Carlos Flores

Muerte anticipada: ahí donde comienza la hoja | Natalia Trigo

 

Nosotras te traíamos las mujeres. Nosotras te ayudábamos a desmembrarlas. Era cosa de todos los días, mientras tú te sentabas en tu sillón, mientras tú mirabas hacia la bahía de Ensenada, nosotras mirábamos la fila de cuerpos. No las matabas. Las conservabas vivas porque, decías, era la única forma de ayudarlas. “La muerte y yo no nos llevamos, no es el trato que tenemos”. Llegábamos temprano e íbamos en busca de mujeres aunque, a veces, ellas venían a buscarte directamente: “Me dijeron que tú me puedes sacar este dolor que traigo”. “Me contaron que si me cortas aquí se me acabará la angustia”. La gente contaba cosas. La gente hablaba de lo que hacíamos.

Cada vez era más difícil distinguirlas. Con el paso del tiempo había que preguntar ¿eres mujer?, y a veces no sabían. Nosotras mismas no sabíamos si éramos mujeres. Los únicos que sabían eran Ellos, porque nos lo decían. A veces nos llegaban las madres. A veces las hermanas. Los miércoles, casi siempre, llegaban sus compañeras de trabajo. Quiero saber lo que se siente, y nos mostraban una foto o un recorte del periódico. Quiero saber lo que se siente, como si estuviera ahí, como si hubiera sido yo. Llegaban con peticiones cada vez más específicas. Te decían: “Por favor, así como en la fotografía”. Y tú las atendías con esmero.

Las autoridades estaban en contra de nuestro trabajo porque las desacreditaba, las dejaba mal paradas. Pero lo que hacíamos no era clandestino, no estaba prohibido y no era remunerado. Cuando empezamos a trabajar para ti, nos dijiste que lo hacíamos porque sólo así encontrarían alivio. Nos elegiste porque habíamos sobrevivido. De entre todas las demás, nos escogiste porque, como tú, habíamos tenido suerte o fuerza, o qué sé yo. Algo nos había aferrado a la vida.

Las jornadas eran largas. Era desgastante entregarse tanto a esas mujeres que venían con peticiones y súplicas: “Quiero renunciar a mis piernas”. “Quiero renunciar a mis ojos”. “Quiero renunciar a mis pechos para ver si así dejo de tener miedo de caminar por la calle”.

 

Estuve enterrada bajo la arena. Ahí abajo no tenía miedo ni frío, ni sed. Cuando me encontraron, deseé que nunca lo hubieran hecho, que me hubieran dejado descansar de tanta incertidumbre. El dolor no viene del cuerpo sino de la incertidumbre. La incertidumbre de no saber qué hacer exactamente para dejar de ser acechada.

 

Cadáver de sexo femenino, identificado como Ixchel Leilany Domínguez Carrillo.

22 años.

Reportada desaparecida el 30 de agosto de 2015.

Encontrada el 15 de enero de 2016.

Presenta heridas en los pezones y cicatrices de quemadura en el brazo izquierdo.

Causa de muerte: herida de proyectil de arma de fuego cráneo-encefálica, reciente, con salida de proyectil.

 

Llenábamos lo reportes porque querías llevar un registro verdadero.

–Ya van 23 este año. ¿Quién ha venido?

–La hermana.

–¿Y qué le dijiste?

–Le dije que tenía que llenar su forma como todas las demás, esperar su turno. También le dije que nosotras no podemos hacer lo que nos está pidiendo, que no está en el protocolo.

–¿Y qué te dijo?

–No dijo nada, sólo se veía decepcionada.

–Hazle una cita para el martes y cierra la puerta cuando salgas –dijiste, mientras volvías los ojos hacia el cuerpo que yacía sobre la plancha de acero.

Recuerda. Cuando nos conocimos dijiste: vine aquí porque ésta es la tierra en donde nació mi madre, y yo nunca la había pisado. Pensamos que era una razón extraña para venir a estudiar tan lejos. En ese entonces no pensabas tanto en la muerte. Creías que las desapariciones y los levantamientos eran puros cuentos, casos aislados. “Ensenada no está tan mal”, nos dijiste, “el mar es como me lo describía mi madre”.

