Carta de Amor de Héctor Manjarrez

Una carta de amor de Héctor Manjarrez

Concha mira el aire transparente que la rodea. No mira el cielo, no mira las nubes, no mira las águilas. Mira el aire.

Los que más creyeron en el futuro son los que más añoran el pasado, colgados de la brocha del gran fresco que iban a pintar, piensa.

En sus manos tiene una carta de Gregorio, su primer esposo, su único esposo. La ha leído cinco veces, pero no aquí, en la montaña, adonde la trajo para leerla de nuevo por primera vez, precisamente, en el aire límpido, lejos de la ciudad, lejos del pasado y del futuro.

Para Gregorio, piensa Concha, el pasado sigue vivo, es parte del presente y será parte del futuro. Nunca se ha alterado su entusiasmo, sólo se ha adaptado a las circunstancias. Para mí el pasado es como las casets de nuestra música favorita de antaño: ya no las oigo, y muchas cintas ya ni siquiera pueden oírse, las arruinaron el tiempo y el uso.

Además, el pasado es como esas películas orientales que alguna vez creímos entender y que, al verlas en dvd, nos damos cuenta de que en realidad nunca las entendimos, sólo nos fascinaron por una especie de esnobismo ingenuo. Los gestos son tan enigmáticos, las palabras tan histriónicas. Esos extraños actores ¿éramos nosotros?

 

Querida,

¿Cómo se escribe una carta de amor?

Cuando eres joven, las cartas amorosas brotan con la naturalidad y la abundancia de las lágrimas o del semen. Imploras y adoras con la facilidad de dioses, y cada dos o tres renglones haces promesas que juras que cumplirás.

Las cartas de amor son profesiones de fe y de entusiasmo que se van convirtiendo en peticiones de perdón y ofrecimientos de enmienda. Ya voy a hacer lo que debo; ya no voy a hacer lo que no debo; te lo prometo y me lo juro.

¿Cuántas cartas no nos escribimos tú y yo en las épocas en que no existía el correo electrónico (y el teléfono de larga distancia era muy caro)? Cuando no vivíamos juntos, yo salía de tu cama y tu casa y a la noche siguiente ya estaba escribiéndote cartas apasionadas sobre tu espíritu, sobre tu cuerpo, sobre tus palabras, sobre nuestro futuro. No digamos cuando te ibas a tus prácticas de campo: nos escribíamos epístolas que semanas o meses después abríamos y leíamos mientras cogíamos y comíamos algo a tu regreso de las tierras de los indios.

Y finalmente, cuando convivimos, ¿no nos dejábamos recados en el espejo, el portafolios, los zapatos? Todo el tiempo nos escribíamos, y hablábamos de lo que sentíamos, leíamos y veíamos.

(Si todo esto te parece falso porque es un recuerdo embellecido o la compaginación de ti y otras de mis mujeres, creeme que no importa. A nadie quise como a ti y con nadie quería lograr esa felicidad y libertad como contigo.)

Y yo me dormía con la mano derecha en tu pecho izquierdo. ¡Oh, tu chichi izquierda! Nunca sabrás cuánto la quise. Y oh, tu espalda, tu nuca. Las mujeres nunca se imaginan cuánto las deseamos y veneramos, como ya no me acuerdo quién decía (¿Baudelaire, Agustín Lara, yo?). El festín de los cuerpos que es el encuentro de las mentes que es el asombro de los gustos compartidos.

¿Estoy tratando de revivir un cadáver? Si nos volvemos a besar, ¿contraeremos una infección espantosa al reactivar nuestras viejas bacterias agazapadas durante lustros en los alveolos de los dientes? Si logro persuadirte y encantarte de nuevo, ¿no me arriesgo a toparme con tu fantasma atroz en un pasillo, el cadavérico rostro desencajado mientras me cantas, con la voz de Leonard Cohen, and is this what you wanted? To live in a house that is haunted, by the ghost of you and me?

No es la primera vez que te sugiero y recomiendo que le demos otro chance al enorme cariño que los dos sabemos que nos tenemos. Te lo he dicho de viva voz, te lo he dejado grabado en tu teléfono, hasta creo que te lo he imeiliado alguna madrugada en que la vida me ha parecido particularmente bella. Y ahora he decidido escribirte esta carta que, para evitarme críticas como las de antaño, te estoy tecleando directamente en la compu. Aun así, la imprimiré; y la meteré en un sobre; y en el correo, esa institución tan amada que se nos está muriendo, le pondré timbres y la echaré por la ranura correspondiente.

