Carlos Flores

Juan Silvestre: forjado al rojo vivo | Laura C. Rosales

El periódico me solicitó esta nota hace aproximadamente tres semanas. Me encontré a Jimmy –o Señor Chávez, como lo ubican en la redacción– en una conocida cocina económica del centro y, después de ponernos al corriente con sus chismes de editor y mis chismes de novelista, dijo:

–Hazme un favor, Huguito. Chútate una notita sobre algún escritor para el feature cultural del próximo mes. Ándale. Puedes escribir de quien tú quieras: del Joyce, del Faulkner, o hasta sobre uno de los poetas brasileños raros que te gustan.

Tras terminar un bien servido plato de flautas de barbacoa, accedí a su petición. Pero esta nota no va de Joyce ni de Faulkner, mucho menos de Thiago de Mello o de Cecilia Meireles. Con perdón de los grandes autores de la literatura universal, mi escritor favorito no hizo ni un solo libro, pero marcó el rumbo de mi existencia de una forma que, hasta antes de escribir este texto, había permanecido inefable. De antemano le pido una disculpa a Jimmy por no cumplir con sus exquisitas expectativas de culto editor. Supongo que es el riesgo de invitar a alguien como yo a escribir para un periódico de alcurnia.

Tenía trece años cuando leí a Juan Silvestre Farías por primera vez. Como un taciturno lector de ficción desde tierna edad, los múltiples nombres impresos en el periódico me daban igual, pero el nombre de Juan Silvestre se quedó incrustado en mi memoria desde nuestro primer encuentro y fue el primer periodista al que seguí con atención.

Por aquellos tiempos, sus notas de alarma en La Corneta Zacatecana comenzaban a hacer ruido en las redacciones de los circunspectos periódicos de circulación nacional. Pero Juan Silvestre Farías, quien escribía para una publicación que a duras penas podía hacerse llamar periódico, no producía un ruido como el de un trueno, por ejemplo, que despierta al escucha en medio de la noche y lo lleva a doblegarse ante su fuerza natural; para los periodistas de renombre, este ruido era más como el zumbido de un insolente mosquito oculto en la oscuridad o el descomunal ronquido de un vecino: algo incómodo y absurdo y poco digno de la atención inconsciente que reclama.

Mi descubrimiento de Farías fue casual y ocurrió durante uno de mis acostumbrados veranos joviales en casa de los abuelos en Zacatecas. El abuelo Bruno compró varios artículos de barro en el mercado y yo, entre ocio y curiosidad, leí el texto impreso en las hojas de periódico con las que la vendedora envolvió los jarritos para evitar que se quebraran. Eran páginas del periódico La Corneta y, siendo más específico, era la sección policiaca de La Corneta en su totalidad. Tras leer los clásicos relatos del hombre arrollado y la riña de amantes que no deben faltar en ninguna edición de nota roja que se precie de serlo, llegué a una pieza más conceptual. En el encabezado de la nota se leía “A la plancha”, y la fotografía mostraba dos sartenes tirados en lo que parecía ser el piso marmoleado de una cocina. Sin cadáver, sin vísceras, sin lágrimas; tan inusual que captó mi atención de inmediato. Con pesar les digo que me ha sido imposible hallar una copia de aquel artículo para citarlo aquí, pero me arriesgaré a describirlo con los detalles que aún conservo en mi memoria.

La nota empezaba como un relato de librillo policiaco: el héroe y su compinche en el sereno de la cotidianidad, aguardando pacientemente al peligro. Juan S. Farías, herrero de profesión y reportero emergente de alarma para La Corneta Zacatecana, comía taquitos de cabeza –sus favoritos– en el puesto de una tal Doña Pelos al lado de su compañero, el fotógrafo emergente Rutilo Arrieta, quien soñaba con ser luchador y no había tenido una cámara en sus manos hasta que tuvo que buscarse una chamba de lo que fuera para darle de comer a su familia. Es importante mencionar que, al menos en ese entonces, La Corneta Zacatecana no pedía experiencia previa a ninguno de sus reporteros de medio pelo –mucho menos a los de su sección policiaca–. La instrucción se limitaba a que describieran los hechos de forma seductoramente morbosa y que acompañaran el texto con una fotografía de la escena, preferentemente de la víctima fatal. Farías comenzó a publicar artículos pocas semanas antes de que yo lo descubriera, y Arrieta lo acompañó desde un principio.

