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Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

(1 de 4)

Traducción de Armando Pinto

 

París, del 21 de octubre al 12 de noviembre de 1936

 

Gide regresó a París el miércoles 21. Tiene muy buen aspecto, como rejuvenecido. Sabe que es el día en que los Groet comen conmigo; él comerá con nosotros pero nos dejará inmediatamente después para ir a Vendredi. Pero hacia las seis pasa Alix a decirme que han recibido un pequeño telegrama de Malraux invitándolos a comer. Malraux viene de España y espera regresar de inmediato. Acordamos que por la noche Gide y yo los alcanzaremos. Cuando Gide llega a comer me dice que acaba de estar justamente un buen rato con Malraux en la nrf y que no tiene la intención de acompañarme esta noche. Me dice también que viene de llevar sus notas a la imprenta y que serán impresas en cinco o seis días a partir de ahora.

Hacemos entonces una tercia con Catherine para comer. Gide le hace muchas preguntas sobre su nueva escuela. Ella le dice: “Me gustaría mucho leer Les trois mousquetaires”. Él responde: “Nunca me ha interesado, pero ésa no es una razón para no dártelo”. Nos cuenta un curioso sueño que tuvo en Cuverville y cuya extrañeza lo divierte: “En una vasta sala, oscura e imprecisa, Valéry agonizaba en su lecho y hablaba; en una esquina, una persona que yo creía que era Claude, el hijo mayor de Valéry, tomaba notas, como si escribiera un dictado. Pero en cierto momento se pone a afilar su lápiz y, angustiado, me digo: ¡todo lo que él no escribe se pierde! Y me pongo a escribir a mi vez, consciente de no comprender casi nada de lo que escribía pero que era muy importante. Me acuerdo claramente de una frase: ‘Una A de más y seremos ahorcados literarios’. Por temor a no haber comprendido, le digo a Valéry: ‘¿A? ¿Cómo la escribe? –Pues como usted quiera, dice Valéry impaciente. –Entonces, ¿será ahorcados o ahorcadas?’ Y la ansiedad de no saberlo me despierta”.

Reporto, de mi tardeada con Malraux, una impresión más bien penosa en la que Malraux mismo resulta superfluo. Se muestra tan completamente transportado por el papel que juega en España que parece iluminado. Desfigurado al haber perdido todas sus aristas y tensión habitual. Además, su papel me resulta muy confuso. Gide me dijo que es él quien conduce las negociaciones del armamento más importantes, la de los aviones sobre todo, y que sobrevuela Europa constantemente. Malraux habla poco ¡y su esperanza de vencer parece muy relativa! Ehrenburg está ahí, pastoso, charlatán, haciendo patología a propósito de los españoles, por lo demás con finura, de una manera sutil, pero con un aire demasiado divertido, demasiado despreocupado, pues vuelve de allá –y además tiene algo de ruin en su fisonomía que me molesta–. Esta impresión de frivolidad fuera de lugar se refuerza por la actitud de odalisca de Clara Malraux, quien recibe en su cama y habla con una volubilidad, una animación extraordinarias, haciendo drama sobre los peligros que corre Malraux y sin transición hablando de sus éxitos femeninos en el frente español –muy penoso.

 

  1. Alix me encargó ayer una solicitud para Gide: quiere algunas palabras de introducción para un folleto sobre Edgar André, el comunista alemán injustamente condenado a muerte por los tribunales nazis.

 

  1. Esta mañana ella le telefonea a Gide a este respecto y él la compromete a venir a charlar sobre eso a la hora del té. En el desayuno él me dice: “He pensado que no es prudente difundir mi opinión sobre la urss antes de la publicación de mi libro, pero con algunos no está bien hacerse el desconfiado; por ello, a partir de hoy, quisiera prevenir a Alix”. Él ya le ha hablado a Nizan, a quien quiere y considera inteligente, sin acabar de discernir lo que Nizan piensa. ¿Hablará también con Vaillant? No. La cuestión Romain Rolland se replantea: ¿quizás escribirle una carta? ¿Mostrar así la deferencia, no actuar por sorpresa con él? Si bien se siente relajado y con el espíritu alerta, le parece que su hígado funciona mal. Ayer fue a ver nuevamente L’école des femmes con Mme Sternheim. Quería mostrarle ese éxito a Catherine, pero después de verla otra vez piensa que no es verdaderamente para su edad.

