Juan Rulfo

Sí se culpe a todos | Por Fernando de León

Juan Rulfo

Juan Rulfo

Nota preliminar de Oser Serón

Debo aceptar que como bibliófilo el destino me puso en la ruta de verdaderas joyas inéditas que más tarde pude dar a conocer: como un segundo fragmento de la novela trunca de Juan Rulfo El hijo del desaliento de la cual él sólo publicó el fragmento “Un pedazo de noche”.

Al respecto te aclararé que no conocí a Juan Rulfo. No sólo eso, sino que no conocí a nadie que lo hubiera logrado. Pero lo vi una vez en Zapotlán el Grande. Para ser precisos: la noche del 26 de agosto de 1940. Él, como yo, era también parte del público de una conferencia que ofrecería el historiador de Sayula, apellidado Figueroa Torres. Un grupo de escritores había organizado un Ateneo, al parecer, por iniciativa del propio Alfonso Reyes. Rulfo me atinó una vez con su mirada torcida, como la colilla de su cigarro que contra toda ley universal de gravitación se negaba a caer y tuve la impresión de que me lanzaba esa mueca que en él se podría llamar sonrisa. Sujetaba con pereza una carpeta ajada y parecía lamentar no tener una silla libre alrededor donde dejarla. La conferencia comenzó y el historiador anunció mediante un título pomposo y puntalmente hiriente que hablaría de la traición y los traidores en Zapotlán el Grande. Fue, en efecto, un recorrido por la documentada infamia de cada habitante de aquella población y de cada uno de sus ancestros. No dejó títere con cabeza y la pena ajena se volvió en mí una nausea más física de lo que hubiera creído pues, quizá debido a las tostadas de cueritos que me había comido una hora antes, me asaltó un retortijón que me llevó a paso veloz a buscar el baño de la biblioteca donde se efectuaba aquella denigración pública.

Entre sombras encontré el interruptor del baño de hombres sólo para descubrir con horror que la única taza estaba tan en el olvido que había sido invadida por una telaraña enorme con su respectiva araña capulina al centro. Incómodo y urgido resolví meterme al baño de mujeres, casi limpio y sin arañas, esperando que ninguna entrara —ninguna mujer— en ese momento, pues me vería con mayor horror que el que yo sentí por la capulina. Haciendo del cuerpo estaba cuando una situación nueva se presentó: se fue la luz. Una tiniebla total inundó la Provincia de Ávalos y tentaleando, no sin miedo y asco, logré salir del baño de mujeres.

Habían pasado un par de minutos desde el apagón y mis ojos ya se acostumbraban a la oscuridad cuando choqué con una luciérnaga. No: era el cigarro de Rulfo. Era Rulfo el que salía de la sala como un fantasma sólido que casi me tumba. Acto seguido, el coordinador de la lectura encendió un fósforo y por esa pobre luz pude ver que todos los presentes habían aprovechado el apagón para irse de la molesta conferencia sin tener que despedirse. Rulfo entre ellos. En el piso, justo donde choqué con él, había quedado su carpeta. La levanté del suelo con la esperanza de regresársela apenas nos volviéramos a encontrar, pero eso ya no sucedió.

La carpeta contenía un capítulo recién escrito de una novela de Rulfo que se llamaría El hijo del desaliento. El capítulo se titulaba “Sí se culpe a todos” y, seguramente lo llevaba consigo pues pensaba mostrárselo a Don Alfonso Reyes cuando terminara la conferencia.

Ahora es sabido que casi veinte años después, en 1959, publicó en las páginas de  la Revista Mexicana de Literatura otro capítulo de esa novela inconclusa: “Un pedazo de noche”, pero gracias a mí y a aquel encontronazo, el texto inédito de Rulfo “Sí se culpe a todos” se difundió en las páginas del suplemento Diorama de la Cultura, del Excélsior en 1962, y aquí lo reedito para morbo de otros bibliófilos.

 

sí se culpe a todos*

juan rulfo

 

Gente que no conozco, gente que ya no existe. Yo sólo sepulto a gente que no conozco. Siento que ése es mi trabajo: no conocerla. Hace poco trajeron a mi madre muerta. Hacía tiempo que no la veía pero no la había olvidado. La reconocí por su cabello que todavía parecía estar vivo, que se movía con el viento y se encogía con la lluvia. Cuando la vi le dije a mi ayudante que a ella yo no la iba a enterrar y supo clarito que ella algo me llamaba, pues yo no sepulto gente conocida.

