maria-van-rysselberghe

Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

(4 de 4)

Traducción de Armando Pinto

 

  1. Pierre regresó temprano esta mañana; con él las entrevistas se traman de inmediato, sin preámbulos. Leyó extractos de un gran artículo aparecido hace unos diez días en Pravda; artículo no sólo duro para Gide, sino que parece negar todo lo que él reprocha a la urss. Pierre agrega: “Esta defensa es lamentable, grotesca, y eso va a permitirme tomar una posición clara en mi artículo: que uno no siga a Gide en su conclusión, pase, pero que uno niegue lo que ha visto, eso no”. Está también muy perturbado por la nueva actitud de la urss, esta adhesión espontánea al proyecto de mediación anglo-francesa. Cree que los rusos sabotean la Revolución española. Gide tiene un día muy cargado –vista a Rivet para el joven Queneau–, salida con Catherine (a ver no sé qué exposición) y a las seis visita a Magdeleine Paz, a la que asiste Pierre. Salen de ahí sin haberla encontrado de interés; en el fondo, ella no viene sino para tener una entrevista con Gide para Le Populaire. Después de la comida, conversación sobre las mismas cuestiones palpitantes. Creo que después de la nueva actitud adoptada por la urss el deseo de Pierre de retornar a España se ha derrumbado (él habría sido corresponsal en España para el asunto de la propaganda). Gide muestra un montón de cartas interesantes; una le dice a Gide: “Usted ha ayudado a liberar a algunas víctimas de Hitler, considere a todas aquellas que gimen en los campos de concentración de la Rusia soviética”. Lo que hace decir a Pierre con un tono amargo: “Cree usted, Gide, que será en la prisión dónde encontraremos a nuestros verdaderos hermanos?”

 

  1. Gide y Pierre le hacen una visita a Clara Malraux, cuya pequeña hija está enferma. Encuentran ahí a uno de los pilotos de Malraux, hombre confiable. Él les dice, en suma, que la mediación propuesta por Francia e Inglaterra es bien vista entre los gubernamentales; que en ese momento la ventaja es de ellos, un ajuste de cuentas llegará en buen momento. Por consiguiente la maniobra de la urss, cualesquiera que sean sus desventajas, no son nefastas para el partido revolucionario. Y Pierre vuelve a soñar en partir para España.

 

  1. Esta mañana, en el desayuno que Gide viene a tomar en mi casa, me habla largamente de la posibilidad de tomar a Pierre como secretario después de su estancia en Suiza. Pierre como secretario, al menos mientras le preocupe aún la cuestión política. Pretende que Pierre le hace bien, que se siente respaldado por su lucidez y su espíritu decidido. “Evidentemente –dice él–, es delicado introducir en nuestra armonía un instrumento tan excitante; es un primer violín de un sonido muy particular, y además el menor desacuerdo podría tener repercusiones en todos nosotros. Lo tranquilizador es que Herbart es, por definición, un ser que no se incrusta, que no soporta ninguna atadura, que por lo tanto sería sólo momentánea… Ver… reflexionar”. ¡Consuela comprobar que entre nosotros, en verdad, podamos decirnos todo sin que nada altere nuestra confianza, nuestra amistad!

 

  1. Los Groet comieron con nosotros. La conversación, forzada, se vuelve tan banal que parece absurda. Además Gide compró ayer un giróscopo que muestra y hace funcionar con complacencia. Le encanta este género de juegos, que no afecta a los Groet; felizmente la presencia de Catherine lo hizo más natural. Se retira a buena hora, y Élisabeth también; Pierre y yo nos quedamos solos con los Groet. Pronto Alix no se puede contener y habla del famoso artículo del Pravda (del que nosotros no hemos tenido más que una traducción incompleta), que ella tiene la inconsciencia, o la estupidez, de declarar admirable, lo que desencadena una violenta protesta de Herbart que encuentra esa forma de defensa grotesca e inadmisible, y que además el Partido se conduce de una forma absurda, haciendo lo posible para apartar a Gide del comunismo, etc., etc. Y hasta las dos de la mañana no hubo más que una larga y terrible discusión en la que Alix fue tan fanática, tan obstinada como es imposible imaginar. Fue necesaria su visible angustia, su desconcierto, para tolerar todo lo que ella decía, atacando a Gide desde todos los ángulos, incluso por su dedicación a Dabit, afirmando cosas que él no sabía, y atacando a Pierre por no haber declarado que Gide no decía la verdad, y a mí, habiendo perdido por completo la cabeza, porque tenía una mala influencia sobre él. En cuanto a Groet, asustado por su violencia, despliega todos sus recursos para interferir en la discusión y hacer más defendible la posición desesperada de Alix. Eso fue conmovedor y algo irritante.

 

  1. Esta mañana Pierre y yo intentamos en vano contarle la velada a Gide, el diapasón de la escena es inenarrable y es evidentemente un reflejo de la actitud del partido.

