Francisco Gálvez

Rasgo | Gabriel Wolfson

 

Puedo también soñar del mismo modo cómo aprendí a caminar,

pero esto no es cosa que me sirva de mucho. Ahora sé caminar;

no podré aprenderlo nunca más.

W. Benjamin

 

Alguien habla de algún otro. Alguien cruza la pierna y habla. Alguien está sentado frente a una mesa, por qué no, como si a la mitad de algo importante lo hubieran interrumpido. Alguien es interrumpido y alza la cara de lo que lo absorbía. Alguien alza la cara, cruza la pierna y habla, en todo caso para sí mismo. Habla de otro. Dice por ejemplo que ahora el otro está sentado en un banco no pensado en realidad para sentarse sino para subirse en él y así alcanzar los estantes superiores. Está sentado, recargado en los estantes medios y fumando, las cosas normales, la imagen normal. Está sentado ahí, algún otro, sobre el segundo escalón del banco y con los pies en el primer escalón, porque aún no quiere poner los pies en el suelo. Así suele decirse, poner los pies en el suelo, para indicar la necesidad o sugerir el consejo de no desvariar, no delirar, no volar: otra metáfora. Nadie vuela porque a nuestra especie aún no se le desarrollan las alas. ¿Aún? Según todo indica, nunca ocurrirá. ¿Aún no quiere poner los pies en el suelo? Aún: espera que ocurra, y más bien pronto. En este caso, sin metafísica ni metáfora: posar los pies en el suelo, pisar el suelo de este cuarto llamado estudio en la división fantasiosa de la casa alojada en la cabeza de sus dueños. Ese otro trae zapatos y aun así no se anima a poner los pies en el suelo, salvo, claro, para caminar. ¿Aun así? Al revés, según ha llegado a pensar: los zapatos impiden todo aviso de contacto, y de ocurrir el contacto las señales llegarían demasiado tarde. Entonces ese otro ve un zapato, y un pie dentro del zapato, sin calcetín, y el mínimo espacio entre pie y zapato ocupado por termitas enfebrecidas. Piensa que es la imagen más acabada del encierro, pero sin saber para quién sería el encierro, para sí o para las termitas. El caso es que comienza a anhelar la posibilidad de haber llegado a un acuerdo con ellas, permitir incluso que se alojaran en el pie, rascaran en él túneles y cavidades, si a cambio se le garantizara que no avanzarían nunca más allá del pie y que el pie no acabaría perdiendo su imagen de pie, su estatuto de pie. Al mismo tiempo, sin embargo, a ese otro el tema se le ha vuelto su tema central de conversación, la plática fácil, una especie de compuerta general que ha servido lo mismo para eludir el clima y la salud que para divagar expertamente o para descubrir que a tres o cuatro les ha ocurrido algo parecido, nunca tan grave, es cierto, y que lo guardaban por considerarlo un asunto banal o por vergüenza. Lo mismo con las enfermedades, piensa alguien sobre su propia experiencia: se ocultan en la conversación por irrelevantes o por vergüenza. Pero, dice alguien, a ese otro le ha ocurrido que, una vez puesto el tema sobre la mesa, con los amigos que pasaron por la misma experiencia, no tan grave, cierto, se fue formando una especie de cofradía, un club de iniciados. Digamos: una afinidad no perceptible para el resto, justo como inscrita en ese “rumor químico de la naturaleza” que ese otro trae en la cabeza como un mantra desde que empezó todo esto. Pero alguien, independientemente de ese otro de quien habla, tiene claro que las cofradías han perdido toda función, ya no tienen lugar, piensa, porque hay un imparable proceso, ¿químico?, que las convierte al instante en ornato, bisutería. Ahora bien, esto último no tiene mucho sentido así como está, y para darle sentido habría que desviarse del asunto que colma la cabeza de ese otro y del que alguien quiere hablar, en términos simples, con los pies en el suelo: ¿es la invasión de termitas en la casa de ese otro una metáfora de su vida conyugal? Encima de la mesa hay una caja con tarjetitas, alguien toma una y lee: “La producción de huevos por parte de la reina primaria es baja al principio; en la primera estación puede poner de quince a cincuenta, de los que algunos son devorados por los progenitores. Más tarde, aumenta la fecundidad y las reinas maduras de Termitidae ponen varios miles de huevos por día”. Convienen muchas aclaraciones, dice alguien. Por ejemplo, así rápidamente, aclarar que no he sido yo quien ha recolectado y procesado esta información, fichas selectas que, no obstante, me permiten ahora hablar doctamente del tema. Segundo: este otro está convencido de que las termitas que han atacado su casa pertenecen a la dicha familia de Termitidae, “que constituye el setenta y cinco por ciento de las especies conocidas de termes”, y ello no sólo porque desde luego no puede tratarse de Termopsinae, aficionadas a la madera húmeda, de Rhinotermitidae, las famosas termitas australianas, puesto que esto evidentemente no es Australia, ni mucho menos ya quisiera uno, de Cretatermitinae, la especie conocida más antigua, “descrita a partir de un fósil del cretácico” de hace aproximadamente cien millones de años; ni tampoco porque, además, los especímenes observados parezcan corresponder fielmente, en costumbres y aspecto, a las Termitidae de textos y viñetas de los manuales, sino sobre todo porque ese otro supo desde el principio que las huéspedes de su así llamado estudio ni siquiera ofrecerían el obsequio de la rareza. Aquí una imagen, parpadeante como flagelo durante los primeros días: científicos de bata y lentes, o al menos con plumas en la bolsa de la camisa y curiosos instrumentos a mano, han acampado en el estudio para observar y estudiar una nueva familia de termitas que, según comentan tras agradecer el café y la oreja o el polvorón que cada mañana su anfitrión ofrece, revolucionará el modo en que el ser humano ha comprendido el mundo de los insectos sociales. Pero número uno: aquí no hay estudiosos de las termitas, pensaba entonces ese otro, y número dos, a nadie le importaría. Aquí lo que hay, según supo pronto, no son científicos ni estudiosos sino exterminadores de termitas, o para ser más precisos, falsos exterminadores de termitas, embaucadores embaucados por el criterio del tamaño para clasificar a las criaturas de dios, que creen que todo lo que ande o repte por pisos y paredes inferior a diez centímetros amerita idéntico proceso de exterminio. Como sea, ese otro del que alguien habla gustaba de verse así, en pijama y chancletas, ofreciendo una lujosa variedad de pan dulce a los arduos científicos de bata, pelo largo y sofisticadas herramientas, pálido pero veraz encuentro de dos mundos tras el mucho más categórico encuentro con las cien mil termitas en su estudio. Alguien saca una libreta, algún otro encoge las piernas y se aprieta contra ellas, reduciéndose en el banco, pero alguien, al leer, ni parece contemplarlo: “Don Nicolás Álvarez, dice alguien de pie, maestro de ceremonias de la catedral de Puebla, me hizo ver en la tarde, en su casa, una costilla de gigante, tan gruesa como un brazo humano y de diez palmos de largo; hay allí la tradición de que esos gigantes habitaban en los montes de Tlaxcala”. Esto, dicho o comentado en mil seiscientos noventa y siete, dice alguien, nos hace ver que desde mil seiscientos noventa y siete o desde siempre o casi siempre tendemos a la vanidad de lo exclusivo y único en cuanto a especies vivientes o en cuanto a especies en general. En cuanto a especies en general, se insiste en que al menos fue única la combinación de no sé cuántas con que aquellas degeneradas monjas inventaron el mole. Pero sea don Nicolás Álvarez hace mucho o este otro hace poco, dice alguien, se sueña con la especie única, el gigante tlaxcalteca o la termita única del estudio, cuyas cualidades únicas, sin embargo, ese otro nunca tuvo la curiosidad de imaginar. Lo cual, bien visto, dice alguien mientras vuelve a sentarse frente a la mesa, nos indica que lo que zumba en las cabezas de don Nicolás Álvarez y de este otro no son el gigante tlaxcalteca ni la termita del estudio sino ellos mismos, don Nicolás Álvarez y aquel otro, orgullosos poseedores del vestigio u orgullosos descubridores de la nueva vida latente bajo la duela. No debo exagerar, se dice alguien, en realidad ese pobre habría llegado a fantasear no sólo con sus chancletas y sus conchas científicas sino con los atributos únicos de la nueva especie descubierta en su estudio de no ser porque muy pronto supo, o le hicieron saber, de las famosas Rhinotermitidae, las incomparables termitas de ese país insulso, bestias de dios que, en su necesidad de vivir bajo la tierra, salen a la superficie y la convierten, si así puede decirse, en superficie bajo la tierra, superficie subterránea, un nuevo continente encima pero debajo de ese quinto insulso continente. Y frente a ellas, las termitas australianas, no cabía ya imaginar nada, frente a los esplendorosos montículos que levantan o hunden en la planicie de esa isla sobrante no cabía ya ponerse a fantasear desde la tres veces heroica. Frente a las obreras de Mastotermes Darwiniensis, dice alguien en voz alta y enfática, cuyas galerías subterráneas se alejan más de cien metros del nido, señores, la pálida imaginación de ese otro no pudo más que limitarse a variedades comunes de la repostería barroca. Primera imagen común en las cabezas de alguien y del otro: los verdaderos túneles que cruzan la ciudad no son los que rascaron vanidosos criollos desde la catedral a los fuertes y demás sitios turísticos sino la asimétrica y desbordada telaraña que siguen trazando, mientras leemos esto, las ciudades de termes en los cerros que circundan nuestro altiplano. Segunda o tercera aclaración: alguien y algún otro, dice alguien mientras se rasca un piquete en la espalda, atención: alguien y ese otro sujeto son el mismo sujeto, pero en fin, de esa forma me resulta más sencillo hablar, hablando no sólo de alguien sino de alguien y de algún otro, dice alguien. Luego saca un cigarro y lo prende y lo observa. Sé dónde estoy, dice alguien, pero no siento estar donde estoy. Porque todo se reduce a lo siguiente: se puede dejar de sentir si se ha sentido, pero no a la inversa. Se puede dejar de creer en el dios que creó a esas bestias excavadoras y potencialmente adaptables a cualquier continente subterráneo o no, hundido o salvado o en suspenso, pero no puede comenzar a creerse en él si no se cree de por sí, si no se ha creído nunca. Algún otro se endereza, voltea hacia abajo, se frota las piernas gratamente y baja del banco para sentarse en el piso, la totalidad de las piernas sobre el suelo y espalda y cabeza recargadas en los estantes inferiores y medios. A ese otro le gustan los libros en los estantes porque proveen un respaldo movedizo, dice alguien, adaptable a su espalda tortuosa; a mí en cambio me imponen, como se dice por ahí, me abruma su cantidad, la altura de los estantes, la veneración que se les ha de guardar como para destinarles tanto espacio de la casa, un cuarto completo, el así llamado estudio por sus dueños. Se cree o no, ya decíamos, y potencialmente se deja de creer, pero no a la inversa. Alguien se para y camina, con cuidado de no pisar al otro, ya casi tumbado a lo largo sobre el suelo. Fue la mujer de éste quien juntó todos esos libros, quien sigue haciéndose de libros y acomodándolos científicamente en estas paredes, conformando, claro, su propia galería, su nido cálido