Obra gráfica de Alejandro Barretto

Mondadientes S. A., una historia de amor | Mercedes Álvarez

Andrés Radovitz siempre había querido tener una editorial, pero nunca había encontrado el momento oportuno para abrir una. De modo que en las vísperas de su cuadragésimo cumpleaños decidió emprender la aventura de su vida y fundar Ediciones Mondadientes, S.A., destinada a publicar todo aquello que Mondadori, S.A., desechara publicar.

Claro que los comienzos no fueron simples. Para alguien con amor por los libros, pero sin experiencia en edición, fundar una editorial desde cero, por pequeña que sea, no es una tarea fácil. Andrés se entrevistó con editores, escritores de diversos tipos, libreros, economistas y hasta vendedores de diarios. La opinión fue unánime: todos, sin excepción, le aconsejaron no abrir Mondadientes, S.A. “Es una empresa destinada al fracaso”, le dijo un reconocido escritor de moda. “Un delirio”, le dijo un librero amigo. “En mi vida había oído una idea tan estúpida”, le dijo, mientras encendía su décimo cigarrillo, un poeta poco conocido, cuyo último libro había sido publicado en 1988.

Este último, Guillermo Francoforte, fue el que en definitiva le dio la idea: una editorial para fracasados. Un hermoso lugar donde todos los estragados y pisoteados del mundo literario pudieran ir a llorar sus penas y llevar sus libros no editados. Una editorial de calidad, hecha de perdedores y para perdedores. Gente resentida pero con talento, como Guillermo Francoforte, quien se convertiría en su primer proyecto de libro.

Mondadientes, S. A., abrió sus puertas en enero de 2009, inmediatamente después de las fiestas y en medio de un calor infernal. Era 3 de enero cuando Andrés Radovitz decidió levantar el teléfono para llamar a Guillermo Francoforte. En la oficina que había alquilado, donde había puesto los retratos de un par de ilustres desconocidos fracasados –escritores apenas recordados en el medio, cuyas obras Dios y los gorriones y La máquina de procrear habían visto la luz en librerías quince días para pasar a mesa de saldos casi inmediatamente–, giraba con lentitud un ventilador de techo.

Radovitz sudaba cuando levantó el teléfono. Le contestó una voz aguardentosa, seguida de una ligera tos:

Diga.

¿Guillermo?

Sí, quién habla.

Guillermo, querido, felices fiestas.

Silencio.

Espero que lo hayas pasado bien –siguió Radovitz, haciendo caso omiso de la total falta de respuesta–. Te llamo desde mi oficina.

¿Qué oficina? ¿La compañía de seguros?

¿Qué? No, no, lo dejé. Me fui y abrí…

No me digas que abriste la editorial.

Sí, Guillermo, Mondadientes, S. A. Por ahora estoy solo acá, pero pronto…

Francoforte tosió.

Bueno, y qué –dijo–. ¿Qué tengo yo que ver con esto? De paso, te felicito. Brindo por un proyecto destinado al más hermoso y noble de los fracasos.

Cómo sos, che –se rió Radovitz–. Oíme: yo quiero que vos seas mi primer autor. ¿No tenías ese libro, los poemas..?

¿Cuáles? ¿La intimidad del hueso?

Esos.

Bueno, sí… –murmuró Francoforte, que empezaba a mostrarse ligeramente interesado.

Perfecto, perfecto. Estuve revisando cosas, armando modelos de contrato… para mí sería un honor que La intimidad del hueso fuera el primer libro de Mondadientes.

Dejame pensarlo –dijo Francoforte, en tono seco.

Pensalo, pensalo. Mientras pasate por acá. Venís, tomamos un café, charlamos… no perdés nada. Pleno enero, viste cómo es. El trabajo duro va a empezar en marzo. Por mail te paso dirección.

Radovitz no le dio tiempo a más. Cortó el teléfono, abrió la computadora y le mandó el mail a su primer escritor frustrado. Estaba feliz.

Había oído mucho, en sus andanzas como lector por el mundo literario, en las presentaciones, en los cocteles, que la edición ya no era lo que en el pasado. Que los editores no se tomaban el tiempo para leer, corregir, para hacer sugerencias, para hablar con los autores. Él iba a ser uno de esos editores del pasado, uno que no estuviera preocupado por el negocio o desbordado de trabajo como para no poder leer originales y dar devoluciones.

Ese día abrió también una página de Facebook y puso una breve nota: Editorial Mondadientes busca originales: poesía, ensayo, narrativa. Requisito: haber sido rechazado por la Editorial Mondadori.