 

Nunca pensé que volvería a amar. Después de lo que viví, nunca pensé que podría volver a sentir algo en el cuerpo. Era como si el sentimiento se me hubiera quedado enterrado entre las piedras del desierto. Volví varias veces a ese lugar donde dijeron que me habían encontrado medio muerta. Ensenada-Ojos Negros. No había nada que marcara ese lugar como mío, era como si nunca hubiera estado ahí. Estuve-nunca.

 

Marcábamos los cuerpos con un plumón indeleble. “Mire, le vamos a cortar aquí. Esto ya no lo tendrá y tampoco esto. Todavía no estamos seguros de cómo sacar el dolor cuando la muerte se trata de una sobrina, pero es verdad que a otras mujeres les ha resultado amputar el meñique izquierdo. Y para el miedo, hay varias opciones, depende de qué tanto esté dispuesta a sacrificar”. Entonces les mostrabas la gráfica con las partes del cuerpo. Les decías: “Esto no lo podemos tocar, porque no nos pertenece. Esto tampoco, pero estamos en trámites para ver si nos lo conceden”. ¿Será posible un cuerpo sin fin, sin apéndices, sin partes principales?

 

Cuando me dijeron que eras una niña no supe si alegrarme. “Es una niña”. No es cierto, pensé. Creí que si dejaba de decirlo tal vez cambiarían las cosas. Tal vez ya no serías niña y tampoco serías mujer. Tal vez si lo repetía lo suficiente Ellos no se darían cuenta.

 

–¿Si no tengo mis piernas, podré salir a caminar?

–Sí. Hay una muchacha que todavía ve sin sus ojos.

–No entiendo.

–El cuerpo no determina lo que puede hacer, señora. La cuestión está en el lenguaje.

–Entonces, ¿por qué no me arregla con su lenguaje todo de una buena vez? –te dijo. Y después de eso no salimos de tu oficina en tres días. Tuvimos que cancelar todas las citas. Te preguntabas por qué no podías arreglarlo todo con el lenguaje, por qué recurrir al bisturí cuando lo único que sabías usar correctamente eran las palabras. Por qué, después de tanto tiempo, no habías podido deshacer el trabajo de la muerte, de la angustia, de la desesperanza. Por qué, por más que habías tratado, no lograbas liberarnos de la violencia.

Recuerda. En aquel entonces comenzaron a llevarse a otras chicas de la universidad, y tú empezaste a preocuparte al no saber cómo ligar lo que hacíamos con el miedo que se vivía allá afuera. Se notaba en tus calificaciones, andabas distraída, alejada del resto. Es absurdo, nos dijiste: “¿Por qué concederme el don de las palabras si no puedo hacer nada con esto?” Dejaste de asistir a las clases. Se te veía repartiendo volantes en los pasillos que decían: “¡Basta ya!” “¡Alto a los feminicidios!” Te uniste a las asambleas estudiantiles.

 

Quisiera contarte otra Historia. Quisiera decirte que las cosas no han sido siempre así, que no siempre hemos sido perseguidas. Quisiera escribirte que hubo un tiempo antes del lenguaje en el que estaba la voz. Y la voz estaba fuera del tiempo y se mezclaba con miel y con leche. Después nos vino la violencia.

 

Cadáver de sexo femenino, identificado como Gabriela ———– ————–

17 años.

Reportada desaparecida el 16 de septiembre de 2015.

Encontrada el 18 de septiembre de 2015.

Presenta laceraciones en las muñecas y hematomas en la parte superior del torso y el abdomen.

Presenta indicios de abuso sexual: lesión de los labios mayores, lesión de la pared vaginal que interesa los músculos con una profundidad de 1.3 cm.

Causa de muerte: asfixia mecánica por constricción del cuello.