Volviendo a la nota, nuestros protagonistas recibieron el pitazo de un asesinato ocurrido en un domicilio de la calle Pedraza; rápidamente subieron a su destartalado vehículo y se dirigieron al lugar, dejando media orden de tacos atrás con tal de no perderse la acción. Al llegar a la escena, burlaron a los únicos tres elementos judiciales presentes y se colaron en la casa. El cadáver de un hombre yacía boca abajo en la sala y un charco de sangre lo rodeaba. Arrieta, quien había fallado repetidas ocasiones en su misión de ser luchador debido a su horror ante la sangre, sólo fue capaz de fotografiar el arma homicida: un par de sartenes. Tras ser descubiertos y escoltados al exterior de la casa por el judicial Muñoz, lograron ver a dos mujeres dentro de una patrulla: las asesinas. Alicia y Gloria (o quizás era Graciela), despeinadas y con sus camisones puestos, serían llevadas al ministerio público para rendir su declaración.

Dos mujeres de cincuenta-y-tantos años asesinan a un sujeto que irrumpió en su vivienda a medianoche con intenciones de robar; ellas deciden tomar la justicia en sus propias manos y lo golpean con un par de sartenes hasta matarlo. Un vecino escucha el escándalo y llama a las autoridades; ambas mujeres aseguran que fue un acto en defensa propia y se entregan sin oponer resistencia. Tomando en cuenta los estándares de la publicación para la que trabajaba, la nota de Farías habría podido detenerse ahí, pero este era un hombre con demasiada imaginación y eso, aunado a su nula formación en el arte de la nota roja (y en el oficio de escritor en general), se convertiría en el sello de su trabajo.

A diferencia de casi todos los escritores de nota roja, Juan Silvestre Farías estaba consciente de que tanto las víctimas como los victimarios tenían una vida que se extendía más allá de los estrechos confines de sus artículos, y a él le gustaba pensar en ello. El crudo relato del crimen fue sucedido por una historia de ficción, enteramente salida de la mente del autor, una suerte de cuento corto en el que Alicia y Gloria (o Graciela), las solteronas de su colonia, eran una pareja que soñaba con irse a vivir cerca del mar. Dos mujeres cincuentonas y enamoradas; dos asesinas latentes que dormían abrazadas cada noche. Ningún escritor con una reputación qué perder se habría atrevido a escribir algo así en esa época. Las mujeres dormían cuando Gabriel, un obrero que vivía a pocas calles de ahí, y que siempre pasaba frente a aquella casa cuando volvía de la construcción por las noches, decidió seguir un impulso desesperado. Gabriel, tal como Alicia y Gloria (o Graciela), estaba enamorado. Su esposa, una dulce mujer que lo adoraba y que estaba muriéndose de a poco, lo esperaba rodeada de píldoras e inyecciones. Gabriel decidió irrumpir en esa oscura y silenciosa casa por él y por ella, porque ya no podía soportar que su mujer se despertara gimiendo de dolor noche tras noche: porque el sueldo de albañil pagaba la renta o las medicinas, la comida o las consultas. Los días se iban en vivir a medias sólo para agonizar lentamente. Y decidió entrar ahí porque ya había sido suficiente, porque estas personas no podrían extrañar sus cosas más de lo que él extrañaba a su mujer. Cuando Alicia lo escuchó, salió a hurtadillas de la habitación para encontrarlo de espaldas, husmeando en una cajonera. Habían recibido sustos antes: amenazas, piedras rompiéndoles las ventanas y gatos muertos en la puerta; eran el rumor de la colonia, recibían las miradas despectivas en el mercado y los cuchicheos saliendo de misa. Y Alicia se imaginó lo que podrían hacerles, lo que podrían hacerle a Gloria Graciela, quien se había despertado y ahora estaba detrás de ella. Golpearla, violarla, matarla. Tan sólo imaginarlo era un suplicio y era tiempo de que la gente aprendiera a no meterse con ellas de nuevo, nunca más. Ambas se colaron a la cocina sigilosamente y tomaron dos sartenes grandes, robustos, para después abalanzarse sobre un Gabriel que, al verse descubierto, intentó escapar por la ventana por la que había entrado. Pero la historia terminó de la única forma en la que podía terminar, con dos mujeres que nunca verían su casa en el mar y con el cráneo reventado de Gabriel cuya esposa, una dulce mujer que creyó haber sentido todo el dolor que alguien podía sentir, tendría que seguir esperándolo para siempre.

