Enrique Pérez Martínez

La huida | Edgardo Cozarinsky

Hay noches, en el Océano Índico pero también al sur de Portugal, y de este lado del Atlántico en las costas de Puerto Rico, en que el mar parece encenderse.

No son llamas, es más bien una luminosidad azulada, un palpitar llegado de la profundidad que recorre inquieto la superficie, acompañando la respiración del oleaje. Los intrépidos, los ociosos, los soñadores que van en su busca parten sin brújula ni calendario. Saben que pueden agotar la vida sin haber encontrado ese mar que dicen fosforescente. En algún momento de su juventud leyeron a Julio Verne y rcuerdan que el Nautilus navegó como en un sueño sobre aguas que el capitán Nemo creyó habitadas por innumerables criaturas marinas luminosas. Poco les importa que investigadores de un siglo posterior hayan identificado la fuente de esa luz en una bacteria que anida en las algas del plancton. La ciencia nunca ha podido expulsar la leyenda que le da sentido.

El hombre que desde el puerto de San Antonio Oeste contempla las aguas negras, bordes de espuma apenas visibles que permite descubrir una luna mezquina, no puede distinguir en la distancia horizonte alguno. En su adolescencia leyó del mar ardiente, sin duda ya ha entendido que nunca lo verá, que tampoco respirará en el viento cálido de esas lejanías. Esta noche va a abordar una travesía por tierra, dará la espalda a ese océano del que se despide como de un camino no tomado cuando llega la hora de admitir que es demasiado tarde para poder, algún día, abordarlo. Poco antes de medianoche va a subir a un ómnibus que recorre la llamada “línea sur” en Río Negro. Tiene mucho frío.

Una hora antes, en un restaurant en el extremo de las vías de ferrocarril abandonadas que alguna vez condujeron al puerto, comió unos pulpos diminutos. El dueño, servicial, feliz de tener un forastero al alcance de su conversación, explicó que se trataba de una variedad muy apreciada propia de la zona, que no iban a crecer, tampoco a derivar hacia otra latitud. Enumeró ufano los países adonde los exportaban y no dejó de añadir, en un alarde de superioridad provinciana, que en la capital no eran fáciles de encontrar. El ruido sordo del oleaje llegaba hasta la mesa.

Al salir, mientras buscaba en la oscuridad el camino hacia la terminal de ómnibus, esa descarga regular, invisible, lo siguió, golpes que se iban perdiendo en el viento helado, como el olor a herrumbre de barcos encallados, residuos de un pasado sin fecha. Siete horas más tarde, con luz, pensó, si por suerte clareaba temprano, iba a llegar a Ingeniero Jacobacci.

No durmió durante el viaje, tal vez solo sucumbió a un sopor que borroneaba las horas pasadas. Se sobresaltó cuando el omnibus se detuvo en Los Menucos, varias personas se apearon, solo dos subieron, y por la ventanilla vio rostros que no eran de pasajeros: escrutaban, ávidos, una intensidad ausente en la mirada, el interior del vehículo; tal vez buscaran solamente quebrar la monotonía cotidiana con un atisbo fugaz de gente de paso, gente que venía de otro lado, gente que seguiría hacia otra parte. Cuando el ómnibus retomó el camino vio que la población se deshacía en unas pocas casas sin luz; en las afueras, lo sorprendieron unas parpadeantes letras de neón azul que anunciaban pub-videoclub.

La noche anterior, en Buenos Aires, le habían robado el teléfono celular. Como una ráfaga, un chico pasó al lado de su mesa, con un movimiento súbito, preciso, tomó el celular, salió del bar sin detenerse y al cruzar la calle lo atropelló uno de los camiones que a medianoche recogen residuos urbanos. Arrancado a su somnolencia, él abandonó la mesa del bar, corrió tras el chico. Alcanzó a ver un camión que se alejaba sin detenerse y en medio de la calzada el cuerpo inerte. Se acercó. Un brazo yacía a corta distancia del hombro, una rueda del camión lo había aplastado y la sangre fluía serena aunque el chico ya estaba muerto. Al lado de la mano abierta estaba el celular. Se inclinó para recogerlo. La pantalla estaba iluminada, el golpe debía haberla activado. Probó la lista de contactos. Apareció inmediatamente. Aliviado, se alejó con el celular en el bolsillo, sin una segunda mirada para el despojo que yacía en la calzada.

Y ahora, con la cabeza apoyada en un respaldo nada amable, ojos cerrados que no lograban atraer el sueño, los episodios de la noche anterior volvían ajenos; no era seguro que hubiese sido él quien los vivió, eran más bien imágenes de alguna película entrevista en la television una madrugada de insomnio. A menudo le ocurría separarse de una situación vivida, ponerla a una distancia no buscada, llegar a verse con la mirada de algún testigo sin nombre.

El hombre que en el bar había estado colocando las sillas patas arriba sobre las mesas, por ejemplo.

Exageraba el ruido para advertirle que la hora de partir había llegado, a él, última ave nocturna que no parecía entender ese anuncio ni percibir que las luces se apagaban gradualmente. Hacía dos horas que estaba concentrado en el fondo vacío de un vaso de whisky cuando el paso del chico lo arrancó a su adormecimiento. Había estado consultando cada tanto la pantalla de su teléfono celular, componía un número y parecía no obtener respuesta. ¿Acaso la voz que atendía no era la que esperaba?

