porunacabeza

Por una cabeza | Alejandro Badillo

 

Adelanto de la novela Por una cabeza de próxima publicación por Ficticia Editorial y la Universidad Autónoma de Nayarit. Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo 2016.

Verá usted: no sé cómo empezar. Una historia se puede contar de muchas formas. Los eventos se suceden, una ficha empuja a otra, un atardecer derrota la luz, un cuerpo se degrada hasta quedar como blanquísimo esqueleto. Justificaciones, casualidades, caminos que se acercan. Usted ponga el peor escenario y siempre habrá explicaciones. Palabras que engendran palabras: gestos, lloriqueos. El caso es que estábamos aquella mañana en el centro del pueblo. Perros desvencijados por el sol: puros huesos. Sus siluetas se desplazaban como derrotadas banderas. Algunos autos navegaban entre amplias nubes de polvo. Las piedras eran brillantes estrellas. No piense que lo estoy tratando de encandilar. Me gusta irme por las ramas como quien desenreda un hilo, como feliz gato que juguetea con su presa. Era mediodía y estábamos en Los Remedios, un bar. Los vasos dejaban en libertad sus destellos. Mirábamos el techo y, sobre las mesas, destacaba el baile de las moscas. Ellas eran lo único activo en la escena: su negro merodeo y su paciencia. Iban y venían con puntualidad y eran observadas por Colmenares y yo, los que inician esta historia. Porque me gusta contar y llamar a lo que cuento historia y pensar que tiene algún provecho aunque, de momento, no lo parezca. Y por eso le digo que esa mañana bebíamos ron con Coca Cola que, para esas horas, era como viva sangre en nuestros pensamientos. Porque necesitábamos buscar qué hacer. No piense que somos ociosos. Yo soy maestro de escuela y Colmenares, bueno, Colmenares hace de todo. Pero el trabajo se acabó. Colmenares agotó sus oportunidades para desenvolver sus malas artes, sus talentos de obrero-prestidigitador. La escuela cambió de lugar y el inmueble es una silenciosa bodega. Quizás por eso no puedo dejar de hablar, porque el contraste me mantiene cuerdo. El tiento del diablo –ahora entiendo– no está en el alcohol sino en el silencio. El denso palabrerío lo ahuyenta, nos cura aunque no lo advirtamos.

Me esfuerzo por recordar y lo primero que llega a mi mente es la barra y nuestras cenagosas siluetas. Yo miraba a intervalos la calle y mi mochila. Renovábamos los tragos mientras los segundos se despeñaban lentamente, como si el entero mundo, el bar que nos contenía a nosotros, fuera un reloj de arena. Quizás nuestras manos eran lo único vivo ahí, quizás sucedían nerviosos y veloces parpadeos y hago este esfuerzo en la memoria para que usted piense que lo que cuento es verdad, que estábamos ahí, ignorantes de todo, de la cadena de acontecimientos que cambiarían la tarde y los siguientes días. Los detalles, dicen, son valiosos porque evitan lo redondo, lo absoluto. Y el siguiente detalle, uno importante, uno cuyas ramificaciones llegan al centro del problema, es que escuchamos un disparo en las cercanías. Le dibujo el escenario: un bar con una devastada puerta, vetas verdes en la madera, perenne anzuelo para los borrachos que llegaban uno tras otro, como en carrusel. También una Virgen, penumbrosa, en una esquina, custodiada por inconstantes velas. Imagine unos cien metros cuadrados bien distribuidos: la barra, unas diez mesas, al fondo el baño y una perceptible montaña de envases vacíos, algunos de ellos trampas mortales para insectos poco escrupulosos. ¿Ya lo estoy convenciendo? Espero que sí porque no hay vuelta atrás. Llegado a este momento tengo que seguir porque encuentro nuevas perspectivas, nuevos significados a lo que digo y soy muy curioso como para no averiguarlo. Si usted se va podría hablar con la primera persona que me encontrara, hasta con un perro. Entonces llegó el disparo a nuestros oídos. Salimos del marasmo que nos anegaba. Pensamos en tirarnos al suelo. El dueño del bar, Ramón, un sujeto de dispares bigotes, huyó por la puerta trasera. Recapitulamos en silencio Colmenares y yo o yo y Colmenares, el orden no importa. El disparo había ocurrido afuera, quizás en un campo devorado por la sequía. Le había contado antes del tiempo, pues bien, ahora los segundos eran lerdas ovejas, perezosas gotas, latidos condensados en el estío. Colmenares murmuró: “¿qué hacemos?” y entonces supe que tendría que tomar una decisión. ¿Usted qué haría? Porque los eventos pasados son de fácil juicio, transparentes incluso, como si viéramos nuestra vida desde las alturas. Decidí hacerle una seña a mi compañero para que nos acercáramos a una pared y salir del punto de observación. Ahí podríamos esperar a que el peligro pasara.

