Obra gráfica de Cony López Calva

Arquitecturas contra la melancolía y el vértigo | Alejandro Tarrab

La mayoría de la gente nunca ha vivido en edificios altos,

pero hay personas —y yo conozco muchas— que viven desde

hace años en edificios altos y todavía les fascina vivir allá arriba.

Mies van der Rohe

Un puente/ por encima del precipicio/ en las altas montañas //

Una capilla con muros/de cristal, techo de cristal y/suelo de cristal, de pie/

sobre la grieta insondable,/sin límites, entre/ los dos abismos —superior/ e inferior.

Brodsky & Utkin

 

Hay estructuras que protegen a sus habitantes de sí mismos. Edificaciones en donde la amenaza no es el agresor o el forajido, sino el propio habitante que sostiene una relación estrecha con esos muros (sus propios muros): armaduras repletas de ventanas de herrería, ojos ceñidos en las paredes, lumbreras discretas por donde penetra a medias la luz.

En caso de ser amplias, estas vidrieras se muestran doblemente impenetrables, resguardando así debidamente a sus habitantes, creando para ellos un microclima regulable, autorregulable, que los mantiene a salvo de sí mismos. Dichos habitantes, se presume, ocupan estas construcciones fortificadas con el deseo enérgico de violentar y violentarse: marcar el entorno, tacharse a sí mismos y tachar, por lo tanto, el prestigio de estos espacios diseñados para la convivencia. Seres frágiles e impulsivos que a la menor provocación se arrojan desde las torres o pináculos, seres que buscan cualquier saliente para colgarse, para prenderse fuego y lanzarse al vacío.

 

No hay lugar aquí para la corrección, para la mediación que parte y deriva en el arrojo.

 

En mí, esto había sido sólo una sensación, es decir, ni siquiera una intuición, mucho menos una imagen, por supuesto no la imagen de la estructura antisuicidio o de algún detalle antisuicidio como tal, sino sólo una sensación de resguardo, de que alguien en algún lugar me estaba salvando continuamente de mí mismo, salvando de pensar en mí, de mis propios pensamientos y de la posibilidad de ponerle fin a mi vida. Todo aquello cambió y pasó a ser una evidencia, contundente y lúcida, cuando crucé por primera vez el Viaducto de Segovia en Madrid, puente de cemento de tres bóvedas y 23 metros de altura en su parte más alta, que une el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande, esto es, el corazón de Madrid con la zona de Vistillas, esa cumbre desde donde se distingue el casco viejo de la ciudad.

Este puente, que sustituyó a otro no mucho más antiguo, está tapiado con cristales antisuicidio: gruesas protecciones concebidas y colocadas a posteriori que, a pesar de su seudotransparencia, sumergen la vista y debilitan el pensamiento. Dichas protecciones fueron necesarias y justificadas así como necesarias, en tanto los paseantes comenzaron a arrojarse desde el pináculo del antiguo Viaducto, es decir, desde la fecha misma de su inauguración en 1874. Los testimonios abundan. Desde la literatura, encontramos relatos y versos casi siempre mediocres, como éstos del decadentista español Emilio Carrere:

 

El viaducto, buen balcón

del soñador nocheriego,

y trampolín más seguro

para dar el verdadero

salto mortal,

el funámbulo de lo horrible,

que en su vuelo,

de trágicos volatines,

aterriza en los infiernos.

 

Al cruzar el “buen balcón”, el viandante, el “funámbulo de lo horrible” –expresión que inspira demasiado– no se detiene, no puede detenerse o no lo hace por demasiado tiempo. No hay lugar para el ardid y la acrobacia. El ejercicio que nos queda, parece decirnos este antiguo volatinero, es quebrar, rayar o agredir justificadamente los resguardos de este disturbio: “Aquí estuve sin mí. Fui expulsado / antes de cortar.”