Ese hombre que esperaba paciente su partida no lo conocía, no era uno de los noctámbulos habituales del bar. Había apreciado de inmediato que el desconocido no hubiese empleado la palabra “mozo” para llamarlo: a él, más de sesenta años de edad y cuarenta de servicio, le parecía inadecuada; peor aún: la oía irónica. Para llamar su atención lo había mirado y con voz fuerte pero no autoritaria dijo “amigo” y luego “por favor”. A lo largo de los años, había conocido solitarios, pero la mayoría eran locuaces, siempre dispuestos a compartir con cualquiera el relato de su desdicha, el consuelo filosófico, una intimidad que sin duda callaban ante los inadecuadamente llamados íntimos. Todos, además, eran personas mayores (pensó el eufemismo sin sonreír). ¿Qué edad podía tener este hombre? Cuarenta, a lo sumo cuarenta y cinco años… Había pedido un whisky de buena marca, lo bebió lentamente y se quedó como esperando algo que no llegaba, quizá simplemente postergando el momento de volver a su casa.

El traqueteo del omnibus le impedía dormir. Cada tanto abría los ojos. Una débil luna le descubría el paisaje árido, sembrado de matas secas, crespas, aisladas. En algún momento distinguió a lo lejos una luz que cruzaba el horizonte, desaparecía, reaparecía más cercana, fuego veloz, apariciones fugaces. Una luz mala, pensó, almas en pena de muertos que no encuentran reposo y vuelven a inquietar los lugares donde traicionaron a quien los amó o abandonaron a sus hijos. Sabía, sin embargo, que no era esa fosforesencia marina que nunca vería, que en esta tierra árida emana de osamentas enterradas a poca profundidad.

Desconfiaba sin embargo de que se tratase solo de ganado, había visto cementerios de tierra iluminarse en medio de la noche. Adolescente, más de una vez había esperado que los padres durmieran para escapar de la casa familiar hacia la avenida vecina a un descampado aun no protegido por un paredón de ladrillos, sección nueva del cementerio de la Chacarita, fosas communes, para contemplar sobre la tierra removida los fogonazos intermitentes de una luz más blanca que la de cualquier lámpara. Años más tarde, ya adulto, iba a entender que los difuntos no abandonan, esperan impacientes a los que aún están vivos y demoran en llegar a hacerles compañía. Esa luminosidad anuncia su vigilia y es también una señal que indica el camino a seguir.

La noche anterior había visto levantarse viento en la calle, uno de esos breves vendavales de madrugada que en verano alivian el bochorno de un día caluroso y en invierno cortan, filosos, la cara del transeúnte demorado. En el aire flotaban papeles, diarios del día anterior, secuestros, sobornos, promesas electorales, niños violados por los padres, mujeres quemadas vivas por sus amantes: desechos caídos del camión recolector o escapados a los tachos de basura. Buenos Aires dormía indiferente a la descomposición, gradual, tenaz, que lamía las innumerables fisuras de su trama, insinuándose, incorporándose sordamente en un organismo corrompido.

El había atrapado al vuelo una hoja impresa y limpió la salpicadura de sangre que empezaba a secarse sobre la pantalla del teléfono. En invierno no empezaría a clarear hasta dentro de unas horas. El día lo esperaba con nuevos peligros. Se había detenido un instante y respiró hondo, con fruición. Le llegó un olor acre y dulzón, podredumbre de frutas y verduras, pensó, antes de reconocer su origen: un hombre acurrucado ante una puerta, dormido, la ropa adherida al cuerpo por sudor y orina.

En ese momento se dio cuenta de que no sabía adónde ir. Siguió un impulso postergado, se dijo que ya era hora de obedecerlo, y se dirigió a la terminal de Retiro para tomar un ómnibus que lo llevase a Viedma, y de allí otro a San Antonio Oeste si es que no había uno directo que le ahorrase el cambio. Llegaría a la tarde del día que empezaba, cansado, sin equipaje, con el dinero cosido al forro de la chaqueta demasiado liviana para la estación, pero no podia volver a su casa a buscar otra.

Con los ojos cerrados, la cabeza apoyada contra la ventanilla, se dejó ir a imaginar a la mujer que aunque no dormía no quiso atender sus llamados. Estaba seguro de que sabía quién llamaba, ese hombre que todavía podía oler en la almohada sobre la que ella daba vueltas, insomne, la cabeza, No le habían molestado sus visitas erráticas, intempestivas, limitadas a un acoplamiento rápido, a unos gestos sucintos de ternura; era el silencio lo que la hundía en una insatisfacción persistente.

No siempre había sido así. Supone que hubo un primer momento en que ella aceptó que no debía hacer preguntas, que no había una esposa descuidada en el desconocido presente de ese hombre; eso lo intuía, y si de algo se jactaba era de su instinto: hombres sucesivos, mentiras y promesas, lo habían afinado. Pero algunas noches el sueño lo venció a su lado, y ella le escuchó murmurar frases cuyo sentido se le escapaba, unidas por el miedo, por la necesidad de eludir un acecho, y si al despertar se atrevía a una pregunta él reaccionaba con malhumor y varios días de ausencia. Hubo una mañana, cuándo llegó él no recordaba, en que ella había decidido, si es que se trataba de una decisión, acaso solo fuera una forma del cansancio, no volverlo a ver.

Una freno súbito, un cambio de velocidad lo despertaron, si fuera posible que hubiese dormido. Como tantas otras veces solo necesitaba cerrar los ojos para que la culpa o el remcor empezasen a proyectar en el interior de los párpados su propia imagen tal como otros lo veían, como él suponia, temía, deseaba que lo vieran. Mantuvo abiertos los ojos todo el resto del viaje.