y vaporoso para garantizar la reproducción. Sólo que en este caso no se sabe de qué: se sabe que hay reproducción pero no se siente reproducir nada, salvo, en todo caso, la propia galería destinada a la reproducción. “Las colonias de Termitidae pueden contener hasta un millón de individuos, lee alguien en otra tarjetita, procedentes todos ellos de una sola pareja real; durante el crecimiento de la colonia en las termitas superiores, el rey y la reina permanecen en la celda real, usualmente en las profundidades del termitero, donde la segunda experimenta el crecimiento posmetamórfico al que ya hemos aludido”. Cigarro y bocanada de humo para proseguir: “La reina es atendida por numerosas obreras que la alimentan, así como al rey, al tiempo que devoran las secreciones producidas por las glándulas exudativas de ella y también las procedentes del gonóporo y del ano. El rey, y con eso terminamos, dice alguien, vive tanto como la reina, y se producen cópulas con frecuencia”. Alguien devuelve la tarjetita a la caja, algún otro extiende el brazo sin voltear y saca del estante inferior un diccionario, que deja en el piso. Alguien lo recoge y busca: gonóporo: abertura genital, vaya vaya. No podemos hacer mucho más que buscar las palabras raras en el diccionario, ajustarnos a la definición, plegarnos a ella. La tentación de interpretar, extrapolar, metaforizar, es muy grande: no leer en este caso sobre termitas sino, por supuesto, sobre humanos, sobre el ser humano, sobre la especie. Por ejemplo: a la primera señal de alarma, ese otro dijo que él se encargaba. La primera señal fueron tres duelas agujeradas, pegadas a la pared. Ese otro dijo que él se hacía cargo, buscó en el directorio, llamó a los fumigadores cuyo logo le pareció el más árido, los fumigadores estudiaron el problema y dictaminaron la solución: introducir pastillas de veneno en los respiraderos de toda la duela de la casa, sellar puertas y ventanas y de ese modo, conforme las pastillas se disolvieran y operara su efecto, crear una pequeña cámara de gas que acabaría con todo. Así exactamente lo dijeron los fumigadores, una pequeña cámara de gas. Ni tan pequeña, pensó ese audaz y responsable otro, y luego pensó, con imponente obviedad, como pura reacción, la más fácil y previsible, en las tantas resonancias de esa frase, o más bien en su única y magna resonancia, una pequeña cámara de gas, primero pensó en la insensatez de los fumigadores al emplear la frase y luego en la precisión y dureza de los fumigadores al emplearla, porque de ese modo, con esa frase, según fue pensando, le ponían en la cabeza, y sin posibilidad de no ver o no enterarse, la definición más simple y clara de lo que estaba a punto de montar en su propia casa: una pequeña cámara de gas, al menos, si no otra cosa, categóricamente desproporcionada frente a las tres duelas del rincón agujeradas, toda una pequeña cámara de gas, aun si pequeña aunque bien visto no tan pequeña, para acabar con algo invisible que en todo caso se había trabajado sólo tres duelas de un extremo del estudio, pero más bien para acabar con todo. Entonces comienza a pensarse en la inconveniencia de interpretar: para referirnos a Termitidae, en este caso, pero lo mismo a abejas, hormigas, avispas, parece que no podemos más que emplear nuestros términos, enjaretarles nuestros términos, encajárselos en sus poco esclerotizados lomos como manzanas que hallaran en la corrosión de esos lomos tierra húmeda para dormitar y recomenzar la germinación. Una pequeña cámara de gas, el famoso “baile de las abejas”, la envidiable industriosidad de las hormigas, o ya desde antes, rey y reina, esos términos tan desesperados y suplicantes con que anhelamos un orden conocido, es decir cruel, alojado ahí dentro, sobre la superficie del interior de la tierra, que nos explique lo que ahí ocurre y nos dé paz. Yo me encargo, dijo más o menos ese otro, más como para tranquilizarse él mismo al probar que sí podía hacerse cargo de algo así, y la mujer respiró y dijo que muy bien aunque pensó, sin duda alguna pensó, que él no iba a poder hacerse cargo, que no hallaría a los fumigadores, que olvidaría hacer la llamada, que cualquier cosa se cruzaría en su panorama como una palomilla en el aire hipnotizando a un gato y lo alejaría del espacio de los acontecimientos, cómodamente lo apartaría del campo de batalla. Pero no: aunque al final, en efecto, no terminó de hacerse cargo, ese otro no olvidó llamar a los fumigadores ni dedicar veinte minutos a olisquear y rascar los agujeros de las tres duelas, con espíritu incuestionablemente inquisitivo y resuelto. Veámoslo: en pijama y chancletas, decidido a consagrar los minutos necesarios a su exploración, tirado en el piso, tanteando primero los bordes de barniz que las termitas dejan intactos, según supo pronto, para asegurarse la oscuridad requerida, comprobando la fragilidad de esa cáscara de barniz, rompiéndola con una pluma y luego desprendiendo trozos como quien se retira triunfantes películas de epidermis muerta, y entonces por fin comprobando la oquedad de la duela, los túneles a veces rectos y lógicos en su fácil andar y a veces incomprensibles, más tarascadas necias que túneles, más banquete en las cimas de suavidad de la madera que caminos supuestamente industriosos. Pero atención: días o semanas después, derrotada la vanidad del hallazgo único que lo hermanó con don Nicolás Álvarez y con tantos otros maestros de ceremonias, este otro volvió a pensar en la singularidad de las termitas de su duela. Alguien va por un vaso de agua, vuelve, riega con él una macetita minúscula y se toma el resto. En lo que en realidad pensó, dice alguien, para ser precisos habría que decir que en lo que en realidad pensó fue en la singularidad de todas las termitas del mundo. Digamos: las obreras de Termitidae, dice alguien, se encargan de todo excepto de la reproducción y la defensa de la colonia: cuidan los huevos y a las termitas jóvenes o los transportan a lugares más seguros, alimentan y cuidan a la reina, buscan comida, excavan galerías y túneles, reparan daños al termitero. Eso dice el manual, bien. Pero aun sin detenernos en esos términos, reinas, obreras, ¿hemos de suponer que las termitas del así llamado estudio están dispuestas a ajustarse a su definición en un libro, a actuar conforme a lo que nos asegura su descripción y caracterización, su viñeta numerada y a escala para hacerla digna de nuestros ojos? Una primera réplica, demasiado tambaleante, justo por ello la primera: ¿y si la madera no tuviera barniz? En un lugar abandonado, con cientos de tablones amontonados, acaso las termitas irían dándose cuenta, en cosa de no más de tres generaciones, de que no necesitarían dejar una capa superficial en las maderas de sus emboscadas, y de que en la noche podrían salir y entrar, practicar túneles verticales, levantar una galería nueva en la zona de más abigarrado amontonamiento de tablas y no por fuerza por debajo de las losetas craqueladas. Todo lo cual le hizo pensar, dice alguien deteniendo la vista en ese otro, que la razón para no comerse la capa de barniz podía ser distinta a la asegurada por los manuales. O bien a nadie le gusta el barniz, ni a ellas ni a nosotros, y por más activas las enzimas o protozoarios de nuestros sistemas digestivos el barniz es una materia aún extraña para asimilar, o bien, mejor aún, las termitas saben, de alguna manera pero claramente saben, que no es conveniente para ellas horadar el barniz, idéntico motivo entonces por el que en este caso, o en esta casa más bien, comenzaron por las duelas de los rincones y no por las centrales y más recorridas: puro camuflaje, puro ganar tiempo, un tiempo que en el caso de los habitantes de la casa fue cosa de dos, cuatro, ocho días, antes de distinguir unos disonantes centímetros de duela, más pálidos o más secos pero en cualquier caso distintos a como eran, y que en el otro caso, en el de las termitas, no fueron horas ni días, cuatro u ocho, no se sabe qué fueron salvo que fue el tiempo justo para que naciera otra generación completa, otra qué, cómo decirlo, otra ciudad, otro mundo entero de termitas, para que las larvas adormiladas aceleraran su maduración, algo así como miles de gotas de agua vertiginosa y fría en un desierto salvaje dentro de la tierra. ¿Cómo decirlo: reina? ¿Sí? ¿Esa reina, ese término que nos reconforta, casi nos acaricia y protege al encontrarlo una y otra vez en los párrafos de los manuales, en los párrafos selectos de las tarjetitas en este caso, esa reina es la misma a la que tranquilamente sustituye la colonia cuando falla, una gran reina, desde luego una única reina es aquella misma que entonces, al fallar y al asegurarse la colonia que ha producido una nueva que la sustituya, es rodeada por “una multitud de obreras, todas con sus partes bucales aplicadas sobre ella, cosa que se prolonga por espacio de tres o cuatro días, disminuyendo lentamente su cuerpo hasta que sólo queda su arrugada piel”? Ni serían días, claro, no sabemos cómo nombrar ese espacio de tres o cuatro o de quince o veinte qué, días, en los que la acción abrasiva de miles de miles de lenguas o labios reduce filialmente a cáscara, a barniz inútil, a la así llamada reina, gorda reina entregada a la reproducción y, suponemos, al principio confundida por tal muestra de veneración, de limpieza o afecto o rendición totales y después quizá convencida de que esos imparables lengüetazos que la consumen son, aun consumiéndola o justo por eso, las más acabadas muestras, decíamos, de veneración. ¿Sí? Mal argumento, dice alguien, quizá no haya mejor definición de “reina” que la que nos provee el diccionario de las termitas, quizá el término “reina” fue creado no para Anas e Isabeles sino para esa termita inflamada de inmovilidad e hijos y sólo después aplicado también a las otras reinas, menos categóricas, menos consagradas pero, al menos en sus periodos heroicos, asignadas también a un final apoteósico a través de la veneración guillotinadora de la especie. El otro palpa el suelo con las manos, con la palma completa, luego cruza los brazos y bosteza. Su contundente cámara de gas fue un fracaso, dice alguien, tan épico que éste se sentía en su cálculo exterminador: en realidad fue ahí cuando comenzó esta historia de Termitidae, cuando las particulares Termitidae del así llamado estudio marcaron el inicio de la historia. El fumigador selló todas las posibles aberturas de la casa, algunas incluso que ese otro no había ni sospechado, cubrió con plástico los muebles y objetos de la cocina, distribuyó pastillas rosas, como enormes tabletas efervescentes, a lo largo del más superficial subsuelo, y ese y su esposa durmieron dos días fuera, descansaron en un hotel pulcro y floreado mientras en su casa se cocinaba la ni tan pequeña cámara de gas. Nada los perturbó esas dos noches de hotel, el primer hotel en que dormían de su misma ciudad, nadie podría siquiera entrar a robar, les había dicho el fumigador, si alguien entra ahí queda, con todo y termitas y hormigas y cucarachas. Puro profesionalismo, puro lenguaje de expertos, palmadas en la espalda entre este y el fumigador, ya camaradas que aprovechan las innovaciones químicas de la industria, sobre todo porque al decir “ahí queda” el fumigador experto y al escuchar “ahí queda” el ya experto cliente, al observar sus respectivas