Martín Peregrina

Hermanos | Javier Caravantes

I

La insistencia con que golpea la puerta da miedo.

Abro.

Parece un mapache, las ojeras se hicieron costras; es un monstruo. Tiembla al hablar:

–Tu hermano me rogó que lo ayudara. Durante tres días intenté salir de la casa, me desmayé dos veces en el trayecto del taxi hasta aquí. No puedo, tú debes encontrar a Pablo.

Mi madre revuelve con la misma ansiedad con que acaba de pronunciar cada palabra el contenido de su bolso. Encuentra algunos billetes sujetos por una liga, los coloca sobre la mesa, a la entrada de mi departamento. Hago una reverencia. No pasa.

–¿Sigue en Xalapa?

Ni entra ni responde; me da la espalda.

 

II

Pablo hace señas desesperadas para que me acerque, lo veo sentando en la banca de un parque, nos separa una avenida de por lo menos cuatro carriles atravesada por automóviles deportivos, uno detrás de otro a relampagueante velocidad. Debo llegar a mi hermano. Avanzo. Antes de sentir el impacto de una defensa contra mis rodillas, despierto.

El reloj análogo junto a la cama dice 5:44. Voy a levantarme, faltar al periódico.

Debo buscar a Pablo.

El miedo a que me despidan me paraliza.

Cierro los párpados. Aunque controlo la respiración, se vuelve profunda, rítmica, el impulso no llega.

Debo buscar a Pablo.

Trabajo en la redacción de tri, un periódico fundado por un locutor deportivo, originalmente de beisbol, que al incursionar en las noticias logró una fortuna tan considerable que tres de sus cinco hijos hicieron carrera política. El mayor es el actual presidente municipal. Apenas tomó posesión del cargo, la familia reorganizó el medio. Inauguraron sus nuevas instalaciones: un edificio completamente blanco con “todas” las herramientas tecnológicas que exige la audiencia. tri es el único periódico en la ciudad que no paga un salario miserable. Tuve suerte. Mi jefa había sido directora del área de monitoreo del gobierno; su desempeño fue tan eficaz que la solicitaron para dirigir el periódico. Ella aceptó a cambio de que le asignaran dos puestos nuevos: un editor, que sería ocupado por uno de sus mejores amigos, y otro redactor, que luego de tres entrevistas fui yo. El amigo de la jefa nunca llegó; fue a mí a quien le asignaron la corrección de las notas. El trabajo se multiplicó. Mi jornada laboral aumentó casi cuatro horas por dos mil pesos más. Apenas un par de meses después logré abandonar el cuarto de azotea para rentar un pequeño departamento y, por agotar mis ojos buscando erratas, tuve que aumentar en dos puntos la graduación de mis lentes.

Faltar en la semana del informe del presidente municipal hará que me despidan.

Debo buscar a Pablo.

Amanece.

El impulso se alimenta de sol.

En lugar de bañarme, desayunar, ir al trabajo, me acerco a encender la computadora. Tecleo el nombre de mi hermano. El buscador arroja en la segunda página de resultados una mención del nombre de Pablo que no había encontrado. Es el índice de un fanzine, La Cloaca, editado por un centro cultural en Xalapa. Publican dos ilustraciones y una viñeta firmadas por él en la que se lee: “Las sombras son el corazón de la noche, sus formas van alargándose sobre las paredes hasta escapar. Se convierten en una niña en la entrada de tu recámara. Te mira a los ojos, va a decir algo”.

Las dos ilustraciones retratan con exactitud la sala del departamento de la casa de nuestra madre. Una enorme enredadera trepa por los muros, tapiza las ventanas, el espacio que no ocupa es carcomido por la humedad. Esa textura, más las sombras que los muebles proyectan, desata figuras con apariencia de monstruos en actitud desesperada por escapar de las paredes. Hay dos niñas escondidas debajo de la mesa.

Apunto la dirección de La Cloaca y busco cuál es el autobús más próximo en partir.

 

III

Miedo a tener miedo.

Desde niña se rehusó a salir a la calle, si la obligaban se aferraba a las manos de sus padres o hermanos. Si se atrevían a separarse comenzaba a gritar. La única forma de callarla era que volviera sentir el roce de algún miembro de la familia.

A la escuela no fue, imposible hacerla entrar a un salón de clases.

Mi madre escondió la adolescencia en su habitación.

Mi abuelo logró casarla dopada.

Mi madre soportó el dolor de dos partos naturales con tal de no pisar la calle.

Mi madre se convirtió en la repetición de una actividad: mezclar vodka con valium.

Mi padre huyó.

Mi abuela se vino a vivir a nuestra casa, se hizo cargo de nosotros. Poco después comenzó el insomnio de Pablo.

Al principio mi abuela siguió las recomendaciones habituales, lo llevaba a hacer ejercicio, le daba poco de cenar, lo mantenía tranquilo. No funcionó. Pablo decía que unas niñas lo visitaban. Nadie le creía, yo tampoco, hasta que las vi.