Faltaba poco para llegar a Maquinchao. Había empezado a nevar, la tierra reflejaba y devolvía la luz de la luna, un resplandor metálico, espectral. Ahora el ruido del motor se imponía con nitidez, cada vez más presente, en medio de un silencioso desierto blanco que por contraste parecía denunciar que un vehículo, un intruso se le atrevía. Tuvo una vision: a su paso despertaban rebaños fantasmales, callados, habían invernado en esos parajes cuando los cruzaban tribus nómades y solo una toldería temporaria se animaba a asentarse en tierra tan inhóspita,

En la estación no bajaron ni subieron pasajeros, un empleado entregó al conductor un sobre y recibió otro, el ómnibus no demoró su partida y muy pronto dejó atrás la poca luz que había permitido leer en un cartel las letras despintadas que componían el nombre de Maquinchao. Ninguna ventana iluminada interrumpió la oscuridad, la noche se había cerrado.

En Ingeniero Jacobacci lo recibió un viento helado. La estación, menos precaria que las anteriores, reunía un entrecruzamiento de vías que declaraban su condición pretérita, eje central de líneas ferroviarias, algunas todavía en servicio; reconoció, entre otras, las de trocha angosta que habían unido el pueblo con Esquel. Un empleado apenas despierto, el único en servicio, le señaló a unos cien metros una ventana poco iluminada sobre la cual estaba pintado “despacho de bebidas”; allí, dijo, podría desayunar. Con la cabeza baja para eludir las ráfagas se dirigió hacia esa promesa de abrigo y aunque al entrar lo rechazó el olor de la leche recalentada, imaginó capas de nata amarillenta, se resignó a pedir un café, a esperar que el horno entregase las primeras medialunas del día.

-Cada vez duermo menos. Y no sueño. Una bendición.

La voz era clara, la mirada firme. Las arrugas grabadas en la piel seca, la barba rala, descuidada, lejos de avejentar el rostro acentuaban un carácter fuerte anunciado por la voz y la mirada.

El visitante lo estudiaba. Reconocía al hombre visto por última vez más de veinte años atrás; inevitablemente, como suele ocurrir en una confrontación tardía, se preguntó cómo lo habrían cambiado a él los años.

Sabía que el viejo había adoptado un nombre que no era el que le había conocido, y a ese nombre nuevo él enviaba algún dinero cuando los vaivenes de sus finanzas lo permitían. Ahora, después de media hora caminando contra el viento en un rincón de la Patagonia nunca antes visitado, había llegado a un borde de la urbanización, el desierto visible detrás de las últimas casas, y descubría dónde se había refugiado el viejo: paredes de cemento, pocos muebles rescatados de algún éxodo local, una estufa carraspeante que combatía el frío en la habitación donde tomaban mate. Cada tanto interrumpían el silencio con frases que no decían lo que hubiesen querido saber el uno del otro.

-Podés pasar a Chile, no es difícil desde Bariloche, si lo que buscás es borrarte…

¿Por qué suponía el viejo que estaba huyendo? ¿De qué imaginaba que huía? Él no había pensado en huir, menos aún a otro país. Había llegado para estar junto a su padre, al único que consideraba padre, del que rehusaba renegar, como intentaban persuadirlo. Era un impulso que no entendía pero cuya fuerza necesitaba acatar. No se lo decía, no tenía ganas de contar los meses de acoso, la exigencia de cumplir con un requisito legal, ese análisis de sangre que podría demostrar, le decían, que era hijo de una pareja sacrificada a ideales que le eran ajenos, que habían empuñado armas para luchar por esos ideales, y habían caído víctimas de la represión que acabó con esa lucha. Tenía miedo de pronunciar las palabras que podían confirmarlo como un réprobo, uno de los malditos, y al mismo tiempo intuía que esa condición era el lazo filial más fuerte que lo unía al viejo, su padre no biológico, el que lo había criado y le había enseñado a abrirse paso en una vida que muy temprano sintió hostil.

Algo de todo eso intuía el viejo. Respetaba el silenco del que había sido su hijo, el chico de meses del que se había apropiado, según la palabra que con los años se cargo de sentido delictivo, lejos del gesto que en su momento había parecido lógico, aun natural. También entendía que ese territorio, encubierto durante décadas, más valía dejarlo tácito en este reencuentro que podia ser el ultimo.

-No te vas a quedar con mate y galleta, tengo unos trozos de carne y en el fondo hay un asador.

Acompañó al viejo, lo vio diestro para armar un fuego protegido del viento por una mampara de chapa. El aire helado, filoso, anunciaba una nevada próxima. Permanecieron junto a ese calor que no alcanzaba a desterrar el frío, extendiendo cada tanto las manos hacia la parrilla, esquivando las chispas que subían en el aire.

Tantos años más tarde, volvió a uno de los asados de domingo en una quinta de Lomas de Zamora, él al lado del viejo que aun no lo era, observando cómo les tomaba el tiempo a las achuras y a los distintos cortes para que estuvieran a punto en el momento de empezar por el choripán y la morcilla, a veces también unas mollejas, antes de pasar a la tira, a la entraña, al vacío. Era otro olor entonces, la promesa de una serie de sabores; años más tarde, buscaría el gusto de aquellos asados y nunca lo encontraría. Ahora, ante esos trozos de carne seca que acaso no llegara a tiernizar un fuego lento, la presencia a su lado del viejo le devolvió no solo aquella ceremonia dominical, su parsimonia indolente, también una edad clausurada que los años habían hecho casi ajena, la de ese chico en quien le costaba reconocer su propio pasado.