Alix y Groet arriban a la hora del té y en seguida lo interrogan sobre el prefacio del folleto. Él les lee en voz alta la pequeña introducción que ha redactado. En cierto momento, queriendo resaltar la acción nefasta de la tiranía, Gide emplea la palabra dictadura. Alix de inmediato dice: “¿Puede poner fascismo en su lugar, si no va a englobar a Rusia en ese juicio? –Pero yo la englobo”, contesta Gide. Un largo silencio. La frase termina por corregirse a satisfacción de cada uno, lo importante era darle a Alix esa pequeña señal.

Ha recibido del embajador de España una invitación (un ruego, más bien) a dirigirse a Madrid por el solo beneficio de la autoridad de su presencia. Él responde que le repugna un poco ir allí donde se lucha, siendo inútil, pero que si su presencia pudiera servir de algo irá. Me pasa una carta que le escribió a Blum para hacerle saber el interés, la simpatía y la admiración que siente por sus últimos discursos.

En la noche, a petición de Martin, vamos a ver un número de payaso representado por el hijo de Margaritis de quien es tutor, deseoso de tener una opinión sobre esta vocación estrafalaria y apasionada. Los dos quedamos encantados; es bueno, logrado, verdaderamente cómico, lleno de distinción y sobriedad. Vamos tras bambalinas a estrechar la mano de Margaritis hijo y la de su comparsa y amigo. Gide me vuelve a mencionar a Nizan, a quien cree muy abierto y crítico de la urss, como instintivamente advertido ya. Pareciera que en el Partido el malestar hiciera progresos… Piensa empujar a Nizan a la nrf para reemplazar a Thibaudet, a menos que Jean, quien ha anunciado seis crónicas, quiera ocupar esa plaza.

 

  1. Gide recibe justamente esta mañana las pruebas de la primera crónica titulada “Raphaël ou les valeurs centrales”. Me las pasa: “Léalas y dígame qué piensa”. Ciertamente Jean dice muchas cosas excelentes, pero otras me erizan un poco: los valores comunes son los únicos durables… Los excesos tienen casi siempre una vida corta… Hablamos de eso durante el desayuno. Esta inclinación un poco reaccionaria de Jean me resulta contraria, incluso más que a Gide, pero para él el caso Raphaël es un poco el ámbito privado que siempre ha defendido, y soporta mal ver a Jean ponerlo de ejemplo de los valores comunes; ¿en su tiempo, no fue también una puerta abierta? Nos preguntamos ¿quién, de los artistas contemporáneos, pasaría por ese estrecho tamiz de Jean? Y sentimos a Jean muy comprometido con esta teoría. “Sí, dice Gide, como una defensa personal”. Después, espontáneamente: “Telefoneémosle en seguida; estará interesado en hablar de ello, será de interés y provecho para todos; es un debate que reinicia siempre”, y telefonea a Jean, quien vendrá a tomar el té con nosotros. Releo atentamente el artículo de Jean y una vez más me doy cuenta de con qué facilidad uno es injusto y que a la menor contradicción que siente uno le atribuye al autor más de lo que ha dicho –lo mismo que se desea rebatirle.

Y viene Jean y, habiendo cambiado el humor, no hubo más que pocas preguntas sobre Raphaël y los valores fundamentales. Gide duda en publicar el prefacio de su libro en Vendredi y nos lo lee. Como el manuscrito completo se encuentra en la mesa y tenemos, Jean y yo, mucha curiosidad de conocerlo, Gide consiente en leérnoslo completamente antes y después de la comida. Jean se quedará a comer con nosotros.

En esta nueva versión, sus notas sobre la urss tienen otro aspecto y yo las prefiero infinitamente; sin embargo no como para no encontrar nada que comentar. Me parece que el cariz grandioso del prefacio hace que esperemos más, y también un no sé qué de indefinible en el tono me incomoda, como si yo sintiera, a pesar de la sinceridad de la decepción, una especie de satisfacción en mostrar que él, cuyo ámbito es el pensamiento, ha sabido tener esta clarividencia en el ámbito práctico; pero necesitó tenerlo de cerca para percibirlo. Jean se muestra completamente satisfecho y uno advierte en su consuelo hasta qué punto deploraba la ruta en la que Gide se había comprometido. Él encuentra el libro preciso y bellamente presentado. Releemos ciertos pasajes. Sugerimos algunas pequeñas correcciones para alcanzar una mayor exactitud y sobriedad. Gide declara tener una curiosidad enorme por la acogida que tendrá este pequeño libro. No dejará de hacer mucho ruido.

