Grupo Mira

Meteórica | Eduardo Sabugal

 

Siempre el miedo, porque no se había ido nunca, desde aquel lejano 5 de mayo de una infancia nunca olvidada. A sus siete años el mundo era una inmensidad inofensiva, pero después de aquel día ya el miedo se le había alojado en el cuerpo para no dejarla. La bicicleta, atorada con la enorme raíz de un árbol, había hecho que ella saliera disparada violentamente contra el asfalto de la calle. De milagro había metido las manos, eso le dijeron, pero ella sentía un horrible dolor en la mano izquierda. Aún después, con la sangre escurriendo por su muñeca izquierda, sentada en el taburete del médico, ante la curación meticulosa que éste hacía, escuchó la frase que hacía hincapié en el milagro que había significado alcanzar a meter las manos. Ella odió la frase porque le parecía estúpido que un milagro hubiera permitido que ella se encajara profundamente varias piedras en la palma de la mano. Conserva algunas imágenes de aquella mañana de mayo, el manubrio de la bicicleta del que pendían tiras de plástico, una calle con baches, un grueso tronco, peligroso como un muro de contención. Y recuerda el dolor, la terrible punzada que trepó por su cuerpo cuando el doctor le lavó con alcohol. Recuerda haber intentado evitar el llanto, por coraje y por no sentirse débil. La sensación de miles de lágrimas a punto de salir, atrapadas en el cristal de sus ojos. Recuerda al doctor con unas pinzas removiendo piedritas y vidrios incrustados en su mano, que exhibía una dermis completamente ensangrentada, en carne viva, una planicie como de un desierto rojo que se llenó de burbujas blancas cuando le vertieron un chorro de agua oxigenada. El miedo, siempre, como cuando se dio cuenta, tres años después, de que aún conservaba una piedra dentro de su mano, guardada ahí bajo la piel, como una antigua joya enterrada. No supo entonces si decirle a sus padres. Decidió mantenerlo en secreto, no quería nuevamente sentir el dolor y las tenazas hurgando en su mano. Ella había descubierto aquella piedrita enterrada por accidente, mientras jugaba con otra niña a leer las palmas de las manos, como gitanas. ¿Y esto? Había preguntado la otra niña sorprendida. No sé, una piedra, dijo ella como si ya supiera de su existencia desde hace mucho tiempo, aunque eso fuera mentira. Recordó entonces sus siete años y la estatura que ella tenía entonces y de cómo miraba las cosas, y repitió en su mente aquel accidente en bicicleta. El miedo era como ese intruso objeto mineral que habitaba su piel. Cuando se ponía nerviosa se tocaba la mano hasta dar con eso, sin saber por qué o para qué, casi por instinto. Así se había frotado las manos sudorosas el día que el muchacho que le gustaba la besó por primera vez. Y después muchas otras veces. Palpar la piedra y experimentar el miedo, sincrónicamente, como si activara un botón secreto. En la prepa, cuando supo que se cambiaría de ciudad irremediablemente y cuando murió su abuelo, cuando se graduó como diseñadora, cuando le dijeron que no le darían la visa, y cuando en una entrevista de trabajo le preguntaron si tenía tatuajes. La fecha tampoco la olvidaba y por eso el día que fue a ver a su hermano marchar al desfile cívico-militar que siempre se hacía en su ciudad en esa fecha, en honor a la batalla del 5 de mayo, no pudo dejar de sentir miedo, pues ese día su hermano le presentaría a un amigo, un francés del que meses después se enamoraría. Eso había confirmado que ella relacionara siempre las emociones intensas o desconocidas con el miedo. Ambos miraron a su hermano desfilar y aunque se acababan de conocer platicaron animadamente muy juntos, sentados de forma apretada