Era mediodía pero en el cielo solo había una luminosidad turbia, sin sol. El viejo le dio unas mantas y le armó un catre en un cuarto donde se acumulaban herramientas, leña y lo que parecían ser partes de un motor desarmado. Mañana limpio todo esto, prometió, llevo todo a la cocina; la pieza va quedar decente, pobre pero decente, añadió con un sonrisa, la primera que él le veía desde su llegada.

El cansancio del viaje nocturno lo venció; lo que empezó como siesta duró hasta que al despertar descubrió en lo alto innumerables estrellas nunca vistas en el cielo nocturno de Buenos Aires, siempre ensuciado por la electricidad. La noche de invierno, temprana, no le pareció más fría que el día. Se quedó estudiando ese cielo desconocido, puntos luminosos fijos en un firmamento negro; al rato de clavarles la mirada parecían palpitar levemente. Se preguntó cuántos de ellos corresponderían a estrellas muertas que solo la ecuación entre distancia y velocidad de la luz permitía llegar hasta él.

Una sombra venía acercándose por la calle de tierra, única presencia viva en ese suburbio oscuro. Sostenía con cuidado una olla cubierta por un repasador.

-Su padre tiene para rato en el garage. Me dijo que había visitas, así que le traigo algo que él no sabe preparar.

La mujer entró en la casa sin que él la precediera y se dirigió sin vacilar al cobertizo que hacía las veces de cocina, paredes ennegrecidas por años de humo de fogón. La siguió con la mirada: tendría unos cuarenta años, pechos generosos, muslos que acompañaban un andar cadencioso; observando sus gestos seguros, su familiaridad con el espacio, se preguntó si esa mujer todavía deseable se limitaba a cocinar para el viejo o si también le satisfacía algún capricho.

-Le caliento la carbonada. Coma antes de que se enfríe – aconsejó -, su padre dijo que no lo espere.

Hizo un gesto hacia un rincón a sus espaldas.

-Ahí va a encontrar vino, en uno de esos cajones hay botellas.

Comió solo. La mujer no quiso demorarse.

Horas más tarde, envuelto en una de las mantas que el viejo le había pestado, fumaba un cigarillo en el estrecho espacio de yuyos y pasto ralo, en otra estación acaso un modesto jardín, que separaba la casa de la calle. Empezó a preguntarse qué futuro, aun inmediato, podia esperar del impulso que lo había llevado a ese rincón de la Patagonia, en qué podia convertirse el parco reencuento con el viejo. El afecto latía púdico bajo el silencio, pero el tiempo, la ausencia, las amenazas de una sociedad que se quiere de puros y justos habían hecho de ellos individuos que difícilmente pudieran retomar la relación interrumpida.

¿Cómo lo veía el viejo? ¿Desconfiaba acaso de su lucidez? El consejo de pasar a Chile daba a entender que lo suponía huyendo. ¿Entendía lo irracional de su miedo? Menos el de cargar con una novela familiar que no le interesaba que el de enfrentar a esa congregación de ancianas empolvadas que lo amenazaban con un análisis de sangre… Y ahora, estas horas tardías del viejo en un garage donde, le había contado, de vez en cuando le confiaban alguna changa, tal vez solo postergaran el regreso a casa, el intercambio de unas palabras forazadas; sin duda había prefirido quedarse comiendo y bebiendo, compartiendo una locuacidad espontánea con los amigos que aliviaban la desolación del lugar…

De pronto se vio con nitidez: había querido, sin atreverse a explorar los motivos, volver a su padre. No se le había ocurrido que acaso a éste no le interesase cargar con un hijo. Se sintió muy solo.

No tenía equipaje. Y el dinero que llevaba consigo no permitía la aventura chilena. Más le hubiese valido quedarse lejos de este desierto helado, del encuentro con un viejo que ya no podia ser el padre recordado. Una vez más, no sabía adónde ir. Tal vez frente al mar, en San Antonio Oeste, donde el viento frío llegaba cargado de sal, pudise empezar algo, acaso una nueva vida.

Una sola certeza: entendió que se había equivocado. Lo único que buscaba estaba fuera de su alcance: su propia despreocupada, desprolija adolescencia.

Días más tarde ganó treintamil pesos en el casino de Las Grutas.

Había dejado Ingeniero Jacobacci sin despedirse, solo unas líneas en una hoja de papel de embalaje, con un poco de suerte el viejo las encontraría al volver a su casa esa noche. Un ómnibus, tal vez el mismo que lo había llevado allí, lo devolvió a San Antonio Oeste. Con el dinero que le quedaba se compró ropa, la menos pobre que encontró en una tienda local, alquiló un cuarto frente al puerto y tomó un taxi hacia Las Grutas.

Tiempo atrás había oído del balneario, el último de aguas templadas camino al sur; ahora lo descubrió afeado por construcciones de cemento, por un urbanismo rudimentario. En la base de los acantilados que bordean la playa sin duda seguían estando las grutas que le dieron nombre, cavidades prehistóricas excavadas en la roca, escondite de niños, albergue de amantes, pero la promesa de un paisaje incontaminado, de una costa salvaje, ahora exigía dar la espalda a toda edificación.

El casino le pareció una version reducida, sin grandes pretensiones, de los que en décadas recientes habían prosperado en la capital y sus alrededores; los jugadores, sin embargo, no correspondían a los que había visto en el casino flotante ni en el Tigre: algunas fortunas regionales, relojes de marca visibles en la muñeca, acudían en busca de un remedo de la animación y las luces de garitos más prestigiosos; algunas aves de paso intentaban corregir sus destinos. Un croupier, incómodo en su uniforme, lo escrutó con desconfianza cuando se acercó a la mesa y con hostilidad cuando en unas pocas jugadas ganó treintamil pesos.