Notas particulares: La mujer fue encontrada desnuda. En el lugar del hallazgo del cuerpo se encontraron un uniforme escolar, varias mudas de ropa, un oso de peluche vestido de mujer.

 

–¿Por qué han venido hasta ahora? –preguntaste.

–La madre dice que no había tenido la fuerza, que no pensaban que fuera posible sacarle ese dolor de dentro. Viene con sus otras dos hijas.

–Está bien. ¿Le explicaste cuáles son las opciones del tratamiento?

–Sí, dice que está dispuesta a cualquier cosa con tal de que se acabe su sufrimiento.

–¿Por qué ha dejado en blanco los apellidos? –inquiriste, mientras pasabas tu dedo por encima del nombre de la víctima.

–Porque cuando trata de escribirlos se intensifica su dolor.

–Entiendo. Pero dile que es muy importante que los escriba, es importante nombrar a nuestros muertos. Prométele que, si lo hace, estará a salvo. Prométele que, si escribe, le estará permitido otra vez vivir sin morirse de miedo.

Recuerda. Estuviste desaparecida tres meses. Nos enteramos de que también te habían levantado. Supimos que no se habían llevado a nadie más del grupo, que era a ti a la que querían. Pensamos que no te volveríamos a ver, creímos que no sabríamos ni dónde habían tirado tu cuerpo.

 

Amé parirte. Encontré en ese acto la fuerza por fin liberada, el goce, la inmensidad que había perdido en el desierto. Te parí y dije, así es como se debe parir: con la fuerza de una leona, de una fuente, de una planta.

 

Cuando no te ocupabas de los cuerpos, escribías. “Es la única forma en la que puedo comunicarme con mi hija. Es lo único que me permite rechazar la creencia de que las cosas siempre serán así, de que no volveré a verla”. Nosotras nunca te vimos llorar pero esa vez creímos ver una sombra que crecía en lo profundo de tus ojos. Esa misma tarde recibimos a la mujer que nos pidió que le cortáramos la lengua:

–A ver si así dejo de sufrir por no poder decir lo que pienso. Sin lengua, no tendré que preocuparme por ser demasiado irreverente, ¿verdad?

–La necesidad disminuirá –le contestaste–, pero luego se trasladará a otras partes del cuerpo. –Entonces, ¿podré liberarme de la angustia en algún momento?

Recuerda. Te encontraron enterrada en el kilómetro 5 de la carretera Ensenada-Ojos Negros. No pensaron que estarías viva, pero algo te había aferrado a la vida. “No sé qué fue”, nos dijiste, “nunca supe por qué tantas ganas de seguir viviendo después de la muerte”. Recuerda. Te cortaron la mano derecha para que dejaras de escribir. Para ver si así aprendías que tu cuerpo no te pertenecía.

 

Te quise tanto. A pesar de que pensé que nunca más volvería a sentir nada. Tu cuerpecito me hizo olvidarme de lo que había vivido el mío. Te leí los textos del mundo mítico. Ahí estabas tú, y ahí estaban Antígona, Electra, Cleopatra, Dido. Pensé que ellas serían mejor guía que yo, pensé que ellas te mostrarían el camino. Porque yo no supe cómo.

 

Nos costaba mucho trabajar con los cuerpos de las que no tenían fotos ni registros, que eran la mayoría.

–Mire, mi prima lleva desaparecida como tres meses y no sé por dónde empezar a buscarla.

–¿Dónde le duele? No sé. Me duele todo el cuerpo.

–No, así no podemos trabajar. Dígame exactamente qué le duele y entonces intentaré ayudarla. –Pero le digo que no sé dónde me duele, ¿cómo voy a saber si no sé nada de ella?

–¿Ya recurrió a las autoridades?

–Ya fui. Dicen que no saben nada, pero yo siento el dolor en todo el cuerpo.