Ese día Pablo llegó emocionado porque el maestro de deportes les había enseñado las reglas del beisbol. Me pidió que consiguiera una pelota de esponja y él buscó un palo que sirviera de bate. Jugamos hasta que nuestros brazos se cansaron.

Mi abuela nos dio de cenar, nos pusimos el pijama. Compartíamos habitación, dormíamos con la puerta abierta. Desperté, todavía estaba oscuro. Giré el cuerpo y entonces vi a una niña parada en el pasillo, afuera de la entrada de la habitación. Escuché el susurro de Pablo:

–¿La ves?

El miedo no me dejó abrir la boca. Pablo dijo:

–No te preocupes, no entra –terminó de mover su cuerpo, que había estado contra la pared. Se levantó, camino hacia mí:

–Ven, párate. Si vamos tú y yo ya no me da miedo.

La niña movió su mano. A señas nos decía que la siguiéramos. Comenzó a caminar a la derecha. Mi hermano me jaló del brazo hasta la puerta de la recámara. No salimos. Desde ahí, asomados, logramos ver el comedor. La niña estaba parada junto a una silla; señaló con el dedo índice de su mano izquierda debajo de la mesa. Nuestras miradas obedecieron. Descubrimos a otra niña; era idéntica, sólo que con el rostro desfigurado. Grité lo más fuerte que pude. Mi madre ni así salió de su recámara. No sé cuánto tiempo tardó mi abuela en llegar. Tuvo que ser Pablo quien caminara hasta el interruptor, encendiera la luz y cayera desmayado.

Cuando despertó mi hermano ya no pudo conciliar el sueño, mi abuela apenas lograba que durmiera con altas dosis de potentes y degenerativos medicamentos.

A través de la ventana del autobús miro un señalamiento vial: Xalapa.

 

IV

Pablo varias veces golpeó su cabeza en las cubiertas de los medidores de luz con tanta fuerza que las manchas de sangre tardaron semanas en ser lavadas por la lluvia. A los postes se iba a estrellar sin recordar nunca su ubicación. Tropezaba cada dos o tres cuadras. Lo más importante era cuidar que no cruzara la calle sin darse cuenta de los coches. Yo corría adelantándome hasta la esquina, si nada venía lo esperaba para atravesar junto a él. Si pasaban coches, microbuses, motocicletas, me paraba enfrente de donde llegaría Pablo. Lo esperaba con los brazos extendidos, apoyaba los talones en el suelo para que cuando mi hermano cruzara la calle, enredado en la velocidad de sus pensamientos, sin verme, yo tuviera la suficiente fuerza para detenerlo. A veces caíamos pero no lo atropellaban. Una vez sí, me enfermé y no pude acompañarlo a la escuela. Algunos de sus compañeros vieron el accidente. Pablo ni cruzó por las líneas peatonales, ni se fijó en el amarillo del semáforo. Avanzó como si el trazado de las calles no existiera. Quedó enyesado algunos meses; fueron los peores. Mi abuela lograba dormirlo con altas dosis de Rivotril. Casi siempre Pablo despertaba gritando, tan fuerte que a causa de sus pesadillas los vecinos pedían que nos echaran del edificio.

La lluvia deja de caer. Salgo de la terminal. No dejo de leer y releer la dirección de La Cloaca. Me da miedo que los números se distorsionen, desaparezcan, o algo pase que me impida hallar a mi hermano. Ando con prisa. Tengo la sensación de que aunque intentara detenerme, mi cuerpo no obedecería, seguiría caminando y caminando hasta estar parado frente a Pablo.

 

V

Al fondo de una vecindad, pegados sobre una puerta verde, reconozco los stickers de La Cloaca. Toco.

Un olor a tabaco y marihuana se asoman detrás de una maraña de cabellos.

–Qué hay. Ando buscando a mi hermano. Hace unos días encontré en su sitio dos ilustraciones de Pablo. No había ficha, tampoco tenía página de contacto.

–Nuestra revista no admite colaboraciones. Somos rigurosos seleccionando contenidos. Ni madres que a los putapendejos los publicamos.

–Mira, imprimí las ilustraciones –extiendo las hojas y apenas el tipo las ve, mueve varias veces la cabeza afirmando:

–Son de Pablito. Bien buena onda el bato. Tiene mucho material.

–¿Sabes cómo lo encuentro?

–Nel. Se parecen. Vivía detrás del mercado Jáuregui, juntito al local de zapatos más grande de la calle. Igual hay una puerta verde, en los cuartos del fondo ¿Eres mayor que él?

–¿Colaboró más veces?

–No, me quedé con ganas de volverlo a invitar. Dibuja chido y de volada me mandó las ilustraciones. La viñeta no me gustó, pero se la publiqué. Por ahí dile que me mande algo.

 

VI

La lluvia regresa, tengo frío. Niebla. Utilizo el primer billete del dinero de mi madre para pagar un taxi. Las indicaciones coinciden, no hay cortinas. La casa que debería ser de Pablo está vacía, sólo se ve un par de habitaciones desocupadas. Toco. Lo hago fuerte. Varias veces hasta que los nudillos me duelen. Desde una ventana del segundo piso una anciana asoma la cabeza, grita:

–¿Qué no ve? Ya nadie vive.

