Obra gráfica de Alejandro Barretto.

Incontenible | Javier Caravantes

Play.

Párpados apretados, mandíbula trabada. El espanto en su rostro contrasta con las sábanas blancas: la pesadilla la obliga a empujar el cuerpo hacia atrás, como si quisiera hundir su espalda en el colchón, esconderse entre los resortes y alambres. Se cubre el rostro con los antebrazos. Grita. Despierta. Poco a poco se sienta; parece a punto de decir algo.

Pausa.

Andrés ha estirado rápido la mano derecha y oprime la tecla. Concentra su mirada en la pantalla, en los labios de Luisa: ojalá rompieran el rígido gesto para que comenzaran a decir las respuestas que está buscando. Las necesita para terminar su documental. Lo intenta desde hace varias semanas sin lograr ningún avance, no puede: el final se le escapa; aunque sale a dar largas caminatas buscándolo y ha logrado atravesar la ciudad no lo encuentra; es capaz de esperar sentado por largos días frente al monitor donde edita sin que llegue; piensa en él al intentar dormir pero tampoco los sueños ofrecen pistas. Su fracaso es evidente: selecciona las carpetas donde guarda su material y roza varias veces la tecla con la que podría eliminarlas.

–Si es imposible terminar la historia es porque desde el principio estuvo mal planteada –se repite, mientras con la mirada examina varios dibujos de lo que planeaba fueran las escenas finales, están colgados en un corcho encima del monitor donde edita.

–¿Con qué los remplazo? –puede gritar la pregunta o convertirla en un murmullo que lo acompañe durante el día, de cualquier manera no sabrá cómo responder.

Andrés vuelve al monitor, a Luisa, a su novia, al personaje principal en el inicio del documental.

Play.

Sigue viendo el trabajo de edición que lleva, escena tras escena sin que se le ocurra una manera de acabarlo. La imagen se congela en el minuto cuarenta y dos, hasta ahí llega su historia.

Stop.

Se levanta de la silla, busca su mochila y va a la calle. Camina dos cuadras hasta una esquina, espera al microbús. Se le acerca un perro, da vueltas en círculo a su alrededor, parece perdido. Andrés lo acaricia, tiene una placa, se llama Akiro, busca pero no está escrito ningún número telefónico. El microbús se acerca y frena. El animal le lame la mano antes de que Andrés se separa de él y rápido suba. Desde la ventana mira a Akiro, el perro también lo observa. Está a punto de pedirle al chofer que frene, bajar. No se atreve. El camión arranca.

Andrés encuentra asiento en los primeros lugares, se coloca los audífonos, sube por completo el volumen. Apoya el mentón en el pecho, detiene la frente con las palmas de las manos, cierra los párpados. Intenta hacer que su mente se concentre sólo en los sonidos, los vaya siguiendo. En el silencio de entre la primera y la segunda canción se le aparece el rostro de Pablo: la imagen de su hermano está sentado en la banca de un parque, se ve pálido. Andrés abre los ojos, busca a su alrededor pero no lo encuentra. Soporta con paciencia las veintisiete cuadras más que tarda el camión en llegar.

Desde que entra a la escuela adopta una postura de soldado vencido. Luego de una breve espera Francisco lo hace pasar a su cubículo, desocupa para él una silla en la que descansaban folders y libros. Apenas Andrés acomoda la espalda en el respaldo su tutor le pregunta:

–¿Y el documental?

–No puedo, discúlpame –responde viendo la única ventana que hay en la oficina.

–Ese asunto no es conmigo, la convocatoria del concurso fue clara. Ayer se cumplió el último día. La universidad te exige terminarlo –Francisco mueve el brazo izquierdo de arriba a abajo en el espacio donde concentra la mirada su alumno. Agita la mano hasta que logra atraer su atención. Andrés sin mirarlo a los ojos le responde:

–Es siniestro.

–Sólo es una historia –Francisco toma una hoja y con un lapicero comienza a escribir algunas palabras mientras habla:

–Luisa puede conservar esperanzas pero siempre estará acechada por el miedo a morir. El fracaso de la obra de Montserrat remata la idea de que la exploración artística de la muerte pocas veces revela hallazgos. Muéstralas encerradas en sus habitaciones, retrata su desesperanza. Yo hablo con el director. Lo tienes que traer mañana.

No se despide, Andrés se levanta y sale lo más aprisa que puede. En la calle siente calambres, las piernas le pesan. Debe sentarse en la banca de un paradero del microbús para no caer.