Imaginamos dos opciones: una bala perdida o un ajuste de cuentas, común desde hacía varios años en la zona. Los cuerpos se apilaban en los sembradíos y, los curiosos adivinaban cráneos estallando, vísceras derramadas en cascada, sangre avivando la feroz órbita de las moscas. Por otro lado, la idea de la bala perdida era tentadora: un disparo efectuado a mucha distancia, sin poder dar en el blanco pero con suficiente fuerza para seguir su viaje. ¿Hasta cuándo se detendría? Quizás, por alguna extraña aberración de la física, la bala expandiría su vida natural. Quizá recorrería el desierto hasta encontrar nuevas ciudades y, al fin, por efectos de la probabilidad, mataría a alguien. Algo extraño, ¿no cree? Algo digno de estudio; algo que muta y se transforma. El bar estaba despoblado. En el ámbito sólo se sentían nuestras respiraciones. Los huesos se endurecían por la postura: ánimas en pena parecíamos. Entonces escuchamos pasos. Después el arrastre de un cuerpo. El sonido era minucioso, como el de un insecto-cazador llevando a su víctima a su guarida. Alguien escupió, una maldición se abrió camino entre un murmullo que parecía escapar de entre los dientes. Imagine, señor, el arrastre lento, las piernas dejando un largo rastro: como el toro después de la lidia: los belfos sangrantes, el marfil opaco de los cuernos que ya no amenazan porque ahora son adorno inútil, bravuconada sin filo, sol que no levanta. No hubo más explicaciones, sólo el arrastre que se detuvo. En nuestro ámbito una mosca se interesaba en el quicio de una ventana. Nos acercamos a ella. Los desbordados ojos de Colmenares inmovilizaban su gesto. La amenaza exterior era una respiración en nuestros oídos. Entonces una voz dijo “tú primero” y un instante después continuó, “yo lo sostengo”. Hubo una pausa y la expectativa creció como densa arboladura. Remedábamos, Palomares y yo, el ansia de los espectadores cuando se abre el telón. Pero no hubo imagen porque seguíamos agazapados, con miedo a huir, a respirar, a hacer cualquier cosa. Entonces, alguien accionó un motor. El ruido desbarató nuestros nervios: era una risa abierta, gotas de lava, caballos desbocados en el llano. Hubo un grito que se extinguió con rapidez como fugaz lumbre en el agua. Colmenares iba a murmurar algo cuando el ruido aumentó y reprimió todo. Era una motosierra: inconfundible su hambre, la fiebre que buscaba un primer contacto. Imaginé la mano que sostenía el artefacto. Imaginé la distancia que nos separaba de la escena. Usted sabe: imaginamos como mecanismo de defensa; a veces podemos aislar una imagen, sacarla del cúmulo, proyectarla al futuro o llevarla al pasado para mirarla con nueva luz. En este punto cobró importancia el balazo que habíamos escuchado. El vínculo con la sierra fue nervadura viva y yo completaba el pensamiento cuando vino el primer embiste: el sonido tuvo una leve variación, casi imperceptible, como si su enemigo hubiera puesto poca resistencia. Colmenares me miró. Su sombrero proyectaba inútil penumbra sobre su rostro, inútil porque no podía ocultar su indefensión, su gesto volátil, casi líquido. Como animalillo en el bosque, Colmenares, pasivo ante la avaricia del cazador. El silencio que nos envolvía indicaba que la historia apenas comenzaba; quizás nos tocaba dar el siguiente paso, mover nuestras fichas. El grito aún gravitaba en nuestros oídos, su centro atraía las probabilidades, las condensaba en una sola dirección que evolucionaba con los segundos, se volvía más transparente. No encontré ninguna frase para ahuyentar el silencio. El galope de palabras se extinguió antes de comenzar y, para derrotar la incertidumbre, para colmar la curiosidad que, en ese momento, era una mezcla de ansia, resignación y miedo, me asomé lentamente por la ventana. No tuve que mirar mucho para encontrar a los autores de las voces y, a sus pies, como rojo trofeo, un cuerpo decapitado. Estaban a unos diez metros. Percibí a la distancia el filo luminoso de las sonrisas. Uno tenía la motosierra ya apagada pero aún en ristre, como si presintiera nuestra presencia y tuviera sed de un estoque más, un corte limpio, habilidoso, que segara fibras, músculos, huesos. El cuerpo se vaciaba con rapidez. Piense en un vaso derramado, un latido que mengua hasta detenerse por completo. Un reguero de sangre corría en el suelo. La sangre parecía animal vivo, raíces superficiales cuyo movimiento llegaba a las piedras, hierbajos, algún insecto.