en las gradas colocadas en la banqueta. No había podido dejar de pensar en Hiroshima mon amour, y aunque no estaban en una ciudad japonesa sino en Puebla, en pleno Boulevard 5 de Mayo, no pudo evitar sentirse una Emmanuelle Riva corriendo en la multitud, entre banderas y cristales lumínicos. Y las lágrimas detrás de los ojos y la piedra detrás de la palma regresaron cuando el extranjero le acarició la muñeca izquierda. Y ella pensaba en las cicatrices del miedo, en los fotogramas de la película de Resnais vista en la Cineteca Nacional días después también con aquel hombre y también en sus propias bombas atómicas, en las alarmas antinucleares de la psique. No quería pensar demasiado en aquel hombre, ni enamorarse, y lo consiguió. El miedo había hecho su efecto, como siempre. Dejó de verlo de golpe, sin explicación alguna, alegando seguridad y tranquilidad interior. Eligió trabajar como tipógrafa y eligió también la soledad, que a ratos le hacía sentirse libre y completa. Había leído en el Tao Te King que todo cuanto se encontraba en el cielo tenía un origen común, y que era bueno bloquear todos los pasajes y cerrar todas las puertas, pero de pronto el miedo ya no era del tamaño de la piedrita en la mano izquierda sino uno mucho mayor que crecía quién sabe dónde. El nulo interés por la tipografía en el tercer mundo, y algunos apuros económicos, la habían obligado a desembocar en un trabajo de preprensa, que consistía las más de las veces en verificar el diseño de cajas de cartón. Por sus ojos pasaban cajas de todo tipo, contenedores de dulces y chocolates, de medicinas, de pastas, de juguetes, de ropa, de jabones, de talavera de exportación. Las cajas tenían líneas punteadas que marcaban los dobleces adecuados, líneas de doblez y de corte. A ella se le ocurría que ese plegado simétrico era metáfora de otro plegado, invisible, acaso cósmico. ¿En qué caja estaba ella metida? Y esa caja dentro de qué otra caja, y así hasta el infinito. La idea de las cajas chinas, contenedores contenidos, no le parecía una abstracción filosófica sino una cosa muy real, palpable como la piedra dentro de su cuerpo. Otro 5 de mayo, se quedó mirando desde su balcón el paisaje de la ciudad, a lo lejos se escuchaba el maullido de un gato, que ella bautizó, aun sin conocerlo, como Plutón. Intentó llamarlo sin mucho éxito, con maullidos humanos. A ella le gustaban mucho los felinos y se imaginaba la vida de Plutón, que probablemente vivía de comer desperdicios en el mercado Zapata, o de algunos restos de comida que la gente que visitaba la laguna arrojaba a los patos. Ese día disfrutaba del día festivo, no había ido a trabajar y había procurado no salir de su casa. Debido al desfile, habría un montón de calles cerradas. Era mejor no moverse de ahí para evitar aglomeraciones. También era el primer 5 de mayo que no asistía al desfile a ver marchar a su hermano. Su hermano que, desde que el gobierno había iniciado una guerra estúpida y sin cuartel contra el narcotráfico, había dejado de ver, pues hacía mucho tiempo que no pisaba Puebla. Al carajo aquel desfile, pensó. Desde un tercer piso contemplaba la dermis acuática de una laguna que estaba cerca del edificio donde ella vivía. La fecha le recordaba al extranjero que había conocido, ese recuerdo le provocaba una leve punzada en el pecho. Pensó que quizá la soledad también se convertiría poco a poco en otra piedra, como la del miedo, pero alojada en el pecho. Se miró la mano, tocó la piedra, pensó que aún podría operarse y extraerla, extirparse el miedo. Quizá ya era hora. Se imaginó la famosa pintura del Bosco, La extracción de la piedra de la locura. La idea le pareció eruditamente