbable –traje negro, lentes y tez oscura– permanece inmóvil junto a un cuerpo que se encuentra tendido sobre el piso de cerámica blanca. El que yace parece ser el mismo personaje que lanzó aquellos niños al vacío. Está bocabajo, con el cuerpo partido horizontalmente a la mitad, como un sarcófago. Contiene sangre hasta casi desbordarse.

El hombre del traje lo insulta y hace preguntas de manera imperativa. No hay respuesta. El interrogador abre una puerta contigua por donde entra una corriente de aire helado. Al sentirla, las mitades agónicas emiten un resoplido lastimero, casi inaudible. La sangre contenida vibra como el agua de un estanque cuando llueve. La tortura se prolonga por varios minutos. Es terrible.

Un escalofrío recorre mi espalda hasta la nuca. Mi mandíbula se endurece y mis dientes rechinan con fuerza. Observo la escena con horror pues sé que la cáscara agónica es inocente. El verdadero asesino es otro: yo.

 

Una semana después recibo una golpiza brutal de manos de cinco sujetos afuera de un bar. Llevo varios días deforme y adolorido. También tuve la culpa.

Montevideo, UY, agosto 2007.

 

Conejo blanco

Conocí un día a R, un artista proveniente de Ch. Habíamos sido invitados por H a E, un evento que hacía confluir a artistas de diversas nacionalidades en M y que celebraba con ésta su primera emisión. Una madrugada, después de algunos días de convivencia y con varias cervezas dentro, R sacó del pantalón su billetera de piel. En silencio empezó a revisar lo que parecían tarjetas de presentación. Me preguntó si conocía a los personajes cuyos nombres estaban impresos en ellas, casi todos directores de museos y bienales, curadores y artistas. Comentó su cercanía con éste o aquél y explicó su interés de reunirse siempre con quienes llamó “los jefes”.

R pidió ver mi cartera al tiempo que preguntaba si tenía alguna tarjeta que mostrarle. Respondí afirmativamente y saqué la única que llevaba conmigo. Compré un bonito sombrero ahí, lo conservo con cariño.

 

Tercera caída

a Mario Santiago

La primera vez que pude ver a ojo vivo un cuadro de Vincent van Gogh fue hace ya varios años en el Palacio de Bellas Artes. Rondaba yo la veintena. Para entonces ya había escuchado historias de gente que al enfrentarse por primera vez ante la obra del pintor holandés no podía contener las lágrimas por la emoción profunda que la obra provocaba en ellos. Estas historias me parecieron siempre más cercanas a la leyenda que a la realidad; por eso mi reacción no generó nada parecido. Las expectativas fueron demasiadas como cuando alguien nos cuenta lo emocionante o conmovedora que le pareció alguna película y al verla encontramos frustración que deriva en desconfianza ante las recomendaciones de la persona en cuestión.

La segunda vez que vi un Van Gogh en vivo tampoco pasó. Esta vez fue en un museo español. Empecé a preguntarme si las expectativas que genera el mito heroico y sacrificado del artista no serían condicionantes para la fascinación colectiva. La posibilidad me resultaba chocante, teniendo en cuenta que desde pequeño sentí una atracción particular por las imágenes de este pintor; con esas imágenes crecí y, junto con Picasso y Goya, fueron mis primeras referencias reconocibles dentro de la pintura. Formar parte de la generalidad gris que se extasía morbosa ante las leyendas decadentes de los artistas siempre me ha provocado un profundo rechazo. Sabía, sin embargo, que aquello que desde niño intuía no podía quedarse en una expectativa malograda. Algún rastro de oro debía existir en el cauce de ese arroyo.

La tercera ocasión que vi un Van Gogh fue en el Museo Metropolitano de Nueva York. Pasé media hora abstraído frente a Campo de trigo con cipreses. La obra parecía latir como una llaga tecnicolor. Pude sentir mi cuerpo transformándose en materia atropellada, como un perro reventado asomando sus tripas polícromas en medio de una avenida transitada. Luz embarrada en el asfalto.

Me imaginé al pintor como un Prometeo con entrañas de óleo espeso recostado de cara al sol, deslumbrado y ciego, presa de un delirio arrogante, disfrutando ser banquete de hambrientos buitres con plumas de arco iris, pico de lava y garras de fuego.

La tercera es la vencida, dicen. Es cierto.