 

A veces sueño (escribo) que puedo salvarte. Imagino que ese día te digo: “Quédate. Leeremos otra vez cómo Dido huye a África y se reconstruye y vuelve a amar”. Me pregunto si eso podría haber evitado lo demás. Después recuerdo que la Historia nos ha condenado, que aunque no te hubieras ido ese día, otro día hubiera llegado en el que la Historia nos alcanzara y nos dijera: “Tengan miedo, teman que la vida se vuelva extraña, teman la separación…”

 

Cadáver de sexo femenino, identificado como Karina Alejandra Argüello Escobedo.

36 años.

Encontrada el 24 de septiembre de 2016.

Causa de muerte: asfixia mecánica externa por constricción del cuello.

Notas particulares: La mujer presentaba equimosis palpebral y periobitraria de aproximadamente 48 horas.

 

Una madrugada llegó Aquel Hombre.

–Ayúdeme, yo también siento dolor en el cuerpo.

–Usted debe estar enfermo –le dijiste–. Mejor váyase a un hospital.

–Asesinaron a mi hija hace dos días y no encuentro sosiego.

–Pues busque a un psiquiatra.

–Señora, por favor, le digo que puedo sentir el sufrimiento de mi hija incrustado en el pecho. –Lo hiciste pasar–. Escuché que usted puede aliviarme de lo que llevo dentro. Córteme la lengua –te dijo.

–¿Le parece gracioso? –te paraste en seco–. ¿Usted cree que puede venir a burlarse de lo que hago?

–No me estoy burlando, lo digo muy en serio –te acercaste para revisarlo–. Usted no tiene nada.

–Mire bien –te contestó–, ¿qué le hace pensar que nosotros estamos exentos de la violencia?

Recuerda. Regresaste a la facultad. Andabas callada, sola. Comenzaste a leer a Cixous porque decías encontrar alivio en sus palabras. “No hay ley”, leías. “No hay gramática…” “no hay saber…” “Diploma de escritura: ninguno. Afiliación: nula. Modelo: Nada. La infinita”. Todos pensaban que te habías vuelto loca, pero nadie te juzgaba. Cómo hacerlo después de lo que habías pasado.

 

Escribo que estás aquí para traerte de vuelta. Estás-aquí. E-s-t-a-s a-q-u-í. Alargo las palabras para ver si así logro que te quedes más tiempo. Mi escritura rechaza tu muerte, mi muerte. Si escribo estarás a salvo.

 

Pasó un tiempo antes de que nos diéramos cuenta de que el procedimiento no estaba funcionando. Algunas mujeres regresaban:

–He vuelto a sentir ese dolor. Es como si estuviera creciendo, otra vez, en alguna parte de mi cuerpo.

Trataste de ignorarlo, pero tú también lo sabías porque ya lo habías sentido. Lo que no sabías era que el dolor volvería con más intensidad, al igual que el miedo. Además, vendrían los problemas con las autoridades:

–Mire, le advertimos, no siga con este trabajo. Nos están afeando la ciudad. ¿Usted cree que a los gringos que vienen les gusta ver mujeres que les faltan un brazo, una pierna? ¿Cómo piensa usted que vamos a atraer turismo con semejantes bodrios paseándose por las calles? Déjese ya de cuentos. Bien sabe que lo que busca no lo encontrará haciendo lo que hace. ¿Qué es lo que no entiende? Ustedes no podrán escapar nunca de la Ley del Padre.

 

Cadáver de sexo femenino, identificado como Cynthia Patricia Calderón Verduzco.

19 años.

Encontrada el 16 de septiembre de 2016.

Presenta lesiones en los brazos provocadas por agente mecánico externo y dos heridas cortantes profundas con incisión en los tejidos del lado izquierdo del rostro.

Causa de muerte: hemorragia provocada por heridas de arma punzo-cortante en la región precordial.

 

–Llevamos noventa y dos hasta ahora –dijiste, con esa voz que te enturbiaba los labios–. ¿Y en los reportes oficiales?

–Treinta y cuatro –te avisamos que esta vez había venido la amiga, que estaba un poco reacia al procedimiento–. Ha hecho más preguntas de las acostumbradas.

–¿Y qué quiere saber exactamente?