 

  1. El expediente del Retour de l’urss crece cada día; yo soy la encargada de guardarlo y ya no sé dónde meterlo: tanto se ha hinchado. Schiffrin nos hace llegar por fin la traducción completa del artículo de Pravda, que además aparece en L’Humanité. La casa algo agitada por los preparativos del viaje de Bypeed y Catherine, y seguramente es él quien está más ingenuamente excitado: quiere llevarse un traje claro porque creyó oír que Catherine lleva un vestido blanco de lana y viene a mostrar amistosamente las compras que ha hecho: camisas de franela, patines, etc. Vemos su deseo de sentirse bien. Ha leído en el folleto publicitario del hotel de Caux que dan en esta época del año una fiesta de disfraces, y a escondidas de Catherine conspira para llevarle un traje, para que, si fuera necesario, no la tome por sorpresa y que nosotros combinamos lo mejor posible con mucho trabajo –un disfraz de príncipe persa para el cual no tenemos algunos elementos.

Pierre Naville viene de nuevo a rogarle que haga una gestión con Blum por Trotski a propósito de su desembarco. Como Gide sale mañana, Pierre propone encargarse, reemplazarlo simplemente, y en la comida Gide cuenta ingenuamente que ha compartido el asunto con… no sé quién. Pierre se enfurece y le hace graves reproches por esta necesidad que tiene de contar todo sin ninguna razón. “Se da cuenta de la situación en que me pone frente al partido si rehúso mezclarme, y Naville creerá que yo quise encargarme precisamente para hacer fracasar la cosa”. Él exagera visiblemente las posibles consecuencias de todo eso para asustar a Gide, para hacerle sentir el peligro de esa manía suya de contarlo todo. Gide, asustado, concede que estaba equivocado y hará todo lo posible para reparar su metedura de pata. Resulta tan conmovedor en su buena fe que uno no le pide más por el momento.

 

  1. Esperamos el regreso de Last, que ha obtenido una licencia, después de varios días; Gide duda si no retrasará más su viaje de un día. Tarde ajetreada: hacemos las valijas, los últimos encargos, y casi hasta el último momento leemos los diarios, discutimos los artículos. Por fin, a las 10 de la noche, parten contentos, apurados, pero Catherine con migraña y visiblemente fatigada. Comienzan por ir a Zurich, donde Gide quiere encontrarse con su amigo Strohl y con Thomas Mann. Nos alegramos de que justo en este momento tenga el placer de este pequeño viaje, pues evidentemente es un placer. Le dice a Catherine que está tan fatigado que, para comenzar, va a dormir durante tres días.

 

  1. ¡Y pensar que Jef Last llegó a París la mañana siguiente! Vino directamente a Vaneau, donde el portero le dijo simplemente que Gide había partido. Se fue con otros amigos, sólo en la tarde pensó en venir a Vaneau a informarse si todos estábamos allá. Colorado, hinchado, los rasgos como deformados por la fatiga y el aire libre, sacudido por una fuerte tos, vestido con un disparatado y burdo traje militar, resulta impresionante: ¡verdaderamente viene de la guerra! No cesa de hablar de la extraordinaria calidad humana de sus camaradas (él no está en la Legión Extranjera), de este ejército improvisado. ¡Con cuánto calor, con cuánta admiración habla de él! Pero habla también de la increíble incuria, la incuria criminal con la que está dirigida esta guerra… Tiene muy poca noción general sobre la verdadera marcha de las cosas, parece ignorar todo lo que no atañe a su sector. Por ejemplo, ¡nunca ha encontrado a un ruso! En suma, es él quien hace todas las preguntas. ¡Lo primero que leyó al regresar a Francia fue la segunda parte del artículo de Pravda reproducida en L’Humanité! Está indignado, asqueado, y quisiera decirlo. “Sin embargo –dice– en España es imposible, pensando en los combatientes, eliminar el prestigio de los rusos, que constituye la misma fuente, la única, de sus esperanzas”. Sus proyectos son vagos. Ya que Gide no está, va a ir a Holanda y Bélgica a una gira de conferencias en favor del Frente Popular español; después regresará a París. Tiene una licencia prolongable de veinticinco días. No ha leído todavía el libro de Gide; lo leerá esta noche que pasa en Vaneau. Olvidé contar que, en la mañana de su partida, Gide había asistido a la boda de Jules Romains y que regresó con una lamentable impresión reforzada de los Romains. Una impresión de vulgaridad.

 

  1. Yo dejé París el 27. Voy a pasar ocho días en Colpach para dormir hasta cansarme, yo también, y reponerme un poco en la calma. Regresaré a París el domingo 3, el mismo día que Gide y Catherine. No hemos tenido de ellos más que breves frases que no dejan adivinar nada de lo que están haciendo, sólo que a mitad de su estancia fueron a Villard.

 

parís, del 3 de enero al 2 de febrero de 1937

Bypeed y Catherine debían llegar el domingo 3 a las 11 de la noche, pero debido al regreso a clases todos los trenes estaban atestados, y no llegaron sino hasta la una de la mañana. No tuvimos de ellos más que la impresión de gentes desriñonadas y hambrientas.