–Ando buscando a mi hermano.

–Ahorita bajo.

Apenas la señora abre, un gato sale corriendo, se escabulle entre mis piernas, sube por unas escaleras que arrancan junto a la entrada de la vecindad y escala hasta llegar al techo.

–Canijo… ya regresará.

–¿Conoce a Pablo?

–Se parecen mucho. Mi hija es su novia. Antes éramos vecinos ¿Quieres pasar?

La sigo. Maullidos me reciben. Hay más de quince gatos entre los que descansan en el piso, los que están echados en los sillones de la sala, en la mesa del comedor y en repisas. No detecto ningún olor, tampoco hay pelos o polvo sobre las superficies. Ni fotos. La mujer desaparece unos minutos para regresar cargando un enorme vaso.

–¿Sabe dónde puedo encontrar a Pablo? –el trago me sabe tan amargo que el estómago duele.

–Te voy a apuntar la dirección. No está lejos. Yo no puedo ir; mi hija me lo tiene prohibido. Se andan escondiendo.

Antes de que le pueda hacer otra pregunta, la mujer extiende enérgica sus manos pidiéndome de regreso el vaso. Me señala la salida. Al despedirse me entrega un trozo de papel.

 

VII

Una puerta vieja de madera con restos de pintura verde: veo la casa que corresponde a la dirección apuntada en el papel. No me puedo acercar. Algunos perros comenzaron a ladrarme apenas doblé la esquina. Doy cuatros pasos. Más perros que tomaban el sol en las banquetas se van acercando, también ladran. Recojo piedras, las lanzo. Una le cierra el hocico al perro más cercano. Pelan los dientes. Corro. Pateo a uno antes de que me muerda el tobillo. Alcanzo la puerta. Toco. El ruido los enfurece. Ladran más, me acorralan. La puerta se abre. A escobazos una chica los ahuyenta. Entramos. Hay dos sillas de plástico blancas y un montón de libros en una esquina. El piso es de tierra.

–¿Eres el hermano de Pablo, lo viste, él te mando?

–No, lo vengo a buscar. Tu mamá me dio esta dirección. Te llamas Silvia, ¿verdad?

–Sí.

–¿Dónde está?

–Me pidió esperarlo.

–¿Por?

–Es peligroso. Prometí quedarme aquí.

–¿Dónde fue?

–A vender.

–¿Qué?

–No sé, un amigo le iba a dar. De todo, supongo.

–¿Hace cuánto que no vuelve?

–Tres días.

–Vamos a buscarlo, ¿por qué se esconden?

–Es peligroso.

–Pablo le llamó a mi madre pidiéndole ayuda, ¿sabías?

–Desde hace tres meses que llegaron lo persiguen, le han pegado, lo tienen amenazado. Nos quedamos sin dinero. Nadie nos presta. Si vamos a casa de mi mamá le van a hacer algo, no quiero meterla. Seguro la buscó porque no le quedaba de otra.

–Le dejamos apuntada una nota. Vámonos, ya casi oscurece.

Silvia va a otra habitación. Regresa con un suéter, las llaves y un par de varas. Una me la entrega.

Afuera los perros ladran, gruñen, pero no se nos acercan. Algunas personas pasan sin mirarnos ni saludarnos.

–¿Logra dormir?

–Poco.

–¿Está bien?

No me responde. No habla hasta que encontramos un taxi.

 

VIII

–Por aquí vive su mejor amigo. Vendría si tuviera una bronca –me dice Silvia en voz baja–. Pablo quería que fuéramos con tu mamá, yo no puedo, no quiero salirme de la universidad. Andaba ansioso, decidió irse a vender, discutimos, me gritó que lo esperara.

–Es en la esquina pero no puedo pasar. Quién sabe qué desmadre se armó –dice el taxista.

Silvia mira las torretas y responde:

–Aquí déjenos –me jala rápido del antebrazo. Bajamos. Pago.

Varios vecinos observan la escena. Detrás de ellos parpadean luces de patrullas. Silvia quiere correr, alcanzo a sujetarla.

El Cavalier amarillo embistió por detrás al Chevy azul, proyectándolo tan fuerte contra un poste que parece más un acordeón que coche.

–Es del Joaco, el amigo de Pablo –dice Silvia señalando al Chevy.

Dos niñas miran con asombro el interior del Cavalier. Nos acercamos, vemos una pistola y una granada sobre el asiento del copiloto.

Escuchamos la voz de Pablo. Lo descubrimos junto a una de las patrullas, dos policías lo someten. Le fluye sangre de la nariz y de la boca.

Silvia corre. Antes de que sus brazos alcancen a Pablo, otro policía la detiene.

–Tranquila –le dice muy cerca del oído mientras la abraza. Sus manos recorren la espalda de Silvia hasta sujetarla de las nalgas.

Corro, la ayudo a zafarse. Lo logramos pero llegan más policías. