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Tres cuentos tres | José Lorenzo Fuentes

 

Otelo y la escalera de caracol

 

Al fin Tulio accedió a contar una buena parte verdadera de su vida:  la forma en que conoció a su mujer y el lugar donde vivió con ella en Paramaribo, en una casa pintada de verde que era un hotel que era una mansión  con todas sus habitaciones desfondadas que era una buhardilla donde únicamente cabían los dos de pie, y esa era la razón  por la cual hacían el amor solo cuando iban al bosque y se sentaban a la sombra de los álamos y los flamboyanes, porque en aquel desván  que era un closet que era una gaveta que era un sobre amarillo con la huella de todos los matasellos de numerosas estaciones de correos no cabía ni el beso furtivo de dos adolescentes.

Todas las tardes. cuando él regresaba del trabajo, ella lo esperaba desnuda sobre una piel de tigre desplegada en la saleta y entonces era inevitable que él se sacara  la levita de pana y los pantalones de mezclilla azul y, con una lentitud deliberada, el chaleco de terciopelo y las botas de cabritilla y el cinturón de piel de cocodrilo y la camiseta y los calzoncillos, y al final, muy teatralmente, los calcetines que tenían un agujero por donde asomaba el dedo gordo de cada pie.

Ivette  le estaba sirviendo  un plato de lentejas y una ración de plátanos maduros y tostadas con mantequilla  y un flan de calabaza, mientras Tulio la observaba  ir y venir desde la cocina  hasta la mesa del comedor, y cada vez que ella le daba la espalda él creía comprobar que aquellas nalgas que fluctuaban bajo la tela del vestido no eran precisamente las de Ivette sino las de otra mujer cuyo nombre no alcanzaba a recordar, de suerte que si él, Tulio, se ponía de pie  con una determinación fulminante y le sacaba la ropa y la derribaba de un solo zarpazo sobre la piel de tigre que era una alfombra persa que era un edredón que era un pretexto para hacer el amor, al fin descubriría con quién se había estado acostando noche tras noche  desde hacía cinco años sin el menor recelo, con una indefensión que, ahora, de golpe, le pareció el peor de los disparates que cometió a los largo de toda su vida.

-No tienes motivos para recelar y mucho menos para angustiarte.

-Sí, sí hay motivos. En Guayaquil una mujer le cortó el miembro a su marido mientras dormía.

-Tranquilo, Tulio. La historia no se repite.

-Y después la mujer corrió y corrió con el miembro en la mano.

-Tranquilo, tranquilo.

-Y lo arrojó a un pantano.

-Eso fue en Guayaquil, Tulio, bien lo has dicho tú. Olvídalo.

 

Tampoco ella sospechó nunca que Tulio podía ser Jack el destripador, que durante las noches de luna llena podía transformarse en un hombre lobo, en un vampiro, en el sobrino de Frankenstein y dormía a su lado plácidamente, con el rostro muy cerca de una lámpara de pantalla verde cuya luz adhería una lámina de plata a su nítido perfil, y con el vientre y los senos al descubierto que palpitaban al ritmo de su sosegada respiración invitándolo a cabalgarla una, dos, cuatro, quién sabe cuántas veces hasta que llegara el alba, Sí, y todo ese  largo tiempo sin saber cómo se llamaba la arpía de atrevido lunar en la mejilla y dónde fue que alcancé a verla por primera vez.

“Así que ella duerme desnuda’’, susurré al tropezar con una posible revelación. ‘’Quizá por eso, y no porque estén vigilándome, un hombre sube todas las noches. peldaño a peldaño, la escalera de caracol’’.

 

Una noche de éstas, Tulio, subirás la escalera como enloquecido tras la huella del hombre que nos ha estado vigilando, tus pisadas resonarán en cada peldaño como latidos de un corazón gigantesco, de nada valdrá que yo te pida que no lo hagas. Por favor, Tulio, tranquilízate. Si te seduce alguna proeza espectacular sería preferible  que te transformaras en un avión supersónico donde pudiéramos viajar tú y yo, hasta ingresar en un aeropuerto confiable y amigo. Si pudieras lograrlo serías el primer pasajero de sí mismo, el único hombre de la historia que ha conseguido saltar de un continente a otro sin necesidad de echar a andar las hélices ni abastecerse de combustible.