muecas, pareció quedarles claro que en efecto ambos deseaban que justo esa noche, no ninguna otra sino justo esa noche de invisible gas rosado se decidiera a entrar algún ladrón y efectivamente quedara ahí, congelado por la acción abrasiva de las veinte o cien pastillas del inmediato subsuelo, para al día siguiente, al volver a mediodía a la casa ya ventilada, encontrarse al intruso tirado en el piso de la cocina, pulido por el gas y recubierto por miles de hormigas, si no fuera que eso sería imposible, claro, porque las hormigas serían las primeras en quedar ahí, junto con cucarachas y termitas y tijerillas y mariposas negras. Pero al instante ese otro estrechó la mano caliente y suave del fumigador, dice alguien, subidas las piernas en la mesa, por qué no, y al instante se le desdibujó esa fantasía penal, hubo un salto de la imagen del intruso recubierto de hormigas a la de una fruta, una fruta sin cáscara, un mango carnoso, recubierto de polvo, de viruta, de filamentos de papel y tierra, y, por tanto, un salto a la imagen del desayuno y de la vida continua y más o menos resuelta, porque, dice alguien, este otro confió absolutamente en la eficacia del tratamiento exterminador que le acababan de proponer. Entonces hubo las dos noches de hotel, la molestia de dormir en un lugar extraño en la propia ciudad pero matizada por la seguridad nunca puesta en duda, por algo se habló de una pequeña cámara de gas, la seguridad de que a la vuelta, una vez que el experto fumigador hubiera abierto las ventanas para ventilar la casa, en la casa habría para respirar un aire libre de mosquitos y habría para pisar un piso sin grietas ni rastros de esas cadenas alimenticias provistas de millares de individuos. Hubo pues las dos noches, extrañas dos noches de anomalía y de complicidad, de contubernio en la confianza en el gas, y luego hubo, claro, no sólo la confianza en un regreso libre de alimañas sino el regreso: un aire novedoso, un olor en la casa desconocido y que parecía hacer presentes, palpables, todos los metros cuadrados de espacio, los metros de aire, como si fuera la póliza de garantía, o mejor aún, la firma al calce, la firma del artista de la fumigación, un olor rosa, higiénico, intolerable si no fuera porque era palpado como eso, el garabato del exterminador. Un momento de tregua, dice alguien, y entonces algún otro voltea y expresa su acuerdo, suponiendo que alguien dejará de hablar por un momento y que podrán estar así, tranquilos, palpando un piso que nunca más será un simple piso, pero no, dice alguien y se ríe, me refería a la tregua en la relación marital, no a nosotros, dice alguien, lo siento, no sé si nos guste o no ese término, tregua, pero no hay otro, podría plantearse como una vuelta a la paz del inicio si no fuera porque nunca hay vueltas y nunca hay inicios, lo siento, una tregua, una tregua dada, atención, por la pequeña cámara de gas, por el olor abrumador y limpio que poco a poco fue despidiéndose o fue siendo cubierto por los olores propios de una relación conyugal en pleno ejercicio de sus rutinarias facultades gracias a la tregua, misma que, haciendo justicia a su definición, comenzó a agrietarse cuando a las tres semanas se descubrió una nueva grieta en una duela, pequeña y dudosa, y luego otra, categórica, imposible de concebir más que como una grieta nueva, un rasguño fresco a esa madera que, por cierto y ya que estamos en ello, dice alguien, había constituido un par de años antes, sí, al momento de su compra, la oportunidad de otra breve tregua igualmente producto de una inesperada complicidad. La complicidad fue, bien visto, equívoca, pero qué más da: ese otro, intentando hacerse cargo de comprar la duela, tratando de sortear ese mundo de procedimientos adecuados que su mujer le sugería, distintas cotizaciones, visitas a los proveedores, investigación minuciosa hasta ser capaz de recitar seis diferencias entre el pino y el encino y otras seis entre encino y cedro, dio con un lugar en el df donde vendían madera vieja, y como para entonces era ya un pequeño experto en precios y sabía ya que en materia de duela era mejor la duela usada, la ya pisada al menos por dos generaciones, fue y cerró el trato e invitó a su esposa para compartir la alegría del hallazgo y del ahorro implícito, y la esposa fue y he aquí el equívoco en la complicidad aquella, dice alguien, porque he aquí que la esposa de éste, apenas olfatear la gran bodega oscura y con tirabuzón sacarle al dueño tres palabras sobre su negocio, se olvidó del ahorro y del hallazgo específico de la duela y más bien se hipnotizó con la bodega en sí, galerón que recorrió como un museo, palpando cada trozo de barandal, cada ropero cojo, cada portón desvencijado e indagando en la procedencia e historia de cada tablón, hasta dar con la verdadera naturaleza del lugar, según dijo, no un expendio de madera ni siquiera un museo, sino el cementerio de la grandeza mexicana, duelas enteras de mansiones alemanistas, portones desestimados del Banco de México o de tal o cual secretaría, interiores de palacios desmontados al completo y alojados en ese cementerio vivo de la Calzada Zaragoza, de tal modo que en el viaje de regreso este otro iba feliz con su propia eficiencia y la esposa iba feliz con su abstracción lírica, y qué más da, iban ahí con su pequeña tregua, que floreció aún más cuando, a la semana, llegó a su casa el camión cargado de duelas cargadas de ahorro y de historia. Y cargadas de termitas, según la primera hipótesis, dice algún otro. ¿Dice?, pregunta alguien, sorprendido, y da la vuelta, por qué no, en su silla giratoria. Vaya vaya, dice alguien. Bueno. Primera hipótesis, que desdibujaba la imagen del cementerio de la grandeza mexicana, el panteón de elefantes, la fosa de la ciudad de los palacios, etcétera, y borraba sobre todo esa pequeña victoria, una batallita oscura, la de haberse traído los restos de esa grandeza para que florecieran aquí y no allá, la de haber sustraído como contrabandistas los restos de esas glorias como demostrando que allá todo se pudría, todo tendía a venirse abajo, todo tendía al estrépito de la demolición, la quiebra, y aquí no, aquí esa heroica madera desestimada por los tiburones podía encontrar el microclima perfecto para renacer. Bueno. Primera hipótesis, obvia: la ruina inoculó la ruina hasta en sus restos desestimados, la ciudad de los palacios se aseguró de depositar cien, veinte, dos larvas de Termitidae en sus propios desechos para extender la corrosión en el país de los incautos, etcétera. Hipótesis temible pero cristalina y reconfortante: tocaría arrancar toda la madera y prenderle fuego: en el zócalo, dice alguien, por qué no. Pero entonces llegaron los nuevos exterminadores, quienes además de aparentemente o eventualmente exterminar las termitas, desecharon la hipótesis. Estamos, es evidente, dice alguien, dando un gran salto, ahorrándonos varios pasos. Y no está bien. Por ejemplo, el gran paso de la esposa lectora. La esposa lectora, espécimen propio de las zonas subtropicales de la ciudad, aparece sobre todo en los así llamados estudios, cámaras de almacenamiento de comida y nidos para la reproducción, etcétera etcétera. Lo importante es que la esposa lectora come de todo y no presenta ningún problema moral ni gastrointestinal por ello, desde granola hasta cabezas de pescado, desde caldos grasosos hasta nísperos. Y hace alarde de ello, incluso mayor que el alarde sobre aquello que le da nombre: de hecho, en el así llamado estudio, hay un estante para libros sobre comida, no tanto recetarios como historias de la comida, reflexiones sobre la comida, recuentos sobre el uso del tenedor o el plato sopero, el consumo de reptiles, los métodos de conservación de los alimentos, las hambrunas, los motines por la falta de pan, la repostería barroca. La imagen es la siguiente: ante cualquier pregunta, la esposa lectora no entrega respuestas, entrega libros. La imagen más detallada es la siguiente: un día algún niño pregunta a la esposa lectora por qué la sangre es salada o dónde está la conciencia, la esposa lectora sonríe, interrumpe sus ocupaciones, va a la estantería, selecciona cinco libros y se los entrega al niño, se los echa encima delicadamente. Y vuelve a sus ocupaciones. Entonces, cuando aparece una grieta nueva, muy pronto identificada porque los ojos se han habituado a olfatear cada duela, a reconocer sus manchas distintivas, sus juntas irregulares, la tregua se desmorona conforme se apilan en la mesa, en esta mesa, por qué no, libros sobre insectos, manuales de entomología, tratados de sociobiología, con separadores adheridos en las páginas claves. No hay tales tarjetitas, dice alguien, dijimos tarjetitas para enrarecer un poco el ambiente, para restarle verosimilitud a todo esto, lo que hay, lo que hubo una vez que emergió la nueva grieta, una vez que las nuevas, minúsculas mordidas constataron el fracaso de la pequeña cámara de gas, fueron páginas selectas de libros selectos apilados en la mesa, pilas de libros que eran elocuentes indicaciones de lo que había que hacer: leer, conocer lo conocido sobre las termitas, familiarizarse con sus nombres y su clasificación, manejarse con soltura entre sus nidos y galerías dibujados a escala antes de volver a caer con falsos expertos, con avergonzados ignorantes del tema, exterminadores aficionados que compensaban su desconocimiento con frases contundentes, una pequeña cámara de gas, más propias de vendedores callejeros que de profesionales. Alguien se calla. Quizá recargamos las tintas, dice alguien con verdaderas dudas, pidiendo del otro la aprobación o el rechazo, algo, un movimiento de cabeza, una ceja alzada. ¿Nada? ¿Nos da igual? Alguien busca una tarjetita, quizás esto fue lo primero que leyó la esposa, lo primero que seleccionó, dice alguien, lo cual a quién no habría alarmado, a todos nos habría puesto a leer y a investigar: “Desde el preciso instante en que la muerte de la reina primaria conduce al desarrollo de uno o más reproductores suplementarios, las colonias podrían considerarse como inmortales en potencia, y ciertamente las colonias de algunos Termitidae han llegado a alcanzar edades comprendidas entre los 40 y los 100 años”: por lo pronto a averiguar cómo muere esa reina primaria, lo cual, como sabemos, nos habría conducido a esa bella estampa donde miles de hijas o súbditas la lamen sin alimentarse de ella hasta consumirla, y una vez esa estampa la lectura habría sido imparable, por lo menos una tarde entera incluso olvidándonos de comer o de cenar. Así con algún otro, aunque ahora aparente desinteresarse, dice alguien: comenzó a leer lo que la esposa le había señalado, comenzó a subrayar, a tomar notas, por cierto que desde luego en el así llamado estudio, ese estudio edificado pacientemente por la esposa, una telaraña para sí misma, un nido para la reproducción de nada, si acaso para la reproducción de la pura idea de reproducción, etcétera, pero donde aquel otro, no sé si dándose cuenta o no, dice alguien, pasaba más y más tiempo, y empezó incluso a enterarse de otras cosas, a divagar, a patinarse en los renglones y las hojas. Por ejemplo: la discusión en torno al cine sobre insectos gigantes de los años cincuenta. Permítaseme glosar la discusión: en la década de los cincuenta se filman en Estados Unidos varias películas cuyos protagonistas son