 

  1. Catherine entrará a clases mañana martes: la veo cariñosa y encantadora con él, como de costumbre. “Mire que es incomprensible –dice él–. Ha vuelto bruscamente a ser como antes, pero durante todas las vacaciones estuvo hermética, casi hostil, realmente exasperante, con una actitud huidiza que me hacía rabiar. Estaba desesperado, no sabía qué más hacer, me sentía envejecer. ¡Ah, querida amiga, me parece que aún nos lo reprocha! ¡Cuánto he sentido su rechazo, que lo he visto y que me había parecido exagerado. He comprendido muchas cosas en sus modos de estos últimos tiempos, tal vez la impresión de que nos hemos vuelto inútiles con la vejez!” ¡Lo que dijo era exactamente lo que yo había experimentado! Esta confidencia inesperada nos alivió a los dos; reconocemos simplemente que comprobar que no estamos solos en el sufrimiento de esta curiosa oposición de Catherine nos quita mucha de la amargura que teníamos. No pienso más que en confortarlo después de este revés inmerecido. Ha debido ser horrible y además embarazoso. ¡Él que está habituado a tener éxito en las diversiones que ofrece, él que hace de ellas una fiesta! ¡Y justamente esta vez, esta primera vez con Catherine! Pues todo estuvo en contra, el tiempo, la clase de gente estirada que encontraron en Caux, etc., etc. Pero acabamos por decir palabras prudentes sobre la crisis que atraviesan los niños de esa edad, sobre la oscura y curiosa psicología infantil, sobre la paciencia que conviene tener, etc. Le digo: “¿No se reconoce un poco en esta actitud complicada que escapa a toda lógica? –No lo sé con certeza, pero comprendo solamente ahora lo que querían decir esas palabras que mi madre repetía todo el tiempo: ‘Escucha, pequeño mío, tú acabarás convirtiéndome en burro’. Yo pensé mucho en eso”. Se debe también a que no tiene ninguna costumbre de autoridad con Catherine y que ella debe sentir que ha hecho su conquista.

Él ha continuado recibiendo un correo enorme que hay que leer, clasificar. Hemos decidido hacer un segundo expediente, el del 37. Por la noche está ya tranquilo, nuestra presencia le hizo bien. Élisabeth parece decidida a tomar las riendas de Catherine de una manera firme, haciendo todas las observaciones para lo que ella sola tenga que hacer, algo imperceptible pero que sintamos nosotros también. Le cuenta a Pierre las historias de antes sobre Claudel, Péguy, Bloy, de Groux, todo un mundo del que Pierre sabe poco.

 

  1. Catherine ha regresado a la escuela. ¿Se da cuenta de algo? Imposible adivinarlo. La atmosfera ha vuelto a ser cálida, confiable.

Habiendo salido un poco antes de mediodía, regresa con un pequeño paquete. “Querida amiga, quería darle esta mañana unas flores; reconozco que reculé frente al absurdo precio de cuatro francos por un tulipán, ninguna otra me parecía lo suficientemente bonita, y las flores se han convertido… ¡en salchichas! ¡Son tan rosadas, tan frescas, tan apetitosas!”

Nos enteramos de que esta tarde, en la sala de la Mutualidad, habrá una gran conferencia sobre “el libro de André Gide”, y Pierre decide ir. Regresa muy tarde, todos nos hemos acostado.

 

  1. Esta mañana, Pierre nos cuenta que la conferencia fue muy inteligente, sin insultos aunque con pequeñas insidias que de cualquier modo caracterizan a los conferencistas. Herbart fue bruscamente atacado también (evidentemente denunciaron su presencia en la sala). Desprevenido, respondió que lo que pensaba sobre el libro de Gide lo había dicho en un artículo aparecido en Vendredi, y que por el momento no tenía nada que añadir. En su perorata, dado que Pierre no podía responderle, el conferencista agregó que el artículo de Herbart resultaba aún más aplastante para la urss que el libro de Gide, pues afirmaba que el socialismo no se había realizado todavía en la urss.

 

  1. Gide, todavía empañado por una noche agitada, está muy divertido esta mañana. Nos cuenta que durante la noche había tenido dos ataques de inspiración a los que pensó que tenía que ceder y que se puso a escribir; pero tenía frío y no resultó lo que esperaba. De todos modos tomó notas: reflexiones generales sobre las actitudes que adoptan frente a su libro, sobre la verdad que no se impone jamás por la fuerza. Todo eso más allá de consideraciones de partido, género “Páginas del diario”.

Por otro lado, Pierre insiste un poco en la necesidad, para Gide, si no precisamente de responder a los ataques, por menos de demostrar que no se deja jalar a la derecha porque se siente aprobado, y que no se aparta de ningún modo del interés que tiene por la clase trabajadora. De estos dos planos de reflexión muy apartados resulta cierto chapoteo que yo resumo diciendo que Gide me hace el efecto de intentar marchar con un pie a ras de suelo y otro en el cuarto piso. Me parece que debería, en primer lugar, mantenerse a ras del suelo si quiere responderle a aquellos que tienen derecho tal vez a esperar un signo de él. “Y después –agrega Gide– tomar rápidamente el ascensor, no volver a bajar y permanecer en el dominio del pensamiento, el único mío”.

 

  1. Pastel de Reyes. En el té, Bypeed es el rey y me escoge como reina. En la comida me trae flores, golosinas, una botella de Asti que parece sellar nuestra armonía.