Sé que es inútil que te ofrezca tales consejos, porque has caído en el error  pensando que tu mujer duerme desnuda y el hombre se detiene en la penumbra de la escalera, justo cuando no ha llegado todavía a la azotea, solo para mirarla desde la raíz del pelo hasta la punta de los pies. Puedo susurrarte como consuelo que a la distancia telescópica en que él se encuentra con seguridad se le escapan los detalles. Lo intolerable, Tulio, sería que en una forma tentacular se le salieran los ojos de las órbitas y con cada uno de esos tentáculos ávidos le rozara la piel o alcanzara a observarle de cerca el vello del pubis o la aureola de los senos, pero eso no va a ocurrir por muchas razones, en primer lugar porque ella, según tú me has dicho,  tiene un sueño de piedra del que no logrará sacarla ningún tentáculo improvisado, y también porque ése no es el motivo verdadero para que el hombre realice maniobras allá en lo alto, aunque  tal vez obviando las reglas del juego y las órdenes gramaticales que le han impartido, olvidando de pronto cuál es su verdadero trabajo, a menudo decida mirarle con deleite el vientre de Afrodita y los senos de Brigitte Bardot, eso es posible que suela ocurrir en el antepenúltimo peldaño de la escalera, a tantos metros indefensos sobre el nivel del mar, desde donde los detalles tienden a imbricarse y el hombre de la escalera de caracol  concluye por caer en la más absoluta confusión, en un estado de amnesia irreversible  cuando se percata que ya no sabe  en qué lugar  se ha posado aquella mancha negra, si en el vientre de ella o en el suyo.

No subas como Otelo, convéncete. Ella no es Desdémona ni nadie ha estado mirándola con la persistencia que sospechas. Devuelve a la gaveta ese cuchillo de cocina con el que pretendías asesinarlo mientras te elevabas rumbo al cielo sin necesidad de desplegar las alas, rumbo a la azotea donde el hombre todas las noches raspa los fósforos y enciende los cigarrillos uno tras otro, acaso contemplando el movimiento de los astros con su telescopio particular, una nueva constelación que trota desde el fondo del universo arrastrando una inmensa cola fosforescente y produciendo un sonido que en el momento de nacer Ivette identificó como la música de las esferas.

Devuelve ese cuchillo, Tulio, a la cocina con olor a ajo, piensa que la mejor disciplina es aceptar la realidad. Ese hombre no ha venido a sacarle de encima los tules a tu mujer, ni a esperar, después de una inacabable noche de vigilia, que al fin comiencen a chillar los pájaros del alba y el sol se descomponga  en un alucinante espectro de colores. No, él no es un poeta, ni un pintor, ni un hombre ardido de amor en las alturas que acosa a tu mujer con sus miradas insaciables.

 

 

 

Amarillo con orlas verdes

 

