Grupo Mira

Las orillas del mundo | Balam Rodrigo

 Unos días antes habíamos cruzado el río […]

 

(Veo la canoa, la veo, de dos remos,

y al canoero de los muertos,

con la mano en la pértiga).

 

[…] Delante de tu tumba no veo

el agua que corre como lavatorio en la puerta de los muertos.

Óscar Oliva

 

1.

 

La tarde moría y era una madre de niebla con la cabeza recostada en el temblor del mundo. El bus descendía sin freno hachando valles de serpiente y galerías de helechos arborescentes. En la radio voces que apagaban el cigarro de su murmullo en el cenicero de los oídos; la canción de Los Bárbaros en voz de Waldo Reyes segaba el follaje de nuestra charla con su filo. Padre, vos cantabas esa canción bajo las tejas de la casa en medio del incendio del verano que apretaba los ojos con crueldad y más de cuarenta grados de sal brotando de los poros; tu voz inmensa opacaba la luz como una antorcha de sombra eclipsando el medio día de Soconusco: “yo sé que tu amor es un castigo…”. Mazo de cuchillos en boca del estómago, los recuerdos llegan truncos como gajos de un cuerpo desmembrado y desperdigado en las zanjas de la carretera. Tu rostro que sonríe viaja a mi lado en el camino hacia Frontera Talismán y los intermitentes rumores del descenso no me abandonan del todo: la radio del bus insiste con el volumen agudo y mercantil de un pastor pentecostal poseído por espíritus de bibliolatría; el sermón de su evangelio de prosperidad es un fruto rojo que se pudre en las manos vacías de hombres y mujeres trashumantes. Padre, vos y yo viajamos a Tapachula sin saber si llegaremos, si el pan de trigo silvestre que llevamos en bolsas de plástico rendirá su olor de leña en la taza de café mientras repartimos en la mesa los escasos denarios del alba y su miserable luz con mi madre y mis hermanos. Los dos miramos la ventanilla y callamos el costal de tristezas que nos embarga; olemos a cansancio, destilamos el mismo tufo a hiel que golpea la nariz con humores de calle y de mercados. Afuera inicia la noche y es menos negra que el humo denso que arrastra el viento al silbar su canción de zafra en los cultivos: las cañas gotean lenguas de aguamiel antes de morir abrasadas en el azúcar de los ingenios. Aspiramos el aire espeso y caliente que trae los fermentos de la pulpa de café mientras reposa en el patio de las fincas. Luces agonizantes y lámparas de petróleo parpadean y aluzan el mar de láminas de zinc que ondula su tormenta en los techos miserables de las aldeas. Todas las sombras que deambulan aquí lo hacen encorvadas, afantasmadas: llegamos a la frontera, a la orilla muerta del mundo, al río que lleva el cansancio de los migrantes a cuestas y nos devora con las fauces llenas de rabia. La noche no miente y esconde su anémico rostro detrás del nuestro: atravesamos las aguas del Suchiate y al alcanzar el otro lado del silencio los perros aduanales nos miran con odio, aúllan y enseñan sus colmillos afilados en la usura: hemos llegado a ningún lugar.

 