A la mañana siguiente, en San Antonio Oeste, fue el primer cliente que arrancó de su letargo al empleado del Banco Patagonia para hacer un giro por cinco mil pesos al nombre ahora usado por el que había sido su padre. Volvió al casino esa noche pero prefirió no jugar. Se quedó en el bar estudiando caras y ropas, mirada de asaltante o de novelista que deduce personajes en transeúntes anónimos, tratando de imaginar de dónde vienen, en qué se ocupa esa gente; le parecieron, todos, vecinos de la región. La ausencia invernal de turistas lo hizo interesarse en la excepción, una mujer que hablaba con el barman en un castellano de acento inubicable: unos sesenta años, bien conservada, vestida y maquillada con esmero y sin afectación. Intercambiaron sonrisas.

– How’s your luck? – fue ella la que inició el diálogo, dando por sentado que podían entenderse en inglés.

El informó que esa noche no jugaba y la invitó a un segundo trago. El contacto prosiguió con soltura, sin apuro ni vacilación. Britta, danesa, viuda reciente, sin temor al invierno patagónico ni pena por sacrificar el verano europeo, se había arriesgado a visitar parientes en una de las colonias danesas a orillas del Nahuel Huapi, a explorar territorio desconocido. Volvía a Buenos Aires, al avión que la llevaría de vuelta a Copenhague, haciendo etapas a lo largo de la costa atlántica. Se alojaba en el hotel anexo al casino.

Una hora más tarde, en su habitación, con más dedicación que entusiasmo, cumplieron cada uno lo que esperaba del otro. Ella se durmió casi inmediatamente. El se vistió y al ver sobre la mesa de luz una cartera abierta, y asomando de ella dos billetes de cien dólares, decidió que habían sido ofrecidos con delicadeza.

El taxi en que volvió a San Antonio Oeste avanzaba penosamente contra el viento. Es raro, comentó el chofer, agosto no es temporada de vendavales, los vientos fuertes llegan en noviembre. Pero él ya era indiferente al tiempo, al paisaje, aun a los días pasados en busca de un padre que ahora había decidido olvidar. El largo insomnio del regreso en omnibus, las cuarenta y ocho horas junto al Atlántico habían hecho de él, se le ocurrió, un personaje de ficción, aventurero instalado frente a un puerto casi extinto, ganador en la ruleta, fugaz amante rentado de una europea. Se aferró a esta nueva identidad para cancelar todas las anteriores. No se le ocultaba lo banal de los episodios vividos, tan lejos de sus lecturas de adolescente, de mares fosforescentes, del Nautilus, del capitán Nemo. Pero había sido la única aventura a su alcance. Aquí, pensó, el pasado no llegaría a alcanzarlo. Tal vez, con un poco de esfuerzo y otro poco de suerte, podría conjurar los miedos, hallar el modo de quedarse en ese puerto sin misterio, de no volver nunca a Buenos Aires, de no ser el que había sido.

-El mar no solo es enemigo del hombre ajeno a él, también le es hostil a sus propias criaturas – el japonés hablaba sin énfasis -. Es capaz de arrojar a las ballenas más poderosas contra las rocas y abandonarlas allí, junto a los restos de un naufragio.

Hizo una pausa antes de añadir:

-El océano es ingobernable y cubre el planeta.

El japonés observó al desconocido que lo había escuchado en silencio. No esperó un comentario. Lo había visto por primera vez el día anterior y lo reconoció inmediatamente como alguien con historia, no solo porque un forastero que alquila un cuarto cerca del puerto no es un turista ni un viajante de comercio ni cualquiera de los roles asignados en la vida práctica, transparente del lugar. El mismo había sido un desplazado, y con los años lo habían aceptado como un personaje. No se pedía mucho en San Antonio Oeste para hacer un personaje de alguien sin una razón evidente para quedarse allí.

-Piense en el canibalismo del mar, todas esas criaturas que se devoran entre sí en una guerra eterna desde el principio del mundo.

El japonés sonreía mientras describía la displicente crueldad de la naturaleza. Al desconocido que lo escuchaba se le ocurrió que la tierra firme donde es necesario sobrevivir no conoce otra realidad.

El recién llegado pidió otra vuelta de cerveza; eran las once de la mañana, demasiado temprano en el día como para abordar alcoholes más serios. Poco comunicativo, sin embargo había percibido una afinidad posible con el japonés cuando lo cruzó en la calle dos veces en pocas horas, le había despertado simpatía una presencia francamente extranjera, que difícilmente pasase inadvertida en una ciudad poco visitada. Ahora habían coincidido en un bar desierto antes de mediodía ­al final de la tarde, lo había observado el día anterior, se llenaba de pescadores – y la conversación surgió con naturalidad.

El japonés había llegado al país detenido por una lancha patrullera de la Prefectura Naval, uno de los trescientos tripulantes del barco pesquero, bandera japonesa, que había cargado dos toneladas de calamares en aguas territoriales argentinas. Fue el único que eligió no ser repatriado. Le anularon el arresto temporario y le dieron un documento que, propusieron, le permitiría trabajar en Comodoro Rivadavia, mano de obra en la petrolera estatal; pero el japonés sabía que lo suyo no era la tierra sino el mar. De Rawson a Puerto Madryn fue subiendo hasta recalar finalmente en el norte de la Patagonia, en ese puerto confinado a la pesca, ya que las naves de gran calado, visibles en la distancia, solo pueden amarrar en las aguas profundas del otro extremo de la bahía, en San Antonio Este. Ya no navegaba, trabajaba en el acondicionamiento y embalaje para las compañías exportadoras de mariscos.