“A la plancha”. Fotografía de Rutilo Arrieta; redacción de Juan S. Farías. Hace veinte años que leí esa nota y, hasta el día de hoy, el recuerdo me pone la piel de gallina. Farías era capaz de fusionar el periodismo amateur con el relato policiaco y la ficción para crear piezas de una naturaleza encarnizada, emotiva y absolutamente devastadora.

Los artículos de Juan Silvestre, publicados de viernes a domingo, rápidamente se convirtieron en los predilectos entre los acérrimos lectores de nota roja en Zacatecas. Poco después, los fanáticos de las historietas policiacas se interesaron por corroborar los rumores que decían que en La Corneta se escondía un cuentacuentos con relatos más emocionantes que los de sus publicaciones quincenales. Finalmente, el rumor se extendió hasta llegar a oídos de lectores de novela negra, quienes cayeron perdidamente enamorados del estilo filoso y desordenado de Farías (aunque les diera vergüenza admitirlo). Los meses pasaron y La Corneta Zacatecana se volvió uno de los periódicos más vendidos del estado, superando incluso a periódicos de circulación nacional, puesto por puesto. Juan Silvestre Farías fue, sin duda alguna, el responsable de tal acontecimiento.

Juan Silvestre continuó su trabajo como herrero de lunes a jueves y guardaba su traje de periodista para los fines de semana. Junto con Rutilo Arrieta, quien también gozó de reconocimiento por su enfoque artístico para capturar imágenes de los terribles sucesos, se dedicó a rondar el estado en busca de las notas rojas más peculiares, viviendo aventuras inverosímiles junto a su amigo cada noche. El puesto de tacos que frecuentaba con Arrieta, el de Doña Pelos, comenzó a llenarse de personas que deseaban cruzar algunas palabras con el dúo dinámico del alarma, y la orden de taquitos de cabeza se volvió la más pedida. Otros personajes como el judicial Méndez y Chacho Urrutia, editor de La Corneta, también tuvieron sus minutos de fama por formar parte del cast habitual en las historias de Juan Silvestre.

Durante todo ese tiempo, los periódicos más importantes del país habían desdeñado las constantes menciones de Farías. Los grandes cronistas, licenciados en letras y con maestrías en periodismo, no daban crédito a aquellos rumores sobre un “escritor decente” que había salido de la nada, que carecía de estudios formales y que, además, había comenzado a escribir sólo porque su compadre, el encargado de la sección policiaca en La Corneta, le había pedido que supliera temporalmente a uno de sus columnistas. Muchos de esos periodistas ya habían leído a Farías y copias de La Corneta yacían escondidas en las gavetas de varios individuos de peso pesado, tanto en periódicos como en casas editoriales.