Mientras Elisabeth y yo vamos al cine, un grupo de jóvenes de la revista Savoir viene a pedirle a Gide algunas palabras para su próximo número. Quieren mostrar que no piensan renegar de él. Se muestran tan simpáticos, dicen al mismo tiempo Gide y Pierre, que él las prometió, y esta mañana viene a leernos un pequeño texto para ellos. Lo difícil es escribir algo que no tenga el aspecto de una defensa. Sigue a continuación una divertida conversación sobre el estilo. Pierre se asombra de que Gide tenga el mismo para todo, que no pueda dejar de cuidarlo y que una frase esmerada pueda, por su rigor, consolarlo por un pensamiento del que no está absolutamente complacido. ¡Es sorprendente cómo él se deja criticar con elegancia! Yo me pongo a reprocharle que diga las cosas demasiado largamente y sobre todo en artículos demasiado cortos. Y todo acaba en regocijo.

Él parte esta noche para Lille con Pierre. Desea ver a un obrero comunista que estima particularmente y que le ha escrito cartas conmovedoras sobre Retour de l’urss. De ahí irá a Bruselas para encontrarse con Last, quien insiste en verlo de inmediato. Regresarán el lunes.

 

  1. Regresan para la comida. Lo importante de su viaje es haber visto a Last empeñado en un artículo que cree que tiene que hacer sobre Retour de l’urss y que, a fuerza de querer moderar las cosas –su regreso de España, el pensamiento comunista, su afecto por Gide…– no sabe sobre qué pie pararse. Los dos encuentran el artículo más bien deplorable.

 

  1. Hace frío. Salimos poco. Vaneau ha recobrado sus hábitos. La dáctilo viene todos los días. Gide y Pierre hacen cada uno un artículo. Élisabeth mecanografía la traducción de un pequeño libro inglés para niños. Catherine trabaja bien; lo que mejor hace es escuchar las conversaciones de un modo muy simpático. Yo intento ser la circunstancia favorable.

 

  1. Gide almuerza hoy con los escritores que forman parte de la asociación para la propaganda de la cultura francesa del libro y come con Malraux, llegado esta mañana por algunas horas. No lo veo hasta el momento de acostarme. Hablamos de Catherine por primera vez desde sus desafortunadas vacaciones, y qué placer tengo de decirle hasta qué punto, hoy, ella es no sólo atenta, afectuosa, sino llena de encanto al haber perdido toda reticencia, como si fuera otra persona. Nos alegra pensar que la actitud de enfado y desconcierto formaba parte de una crisis de crecimiento.

 

  1. ¡Tengo mucha curiosidad por escucharlo hablar de su velada con Malraux! Pero por el hecho de que lo habrá contado a Pierre y a Last que acaba de llegar (y que se alojará también en Vaneau) me veré frustada y voluntariamente no lo interrogo. Y para que esta encrucijada que es Vaneau esté más abarrotada, Ruyters telefonea que ha regresado de China.

 

  1. Gide llega muy alegre esta mañana. “Le cuento de inmediato, querida, que Jeff acaba de leerme su artículo rehecho y que esta vez lo encuentro excelente. Me entusiasma y quisiera que pudiera aparecer en Vendredi.”

Después del almuerzo, Élisabeth me lee el artículo de Pierre, del que él no está del todo satisfecho. A mí no me decepciona, lo encuentro claro, sobrio, expresando con precisión su posición actual, un poco expectante, un poco dubitativa. Gide, que entra, nos dice: “Me gusta mucho el artículo de Pierre; él toma posición, alejándose de mí allí donde sus convicciones lo empujan y, prudentemente, sin comprometer el porvenir con declaraciones inútiles; y felizmente Jeff y él no dicen las mismas cosas, abordan el tema desde distintos puntos de vista. Incluso voy a llevar hoy los tres artículos a Vendredi: el mío [declaraciones a propósito de España], el de Pierre y el de Last, en suma, los únicos de mis compañeros de viaje que han hablado”.