El desconocido escuchó este resumen de veinte años vividos en el país sin sentirse obligado a revelar nada de su pasado. Hay silencios, sabía, que sellan una comunión entre personas dotadas de habla. Se le ocurrió que también él podía buscar trabajo con uno de los exportadores mencionados por el japonés, pero instintivamente rechazó cualquier plan que lo atase para el futuro. El dinero ganado en el casino se iría agotando gradualmente y en algún momento de ese descenso surgiría, o buscaría, una forma de obtener algo más, pondría fin a esta entrega inerte, sonámbula, al encadenamiento de días vacíos. Confiaba en ello sin inquietarse.

Por la ventana del bar observó las huellas del viento salado, óxido en las construcciones de chapa, revoque gastado y pintura descascarada en las paredes de los edificios cercanos al mar; más lejos, los barcos entregados al desguace lucían todos los matices rojizos de la herrumbre. La corrupción que el mar traía a sus orillas, tan distinta de la basura que había invadido Buenos Aires, no disminuía en su imaginación el esplendor sin límites ni tiempo que en los libros le había prometido la alta mar. El japonés le hablaba del mar como enemigo. El lo sentía como una mujer deseada y peligrosa: podia transfigurarlo o ahogarlo.

Días más tarde invitó al japonés al restaurant donde había probado los pulpos diminutos que, se había jactado el dueño, solo allí se encontraban. Bebieron vino blanco y se demoraron fumando con la segunda botella; como a viejos conocidos, el dueño no los invitó a irse cuando apagó las luces y solo dejó encendido un papadeante tubo de neón sobre el bar. Les pidió que lo llamaran a su vivienda, en el piso superior, cuando llegase el momento de cerrar.

Tal vez llevado por la penumbra, por la hora o el llamado siempre cercano del mar, el japonés habló por primera vez de su infancia. De su infancia y de la muerte. Contó que en su pueblo, cercano a la playa de Chiba, cuando llega el solsticio de verano se celebra la ceremonia de Obon. Los pescadores limpian la playa, la vacían de todo desecho la noche anterior para que los niños caven hoyos en la arena y allí duerman de cara al mar, atentos al amanecer. Cuando aparece el sol los muertos salen del mar. Los niños no pueden verlos, los muertos los ven aunque para los vivos ellos son invisibles, y los niños deben guiarlos hacia los que fueron sus hogares. Durante tres días habrá música, canto, comida y bebida, la familia estará en compañía de sus muertos aunque no puedan verlos y todos juntos festejarán el reencuentro. Y el mar cubrirá la playa, llenará los hoyos vacíos.

¿Qué edad podia tener el japonés? En ese rostro enjuto, de piel terrosa pegada a los huesos, los surcos que en otras caras delatarían la edad podían haber sido precoces. El hombre que lo escucha lo siente mayor que él, intuye que ha vivido más que él, que ha visto cosas y sobrevivido a peligros que a él le gustaría haber conocido. Y piensa en otros muertos, para él también invisibles, esos padres que no conoció y ahora buscan endilgarle, mártires que no quiere conocer. Ya no es un niño, pero se le ocurre que los bienpensantes quieren que él, como los chicos de la ceremonia contada por el japonés, conduzca los fantasmas de esos padres al que había sido su hogar perdido, del que habían sido arrancados a los golpes en medio de la noche antes de ser torturados y matados. Pero esa historia él no la quiere para sí, que la celebren los otros, los virtuosos. Hace mucho que él ha elegido el lado de la sombra.

Más allá del relato, en el silencio compartido encuentra lo que buscaba en compañía del viejo, el padre elegido que poco a poco, en este puerto que mira al océano y da la espalda al desierto, empieza a alejarse de sus pensamientos.

Salieron a la calle vacía. La lámpara colgada entre dos postes oscilaba en el viento y su vaivén descubría perfiles inesperados, revelaba un aspecto invisible de día en los depósitos cerrados, las vías abandonadas, las matas crecidas entre los rieles. El paisaje cotidiano se volvía espectral en la luz de mercurio, demasiado blanca en medio de la noche cerrada. Ellos, únicos noctámbulos, avanzaban silenciosos, callando una misma sospecha: la de ser fantasmas que nadie espera, que ninguna ceremonia convoca.

Encontró trabajo donde no lo esperaba: en el casino de Las Grutas, agente de seguridad no armado, atento a la conducta de los visitantes, señoras mayores que desvían fichas ajenas en las mesas de ruleta, bebedores que intentan alejarse del bar sin haber pagado, todo un enjambre de conductas que en dos horas escasas de instrucción fue adiestrado a enfrentar con una mezcla inexpugnable de amabilidad y firmeza, situaciones que tal vez en verano pudieran surgir pero que en un frío, ventoso agosto no vinieron a su encuentro.

En un traje oscuro y una camisa blanca, prendas

ajenas a sus hábitos, el precio le sería descontado de futuros sueldos, recorría entre las seis de la tarde y una hora variable después de medianoche las salas de juego. Una iluminación estridente revelaba sin prudencia la baratura de una decoración inspirada en alguna película de los años 90. Ninguna europea madura lo distrajo de esas rondas.