ridícula y probable al mismo tiempo. Era estúpido. Después de todo, aquella piedra había vivido todos estos años ahí dentro y no le había causado ningún problema. No era momento para ir ahora con un doctor y decirle: sáqueme esta piedra que tengo incrustada aquí desde los siete años. Era para reírse. Se aguantó la risa, el aire pegaba con fuerza en el tercer piso. Aún acodada en el barandal del balcón –entre plantas que crecían desordenadas en macetas improvisadas se dejó despeinar por el viento–, miraba sin mirar hacia el vacío. El sonido del desfile llegaba lejano, en oleadas. Se había aguantado la risa, pero ahora había que aguantarse también el llanto: sin desearlo, súbitamente el carrusel de recuerdos había empezado su espiral enloquecido. ¿Había que aguantarse siempre todo? El hombre que había dejado ir le dolía en la memoria. Él le había mostrado hacía mucho, en un libro, aquella pintura del Bosco que estaba en el Museo del Prado y que ahora había recordado casi involuntariamente. Con él había visitado muchos museos de aquí. Recordó también de improviso aquella tarde en la que habían ido al Antiguo Palacio de Minería en la Ciudad de México. Ella había diseñado un cartel para una feria del libro, su trabajo había ganado el concurso y era el cartel oficial de aquella feria. Ahora recuerda su diseño, se podía ver una jaula abierta en la cabeza de una mujer, por donde volaban pájaros que eran letras y letras que eran pájaros, que guardaban un sincrónico parecido con los que ella se había tatuado en el abdomen. Una mujer con cabeza de jaula, ideas enjauladas, pájaros liberados, trazos, heridas, aleteos, acaso su vida meteórica era eso, había sido eso. Esa tarde, después de ver su cartel impreso en muchos tamaños y soportes entre pilas de libros, el gentío y el calor sofocante, se detuvo a contemplar una de las grandes piedras que estaban instaladas en el vestíbulo de aquel museo. Leyó la placa informativa, Meteorita Chupaderos I. Tenía una antigüedad de cincuenta mil años de vida y una cuarteadura en su pesado cuerpo de casi una pulgada, que amenazaba con desintegrarla próximamente en pedacitos. ¿Cuándo había caído en la Tierra aquella inmensa y hermosa piedra? ¿Acaso un 5 de mayo?, pensó con ironía. Tiempo después ella había leído que un investigador había propuesto aislar aquella pieza de los contaminantes infectos que seguramente pululaban sobre la calle Tacuba, y había sugerido ponerle una cubierta de acrílico para impedir que el polvo y el humo llegaran directamente a ella, sin privar al público de la posibilidad de admirarla. Pensó en la soledad de aquella meteorita expuesta, su extrañeza, su misterio, su belleza. Después salió abruptamente de esos recuerdos y pensó de nuevo en sí misma. ¿Por qué se había impuesto esa especie de condena a la soledad? ¿Qué caja invisible se había confeccionado para ella? ¿Quién había ideado esa caja? Los recuerdos eran espinas, y eran imágenes como vistas a través de una mirilla. Las heridas parecían marcar algo, como pequeñas líneas punteadas sobre el cartón o sobre la piel, como una cicatriz invisible, un tatuaje metafísico. El gato callejero apareció en su campo visual. Finalmente pudo verlo. El pobre animal corría perseguido por unos niños que le arrojaban piedras. Ella reaccionó violentamente y bajó decidida a regañar a los niños malcriados que torturaban al gato. Bajó los tres pisos rápidamente: no encontró a ninguno de los niños, pero ahí estaba Plutón, como esperándola. Se maullaron. Ella en cuclillas le llamó cariñosamente, impostando la voz. El animal, sigiloso, se fue acercando poco a poco, intuyendo felinamente que esta vez habría caricias y no pedradas.