–Quiere que le digamos si después de esto se encontrará a salvo de la interrogación.

–¿Cómo dices?

–Sí, la muchacha quiere saber si, cuando hayamos terminado, no volverá a preguntarse: ¿Quién soy? ¿Quién habré sido? ¿Por qué yo? ¿Por qué no yo?

Te detuviste un momento, dejando los reportes a un lado:

–¿Eso ha preguntado exactamente?

–Sí.

–¿Y ustedes qué le contestaron?

–No supimos. No supimos qué contestarle.

Recuerda. Nos enteramos de que estabas embarazada justo antes de los exámenes finales. Nadie sabía de quién era el bebé porque jamás te habíamos conocido un novio. Sonreías más. Volviste a tener ganas de escribir. Dijiste: “Aprenderé a escribir con la otra mano. Con esa mano sufrí, palpé el dolor, la pérdida. Pero está la otra”. Y pronto desplegabas sobre el papel una caligrafía perfecta.

 

Te imagino despierta en la Bahía, con los ojos abiertos. Imagino que me dices: Llévame a casa, he estado mucho tiempo aquí afuera. Tienes el cuerpo mojado, te escurre agua del pelo. Te encuentro en la bahía, pero esta vez, ojiabierta, me dices: “No te preguntes por qué, en cuanto llama la pregunta por el sentido, todo tiembla”.

 

Empezaron a llegar más mujeres que decían haber vuelto a sentir el miedo en el cuerpo.

–Es imposible. Les hemos amputado ya todo lo que puede ser deseado, todo de lo que Ellos querrían apropiarse.

–Pues no sé –te contestó una–, pero yo juro que aunque ya no tengo ojos veo que por las noches me acechan.

Pensaste que nunca más se sentirían amenazadas, creíste que desmembrando sus cuerpos lograrías que no se volvieran a preguntar qué se siente. Pero en el fondo sabías que trabajar sólo con el cuerpo no daría resultado, que el dolor volvería. Era cuestión de tiempo.

 

Si pudiera escribirte otra Historia, te contaría que, así como Dido, tú también puedes ser reina y fundadora de tu propio Cartago. Te diría que no hace falta que el amor sea una tragedia y que tus decisiones no tienen que ser tomadas en secreto ni en solitario. En esta historia, la Otra, te relataría cómo podemos crecer, avanzar, ampliar el alma, gozar hasta el infinito de nuestros cuerpos y de nuestros bienes.

 

Marina Beltrán Pérez

34 años.

Encontrada el 17 de enero de 2016.

Presenta hematomas en el tórax y fractura de la octava y novena costillas del costal izquierdo, con desplazamiento de 1.46mm.

Causa de muerte: hemorragia provocada por heridas de arma punzo-cortante en la región abdominal.

Notas particulares: La mujer presentaba eliminación quirúrgica total de la lengua, con cicatrización de aproximadamente 6 meses.

 

Supimos que habían levantado a la mujer a la que le hicimos el procedimiento en la lengua. Encontraron su cuerpo en uno de los matorrales de la carretera que va hacia La Paz. “No podrás hablar, pero tendrás que escucharme”, decía el mensaje escrito sobre su cara. Esto significó oleadas de mujeres que llegaban a suplicar que les sacáramos los tímpanos, pero también una ráfaga de inquietud que nos invadía a todas. Supimos entonces que, a pesar de todos los esfuerzos, nadie estaría a salvo. No son los cuerpos, dijiste, los que nos hacen mujer, son Ellos. Seguimos trabajando dos semanas más, pero ahora sabías con certeza que los procedimientos que realizábamos eran en vano.

Recuerda. Comenzaste a trabajar para la universidad. Dedicabas tus días a ver crecer a tu hija y a escribir sobre las muertas. Los veranos eran largos y los inviernos ventosos. Te hiciste de una casa pequeña cerca de la Playa de San Miguel. Te gustaba llevar a Elisa ahí por las tardes, contarle historias. Seguiste escribiendo. De vez en cuando, encontrábamos una publicación tuya en alguna de las revistas locales.

