Carlos Flores

Joñiqui  | Homero Carvalho Oliva

La resolana ocupaba sin prisa los lugares cobijados por la sombra, se esparcía como un charco gigante de agua que se extiende a punto de soltarse y se va quedando adentro, en el fondo del suelo de los llanos. Suelo que al mediodía parece seco, sólo basta penetrarlo unos pocos metros para saber que no es así. La resolana descendía a los rincones más frescos para tomar impulso y llegar a las paredes altas, invadiéndolo todo. La resolana es así, es ese aire caliente cargado de penas y lamentos que inmoviliza a la población después del almuerzo, manteniéndola en un tiempo sin vida, entre sonoros ronquidos y besos fugaces que se pierden en el sueño. Hombres y animales se aletargan en esta hora cuando el calor de la selva expira su aliento sobre cosas y casas.

Levemente, semidespiertos y obligados, los hombres recuperan su vida: el baño, el cafecito, y luego al trabajo. La estancia recobra su rutina. En la calle principal del pueblo, ancha y arenosa, unos chiquillos sucios representan, con sus dedos pistolas, una película mexicana de reciente exhibición en el único cine de San Gabriel. Siguiendo por los pasillos enladrillados, sentado junto a un pilar de la casa del alcalde, el hombrecito combate el calor zumbando una varilla fresca, un arbolito despellejado que no sabría jamás de flores en primavera y de hojas secas en otoño. La varilla formaba una medialuna de sonido abejero; qué bien se estaba debajo de la sombra protectora del alero, apoyado en estos pilares, pensaba el hombrecito, mientras cortaba el aire disfrutando del sonido. Oí che, tomá para que aprendás a fumar… el pucho descendió y fue a dar a uno de los pliegues de la camisa, esperando ser aceptado por esos labios deformes, joñiquis, del opa del pueblo. Cuando en la tela de la camisa, que en sus buenos tiempos fue blanca, se empezó a formar un círculo amarillo y la piel empezó a rechazar ese calorcito de cientos de agujas penetrándola, lo llevó a la boca. Una primera chupada lo ahogó, sin embargo persistió en su afán, agradeció con la mirada al hombre que le otorgaba este maravilloso don de personas adultas y le agradeció con su media lengua, cortando las palabras y hablando entre narices. Una vez más el cigarrillo lo hizo toser, pero esto no lo desanimó, él llevaba en las manos algo que muchos señores del pueblo saboreaban y era mucho para alguien como él. En anteriores oportunidades el hombre le había regalado chicles y dulces, ahora era algo que, de alguna manera, lo igualaba con los señores del pueblo. La varilla trazó un semicírculo en el aire y cayó a una zanja, triste, ya no sería la preferida; desde hoy las sobras de fumadores y sobre todo, las que el hombre le iba a regalar, ocuparían ese lugar. Risueño, el opa, se perdió entre los árboles de las afueras del pueblo, agachándose a su paso a recoger las colillas arrojadas en la calle; gustaba de mirar las cenizas alegres que se esparcían por el espacio, cuando él soplaba para ver ese rojito que avanzaba hasta quemarle los dedos.

Ese día, al anochecer, regresó del monte, para ocupar su habitual lugar en la ventana del café del pueblo. Gustaba de escuchar lo que comentaban “los Grandes”, él los llamaba así porque escuchaba que otras personas lo hacían de esa manera, con desprecio, para él eran simplemente “los Grandes”, gentes que a veces le regalaban algunas monedas para sus helados. Esa noche, notó que todos estaban nerviosos, que ni siquiera el dueño del local lo echó con su acostumbrado “opa de mierda, fuera de aquí”; recogió una colilla, ¡ah!, ésta era fina, pensó, ya empezaba a diferenciar entre el gusto de las sobras… ¿Quién será el desgraciado? No se sabe don Miguel, yo creo que no es de por acá, en San Gabriel nunca sucedió una cosa así… la hija del “Pata de Loro”, la bonita, pobrecita, está en el hospital, desangrándose. Pero si apenas tiene nueve años, qué hijo de puta. ¿Y la Policía, ya buscó?; ¿agarró a alguien? No, don Miguel, nada se sabe, ella iba al monte, todos los días, a jugar solita… ¡Carajo! Él no entendió lo que hablaban, así que salió corriendo detrás de un gato negro que al tercer cerco desapareció, merodeó por el cine para ver si lo dejaban entrar y, luego, se dirigió a la escuela donde dormía, recogiendo puchos en su bolsillo; se acomodó en su rincón, escuchó durante un largo rato el correteo de las ratas en el techo y maldijo que nunca se acostumbraría al ruido de los mosquitos sobre sus oídos.

