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Tres cuentos parisinos  | Rodolfo Hinostroza

(Aparecido en Crítica 129)

 

El sueño americano

 

Cuando conocí a Jacques, él era lo que se llama un guapo mozo, salido de la Legión Extranjera, lo que le daba una aureola medio maldita que no dejaba de explotar, estaba embarcado en una de esas historias de arribismo social que hacen girar al mundo, y alimentan el romanticismo de las jóvenes burguesas, y se abría paso a empellones y braguetazos en el árido y fascinante terreno social de las altas clases parisinas.

Acababa de salir, no sin copiosos moretones espirituales y heridas de amor propio, de una hermosa marquesa que lo había mantenido durante años, pero que nunca se había querido divorciar de su marido el marqués, y me anunció que se largaba a Irlanda con su nueva amiga, a criar ovejas Merino en una granja por el lado de Cork. Evidentemente el hombre estaba harto de Paris y sus miserias, donde había fracasado ampliamente en los negocios inmobiliarios que solía emprender. Para decirlo de una vez, estaba quemado en París, y lo mejor para él era hacerse olvidar, en el fondo de una granja de ovejas, en la Verde Erín de los Poetas.

Perdí su traza durante varios años, y cierta vez que me tocaba viajar a Nueva York, nuestra única amiga común, Marie-Laure, me sugirió que lo llamase: “Jacques está viviendo en Brooklyn, y parece que se esta volviendo millonario” me contó. ” ¿Jacques el legionario?” “Pero si a ese no le gustaba trabajar” repuse. “Eso es lo que me han dicho”, respondió riendo, y me apuntó su teléfono.

Algunas semanas más tarde, ya en Nueva York, llamé a Jacques, y nos citamos en un restaurancito italiano de la calle 72. Después de los inevitables preliminares, se me ocurrió preguntarle: “¿Qué haces en N.Y? ¿Por qué dejaste tu granja en Irlanda? Las malas lenguas dicen que te estás haciendo millonario” dije riendo. “Es cierto”, respondió muy serio. “Termina tu trago y te llevo a ver mi edificio” ¿Su edificio? ¡Joder! Cuando bajamos de su automóvil, en Brooklyn Heights, yo estaba preparado para todo, menos para encontrar que el edificio de Jacques tenía 32 pisos, y estaba completamente vacío, totalmente remozado, con toldo y puertas de bronce. Subimos en el ascensor, que olía a nuevo, hasta el piso 17 y desde su apartamento tuve la más espléndida vista al estuario de N.Y que jamás he visto, con la estatua de la Libertad sobre su isla, al fondo.

“¿Y todo esto es tuyo?”, le pregunté incrédulo.

“No, todavía no”, repuso. “Pero pronto voy a desembarcar a mis dos socios, y será únicamente mío”. Su negocio, según entendí luego, consistía en comprar edificios de oficinas, y transformarlos en edificios de apartamentos, siguiendo la tendencia de la municipalidad de Nueva York, que quería repoblar en centro de la ciudad, y daba facilidades a los inversionistas.

Me contó su extraordinaria odisea financiera, sus créditos, sus alianzas, sus golpes de audacia, sus golpes de suerte, sus juicios en curso, su total falta de escrúpulos, bien a la americana, pues parte de su estrategia consistía en seducir a judíos homosexuales y ricos, para exprimirlos y utilizarlos para sus fines…En suma, el enorme bluff que lo había llevado de la pobreza a la opulencia en el corto espacio de dos años y medio. “Yo desde que era niño quería venir a América –me dijo–, pero me enredé con esos aristócratas franceses, todos esos apellidos, todas esas mujeres. Aquí entienden mi trabajo, y no preguntan de dónde vengo, sino adónde voy. Llegué aquí con 45 años y 400 dólares en el bolsillo, y cuando termine mi segunda operación, habré ganado, neto, 10 millones de dólares. Y estaré solo, sin socios, sin mujeres, solo”.

