Germán Montalvo

La brevedad de la ficción | Juan Carlos Reyes

 

Hoja de contactos

Disparaste muy rápido. No me sentí enojado, más bien regañado. Lo consideraba mi maestro y tenía razón. No me digas maestro, ya te dije que aquí vienes a trabajar, no a tomar clases. Parecía sostener en las manos una cinta métrica estirada. Una mano tomándola por encima de su cabeza, lo más alto que su brazo permitía, y el otro extremo entre el índice y el pulgar a la altura del cinturón. Deberían haber enviado a alguien con más experiencia. No sé si lo dijo él o yo. Tendría que ver todo ampliado, y con mejor luz, pero así veo una o dos buenas, tres. Ya ni la chingas, en casi todas se está moviendo. Si no es la boca es la mano, pero sale movida. Ve qué le puedes sacar, yo me iría por las últimas, pero no te pases de cuatro o cinco, si son más se vuelve un desmadre en la mesa.

Leoncio se fue y me quedé solo en el cuarto. Tomé unas tijeras pero recordé otra lección: las puse de nuevo en su lugar y fui a la guillotina. Del uno al veinte me parecieron inservibles y los deseché de tajo. Separé después el veintidós, veintitrés y veinticuatro. De ahí al treinta eran una serie de cuadros rápidos y distraídos. Su presencia me había pasmado y seguro hasta me tembló la mano. Separé el treinta, treinta uno y treinta y dos. Ya en la ampliadora el veintidós se descartó solo: el comandante estaba moviendo la mano con un cerillo encendido entre los dedos y se veía barrida. Veintitrés y veinticuatro no estaban mal, pero el puro encendido en la boca hacía que sus labios adoptaran una mueca simiesca. Decidí enviar a la redacción impresiones sólo del treinta y treinta y dos. En la primera se podía leer su nombre en el doblez de una pequeña bolsa en el pecho de la camisola, el puro humeaba y él se tocaba la barba con la palma de la mano. Días después, vi que seleccionaron la treinta y dos, cuatro disparos antes de que se me acabara el rollo. Mirando a la cámara, el comandante sonreía con desánimo, como si mi disparo le hubiera anticipado una emboscada en la selva.

 

Años rata

 

O aplauden o les rompo el futuro

Carlos A. Aguilera

 

Escuchó una sirena ulular a los lejos por varios segundos. La insistente advertencia ante lo inevitable. Como el hermoso graznar de un pato en vuelo después de escuchar el primer disparo. Sería mejor no moverse, petrificarse sobre el lodo y el agua, pero el terror hace que instintivamente levanten el vuelo sólo para convertirse en blancos ideales. El techo de su departamento se había colapsado sobre él mientras aún sonaba la alarma. Todo el edificio se derrumbó junto con otros cientos en toda la ciudad. Desapareció en su desmayo algunas horas con los escombros como resguardo, y soñó con la muerte de su padre de la que nunca fue testigo en un campo de trabajos forzados. Cuando despertó, el olor pútrido de vecinos en descomposición penetró en su olfato como una patada en el estómago. El edificio sobre él emitía sonidos indescifrables. Se supo muerto, nadie buscaba ya sobrevivientes después de los bombardeos. A lo lejos, escuchó el chillido de varias ratas cada vez más cerca.

La distancia nunca nos ha detenido. Tal vez el hambre, pero pocas veces, y en ese caso es más bien el cansancio, la falta de alimento.  Nuestro obstáculo más poderoso es nuestra falta de voluntad, porque incapaces, nunca hemos sido. Y lo primero que somos, es lo que cabe entre los escombros. Para muchos, somos los escombros mismos, porque les cuesta mucho aceptar que somos sólo el resultado de sus vidas, de sus deseos, de su desperdicio y hedor. Y peor aún, detestan aceptar que somos los escombros de su propia civilización, aquellas que con placer comemos lo que desechan, vivimos de donde huyen, sonreímos ante lo que detestan. Y al final, todo vuelve a nosotras. Somos el alfa y el omega, redentoras innegables de una raza que se consume a sí misma.