Y es que este puente arrolla naturalmente a los andantes, los empuja hacia la otra orilla. Les impide la vista: la panorámica exterior y la panorámica interior, esto es, el deseo y la pulsión, la reflexión y el autoconocimiento.

Una vez que ha sido expulsado de esta plataforma antisuicidio de Vistillas, es decir, alejado de la panorámica exterior y de la visión de sí mismo, el andante sigue su camino lejos del Viaducto. En el caso de Vistillas, se trata de una zona de calles, senderos y descansos elevados, el nombre del sitio lo deja claro, desde donde ella o él puede arrojarse o colgarse o darse la muerte que le dé la gana, pero así, alejado del monumento simbólico, del orgullo y patrimonio arquitectónico nacional. De esta forma el habitante está protegido, amparado, de la inminencia de ser y cobrar conciencia de que se es y no se quiere estar. Por otro lado, los habitantes que carecen o parecen estar privados de estos impulsos nefandos, están igualmente resguardados del “horrible espectáculo” de ver a alguien suspendido: “pasearse por el hilo de velas contra el viento / o caer como un fardo, / con los brazos atrás como una victoria desconocida y alada.”

El modelo es burdo, pero no hay ejemplos sutiles en el arte-de-combatir-para-el-otro, en la lucha imaginaria contra la melancolía y el impulso que no nos pertenecen.

 

Hay otro viaducto que no he cruzado, pero que se ajusta a este mismo despropósito. Se trata del puente de la calle Bloor en Toronto, “sólo (…) superado por el Golden Gate de San Francisco en índice anual más alto de suicidios por salto”. Este caso de construcción antisuicidios fue analizado por el British Medical Journal, y los resultados, por demás concluyentes, fueron sacados a la luz en 2010 y reproducidos en diferentes publicaciones:

 

Investigadores canadienses hallan que, aunque resultan efectivas en lugares específicos, las barreras antisuicidios en los puentes podrían fallar en la reducción de los índices generales de muertes por saltos porque los suicidas podrían buscar otro lugar para matarse.

(…)

 

El estudio halló que la cantidad de muertes por suicidio en el viaducto de la calle Bloor se redujo de 9.3 por año antes de la instalación de las barreras antisuicidios a cero, luego de que se terminaron las barreras en junio de 2003.

 

Sin embargo, el índice general anual de suicidios por saltos de Toronto prácticamente no varió (56.4 por ciento por año frente a 56.6). Además, hubo un aumento estadísticamente significativo en los suicidios por saltos de puentes distintos del viaducto de la calle Bloor (“Las barreras antisuicidios en los puentes podrían enviar a los suicidas potenciales a otra parte”, Health Library).

 

Parecería, entonces, haber una conexión, un vínculo propicio de compenetración y entendimiento, entre los deseos de la gente, de esta gente, y las acciones públicas que procuran bienestar y protección: esta concordancia aparente sólo es percibida como una conquista por una de las partes, aquella que mira y salvaguarda, la que detenta vistosamente el poder.

 

No por nada la artista Jenny Holzer (Ohio, 1950) incluyó dentro de sus frases y truismos, impresos y proyectados de varias maneras sobre distintas plataformas, el enunciado “protect me from what i want”, instalado con un soporte led en la fachada de un edificio en el Time Square de Nueva York. Este cruce emblemático ha sido escenario de varios suicidios e intentos de suicidio. Y, aunque el mensaje punzante de Holzer puede tomar varias direcciones, una orientación inevitable y justa es esta voluntad propia, sponte sua: levantar la mano contra sí.

A partir de este mensaje direccionado hacia nuestros propios fines, podemos dar entrada a varias especulaciones: “protégeme de lo que quiero” es evidenciar la ignorancia del otro, hacer patente la ineptitud e ingenuidad del protector: “¿sabes mis deseos?, / ¿lo más oscuro y luminoso?, ¿la escala / y el camino de la escala por donde tomo dirección?”