“¿Entonces, el famoso sueño americano existe?, le pregunté. “El tipo que comienza vendiendo jugo de naranja en una carretilla, y termina siendo presidente de la General Motors”. “Eso es lo que te estoy queriendo decir ¡Existe!” se exaltó Jacques “Te lo estoy probando”.

Yo miraba la punta de Manhattan, la estatua de la Libertad, aviones y corbetas en una inmensa panorámica desde el piso 17 de su edificio, y me decía: “¡Sí, existe!”.

“Aquí no tengo amigos” me soltó Jacques a bocajarro“¿Te gustaría quedarte a trabajar conmigo?”. Al ver que vacilaba, él corrigió el tiro. “Pongámoslo de otro modo”, me dijo, “¿Te gusta la plata?” “¡Me encanta!”, repuse. “¿Para qué?”. “Pues, para todo sirve”, repliqué. “Vamos a ver… Si tuvieras ahora mismo un millón de dólares, ¿Qué harías?”

“¿Qué haría? Me dedicaría a escribir, a viajar, a tener magníficas aventuras, amorosas y de las otras… en fin, viviría como nadie…”

“¡No!”, me cortó Jacques. “¡A ti no te gusta la plata! La plata no sirve para eso, sirve únicamente para hacer plata. ¡Eso es todo! ¡Sirve para hacer plata! ¡Todo el resto es completamente falso!”.

Nos quedamos mirando fijamente. Y entonces me di cuenta de dos cosas. La primera es que yo nunca sería rico. La segunda es que él siempre estaría solo.

 

 

Nicky, el griego

 

Había pasado muchas veces delante de ese restaurante, y siempre lo había visto vacío. Estaba en pleno barrio Latino, a una cuadra del Odeón, tenía un letrero de lo más atractivo que decía “Mediterráneo”, era uno de los pocos que funcionaban casi hasta el alba, y seguía inexplicablemente vacío. Como durante muchos meses se me fue cruzando en el camino, elaboré las más variadas hipótesis sobre su estrepitoso fracaso. Me dije: “Los parisinos son la gente más desconfiada del mundo en cuestiones culinarias: si no ven un restaurante lleno, o al menos concurrido, nunca entrarán en él pensando que por algo será: o porque se come mal, o porque es demasiado caro para lo que es, o porque la atención es pésima, o porque, simplemente, ni el propietario ni el local tienen ángel”. Me dije: “De todos modos, es un círculo vicioso: lo lleno tiende a llenarse, y lo vacío a vaciarse, y hay restaurantes que, como algunos poemas, nacen muertos”. Me dije: “Al que nace pa’ tamal / del cielo le caen las hojas”.

 

Y un día, cuando todos los bares del barrio ya habían cerrado, entré al “Mediterráneo” a tomarme una última copa, y a satisfacer una antigua curiosidad. Como era de prever, no había nadie, y mi llegada despertó una enorme expectativa entre los mozos, que se mostraron prodigiosamente solícitos con el primer cliente que habían visto, me parece, desde la Revolución Francesa. Al rato se me acercó un recio hombre de unos cincuenta y cinco años, casi rubio, de semblante franco y gruesos labios que sostenían un pucho casi extinto, y me dijo: “¿Me permite que la casa le pague el siguiente trago? Soy el patrón, y me llamo Nicky”, y me extendió una manaza que llevaba un tatuaje en la muñeca. Lo invité a sentarse en mi mesa, y conversamos. Era un griego tipo Zorba, vitalista, inteligente, ligeramente truculento, que parecía vivir en un mundo de fabulosas anécdotas de marinos, de países extranjeros, de mujeres. Le gustaba hablar casi tanto como a mí, era divertido y socarrón, y reía como su antepasado, el estentóreo Stentor. “Mi botella” pidió al poco rato, y nos pasamos la noche contándonos historias, rodeados de un solícito coro de mozos atentísimos.

De pronto le espeté: “¿Cómo haces para mantener tu restaurante, si nunca hay un alma?”