¿Te he perdonado tus pendejadas y chingaderas, tus necedades y crueldades? Supongo que te gustaría saber esto. La respuesta es fiel reflejo del canon clásico: sí y no. Como nunca te disculpaste de nada, ni de lo nimio ni de lo siniestro; como siempre creíste (o quisiste o fingiste creer) que los hombres (porque sus antepasados fueron machos opresores) deben pedir perdón por todo y las mujeres (porque son feministas heroicas) no deben disculparse ni por pisar un callo, te seré sincero: en la nueva sociedad que te estoy proponiendo, tendrás la oportunidad de disculparte tantas veces como yo. ¿No te parece justo? ¿No te parece hermoso?

Y una pregunta más: ¿es ésta la primera vez que me atrevo a decirte esto abiertamente, o me estoy repitiendo?

 

Te estás repitiendo, piensa Concha, pero quizás el interés de tu proposición fuera justamente que nos repitiéramos, que aprendiéramos a repetirnos, como las parejas duraderas.

Pero para eso tendríamos que convertir las indudables virtudes de tu propuesta razonable en un interés apasionante, y no sé si para eso no es imprescindible no sólo un considerable sentido del humor (del que tú tienes “demasiado” y yo “demasiado poco”) sino incluso un “mínimo” (whatever that means) de entusiasmo sexual. ¿Te gustarán mis chichis? ¿Me volverán a gustar tus extrañas piernas? Y no sigo con otras preguntas.

¿No sería más “sensato” que me y te replantearas esta propuesta para cuando sea más difícil que seduzcamos y nos seduzcan otros? Cuando seamos “adultos más mayores”, digamos.

Me acuerdo de aquella querida amiga y colega mía que después fue tu querida amiga y amante y que sigue siendo mi entrañable colega y amiga (aunque hace mucho, mucho tiempo que no la veo). Un día me contabas (estábamos en dos hamacas paralelas en una playa de Oaxaca donde nos topamos) que, tirados en la cama y fumando aunque aún jadeantes (así se vivía entonces), tú no le dijiste que la amabas, sino le preguntaste si te amaba.

Ella te dijo que acababa de ver una caricatura del New Yorker donde una anciana y un anciano, balanceándose en sus mecedoras en la veranda de una casa de ancianos de Florida, se preguntaban: “¿Qué éramos? ¿Amigos? ¿Amantes? ¿Primos? ¿Nada?” (¿Ya te re-conté esto?)

Si somos sinceros, ése es, más o menos exactamente, el estado de nuestras relaciones (en plural). Pero siempre hemos sido sinceros, entonces déjame quitar esa palabra y volver a lo razonable, al reasonableness, que creo que es lo que nos ha permitido seguir queriéndonos mucho.

Y no se te olvide algo fundamental: hasta ahora tú y yo hemos evitado tener hijos. Yo no dudo de la “congruencia” de mi decisión, pero hay algo que me excita tanto como me inquieta: así como ser hija de divorciados me llevaba a congeniar “a primera vista” con otros hijos de divorciados (cuando los divorciados eran pocos y malditos), así, ahora, me doy cuenta de que sólo me atraen sexualmente los hombres que mi naricita hipersensible dictamina, infaliblemente, que son childless, ágrafos de paternidad, seres que como yo sólo responden a sus responsabilidades ante sí mismos y su trabajo. ¿Destino es destino? Porque, además, no sólo detecto a los varones que no tienen hijos, sino también a los que ya no viven con nadie, sea hombre o mujer y hasta perro o nana.

Pero, bueno, cavila Concha, no hay que exagerar. Estas cosas siempre las supimos: las llamábamos la química, etc. La diferencia, si la hay, radica en que no las decíamos. O —para volver a la sinceridad— que yo no las decía.

Concha sigue sola mirando el aire. Su corazón está un poco más con Gregorio; su cuerpo está un poco más con el hombre con quien se abrazó y compenetró en Tepic; su espíritu, que es la fórmula más compleja y también más sutil, parece que prefiere acogerse a San Juan Pingüino.

 

¡Este hotel será hospital!, clamábamos en las manifestaciones. Qué simpleza, qué mentalidad tan puritana. Nos sumábamos a los contingentes, desplegábamos nuestros estandartes, coreábamos las mismas idiotas consignas (EL PUEBLO UNIDO JAMÁS SERÁ VENCIDO), saltábamos como niños de kinder (EL QUE NO BRINQUE ES CHARRO) y nos ufanábamos de ser los batallones del futuro (ÚNETE PUEBLO) mientras marchábamos como hormigas por Reforma, por Juárez, por Madero, desde Tlatelolco, desde el Museo de Antropología, hasta el Zócalo, con el puño en alto, con el rostro enardecido, con el sol achicharrándonos.

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