 

Un olor a quemado lo espera detrás de la puerta. Busca el origen, recorre la sala, el pasillo, le grita a Montserrat sin que ella conteste. Sale al traspatio y descubre el estudio abierto. De ahí sale humo: junto al escritorio hay una cubeta de metal, en su interior se sigue deshaciendo su cámara. Andrés intenta salvar la memoria pero el calor no lo permite, se quema las yemas de los dedos. Consigue una franela, la humedece y aunque logra sacar la cámara está calcinada, deforme. El guión que reposaba en el escritorio ha desaparecido. Descubre que en la misma cubeta se termina de convertir en cenizas, al fondo ve arder las palabras sin que pueda hacer nada para detenerlo. Intuye más daños, su mirada recorre las paredes. Los encuentra de inmediato. En el corcho, en lugar del storyboard hay una hoja que dice con letras enormes: “¿Sentiste algo, eres capaz?, miserable.” Reconoce la caligrafía: Luisa. Intenta encender la computadora pero no halla el CPU, revisa por completo la habitación sin encontrarlo. Las memorias digitales deberían estar en las repisas, no aparecen. Un disco externo es lo único que podría salvarlo; yendo de un lado al otro sus pies lo patean, aunque tiene varias abolladuras es posible que el material de grabación, su único respaldo, esté intacto. En una notebook lo prueba, le cuesta trabajo conectarlo, tiene que sujetar la muñeca con la otra mano para detener el temblor que lo ataca. Va sintiendo alivio porque una ventana se despliega, avisa que la información se carga, tarda algunos minutos. Cualquier expresión de esperanza formada en el rostro de Andrés desaparece. El disco está vacío. Se ha quedado sin la edición que llevaba meses armando, sin documental. Camina hacia una esquina del estudio, acerca la nariz hasta rozar las dos paredes que hacen escuadra. Imagina cómo tendría que estirar el cuello hacia atrás, impulsarse y regresar la cabeza con la fuerza necesaria para estrellarla en el concreto. Murmura:

–Ficción y realidad.

Echa atrás la nuca y embiste la pared con la frente. Se derriba. Por una rendija de la puerta distingue cómo la tarde va cayendo, el patio está oscuro. Quisiera que las paredes del estudio se le derrumbaran encima.

 

Duele, es como si le hubieran atravesado con puntillas la frente y siguiera teniendo las armas incrustadas en la cabeza, un par de cuernos: Andrés toca las heridas, el roce de dedos le arde. Los dos hematomas que han nacido en cada costado por lo menos duplican el tamaño anterior de su frente. Intenta ponerse de pie, el cuello está entumido, calambres atacan sus brazos. El dolor en la frente regresa, aturde. Se sujeta del escritorio para no caer; siente que las heridas van creciendo, empujan al cerebro, se adueñan de su cabeza. Ve de nuevo las palabras de Luisa sujetas en el corcho y las repite en voz alta:

–¿Sentiste algo, eres capaz?, miserable.

Camina a la cocina, busca hielos en el refrigerador. Arrastra los pies hasta la habitación y se deja caer sobre la cama.

El celular suena, el timbre simula el ring de un teléfono antiguo, el volumen aumenta con la velocidad de un feroz ruego. Andrés lo toma, programa que vibre y lo deja sobre el buró: se mueve, una mosca herida que no puede emprender el vuelo y apenas da saltitos, así el aparato va desplazándose sobre la madera. Se acerca a la orilla, sigue hasta derrumbarse. Tirado en el piso el nombre de Luisa parpadea en la pantalla, es un mensaje de texto: “Te detesto, eres lo que más odio. Te odio, odio, odio, odio.”

A los diez minutos llega: “No eres un documentalista, no te lo creas, antes de destruirlo lo vi. Pésimo. Mediocre. Te hice un favor.”

Quince minutos después: “¡Contesta!, no te escondas, cobarde.”

Pasa veinte minutos, el último: “Regresa de donde viniste. Jódete.”

Andrés apaga el teléfono y con los dientes ataca las uñas de la mano izquierda. Muerde, escupe. Un documental de alguien que perdió su primer documental, piensa: una historia que se frustra, muere pero al hacerlo le da vida a otra.

Se levanta por un café. Siente más frío del habitual, apenas sale de las cobijas busca un suéter con que taparse. En la bolsa interior de su mochila encuentra un lápiz y una hoja. Atraviesa el pasillo, llega a la cocina. Prepara la cafetera, la enciende. Piensa en una palabra, escribe: “pérdida”. Su trazo comienza suave pero en la primera “d” aprieta con fuerza la madera. Vuelve a recordar secuencias de su documental, los rostros de las protagonistas: la voluntad y la punta del lápiz se quiebran, tira la hoja a la basura. Lava una taza mientras el café comienza a oler, destapa sus fosas nasales. Ve cómo la jarra se llena hasta que caen las últimas gotas. Se dispone a servir cuando afuera alguien le pega a la puerta de la entrada como queriendo reventarla. Camina a la sala, se asoma con sigilo entre las cortinas. Es Luisa: cada golpe, cada patada que da retumba en la cabeza, en el cuerpo de Andrés. Montserrat sale de su recámara pero él le pide que se encierre y que ignore el ruido. Los golpes cesan pero persiste un molesto rechinido. Luisa pasa dos horas escribiendo una vez y otra y otra, tinta azul sobre tinta azul, trazo sobre trazo, tapiza la lámina amarilla, es la incansable repetición de una palabra. “Cobarde.” Andrés se encierra en su recámara.