Pierre afirma que Vendredi no querrá aceptar ni su artículo ni el de Last. Todos protestamos. ¿Por qué, si han aceptado el primero? Gide parece muy decidido a insistir, a no dar el suyo sino bajo esa condición. No piensa encontrar ninguna resistencia. Pierre mantiene, muy decidido, su posición. No hay ni un minuto que perder: es necesario volver a mecanografiar el incierto francés de Last, y montones de inoportunos no dejan de tocar e interrumpir el trabajo. Son más de las seis cuando Gide acude a Vendredi, y más de las ocho cuando regresa, muy fatigado, con tantas cosas que decir que prefiere callarse durante la comida. En resumen, en Vendredi todos se mostraron consternados por los artículos de Last y de Pierre, que encuentran imposibles de publicar. Blandieron tantos argumentos que él creyó más sencillo pedirles que vinieran esta noche para discutir el asunto con uno u otro de los interesados. Los tres directores de Vendredi: Chamson, Viollis y Guéhenno, llegan a las nueve y media. Gide los recibe en su biblioteca. Last no está. La reunión duró hasta medianoche. Como yo velaba todavía, Gide y Pierre vinieron a charlar por un momento. Me entero que su punto vista fue este: queremos ser el hebdomadario del Frente Popular, sus artículos van a irritar a los comunistas y también a nuestros redactores más a la izquierda. Para subsistir no podemos disgustar a nadie. “Sea, pero entonces –dije yo– ¿por qué publicar el prólogo del libro de Gide, más terrible para los comunistas, y luego el artículo de Pierre? Lo que ellos callan sin duda, dijo Pierre, “es que el Partido Comunista les hizo reproches y que algún interés los inclina a callarse”. Eso me parece completamente lamentable. Si incluso Vendredi encuentra más oportuna la táctica que la verdad, si también allí hay cosas que no se pueden decir, esa publicación ya no tiene ningún interés. Lo que me desconcierta y me irrita también es la facilidad con la que Gide se pone en su lugar hasta olvidar su propio punto de vista, como si ya no lo tuviera. Sé bien que le tiene horror a hacer sentir su autoridad, a hablar claro, a doblegar a los otros. Parece comprender que los otros deben transigir. Sea, pero entonces es un periódico como todos los demás y su profesión de fe se vuelve risible y no hay por qué ligarse a su suerte. Pero sobre este asunto la última palabra no parece haberse dicho, y Gide pide misericordia, verdaderamente fatigado para continuar con la discusión y confundido por mis ataques como siempre muy vehementes, totales, y por lo tanto menos justificados, en suma, que no he entendido nada de la defensa de los otros. Siento que Pierre comparte completamente mi parecer. Es cierto que él desconfía con facilidad. Gide, de todos modos, prometió su artículo a Vendredi, parece.

 

  1. Viene a buscarme esta mañana, durante mi desayuno, que tomo generalmente sola. “Querida amiga, no conserve nada de lo que pude haber dicho ayer en la noche, se lo ruego, estaba extenuado…” Después, con brusquedad. “Es que todo eso es apasionante. –¿Qué? –¡No saber dónde meter nuestros artículos! –Pero yo creía que en todo caso, el suyo… –¿Puede ser? Vea… Me acaban de decir que Marianne cambió de dirección. Voy a informarme, ¿por qué no ahí? También debo decirle a Last que su artículo no saldrá en Vendredi; sé que se conformará con una publicación holandesa que aparece en varias lenguas”.

¡Qué mañana! Me parece que Gide está ocupado todos los minutos –es un ir y venir si fin; incluso Pierre le carga muchas cosas–. Deben almorzar los dos con Malraux. A las tres veo a Pierre y le hago preguntas. Malraux parte definitivamente a América en gira de conferencias. Le pregunto si por fin ha expresado su opinión sobre el libro de Gide. Sí, desde el punto de vista literario, lo encuentra muy bueno; en el fondo, demasiado superficial, no ha hecho más que rozar las cosas, incluso desde el punto de vista psicológico, y en todo caso considera la publicación inoportuna. Él también. Su actitud, dice Pierre, es completamente conformista, conformista a su manera, sin obcecación. Imposible de discernir si esta opinión es sincera o claramente deliberada. Me dice también: “Cada vez que intento escribir un artículo sobre la urss me siento muy limitado, quisiera hacer un pequeño libro. Imagínese que me ha venido una idea que me parece divertida. No sé si sepa que, estando en Moscú, Gide recibió un manuscrito de una vieja solterona perdida en Rusia desde hace cuarenta años, y que ha escrito día a día todo lo que ha hecho y visto”. ¿Podría ser un fundamento viviente para comentarios interesantes? Yo lo llamaría “el punto de vista de las cosas abandonadas”.

 

  1. Esta mañana Gide viene a merodear por mi escritorio, crispado, lleno visiblemente de cosas que quisiera decir apenas llegado. Le digo riendo: “¿Qué es necesario decir para que eso salga fácilmente? –Siento –dice– que, por una inclinación natural, Pierre quiere llevarme por la vía revolucionaria más de lo que pienso. Me siento a disgusto con mi pequeño artículo a propósito de España, que me pareció profundo sin razón. Para responder a ciertos llamados que pueden, en efecto, ser legítimos de parte de aquellos que he apoyado, me parece que las declaraciones de Pierre en su artículo, afirmando que sigo con ellos, es suficiente. Soy más sincero no haciendo declaraciones que exceden tan fácilmente su pensamiento. Si digo algunas cosas más sobre mi Retour de l’urss no podrán ser más que en forma de retoques, pausadamente, como en páginas de diario; pero primero hace falta que el artículo de Pierre y el de Last aparezcan y quisiera que a pesar de todo fuera en Vendredi. Le voy a decir claramente lo que yo pienso sobre esto a Martin-Chauffier. Usted tiene razón, si Vendredi ya no es la tribuna en la que uno puede decir lo que un cree que es la verdad, no tiene razón de existir”.

Más tarde, leemos el artículo de Friedmann en Europe sobre Retour de l’urss, el único bueno, el primero serio, concienzudo, cortés. De todo lo que escribe, el único punto que irrita dolorosamente a Gide es la alusión a Dabit en la que asegura que la dedicatoria de Gide violenta la reflexión. Pero piensa que no le corresponde a él revelar eso, desea que Pierre y Last lo hagan. Ellos solos tienen la altura para hacerlo.