 

De haber podido, te hubiera enseñado un lenguaje que no fuera tan violento. Menos lengua que música, menos sintaxis que canto de palabras. De haber podido, no te hubiera enseñado a hablar este idioma sino a hacer el amor, a amar, a reír al sentir el aire acariciándote la garganta.

Así se vino todo abajo. Las víctimas fueron cada vez más y siempre eran mujeres que habían pasado por nuestro establecimiento. Los mensajes eran claros: “De mí tendrás que correr, aunque no tengas piernas”, “El dolor se quedará, aunque no tengas brazos”: Las autoridades vinieron a cerrarnos alegando que nuestra labor estaba provocando más violencia de la acostumbrada. “Se lo advertimos, le dijimos que se detuviera. Ahora, ¿cómo hará para reestablecer el orden de las cosas?”

Recuerda. Tuviste una hija. La nombraste Elisa.

 

Cadáver de sexo femenino, identificado como Desteney Memory Hernández.

18 años.

Encontrada el 8 de septiembre…

 

–Entienda, señora. Nosotras ya no podemos ayudarla –le dijiste a una de las últimas mujeres que vino al establecimiento.

–¿Y qué quiere que haga con mi dolor? ¿Qué se supone que haga ahora, con el cuerpo mutilado y el dolor que ha vuelto? –te preguntó, mientras sacudía un papel que mostraba lo que parecía ser una nota del periódico.

–Me gustaría poder responderle, pero yo misma no lo sé –le contestaste.

–¡Es usted una embustera! Debió habernos dejado tranquilas, así, entre la mansedumbre y la resignación. Debió haberlos escuchado, Ellos tenían razón. ¡Ladrona! –gritó aventando el papel que llevaba entre las manos.

–¿Ladrona, yo? Pero, ¿quién ha sido robado?

Recuerda. Te amenazaron para que dejaras de escribir. “Pero, ¿cómo hacerlo? Me exigen que deje de hacer lo único que sé”. “Después de todo, ¿por qué les importa tanto? No escribo más que historias de mujeres que nadie conoce. No escribo más que mi propia historia, una y otra vez”.

 

La escritura era mi madre, la más generosa. Quería regresarle todo lo que me había dado. Me pusieron entre la espada y la pared, me hicieron elegir entre mi madre y tú. Y al no poder renunciar a mi madre te llevaron a ti. Quisiera decirte que no es demasiado tarde. Quisiera decirte que escribir también te está concedido, que escribir no es un privilegio reservado a los elegidos.

 

Cuando cerraron el establecimiento se generó en nosotras una sensación de orfandad. Habíamos hecho eso tanto tiempo que no sabíamos qué hacer ahora, no teníamos a dónde ir. ¿Qué se hace cuando uno ha trabajado tanto tiempo cercenando cuerpos? Nos dijiste: “Pueden quedarse aquí el tiempo que quieran”. Y eso hicimos. En el fondo sabíamos que lo hacías también por ti, porque de lo contrario te quedarías nuevamente sola. Desmantelamos el espacio, pero guardamos cada uno de los archivos: los nombres de las madres, de las hermanas, de las amigas. Guardamos hasta el caso de Aquel Hombre.

Éramos muchas sin saber quiénes éramos. Éramos náufragas del tiempo, de la Historia. Lo único que queríamos era quedarnos cerca. ¿De qué? Tampoco sabíamos. Éramos cuerpos convulsos, tumulto, rabia que impedía el descanso. Éramos el no-lugar, desde donde habíamos intentado alzarnos para ver el mundo. Y ahí no teníamos miedo ni dolor. Ahí, entre cuerpos desmembrados y papeles, entre historias nacidas de la muerte, éramos Uno.

Recuerda. Se llevaron a Elisa. Le pediste ayuda a las autoridades, a los superiores de la universidad, a los periódicos. Te dijeron que no podían ayudarte. Te contestaron, entre otras cosas, que tú te lo habías buscado. Hiciste todo por encontrarla, sentías que estaba viva. Dejaste de trabajar, dejaste de dormir, dejaste de escribir. Sólo entonces decidiste hablarle a tu padre para pedirle ayuda. Se hicieron algunas llamadas.