Damaris Alcántara conservaba la manía melancólica de permanecer en la cama bocarriba, desnuda, acariciándose los senos, desde que  la luz del amanecer empezaba a teñir de oro las azoteas de Miramar y los techos de tejas acanaladas de muchas casonas de La Habana Vieja hasta que resonaban en el esternón de mi abuela Escolástica las siete campanadas vespertinas del carillón del Kremlin, y menciono la caja torácica de mi abuela más seductora y la comparo con un sótano de acústica primaveral no porque lo reclame la retórica de mi conversación con Damaris sino porque ella -Escolástica, no Damaris- entre sus misterios amorosos, que fueron infinitos, describía una elíptica memorable la relación  que mantuvo con un ruso en la época en que todavía eran rusos y no soviéticos, casi setenta años antes  de que Anastas Mikoyan, por órdenes de NiKita Kruschev, visitara La Habana para desmantelar las bases de cohetes que estaban poniendo  el mundo al borde de la guerra nuclear, pero aquel ruso que ella amó adelantándose históricamente a las anfóricas relaciones cubano-soviéticas, no era , como ya se sabe, un ruso rojo sino amarillo con orlas verdes, un ruso que nada tenía que ver con los atormentados personajes de Dostoievsky y de Gogol, porque tenía en el rostro la impronta  imperturbable de un ícono, no sudaba ni pestañeaba, -posiblemente tampoco eructaba ni defecaba-, un verdadero santo decía mi abuela Escolástica cuando la envolvía la confianza deshidratada de que mi azuelo Elizardo no la estaba escuchando. Ella se tornaba tan esquiva no porque mi abuelo, que era un viejo pícaro, ignorara que el ruso también se adelantó en los meandros de la historia a ocupar antes que él un ventrículo inofensivo del corazón de Escolástica -las relaciones, es cierto, nunca  pasaron de un estrechón de manos y de algún beso profiláctico en la mejilla derecha-, sino para evitar que mi abuelo, por una cinematográfica asociación de ideas, en lugar de proyectar en su pantalla mental una película de amor se decidiera por un filme de exacerbado  contenido político, y se pusiera a decir en alta voz que los rusos provocaron su desgracia pues sin la aparición de Stalin en su vida -en la de él, no en la de Stalin-  mi abuelo aún sería el feliz propietario de una finca ganadera en Cumanayagua y de una fábrica de dulces de guayaba en Guanabacoa, te das cuenta, Escolástica, que todo lo que he perdido se lo debemos a tu condenado ruso, que seguramente no era tan santo ni tan asexual como tú dices, y se pasó la vida cabalgando rusas en una taiga de Siberia,  eh, ¿qué te parece?, contéstame, Escolástica, no te quedes con el hocico abierto en forma de o, como si fueras a bostezar.

 

 

 

Un ojo atrevido

 

Mejor que pensar en el enemigo que ingresa taimadamente a nuestro cuarto de baño es recordar el castillo gótico que persiste en mi imaginación  cuando estoy dormido y sueño también que está nevando en Sebastopol, donde no conozco a nadie ni nadie me envía una tarjeta de felicitación con motivo de alguno de mis frecuentes cumpleaños. Ya suman cientoveintiséis. ¿Tus cumpleaños?, preguntó. Por supuesto. Los primeros veinte no me sirvieron de mucho, pero el resto los aproveché muy bien estudiando filosofía, jugando fútbol y contando las personas que pasaban  a medianoche por la acera de mi casa  y no me dejan dormir porque sus pisadas retumbaban en la cocina, en la saleta  y en mi recámara como si en realidad estuvieran pasando pelotones de infantería y cureñas y algún que otro gigante con botas de siete leguas.

Todo lo que de repente le dije a Tulio, mezclando verdades y mentiras, estaba encaminado a demostrarle que uno podía ser feliz si se lo proponía, si en lugar de verle la cara fea a la luna, que es el reverso  de la que miran los enamorados, embellecemos  con la imaginación todo lo que tocan nuestras manos. Creo que le di el mejor consejo piramidal  que encontré en el closet  porque lo que él más necesitaba en ese momento, si tomábamos en cuenta las lágrimas de cocodrilo que derramaba lamentando  los malos ratos que le proporcionaba su mujer, era aquietar su mundo interior. Ah, si alcanzaras ese estado, Tulio, qué distinto sería todo, pero el mundo es como es  y los inviernos son como son, por eso no debe preocuparnos que existan más llaves que puertas. Mayor desgracia sería  que tuviéramos a nuestra disposición  más puertas que llaves  y muchas se quedaran  sin una persona que lograra abrirlas. De modo que la resignación es la mejor disciplina

que  podemos imponernos a fin de que el golf sea únicamente  un juego para el jugador y un trabajo para el caddy, y el aire nos alcance para respirar y al mismo tiempo sirva de sostén a los aviones, y el mes de abril sea el más diáfano de todos  y el trece un número enamorado como profetizaba mi amigo Yarpa Marpo, quien tiene un ojo atrevido para mirarle el aura a los vecinos.