Esta noche hay una nueva reunión en Vendredi: Gide, Pierre, los tres directores, más Martin-Chauffier. Antes de la comida, Pierre nos dijo que había releído su artículo para corregirlo tanto como fuera posible sin traicionar su pensamiento; por ejemplo, ha suprimido su alusión al proceso de Moscú, que en resumidas cuentas era inútil, puesto que Gide no habla de él en su libro; además ha agregado una nota para decir que cuando escribió el artículo, el de Friedmann, que considera notable, aún no había aparecido. Agrega que tiene, por lo tanto, que hacer un comentario sobre el tema de Dabit. Ese comentario dice a la vez que Gide tiene pleno derecho a sentirse autorizado a hacer la dedicatoria que ha hecho (y cita las palabras que le dijo Dabit a él, que lo prueban), pero que él, Herbart, no habría tenido ese gesto de comprometer a Dabit. Sobre este asunto, Gide tiene una susceptibilidad de desollado; mientras Pierre lo aborda, hay varias veces lágrimas en sus ojos, primero de temor, después de satisfacción.

 

  1. Los veo apenas esta mañana. Gide me comunica, para comenzar, el resultado práctico de la velada (Élisabeth está al corriente desde ayer en la noche). Su artículo aparecerá en el Vendredi próximo, el de Pierre en el Vendredi siguiente, pero obtener eso no fue inocuo: discusiones hasta donde alcanza la vista sobre los riesgos de actuar así. Guéhnno dejando siempre parecer que tiene a Gide por un artista que se cree erróneamente convertido al comunismo; excepto sobre ese punto naturalmente. Gide es de lo más comprensivo con sus opiniones. Pierre intenta precisar, un poco diferente: “Para empezar –dice–, los directores de Vendredi han sido sensibles a los pequeños cambios introducidos a mi artículo, luego, ya no fueron dos los artículos presentados, el de Last y el mío, sino el mío solamente, y sobre todo Gide les ha dado a entender que el suyo era a ese precio, y creo que habiendo sopesado todo, este arreglo les pareció brindar las posibilidades de balancear los supuestos riesgos…”

En el té no están más que Last y Pierre. Comentan, y poco favorablemente, el silencio absoluto de Guilloux frente a Gide –¡sí, después de la noche en la que escuchó la primera versión del libro de Gide!

En la noche estamos consternados, nerviosos por la terrible campaña de prensa que se ha desatado contra Malraux. Lo acusan nada menos que del asesinato del periodista Delaprée, del que hemos hablado tanto; habría sido un avión del equipo de Malraux el que derribó el avión postal francés en el que iba Delaprée: la enormidad misma de esta calumnia, que parece no tener ninguna base, incita en principio a no tomarla en serio. ¡Pero Clara acaba de telefonearle que Nortemérica le ha negado la visa! Nos parece intolerable no poder hacer algo de inmediato para defender a Malraux. Cuando es cuestión de actuar, Gide no tiene jamás espontáneamente la reacción que uno esperaría de él; es preciso primero que haga el recorrido de todas las actitudes posibles y de sus consecuencias. Nosotros: Élisabeth, Herbart y yo, somos de un temperamento tan opuesto, que el suyo resulta tanto más sorprendente. En estas circunstancias, acabamos todos por pensar lo mismo. Lo que tiene de particularmente despreciable esta campaña es que se aprovechan de esta acusación insensata contra Malraux para resucitar las indeseables historias de Indochina, lo que vuelve delicado sacar adelante la defensa de Malraux.

Al dejarme, Gide me dice: Pierre estuvo magnífico en la reunión de ayer. Es extraordinario lo persuasivo que es con su claridad, su sobriedad; es muy difícil enfrentársele.

 

  1. Mañana increíblemente agitada. Para comenzar, Gide y Pierre trataron de ver a Malraux de inmediato, pero sin lograrlo: Malraux no estaba en su casa. Last, que quiere también responderle a Friedmann sobre lo de Dabit, por ingenua sinceridad se pone a decir en la respuesta demasiado larga lo que piensa de Dabit, su blandura natural, su manera un poco egoísta de desinteresarse fácilmente, contra la voluntad de Last, de lo que veía en Rusia –cosas donde no es el lugar para decirlas y que arriesgan sublevar a todos los amigos de Dabit, cosas que no tienen interés más que en un retrato de Dabit más completo–. Le lee primero su respuesta a Gide, que no sabe qué pensar, después a Herbart, después a mí, y, frente a reacciones idénticas, consiente en rehacerlo y no decir más que lo esencial. Telefonazo de Malraux, que almuerza en el restaurante con Gide y Pierre. Al regresar me cuentan: Malraux está muy molesto, pero tiene el cuidado de no mostrarlo y darse el aire de tomarlo a la ligera. Toda la historia de Delaprée no reposa en nada. Evidentemente está deseoso de que uno lo defienda, sobre todo ante el incomprensible silencio de L’Humanité. Gide le telefonea a Martin-Chauffier para que Vendredi haga algo de inmediato. Martin-Chauffier está absolutamente de acuerdo, pero parece temer la mala voluntad de la dirección e invita a Gide a ir a Vendredi esta tarde para charlar. Después telefonea al Populaire, a L’Œuvre, en un tono firme, decidido, diciendo todo lo que era necesario decir, y bien, con el tono adecuado.