Un día decidí que ya no volvería a hacerlo. El día en que sepulté a mi hijo. Fue tan fácil meterlo en su cajita. Estaba ligerito. El agujero que cavé no fue grande ni profundo; no era necesario. Pero cuando arrojé sobre él la última palada de tierra me dije “Ya no. Ya nunca”. Y lo he cumplido: todos los días sepulto a alguien y me pagan por eso. La gente que no conozco y que ya viene muerta es la mejor gente del mundo: por enterrarla alguien más me da para comer, sin hablarme me distraen y los difuntos tampoco se aburren cuando les hablo.

Una vez que llegué de malas al cementerio, al otro, al de la ciudad en la que antes trabajaba: fue la vez en la que Pilar rompió su promesa de ya no ser mujer de la calle. Claro, yo la conocí por las calles de esa ciudad, y no llevábamos ni tres veces de vernos cuando ella me dijo que le siguiéramos juntos; con lo que yo ganara de sepulturero estaba bien, que nos alcanzaría para vivir, pero dos meses después de que nació nuestro bebé llegó la noche cuando se rindió y se fue de nuevo a las calles a buscar clientes y volvió con dinero diciéndome que lo único que me pedía era que la dejara dormir de día, y que no le reprochara nada. Por la mañana, en el cementerio, no se me quitó el coraje hasta que saqué a un fulano de su cajón y lo agarré a patadas: el muerto me aceptó el berrinche y cuando lo bajé de nuevo a su fosa yo ya me sentía más tranquilo. Hablar con un vivo, incluso uno que se dijera mi amigo, nunca fue tan consolador como aquello. La gente muerta es la única que se deja querer.

Pilar no. Me dejó cada noche con nuestro bebé al que le pusimos mi nombre: Claudio Marcos y el chiquito lloraba cada rato como sabiendo que su madre andaba de regreso por la mala vida. Yo le cambiaba el pañal y le daba tortillas sopeadas en caldo de frijol, pero ni cuando estaba limpio y sin hambre paraba de llorar. Como no podíamos dormir ninguno de los dos, nos fuimos a la cantina: a lo mejor viéndome consolarme con una botella de charanda se consolaba él también. A veces funcionó y se quedó dormido en un equipal, a veces su llanto se mezcló con las canciones de José Alfredo que sonaban en la sinfonola. Parecían llorar la misma pena.

Una noche me pasé de copas. Apenas podía con mis huesos. Estaba casi sólo en la cantina. Los que quedaban estaban más borrachos que yo. Nadie me dijo: “cuidado con la criatura.” Nadie me aconsejó: “vete despacio, por las piedras”. Nadie me avisó que yo ya ni podía ni caminar bien y apenas abracé a Claudio Marcos, di dos pasos y tropecé; me fui de lado contra la pared. Mi chiquito se dio contra el muro en la cabeza y no volvió a llorar nunca más. Cuando me paré y lo levanté vi la mancha de sangre en el muro y aún borracho comprendí que había matado a Claudio Marcos. En su nombre me había matado a mí mismo. Ojalá alguien me hubiera visto. Ojalá alguien me hubiera ayudado o, por lo menos, ojalá alguien me hubiera dado de golpes hasta matarme ahí mismo. Pero no había nadie en su juicio. Si alguno abrió un ojo cuando nos caímos pensó que soñaba una pesadilla. Yo hubiera querido soñarla solamente, despertar y escuchar el chillido del bebé pidiendo comida, pidiendo a su madre, pidiendo vivir hasta zafarse de nuestras miserias. Pero no. Ésa pesadilla es mi vida. No se despierta de algo así.

Un día le dije a Pilar que con esa vida suya que llevaba sólo podría tenerla quieta el día que la sepultara, pero ni eso iba a poder ser, porque luego de enterrar a Claudio Marcos le dejé una nota como esas que dejan los suicidas, pero que decía “Sí se culpe a todos: a mí y a ti y al mundo podrido, por la muerte de nuestro bebé” y me largué de regreso al pueblo del que un mal día salí.

Lo sé: lo mío es enterrar gente muerta. Eso de morir se lo dejo a los demás. Yo los sepultaré con gusto, siempre y cuando no los haya conocido.

 

* “Sí se culpe a todos”. Diorama de la Cultura, Excélsior, 2 de septiembre de 1962, p 14.

  Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


Escrito por Fernando de León

Fernando de León nació en Guadalajara, Jalisco, en 1971. Fundador y subdirector de la revista El Zahir. Editor de la revista Luvina. Es autor de los libros de cuento: La estatua sensible (1996), La obscuridad terrenal (2001), Cárceles de invención (2003), La sana teoría (2006), Apuntes para una novísima arquitectura (2007); y la novela Historia del ojo y lo volátil (2010).