humildes granjeros o humildes niñas de vestido azul atacados por insectos de tamaño humano o superior, arañas, hormigas y escarabajos sobre todo. La interpretación más convincente es que se trata de una proyección del miedo imperante bajo la guerra fría, hormigas rojas, caparazones atómicos, en fin. Pero después alguien argumenta que el miedo era más simple y directo, una reacción nada simbólica a las plagas de los años cincuenta, que aterrorizaron pequeños condados y acabaron con muchas cosechas, versión de los hechos que nos parecería más apropiada por su casi literal anclaje a la tierra si no fuera por la tendencia a la exageración de nuestros vecinos, tan cerca de dios y de nosotros. Se teme lo que no se conoce o se teme lo que se tiene más cerca, dice alguien, o bien se teme a los insectos, que están cerca y lejos y en casi todo lugar, “En cualquier momento dado, hay al menos 1015 hormigas vivas en la Tierra, suponiendo que C. B. Williams es correcto al calcular un total de 1018 insectos individuales, y tome un 0.1% como estima conservadora de la proporción que les toca a las hormigas”, o se teme a las tarjetitas, es decir a las tarjetitas que no existen, es decir a la lectura, se teme a los libros subrayados donde dice “diez a la dieciocho”, “en cualquier momento dado”, “rumor químico de la naturaleza”, frases inocentes que van agrupándose sin orden, por pura búsqueda de calor fraternal, asqueroso apego sin justificación, y de pronto ya no son tres o cinco frases sino la fantasía de las tarjetitas que nos devuelva un poco de ese orden: sino una superficie blanda para descansar en ella: sino un aire intoxicado y poco a poco imprescindible. ¿Cómo decir eso? Así: “Las polillas macho, por ejemplo, cuando son orugas, comen un cierto tipo de planta que contiene una sustancia venenosa. A ellas no les afecta, la asimilan en su cuerpo y, cuando son adultas y se aparean, transmiten a la hembra esta molécula, la cual, a su vez, la incorpora en el huevo que habrá de poner para defenderlo”. Las cosas se dicen o no se dicen, dice alguien y continúa leyendo aunque casi sin ver la tarjetita, como si la hubiera memorizado de tanto leerla: “Durante el encuentro, el macho le informa a su pareja la cantidad de veneno que pudo consumir durante su etapa larvaria. Le ‘dice’ a la novia cuán grande será el regalo en esta ocasión”. En esta ocasión, en cualquier momento dado, y ese otro que se siente obligado por su mujer a leer, a estudiar la pila de libros que le ha dejado en efecto apilada, por qué no, sobre esta mesa, obligado sutil pero incontestablemente y, en fin, obligado a sentarse varias horas, en bata pero no bata de científico sino, digamos, de amo de casa, en el así llamado estudio a leer y repasar y subrayar y verificar antes de tomar cualquier nueva decisión, una reconfortante y perfecta trampa. El así llamado estudio, la pila de libros, la obligación de dedicar las mañanas a la lectura divagatoria y al café y al desayuno: he ahí los vértices de esa cámara no de gas sino de reproducción convertida en trampa. No exageres, dice el otro, te encanta pero evítalo. Y eso es todo, agrega el otro y se acuesta en el piso. No se puede exagerar si no se ha exagerado nunca, dice alguien, y yo no he exagerado nunca. Ya llegaremos a lo de la trampa, dice, no por involuntaria menos trampa. Si se quiere involuntaria: podría decirse inconsciente si no fuera porque ya no creemos en el inconsciente sino en el puro rumor químico de la naturaleza, en la posible comunicación química entre la termita reina y la esposa, la reina del hogar: involuntaria pero efectiva comunicación, quién va a probar lo contrario. Demuéstreseme (“¿demuéstreseme?”, se escucha en el así llamado estudio, “eso es impronunciable, o inescribible”) que no hay comunicación química entre una reina y otra, entre una hormiga y una miga de pan, entre un niño y un trozo de madera, entre unas encías y una acelga, entre un gonóporo y un roble. De todo lo anterior, dice alguien, vamos a resaltar una de las posibles comunicaciones químicas, la del niño y la madera, ¿está bien?, le pregunta a algún otro, pero el otro está acostado en el piso, tranquilo, con los ojos cerrados aunque obviamente despierto, la duela fría y fresca, una plancha de disección o de reposo. Un pequeño balneario poco conocido, casi privado, suponemos que ahora inexistente, o más bien pensamos que ahora sería imposible que existiera, que subsistiera, sin casi clientes pero sin herrumbre ni descomposición. Hay dos niños y la madre en ese balneario, y tal vez, si acaso, alguna otra familia, tan lejos como para que cada una se sienta en su balneario privado. El hijo menor le dice a la madre: “ya sé escribir, mira”, y entonces, con una ramita quemada en un extremo, escribe una palabra sobre una mesa de madera tosca que hay ahí en el balneario, una mesa casi empotrada en el pasto en torno a la alberca, y luego dice: “Mira, ahí dice…” y lee la palabra escrita. Tal es el primer recuerdo de ese otro, dice alguien, ¿está bien?, ¿voy bien?, tal cosa según ese otro, dice alguien, por mucho que ahora parezca desinteresarse radicalmente, consagrarse a sentir la dureza y la frescura del piso, es lo primero que recuerda de su vida según lo contó alguna vez, el así llamado primer recuerdo de la misma forma en que se dice el primer diente o la primera cirugía. El niño lee la palabra escrita. La palabra escrita sobre la mesa es “mesa”. Antes hubo agua, pasto, juegos en la alberca, juegos que ahora, dice alguien, en su monotonía, en su rigor ascendente, ese otro no sabe cómo su madre pudo entonces soportar tanto tiempo, hubo sándwiches y ensalada en recipientes de plástico, hubo juegos ya sólo entre los dos niños y hubo una fogata, aprovechando grandes y pequeños troncos y brasas ya provistos por el propio balneario o por la infatigable naturaleza, de donde salió esa ramita seca de ciprés quemada en un extremo, detalles todos estos que de igual forma podríamos llamar los primeros detalles, la primera imagen que se recuerda o que se cree recordar verdaderamente, imagen que dota de escenario al así llamado primer recuerdo de la vida o primer recuerdo absoluto, denominación azotada pero justa, diríamos, si no fuera porque lo que este otro en realidad recuerda es que no hay tal recuerdo: recuerda el balneario, a su madre dándoles sándwiches y asoleándose, recuerda escribir “mesa” en la mesa con una ramita que no se había quemado del todo en la fogata, ramita tan bien recordada que años después pudo incluso identificar y asignar a su especie, ciprés del tipo cedro blanco o ciprés mexicano, pero no recuerda haber aprendido a escribir ni a leer. Está claro que, en ese momento, aquel otro ahora tirado en la duela de encino americano probó saber escribir, porque escribió “mesa” en la mesa, y saber leer, porque dijo “Mira, ahí dice” y leyó y dijo “mesa”, pero esto de algún modo no es cierto, porque sólo se puede saber algo luego de no saberlo. El asunto es que, por supuesto, la madre después contó esa anécdota muchas veces para referirse al primer momento en que supo que su hijo, quién sabe cómo, demostró ya saber escribir y leer, así que este otro desarrolló dos hipótesis al respecto, o tres, dice alguien, ahora quizá ya tres: aprendió a leer y escribir viendo a su hermano mayor aprender a leer y escribir, viéndolo llenar el libro de escritura y caligrafía, un libro grueso que intercalaba papel bond y papel de china para calcar las letras, las rayas elementales, aprendió entonces por pura imitación teórica, viendo a su hermano trazar y trazar letras y oyéndolo decirlas en voz alta, hasta que un día él mismo, en ese balneario encinoso, hizo lo que tantas veces había no hecho pero sí visto hacer a su hermano, dos años mayor y estudiante destacado de primero de primaria. Ésa es una opción. La otra, dice alguien, es que nunca en realidad aprendió este otro a leer y a escribir si se entiende por tal un proceso, un paulatino desenvolvimiento de ciertas destrezas, eso ha pensado como segunda hipótesis, que aprendió en un solo acto, de golpe, en el mismo instante en que decía a su madre “Ya se escribir” y escribía “mesa” en la mesa, no antes, y en el mismo instante en que decía “Mira, ahí dice” y leía en voz alta “mesa”, todo lo cual querría decir, dice alguien, que lo que recuerda este otro es que no tiene ningún recuerdo anterior a ese momento en que, con una rama quemada de ciprés, escribe “mesa” en una mesa de madera tosca, corroído pino probablemente, y que, por tanto, ese momento es su primer recuerdo, la primera imagen de su archivo, lo cual representa, dice alguien, si no una ilustración más de nuestras teorías, sí un suceso lamentable, ¿o no es cierto, pregunta alguien a algún otro, de pie junto a él, que a veces te lamentas de no conocer la sensación de aprender a escribir y a leer, no conocer el estado de no saber hacerlo ni el tránsito de ese estado al opuesto? En resumen, dice alguien con voz más ligera y trabajada mientras vuelve a la mesa y se sienta en ella, los pies balanceándose en el aire, y así como con la creencia o el abandono de la creencia en ese dios que puebla los trópicos con diez o veinte abrumadores universos de hormigas y termitas, podemos decir que se puede aprender a leer y a escribir cuando no se sabe hacerlo pero no al revés, no se puede desaprender a leer y a escribir, no se puede devenir analfabeto. ¿No?, se escucha en el así llamado estudio. En todo caso, planteemos la tercera hipótesis, dice alguien, la comunicación efectiva y averbal, preverbal o antiverbal entre un niño y un trozo de madera, el rumor químico de la naturaleza, el susurro amistoso entre dos entidades por otra parte tan similares, un dedo y una rama seca de ciprés, una complicidad en pos de la pura supervivencia entre dos partes de dos mecanismos mucho mayores y que no obstante operan en ese momento sin pensar en esos mecanismos mayores sino por pura afinidad y desobediencia y cuyo resultado se traduce, nunca mejor dicho, en las letras de “mesa” en una mesa, es decir, en algo que pudo descifrarse así por el público asistente, es decir la madre, pero que pudo haberse descifrado de muchas otras formas. ¿No?, pregunta alguien, ¿no nos convence que aquello que llamamos aprender a leer y escribir o saber ya leer y escribir o probar que nunca no se supo leer y escribir no es o no fue en realidad nada de eso sino el puro rumor químico entre una mano y una rama seca, entonces evidentemente no tan seca, el puro diálogo molecular de una entidad, la mano, el dedo, desde luego mucho más afín a la rama seca que, digamos, a la entidad rodilla, a la entidad hígado, a la entidad madre o familia, a la entidad azulejo, a la entidad carretera o bosque de pinos? ¿Seguro? El asunto es claro, dice alguien, y a estas alturas esperaba que este otro lo viera igualmente claro. Alguien baja de la mesa, vuelve a sentarse en la silla, dando la espalda al resto del así llamado estudio, y baraja algunas tarjetitas. Que aparezca una nueva reina, una termita que hubiera desarrollado aptitudes reproductivas de tal modo que a la primera la pudieran consumir las once mil bocas o lenguas de sus hijas, y que incluso luego otra sustituya a la segunda y luego otra y otra o, por qué no, que la colonia se bifurque en dos cámaras reales con sus correspondientes miles de obreras y guardianas