Antes de nuestra primera mordida, entenderá que esto no es un juego de dados. Será por primera vez consiente de su idiotez y se dará cuenta de que existen una serie de eventos con determinada causalidad para que él esté hoy, ahí, bajo esos escombros. Y otros tantos para que escuchemos sus lamentos como si fueran los quejidos de un barco que se hunde en un mar tan oscuro como profundo.

Escuchen cómo nos está llamando, entiende lo inevitable. La vida lo ha puesto en la hermosa posición de saberse muerto antes de estarlo. Pocos hombres tienen el privilegio de conocer el momento de su muerte. Muchos menos el de llamarla a gritos. Y cuando terminemos de andar este camino que nos lleva a él, ya no tendrá fuerza ni voluntad. Escuchen sus lastimeros quejidos. Pero no hay de qué preocuparse,  ahora que nos vea entenderá por qué somos imágenes de salvación y pureza. No dudará en entregar su cuerpo en sacrificio a sus hermanas. Y habrá que devorarlo vivo. Si esperamos a que muera, le estaremos negando la posibilidad de ver la salvación a los ojos. Mínimos, rojos, centelleantes ojos de sus redentoras las ratas. Nosotras comeremos su cuerpo y su sangre, y nunca olvidaremos su sacrificio, pero es sólo justo que él no olvide nuestras afiladas garras, nuestros precisos dientes, nuestros brillantes ojos.

Pasarán años antes de que alguien descubra su cadáver, y si alguien lo hace, tendrá el placer de presenciar una revelación casi divina. Verá los despojos del sacrificio, el cadáver masticado de un hombre que se convirtió en alimento. Y estará profundamente orgulloso de él, de la imaginaria visión de sus gritos de histeria llamándonos. El futuro que le espera es mucho mejor que su pasado y presente. Lo que de él quede será un efímero recuerdo de las ficciones que construyó sobre sí mismo, mentiras que los demás decidieron creer verdaderas con tal de no tener que evidenciar las propias.

La vida nunca es intolerable, que nos lo pregunten a nosotras. Todos ellos han sobrevivido a su propia peste, a su propio afán caníbal, así que nuestro festín sólo se suma al carnaval. Él mismo debe creer que este colapso es único, que los hombres y mujeres de su tiempo lo merecen, porque desde su pedestre moral, sus actos y pensamientos son reprobables. Por eso somos tan importantes, inmortales, imprescindibles, porque sólo nosotras hemos de presenciar la última de las hecatombes sin pena ni explicaciones que dar a nadie. Sólo nosotras hemos sido testigos suficientes para que el mundo termine y comience cientos de veces. Sólo nosotras entendemos la verdad inmutable de la podredumbre. La realidad es un cadáver carcomido

 

Simios respondiendo crucigramas

 

1

Su acción era una metáfora de los infinitos contrastes del post-fordismo reformista y la fenomenología tradicional. Permanecería en la galería siete días, durante los cuales, a las siete de la mañana y a las siete de la tarde él mismo extraería siete mililitros de sangre que iría vertiendo en un tubo de ensayo. El recipiente se subastaría siete días después en Nueva York.  La subasta iniciaría con una precio mínimo de siete mil dólares.

Aplausos múltiples.

 

2

Ahora, necesita tres cuartos para su nueva instalación. Los tres estarán en completa oscuridad. “Quedarse ciego por unos segundos es la gran metáfora de la posmodernidad”, dice el artista. En el primer cuarto hay cuatro bocinas Cerwin Vega Cva-28x con una respuesta de frecuencia de 70 Hz–20 KHz (+- 3dB), que emiten intermitentemente los rugidos de un tigre de Bengala. En el segundo cuarto, hay un tigre de Bengala de 150 kg enjaulado. En el tercero, un tigre de Bengala de 210 kg en libertad y con el hocico manchado de sangre. Antes de experimentar la instalación, se debe firmar una carta de consentimiento.