En otro orden distinto –pero aún apuntando la frase de Holzer hacia el ámbito del suicidio–, encontramos una intención contrapuesta, quizá contradictoria, por parte del enunciante: es verdad, quiero ser protegido, pretendo ser estrechado cariñosamente, captado por las miradas y los panópticos instalados en los rincones estratégicos de la ciudad, para que en el momento justo del descubrimiento, en el instante mismo del impedimento y del castigo, al momento de poner las barreras más altas de la justicia, yo pueda traspasar todo ello: quebrantar este sistema de estrechamiento, este abrazo jurado y sostenido, mediante mi propio aniquilamiento.

El suicida quiere ser reconocido, su movimiento está expresado con el salto y la caída: cuerpo y espíritu en movimiento, no fatal, pero sí imperioso y terminal, que es, a un tiempo y si se quiere, la traslación hacia el principio. En todo caso, habría que descifrar este lenguaje del vuelo y la caída.

Cada acrobacia, cada impacto en la lucha y el entendimiento por morir (sponte sua), es una amplitud que merece ser considerada particularmente.

 

En otro apartado, el suicida busca mensajes más íntimos: una calle angosta que conduce a un apartamento –ciertas veces el propio–, en donde hallamos alguna habitación, una pieza oscura, un armario o el cajón estrecho de un armario y, más adentro, una caja, una maquinaria simbólica que vibra como una herida, el esfuerzo de cierto órgano cuando ha sido mutilado.

La maquinaria arroja notas intuitivas, suena como una caja melódica o antimelódica: funambular. Si se quiere, el habitante encuentra ahí, varada y minúscula, como en un circo de pulgas que ha sido visto mil veces, aunque cada función es siempre la misma y es distinta, la representación, la nota como lugar común: New Dawn Fades, Tosca, el Jinete con su alma destrozada.

 

En este apartado arquitectónico las construcciones son bajas: fachadas simétricas impuestas con colores repetitivos y altisonantes, celajes orientados contra el viento y el sol.

 

En estas piezas oscuras, los techos no son bóvedas. Como si el cielorraso hubiera amenazado una vaga llovizna sangrienta.

 

Contra los muros y cristales se apilan rabiosamente los muebles y los objetos anteriores, círculos y símbolos de la vida como en una edad anterior a la invención de la rueda que acostumbramos coleccionar.

 

No obstante todo ello, hay recodos, nidos y santuarios para el retiro. Lugares ocultos en un cajón, en una lata vieja de mentas que aún conserva el aliento, el aire de insolencia que todavía, entre puntas y rondanas de metal, logra respirarse.

 

En la intimidad de estas piezas, en el esmero de estas maquinarias, minuciosas y perfectas, así como en las redes de tráfico, en los refuerzos del cemento y el cristal, en los paneles blindados de esas armaduras, sabemos que no hay culpa.

Queremos creerlo.

 

El arquitecto, el obrero, el banquero desempleado y anarquista, el médico y el autómata medicado exploran sus posibilidades: unas veces ocultan, otras quieren ser vistos. Unos levantan, aquí y allá, grandes fábricas, vías abiertas o cerradas, hatos de nervios eléctricos transportan los aleteos del espíritu

 

Otros, más ensimismados y sensibles, miran la semejanza de un bulbo con la tierra, de un tallo con el eje, y de un brote de hojas y corolas con el cielo: dos abismos, nos dicen.

 

Unos se dejan caer hacia arriba, otros, divididos, hacia ambas direcciones.

 

 

Villa claustrophobia

 

Hay una villa concebida en el papel (paper architecture), en la que las personas viven alrededor de un cono abisal. Es la Villa Claustrophobia de Brodksy e Utkin.

Cuando los habitantes de este poblado se hartan de mirar a través de los paneles de cristal de sus celdas, pueden arrojarse y volar en el interior de este embudo infinito, donde la luz es más intensa y la inmensidad que los rodea y les queda por encima es otro abismo.

 

Obra gráfica de Cony López Calva

Obra gráfica de Cony López Calva