y pajes, no indica más que el potencial de Termitidae, un potencial que no obstante requiere casi milagros para su plasmación en acto. Tarjetita, dice alguien: “Durante los pasados diez mil años o más, el humano en conjunto ha tenido tanto éxito en la dominación de su ambiente, que casi cualquier tipo de cultura puede triunfar por un tiempo, mientras presente un modesto grado de consistencia interna y no corte la reproducción. Ninguna especie de hormigas o termes disfruta de este dominio. La más leve ineficacia en la construcción de los nidos, en el establecimiento de pistas olorosas o en la conducta en los vuelos nupciales, podría acarrear la rápida extinción de la especie por depredación y competición con otros insectos sociales”. Supervivencia, bifurcación, ramificación, alianzas, imitaciones, engullimientos, dice alguien, que requieren trabajos microscópicos permanentes, minúsculas excitaciones y emisiones permanentes, un dedo palpitante junto a una rama seca palpitante, una termita blanda junto a una astilla de encino blando, una tarjetita junto a otra tarjetita junto a un libro junto a otro libro encima de otro libro junto a otro libro encima de un estante junto a otro estante junto a otro estante encima de un piso de cálido y mullido encino americano. ¿Resultado? El así llamado estudio por sus dueños, también llamado por alguien más el nido o la cámara de reproducción, dice alguien, y también llamado la trampa por alguien más, y nunca mejor dicho si consideramos que, pese a los lloriqueos por no haber conocido la sensación de aprender a leer y escribir y pese a temer a las tarjetitas y a los subrayados que obligan a leer que ese dios en el que no puede creerse si no se ha creído nunca en él crea siempre más y más especies de insectos, avalanchas de miles de nuevas especies de insectos que viven bajo nuestros pies dondequiera que nuestros pies pisen, pese a ello, dice alguien, resulta que algún otro pasa más tiempo en el así llamado estudio, encogido, recogidos sus pies, tirado sobre la plancha de encino americano, gestándose a sí mismo como nueva especie eternamente en bata, pasa más tiempo aquí que en ningún otro lugar de la casa, del hogar conyugal de cuyo derrumbe la emergencia de las termitas en el así llamado estudio acaso constituya la metáfora perfecta, asunto este último que hemos querido poner sobre la mesa o, por qué no, que hemos querido plantear con toda claridad y franqueza, con los pies en el suelo como suele decirse. Porque no puede negarse que fue la esposa de este otro, dice alguien, quien edificó pacientemente, se diría que con saliva y ramas secas, el así llamado estudio como un nido para sí misma, una cueva, una cámara de reproducción individual: lo que no puede saberse es si previó o no lo que finalmente iba a pasar, la fanática predilección de este otro, su apego químico precisamente al único espacio de la casa que no le correspondía, al único espacio que lo abruma y lo sofoca y lo inmoviliza. Algún otro rueda en el piso, no más de dos giros pero lentos y categóricos, remarcados los movimientos y los rechinidos, y luego, ya quieto de nuevo, bocarriba, tamborilea los dedos en la duela. Magnífico, dice alguien, pero habría salido mejor si hubieras guardado tu número para después de esta última tarjetita que voy a leer: “Desde que Carolus Linnaeus comenzó la clasificación formal en 1758, los zoólogos han catalogado en torno a un millón de especies animales, dando a cada una nombre científico, un par de párrafos en alguna revista especializada y un pequeño espacio en la estantería de uno u otro museo. Pero a pesar de este esfuerzo prodigioso, el proceso de descubrimiento apenas ha empezado. Las proyecciones basadas en intensas investigaciones de hábitats selectos indican que el total de especies animales oscila entre tres y diez millones”: ahora sí vendrían bien los giros y vueltecitas, para responder con movimiento al movimiento desaforado y monstruoso de esa creación incesante de siempre más y más especies, esa derivación imparable de nuevas especies o subespecies, mutaciones tras de las cuales, por ejemplo, bien puede la gran reina asistir aturdida y agradecida a su propia extinción a lengüetazos, y bien puede uno, por qué no, sentarse en la mesa a tomar agua y comer un pan con mantequilla antes de que se lo devoren las hormigas, un croissant, un polvorón con coco rallado encima, o mejor aún, ese prodigio de pan veracruzano llamado chamuco, especie de tortita de santa clara barbarizada por el trópico, puesto que, como sabemos, los trópicos “constituyen los auténticos cuarteles generales de la fauna mundial” y nada mejor que ellos para barbarizar desayunos o, viendo la hora, almuerzos, tentempiés, el eterno aperitivo de la vida en el hogar. Aceptamos el rumor químico del mundo, dice alguien, único dios de nuestros ojos sin microscopio y nuestros oídos sin amplificador, pero nos negamos a aceptar sus posibilidades, una de ellas la de una comunicación entre reinas, encuentro de altísimo nivel a través de las más diplomáticas enzimas entre la termita reina y la reina del hogar, aunque no se caracterice, la del hogar, por pasar mucho tiempo en él y menos aún si se compara con el tiempo que sí pasa este otro, dice alguien, rey de las pijamas y los refrigerios, encuentro, decíamos, dice alguien con gesticulación catedralicia, evidentemente madurado con el tiempo, refinados sus detalles, paciente en enseñar sus resultados. Primero el nido, la cámara de lectura, el así llamado estudio, tejido como el espacio vedado para este otro, y luego la afición paulatina de este otro, concebida, podemos suponer, como una conquista o una resignación, para que finalmente, cuando la afición ha resultado necesidad porque el así llamado estudio, en su hermetismo, en la autoridad de su estantería, es ya no el espacio vedado sino el más apto, el inexplicablemente más cómodo espacio y más añorado, emerjan primero cautas y luego imperiales las ordenadas hordas de Termitidae como un regalo exclusivo para el intruso. Ésa es una lectura, dice alguien, la de una trampa en sentido estricto: atrae a la presa y luego le inserta el aguijón, en este caso las miles de termitas. Otra lectura, sin embargo, contempla que las termitas no son el aguijón sino al contrario, la última línea de seda de la red: una vez que hay termitas y que su exterminación se revela más complicada de lo que pudo en principio suponerse, la presencia de este otro en el estudio tiene al fin una justificación racional. Perfecto, dice alguien. Llegamos por fin al argumento indestructible, podemos desayunar tranquilos. Alguien se levanta, contempla la mesa, la pared, aparta la silla y camina hacia un extremo del estudio. A esa hora la luz pega en toda la duela, en la mitad inferior de todos los estantes, un manto de polvo suspendido: aun con la ventana abierta no habría corrientes de aire que rompieran ese estancamiento. Algún otro se levanta, se alisa la ropa y sale del estudio. Alguien camina hacia las duelas donde el otro estaba acostado, se queda ahí un momento y luego se sienta en el piso junto al librero, recargado sobre sus rodillas. Pasan minutos, los pocos ruidos se hacen tan regulares que se borran, el estudio se ensombrece un poco al paso de una nube. Entonces alguien prende un cigarro y piensa que ha perdido, que, buscando imponer una idea, ha desarrollado argumentos tan gloriosos y sobre todo tan autónomos que terminaron por probar justo lo contrario. Si la hipótesis de la trampa es cierta, piensa, entonces no hay tal cosa como un derrumbe de la vida conyugal, las termitas no son metáfora de nada, la duela mascada es sólo duela mascada, los libros carcomidos sólo libros carcomidos y engullidos, y la vida conyugal en esta casa, sea lo que sea o como sea, se prolongará incluso más allá de las vidas de sus participantes, como un rasgo de carácter, una impresión de luz en cada libro o un rastro de arena en cada junta y cada comisura. O bien al revés, piensa alguien, dada esa premisa la hipótesis de la trampa es inasumible, pura palabrería, no hay rumor químico ni pacientes nidos ni cámaras de reproducción o aislamiento, sólo hay, muy al contrario, una tajante brecha, una película indestructible entre un mundo y otro, un mundo subterráneo impracticable y cerrado en sí mismo, por mucho que de pronto asome a la superficie, y un mundo sobre la tierra, conyugal y maniático como cualquier otro y junto a todos los otros mundos conyugales también cerrados en sí mismos, y entonces la aparición de las termitas puede o no ser una metáfora del derrumbe de ese mundo pero nada más que eso, una metáfora, como podrían serlo el estallamiento en cien pedazos de un florero o la cuarteadura en cien arrugas de una fotografía. No hay solución, piensa alguien, ni para un florero roto en cuarenta pedazos ni para una fotografía y menos si en la fotografía carcomida salimos nosotros, quienesquiera que seamos nosotros, piensa alguien y encoge las piernas de tal manera que los talones se juntan con los muslos y las rodillas quedan como estantería para la mandíbula, queríamos argumentar, piensa alguien, quienesquiera que fuéramos quienes queríamos hacerlo, en medio del desayuno eterno y sin digestión, en pleno estancamiento matutino que corre el riesgo de devenir vespertino o de no diferenciarse hasta que oscurezca queríamos argumentar, como una pausa, por qué no, un bocado de aire entre la ingesta matutina, una oportunidad para tomarnos descuidados, con la guardia baja y la pijama en alto, como quien no quiere la cosa según suele decirse y sin que importara quién fuera el que no quisiera esa cosa ni qué cosa fuera esa, la no querida cosa, en fin, queríamos entre todo eso argumentar, por qué no hoy, ahorita, por qué no este momento sin gracia, uno más, este momento dado, por qué no esta planicie anodina en el así llamado estudio para argumentar, pero nos queda claro, según todo indica, nos queda claro que argumentar no está sirviendo para nada. Y para inferir eso hay varias pistas. Alguien se toma los tobillos, los aprieta, trata de abarcarlos con la máxima extensión de sus manos sin lograr desde luego que se toquen las puntas del pulgar y el dedo medio y luego afloja las manos y las descansa en los empeines de los pies y piensa entonces que hay varias pistas y que una de esas pistas es, si se quiere la más burda pero pista al fin, el apego de la esposa a los libros, a sus libros según lo diría la propia reina del así llamado estudio, la manía de comprarlos o, aunque cada vez menos, recibirlos regalados, aceptar aquello de lo que otros más juiciosos se quieren desprender, lo que sea, títulos que ni le vienen, asuntos que no le importan aunque claro, llegado el caso por ejemplo de una invasión o visita o emergencia o aparición de termitas o como quiera llamárselo ella pudiera, sin decirlo, hacer notar que he ahí la justificación de por qué se acepta o se posee un libro de entomología o en realidad cualquier libro posible, la costumbre de acomodar las nuevas pertenencias en el estante correspondiente, reubicar un estante completo a fin de hacer hueco no a uno sino a varios tomos que han de incluirse en esa sección, dedicar más tiempo a esos reacomodos y ajustes, dedicar mucho tiempo a verlos como si se los viera ya no como libros sino como poliedros, ciertos poliedros afines entre otros