Empezó a sentirse cómodo en su nueva identidad. La había ido adoptando insensiblemente desde la llegada a San Antonio Oeste, y aunque en su mente Buenos Aires e Ingeniero Jacobacci no estaban borrados se habían alejado hasta perder urgencia y peligro. Una vez más era el espectador de su vida como podía serlo de una serie de televisión, episodios que acatan la exigencia de renovar la trama con desarrollos imprevistos. Libros y películas habían colonizado su imaginación desde la infancia, le habían trazado el mapa de una vida que la llamada real solo iba a traicionar; para defenderse de esa promesa incumplida, aprendió a avanzar disfrazando la inseguridad con gestos agresivos, preservándose de las trampas con que amenaza el afecto.

La amistad del japonés se convirtió muy pronto en el ancla de su nueva existencia. Decidió no mudarse a Las Grutas y conservar su precario alojamiento en el puerto de San Antonio Oeste. Prefería subir todas las tardes al tambaleante, carraspeante colectivo de la línea costera que hacía los quince kilometros entre vivienda y trabajo, separar con una distancia aun corta dos aspectos de su existencia. Muy pronto empezó a invitar al japonés a tomar un trago en el bar del casino. La visita le permitía conversar en las pausas del trabajo con un interlocutor menos básico que su único colega o el barman.

El japonés había estado en Murmansk. El nunca había oído ese nombre, tampoco el del mar de Barents. Se enteró de que era una ciudad rusa, un puerto al norte del círculo polar ártico. Cuando le preguntó si barcos pesqueros japoneses se arriesgaban tan lejos, el japonés sonrió e movió las manos en un gesto que podia querer decir cualquier cosa, o nada.

-Si llegan al Atlántico sur por qué no al Artico…

En Murmansk el invierno es largo, durante meses no alivia la oscuridad, apenas cede a una débil claridad pocas horas del día. El japonés se reía al recordar esas penurias. Contó una humorada local: en una novela policial cuya intriga ocurre en Murmansk el comisario que interroga al sospechoso le pregunta qué hizo en la noche del 3 de diciembre al 11 de enero.

– Ciudad brava, Murmansk. Llegaron chinos hace cien años, mucho juego, mucho contrabando.

El pasado del japonés, al escucharlo se afirmaba la certeza, era territorio incognito. Antes de su arresto por la Prefectura Naval argentina, después de esa infancia de ritos celebrados en una playa de su pueblo natal, se extendía una posible novela. ¿Qué edad podia tener? Acaso la de su padre, el padre elegido, buscado y abandonado en el otro extremo del desierto, lejos del mar.

De esa novela, y del papel que Murmansk había tenido en ella, se iba a enterar semanas más tarde, cuando un desconocido se presentó en el casino poco antes de medianoche y pidió hablar con él, un individuo que parecía incómodo: como mucha gente insegura de su posición ante la ley, se expresaba en un vocabulario casi administrativo. Era el dueño de un sauna, registrado como salón de masajes y spa, que el japonés – se enteró en ese momento – frecuentaba. Su amigo había sufrido un paro cardíaco; en su ropa encontraron, garabateado en un papel, un único nombre que supusieron el de la persona a quien llamar en caso de accidente, y dos direcciones, una en San Antonio Oeste, otra el casino de Las Grutas.

Su primera reacción fue algo parecido a una emoción, la de enterarse de la confianza depositada en él, la única persona cuyas señas había guardado un conocido reciente, que sin embargo había llegado a sentir más cercano que casi todos los de un pasado que quería dejar atrás. Luego, una pena débil, difusa. Hacía mucho que había aceptado el acecho constante de la muerte, y recibía cada comprobación sin miedo, con cierta oscura satisfacción resignada.

El cuerpo había sido trasladado a un compartimento desocupado. A nadie se le había ocurrido prever el rigor mortis y atar un pañuelo para sostener la mandíbula: la boca había quedado entreabierta tal vez en busca de aire, acaso sonriendo. El dueño del establecimiento le explicó que de él solo esperaban que reconociese la identidad del accidentado; ya se había comunicado con el comisario de turno, tenía la promesa de que evitarían problemas, la ambulancia del hospital local debía llegar en cualquier momento.

En otro compartimento encontró a la chica a quien el japonés había dedicado su último aliento. La primera impresión fue la de una adolescente precozmente envejecida, mejillas hundidas, pelo descolorido, sin vida, que alguna vez había sido rubio. Estaba sentada en el borde de la camilla de servicio, la mirada perdida más allá del tabique que tenía ante los ojos, tal vez hundida en su memoria. Se había cubierto con una bata entreabierta que no ocultaba la cicatriz larga, rugosa que le surcaba el pecho; él no pudo evitar preguntarse si al tacto esa costra oscura sería áspera en medio de una piel que adivinaba suave. Intercambiaron en silencio una mirada larga.

El dueño iba a confiarle una parte de su historia: la chica era rusa, el japonés la había traído e instalado allí como en una pensión, pagaba alojamiento y comida con la condición de que quedase reservada para él. Se había asegurado que esta última exigencia fuera respetada declarando, sin mayores precisiones, que la chica y él estaban “enfermos”, que para no tener problemas con Sanidad convenía que ningún otro cliente la tocase.

– ¿Qué va a ser de ella ahora? Habla muy mal castellano…

Volvió a mirarla, ahora con una curiosidad distinta. Obedeció a un impulso, le pidió al dueño que la guardase un tiempo, él pagaría como el japonés lo necesario para su mantenimiento. Con una diferencia: no la tocaría.