Al momento de sentarnos a la mesa, telefonazo de Ehrenburg para pedir una cita. Va a regresar a España, y es tan apremiante, tan insistente que es imposible rehusar. Evidentemente viene a tantear el terreno para alertar a la urss; pero Gide se compromete a no soltar nada, a permanecer evasivo; procurará, dice, dirigir la conversación a los procesos de Moscú, dirá que se siente trastornado y agregará, para calmar a Ehrenburg, que él no habla de eso en su libro. Lo que es cierto.

 

  1. Ehrenburg vino a ver a Gide esta mañana. Fue de una habilidad consumada. Parece saber todo lo que contiene el libro de Gide (éste se sorprende aún más que yo: con su incesante necesidad de hablar, ¡cómo podría ser de otra forma! Sí… él sabe casi todo… ¡Y lo aprueba! Agrega que diría mucho más si quisiera… ¡Lejos de él la idea de querer impedir su publicación!, pero no la cree oportuna, e insiste en que Gide la posponga hasta que finalicen los asuntos de España; cuando Rusia, dice, está haciendo el mayor esfuerzo para ir en auxilio de España no es verdaderamente el momento de atacarla. Insiste también en que Gide vaya a España, y Gide vislumbra en eso una manera de mostrar que no pretende desligarse de los comunistas, esto justo en el momento en que aparecerá su libro; irá con Pierre, quien habla de venir a París más pronto de lo que pensaba al principio.

Ya están las pruebas del Retour de l’urss. En la noche, después de jugar una crapette de digestión, corregimos con él aproximadamente un tercio: trabajo divertido, los cambios son sólo de palabras, de giros. Resulta siempre de gran interés.

 

  1. Gide viene a desayunar. Una carta de Magdeleine Paz lo deja perplejo. Ella le propone un encuentro con Victor Serge, después le pide una colaboración, aunque sea pequeña, para el Populaire. Él dice que sería mejor que su libro apareciese antes de que se pudiera decir que fue influido por Serge, ¡pero la curiosidad de conocerlo es muy grande! En cuanto a colaborar en el Populaire, sería verdaderamente torpe que, en el momento en que publica sus ataques a la urss, pareciera cambiar de bando escribiendo en un periódico socialista. Almuerza hoy con Schiffrin, Francis Jourdain, Friedman y el joven Malaki, los tres últimos comunistas. Naturalmente, ¡se trata de su libro!, que se convierte ¡en sus resoluciones de silencio! Ellos también plantean la cuestión de la oportunidad; piensan que desde el principio debe decir claramente cuál es su posición, es decir, que él no desaprueba, en suma, más que a la dirección estaliniana. Y Gide me confía que teme que así se le haga decir menos de lo que piensa en realidad; pues para él, creo entender, lo que está puesto en duda es todo, excepto, tal vez, su fe optimista en el Hombre. Quisiera también, ya que hace suyas las palabras de Last al publicar su carta al final del libro, encontrar el modo de decirlas por su cuenta y al principio del libro. Schifrin, que viene a las seis a ajustar con Gide cuestiones de tipografía, insiste también en este punto. Se decide suprimir la petición de poner en la fajilla: “A menudo la verdad sobre la urss es dicha con odio y la mentira con amor”. Por la tarde continuamos con la corrección de las pruebas, que Schiffrin debe venir a recoger mañana.

 

  1. Esta mañana recibe un telegrama de Jef Last que lo inquieta mucho. Last le pide diferir la publicación del libro y esperar a revisarlo en Madrid. Last, sin lugar a dudas, se ha enterado al mismo tiempo de la probable llegada de Gide y la inminencia de su publicación por Ehrenburg, quien se juega así su última carta. Pero, ¿por qué Last, que sabe el partido que Gide tomará a partir de su carta no se desentiende? El asunto es muy delicado.

Gide decide ver a Magdeleine para tener otra perspectiva. Cuando ella está ahí, me llama, sin duda para reforzar su opinión con la mía. Magdeleine Paz es una persona de un temperamento generoso, inteligente, hábil, preciso, enérgico; su carácter no se desdibuja jamás, está ahí en primer plano junto a sus convicciones. Habilidad suprema o buena fe, parece darse cuenta de la torpeza inútil de la colaboración de Gide con el Populaire y no insiste más, pero insiste en que Gide consienta en encontrarse con Victor Serge, quien puede hablarle con provecho de Rusia. Nos dice que el Frente Popular está en vísperas de una posible ruptura provocada por los comunistas, pero que Blum está decido a un máximo de flexibilidad y de concesiones con tal de mantener la unidad. Según su punto de vista, decir la verdad sobre la urss es urgente y, cuanto más espere uno, será más difícil decirla; y su partido no puede verla como inoportuna.

