Martín Peregrina

Vida y obra de Umar Pasini | Juan Pablo García

Nacer en un barco a mitad del Océano Atlántico fue lo que hizo de Pasini un hombre de todas partes, un hombre que, más que hombre, era agua y, como el agua, no tenía pelo. No fue un impedimento ser lampiño al cumplir los 19 años para proponerse una tarea inacabable: escribir la Historia Universal de la Barba. Tampoco era su verdadera ambición escribir un libro de historia según dictaban los cánones, Pasini imaginaba una historia de la espiritualidad guiada por las barbas más sabias que ha dado el mundo.

En la buhardilla de Biagio Bennoni, maestro del joven Pasini y considerado por todos como el más discreto y el más barbudo de los sabios en Italia, el joven Umar, al que Bennoni apoda L’Tozzo Curioso debido a su delgadez y su afán de conocimiento, realiza un ejercicio de paciencia y concentración que consiste en contar cada pelo que ha crecido en el rostro del viejo maestro desde hace dos décadas. A Pasini le toma cerca de nueve horas continuas hacerlo, nueve horas sin beber agua, comer o ir al baño. Al terminar, Pasini cree haberse iluminado. Su maestro le dice que para iluminarse le hace falta ser más stronzo, más estúpido.

Después de tres años de investigación en la Biblioteca Nazionale Braidense Di Brera, el todavía joven sin barba llegó a la conclusión de que podía clasificar a los sabios de la siguiente manera: aquellos que tenían barba y aquellos que no la tenían ni la tendrían nunca. Sin encontrar más posibilidades de clasificación, empezaba su libro con un comentario a la barba de Lao Tsu, que, entre otras cosas, había sido el culpable de que Pasini dejara de rasurarse aunque no le saliera pelo. La barba, comenzaba Pasini en tono casi poético, es ante todo el silencio de los filos, aunque también máscara y olvido del rostro; la barba dirige la mirada hacia adentro, ahí donde dejamos de ser el que se ve en los espejos para mirarnos a nosotros mismos; la barba es lo incorpóreo del cuerpo, la trascendencia del rostro mediante la intensificación de la mirada y por consiguiente de la conciencia: la barba es un llamarada de fuego seco invertida que conecta la cabeza con el corazón. Este libro, continúa Pasini, crecerá como la barba de Lao Tsu, mediante una no-acción, que es la única acción verdadera.

Pasini creía que la barba que porta el sabio es una sucesión de crecimientos pasados que sólo tienen su consistencia de barba, su barbitud, en el eterno presente. Se cuenta que nuestro héroe viajó a Bombay para conocer a un maestro del que muchos le habían hablado, un sabio clasificado en la segunda categoría: aquellos que no tienen barba ni la tendrán nunca. Se trataba del vendedor de cigarrillos y guía espiritual Sri Nisargadatta Maharaj. Al llegar a la tienda del sabio, Pasini se sentó en el suelo junto a los hombres que iban diariamente a preguntarle cosas de la vida y la conciencia. Cuando el maestro llegó, Pasini se asombró por su abundante falta de vello facial. Después de una serie de preguntas dichas en una lengua extraña, decidió pagarle a uno de los traductores que ahí se encontraban para poder así desembarazarse de esa pregunta que llevaba cargando varios kilómetros atrás. ¿Por qué no tengo barba? Preguntó Pasini y el traductor transformó sus palabras en una masa amorfa, inentendible para él pero entendible para el maestro que lo miró con sus ojos saltones casi poseídos y respondió: “Un hombre que estaba sentado en una densa oscuridad quiso eliminar la oscuridad y comenzó a implorar a Dios. Entonces alguien vino y dijo: ‘¡Qué! ¿Acaso vas a eliminar esta obscuridad con tu devoción? No. Tienes que traer la luz’. La luz fue traída y la oscuridad se disipó. Hacer disciplina no es necesario, pero usted debe saber que esto es la Verdad, y que la Verdad no tiene barba ni bigote; sin embargo, es la Verdad lo que usted debe realizar. La Verdad no tiene ninguna forma. Si la Verdad tuviera una forma, usted habría ido y la habría obtenido”. Después Nisargadatta le ofreció un cigarrillo que Pasini rechazó.

–¿No fumas? –Preguntó el sabio–. ¿Entonces para qué vives?

Al día siguiente Pasini tuvo un sueño. Se encontraba en un pueblo árido y cada hombre, aparte de poseer una abundante barba, declaraba haber recibido la iluminación. En ese lugar en el que todos conocían la verdad suprema, se sintió desesperado como nunca en su vida o en un sueño; aquellos hombres no le dirigían la mirada cuando él mendigaba en las aceras por saber cuál era el camino. Al caer la tarde, segundos después en el tiempo del sueño, entró a un café para gastar sus últimas monedas en una Coca-Cola y un paquete de tabaco. La tendera lo miraba desde el mostrador con curiosidad, se acercó a él y le dijo en tono misterioso que si quería hacer algo con su vida debía poner una peluquería en esa tierra, volverse el peluquero de todos esos hombres peludos. Al despertar, Pasini emprendió el camino a Marruecos con la firme intención de hacer lo que había dicho esa extraña mujer.