Gide vio, pues, antes de la comida, a los directores de Vendredi. Ellos hicieron algo, pero con mezquindad, en los ecos, justo como no lo queríamos, y Gide se dejó convencer por sus argumentos. ¡La fluctuación siempre posible de sus puntos de vista me resulta siempre un misterio!

 

  1. Los buenos tiempos de las delegaciones parecen haber regresado. Nos pasamos la vida frente al teléfono: una comunicación implica otra, sin fin. Y Basch mismo ha vuelto a la escena, siempre activo y valioso cuando se trata de desarrollar algo. Percatado esta mañana del caso Malraux, es de la opinión de no darle demasiada publicidad a este asunto incluyéndolo en muchos diarios, sino de organizarle un banquete a Malraux, muy justificado por su regreso de España, y para mostrar públicamente el aprecio que tenemos por sus acciones. Pierre le comunica por teléfono esta idea a Magdeleine Paz, pero pronto no hablan los dos más que del anuncio leído en L’Humanité de un nuevo proceso de Moscú en el que estarían implicados Radek, Sokolnikov y otros, acusados de ser terroristas trotskistas; y se entusiasman los dos con la idea de que sería apasionante, importante, intentar formar parte de un equipo de periodistas o de una comisión que obtuviera sus entradas al tribunal. Veo a Pierre poseído por la idea de ir, lo que evidentemente es una locura, sin contar con el peligro de ser arrestado allá.

Last y Bergamín toman el té conmigo; los otros se esfuerzan por el banquete de Malraux. Last parte esta noche, es conmovedor verlo partir… Gide y Pierre deben comer con él en el bufet de la estación. No nos imaginamos a nadie más representativo del arte español: un rostro estirado, como un Greco, degenerado también, como desecado al fuego. Su charla, voluble y embrollada, es difícil de seguir; simpático en su ardor atormentado y sincero.

Vienen los Groet a comer. Gide y Pierre regresan muy rápido. Durante toda la velada no hubo más tema que Malraux: sobre la manera en que mejor pueden defenderlo, demostrarle su amistad. Pero cuando uno comienza a hablar del caso Malraux es cosa de no acabar: su orgullo, que siempre lo hace alardear, su gusto por la gloria pero también por lo trágico. Gide repite muchas veces que jamás lo ha encontrado más atractivo. La defensa de Malraux es complicada, limitada en todos sentidos: mencionar esta grotesca cuestión del asesinato es sacarlo de la sombra donde hemos tratado de mantenerlo, este derribo de un avión francés por un avión del que hay motivos para creerlo un avión español gubernamental, y al mismo tiempo resaltar lo débil que ha sido la protesta del gobierno francés, etc. Los que atacan a Malraux no lo ven más que a él, pero el Frente Popular, etc. No tenemos nada.

 

  1. He aquí el número de Vendredi. Contiene el pequeño artículo de Gide y una hermosa nota de Martin-Chauffier sobre Malraux cuya importancia, claridad, virulencia, nos sorprende agradablemente, dada la resistencia que oponía la dirección.

Los amigos piensan que esta protesta no basta para esquivar el banquete, que es necesario organizar un gran mitin que permita a Malraux obtener el éxito espontáneo que logra siempre su elocuencia.

 

  1. Y el teléfono recomienza a lanzar llamados en todas direcciones todo el día. El incansable Victor Basch, habituado a este género de organización, tiene las mejores ideas. Evidentemente, Malraux es consultado y se muestra difícil, irritado, decepcionado al ver que el Partido Comunista no parece adoptar ninguna iniciativa, sabiendo que sólo el Partido consigue esos mítines enormes.

L’Humanité no se ocupa más que de una verdadera y profunda campaña (tras Pravda, por cierto) para empujar, de antemano, a la opinión pública contra los nuevos acusados de Moscú. Magdeleine Paz fue a la embajada soviética para solicitar una visa para cuatro delegados al proceso de Moscú. Ni siquiera fue recibida.

A las cinco, Gide y yo vamos a un ensayo de Amal, que debe ponerse en febrero con Pitoëff. Hace mucho que no hacíamos nada los dos, y nos pareció delicioso retomar una vieja costumbre. Es Ludmilla Pitoëff quien representa a Amal. Es sensible, conmovedora, en la nota justa, pero a pesar de todo eso no nos lleva más que a sentir que podría haber sido exquisita representada por niños; así que a menudo resulta irritante y los decorados y vestidos carecen verdaderamente de exotismo. Está tan templado que regresamos a pie. Gide está de buen humor: imita con elocuencia, mitad irritado, mitad divertido, a un orador que escuchó la otra tarde hablar de arte popular.

  1. Toda la mañana advertí una gran agitación aquí junto, sin involucrarme, y supe en el almuerzo que se trataba de una muy tonta historia emprendida por Louis Gérin para abrirse camino. Quiere entrevistar a los escritores de todos los países sobre lo que piensan del Retour de l’urss, ¡y sin decir nada ha firmado un contrato con un editor! Como Gide le niega su consentimiento (ese libro debe contener también páginas inéditas de Gide), él le responde con una carta tan absurda como irritante. Todo eso es de poco interés, pero se trata de no humillar a este individuo que carece de nivel y delicadeza.