A las cuatro, Schiffrin viene a confrontar sus correcciones con las nuestras. Es concienzudo, meticuloso y agradable su participación en el trabajo. Al final de la sesión, Gide recibe una carta de Last escrita antes del telegrama, antes de su encuentro con Ehrenburg. Es una buena carta llena de exaltación, en la que se pregunta, él también, si es oportuno publicar todo de golpe (si comprendí bien).

En la tarde Gide come con los de Vendredi: Martin-Chauffier, Guéhno, etc. Mañana me dirá lo ansioso que están todos ellos de tener el prefacio de su libro, deseosos de no separarse de él. Yo como con los Groet. Siento de inmediato, en casa de Alix, cierta inquietud que ella no sabe cómo formular y de la que nos distrae, además, la presencia de Catherine. Gide nos alcanza hacia las diez. Hablamos de cualquier cosa, y es tan sensible que evitamos cuidadosamente el tema candente. Este silencio alrededor de nuestra única preocupación va a acabar por parecer inamistoso; por mi parte, no puedo soportarlo y, rodeándolo con la cuestión judía, acabo hablando de la urss y el proceso de Moscú. Alix toma posición, totalmente ortodoxa, como era de esperar, yo protesto y Gide enseguida encuentra la forma de mostrar lo que piensa, con firmeza pero sin insistir. Alix, horrorizada, se debate, recurre a razones pueriles para explicar todo, y la discusión se atasca entre nosotras dos sin avanzar un paso, de forma tal que la siento un poco absurda en su esterilidad.

 

  1. Esta mañana acabamos la corrección de las pruebas. Gide no está contento con el último capítulo, con todo lo que precede a la carta de Last. Lo rehace. Duda bastante tiempo si dirá que a sus ojos el comunismo mismo está en duda. Pero no, él no quiere plantear este serio problema; más tarde. No vuelve a lo que piensa de ese asunto.

Uno presiente que una acción complicada está en proceso de urdirse hábilmente para impedirle a Gide publicar su libro. Telefonazo de Aragon, que vuelve de España y anuncia que vendrá mañana a traerle una carta de Last: ¡evidentemente él mismo la habrá forjado! Luego Malraux, quien de paso por París quiere comer esta tarde con Gide. Y Schiffrin, durante este tiempo, exige el fin de las pruebas. Gide se siente fatigado de pronto; le parece que su hígado funciona decididamente mal. En la tarde, visita de Jean. Le contamos todo. Gide le lee el último capítulo retrabajado. Se replantea la cuestión de publicar el prefacio en Vendredi y el viaje a España. Más tarde Malraux viene por Gide para ir a comer. Está feliz de anunciar la toma de Huesca; lo encuentro ligero, tranquilo, sonriente. Muy intrigada por conocer la posición de Malraux respecto al libro de Gide. La espero. ¡Y bien! No, no la toca en ningún sentido; él lo ha invitado por amistad, para verlo simplemente. Le ha dicho tan sólo: “Lo fastidian mucho, ¿no es verdad? No se deje”. Lo que cuadra bien con el lado individualista de Malraux. Le ha dicho también: “Lo que pasa es patético: Stalin, al hacer avanzar la urss hacia España, juega el mismo juego que Trotski y le movió el piso; la verdad es que en Rusia están convencidos de que la guerra es inevitable y como piensan que la aviación alemana es, por el momento, muy inferior a la muy fuerte aviación rusa, Stalin piensa que el momento no estaría mal elegido para la guerra”. Malraux sigue muy involucrado con la literatura; está hinchado de proyectos. Jugamos luego una crapette. Al momento de retirarse, Gide busca ansiosamente el último libro de Montherlant, Pilie por les femmes, que tenía en las manos cuando entró conmigo. Lo ayudo en su búsqueda recorriendo su apartamento, que es un inverosímil revoltijo de libros, de papeles. Le digo riendo: “¡Qué bonito poder vivir en un desorden parecido! –Pero querida amiga, yo no vivo aquí, me siento asfixiado y siempre quiero hacer mis maletas”. Tal vez este estado de cosas acabe por resultarle penoso, pero el desorden junto con el lado muerto y estancado que acostumbra es inherente a su manera de vivir –nada que hacer con eso.