Esa noche, pensó casi en contra suya, no quería dormir sola, como siempre. Quizá no podía quitarse la piedra, pensó, pero sí el maldito miedo. Llamó por teléfono a un antiguo pretendiente, diseñador también. Ésta era su oportunidad, le dijo por teléfono. Lo invitó a cenar igual que a Plutón. Pinche 5 de mayo, dijo en voz alta, mientras el ruido de varios aviones militares surcaba el cielo. Se bañó y arregló. En el espejo se encontró atractiva y valiente. Pensó que podría salir a torear. Esperó a Ulises en el balcón, mirando a lo lejos la superficie acuática que temblaba ligeramente en la laguna. Por la noche se reflejaban algunas luces sobre el agua, y en noches con suerte, como ésta, se podía ver también el reflejo de la luna. Era la laguna de San Baltazar, claro, pero ella se la imaginaba a veces como la laguna Estigia, esa que Dante imaginó para los iracundos y los tristes. El tal Ulises, antiguo profesor de tipografía, llegó puntual a pesar de los cortes en avenidas y calles. La estrategia tendría que funcionar. Cenaron y platicaron animadamente. Él hizo bromas que a ella no la hicieron reír de verdad: algo sobre la expectativa que él tenía sobre una probable sopa de letras. Cosas así. Varias veces, durante la cena, mientras miraba el rostro de aquel hombre, tuvo que reprimirse las ganas de tocarse la piedra del miedo. Tomaron tequila, mucho. Eso ayudó. Ella había previsto, como postre, helado de chocolate con menta, pero el deseo que ambos sentían no dio tiempo a más. Después de cenar y acabarse el último caballito, se besaron y acariciaron desesperadamente, ahí mismo en la mesa de la cocina. Después ella lo condujo a su cuarto. No se desnudaron ritualmente sino como dos sedientos de desnudez. Él había pedido que le mostrara su tatuaje, una pluma y unas aves que volaban quién sabe a dónde, que él besó detenidamente en el abdomen. Después los besos habían subido poco a poco por el cuerpo. Él jugó con la lengua sobre esa piel blanquísima y suave, hasta llegar a los senos y besar los pezones, que parecían dos diminutos planetas en una carta astral. Hicieron el amor, una, dos veces. Los maullidos de Plutón en el cubo de la escalera se mezclaban con los sonidos de la noche insomne que aún parecía sonámbula a causa del desfile. Ella sonreía, desnuda y liberada, acostada boca arriba junto al invitado también desnudo, pensando que esta vez sí había logrado extirparse el miedo. Pasó un tiempo así, respirando pausadamente, recuperando su ritmo habitual podía escuchar el latido de su corazón. Giró ligeramente sobre su costado y observó el cuerpo del hombre que yacía a su lado, identificó una constelación de lunares en el hombro derecho de Ulises. Sólo había que unir los puntos para ver el dibujo completo. Pensó en decírselo pero él parecía dormir o estar a punto de hacerlo. Prefirió no interrumpir el silencio de la madrugada. Se levantó de la cama. Desnuda, se detuvo ante el espejo del pasillo. Aun en la oscuridad se reconoció en ese reflejo como de estanque: su desnudez parecía otra. Algo parecía haberse cumplido, como en un milagro. Caminó hasta el garrafón de agua que se encontraba en la cocina. Pensó que debería servirle agua a Plutón también. El agua del garrafón se seguía moviendo inexplicablemente. A lo lejos le pareció escuchar un avión supersónico, como los que había escuchado en la tarde, quizás un jet, sólo que esta vez el ruido iba creciendo cada vez más. Intrigada, miró por la ventana hacia la laguna. El ruido ensordecedor coincidió con una luz que iluminó de golpe el agua, los árboles y los edificios, como si fueran las doce del día. El agua de la laguna parecía que se iba inexplicablemente hacia abajo, en un remolino que conducía todo hacia el interior de la Tierra. Un sol abrupto y violento hacía vibrar las cosas en una claridad apocalíptica. Los vidrios de las ventanas saltaron. Antes de que el piso también cediera, ella pensó en su piedra, ese pequeño asteroide incrustado en la palma de su mano gitana. No pudo sentir miedo. No le dio tiempo de sentir nada, pero todavía alcanzó a pensar, en un parpadeo, en la palabra meteorito brillando en la edad sol. Después todo fue una profunda y serena oscuridad. Todo se hizo nada.

 

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