Días más tarde debió decidir si la dejaba recluida en uno de los cubículos del sauna o si la llevaba con él a San Antonio Oeste. No se le ocultaban las complicaciones que traería este segundo plan, pero una oscura lealtad hacia el japonés se le imponía, más fuerte que toda sensatez. Se sentía heredero de un tácito mandato, él que no tenía hijos ni había querido hacerlos, reconocía y aceptaba mansamente un imprevisto sentimiento paternal hacia esa criatura frágil, inerme, que expresaba su gratitud con palabras incorrectas en un acento difícil de penetrar. Entendió que se llamaba Aniushka.

La instaló en el cuarto que alquilaba frente al puerto. Transformó en cama, cubriéndolo con mantas y almohadones, un diván desvencijado. Aniushka se sentía demasiado débil como para desafiar dos pisos de escalera y a él no le molestó prepararle la taza de leche y los cereales con fruta aconsejados por el médico al que la había confiado el japonés. Había recetado, sin mucha confianza, medicamentos sin duda eficaces de haber atacado la enfermedad en un estado anterior.

Fue ese médico, más que las palabras poco frecuentes, imprecisas, de Aniushka, quien le permitió completar una historia de la que el dueño del sauna solo había podido trasmitir un episodio tardío. Durante una escala en Murmansk, el japonés la había rescatado de un bar de hotel donde ejercía como lo que el establecimiento denominaba welcome girl, la había embarcado como polizón en su pesquero, le había comprado documentos de verosimilitud dudosa, solo aceptados por una inspección sumaria en el puerto de Comodoro Rivadavia. Murmansk, el japonés había contado, estaba convertida en una base de emigración illegal desde el fin de la Unión Soviética, mucha gente sin documentos válidos ni visas intentaba cruzar la estrecha franja de frontera con Noruega en los pocos meses en que el hielo desbloquea los pasos. El tráfico marítimo, por otra parte, nunca había sido el único en prosperar en ese puerto extremo del ártico, las drogas y el mercado de divisas habían creado una animación comparable, en los intersticios de la administración soviética, con la “quimera del oro” en el oeste norteamericano. La ciudad más septentrional de Rusia, con las temperaturas más severas, ahora también ocupaba otro primer lugar en las estadísticas: contaba con la más alta proporción de portadores de sida.

Estas informaciones repercutían en su mente cada vez que contemplaba dormir a Aniushka. Ese cuerpo gastado por la enfermedad le había parecido el de una adolescente cuando la vio por primera vez, envuelta en una bata, sentada en el borde de una camilla del sauna; ahora no podia ignorar los pechos flácidos, vacíos, ni los huesos apenas cubiertos por la piel ajada de brazos y hombros, tampoco algunas manchas, lunares irregulares a los que el medico había dado un nombre. Y sin embargo esta imagen que excluía la posibilidad del deseo alimentaba la ternura, despertaba el afán protector. ¿Qué había esperado esa criatura al dejarse llevar a otro extremo del mundo por un hombre con quien no podía intercambiar palabra? Acaso no había esperado nada, solo se había entregado a una nueva peripecia de una vida que no había conocido más que entregas sucesivas, destinos desconocidos.

Un día, ya llegada la primavera, Aniushka le pidió que la llevase a la playa. La había entrevisto desde lo alto del acantilado, en Las Grutas, pero nunca se había animado a bajar hasta la orilla del mar. El no se atrevió a decirle que en su estado no podría resistir al viento frío que todo el año castiga la costa. Por toda respuesta sonrió. Al día siguiente partieron en un taxi. Cubierta con varias prendas de lana y envuelta en una manta, él la había llevado en brazos, la había depositado cuidadosamente en el asiento trasero.

Una sonrisa que él no le conocía la iluminó cuando estuvo frente al mar. Sentados en la arena, la abrazó para trasmitirle un poco de calor. Ella, sin una palabra, apoyó la cabeza en su hombro. El dejó pasar el tiempo sin contar los minutos, que muy pronto se hicieron una hora, hasta que la sintió dormida.

En ese momento se le ocurrió que podia quebrar fácilmente esos huesos débiles, interrumpir una respiración casi inaudible haciendo más fuerte el abrazo, besando a Aniushka hasta que la boca siempre entreabierta ya no pudiese recibir más aire. Podía abreviar una agonía que temía interminable. Por primera vez se vio ya no vapuleado por circunstancias no buscadas sino capaz de decidir no solo sobre la vida de alguien, también, si elegía convertirse en asesino, sobre su propio destino. Pasaron por su pensamiento imágenes sin orden, atropelladas, de lo que había sido su huída, una huída que había empezado mucho antes del acoso de los bienpensantes, del encuentro con el padre elegido que ya no era el recordado, de su refugio sin futuro en un puerto y un casino que muy pronto habían agotado sus promesas. Ahora podía detener esa huída.

Ante sus ojos se descargaba regularmente un oleaje hosco, color acero. Aceptó que ningún futuro a su alcance lo retenía en una existencia sin luz. Nunca vería en medio de la noche el mar fosforescente con que había soñado.

Con mucha delicadeza, sin despertarla, entreabrió las capas de ropa que abrigaban a Aniushka hasta llegar a su sexo. Tuvo que masturbarse para lograr la erección y cuando la penetró, y ella suspiró roncamente sin abrir los ojos, tuvo la impresión de que exhalaba un último aliento. Cerró también él los ojos. Se preguntó por el tiempo necesario para que el contagio le llegara, para empezar ya no otra huída sino una lenta despedida.

 

Enrique Pérez Martínez

Enrique Pérez Martínez