Sólo entonces empezamos a desconfiar de los n(h)ombres. Nos dimos cuenta, como nos habías dicho antes, que Ellos los habían creado. Fue, tal vez, bastante tarde. Allá afuera se intensificaron los levantamientos, las desapariciones. Habíamos atentado contra el estado de las cosas y así era como el mundo nos respondía. “¿Quiénes se creen ustedes?, ¿Dios? ¿Qué les hizo pensar que podían atentar contra la Ley, re-escribir la Historia?”

 

La última noche que estuvimos juntas te hablé de la Tierra Prometida. Te dije: sí podemos acceder a ella. Podemos gritar, aullar, rasgar el aire, hacernos notar, nada de eso está prohibido. Me hubiera gustado decirte que no hace falta que alguien te prometa esta tierra. Ahí está, es tuya.

 

No teníamos nada en común más que la muerte, y eso nos bastaba. Se observaba gente caminar por los pasillos, sin labios, sin ojos. Su andar era un recordatorio de que no muy lejos, allá afuera, todavía existía el miedo. Pero No-Aquí. Algunas otras mujeres vinieron a refugiarse con nosotros. Nos hicimos muchas. Más. Nos sentíamos parte de algo, útiles, precisamente, porque no teníamos que servir para nada. Estar con los demás nos hizo recordar a aquellos que nos habían hecho ir en busca de alivio. Nos trajiste tinta: escribimos sus nombres. También escribimos los nuestros.

Recuerda. La encontraron cerca de Punta Prieta. Te dijeron que no estaban seguros pero que por la descripción, podría ser ella. Manejaste sin detenerte, llegaste de noche. “Cuando me acerqué a reconocerla vi que tenía los ojos cerrados. Mi pequeña ojiabierta”. Su cuerpo estaba mojado, su cabello endurecido de sangre y de arena. Pudiste distinguirla a pesar de lo que habían hecho con su cuerpo. Recuerda: esa noche volviste a morir.

Los días siguientes estuvieron suspendidos en la inacción. No tuvimos que hacer nada, no tuvimos nada que decir. Era como si, por un instante, el lenguaje hubiera deshecho, destrancado, levantado las compuertas de la tranquilidad. Una pasividad activa, un silencio ruidoso invadió el espacio. Descansamos cuerpos sobre cuerpos, así: mutilados, lacerados, faltos de partes. Nos amamos. Dormimos por primera vez en mucho tiempo. Esa noche, después de tanto, por primera vez soñamos.

 

Anda, volemos, saltemos, amemos lo desconocido, desatémonos de las viejas mentiras, ganemos nuestra libertad, busquemos el yo numeroso, revuelto, fuera de sí, salgamos del viejo cuerpo, liberémonos de la Ley.

 

Escuchamos el mundo crujir a lo lejos. Nuestro sosiego los amenazaba. Intentaron callarnos. Nos dijeron “renuncien”. Una vez más quisieron limitarnos al silencio. Nos llamaron monstruos, demonios, híbridos. Pero ya nada podía detenernos, ya no teníamos nada que perder.

El fuego empezó en el piso de abajo cerca de las tres de la mañana. Tú dijiste: “Vienen a borrarnos”. Andamos con completa parsimonia. Vimos el fuego crecer, bailar entre los registros, devorar los cimientos. Observamos cómo las llamas se aproximaban a lo lejos, lentas, condescendientes. No tuvimos miedo. Habíamos encontrado el lugar de lo Verdadero: impreciso, vario, simultáneo, impuro. El fuego venía para llevárselo. Lo último que vimos fueron nuestros nombres, lo último que sentimos fueron nuestros cuerpos. La lumbre nos consumió una a una y todas al mismo tiempo. Fuimos intento, metáfora, memoria.

 

Carlos Flores

Carlos Flores