miles de tipos de poliedros del mundo, verlos en su apropiada o no apropiada articulación por colores, evaluar el apropiado o no apropiado contraste de tamaños, la apropiada o no apropiada contigüidad de un lomo viejo y sostenido con diúrex amarillo y otro gordo y brilloso, la misma aunque no la misma manía de quien atesora estampas de bisontes o de ángeles, cajetillas de cigarros, listones, fotografías, árboles o nombres de árboles o nombres de padres de la iglesia o nombres de repostería barroca o estribillos de canciones o máscaras o leyendas de la Colonia, el apego a un cierto tipo de objetos o cierto tipo único de entidades del mundo, seudónimos o timbres o nietos o insectos atravesados por agujas en una caja de madera y vidrio, apego del que fundamentalmente salen temas de conversación, así sea o sobre todo si conversación con uno mismo, y del que en este caso ha salido como remate, piensa alguien, además de decenas de tarjetitas o decenas de pasajes subrayados en gruesos volúmenes expertos, otra tarjetita u otro pasaje que en caso de que hablara, en caso de que la tarjetita o el pasaje hablara, podría decir “Yo también hablo del insecto” y que, tarjetita o pasaje, dice en algún momento: “los comejenes se apoderaron de la biblioteca      oigo su áfono rumor      el canto cero de las termitas      los hombres desertaron de la biblioteca” y que luego dice: “los comejenes ocupan el lugar de los hombres      golosos de papel      peritos en celulosa      el orgullo de los hombres se abate      madera roída      todo es vano” y que, tarjetita o pasaje, más tarde dice: “el gorgojo mina el orgullo      así quedaremos      cadáveres agusanados”. Y como si esto último no fuera suficiente, piensa alguien, por supuesto que es suficiente pero si no lo fuera, piensa alguien, hay otra pista, más casera y en chancletas podríamos decir quienesquiera que pudiéramos juzgar el tipo de pista, aunque las chancletas o la imagen de las chancletas quizá no sea lo más apropiado porque la pista, aun si casera, más bien tiene que ver con la calle, las banquetas corrientes, las vías disparejas, las calles que ni siquiera son calles de esta ciudad nuestra, una pendiente terregosa apenas aplanada pero donde ya hay una o dos o tres casas y que por tanto ya es una calle aunque no tenga casi ninguno de los atributos de una calle, una calle encerrada entre dos muros o dos rejas o más usualmente tres muros y una reja o incluso cientos de así llamadas calles encerradas por enormes muros a las que sólo se accede merced a uno o tres o cuatro puestos de control, calles, en fin, todas ellas, las reales y las falsas, que aquí no han querido servir más que para decir: el mundo. Otra pista, pues, que tiene que ver con el mundo, no ya con esta casa ni con el así llamado estudio en las homeostáticas cabezas de sus moradores, no ya con la dependencia de los libros, dependencia por manía clasificadora y acumuladora en la esposa y que ha resultado en una reja y tres muros de libros como falsa calle habitacional, dependencia por miedo en el caso de aquel otro, o más bien dependencia del miedo a los libros o del rechazo o el asco o el tedio o dependencia de la incomprensión, de lo injustificable de tantos libros uno junto a otro sobre otro junto a otro junto a otro, ya no con todo eso que no es más que un cuarto llamado estudio junto a otro cuarto sobre otro cuarto junto a otro, no con eso tiene que ver esta segunda pista sino con el mundo, noción entre cuyas imágenes la primera que se nos presenta en la cabeza a quienesquiera que tengamos una cabeza ocupable es la de la calle, todo aquello que se conoce como la calle, es decir muchas calles, es decir la ciudad junto a otra ciudad junto a otra ciudad, es decir el mundo. En el mundo hay matrimonios, piensa alguien, y los matrimonios son monótonos. En el mundo hay básicamente matrimonios, no importa si firmados o ritualizados con agua o sangre o trago o convenidos por propios o ajenos o contratados por poco o mucho tiempo o sustentados en escrituras o en psicomagias, y los matrimonios son monótonos. En el mundo hay básica y fundamentalmente matrimonios, no lámparas ni timbres ni hormigas sino matrimonios, da igual si entre adultos o entre adolescentes o entre dos señoras o entre dos viejos o dos hermanos o dos niñas ciegas, y los matrimonios son monótonos. Esto podría decirse al revés, no importa: los matrimonios son monótonos y en el mundo hay matrimonios, o incluso así: puesto que en el mundo hay matrimonios los matrimonios son monótonos. He aquí un testimonio, piensa entonces alguien una vez que se ha levantado, vuelto a la mesa y tomado una tarjetita, la única verdadera tarjetita en esa mesa, por qué no, el testimonio de un señor, don Marcelo, en una ciudad como cualquiera y en un año como cualquiera, al menos desde que los matrimonios son lo que son, es decir, por qué no, desde el siglo dieciocho: “Sí, me casé con la señorita Sarrazin-Levassor, una chica muy linda. Este matrimonio fue, en parte, culpa de mi amigo Francis, quien conocía a la familia de ella. Nos casamos de la manera en que uno normalmente se casa, pero no funcionó porque vi que el matrimonio es más aburrido que cualquier cosa. No me di cuenta de que era más soltero de lo que creía, así que después de seis meses, mi esposa, amablemente, aceptó que nos divorciáramos. No hubo niños y ella no exigió ningún tipo de pensión, por lo que las cosas se hicieron de la manera más simple posible. Después ella se volvió a casar y tuvo hijos”. Pero he aquí que ya no hay testimonio alguno, piensa alguien, testimonio de qué. Teníamos lista esa única tarjetita como nuestra única aportación al acopio de líneas subrayadas, más bien como forma de entrar en materia, según se dice por ahí, una aportación maciza y simple, un sobrio martillazo para cortar la palabrería entomológica y plantear sin dobleces el verdadero tema de discusión, el único asunto de actualidad, según dirían los que saben, pero he aquí que ya no hay asunto a discutir y que el testimonio de ese señor don Marcelo sólo dice una cosa: del matrimonio no se puede hablar. Podríamos en este caso hablar, piensa alguien, quienesquiera que fuéramos los hablantes, de las notables diferencias en los sistemas de ingestión y digestión de aquel otro y de su esposa, una alimentación quisquillosa la de aquel otro, pueril, como de hijo único que hubiera optado por hacer de sus gustos y recelos el eje de su perpetua demanda de atención, las cosas demasiado cocidas siempre y siempre simples, sin sabores extremos ni consistencias huidizas e imprecisables, comidas aptas para el estómago de un bebé o de un niño enfermizo, una constante desconfianza, una alerta ante cualquier variación minúscula de color u olor con respecto al modelo único y eterno de cada alimento o plato, alojados tales modelos en una cueva remota, la verdadera caja fuerte vulnerable sólo con hipnosis si es que aún creyéramos en la hipnosis, sabores reproducibles y elementales, galletas, panes dulces, frutas procesadas, yogur procesado, frutas como uvas o manzanas que nunca se reblandecen ni producen moho, ensalada rusa, papas al horno, pasta, zanahorias, botes de tomate molido, cereales de celulosa para desayunar, nueces sin sal, pistaches sin sal, aros de cebolla, queso metalizado, embutidos metalizados, arroz blanco, sopas de verduras, platos cuya preparación, digámoslo así, queda borrada, como si nadie nunca hubiera hecho nada para que de pronto hubiera ahí, en la mesa, una milanesa, un pedazo regular de algo, carne o pescado o caldo o lo que sea, sin alteraciones, sin bordes difusos, sin variaciones de sabor, todo una misma cosa sin huella de su origen crudo o espinoso o demasiado agrio o cubierto de grasa, grasa que en cambio, piensa alguien, bordes quemados o gigantes células blandas de grasa, formaría una de las prioridades en el otro sistema de ingestión/digestión si es que cupiera en ese caso hablar de prioridades y si es que más bien cupiera en ese caso hablar de un solo sistema, desde luego que es un solo sistema y un solo estómago pero la disposición a comer cualquier cosa y mientras más demandante mejor y a mayor cantidad mejor y tan disímil una cosa de la otra y de la otra y la otra lleva a imaginar una especie de mujer dromedario si no fuera, claro, que los dromedarios sólo comen plantas, así que mejor una mujer mofeta, que pasa de comer insectos o aves a comer los huevos de cualquier ave que siga poniéndolos o de cualquier insecto siempre que ponga tantos que sean perceptibles a la mediocre vista humana, y plantas, sí, tallos u hojas gruesas y terrosas e impracticables salvo para rumiantes, plantas cuyas nervaduras podrían tramar la jarcia de un barco, plantas de hojas gordas y peludas, tallos fibrosos, tubérculos casi de madera, y carne, claro, faldones atravesados de grasa, veteados de tendones, cartílagos rugosos, sesos sorbidos de cualquier cabeza cocinada, los ojos gelatinosos y de centro duro y polvoso de los pescados y también sus aletas crujientes y sus colas, y quesos metálicos igualmente, sí, escurridos sobre hamburguesas triples, sobre cualquier fritura, trozos nadando en vinagre, estofados rebosantes de garbanzos o habas, riñonadas con sabor a amoniaco, y caldos, claro, turbios jugos reconcentrados donde nadan tripas o moluscos o chiles enteros o cuajarones de grasa, lo que sea que pueda representar a la mujer mofeta un reto y una confirmación de su manía, o mejor aún, una prueba, la prueba por excelencia de que se está vivo sobre la tierra, de ahí que en realidad nada de mujer mofeta, más bien mujer reina única en su especie y en cualquier especie, capaz de devorar reptiles y madera e incluso capaz de revertir la acción abrasiva de las once mil bocas de sus súbditas tragándoselas primero a todas aun si esto la lleva a encabezar un reino vacío. Ya nomás con eso, piensa alguien sentado de nuevo frente a la mesa, tendría que bastar esta acumulación encantada de sí, esta diferencia de sistemas de ingestión/digestión vuelta abismal, mucho más contundente de lo que en realidad sea, para decir como suele decirse: causal de divorcio. No hay solución, diría el juez, no hay solución, habría dicho uno de los abogados, el candoroso, el que no falta nunca, el que antepone la sagrada posibilidad de reconciliar a los querellantes a la sagrada posibilidad de desplumar al querellante rival y dejarlo en la ruina. Pero ante la ruina, como suele decirse, que no falte el pan. Y que tampoco falte salud. Y techo, que no falte. Lluvia para los campos, que no falte. Reposo, que no falte. Buenas amistades, que no falten. Sopa, que no falte. Tranquilidad, que no falte. Un trago de algo, que no falte. Algo de algo, que no falte. Como no han faltado nunca, piensa alguien, buscando su reflejo en la plancha lustrosa de la mesa, incontables causales de divorcio, pintorescas causales de divorcio, somníferas causales de divorcio, ilegibles causales de divorcio, y como no han faltado nunca, piensa alguien hurgándose los ojos, sobándose los lagrimales, quienes busquen convertir las causales simples y prácticas en causales filosóficas y trascendentes, y como no han faltado nunca quienes hagan lo opuesto, por épocas, por rachas, como las circuncisiones a los niños si no se pertenece a las doce tribus, por épocas y rachas y tendencias, según dirían los que suelen decir