Aplausos.

 

3

Nuestro artista dice que el lenguaje lo es todo: “Si le das a un chimpancé una máquina de escribir, golpeará las teclas al azar. Si le das el suficiente tiempo, irá formando palabras. Con más tiempo, oraciones. Con mucho más tiempo, novelas”. Sala central del museo. Gran apertura con champagne, café Kopi Lukak, y canapés: hongos Matsusake, brioche de queso de leche de alce, tostas de caviar Almas, choux relleno de trufas blancas de Alba, rodajas de melón Yubari sobre una cama de papas Bonnotte. Un bonobo de veintisiete años sentado en una silla frente a un escritorio con una máquina de escribir encima. El artista introduce una hoja en blanco a la máquina. El bonobo escribe de inmediato: Prólogo.

Silencio

 

 

Todos los venados

 

Así oscuro absoluto brillante vacío ensordecedor.

Sin queja sin remordimiento.

Rogelio Saunders

 

No hay estuche. Si la definición no corresponde con el objeto, ¿es este inexistente? Existe, sí, pero no bajo ese nombre. Es entonces en el mundo, pero no en el lenguaje. ¿Y si el lenguaje es el único mundo posible de existencia? Está el estuche: es. Peor aún, por no corresponder con la definición: no es un estuche, es más bien una muy grande bolsa de piel con cierre: definición sobre concepto.

Todo comienza porque el rifle para el que está confeccionada la bolsa de piel con cierre, no corresponde con el arma en su interior. La diferencia entre un rifle de asalto, y uno de cacería es amplia. El de la bolsa, es para cacería. Para cazar venados exactamente. ¿Dice su nombre todas sus posibilidades de uso? ¿Podría usarse para cazar a otro animal? ¿Para otra cosa que no fuera cazar? Tal vez, al usar un rifle para cazar venados, cualquier cosa que se haga con él adopta el concepto, la definición de uso: cazar venados. ¿Cualquier cosa a la que se le dispara con ese rifle es entonces un venado?

En la bolsa de piel hay un rifle calibre 270 para cazar venados. Mossberg, modelo 4×4 de cerrojo: cañón porteado acanalado de 24” con freno de boca: giro del rayado 1 vuelta en 10”: pavonado en mate:  gatillo de sistema ajustable. Dentro de la bolsa de piel está el rifle, y fuera de ella está un cajón muy largo en donde cabe holgadamente. No es sino obvio preguntarse ahora si todo objeto, aunque no tenga adentro, tiene afuera. La bolsa los tiene: afuera y adentro.

El cajón, con la bolsa de piel, con un rifle calibre 270 para cazar venados es de un altísimo ropero. El ropero es lo menos importante del cajón. El cajón es lo importante del ropero. En el ropero hay  ropa que nadie usa desde hace más de diez años. Alguien la ha cubierto con bolsas de plástico negras: bolsas de basura. Nos enfrentamos al mismo dilema que sobre el rifle para cazar venados. El ropero está cerrado con llave y no podemos saber si las bolsas de plástico negro siguen ahí, mucho menos la ropa dentro de ellas. Tampoco podemos saber si el espejo ovalado en una de las puertas sigue inmune al tiempo y a la oscuridad.

El cuarto parece dividido en dos de manera horizontal. Hasta no más de un metro con cincuenta centímetros es de un color durazno ya deslavado por el tiempo. A partir de ahí, y hasta el techo un papel tapiz amarillento con líneas rojas sólo es interrumpido en un muro por una ventana que da a la pequeña azotea en la que se cuelga la ropa recién lavada. En el cuarto hay una cama matrimonial con ropa amontonada encima, un viejo taburete gris, un banquito de madera con un cojín forrado de plástico, y una mecedora inmóvil.

Julián entra en el cuarto y se sienta en la mecedora, dispuesto a matar un venado.

 

Germán Montalvo

Germán Montalvo