Cerró la oficina a las cinco y se fue a su casa a descansar un rato.

Radovitz había sido corredor de seguros hasta hacía muy poco tiempo. Era un trabajo que hacía bien y que le daba beneficios, pero durante los casi quince años en que había llevado a cabo esa tarea se había sentido profundamente infeliz. Lo consolaba llegar a su casa, tocar los lomos de los libros y elegir uno para leer. Ampliar sus conocimientos sobre autores, indagar, ir a presentaciones. En el medio literario pronto pasó a ser conocido como “el boludo de los seguros”, y rara vez se perdía algún acontecimiento destacado. Si había una lectura de poesía, Radovitz estaba; si se presentaba un libro de ensayos, iba; si había una mesa de periodismo narrativo, se presentaba puntual y ocupaba las primeras filas. En definitiva, la verdad sea dicha, era el mejor lector de muchos de sus contemporáneos.

Lamentablemente su afición no era compartida por su novia, María Teresa Rusigo, con la que llevaban, juntos, desde los tiempos de la secundaria. Habían empezado a salir durante el viaje de egresados, y después la relación había continuado, sin ningún atisbo de que María Teresa quisiera casarse o vivir con él, o que Andrés diera algún paso en el mismo sentido. De hijos no habían hablado jamás. El noviazgo de Andrés y Teresa era una continuación del noviazgo adolescente, del que muchos se burlaban pero que en el fondo era secretamente envidiado. Se amaban. Se habían ayudado mutuamente en todas y cada una de sus mudanzas, pero nunca habían incursionado en otros planos que no fueran el de las visitas a las casas, el cine, las salidas a restaurantes o con amigos.

Parecía una relación interminable y perfecta, salvo por el detalle de la nula afición de ella por los libros. Fue así que cuando Radovitz decidió abandonar su trabajo para ser editor, María Teresa vio amenazada la integridad de la pareja y lo dejó en ese mismo instante. Él le devolvió unas bombachas y un camisón que guardaba en uno de sus cajones, y entre lágrimas le regaló un libro de poemas de Idea Vilariño. “Ya no será. Ya no”, le dijo en un mail que le mandó dos días después.

Sin embargo, pasado un par de meses de la ruptura, se dio cuenta de que no se encontraba tan mal. Al fin y al cabo, María Teresa bostezaba cuando él le hablaba de Pessoa, y cuando le había propuesto ver Silvia Plath, una biografía, pensando que ella se identificaría con el lugar de la mujer oprimida, se había dormido a mitad de película. Tampoco compartía tanto con María Teresa. Y más lo reflexionaba, más se hacía evidente: Teresa era una buena mujer para un corredor de seguros, pero no para un editor. Lo que él necesitaba ahora era una poeta, una escritora, alguien con quien compartir la sublime afición de la literatura.

Así que puso manos a la obra y empezó a aproximarse a diversas mujeres en distintas presentaciones de libros. Tuvo un par de citas –Andrés era un hombre bastante apuesto–, hizo el amor con algunas mujeres, una de ellas escandalosamente borracha, y finalmente conoció a Raquel Rismondi, una chica de unos 30 años, con el mismo amor por la literatura que él, que trabajaba en una fundación de promoción de la lectura. No era poeta, pero le gustaba la poesía, y la idea de la editorial le pareció “divina”.

Así que ahora Radovitz era un hombre nuevo: nueva novia, nuevo trabajo, nueva vida. Y decidió regalar una ociosa tarde de lunes para mantener una conversación con el escritor fracasado Guillermo Francoforte.

Francoforte apareció puntual –aunque borracho– a las cinco de la tarde de un lunes. Se había bañado y llevaba bajo el brazo La intimidad del hueso, original mecanografiado en 1989, de páginas ya algo ajadas aunque legibles.

Bueno –dijo sonriendo y mostrando sus dientes amarillos–, acá estamos.

Una alegría, de verdad –dijo Radovitz.

Bueno, vamos a ver.

Sentate –le ofreció.

Sirvió sendos vasos de agua y se dio a la tarea de oír al poeta, quien en seguida empezó a relatar sus desgracias: periplos por las editoriales, el horror de las alacenas vacías, el hijo al que nunca le pasó dinero, y finalmente, la confección, de 1987 a 1989, de La intimidad del hueso, según él su obra cumbre, que ningún editor había querido publicar, empezando por Mondadori.

¿Me permitís? –le preguntó Radovitz.