“Mis socios son pacientes” repuso, “Y saben que París es un mercado que hay que saber conquistar, sin prisa”. “Pero solamente tu planilla debe de costarte una fortuna” dije.

“Nosotros los griegos sabemos esperar” agregó, y cambió de conversación. Este fue el principio de una de esas amistades nocturnas, que suelen iluminar las novelas de la Serie Negra americana, y que son tan esporádicas como intensas. De cuando en cuando yo le caía a Nicky, siempre solo, y nos bajábamos unas cuantas botellas en el restaurante invariablemente desierto, entre gallos y medianoche. De la cultura clásica griega, de la literatura moderna, no conocía nada, o casi nada, pero sí lo sabía todo de las islas del Egeo, (me convenció que yo debía ir a Patmos) y de otras sabrosas insularidades, porque, entre otras cosas, había sido marino de grandes singladuras. Cuando yo partía, al alba, procedían a cerrar el restaurante.

Una sola vez vine acompañado al “Mediterráneo”. Invité a una amiga a cenar, tarde en la noche, pues al día siguiente se regresaba al Perú, para siempre. Bajamos al sótano, iluminado como un paquebote, y solitario como un arrecife. Comimos como reyes, pero sin el menor descuento. Lo único que nos hubiera faltado era una orquesta, pero igual bailamos esa suave música de super-market que difundían los altoparlantes. Nicky no se apareció: se limitó a enviarnos una botella “cortesía de la casa”. Parecía una película americana, de gangsters.

Hasta que un día alguien me dijo: “Todos los restaurantes vacíos —no era el único en París— son de la Mafia. Les sirven para blanquear su dinero, para organizar sus convenciones, sus banquetes. Por eso siempre tienen que estar preparados, no sea que un gran Capo les caiga de improviso, con un montón de gente”.

La penúltima escena ocurre en el “Mediterráneo”. Yo le digo a Nicky: “No tienes por qué mentirme. ¿Esto es de la Mafia, no es cierto?” “No voy a responder a tu pregunta” dice Nicky. “Estás borracho”. Se para, y se va.

La última ocurre unas semanas después. Apenas entro al restaurante, Nicky avanza hacia mí, y me dice fría, impersonalmente: “¿En qué puedo servirlo, señor?”

 

 

Las leyes de la fiesta

 

Aquel sábado, en “Ca’n Quet”, que era un gran restaurante- sala de baile, en el pueblo mallorquí de Deyá, la cosa ya estaba muriendo, la orquesta estaba tocando su último potpurrí, y éramos unas 50 personas embaladas y con ganas de seguirla. De repente alguien pasó la voz: “La fiesta es en casa de Karen, la alemana, allá abajo, en el Clot”. Normal, porque todos los sábados de esos largos veranos mallorquinos, alguien hacía una fiesta en cualquier casa, donde cualquier cosa podía pasar y pasaba.

 

Bajó, pues, toda esa fauna heterogénea, pintores de Brooklyn, actores de Pérgamo, carteros de París, artesanos de Barcelona, cocineros de Nueva Zelanda, un pianista escocés, una millonaria bretona, un guitarrista argentino, etc., en pequeños grupitos, a la fiesta de Karen, en el Clot, la parte baja del pueblo. Fuimos a pie, atravesando la noche cálida, escuchando el rumor del torrente, más o menos zampados y contentos. Cuando yo llegué, con los últimos, ya la fiesta estaba bogando hacia su apogeo, a pesar de que no hacía un cuarto de hora que los primeros grupos habían ingresado. Recuerdo que estaba en plena conversación con un surrealista llamado Esteban Francés, cuando un imbécil se paró sobre una mesa, demandó silencio y dijo algo tan inepto como: “¡Karen se siente mal! ¡Y les ruega que se vayan! Le duele la cabeza, así que, por favor, vayan saliendo”.