 

  1. Un poco antes de la comida, Gide se pasea delante de mí, hablando consigo mismo y después dirigiéndose a mí: “Me digo que no es un artículo lo que tengo que escribir en respuesta a todo lo que se ha objetado de mi libro, sino otro libro. Lo llamaría Retoques. –Bien, pero le ruego que no le hable a todo mundo de él antes de haberlo escrito; si no quiere que todos los periódicos escriban de él, lo que daría cierta verosimilitud a ese rumor que corre ya, iniciado por no sé quién, que se arrepiente de haber escrito Retour de l’urss. –Sí, lo sé, tengo una lengua muy larga y hace usted bien en recordármelo. –Lo que más me molesta, querido, es que no sé bien a qué corresponde en usted. Va muy mal con cierta actitud discreta, cierta prudencia que usted asimismo tiene. ¿Es para usted un estímulo? ¿O para tener el beneficio inmediato de sus veleidades, lo cual es verdaderamente excesivo?”

 

  1. A la hora del té, estamos todos, además de Yves Allégret. Ir a México surge como una cosa natural en la conversación, de la que ya hemos hablado mucho. Pierre parece formar parte de ese proyecto, y también Yves, que dice haberlo dicho y pensado por su parte desde hace un año. Como las cosas quiméricas, estas intenciones vagas tienen alas y no límites. Lo que no impide a Gide pensar en ir al Quai d’Orsay para ver si le organizarían una gira de conferencias, y Pierre a declarar que va a inscribirse mañana en un curso de español. Estas precisiones no tienen para mí ninguna posibilidad. Cuando todo mundo ha partido, Élisabeth estalla en risas y me dice: “Es verdaderamente desconcertante, el más imprevisible de los seres. Ayer nos dijo a Pierre y a mí que entre dos posibilidades de viaje, Túnez y México, el elegiría ciertamente a Túnez, ¡pues se siente viejo y sin mucho deseo de ir a México!”

 

  1. He aquí ya el número de Vendredi con el artículo de Pierre y, haciéndole compañía, un artículo sumamente ortodoxo de Nizan. Gide se muestra muy satisfecho. Me dice. “Es extraordinario el progreso que Pierre ha hecho en estos tres años; su artículo es excelente, decidido, claro, bien pensado, con un tono simpático; me parece imposible no sentir que hay que contar con él”. Gide almuerza en la embajada de España. Ahí encuentra a la pareja Aragon. Elsa Aragon le dice que el artículo de Herbart es abominable, que cuando uno es del Partido uno acepta todo, que debe uno guardarse de cualquier crítica pública, etc. Tema conocido. Aragon finge no haberlo leído todavía. Pierre se pregunta qué actitud tomará el Partido: ¿renegar de él o ignorarlo? Ignorarlo, sin duda, es más inteligente.

 

  1. Le piden a Gide para Vendredi algunas notas sobre Pushkin (del que celebran su centenario, creo), y él viene a leernos Billet à Angèle (¿?) sobre ese tema.

 

  1. Parece que Malraux ha provocado un lío al aceptar hablar en un mitin organizado a última hora por el Partido Comunista, dejando caer de golpe todo los esfuerzos de los otros que se afanaban por organizar uno. No es nada cómodo repararlos sin menoscabo. Gide y Pierre se ponen a ello; encuentran a Malraux apenado y admite: “Actué como un niño…”

Hacia las seis, habiendo ido a telefonear, veo a Gide; lo encuentro solo, sonriente. “Por haber tenido un día apacible, con algunos momentos de meditación y de lectura provechosa, estoy fresco y descansado… Evidentemente es así como habría que vivir.”

Después de la comida, buscamos en el Littré para saber si es necesario hacer oír la g en la palabra legs y la p en septiembre. Y entonces, cuando uno se mete a buscar en el Littré, no lo suelta jamás.

 

1 de febrero. Esta tarde Malraux habla en la Maison de la Culture y ni Gide ni Pierre van a escucharlo. ¡Además, todo lo que dirá sobre España es tan previsible!

 

  1. Esta mañana Gide, quien desde hace dos días hablaba de ir a Cuverville, se decide repentinamente; tomará el tren en cosa de una hora, y también repentinamente Pierre anuncia que partirá esta noche hacia Cabris. Los dos afirman que irán a trabajar y que prevén una ausencia de al menos quince días… o más. Por la tarde, ¡qué calma! Pienso también un poco: ¡qué alivio!

Yo parto el 18 de febrero al Midi, con la intención de estar fuera cerca de un mes y regresar a París antes de las vacaciones de Pascua para ir a ver a Élisabeth y Catherine, que seguramente pasarán las vacaciones en Cabris.

Gide telefoneó una o dos veces desde Cuverville antes de mi partida: “Trabajo sin darme cuenta hacia dónde voy, a veces tengo la impresión de escribir cosas horribles”.

La casa de Loup en Bormes se ha vendido, la de Élisabeth en Saint-Clair también, amuebladas las dos; voy allá para vaciar ambas moradas de todo lo que aún contienen de demasiado personal. Después de esas tareas, iré a reposar a Niza en la generosa amistad de Martin du Gard, y sobre todo he venido a transcribir mis notas y completarlas.