Francisco Gálvez

La maternidad suspendida | Gael Montiel

 

El niño muerto no pasa el plato.

Está recargado con un brazo sobre la mesa, como si fingiera dormir. Hace unos días empezó a hacer eso cuando no tenía ganas de ir a la escuela ¿ahora ya también lo hacía en sábado? Un hilito de baba helada cuelga de su boca al mantel, acurrucado frente a su cereal a medio acabar.

Joaquín, ya apúrate. Si ya no te vas a comer eso pásamelo. Joaquín. ¡Joaquín! Joa- ¿qué traes, pues?

La madre vuelve a gritar enojada un par de veces y… ¿Joaquín?

Pasa del coraje a la preocupación mientras se levanta de la silla. Joaquín, hijo. Le mueve el hombro y el pequeño no responde. Tiene los ojos abiertos. La madre le sostiene la cara, le levanta el fleco y le da unas palmadas en el cachete. ¡Joaquín, Joaquín, hijo! ¿qué te pasa?, le dice gritando, lo toma de la playera y lo sacude, le grita más, le da una cachetada más fuerte. Y qué tal si…

Pone dos dedos abajo de su naricita. No siente correr el aire. Baja la mano al cuello de Joaquín y le mide el pulso, aprieta en todas partes, pero ya no lo siente, le toca el pecho, la muñeca, le abre y cierra los párpados… nada.

Chingada madre, murmura, y del puro coraje estrella la cabeza del niño contra el plato.

¿Por qué a esta hora, por qué hoy que no viene Rosita? La madre cierra los ojos y se soba las sienes con fuerza. ¿Qué va a decir Miguel? Su marido llegará a casa en media hora y está muy presionado con el inventario en la compañía. Un niño muerto es una preocupación que no necesita.

Decide recoger la mesa. Comienza por los cubiertos del niño. Le jala el cabello para levantarle la cabeza y con un trapo le limpia la cara embarrada de leche y cereal, mientras lo recarga en la silla. Lleva los platos sucios a la cocina y antes de tirar las sobras olisquea el cereal, incluso toma un pedazo flotante de maíz coloreado y se lo lleva a la boca. Todo parece en orden. Frunce el ceño.

De regreso ve la mancha de leche multicolor en el mantel de lino. Sólo suspira mientras lo hace bolas y se pregunta si tendrá que tirarlo a la basura.

Pese a su tamaño, Joaquín es un niño muy pesado. La mujer levanta el cuerpo con ambos brazos y se lo recarga en el pecho para transportarlo, con dificultad, hasta la sala. ¿A dónde meterlo? Habrá que dejarlo sobre uno de los sillones y que Miguel lo vea al entrar, desde el recibidor. Quizá vestirlo con el esmoquin negro y la pajarilla que le compraron para la boda de los Yunes. No, muy melodramático. Pero si lo dejaba en el sillón, todavía con la piyama, quizá sería demasiado informal. Bueno, ni tanto, al fin que es la de seda. Eso sí, ni modo de llevarlo hasta su cama, sería complicarse la vida. ¿Al cuarto de juegos? Muy macabro. Además era muy pesado para ella sola. En el sillón, por lo mientras, y ya que Miguel me ayude, piensa mientras junta las piernas del niño y le quita las sandalias para que no manche la tela blanca.

La mujer piensa en prepararse un té, revisa su celular con poco interés, para ver si así deja de preocuparse tantito, pero no.

Su muerte le había traído más coraje que sorpresa. Ya había notado los primeros síntomas, pero los esquivaba, se convencía a sí misma de que las señales no eran tales, que si no les daba importancia se irían solas. Desde hace unas semanas, cuando iba a recogerlo a la puerta de la primaria, lo veía salir cansado, mirando al suelo, mientras sus compañeros corrían hacia el portón. Incluso el dobladillo del pantalón de su uniforme estaba desgastado y comenzaba a descoserse la valenciana. También había agarrado esa costumbre de recargar la cabeza sobre la mesa durante el desayuno, agotado, mientras jugaba con su comida.

Y Miguel, que estaba tan emocionado de tener el día más o menos libre. Les había dicho que sólo iría unas horas a la oficina y regresaría para llevarlos al club campestre.

Ya comienza a imaginarse su cara cuando le diga que Joaquín se murió: los ojos hacia arriba, la mano en la frente, girando la cabeza en desaprobación. ¿Por qué? ¿Qué le hiciste? ¿Qué no estabas aquí para cuidarlo?

A ambos les había costado adaptarse a la Cerrada, pero sin duda el niño les abrió varias puertas con los vecinos. Ya está bien grandote, hasta eso no es muy latoso, lo vamos a meter al fut en las tardes, oye Ana, perdóname que te moleste, pero Joaquín está enfermo y hoy no fue a la escuela ¿no me podría pasar la tarea? No, nada grave, ya mañana se presenta, muchas gracias por preocuparte. El ocasional cafecito con otra madre. El chitchat al ir por él a la escuela.

Le encantaba traerlo por las plazas de la mano, caminando por las tiendas, y que todos vieran a Joaquín, mi muchacho, tan güerito y bien portado. Pero lo que más le gustaba de esos paseos era encontrarse a Flora Velez regañando a su hija por haberse manchado el vestido, o ver los berrinches que los gemelos le hacían a la pobre de Carolina Bringas, quien nomás la veía y fingía una sonrisa.

Y Joaquín, perfecto, pero ya no.

Escucha un auto estacionándose afuera. Se levanta del sillón y se dirige a la puerta, mientras oye cómo su esposo sale del coche. Ensaya en voz baja las frases que le dirá al recibirlo: Miguel, ¿qué crees? El niño ya se descompuso. Sí, ya chequé todo, no es la batería, y no, no fue lo que le dí de comer. Se me hace que vamos a tener que ir a comprar otro.