Tras dos años de trabajo en La Corneta, Farías aún no se acostumbraba a las consecuencias de ser el escritor estrella del periódico en el que laboraba. Debido a las constantes interrupciones por parte de desconocidos, tuvo que dejar de frecuentar el puesto de Doña Pelos. Su taller de herrería se volvió tan popular que contrató a un par de muchachos para ayudarlo, pero como el periódico lo contrató para hacer más publicaciones a la semana, aquellos chalanes hacían todo el trabajo sin él. Las mujeres con las que coqueteaba lo identificaban con facilidad y terminaban pidiéndole que les contara “locas historias de reportero”, cosa que mataba por completo su interés en ellas. Además, tuvo que lidiar con uno que otro lector ofendido por la temática de sus historias, incluso afrontó amenazas legales por “difamación” que se resolvieron sin llegar a la corte, entre cervezas y una pequeña disculpa impresa. Uno pensaría que lo más lógico habría sido renunciar a la labor de periodista, pero eso significaba continuar el camino sin Rutilo y, entonces, Juan se habría quedado verdaderamente solo. Rutilo Arrieta era el único capaz de entender lo que Juan Silvestre sentía y viceversa: los dos exiliados en el ojo del huracán.

Yo continué leyendo las notas de Farías a distancia, les pedí a mis abuelos que me enviaran copias del periódico por correo. Mi madre no estaba del todo de acuerdo con que su hijo fuese tan devoto a la lectura de esas notas rojas, pero mi abuelo insistía en que leer cosas así me quitaría lo sonso; el abuelo Bruno quería que yo fuera un ranchero y nunca sospechó que, en su intento por endurecer mi carácter, alimentó con creces mi deseo de ser escritor. Estaba a punto de cumplir 16 años cuando pasé uno de mis últimos veranos en Zacatecas, lo que coincidió con otro de los eventos trascendentales de mi vida: la salida de Juan Silvestre Farías de La Corneta.

Los rumores sobre los textos de Farías se inflaron hasta convertirse en llamados ensordecedores dentro de las prensas capitalinas. Los redactores de categoría habían hecho todo lo posible por apagar cualquier chispa referente a Farías que pudiese crecer hasta incendiar alguno de los grandes periódicos del país con la contratación de un donnadie. Sin embargo, ocurrió. El periódico Revolución le otorgó el puesto grande a un hombre audaz e inteligente llamado Agustín Cobos, un profesional cuya primera acción en el puesto de editor en jefe de uno de los periódicos más importantes de México fue ofrecerle empleo a Juan Silvestre Farías –el hombre que, en palabras de Cobos, se encontraba “a medio paso de convertir la nota roja en un verdadero género literario”.

No fue una decisión sencilla. Juan Silvestre había pasado toda su vida en Zacatecas y, muy a pesar de los recientes y radicales cambios en su entorno, la idea de abandonar su hogar no se le había cruzado por la cabeza jamás. Como efecto colateral, Rutilo fue quien convenció a Juan de aceptar el ofrecimiento del Revolución. El fotógrafo había tomado la decisión de abandonar su trabajo en La Corneta para continuar persiguiendo su sueño de convertirse en luchador “ver tanta sangre en este trabajo ya me preparó para los porrazos, yo creo”, Arrieta le expresó a su amigo en una cantina de mala muerte allá en Zacatecas–; fue así como Farías entendió que quizás sus buenos años en La Corneta representaron un trayecto más que un destino y aceptó que, tal como a su entrañable amigo, también le había llegado la hora de partir.

Farías llegó al periódico Revolución para el coraje de algunos y el júbilo de cientos –y me incluyo entre esos cientos; fue emocionante pensar que sus artículos ahora estarían disponibles en cualquier puesto callejero de mi ciudad–. Desafortunadamente, Farías no llegó a publicar ni una sola nota en el Revolución. Si bien Juan Silvestre contaba con el apoyo del editor en jefe, el resto del equipo a bordo se encargó de bloquear su trabajo hasta desesperarlo. Varios fotógrafos se negaron a trabajar con él, otros tantos escritores se rehusaron a orientarlo; los correctores de estilo calificaron sus textos como “incoherentes”, “pretenciosos” e “incompatibles con el enfoque del periódico”. Farías se sintió arrinconado dentro de la redacción y, a poco más de un mes de su llegada a la Ciudad de México, decidió que continuar el trayecto en La Corneta y en su querido taller de herrería era la mejor opción.