Casi lo matan. La primera reacción fue la de Goyo el barman, quien gritó: “¡Calla, huevón! ¿Tú crees que porque te tiras a Karen hace una semana tienes derecho a botarnos? Baja de ahí antes que te bajemos”. Y el muchacho se bajó, asustado. “¿Dónde está Karen?”, preguntó Annie la Bruja “Se ha encerrado en el baño!”, protestó Paul el mercenario. “¡Pues que salga, joder!”, gritó Toby el irlandés, con su acento aguardentoso, sacudiendo la puerta como un limonero. A través del panel se oyeron unos agudos chillidos, que cada uno interpretó a su manera, porque no se entendía nada, y se armó un despelote de todos los diablos. Unos querían encerrar a la alemana con llave, o apoderarse de la casa; otros hablaban de incendiarla, y colgar a la teutona de la veleta, para ejemplo y escarmiento de cristianos, y ya estaba a punto de armarse la bronca, cuando la voz de la razón – que por feliz coincidencia fue mía – se hizo escuchar:

“¡Momento! —exclamé— ¿Por qué no vamos a mi casa? Todos ustedes la conocen, la Casa de la Cala es más grande que esta… Ahí podemos armarla. Voluntad y música sí hay, lo malo es que no me queda trago suficiente…”“Pero, ¿entonces qué es esto?”, dijo Norman el ajedrecista, señalando un estante donde docenas de botellas de vino envejecían sabiamente”. “¡Aquí también hay!” exultó Bruce el astrólogo, abriendo un barcito lleno de botellas de whisky, ron, cognac y algunas bebidas exóticas.

“Bueno, en ese caso –dije, agarrando un par de botellas– los espero en mi casa. Ya conocen el camino”. Y me fui por delante, para poner un poco de orden en mi casa, y prepararla para la fiesta. Era la más bonita de Deyá, construida sobre unas terrazas fenicias, y dominaba la Cala de Pescadores.

Fueron llegando, en vehículos atiborrados, bajo el creciente de luna. Parecían bandas de cazadores que salían al alba a cazar patos. Yo los recibía en la puerta, y emparaba las botellas: “¡Esteban, 3 de cognac, dos de vino!” “¡John, dos de whisky, tres de vino!” “¡Mewa, dos de menta, una de acquavit!” “¡Cristian, dos de ron, una de gin de Mahon, una de pisco chileno!”. Y la enorme mesa de la entrada se iba llenando de botellas de todas las formas y colores. De pronto, la música estalló como un castillo de fuegos de artificio, y se armó una de las fiestas más extraordinarias a las que me ha tocado asistir. La fiesta estaba en todas partes, en los cuerpos, en el aire tibio que flotaba sobe la bahía de Deyá que se dominaba desde mi terraza, en las luces de Puerto Soller que se confundían con las constelaciones. Duró hasta las 9 de la mañana, y todavía guardo, en alguna parte, unas fotos polaroid de ella.

Me levanté a eso de las 4 de la tarde, y bajé a la playa. Karen estaba sentada, sola, en una mesa del restaurante de Pedro, bajo una sombrilla.

“¿Puedo?”, pregunté, sentándome frente a ella. “No me han dejado ni una sola botella. Y eso por culpa tuya” me espetó, furiosa.

“Yo me limité a impedir que te lincharan, querida —repuse— Casi te matan. Por más alemana que seas, no puedes ir contra las leyes de la fiesta”.

“¡Pero si yo no hacía una fiesta!”, estalló la inexplicable teutona. “¡Era una comida íntima, para cuatro personas, con velas!”.

“¡Ah!”, dije, implacable, “pero reaccionaste mal, nos botaste de tu casa: ni tú ni nadie puede ir contra las leyes de la fiesta, que no están escritas, pero están…” La teutona bajó la cabeza, derrotada. Yo dije, comprensivo. ¿Te puedo invitar un trago?”. Luego de un silencio dijo: “Que sea un whisky. Pero doble” Y comenzó a sonreír.