Antes de iniciar este viaje incendiamos los restos de Ítaca —inútil espejismo— con la podrida madera de naves que nunca zarparon de puerto alguno: mi madre y mis hermanos, tanto como vos y yo, padre, somos bastardos de la errancia. Nuestra casa es una niña de niebla que garrapatea su nombre en las aguas indómitas del río: al terminar de escribir las letras de su grito se arranca la lengua y la ofrece a la jauría de oficiales que nos recibe con un ramo de bayonetas justo a la entrada del abismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el camino interminables imágenes, árboles que encienden sombras para quemar la noche, altas y negras hogueras perdidas en el follaje turbio de la espesura, como el crepúsculo en que mi padre y yo descendíamos en bus a la frontera atravesando valles, montañas, aldeas calcinadas por la miseria y las brasas llameantes del abandono. Huíamos de nosotros, siempre nómadas, con la errancia alimentada por la tea de las penurias, porque jamás hemos tenido casa ni cielo propio sobre nuestras cabezas, nunca el corazón dormido entre los horcones de un hogar, ninguna hoguera fatua construida con la pureza de la luz alumbró nuestro rostro. Tampoco tuvimos tierra alguna, ni siquiera sombra, perdíamos toda posesión cual ceniza en nuestras manos sin dejar rastro alguno, sólo la señal del pájaro que escribe trinos de sangre en la invisible rama de su vuelo: apenas si breves dueños del aire exhalado que moría nomás decir un puñado de signos, oscuras palabras. Dirán algunos que nuestro ombligo nómada era molido por el martillo del aire o llevado en vilo por el agua turbia de las nubes. Pero nunca lugar donde poner el túmulo de nuestros huesos, todas las veces mudábamos de un lado a otro, durmiendo con un ojo abierto al hambre y el otro al dolor. Compartíamos el acto de marcharnos sin más, de borrar lo ya hecho e iniciar una constante e invisible escritura en los cimientos de la tierra, ahí donde se pudre el rastrojo de nuestros pasos, como este poema escrito una y otra vez en el mar de las errancias y alzado con restos de memoria. Padre, vos migraste sin retorno al perfecto trasmundo de la muerte cargando tu costal vacío, y quiero decirte que aún no tengo casa, que la única esclavitud que conozco en este mundo —de aire antes tan tuyo— no es sólo la del hambre, sino la del sol arrendado. Ah, padre, pero indocumentados y llenos de niebla domábamos el día y la noche en Guatemala, comíamos el pan de los desposeídos y lo compartíamos con los otros, los gemelos de nuestra miseria que al igual que nosotros, viajan juntos, lado a lado en los oxidados asientos de este bus que se precipita hacia el silencio y corre en medio del asfalto y su borrosa línea interminable, larga y afilada como un cuchillo esmerilado con el buril del sueño que corta de un solo tajo nuestra lengua. Y aquí viajamos, padre, con el corazón en piras de incertidumbre hasta perdernos en la maleza de los caminos de extravío, sin miedo a despeñarnos en la frontera líquida: el río arrastra nuevamente la sombra de nuestros huesos y también las estrellas caídas de un cielo que yace ahogado sobre la faz de las aguas, cadáveres de aves migrantes que amanecerán en playas lejanas con las alas rotas y mordidas por la sucia espuma del mar Pacífico.

 

 

 

3.

 

Padre, tu corazón era de aire en la ira de la canción de insomnio que tocábamos en la rota cuerda de los pájaros, falsos instrumentos de viento. Aullaba el río su música de ahogados y la parvada de sus ruidos extendía grandes alas de sombra, cubriéndonos de la mirada de los prevaricadores, de aquellos agazapados en matorrales, prestos para teñir el lienzo de sus manos con el cinabrio de los viajantes. El mío era un débil tizón de odio, latía con toda la fuerza de su miedo, mi corazón anémico era trapo arterial cuyo tambor enmudecía al escuchar las aguas del río, aunque mi furia, como la de cualquier animal de trópico, estuviese quieta, escondida bajo llaves de sangre. Pero vos encendías hogueras de niebla con tu risa y nunca diste paso atrás. Levantabas el machete de tu entereza para segar el miedo y sus fantasmas: aún silba el filo de tu lengua tajando las patas flacas de la frontera, su rabo de orines metido en la garganta. Vos encendías la hoz de tu corazón al mirar, directo a la hoguera de los ojos, a la tribu de los infames. Nunca bajaste la mirada para arrojar al suelo los signos de la duda, ni habitó en tu boca el insecto cruel de la desesperanza: tu palabra una guadaña de niebla, tu voz enjambre de fuego en el crepitar de la maleza. Y tus manos, padre, machetes de dos filos para segar el hambre. Y aún en el aire de Guatemala y Soconusco permanece tu voz, padre, partiendo en dos la frontera y las aguas muertas del río Suchiate.