Usted preguntará qué pasó después. Sólo puedo decir que, desde ese momento, el miedo fue luz, un faro que me deslumbraba pero que, al mismo tiempo, era la única señal a seguir, el único acicate para las venas. Colmenares adivinaba lo que sucedía en el exterior por mi expresión. Sus manos cultivaban un temblor que ganaba fuerza. Volví a ocultarme y traté de calmarlo en vano. Entonces escuchamos que se acercaban a la puerta trasera. Nos alejamos de la ventana. Pensé en mi última hora, en mi cuerpo desmembrado, festín para los zopilotes, convertido en macabro rompecabezas. El tiempo era una superficie cenagosa, una sustancia espesa que impedía cualquier escape. Imagine, señor, la puerta abierta, una bocanada de luz derrotando la penumbra del bar, sacando de su estío a las moscas. Las palabras no servirían y, uno tras otro, Colmenares y yo, seríamos abatidos. Con suerte seríamos fulminados como figurillas de feria en el tiro al blanco; en caso contrario nos esperaba un desenlace protagonizado por el dolor, por el lento goteo de una respiración que se prolonga demasiado, que no sirve para nada. Rezaba al dios de la puntería eficaz, de las decisiones prematuras, de los fugaces aleteos, cuando volvieron las voces. Es difícil, a la distancia, conservar intacta la memoria. Muchas veces el recuerdo es un momento en distorsión, un animal proteico cuyo engaño adquiere solidez con el tiempo. Lo que puedo decir es que los pasos se detuvieron y que las voces discutían como diablos. Endemoniados, los hombres azuzaban palabras que, en un inicio, podían ser cualquier cosa: pactos rotos, dinero perdido, una infidelidad descubierta de pronto. Colmenares y yo, atemorizados, esperábamos un nuevo brote de violencia, un coloquio de balazos, entrañas en dispersión que se unirían, de alguna forma, a las del primer muerto. Sin embargo la retahíla seguía ahí y empezó a aclararse el embrollo: uno dijo que se habían equivocado de persona. El otro, incrédulo, dijo que no era posible, que lo habían levantado en el lugar que les habían dicho. El primero arremetió y mencionó algo sobre una licencia de conducir a otro nombre. El otro defendió su postura. Como mandobles sus alegatos sin filo. Los reproches iban y venían. Intentaban sondear la identidad del descabezado. ¿Por qué no habían registrado sus ropas primero?, pensé, un poco harto también. Parecía que la discusión no tendría fin cuando hubo un momento de silencio y, después, un impacto en la ventana. De entre los vidrios destrozados surgió la órbita irregular, el atropellado viaje de una cabeza. Hilillos de aire movían los restos de una cortina, sutil epílogo del lanzamiento. Nos miramos estupefactos. En el rostro de Colmenares hubo temblor, incredulidad, delirio. Yo sólo podía mirar el rastro de sangre en el piso. Escuchamos a los rijosos subir a un auto y el ruido del motor desapareció poco a poco dejándonos solos, ahí, rodeados de verdes botellas, de un cigarro a medio devorar, de un San Judas bendiciendo platos sucios y, coronando el bodegón, como angustioso punto final, una cabeza.