Tres años después Pasini había cumplido 28 años y era un maestro de la navaja y la tijera. Una larga fila de hombres lo esperaba por la mañana para hacer uso de sus servicios y también platicar con él de sus problemas cotidianos, para los que Pasini siempre tenía un consejo acertado. En esa época fue cuando empezó a estructurar lo que se convertiría en la famosa Enciclopedia Universal de la Barba, cuyo único ejemplar permanece sobre un podio de la sala principal de la Biblioteca Nacional del Reino de Marruecos. Cada mañana, desde el día después de la muerte de Pasini, una fila de hombres se forma para consultarla cinco minutos por el módico precio de diez dhirams. Veamos por un momento lo que leen los primeros tres hombres de esa fila el día de hoy.

Tenemos, en primer lugar, a Abdelhakim Bourhim, carpintero de profesión, de 58 años, especialista en puertas, que últimamente ha sentido cierto hartazgo al realizar su oficio, y que busca en el índice la palabra puerta para encontrarse con la siguiente frase del poeta Vasko Popa, clasificado por Pasini como un sabio que no tiene barba ni la tendrá nunca: “¿Por qué abrir la puerta? Hay que buscar tanto tiempo para encontrarla. A veces está en una pared, a veces en el techo, a veces debajo del mismo cabezal. Y es tan difícil abrirla. Te rompes las uñas sólo para entreabrirla y no te puedes detener ante el umbral más de un instante: se te nubla la mirada, te precipitarías ante el abismo. ¿Por qué abrir esa puerta que no lleva a ninguna parte? Abres sus hojas y ante ti se descubre la oscuridad, la hueca oscuridad. Si por lo menos condujera a otro cuarto, a un jardín o un balcón con hermosa vista. Sin embargo, hay que abrirla. A cualquier precio hay que abrir esa puerta. Para que haya aire”. La pasión que Pasini tiene por las citas es evidente en cada página del libro; imaginaba, dicho en sus propias palabras, “un libro de otros para otros”.

El segundo hombre es un joven estudiante de filosofía que ha caído en la desesperante búsqueda y conceptualización de la libertad. En el índice busca la palabra libertad y va a la página que Pasini, no sin cierta astucia, ha colocado exactamente junto a lenguaje. El joven encuentra una cita de Chuang Tzu: “Si hubo un principio, hubo un tiempo anterior al principio del principio; en consecuencia, hubo un tiempo anterior al principio del principio que a su vez… Si hay ser, hay no ser; si hubo un tiempo antes de que el ser empezara a no ser, también hubo un tiempo antes del tiempo antes de que el no ser empezara a ser. Podría continuar de este modo, cuando ni siquiera sé con certeza si el ser es lo que es y el no ser lo que no es. ¿Y si el ser fuese lo que no es lo que no es fuese lo que realmente es?… He hablado pero no sé si lo que he dicho tiene algún significado o si carece por completo de sentido”. En la escuela, comenta Pasini, sucede lo que sucedía en la antigua manera de matrimoniarse: los padres eligen al mejor hombre o a la mejor mujer para sus hijos. Así, uno llega ahí a leer aquellos libros que el maestro ha seleccionado y que sólo amando podemos entender aunque sea para negarlos. Pero por mucho amor que le tengamos a esos libros no hay que caer en la tentación de adueñarse de los conceptos que contengan. A los 25 años fui invitado a la universidad de Tokio a escuchar la clase de Hajime Tanabe, un profesor destacado que raramente reía y que está clasificado en este libro dentro de la categoría de los sabios que no tienen barba ni la tendrán nunca. Al terminar la clase lo abordé en un pasillo y, aunque trató de escabullirse, conseguí preguntarle qué entendía por libertad. Se paró de pronto y me miró severamente mientras guardaba silencio. Después de un largo instante en el que simplemente me miró, dijo que la libertad del hombre estaba enraizada en lo absoluto, y que para ser verdaderamente libre tenía que confiar mi ser a los Otros Poderes. No entendí esto hasta después, cuando confié mi voluntad y mi vida a un sueño.

Después, y por último, está Fakhri Eddine, que cada mañana es el primero de la fila pero hoy se ha retrasado levemente. Sin buscar en el índice, abre el libro en la misma página de siempre, donde se encuentra el texto más famoso de Pasini, “El elogio de la no iluminación”. No está de más saber que Pasini es recordado por sus críticos y aprendices como el iluminado que nunca alcanzó la iluminación.

Cautos debemos ser, dice Pasini, cuando hablamos de la iluminación o la verdad suprema, no vaya a ser que nos aventuremos a buscar bajo las piedras cuando es la piedra misma en donde podemos encontrar sin buscar. Dicho sea de paso se necesita una buena dosis de estupidez para tratar de buscar la verdad. Es necesario abandonar nuestros razonamientos que siempre y en apariencia nos hacen creer que está en ellos el camino hacia la luz. Ahora bien, de llegar a la luz estaríamos siempre cegados y nos faltaría el aire. En estos tiempos la lucidez está sobrevalorada; sería, imaginen ustedes, como no tener párpados sobre los ojos; hecho que nos cegaría tal vez para toda la eternidad. Ya lo decían los sabios que escribieron el Eclesiastés: entre más conocimiento, más sufre el hombre. De igual manera, concluye Pasini, es fundamental escuchar a ese hombre llamado Jung que recomienda aprender a vivir con nuestra impotencia sin olvidar que también las estrellas eternas son cotidianas y que la cotidianeidad es la gran ama y esencia de la divinidad. Habrá entonces que olvidarse de la pirotecnia y mirar el misterio sin tratar de romperlo. Ponerse al servicio de la sombra y asombrarse. Ser estúpidos, amar la ingenuidad.

 

Martín Peregrina

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