gaviota

La gaviota | Alejandro Badillo

Un niño observa la marca que deja la marea en la playa. Cerca de él se balancea un par de lanchas. Una gaviota planea por el tejado de una casa en la que un anciano mira la televisión. El niño intenta ordenar las nubes que avanzan por el horizonte. La gaviota se posa sobre unos cables y se acicala las plumas. La tarde crece pero aún hay luz en las calles. El resplandor de la televisión ilumina el rostro del anciano. Transmiten una película antigua. Las lanchas siguen su bamboleo y la gaviota, ahora inmóvil, parece la oleosa figura de un cuadro. El viejo apaga la televisión y recuerda a la joven. Recuerda su rostro oscuro y su cuerpo vivo. La gaviota mueve la cabeza y emprende el vuelo. Las lanchas languidecen, quizás por el sol que ha perdido casi toda su fuerza o por la marea que apenas lame las piedras que delimitan una parte de la playa. El niño camina por la arena. Está descalzo. Lo rodea el murmullo de los pescadores. A veces sueña que los acompaña en largas travesías. Sueña que consiguen abundante pesca. Peces plateados y brillantes. El viejo se levanta del sillón y se dirige a la cocina para preparar café. En una repisa hay conchas marinas y, en un rincón, el motor averiado de una lancha. El cuerpo blanco de la gaviota parece una línea brillante que se pierde en el cielo. El pueblo se llena poco a poco de penumbra y el niño piensa que los pescadores regresan, casi siempre, con las redes vacías. A veces lo mandan a comprar cervezas y le dejan el cambio. El viejo modula el fuego en la estufa y piensa en la joven y en sus ojos que tienen el poder de desentrañar todas las cosas. El café hierve. Los pescadores vuelven todos los días al mar. Preparan las redes. A la distancia se ven sus cuerpos morenos, medio desnudos, empujando las lanchas para enfrentar el embate de las primeras olas. Algunos se han ido del pueblo. Cada vez quedan menos. El viejo rodea con sus manos huesudas la taza humeante y mira la cama, las sábanas blancas y revueltas. Recuerda, de nuevo, a la joven. Trata, mientras da el primer sorbo, de adivinar su nombre. La gaviota planea con las alas muy abiertas. Se dirige a la playa. El niño piensa que, algún día, desaparecerá toda la gente del pueblo. Las calles quedarán limpias de huellas. Las tiendas estarán habitadas por insectos. La joven visita al viejo una vez a la semana. Antes pasa al mercado y compra pescado, hierbas de olor y chiles. Después camina por la calle principal hasta llegar a su casa. El niño piensa en los pescadores, tozudos, con los rostros quemados por el sol. Cree que alguna vez se darán por vencidos. Camina hasta los límites de la playa. Más allá sólo hay rocas muy grandes que se internan varios metros en el mar. En las noches, desde las partes más altas del pueblo, la formación parece la proa de un barco que rompe contra la tormenta. El viejo se asoma por la ventana y mira a un perro amarillo y a una mujer que cierra la cortina de su tienda. Le parece que nunca sabrá el nombre de la joven. Una vez la encontró en la esquina de su casa. Como todos los días había ido con los pescadores para intentar venderles, a cualquier precio, el motor de su lancha. Aún había partes que podían usarse. Se detuvo antes de abrir la puerta y miró a la joven. Eran los únicos en la calle. Entró a la casa y arrumbó el motor en una esquina. Después se quedó en silencio, en la mitad de la sala, pensando en ella. Miró las aspas herrumbradas que alguna vez habían servido. Entonces escuchó que tocaban la puerta. Abrió y encontró a la joven. No hubo sorpresa en ambos rostros. Parecía una cita acordada con muchos años de antelación. A partir de entonces ella le cocina y le limpia la casa. Él le prepara un sobre amarillo con el dinero y lo guarda en el cajón derecho del único escritorio que tiene. Antes de que oscurezca ella prende el foco que ilumina la entrada de la casa y unos arbustos espinosos. Algunas falenas se alborotan. Cierra la puerta y se aleja por la calle.

 