Un par de días antes de abordar el camión que lo llevaría de vuelta a Zacatecas, Juan Silvestre recibió una llamada de Chacho, el editor de La Corneta, quien tuvo que informarle que Rutilo Arrieta, su gran amigo y fiel compinche, había fallecido. Farías, llevando consigo únicamente la ropa que traía puesta aquel día, abandonó la capital del país esa misma mañana y jamás regresó. Al llegar a Zacatecas supo la historia: Rutilo había fallecido sobre el ring tras recibir un mal golpe que le provocó una muerte fulminante. Juan Silvestre le pidió a Chacho la oportunidad de escribir una última nota en el periódico, un homenaje para su gran amigo, y Chacho le concedió la que sería la única primera plana de su carrera.

Todos los autores literarios sueñan o han soñado alguna vez con escribir una obra cumbre, un trabajo que sintetice su visió, y sentir en un compilado de palabras que posean gracia, fuerza y singularidad; un escrito que pueda sobrevivir e incluso crecerse ante la temible prueba del tiempo. rutilo arrieta: de dos a tres caídas y sin límite de tiempo, fue el título de la publicación final hecha por Juan Silvestre Farías. El texto ocupó las cinco primeras páginas de La Corneta Zacatecana y estuvo acompañado por una sola fotografía: Juan y Rutilo en el ya mítico puesto de tacos de Doña Pelos. Las circunstancias de la muerte de Arrieta fungieron como vías para que Farías relatara lo que había significado compartir dicha y tragedia con un hombre que, eventualmente, se convertiría en una de las referencias clave para la fotografía periodística del país. Siendo fiel a su particular estilo narrativo, Juan Silvestre plasmó lo que sería el último capítulo en la serie de aventuras vividas por él y su amigo, el fotógrafo que soñaba con ser luchador. Pasando de la risa a la melancolía, de la candidez a la crudeza, del discurso sagaz a la sutileza entre líneas, el texto se siente tal como se habría sentido vivir en la piel de este dúo: la peculiaridad pura, encapsulada en el interior de una camioneta destartalada que apestaba a tacos de cabeza y que tenía un corazón propio, con un ritmo que regía el todo a su alrededor. Es sencillo, temerario, verdadero y absoluto. Una obra maestra.

Después de concluir ese artículo, Juan Silvestre Farías decidió no volver a escribir nunca más. Se quedó a vivir en Zacatecas, donde continuó trabajando en su taller de herrería. Con el paso de los años, las personas fueron olvidándose de su estatus de celebridad local y pudo volver a la sencillez de los taquitos de cabeza, las soldaduras y los romances fugaces.

Un profundo hueco se abrió en mis adentros cuando supe que no volvería a leer nada más de mi distante mentor, pero el golpe ya estaba dado, y a los 16 años estuve seguro de que quería convertirme en escritor –en gran medida gracias a la presencia impresa de Juan Silvestre–. La novela negra se convirtió en mi género favorito y mi tesis de licenciatura giró alrededor de los escritos de Farías; aquel trabajo incluyó entrevistas con sus conocidos y colaboradores, análisis de sus notas –realizados por mí y por algunos otros escritores– y mis hipótesis sobre el peculiar funcionamiento de su mente. Cabe mencionar que ese trabajo fue rechazado por mi universidad debido, primordialmente, a que no se trataba sobre “un autor de verdad”, y al día de hoy sigo indignado por aquellos comentarios. La investigación que realicé en eso entonces me llevó a encontrar, entre otras cosas, la dirección de su taller de herrería, pero –antes incluso de que surja la duda en sus mentes– confieso que no tuve el valor de presentarme ahí. Supongo que se me ocurrían tantas cosas por decir que tuve miedo de ir hasta allá para terminar ahogando a Juan Silvestre en una verborrea que no llevaría a ningún lugar. El temor a quedar mal frente a mi ídolo. El horror.