eso, tendencias, una generación de niños circuncidados y dos generaciones no, otra generación sí y tres no, una generación que ve en una pelea por celos o por hábitos de higiene no una pelea por celos o por hábitos de higiene sino la prueba de la incomunicación de la especie o de la biológica o cultural y desde luego reprimida esencial poligamia de la especie y luego otra generación que ve en el desinterés existencial o la depresión no desinterés ni depresión sino, digamos, unos pantalones sucios, una sobremesa alcoholizada, un timbre de teléfono que nunca se escuchó, pero sobre todo, piensa alguien, lo que absolutamente nunca ha faltado nunca es querer ver en todo eso, golpizas o celos, depresión o envenenamiento, nulidad sexual, pantalones sucios, pudibundez, padres ausentes, trastes sucios, periódicos, desayunos esclerotizados, hurtos, odio a los hijos, sobreprotección, pesadillas recurrentes, vómitos recurrentes, olvidos periódicos, tedio vespertino, ronquidos, hipocondria, muebles viejos, pereza, frases de desprecio, falta de sueño, pastillas, avaricia, en todo eso querer ver una historia única que no ha existido nunca antes y no se repetirá jamás y aunque se parecerá a otras no será jamás igual a ninguna otra porque en eso, ahora lo vemos quienesquiera que tengamos ojos para ver, en eso está el rasgo fundamental y de hecho, por qué no, el encanto del matrimonio, en dotar a los contrayentes de la única oportunidad de una historia única, la historia que únicamente cuenta el derrumbe de todo eso, la acumulación única, haya o no divorcio, de causales de divorcio, la historia junto a otra historia junto a otra historia que ha dado material para que todos los juglares y trovadores de la historia del mundo nos cuenten la misma única historia asegurándonos que es una historia única. Única en su género, piensa alguien, eso debería advertirse siempre, única en su género, lo cual quiere decir más bien lo contrario de lo que se estaría queriendo decir, es decir, que del matrimonio no se puede hablar. Se pueden buscar y acumular causales de divorcio, piensa alguien, pero del matrimonio no se puede hablar. Se pueden buscar y postular o construir o discutir las causas de esas causales de divorcio, las historias únicas, los gestos o manotazos o golpes únicos, se pueden detallar los cinco meses o diez años de hogareña vida en común descomponiéndolos en miles de partículas como un enjambre que cruza un calendario descendente hasta convencerse de la imposible duplicación, la absoluta singularidad de esos diez meses o años, pero del matrimonio, en fin, piensa alguien, del matrimonio se pueden buscar o esculpir o proyectar metáforas, rasgar metáforas, hallarlas o sembrarlas debajo de esa piel o esa pared tan afectuosa y hogareñamente descascarada, pero debajo de esa epidermis o esa cal no hay más que nada, ni metáforas ni sus huellas. No hay solución, piensa alguien, rasga la cajetilla, la golpea en la mesa, argumentar no está sirviendo para nada pero no podemos, quienesquiera que finalmente encontremos el encendedor o unos cerillos, no podemos dejar de argumentar al menos o sobre todo para argumentar por qué argumentar no está sirviendo o para argumentar cuáles son y dónde están las pistas que lo indican. Lo único que puede hacerse es afirmar, piensa alguien, hacer una declaración según dirían los jueces o los abogados de los querellantes candorosos que aún creen que el juicio se juega ahí, en la solidez o franqueza de la declaración o, dicho de otra manera, que aún creen que hay tal cosa como un juicio o un proceso, hacer una declaración y confiar en que sea aceptada, piensa alguien y exhala humo, hacer una declaración y volverla a hacer y rehacerla hasta que se imponga como una cortina de humo o de neblina, hacer una declaración e irse, dejarla ahí e irse y no volver ahí ni recordar nunca dónde es ahí. He aquí nuestra declaración: no hay trampa ni hay metáfora. He aquí nuestra declaración ampliada: no hay trampa puesto que no la hay y puesto que si la hubiera no hay manera de demostrarlo, y no hay metáfora ni huella de metáfora, no hay rastros de nada salvo rastros en la duela o en la pared o en los dientes y la lengua o salvo cuando, eventualmente, llegue a haber resultados físicos, huellas nunca metafóricas. Punto. Punto, fin, alto ya, como nos decían en la primaria, inexplicablemente entusiasmados, por cierto, con oír y acatar esas órdenes marciales así fuera en vocecitas chillantes o chirriantes, alto ya, bajo el sol seco ahumándonos como peces de río en el enorme patio de cemento sin árboles, el sudor bajando por las camisas de cuello tieso hasta las manos engarrotadas o hasta las manos del elegido que sostenía la bandera, manoseada por generaciones. Alto. No hay bandera, no hay trampa, no hay metáfora. Del matrimonio no se puede hablar. Alguien toma agua, alguien mete un dedo en un frasco de tinta china. La habitación se enfría un poco, un par de grados, lo que les sienta mejor a los libreros, la cal, la manija de la puerta. Quizá lo importante no es hablar del matrimonio sino de muchas otras cosas, la muerte prematura de los animales, la comida refrigerada, la viruela, el show business, la falta de hambre o de sueño. En 1947 un mexicano viajó a Nueva York, piensa alguien. ¿Un mexicano? En fin, un señor, un dentista, un tipo medio calvo que aún usaba sombrero casi siempre y aún se lo quitaba al sentarse en la mesa o ante señoras. Un mexicano, piensa alguien, digamos eso, un mexicano que viaja a Nueva York en el verano de 1947. ¿Uno solo? En fin, viajarían muchos seguramente, pero éste, además de todo, viajó solo porque ya no tenía esposa y porque desde el principio se apartó del grupito de amigos y conocidos con los que en realidad viajó. Un mexicano vuela en grupo pero no bien se instala en Nueva York, piensa alguien, por ejemplo eso, no bien se instala decide, como quizá se decía entonces, ir a su aire y pasear él solo y no plegarse a los caprichos o las indigestiones de sus acompañantes ni verlos siquiera. ¿Nueva York? En fin, piensa alguien, sobre todo cemento, arcilla, piedras, hormigón, cualquiera que sea el nombre, un metro cúbico de cemento junto a otro metro cúbico junto a otro metro cúbico sobre otro metro cúbico sobre otro, sobre todo sobre en este caso, todo sobre otra cosa sobre otra cosa, y sobre todo cúbico, una ciudad sobre otra ciudad en realidad, un descenso para poder llegar a la superficie, una delgada plancha de tierra cruzada de túneles, acribillada de túneles como un cuerpo de huesos porosos y astillados, la boca de un túnel para entrar, once mil bocas aplicadas al devoto sostenimiento de la superficie para finalmente entrar, propiamente entrar a una ciudad de hormigón, los edificios relucientes de la Corte o la Oficina municipal de alcantarillado, orgullosos metros cúbicos sobre metros cúbicos sobre metros cúbicos o piramidales porque en 1947, cuando el dentista mexicano viaja a Nueva York, se está a dos minutos, a dos segundos si se quiere pero aún lejos, de los edificios de cristal, todo es opacidad sobre opacidad, metros cúbicos de hormigón poco aptos para las termitas pero sí para las chinches y para los puertorriqueños, alojados por miles en geométricos sótanos de reproducción. Pero no importa, piensa alguien, un mexicano viaja a Nueva York en 1947, quizá buscando escuchar una o muchas lenguas distintas a la suya pero no importa, un mexicano viaja en 1947 dos minutos antes de los edificios realmente brillosos pero no importa, ni importa, piensa alguien, mucho menos importa que en esa ciudad bajo otra ciudad junto a otra ciudad, dentro de las planchas de hormigón y dentro de los túneles y en las casas dentro de esos túneles se cocine un aislamiento incomparable, un aislamiento junto a otro aislamiento junto a otro y otro y miles más, la conciencia de que si se atravesaran esas planchas de hormigón, si los sistemas digestivos pudieran asimilar el hormigón y abrir en él boquetes circulares aparecerían otras miles de personas pensando lo mismo pero el hormigón, en fin, no es digerible, la sospecha de que atrás de cada calle oculta por la marea de gente que la habita y la cruza hay una plancha de hormigón y detrás de la plancha alguien que se estrella con lo inasimilable del hormigón, nada de eso importa porque el mexicano que viaja a Nueva York en 1947 seguramente quiere ver justo lo que ve, las planchas de hormigón una sobre otra, el pulular en las calles que oculta las calles, la febril movilidad como febril movilidad y no como angustioso correr de un lado a otro del túnel, de una boca a otra, y el mexicano camina tranquila pero consistentemente varios días de una avenida a otra persiguiendo la rotunda sombra de los edificios, las oleadas de gente apresurada que impiden el avance de los coches de por sí estancados, anclados a la superficie dúctil del asfalto, el mexicano descansa en una escalinata, compra tres pañuelos, sube a los miradores, vuelve a descansar en alguna rotonda de hormigón, entra a algún museo, revisa aparadores, se apoya en una toma de agua, bebe una cerveza, jugo, cocacolas frías, aprovecha cualquier bebedero público, se siente fatigado pero no quiere dejar de recorrer la ciudad toda vez que seguro comienza a reconocer algunas calles, a orientarse en esa cuadrícula tramposa, a anticipar la aparición de un puente, toma un taxi para ahorrarse un trayecto, se duerme dos horas en un jardín con el sombrero en la cara, toma otro taxi, está rendido, como nunca, duerme tembloroso en la cama individual de su hotel y al término de la semana toma otro taxi para ir al hospital y más tarde otro taxi y luego otro taxi, el último, porque ni en el primero ni en el segundo hospital saben decirle nada respecto al hecho de que esa mañana, al despertar, se haya descubierto en el espejo botiquín del baño la cara llena de erupciones. Digamos eso, piensa alguien, erupciones, de ellas no sabemos si se pueda hablar pero se pueden claramente ver. Digamos eso, piensa alguien, la historia de un mexicano que viaja a Nueva York en el verano de 1947 y que, pese a haber alcanzado a avisar a su familia, muere solo en un hospital de Nueva York, a los dos días de haber llegado en taxi al hospital, rodeado de enfermeras aceleradas y formularios y preguntas incomprensibles y llamadas de urgencia y comités de expertos y monjas pero solo y en silencio. Fin de la historia. Fin, piensa alguien, excepto para los dos pacientes del hospital que también se llenaron de erupciones y también murieron, lo que, bien visto, no es una excepción sino una confirmación: fin de la historia. Excepto, piensa alguien, para los habitantes de Nueva York que, sin saber por qué, fueron vacunados en un mes contra la viruela. ¿Viruela? Seis millones de habitantes de Nueva York vacunados en un mes contra algo cuyo nombre en muchos casos seguramente desconocían, siendo que la viruela ahí se había erradicado desde el principio del siglo. Un mexicano enfermo, seis millones de habitantes vacunados, un mexicano y otros dos enfermos muertos, seis millones de habitantes, un mexicano de sombrero que confundió el cansancio de sus paseos a su aire con la fiebre de la viruela, seis millones de habitantes de Nueva York, incluidos miles de puertorriqueños apenas instalados en sus cajones de hormigón, vacunados eficientemente en un mes del verano de 1947, por