Con un gesto magnánimo, Francoforte le tendió las hojas cosidas por el lado izquierdo.

Radovitz abrió la primera hoja y empezó a leer.

Mmmm –dijo mientras se secaba la frente con un pañuelo de papel y tomaba un sorbo de agua.

¿Y? –preguntó Francoforte.

-Interesante, muy interesante. Tiene algo de Temperley, algo de Gianuzzi. Es bueno. Sin embargo, creo que habría que hacer retoques.

¿Retoques? ¿Qué tipo de retoques? –se interesó Francoforte.

Retoques… algunos encabalgamientos, algunas cositas, detalles de escansión.

Fueron dos años para escribir este libro, Radovitz. No sé de qué me hablás.

Comprendo, Guillermo, pero como vos comprenderás, hay que ver la cosa en más detalle. Este libro se terminó en 1989, hay que revisarlo. Fijate, miramos, volvemos a hablar…

Francoforte se retiró de la oficina de Radovitz bastante molesto ese día, pero ni bien llegó a su casa se puso a releer La intimidad del hueso. Lo reescribió entero esa misma noche, con furia de adolescente, odiando y amando a la vez, profundamente, a la poesía y a todo lo que representaba.

Mientras tanto, en cuanto Francoforte dejó la oficina, Radovitz empezó a revisar sus mensajes de Facebook. Resultó que los últimos días le habían llovido las propuestas de cientos de fracasados. Se agobió un poco. Se llevó las manos a la cabeza en un gesto contrariado. ¿Por dónde iba a empezar a responder a toda esa gente?

Esa misma noche habló con Raquel quien, comprensiva, se ofreció a ayudarlo unas horas al día como secretaria, después de su trabajo en la fundación.

Pero no puedo pagarte, Raquel –le dijo Andrés.

No hace falta –dijo ella–. Lo hago con gusto.

Él sonrió. Le acarició una mano. Le pareció grosero, pero no pudo evitar pensar lo bien que había hecho en no insistir con María Teresa.

Al día siguiente, Raquel y Radovitz empezaron a recibir a los escritores en reuniones pautadas. Las siguientes semanas fueron un desfile impresionante de llorosos, desairados, autores de un solo libro que habían dejado de escribir hacía mucho, que habían perdido su fe en la literatura pero querían publicar un libro que dormía en un cajón desde hacía décadas. A la mayor parte de ellos los había rechazado Mondadori, pero también Planeta, Alfaguara, Tusquets y un sinnúmero de pequeñas editoriales ignotas.

¿Qué hacer?

Radovitz parecía estar convirtiéndose peligrosamente en un psicólogo de escritores frustrados. El libro de Francoforte seguía sin convencerlo y ya iba por la tercera corrección, y otras cosas que le presentaban eran malas, horribles o indignas. Tenía que decidirse por una. El libro de Francoforte en su tercera corrección no era malo, pero tampoco lo que él quería. Porque lo que Radovitz deseaba era ser desempolvado en el futuro del barro de la historia como aquel que sin un peso, y sin saber, se había animado con singular valentía a publicar a los grandes olvidados de la literatura, aquellos rechazados por Mondadori que en el futuro serían los autores de culto de los que hablarían con admiración en las presentaciones de turno. No le importaba el dinero, ni el negocio. Radovitz era un patriota de la causa literaria.

Y empezaba a desesperar, y estuvo al borde de acudir a un psicólogo, a un médico o a un curandero, cuando un día apareció Malena Isola.

No la conoció en la editorial, no. Malena Isola llegó a su vida por un azar predestinado. Toda una lección de literatura.

Malena: qué nombre imposible de olvidar, luego de haberla visto. Nombre de tango, y así era ella: un personaje del tango, bella, frágil, voz de alondra.

Se la presentaron en un coctel, luego de una mesa redonda de escritores. Tenía 25 años y una novela inédita: Días en los bancos de las plazas de papel. La convenció de que se la enviara. Radovitz la leyó conteniendo el aliento. Lo que tenía entre manos era una obra maestra. Esa mujer hacía lo que nadie había hecho. Tenía reminiscencias de Lispector, pero no era, un toque kafkiano, pero no era kafkiana. Malena Isola era única en su género. Una diosa viva. Y la mujer de quien Radovitz se enamoró perdidamente por primera vez.

La invitó a la oficina en la mañana, cuando Raquel no estaba. Parecía un pájaro. Una golondrina, por ejemplo. Daban ganas de acurrucarla en los brazos y mecerla. Cambió unas pocas frases con ella. Era evidente que no tenía la menor idea de lo que había escrito. Radovitz tampoco se lo dijo.