La gaviota picotea, obstinada, la arena. El niño mira el mar que ya está oscuro. No hay luna. Es como si, enfrente de él, se extendiera un territorio desconocido, una planicie helada y hecha de sombras. Apenas se escucha el sonido de la marea. El viejo vuelve al sillón y prende la televisión. Sin embargo, apenas atiende la serie de imágenes borrosas por la interferencia. El foco que ilumina la entrada parpadea. En poco tiempo se fundirá. Recuerda que, una tarde, después de terminar la limpieza, la joven se acercó al sillón. Él miraba, somnoliento, un programa de concursos. El envase vacío de una cerveza refractaba la luz de la pantalla. Ella lo miró con curiosidad. Se acercó aún más, cogió la mano derecha del viejo y la llevó bajo su blusa. El viejo sintió el vientre cálido y el hueco del ombligo. Impulsado por ella recorrió las costillas hasta llegar a los pechos. La joven murmuró algo que no entendió. Los pechos se endurecieron. Subió a horcajadas sobre él y le desabotonó el pantalón. El viejo pasó los siguientes segundos a merced de ella. La joven movía las caderas y se balanceó hasta alcanzar el orgasmo. Minutos más tarde, mientras se arreglaba la falda, lo miró de reojo. El viejo sentía latidos desbocados en todo el cuerpo. Pensó en ella como en una figurilla de madera oscura, muy parecida a las que ofrecían por unos cuantos pesos en el camino que llevaba al pueblo. La televisión seguía encendida y la pantalla sólo mostraba estática. La joven le dijo que tenía un hermano pequeño al que le gustaban las gaviotas. Le hablaba de ellas todos los días. Incluso, trataba de identificarlas por el tamaño, si alguna tenía marcas en las alas o en el vientre blanco. El viejo se quedó pensando en el chico y trató de vincularlo con los escasos adolescentes que deambulaban o iban en bicicleta por las calles de tierra. Quiso saber si alguna vez se lo había topado en las breves visitas que hacía a la playa. Ella le dijo que vivían en las orillas del pueblo, pero que no quería decirle más cosas porque tenía miedo. Él la escuchó con una media sonrisa. Se rascó la barba. Le dijo que también tenía miedo, pero por otras causas. Cuando ella abrió el cajón del escritorio y se despidió, pensó que no regresaría. El día posterior pensó en ella. Dos días después intentó delinear su rostro pero sólo pudo evocar una imagen vaga y un olor a tierra mojada. Sin embargo la joven volvió puntual la siguiente semana. Desde ese encuentro apenas intercambian palabras. A él le gusta contemplarla desde el sillón mientras ordena la cocina. La mira mientras el contenido de una olla hierve y el vapor la envuelve como una fina niebla. Desde aquella tarde la joven, antes de ir por el sobre con el dinero, se dirige al sillón, se sienta a horcajadas sobre el viejo y sube su falda. Él la toma de la cintura para guiar sus movimientos. Su deseo es un impulso que mengua casi de inmediato. El de ella, por el contrario, perdura más tiempo, buscando agotar una fuerza que la consume. Quizás por eso cierra los ojos y murmura cosas que no tienen sentido. Y las palabras que dice parecen, por la convicción con la que las pronuncia, los verdaderos nombres de los objetos que la gente ve en los sueños.

El niño camina en línea recta hasta llegar a la única cabaña iluminada. Las lanchas flotan en el mar inmóvil. No hay gaviotas en los tejados, ni en los escasos árboles que pueblan la costa. Más allá de la playa hay un territorio árido que separa al pueblo de comunidades aún más pequeñas. El niño piensa que las gaviotas migran en las noches a lugares que no aparecen en los mapas. Quizás, después de la última edificación, no hay nada. Se escuchan las voces de los pescadores. Cuelgan algunas hamacas y varias cervezas están enterradas en la arena. Los hombres ven al niño. Sus voces son agrias. Uno de ellos le palmea la espalda. Otro lo mira en silencio y su mirada arde bajo el sombrero de palma. Hace calor. La humedad pega las ropas a la piel. El niño se sienta en una caja de plástico y mira las sombras de los hombres retorcerse en la arena. Parecen, en esos momentos, los primeros habitantes del mundo. Entre todos cuentan los desastres del día. Insultan al mar mientras beben los últimos tragos de cerveza. Alguien pide que cuenten una historia. Uno ríe. Pero la risa no se desboca y cede, de inmediato, al silencio. El niño sigue atento a la escena. Al fin, uno de ellos, acaso el más joven, pregunta por el hombre que recorre todos los días la playa tratando de vender el motor de su lancha. La voz de otro, más viejo, le responde. Dice que es pescador, como ellos, pero ya no los acompaña. La última ocasión fue en una madrugada de un verano casi remoto. Los pronósticos eran favorables para probar fortuna. Las palmeras apenas se movían. Las gaviotas planeaban, algunas se mantenían en tierra. Salieron tres o cuatro embarcaciones. Cada una siguió su rumbo. Entonces, cuando estaban mar adentro, comenzó una tormenta. Las olas pronto crecieron en fuerza y, en la costa, se estremecían las palmeras. Todos regresaron al pequeño puerto excepto el hombre. Cuando el temporal amainó salieron a buscarlo. Había pasado un día completo. Lo encontraron en su lancha, con las redes destruidas y el cuerpo lleno de magulladuras. Tenía las manos escoriadas. Parecía que se había enfrentado, cuerpo a cuerpo, con la tormenta. Cuando el hombre les dijo que remolcaran la lancha, entendieron por qué no había regresado al puerto. No respondió las preguntas que le hicieron. En el trayecto de regreso no dejaba de mirar sus manos. Tiempo después se contó en el pueblo que el motor, en medio de la tormenta, no había respondido. El hombre, comprendiendo su destino, se había preparado para morir. Ahora, devuelto por error a la vida, deambula todos los días. Mira las piedras, las gaviotas, las redes amontonadas que ya no se usan y que semejan dunas en la playa. Algunos afirman que todas las noches regresa en sus sueños a la tormenta. Mientras duerme intenta, de forma desesperada, echar a andar el motor de la lancha.

El niño mira sus pies cubiertos de arena. Las estrellas pulsan entre las nubes. Recuerda al viejo recorriendo la playa con el motor a cuestas. Su figura parece quebrarse. El viento de la mañana le revuelve el cabello blanco y confiere, a toda la estampa, una soterrada violencia. Los hombres consumen las últimas botellas. Brindan con malas palabras. Dicen que el viejo, algún día, venderá el motor de la lancha. Dicen que, cuando se le acaben los ahorros, tendrá que regresar al mar o encerrarse en su casa para esperar la muerte. El niño piensa en las gaviotas. La noche se vuelve profunda y salobre. Cuando está por despedirse de los pescadores descubre, junto a unas piedras oscurecidas que alguna vez protegieron una fogata, el cadáver de una gaviota.