ejemplo esa desproporción, piensa alguien, digamos esa desproporción, el temblor de un mexicano afiebrado que muere desnudo en un hospital y una fila de seis millones de habitantes para ser vacunados porque en Nueva York, para mitades del siglo, fue nuevamente posible tener viruela si antes no se tenía pero no lo opuesto, de ninguna manera fue posible dejar de tener viruela si ya se tenía, aun si confundiéndola con el cansancio propio de un viaje incomparable. Fin de la historia, piensa alguien, si no fuera porque aquel otro, nieto del mexicano muerto en Nueva York, escuchará sobre su abuelo incontables historias no exactamente sobre su abuelo ni siquiera, claro, sobre ese viaje del que casi no se puede más que conjeturar, sino sobre los muchos intentos, infructuosos todos, de trasladar el cuerpo de su abuelo a México, las citas en Relaciones Exteriores y en Salubridad, en la Embajada, las disparatadas cuentas de teléfono, el empeño de la familia vuelto asunto patriótico y que los distrajo de entristecerse y luego el verdadero duelo casi también patriótico cuando se enteraron de que los últimos cinco o seis días de infructuosos intentos habían sido, si cabe, los más radicalmente infructuosos porque habían sido cinco o siete días de discusiones, ofertas y negociaciones sobre un cuerpo ya inexistente, convertido desde hacía cinco o seis días en dos kilos y medio de cenizas. Se puede devenir cenizas si antes se ha sido otra cosa pero no a la inversa, y que nos perdonen los profesores de química de la secundaria, quienesquiera que seamos los postergables alumnos a los que haya que perdonar. Nada que perdonar, nada que declarar, fin de la historia: un comienzo claro, por ejemplo en el aeropuerto donde el mexicano declara que no tiene nada que declarar, y un fin claro, en el hospital o en las largas filas de habitantes ahumados por el sol del verano ante la forzada espera de la vacuna o en el desfasado y burocrático duelo al enterarse los deudos, como suele decirse, de que negociaban el traslado de un cuerpo ya inexistente, transmutado en dos y medio kilos de cenizas: comienzo y fin claros, una historia compacta y cerrada como un ladrillo o un diente, manejable, transportable ella sí, apta para que algún otro la vuelva piedra angular de sus así llamados temas de conversación, dos o tres temas derivados de dos o tres historias únicas en su género, sucesivos géneros que enlistamos a continuación: muertes incomparables de los abuelos, decadencia imparable de los matrimonios, ataques de insectos y plagas. No hay solución, piensa alguien, buscando su reflejo en la ventana, toda vez que la luz ya proviene más de un foco que de afuera. Pero no me quejo, piensa, soy feliz, véanme, ¿no soy feliz?, ¿no estoy riendo? Entonces alguien observa la puerta y entonces algún otro abre la puerta y entra. Algún otro jala el banco junto a la mesa, se sienta, pide un cigarro. Trae puesto un suéter lleno de pelusa. ¿Total?, dice algún otro. La infructuosa cámara de gas, dice alguien. Claro, dice algún otro, la grieta nueva en la duela, varios días sin saber qué hacer. Hasta que/ Hasta que aparecen las termitas./ Eso es, aparecen/ Nunca mejor dicho. Ya no una huella, un rastro de su actividad, un rasgo de su carácter/ Ellas./ Estoy aquí, entro por algo, una carpeta de papeles en el estante del rincón. Una carpeta junto a unos engargolados junto a unos libros. Pero ya no hay libros/ En chanclas./ Es lo peor, los pies expuestos./ ¿Qué libros?/ No importa, cualquiera o cualesquiera. Ya no hay libros ni hojas ni engargolados./ Bueno/ Engargolados, tienes razón. Si un engargolado es la cubierta de plástico y la espiral de metal o plástico/ Sí hay./ Sí hay engargolados./ Palabra increíble, engargolados/ Algo vuelto gárgola, algo arropado por una gárgola, cobijado en sus alas./ La santa madre del Seguro Social arropada no por águila sino por gárgola/ Igual esdrújula/ La madre engargolada./ Pero hay termitas, en cambio hay termitas/ Miles/ Once mil, pongamos./ Caen./ La sensación o el efecto es de caída. Saco la carpeta y caen al piso/ No se ven./ Dejan siempre algo, una cubierta/ Barniz, plástico, epidermis, costra./ Pueden trabajar días, meses, qué sabemos cómo midan el tiempo/ Sin notarlo/ Y tú sin verlo hasta que un día todo es una costra/ Una cáscara/ Sólo la cáscara del librero, de la casa entera./ ¿Ése sería su fin? ¿Qué ocurriría primero? ¿Morir por el hartazgo de haber digerido una casa entera excepto por su cáscara?/ O que la cáscara un día se les viniera abajo, dices./ Un día tendría que ocurrir./ Supongo, claro, pero son muy pequeñas/ Y muchas, once mil/ Y blandas, digamos blandas, no esclerotizados sus lomos/ Lo blando no cruje/ Encontrarían siempre un hueco, los derrumbes no son geométricos/ No embona cada ladrillo, dices./ Claro./ En fin./ Pudo haber ocurrido pero hubo un papel salvador/ Que ya no existe/ Tenía que buscar no sé qué papel, un documento. Todo se ve en orden./ ¿Qué llevarían, un mes?/ Por ahí, no sé. ¿Cuánto lleva comerse enteros cuatro libros o engargolados?/ Sin la cáscara./ Saco la carpeta/ Y caen./ Es la sensación, aunque no todas caerían./ Muchas estarían ya ahí, al nivel del piso./ Jalo la carpeta y es como si jalara un enjambre/ Lo injalable por excelencia./ Se viene abajo una cáscara de plástico y un enjambre./ Once mil./ Once mil cosas en movimiento aterrado/ En chanclas/ No pantuflas, que finalmente cubren./ ¿Qué sentirían ellas?/ Exacto. Están aterradas, ahora lo veo y lo sé./ Se mueven/ No dejan de moverse, pero ya sin rumbo, sin destino./ Sobre su propio eje/ En sí mismas, encimándose, como temblando de frío/ De luz./ Puede/ La luz las mata/ En las películas./ ¿No?/ No creo que fueran temblores agónicos. Van en ascenso más bien./ Si no las matas/ Probablemente ponen a temblar la casa entera, la calle./ Dios./ Tú lo dijiste./ En fin./ Y yo inmóvil/ La garganta cerrada/ Paralizado. Pero no se van a ir, existen./ Se mueven./ Pero en su propio no esclerotizado eje, sin rumbo./ ¿Tú no?/ Al final sí, claro. Algo hay que hacer./ ¿Cuánto pasa?/ Quizá son dos minutos, uno, ni eso./ Muchísimo./ Siempre has soñado con eso, has imaginado ese terror/ Y un día está ahí, diciéndote/ Esto que habías imaginado, como para conjurarlo/ Sin esperarlo, no hay ninguna señal/ Ahora está ahí, aquí./ Así es./ Van a subirme por los pies/ Blandas, ¿húmedas?/ Claro, todo eso, baba/ El miedo a los gusanos./ Once mil, minúsculos. Van a verme, culparme por sacarlas/ Jalarlas/ Interrumpir su festín, su día, su ciclo./ Todo por un papel./ Van a subirme, trepar, adherirse a las piernas. Llegar a las axilas/ A los ojos./ Dejar intactas las uñas, los dientes y el pelo./ Enredarse/ Pero no es eso. Es estar vivo, indefinidamente/ Sin tiempo/ Cubierto por ellas/ Ni siquiera/ Eso, bien, ni siquiera. De las once mil, unas pocas, alternándose/ Por turnos/ Asignados químicamente/ Paseando/ Excursiones por las piernas, las axilas/ Imágenes clásicas./ Exageraciones./ ¿Eso piensas?/ En ese momento no, pero sí./ En algún momento./ Un minuto, menos. Y no se aventuran, claro./ Se mueven en su eje./ Podría dejarlas, pero no puedo./ No debes./ Ni modo de llegar a un acuerdo. No puedo./ Y llamas. La llamas./ ¿Te imaginas? La llamo, es lo primero, o lo único/ Inútil./ No es eso./ Amaestrado./ Ojalá fuera, hubiera sido eso./ Te habría ayudado, dices, habría venido./ Claro. Encárgate, haz algo, resuelve, dijo, chao./ ¿Y?/ Pensé en pisarlas, lo pensé./ Sí./ Pero era inútil, eran tantas, encimadas. Como un tablón de termitas, un enorme filete de termitas. No puedes pisar y matar un filete./ Metáforas./ Eran muchas, miles. Es cierto./ Adelante./ Fui por el bote de insecticida./ No las mata./ En un sentido. No las mata en un sentido/ No acaba con ellas, con la especie/ Con las visibles/ El problema es que no son visibles normalmente./ Subterráneas. Y hasta eso./ ¿Aplastarlas con el bote de insecticida dices? Mejor un libro, un diccionario./ No las mata pero sí./ Vaciaste el bote./ Nuevo, lleno/ Morirían ahogadas./ Supongo. No. Petrificadas, plastificadas por el insecticida/ Ahogadas por el veneno. Resisten el veneno/ Pero no tanto. Plastificadas de veneno, encapsuladas en ámbar venenoso/ Metáforas./ Tiesas, muertas. Algunas resisten más, luchan/ Patean/ Se mueven igual, más bien. Igual que antes pero más lento./ Hasta que dejan de moverse./ El bote entero, eso es. Envenenado yo también, ahogado. Me quema la garganta./ Pero aquí estás./ Soy más grande, simplemente./ Recogerlas./ ¿Cómo se recogen once mil termitas muertas?/ ¿Cómo?/ Así, con dos cartones, lo que sea. Era pura retórica./ Bien./ Se hace una sola/ Una termita gigante, blanda/ Sustancia, magma, todo eso. Sí./ Más fácil, supongo./ Polvo, más bien. Entre jalea y polvo./ Se embarra el piso./ Recoger, el horror de tocar, que tu mano entre en contacto con eso./ Pero entra./ Casi no. Hay que limpiar. El librero, el piso / Más químicos./ ¿Entonces? Más químicos, claro. Y una bolsa negra/ Plástico./ ¿Entonces? Polímeros y venenos, si no es lo mismo./ Cerrarla/ Amarrarla, sellarla, los libros igual/ Las cáscaras/ El plástico, la espiral, lo que dejaron./ A la bolsa./ Sacarla de la casa, lejos./ Quemarla, enterrarla./ Ojalá./ Pero quedan./ Si hay once mil, claro/ Para ese momento/ Hay miles más en sus nidos. Ya sabemos/ Hemos leído/ Las obreras. Colectando comida para llevarla abajo./ Hay más/ Cientos de miles, una reina gorda, túneles/ Cámaras/ Galerías/ Bajo la casa./ Pero ella me dijo/ Resuelve./ Exacto. Nuevas búsquedas/ Anuncios/ Preguntar, contarlo, olfatear. Ya no exterminadores/ Que no se vendan así/ Que sepan./ Platicar, sondearlos./ Para ese momento/ Algo, no mucho, uno sabe algo ya./ Hoyos./ Todo el perímetro de la casa. A ambos lados de cada muro./ ¿Qué? ¿Medio metro?/ Un poco más. Hoyos de setenta centímetros de profundidad./ ¿Cada qué? ¿Medio metro?/ Cada treinta. Como las reglas clásicas de la escuela./ Bien./ La casa agujerada. El dibujo de un niño enfermo./ Metáforas./ Queso gruyere, coladera./ Bien./ Inyectar el veneno/ Más potente/ La cantidad, más bien. La ubicación sobre todo./ La precisión./ Viven en el subsuelo, dentro/ Ahí hay que llegar/ Exacto. No arriba, no las visibles./ ¿Y cómo saber entonces?/ De eso se trata. No se puede./ Puras conjeturas, dices./ Digamos./ ¿Y si fue agua?/ ¿Si inyectaron agua, jugo de manzana? En fin./ ¿No?/ Ya se verá. Es la prueba. Esperar/ Sentarse./ Si el nido cae dentro del perímetro/ Justo bajo la casa/ Si las teníamos viviendo abajo nuestro/ Justo/ El resultado es completo. Se acabó./ ¿Y si no?/ Algún tiempo. Años, no muchos/ Suficientes/ Un perímetro de veneno, una muralla química/ Metáforas/ De ninguna manera. Una muralla química. Una hoja de cristal. Una lámina de veneno enterrada. A todo lo largo del perímetro. Un alambre de púas subterráneo. Una jaula de perros químicos rodeando la casa./ Se estrellarán./ Y no sabrán. No habrá tiempo suficiente para ellas. Años, meses, su propia medida. No habrá tiempo para un nuevo aprendizaje./ No sabrán./ Se estrellarán en esa pecera inasimilable bajo el mar. En esa resbaladilla de líquido incomible./ No habrá tiempo./ Porque antes/ De un nuevo aprendizaje/ Antes la tierra se comerá el veneno. Lo disolverá. Lo descompondrá en moléculas digeribles. Felices. Sin memoria.

Y entonces podrán volver.

 

Francisco Gálvez

Francisco Gálvez