Es muy buena –murmuró–. Muy buena. Pero yo no puedo publicarla, te imaginarás. Sólo publico lo que Mondadori rechaza.

Claro –dijo ella.

Y después, una frase lapidaria, monumental, insondable:

Yo no quiero publicar.

Él la miró asombrado.

-No todavía – sonrió ella. Y se mordió una uña.

Radovitz mentía, claro. En su cabeza solo vibraba una cosa. Publicarla. Publicar Días en los bancos de las plazas de papel. Una novela irrechazada, simplemente porque nunca había sido mandada, porque era irrechazable. Publicar a esa mujer que tenía todo para ser un best seller clásico, un libro imperecedero. Publicarla en Mondadientes, a ella que podía ser publicada en Mondadori.

¿Pero podía Radovitz resistirse a esa mujer y a su libro? A la mujer no, porque al segundo día que la vio, “de paso por el barrio”, sin más explicaciones, la sentó en su escritorio, la besó e hicieron el amor ahí mismo, sobre la mesa de la oficina.

Pasar a la historia con el libro de Malena Isola, y con ella del brazo. Elena Garro a la sombre de Octavio Paz. ¿Quién era él para hacerle eso a Malena? Lo carcomía su mala conciencia.

A medida que los encuentros con Malena se hicieron más frecuentes dejó de recibir escritores. Pasó a ignorar los llamados de Francoforte y de Raquel, quien lo dejó al poco tiempo.

Pudo haber sido una linda historia de amor –le dijo ella.

Ya no será –le dijo él–. Ya no.

Malena pasó a ocupar toda su vida. Se mudó con él al mes de estar juntos, y se levantaban juntos, se duchaban juntos, hacían todo juntos menos cuando ella escribía, sentada con la computadora sobre el inodoro, porque decía que era ahí donde más intimidad tenía, y él le pedía después leer lo que había hecho y ella le mostraba impávida las cosas más maravillosas jamás escritas en lengua española, y él callaba y se las devolvía en silencio, sin decir una sola palabra.

¿Te gustó?

Es bueno –decía él.

Un nuevo sentimiento se apoderó del alma de Radovitz, algo que nunca había experimentado antes frente a ningún escritor: la envidia. La conciencia le remordía. ¿Cómo podía sentir envidia de alguien a quien amaba tanto? Pero así era.

Se la pasaba oyendo el tipeo de la computadora de Malena desde el baño, mientras él leía en el living, y se imaginaba qué páginas maravillosas le daría a leer después. A veces, cuando el insomnio lo mantenía en vela, miraba el rostro impávido de su mujer, que dormía sin inmutarse, y se preguntaba qué textos estaría generando en sueños su cabeza. ¿De dónde le venía el talento? ¿Qué concatenación de neuronas, de sangre y de cromosomas la habían llevado a ser quien era? Hubiera dado cualquier cosa por poder entrar en el recinto secreto de su alma y robarle aquello que le provocaba la genialidad, tanto más inasible por cuanto Malena era una mujer como cualquier otra. No tenía ningún gusto extraño. Nada del mundo le era ajeno. Comentaba las noticias, hacía las compras, lavaba ropa. No gastaba mucho dinero pero de vez en cuando se compraba un perfume o un vestido.

Otras veces, cuando ella no estaba, se ponía a revisar sus textos, leía y releía las páginas, pero eran lo mismo que ella le daba a leer a él. No había sorpresas; no le ocultaba nada.

Había intentado adivinar la clave de su mail únicamente para saber si comentaba sus textos con otras personas, si los enviaba en secreto a editores. Porque, ¿cómo podía ser que ella no quisiera publicar? ¿Era verdad que Malena no se daba cuenta de su talento? ¿Era la mejor actriz del mundo?

Cada día lo asaltaban dudas nuevas, nuevas envidias. Rastreaba en la cotidianeidad compartida las cosas que ella podía sacar de allí para inspirarse en lo que hacía, pero no había más que indicios escuálidos, pálidas líneas que podría haber dicho un verdulero o un barrendero. Sin embargo ella las resignificaba por completo. Todo lo que hacía rozaba la línea de lo fantástico y a la vez no lo era, y cada nuevo texto lo dejaba sumido cada vez más en la incógnita y ahondaba un poco más en la envidia que sentía y que era omnipresente, inabarcable.