 

  1. Hoy en el desayuno, Jean y Kessler. Muy cordial, no hay tema fuera de Rusia y Alemania. La presencia de Kessler trae consigo viejos recuerdos –nada especial que anotar–. Después de la partida de Kessler, Gide nos dice que en la carta de Jeff Last que Aragón le trajo esta mañana, Last le pide aplazar la publicación de su libro hasta que las cosas se hayan calmada en España y, en todo caso, le ruega no tomar en cuenta su carta, aunque asegurándole que no ha cambiado de parecer. Pero lo que me interesa es saber lo que ha dicho Aragon. “No lo he dejado decir nada, de inmediato he puesto por delante el hecho de que las libretas de Dabit no hayan llegado junto con su equipaje y que Mme Dabit amenaza con hacer un escándalo si no se las envían. Después todo fue hablar de España”. Gide está muy perturbado por tener que suprimir la carta de Last y, sin embargo, no titubea en hacerlo. Este último capítulo, ya corto, va a serlo aún más y tendrá que rehacerse.

 

  1. Jornada terriblemente pesada para Gide: tiene que desayunar con Blum, tiene una entrevista con Victor Serge, otra con Pierre Naville, quien está en el centro del movimiento trotskista de París. No lo veo sino hasta la tarde, en el momento en que Schifrin viene a dejar el último juego de pruebas, y delante de él me resume su jornada. Blum le causó la mejor impresión; lo ha encontrado muy tranquilo, firme, lúcido, cansado de los ataques comunistas y las trabas que le ponen sin cesar, pero decidido a hacer lo imposible para mantener el Frente Popular. En caso de ruptura, parece seguro de tener cuando menos la mayoría con él. Victor Serge también le causa una impresión favorable. Serge se pregunta cuál será la actitud de Malraux, si se pronunciará por Gide o contra Gide. Naville y los trotskistas son terribles, decididos por todos los medios, independientemente de cualquier conveniencia, a impedir que el estalinismo se implante en España. Ellos piensan: es suficiente con una revolución fallida, vale más una derrota que una falsa victoria. Todo esto hace reflexionar a Gide sobre su viaje a España. ¡En qué lodazal va a caer! ¡En qué dirección se arriesga a ser arrastrado sin siquiera darse cuenta, sin tener claro ese Frente Popular español mucho más dividido que el nuestro!

 

1 de noviembre. Primer domingo apacible. Gide sale con Catherine y Robert Lévesque. Estamos pendientes de las noticias de España.

 

  1. Gide nos lleva al cine. Al regresar, encontramos a Marc que regresa de Niza, donde ha estado muy enfermo. Gide le presenta un panorama general sobre todo lo que ha pasado durante su ausencia, y lo hace hablar de las numerosas lecturas que hizo durante su convalecencia. ¡Qué placer obtiene cuando Marc habla bien de algún autor que ama!

La ternura recíproca de Gide y de Catherine se acentúa día con día; ella que no es nada demostrativa lo es con él, lo que lo hace derretirse.

 

  1. Hacia las diez llega Pierre. Sin darle tiempo de respirar, lo ponemos al corriente de todo: visita de Ehrenburg, de Aragon, actitud de Last, modificación necesaria del texto…, etc. Gide tiene una forma totalmente nueva de hablar de política: “Mi viejo, es apasionante”. Enseguida Pierre dice: “Pero entonces tengo que modificar algunos pasajes de mi artículo, pues se oponen precisamente a la carta pesimista de Last”. Nos lee ese artículo que no está todavía a punto, dice. En ese artículo observa con Gide que el socialismo marxista no fue realizado en Rusia y que admitir eso le va a costar la exclusión del Partido. Sin embargo agrega, sin ser preciso, que esta dirección sinuosa de la revolución puede ser la única marcha posible y que, si uno llega a esta conclusión, es la posición que hay que apoyar. Sobre el terreno de la cultura, concuerda en todo; en cuanto a la conveniencia de denunciar la mentira, lo sentimos un poco indeciso, y pronto dirá que sobre este punto no sabe ya lo que piensa. En el fondo, comprueba la exactitud de todos los hechos denunciados por Gide; pero se niega a extraer las mismas consecuencias, y el revolucionario que fundamentalmente él es intenta encontrar un equilibrio.

Me parece sentir a Gide sorprendido y quizás un poco decepcionado de la marcha atrás que Pierre Herbart parece haber dado en su revuelta contra el régimen estaliniano, pero compruebo una vez más el respeto absoluto que tiene por el desarrollo y fluctuaciones del pensamiento de los demás; este derecho suyo lo reconoce en los demás. La conversación prosigue largo tiempo. Hay bastante discusión sobre el pequeño pasaje acerca de los homosexuales en el libro de Gide que él ha hecho lo más discreto posible. Gide hace esta interesante reflexión: “Su ley contra los homosexuales es evidentemente imbécil, es inadmisible, pero han sido profundamente clarividentes, y tal vez lo sean por instinto. No podrían haber actuado de otro modo. Pues ser oponente desde un punto cualquiera a otra gran cantidad agudiza el espíritu y tiende a hacer de ti un revolucionario, un insumiso”.