De cara al cielo sintió que millones de puntitos rojos entraban en sus pupilas, estrellas que cada uno guarda para sí mismo, se decía; decidió abrir los ojos de golpe pero tuvo que cerrarlos nuevamente, el disco amarillo lo hirió desde lo alto de la azul transparencia; revolcándose en el pasto y estrujándose los ojos descubrió un nuevo amigo, otro arbolito que hasta ese momento él no había visto. Esto aumento su felicidad, era la primera vez que fumaría un cigarrillo entero, el otro hombre le había obsequiado, la noche anterior, una cajetilla; no durmió esperando el día para ir a su “Casa Grande”, como llamaba él a ese lugar en las afueras del pueblo. Ahí encendería su primer cigarrillo al lado de sus amigos‑plantas, los únicos que no se reían de sus labios deformes. Se aprestaba a encenderlo cuando escuchó un grito acallado, se arrastró entre los matorrales, que silenciaron el ruido de su cuerpo al reptar, y vio que unas manos, fuertes, bajaban el calzoncito azul de una niña; ella lloraba, él hablaba dulcemente, prometía muñecas, dulces; no te va a doler, repetía a cada instante mientras le acariciaba las nalguitas. Vio al hombre bajarse los pantalones, entre los sollozos de la niñita que, desnuda en el suelo, se cubría el rostro. Lo que siguió, le trajo el recuerdo de su madre, de cuando vivían en el cuartito cerca del cementerio y ella se acostaba con hombres, sin importarle su presencia; pero esto era distinto. A su madre le gustaba, él sabía que le gustaba, pues entre grititos apenas dichos se abrazaba al hombre de las mil caras y pedía más y más, ésta, en cambio, lloraba y rogaba porque el hombre se detenga y además, recordó el opa, no tenía los enormes senos de su madre que a él le gustaba acariciar. No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, no quería marcharse sin saber qué hacer, las últimas palabras fueron de amenaza: “Si decís una palabra de esto te mato” y la niñita mirando, horrorizada, sus pequeñas manitas que limpiaban sus piernas ensangrentadas.

Sentado en su ventana acostumbrada, pensó, por fin, que el hombre había engañado a la niña, que no le daría ni la muñeca ni los dulces. Don Miguel, otra niña violada en el monte. ¡Esto es el colmo! Hay que descubrir al maniático ése o nuestras hijas no podrán salir a la calle sin temor a que algo les suceda. ¿Y la policía, nada? Como de costumbre, nada.

Maldijeron toda la noche, juzgando y sentenciando al canalla a las más terribles penas: Quemado en media plaza con leña verde; no eso no, hay que cortarlo en pedacitos o amarrarlo en palo santo, o tal vez… una risa enferma y terrible cortó sus inquisidoras presunciones, cediendo el lugar a soeces insultos, “salí de aquí, opa de mierda”, pero la risa siguió hasta perderse en la escuela en una risita fingida, como de enfermo de pecho. ¡Ah!, pero él sabía por qué reía, lo sabía, ahora era más importante y sabio que “los Grandes”, pero no lo diría. Ése sería su secreto. Todos en el pueblo se preguntaban quién podría ser el desgraciado violador, y él, el opa del pueblo, el joñiqui, el hijo de la loca, lo sabía; que se pudran, que se devanen los sesos preguntándose quién era. Esa noche fumó dos cigarrillos y se durmió.

¿Qué le pasa al opa éste?, se preguntaba la gente, y él sólo reía. Se detenía a escuchar los comentarios sobre las violaciones y los interrumpía con sus risotadas y sus gestos burlones; escapando de las patadas y de los insultos, fueron esos días los más felices de su vida. Se cobraba en algo los desprecios. Casi no dormía imaginando a los padres de las violadas sumidos en el desconsuelo y sentenciando al culpable a miles de crueles castigos. Fumaba y reía. Esos días deambuló por el pueblo sin acercarse a su lugar preferido, el monte; temía que sus amigos‑plantas le encarasen que él era testigo de algo perverso y que debía contarlo; no, él no quería eso, él tenía que continuar siendo el único que había visto y oído al violador. Ése era su secreto.