Empezó a soñar que la mataba, que hacía pedazos su cuerpo, que abría su cráneo de pájaro para extraerle el cerebro y lo miraba y lo miraba. Un día estuvo a punto de agarrar un cuchillo, amenazarla, pedirle a gritos que le contara realmente quién era ella. En vez de eso le hizo el amor con rabia y, cuando terminó, estuvo a punto de ponerse a llorar.

Sin embargo, aunque parezca contradictorio, cada día que pasaba la amaba más. Amaba su sombra en la puerta cuando hacía una pausa, como siempre, antes de entrar a la casa, y la manera en que le tocaba el pelo y le susurraba al oído. Y amaba, claro, con un amor envenenado y ciego, todos y cada uno de sus textos.

La escalada de celos tuvo su punto máximo un día en que se levantó muy temprano en la mañana y se vio a sí mismo mirándola dormir con un almohadón en la mano, presto a apretarlo sin piedad sobre la cara de su mujer. ¿De verdad tenía el deseo de ahogarla? ¿En qué clase de monstruo se había convertido?

Ese día decidió que tenía que parar el delirio.

Así que puede decirse que fue la envidia lo que lo llevó a escribir, casi porque no le quedaba otra solución para no convertirse en un asesino.

Como Malena, comenzó a sentarse, no sobre el inodoro, porque lo ocupaba ella, sino sobre una silla en la cocina, y sin pensarlo demasiado empezó a llenar las páginas de los cuadernos. Le salieron borradores farragosos, horribles, nefastos. Pero Radovitz era un lector, un lector voraz, un hombre que había pasado su vida diseccionando libros. No se rindió. Le pidió ayuda a Malena. Ella leyó, sugirió. Él se empeñó.

Dejó la editorial, la oficina que había alquilado (al fin y al cabo era lo mismo llevar Mondadientes desde su casa), y empezó a escribir a un ritmo de locos, siempre bajo la atenta supervisión de Malena.

¡Cómo la odiaba y admiraba al mismo tiempo cuando le señalaba sus errores, cuando le hablaba del estilo, de la construcción del personaje! Pero el trabajo compartido, y su propio trabajo, lo ayudaban a calmar el espíritu.

Malena escribía ahora su segunda novela. Andrés estaba como poseído. Tan poseído estaba que casi seis meses después le mostró a Malena el original corregido de Poseidón no era un monstruo. Ella festejó el esfuerzo. Esa noche compró champán e hicieron una cena de muchos platos para celebrar. Hablaron de literatura, de las vidas de escritores como ellos, contaron anécdotas de Borges y Bioy. Malena citó algunas frases de Duras y sentenció que nadie podía negarle el talento, pero que no la soportaba.

¿Y tu novela? –le preguntó de pronto Andrés–. ¿Cómo va?

Terminada –dijo ella.

Radovitz levantó su copa de champán.

Eso también lo estamos festejando, entonces –dijo.

Chocaron los vasos. Esa noche Andrés se metió en la cama y leyó los diez primeros capítulos de Todas las vidas. Cuando terminó, Malena estaba dormida. Él apagó la luz y parpadeó en la oscuridad. Creyó, por un momento, que la envidia lo iba matar de un infarto. Malena se movió en la cama y murmuró con voz de dormida:

¿Qué te pareció? –dijo.

Te felicito –fueron las únicas palabras de Radovitz.

Al día siguiente, mientras tomaban el café, le dio alguna que otra precisión más. Ella sonrió y se mordió una uña.

Terminado el libro sobrevino otra pregunta: ¿dónde iba a publicar Radovitz Poseidón no era un monstruo? Decidió que lo mejor sería seguir el camino natural de las cosas, así que la semana siguiente encaminó sus pasos hacia la editorial Mondadori, S. A. Lo atendió una secretaria muy simpática, levemente parecida a Raquel, quien recibió el sobre papel madera con una amplia sonrisa. Le dijo que la respuesta llegaría en aproximadamente tres meses. Radovitz esperó esos tres meses con permanentes sobresaltos de angustia, preso de su envidia, que era apenas un poco menos agobiante pero que persistía, como el reuma, como un dolor de muelas. Un día llegó un mail: “A pesar de las innegables cualidades literarias, Mondadori no considera que esta obra se ajuste a la línea de su catálogo. Le agradecemos la confianza que ha depositado en nosotros, blabla.” Radovitz se vio así, de pronto, en la horrible encrucijada: era un autor rechazado por Mondadori.

Era hora de reabrir Mondadientes.