–Ya no quiero que estés aquí, no me pagues el mes pero recoge tus cosas. En dos horas llega la mudanza –le grita Montserrat desde el pasillo.

Andrés abre la puerta, intenta alcanzarla, tomarla del hombro. Ella le da la espalda y camina hasta su habitación, se encierra. Andrés toca, le pregunta:

–¿Qué hice?

Detrás de la puerta Montserrat le grita:

–Me pagaste por hospedaje no por mi historia. Cobarde y ratero –la primera palabra la entona buscando hacer eco con la puerta rayada por Luisa.

Andrés da unos pasos de regreso a su habitación, luego se queda en la mitad del pasillo, como parado entre los dos rencores. Tarda cuatro minuto en cambiarse la pijama por unos pantalones, una playera. Recoge las llaves y sale de la casa. A pesar de la lluvia encuentra un taxi.

Corre desde la calle hasta el cubículo, toca. Francisco le grita que pase, al verlo la expresión severa del tutor cambia, apresurado se levanta de la silla y camina hasta ponerle la mano en el hombro.

–¿Estás bien? –le pregunta.

Andrés no responde.

–¿Qué pasó?, siéntate.

Aunque intenta pronunciar con eficiencia Andrés tiene que repetir varias veces la siguiente oración para que su tutor lo comprenda:

–Mi novia se dio cuenta de que estaba haciendo el documental con la historia de su enfermedad y lo destruyó. Mi roomie también supo que ocupaba el montaje de su obra, me acaba de correr.

–Excusas. Desde el principio te pedimos una cesión de derechos y la entregaste. Debes enviar algo si no vas tener problemas muy graves con la escuela. Me enseñaste ejercicios interesantes, alguno de esos podría servirte, escribe un reporte. Mándamelo, yo hablo con los demás profesores –Francisco saca un fólder, le pide firmar unos documentos.

A Andrés le cuesta trabajo sujetar el lapicero, se le cae dos veces. No agradece, la mandíbula se le ha paralizado. Sale de la oficina y camina sin darse cuenta por dónde va hasta que una afanadora le señala la salida. Ha olvidado qué camión tomar. Apenas juntas las monedas suficientes para que un taxi lo regrese. Entra y llega hasta al estudio. Busca entre los archivos de su laptop un documental que intentó mientras cursaba el cuarto semestre de la licenciatura en Comunicación, en su antigua ciudad. Es la historia de una vieja revista de literatura que intenta sobrevivir en un mercado donde la distribución se ha vuelta imposible para publicaciones de corto tiraje. Carga los archivos y envía el correo electrónico a Francisco, piensa que es el último “enter”. No le queda más por decidir, sólo tiene una opción, regresar a la casa de su madre.

 

Empacar es fácil, deja al último lo difícil, faltan apenas quince minutos para que llegue el camión cuando lo decide. Toma el teléfono, sale a la calle. Camina dos cuadras hasta un parque. Un tipo encargado de la limpieza barre una cancha de basquetbol, hay aparatos para hacer ejercicio, son nuevos, su brillo corresponde más al de un adorno. No abunda el pasto, la mayor parte del terreno está cubierta por granilla roja, sólo han crecido seis árboles. Andrés escoge una banca que está en la esquina norte, da de espaldas a una iglesia. Saca del bolsillo el teléfono, quita el bloqueo de pantalla. En sus contactos señala el nombre de “Luisa”. Va a oprimir el botón, al sentir la superficie acolchada de la tecla se detiene. Respira lento. Enjuaga la lengua con saliva. Seca el sudor de la frente. Marca. De inmediato ella le contesta:

–No lo lograste, nunca vas poder terminar, cobarde, das lástima.

La furia con que Luisa impulsa sus palabras hace que Andrés aleje el aparato de la oreja, su lengua se le entume pero el pulgar derecho no, cuelga. Se levanta de la banca, cuenta los pasos de regreso a casa. A los cincuenta y tres llueve, no corre.

 

Busca despedirse de Montserrat. Ella sin abrir la puerta de la habitación le grita que deje la llave en la barra de la cocina. La camioneta de la mudanza arranca, el conductor le chifla. Andrés trata de quitar el aro metálico del llavero aunque está demasiado duro, apenas logra desprenderlo utilizando la fuerza de sus dientes y de la mano pero la punta del alambre le hiere el labio superior. Brota sangre. Deja la llave en la barra y corre hasta la puerta. Antes de irse vuelve la mirada, distingue dos pequeñas gotas rojas en el suelo.

 

Obra gráfica de Alejandro Barretto.

Obra gráfica de Alejandro Barretto.