 

 

 

 

Mi madre zurce las orillas del mundo con el agudo hueso de su corazón insomne. No ha dormido pensando en nosotros, en lo lejos que están sus manos de nuestros cabellos, en la distancia verde y sinuosa que separa Soconusco de Guatemala, medible sólo en kilómetros de odio. Sentada frente a su máquina de coser, arropada por el tupido bosque de alfileres y telas que la rodea, enhebra la larga cicatriz que atraviesa su vientre en un solo e irrompible cáñamo que pasa por el ojo solar de su aguja: coserá las aguas rotas del río Suchiate en una sola e inmensa tela para bordar en ella estas imágenes y escuchar de cerca el zumbido de nuestra sangre, coserá las dos orillas de la frontera como si fuesen los muñones de un animal herido, coserá la sangre de dos patrias divididas por la ignorancia, coserá nuestra lengua y nuestros párpados con el hilo amniótico de su amor para evitar que algún día nos reflejemos en el espejo de la barbarie, zurcirá de nuevo las orillas del mundo a nuestras vértebras con el hilo azul de los migrantes: madre, quizá nunca tornemos porque no tenemos sitio ni cama ni hoguera donde volver, la patria entera ha muerto, tal vez todos estemos muertos y hablemos este idioma de niños para que duermas, envuelta en las aguas del silencio. Nosotros cruzamos la noche líquida del Suchiate, útero que nos ahoga en su hondura amniótica y sanguínea, pero soñamos con vos, madre, con la caricia de tus manos zurciendo luz en nuestros párpados, cosiendo sal en nuestra espalda.

 

Duerme tranquila, madre, el rumor de las aguas del río arrastrará la música de nuestros cuerpos rotos y cansados hasta ovillarse en tus manos: mañana zurcirás las aguas del río a nuestro insomne y cansado corazón errante.

 

 

 

 

 

Me asomo por vez enésima a la ventanilla de este bus quetzalteco: una madre de niebla grita en el vacío y el eco devuelve mi nombre. La milpa crece a los lados de la carretera, doblada, marchita, sin los turgentes y solares pechos de maíz que adornaban su cuerpo de tierra. La mujer de niebla desgrana con dedos sucios el tiempo y el hambre, su único y bastardo hijo, niño cadavérico que yace en el regazo del insomnio: estira la mano frente a mí esperando le arroje una palabra nunca usada, una moneda de sal para pagar la deuda de estas antiguas visiones. Abro los ojos y la mujer y el niño desaparecen, devorados por la velocidad de vértigo y el manto de humo del bus. Quizá la vigilia me ha vencido, dictándome las difusas letras que garrapateo en el cuaderno. Sé que en ellas no hay sitio alguno para la falsa elocuencia ni lugar para la doméstica retórica, sólo el animal del silencio devora mi lengua en este sinuoso camino de asfalto que muere en la frontera. Llevo la imagen de mi padre tatuada en la sangre y atada a las cuerdas del corazón con la imborrable fuerza de sus ojos: lo recuerdo mirar al sol morir sobre la faz del horizonte hasta hundir por completo su cabeza en el hirsuto oro del mar —puño suyo rompiendo el miedo en espejos de sangre—. Padre, aún siento las ráfagas del aire húmedo golpear con su enjambre de insectos mi rostro mientras descendíamos en bus desde Quetzaltenango hasta Frontera Talismán. Llevábamos un poco de pan para mi madre y mis hermanos, porque en los días postreros te ganabas la vida, casi siempre, en los pueblos de Guatemala, cuyos quetzales te procuraron una pequeña luz para alumbrar nuestro andar a tientas por caminos de inframundo. Antes de morir, vos me dijiste en secreto que poco entendías de mi poesía, únicamente aquel poema sobre tu clandestino andar en Guatemala te había gustado —en la voz alta de un puñado de versos—. Y aunque buscabas en mis libros, nunca lo hallaste: ¿en qué libro está ese poema, hijo? ¿Cómo decirte, padre, que aquel poema y sus palabras, que todo este libro y su insomnio permanecen inéditos? Padre, tu libro ha sido escrito por un hombre roto y vencido por la interminable hondura de tu partida, causada por las invisibles tenazas del cangrejo solar que devoró tu hígado y lo encadenó a la montaña del dolor: en tu agonía no hubo flecha ninguna ni dioses ni martillos que rompieran las cadenas prometeicas de tu muerte, sólo las deformes palabras de un acta de defunción hospitalaria escrita con las mismas letras con las que escribo aquí, sucias y gastadas como las difusas efigies del águila y del quetzal grabadas en las monedas de las dos patrias que mi madre puso en tus ojos y en tu boca para que el balsero pudiese llevar tu cuerpo al otro lado del mundo, hasta borrar tu imagen con la niebla que lo disuelve todo al despuntar el sol en la ribera en llamas del río Suchiate.