Poseidón no era un monstruo se editó con los ahorros que le quedaban de su época de corredor de seguros. A la presentación no fue, como es natural, ninguno de los autores que había solicitado ser publicado en Mondadientes, S. A., pero sí algunos escritores publicados por Mondadori y gente de la compañía de seguros. Las palabras estuvieron a cargo de Julio Ramos, un ensayista, y de Guillermo Francoforte, quien por alguna extraña razón todavía tenía esperanzas de ver publicado La intimidad del hueso en la editorial de Radovitz.

El libro tuvo un éxito moderado. Hubo algunas críticas positivas en los suplementos de cultura. Críticas irrelevantes, que sin embargo desvelaron a Radovitz por meses. Cada periodista que señalaba un defecto lo obligaba a revisar una y otra vez su primer libro, de manera que terminó por quedar completamente estancado en Poseidón no era un monstruo y nunca más pudo escribir otra cosa.

Por deferencia a Francoforte, a quien después de todo le tenía cariño, Radovitz publicó La intimidad del hueso en Mondadientes, S. A. El libro fue bien recibido por los poetas locales, y Francoforte volvió por un tiempo a los ruedos de las lecturas de poesía, de los que por fin se aburrió y luego salió, definitivamente, calificando a los escritores de turno, en una mítica noche de copas, como “sanguinarios bastardos comemierda”. Hoy en día, Francoforte es, por desgracia, más conocido por estas tres palabras que se le atribuyen que por sus tres libros de poesía.

Mondadientes cerró dos meses después del incidente.

En cuanto a Malena, le anunció un día muy alegre que estaba embarazada. Los dos festejaron la noticia con copas de champán esa misma noche e hicieron planes sobre el futuro próximo. Luego su panza empezó a crecer y ella siguió escribiendo, sentada en el inodoro, hasta que le llegó la hora de parir.

Ya con el hijo en la casa, dejó de escribir un tiempo, pero cuando el niño empezó a ir al jardín volvió a los viejos hábitos del inodoro. Para ese entonces Radovitz había tenido que retomar su trabajo en la compañía de seguros y la envidia que sentía por su mujer se había ido atenuando poco a poco, en parte por el fracaso de Poseidón no era un monstruo, en parte por la falta de dinero que lo obligaba a pensar más en los seguros que en la escritura.

Malena terminó su tercera novela, Memoria de las plazas en llamas. De manera que lo que había empezado con Días en los bancos de las plazas de papel era ahora una trilogía, y una mañana soleada de verano se puso su mejor vestido y se fue a Mondadori con sus tres novelas juntas en un sobre papel madera.

No se lo dijo a Radovitz ni a nadie. Mandó su obra y se olvidó por un tiempo de la escritura. Se puso a leer poesía, ensayo, cuento, y a llevar a su hijo a la plaza cada vez que se lo pedía. Parecía liberada, feliz.

Ya dije todo lo que tenía para decir –le dijo a Radovitz un día.

Tres meses después recibió un mail: “Su obra es admirable. Sin embargo, comprenderá que para los tiempos que corren es imposible publicar algo tan largo. Le sugerimos acortar las novelas, blabla.” Indignada, Malena respondió al mail con la explicación de que la trilogía era indivisible, que la obra, que sumaba setecientas páginas, debía ser publicada completa y en un solo tomo para que tuviera sentido. Y que de ningún modo podían pedirle que mutilara su propio trabajo.

De vuelta, recibió un mail donde Mondadori sugería publicar Días en los bancos de las plazas de papel únicamente, y una vez medido el impacto en el público, evaluar la publicación de las dos siguientes novelas.

Malena respondió diciendo que no le interesaba el público sino los lectores, y que publicaran la trilogía o nada. Mondadori respondió que sintiéndolo mucho no podrían arriesgarse.

Malena pasó por un par de días horribles entre la furia y la desesperación contenidas. Después guardó las copias que Mondadori le devolvió en una caja forrada de tela, y allí quedaron hasta el día de su muerte.

Radovitz y Malena Isola fueron un matrimonio feliz en los libros y en la vida.

Lo que hoy conocemos como “La trilogía de la desolación”, publicada por Mondadientes, S.R.L, es fruto de los esfuerzos de Pedro Radovitz por dar a conocer la magnífica obra de Malena Isola, hoy una autora de culto, quien por el momento sólo goza de prestigio dentro de ciertos círculos literarios selectos.

Obra gráfica de Alejandro Barretto

Obra gráfica de Alejandro Barretto