Los libros de Montherlant están en mi mesa; al verlos, Gide repite a Pierre lo que ya había dicho ayer: “Decididamente no me gusta el segundo volumen, Pilié pour les femmes; me parece ingenioso, escrito únicamente en vista del lector, en suma decepcionante”. En seguida agrega: “En cambio he ojeado lo que escribió en Europe: ‘Esbozo de una familia de extrema derecha’; y me ha parecido sumamente disfrutable –de lo mejor de Montherlant”.

Nos reencontramos a la hora del té. Los Groet comerán con nosotros esta tarde. Gide no estará libre y nos alcanzará en la noche. Le confío a Pierre que comienza a fastidiarme la ignorancia en la que se hallan todavía los Groet de las impresiones de Gide sobre la urss. Termina por tomar el aspecto de un complot. “Para mí es sencillo –dice Pierre–, los vuelvo a ver por primera vez y estoy dispuesto a descubrir el pastel; cuando Gide llegue todo se habrá enfilado –¿para qué esperar?–.” Pierre tiene prisa de poner su respuesta a punto y se retira a trabajar.

Esta noche fue memorable. Pierre, siempre manteniendo un punto de vista ortodoxo en cuanto a la doctrina, lo que tranquiliza a Alix, hace un retrato siniestro de lo que pasa en Rusia, repitiendo que ahí están lejos del socialismo. Groet, con una dialéctica sorprendente y un espíritu de recursos sin límite, intenta probarle que el socialismo de Marx debía pasar necesariamente por una suerte de estatismo, fase actual, en que debe desprenderse de todo lo que él hoy deplora. Después se retoma la cuestión de la inoportunidad del ataque, a lo que Pierre por otra parte está dispuesto a alinearse. En este momento Gide entra en escena. Deja que el debate continúe sin intervenir, abundando en el sentir de los otros tanto como le es posible; sentimos que está decidido a evitar la discusión, se contenta con decir que tiene la convicción de que la revelación de la verdad es susceptible de hacer más bien que mal. ¡Y además qué! La apuesta ya está hecha y la discusión es super-flua, mañana aparecerá el prefacio en Vendredi. Después de la partida de los Groet, observo que la convicción, la fe absoluta de Alix, los razonamientos inteligentes de Groet han modificado ligeramente las posiciones. Hay que decir que ambos han sido exquisitos, ella de una dulzura conmovedora, el de un ingenio ameno; ¡es verdad también que ellos no conocen todavía nada del libro de Gide! Gide concluye: “En cada nueva discusión, me siento socavado hasta el fondo, y me lleva un tiempo reestablecerme”.

Nos separamos muy perturbados y parece que nadie ha podido dormir mucho. Gide, desde ayer en la noche, consideraba una pequeña enmienda al final de su libro sobre el tema de la ayuda que Rusia por fin ha decidido aportar a España y que podía ser el punto de partida de una especie de rectificación.

 

  1. Viene a buscarme desde las ocho de la mañana; ya le ha telefoneado a Schiffrin. Hay tiempo aún de agregar una frase, ¡apenas! Hay que apresurarse pues Schiffrin vendrá a recogerlo en una hora. Sacamos a Pierre de su lecho. Gide escribe una frase y la reescribe veinte veces, sopesando cada palabra, aceptando todos los consejos. Pierre es excelente, sabe ponerse en el lugar de Gide, siempre manteniendo su punto de vista, atento, preciso, sin palabras inútiles.

¡Qué mañana! Ayer Gide ya había intentado telefonearle a Aragon para hablarle de su libro (ahora que estaba seguro de que iba a aparecer), por cortesía, para no tener el aire de tomarlo a traición. Recomienza esta mañana. Aragon le dice de inmediato: “Acabo de leer Vendredi. Estoy triste, no tanto de la reacción de nuestros enemigos como de la de nuestros amigos”. ¿Qué ocultan estas palabras sorprendentemente conciliadoras? Tiene el aire de querer decir: ¡Yo no me sublevo, pero tengo miedo de no poder contener a aquellos que lo van a destrozar! Por Aragon también tenemos lamentables noticias de Last (más tarde sabremos que eran muy exageradas). Su estado general sería muy malo, sus nervios sobrexcitados, se habría quedado sordo. Gide le ha hecho llegar un mensaje para asegurarle que no usará su carta.