Desganado, en un banco de la plaza, miraba a unos escolares que se quitoneaban una toronja convertida en pelota de fútbol; se sentía molesto, sólo había encontrado unos puchos fumados hasta el filtro a los cuales ya no podría sacarles el impuesto, como escuchaba decir a los estudiantes que se reunían para fumar a la hora que él extendía su cuero para dormir. Por todo lugar recorrían sus ojos en busca de colillas y nada. Sus pupilas cobraron brillo cuando vio a Dantico Román. Él le obsequió su primer cigarrillo y le daba uno todos los días, además se acordaba de lo que vio en su Casa Grande. Claro que éste no lo sabía, lo vio jurando, prometiendo, violando y no dijo nada, porque Román era su amigo. El que le regalaba dulces, cigarros, el vende‑boletos del cine, su amigo el violador del monte; esperaba que, como de costumbre, le diese un cigarrillo, pero se pasó de largo. Lo siguió, le reclamó, le imploró… “no me molestés opa de mierda, estoy apurado, andá a pedirle a tu padre”. No tenía padre, nunca lo tuvo, al menos nunca lo conoció, pero eso no importaba. Le dolía el desprecio. Enfurecido, corría de un lado a otro, pateando cosas, maldiciendo, hasta llegar al café, rojo de ira, con la lengua chuta a punto de soltarse: Yo lo vi, don Miguel, era Dantico Román, en el monte, a la hija del carpintero; hablá más despacio que no te entiendo nada, oí, vení acá, este opa no sé qué está diciendo y la gente vino, se aglomeró y escuchó… yo lo vi, era él, les juro, le bajó el calzoncito azul, le prometió muñecas, dulces, ella lloraba y gritaba, se los juro, era él y ustedes no lo sabían, créanme, por favor, créanme… Este opa está inventando zonceras, es un mentiroso, don Miguel, el Dantico es un buen muchacho, el opa le tiene rabia porque a veces no lo deja entrar al cine. ¿De cómo sabe tanto este infeliz, no será que este opa es el violador? ¿Este que creíamos un santo y resultó ser un “opapícaro”? ¿No se dan cuenta? Por eso es que se reía de nosotros, de nuestras hijitas, se estaba burlando el desgraciado éste. ¡Mal parido!

Gritaba, imploraba, juraba, de rodillas ante el Pata de Loro que, traído por unas viejas chismosas, llegó con chicote y descargó su furia, sus desvelos, su amor de padre convertido en odio y contaba los días que esperó este momento, y, por cada día, cien azotes. Cerca de los trescientos, el carpintero lo reemplazó; esa mano acostumbrada al martillo y la madera, pronto se acostumbró a desgarrar la piel del mal nacido. ¿Así que vos, opa hijo de puta, hacerme esto a mí, que te daba de comer? Y el látigo silbaba en el aire, anunciando que se enterraría en la piel del joñiqui; y llegaron los escolares con frutas podridas y huesos, las viejas que maldecían la hora en que el opa vino al mundo y se alegraban de que su madre hubiera muerto, asesinada, por uno de sus ocasionales amantes. Y usted, comisario, no se meta, el pueblo se cobra lo que le corresponde, venganza. Pero, don Miguel, esto es un crimen, yo… Eso y más se merece este opa infeliz. Se turnaron los parientes, se saciaron los amigos, se acabaron los huesos, los insultos, la venganza se agotó. La calle quedó sin gente, sólo con sus heridas, con su lengua atrofiada, el opa pedía que vinieran de una vez los ángeles, esos que le mostraba el cura en la clase de catecismo. Ya los esperaba, ansioso, la llegada de la señora con guadaña, la que le enseñaba la maestra. ¿Por qué le hicieron esto si él era bueno? La señora vestía pantalón claro y calzaba zapatos de hombre. Alzó la vista para suplicar ya no más, la sonrisa irónica le acalló el intento. La sombra lo observó unos instantes, puso un cigarro en sus labios deformes y sangrantes y desapareció.