Hace algunos años, la editorial Ecolalia –fundada por Agustín Cobos, el editor que intentó llevar a Farías a los círculos del periodismo nacional– logró publicar una compilación de las notas rojas escritas por Juan Silvestre, en cuya labor de búsqueda tuve el honor de colaborar. Doce artículos de Farías fueron editados junto con sus fotografías correspondientes, originales de Rutilo Arrieta, bajo el título El caza rojas. Los artículos seleccionados incluyen algunas joyas como “Tres duraznos en la buchaca”, “Un gato, una cacatúa y una bañera”, “Toma todo” y, por supuesto “Rutilo Arrieta: de dos a tres caídas y sin límite de tiempo”. El libro recibió críticas divididas y fue nominado a varios premios literarios en Latinoamérica, otorgándole tardía credibilidad a un autor que, en mi opinión, fue llanamente incomprendido en su tiempo.

Escribir este artículo me llevó a releer mi tesis sobre Farías para extraer referencias; fue así como reencontré la dirección de su taller. “Las cosas son distintas ahora”, pensé, y antes incluso de que surja la duda en sus mentes, decidí enfrentar mi pesadilla de muchacho universitario y encarar a Juan Silvestre. Planeé el viaje durante pocos días para no darme la oportunidad de arrepentirme; desarrollé un sinfín de preguntas y tópicos que ansiaba poder plantearle a Farías, una gruesa lista de cosas que he pasado la vida entera preguntándome. Ensayé discursos frente al espejo, tratando de encontrar la mejor manera de presentarme y de pedirle una entrevista; discutí conmigo mismo sobre cuáles serían las palabras menos infantiles y chocantes para expresarle mi sincera admiración y gratitud.

Antes de dirigirme a Juan Silvestre, pasé a visitar al abuelo Bruno para hablarle, entre otras cosas, de lo que pretendía hacer en Zacatecas. El abuelo, quien se refiere a mí con un halo de desencanto en la mirada desde que decidí ser escritor y no ranchero, me contó que había conocido a Farías cuando lo contrató para instalarle una protección de metal en su entrada principal. “Yo no sé nada de escritura ni me interesa, pero decían que era el mejor del pueblo y puedo decir que, de que es buen herrero, es buen herrero”, dijo, señalando la reja que le encargó a Farías hace aproximadamente ocho años; “no te dejes engañar por los barrotes desoldados, no tiene qué ver con la calidad del trabajo, lo que pasa es que el tiempo le pasa factura a todo”. El abuelo se despidió de mí, no sin antes insistir en que al menos debería aprender a andar a caballo. Le respondí que lo consideraría y, dándole una última mirada a la reja que Farías había construido, emprendí mi camino hacia el taller.

Ya frente a la puerta del taller, tardé varios minutos en entrar. Y, una vez adentro, a Juan Silvestre le tomó mucho tiempo aparecer. Estaba muy nervioso, no podía fijar mi atención en los alrededores y consideré la huida cada tantos segundos, pero sabía muy bien que el encuentro que había retrasado por años debía ocurrir en ese momento, en ese lugar, o jamás ocurriría. Finalmente, desde el fondo del taller que daba con la que seguramente es casa de Farías, alcancé a ver que un hombre caminaba en mi dirección, a paso lento. Conforme se acercaba, reconocí al sujeto de las fotografías: un hombre alto y moreno, de complexión delgada y cabellos que no eran ni cortos ni largos, siempre desacomodados. Las gafas colgaban del bolsillo de su camisa y el bigote tupido estaba lleno de canas. Juan Silvestre Farías, ahora un anciano, lucía fuerte y sereno, como forjado en hierro. Con toda la calma del mundo, Farías se plantó frente a mí.

–Buenas, ¿qué se le ofrece?

Tuvo que preguntármelo de nuevo, pero no pareció sorprendido al respecto. Tal vez no soy el único que se ha congelado frente a él, pasmado por la impresión.

–Joven, buenas. ¿En qué le puedo ayudar?