Y he aquí el número de Vendredi (que los suscriptores reciben desde el jueves) con el prefacio en un buen lugar.

Gide sale después del mediodía con Pierre y Catherine. Durante esta ausencia, Aragón ha llamado y por la tarde, al regresar, Gide le llama. Yo tengo uno de los audífonos; por otra parte, la voz de Aragon es tan chirriante que uno no escucha nada más que aproximándose al aparato. Así escucha Pierre. Acaba de recibir noticias siniestras de España: Madrid estaría a punto de ser tomado, ya los fascistas que están en la ciudad se echan a la calle para erigir barricadas, se espera una masacre horrible con la entrada de los rebeldes. Aragon piensa que la única cosa que Francia puede hacer es enviar a algunas personalidades importantes, como el arzobispo de París, por ejemplo… y también a todas las buenas voluntades… (¡su proyecto nos parece vago en exceso!). Va a dirigirse a la presidencia del consejo (¿por qué?). Su voz se vuelve por momentos más patética, como si estuviera arengando a una muchedumbre. Es cierto, la situación allá es patética y cuán horrible, pero tenemos la impresión de que exagera, que le añade un toque teatral, como si quisiera impresionar a Gide y así jugar su última carta… Pues agrega que un grupo de camaradas, entre ellos Jef Last, le ha telefoneado para que le suplique a Gide que no publique su libro. Gide está, a pesar de todo, un poco tambaleante. ¡Si tan sólo hubiera otra súplica de Jef Last! ¡Si tan sólo estuviera seguro de que no es una hábil maquinación de Aragon! Pierre también insiste ahora en que por lo menos posponga un poco la publicación. Gide resiste; su mejor argumento es: entre más espere más difícil será. En el fondo, las razones de posponerlo no pueden ser más que sentimentales. Larga llamada de Clara Malraux, quien nos dice que felizmente Malraux no está en Madrid; con Martin-Chauffier, a quien ponemos al corriente. Bruscamente, Pierre decide ir a ver a Aragon. Siento que tiene ganas de partir y que quiere más información. Regresa muy rápido. Aragon parece haberlo irritado hablándole abundantemente de todo lo que ha hecho; además sus gestiones no parecen haber llegado a nada.

Mientras Pierre estuvo fuera, Gide me dijo: “Yo me entiendo bien con Pierre, muy bien; el único punto en el que divergimos es que permanece profundamente atado al Partido. Yo no lo veo todavía muy claro… Creo que mi libro podría tener una influencia moral susceptible o de alejar de Moscú a una parte del partido, lo que, yo creo, sería un bien, o de hacer pasar a los comunistas titubeantes al partido socialista, lo que también sería un bien. En el punto en el que me encuentro no sé más –pero creo que en todo caso es importante hacer durar el gobierno actual”–. Nos sentimos agotados.

 

  1. Esta mañana, Gide y Pierre van a hacerle una visita a Clara Malraux y, con ella, van a casa de Aragon con la esperanza de tener noticias frescas. Salen irritados hasta el abatimiento por su agitación charlatana. Han sabido, por la embajada española, creo, que las cosas se han complicado siniestramente desde ayer. En la presidencia del Consejo, a donde decidió ir, Aragon se ha esforzado tan patéticamente que ha hecho creer que Largo Caballero mismo ha pedido oficialmente que Francia acceda a enviar testimonios importantes. En seguida se ha alertado a los ministros, tan asombrados de semejante gestión que han telefoneado a la embajada española, la cual no ha tenido más recurso que telefonear a Caballero mismo para saber de qué se trataba. Y Caballero, indignado, ha desmentido la cosa y dicho que pondría a la policía a investigar a los autores de esta pifia. En suma, ¡Aragon no sólo ha hecho fracasar lo que sus amigos de allá querían lograr sino que ha comprometido sin duda todas las tentativas de ese género!