Mis anotaciones se volvieron inútiles. Comprobé la ineficacia abrasadora de los ensayos frente al espejo y de las incontables ocasiones en las que había imaginado ese momento. Me preparé para una situación de verborrea desatada pero no pude predecir que lo que ocurriría sería lo opuesto: el silencio total. Tras unos segundos que me pesaron como años, dije lo más prudente que mi cerebro pudo maquinar.

–Buenas, don. Lo que pasa es que la reja de entrada en casa de mi abuelo se desoldó, y quiero saber si me la puede arreglar. La casa queda como a 25 minutos de aquí.

Juan lo pensó por un momento, pasándose la mano sobre el bigote gris.

–Sale, pues. Lo arreglamos de una buena vez.

Sacó sus herramientas y me señaló la puerta en un gesto amable, como diciendo “vamos”. Y, justo antes de salir, vi una fotografía colgada junto al marco de la puerta: Rutilo y Juan, sonrientes, en el mítico puesto de Doña Pelos.

Empezamos a caminar hacia la casa. Hablamos sobre cosas simples durante el trayecto: el clima en Zacatecas, lo mal que estaban los caminos por ahí, los vecinos de aquella colonia, etc. Yo estaba fascinado, y no me atreví a resquebrajar el momento hablándole de este artículo o de la entrevista que había preparado y que lo llevaría a brincar, inevitablemente, del presente al pasado. Decidí seguir escuchándolo para aprender, quizás, una cosa o dos sobre la auténtica magnificencia de la mundanidad.

Llegamos a casa del abuelo y entré para explicarle lo que había pasado. “Es usted un auténtico sacón, mijo”, sólo eso respondió, y se fue a echar la siesta. Miré a Juan Silvestre trabajar desde el interior de la casa. Sus movimientos son lentos pero seguros, y le tomó alrededor de 40 minutos soldar los barrotes sueltos. Tenía a mi escritor favorito a pocos metros de distancia, sentado en un banco de madera, reparando la reja del abuelo Bruno. El momento cumbre de mi vida.

Cuando el trabajo estuvo listo, salí de la casa para pagarle a Juan Silvestre. Le ofrecí llevarlo de vuelta a su taller en la camioneta del abuelo pero dijo que prefería caminar, y que un escolta no es necesario en este pueblo. Exclamé un “gracias” que iba por la puerta, por la charla del trayecto y por todos los años en los que, sin saberlo, me había acompañado. Al despedirme, las costuras de mi acto se deshilacharon.

–Que le vaya muy bien, señor Farías.

Y él me miró fijamente por unos segundos. Claro, jamás le pregunté su nombre. Sentí la sangre estancándose en mis piernas y entonces él lo supo, sé que lo supo. Sin decir más, sonrió y estrechó mi mano como despedida. Cargó sus herramientas y se fue.

En uno de los párrafos de “Rutilo Arrieta: de dos a tres caídas…” se lee lo siguiente: “…está bien, yo creo que está bien, porque hay cosas que uno nace para conocer y otras que se hacen más grandes y más bonitas con nuestra ausencia. Esas cosas son incontables, no caben en nuestra imaginación, y parte de nuestra chamba santa en esta vida es dejarlas pasar, tener los ojos para ver que el ignorar tiene su encanto propio y que es, lo queramos o no, un mundo más hondo que el de nuestros sentimientos…”

Viendo a Juan Silvestre alejándose por la vereda aquella tarde, pude entender eso. Todas las cosas que ignoro sobre él también forman parte de mí, y querer disiparlas sería asesinar brutalmente el mito, el encanto mismo. Escribo esto desde mi vieja habitación en casa del abuelo Bruno y tuve que encontrarme aquí, cerca de donde todo comenzó, para comprender que Juan Silvestre Farías debe seguir siendo lo que ya es para mí y nada más, nada menos, siempre lo justo para mantener vivo el misterio. Y está bien, yo creo que está bien.

 

Carlos Flores

Carlos Flores