Una pequeña distracción: tuvimos a Naville (padre) para desayunar. Hablamos de costumbres –manías de orden–. “A propósito –dice Gide–, Herbart recibió una carta de Martin du Gard compuesta de dos hojas, y las dos hojas estaban fechadas. –Jamás he visto eso –dice Naville con un gesto de asombro admirativo–, ¡ni siquiera en negocios!” Nosotros ya habíamos hablado de eso ayer en la noche. Pierre, a quien eso lo había sorprendido mucho, dice: “manía de escritor que le da importancia a todo lo que escribe”, nada más que realmente no refleja a Martin du Gard. Gide dice: “Costumbre de paleógrafo.” Y yo: “Manía de conservador por amor a la vida”. Naville nos habla de un libro intitulado Tu n’aimeras plus, firmado “Los Papeles de Fabio”, que ha despertado al más alto grado su interés y curiosidad. Pretende, con una serie de comentarios y cotejos, haber descubierto bajo el anonimato a un escritor muy conocido, de quien ese libro revela una vida y una sensibilidad muy diferente a la que habría que suponer. Este pequeño juego lo ha divertido y ocupado durante dos meses. Está seguro de que Gide ha leído ese libro, se lo va a pasar, ¡pero no nos quiere decir nada y propone este enigma a nuestra curiosidad!

Pierre es de pronto poseído por la idea de que Gide podría jugar un papel ahí donde Aragon todo lo ha estropeado. Y cuando Pierre es poseído por una idea la debe ejecutar sin esperar un minuto. Al explicárnosla, plantea su plan: ver al embajador de España y proponerle esto: una comisión que no tenga ningún color político, compuesto por gente de partidos diferentes, que se traslade a Madrid para intentar detener mediante su intervención las masacres previstas exigiendo cosas precisas –a estudiar; procurar saber si eso es en verdad deseado allá; si es así, reclutar esta comisión rápidamente; después obtener un avión del gobierno–. El plan es tan simple, tan razonable, Pierre tan apremiante y Gide siempre con apetito de todo lo que pueda suceder, que, un poco brusco, parece apresurar el paso a la acción por la activa tenacidad de Pierre. Esta voluntad de Pierre está hecha de muchos factores: deseo de ayudar a los camaradas, impaciencia por actuar, deseo de mostrar a Gide en buena posición y probar que se mantiene en el mismo lado de las barricadas, y también tener éxito ahí donde Aragon ha fracasado. Pierre expuso esto a las cuatro y Gide obtuvo una cita con el embajador de España a las seis. Pierre lo acompaña en calidad de secretario. Regresan los dos muy decepcionados: el embajador les causó una pésima impresión de desidia y ausencia de seriedad. Se siente que tiene miedo de comprometerse, sobre todo después de la historia de Aragon. Acoge sin embargo la idea de Gide con simpatía, pero con reservas, y promete consultarla con su gobierno. Pierre, quien en cualquier caso está decidido a partir, logra que regularicen de inmediato sus papeles. Hasta bastante tarde en la noche, Pierre y Gide no cesan de telefonear. Yo siempre dudo un poco de que Gide se dé cuenta de que las acciones que toma lo comprometen; sin razón puede ser, pero sé que es una noción que difícilmente tiene y que le cuesta poco apartarse, de no importa qué, con la mayor desenvoltura.

Recibimos tres ejemplares sin encuadernar del Retour de l’urss. Al momento de transcribir mis notas en limpio y completarlas (estas notas tomadas cada noche con prisas, a lápiz), me pregunto si tiene alguna utilidad relatar todas las peripecias fastidiosas de esos proyectos de delegación que finalmente no llegarían a nada y si un buen resumen… Pero no, un buen resumen se hará más tarde, a partir de mis notas cuyo carácter de documento directo debe conservarse. He venido, con el pretexto de descansar, a hacer este trabajo a Niza, y Martin du Gard, de quien tomo consejo, me confirma en mi resolución, pero me hace falta un poco de energía.

Volvamos a nuestro teléfono, pues me parece que pasamos un tiempo increíble junto a ese aparato. Se trata de emprender negociaciones. Para reanudarlas con el arzobispo, habiendo sido sondeado ya por Aragon, me parece, Gide tiene la idea de dirigirse al padre Doncoeur, con quien tiene excelentes relaciones, y Martin-Chauffier, consultado, lo anima a hacerlo. Así que le telefoneamos. Gide expone el caso con una voz muy especial, dulce, atrayente y también peculiar, impregnada de timidez y de benevolencia. El padre Doncoeur, al principio indeciso, acoge la llamada con interés. Poco después es el padre Doncoeur quien llama. Dice que acaba de hablar del asunto con sus allegados, que han recibido la idea con calurosa simpatía y que tiene la intención de ir al arzobispado mañana por la mañana. Expone también la idea de que no sea una delegación, sino dos delegaciones las que convendría enviar, una a los rebeldes, la otra a los gubernamentales, con el fin de que fuera posible un intercambio de concesiones. Sus sabias opiniones son pronto telefoneadas a Martin-Chauffier, a Aragon no lo podemos contactar.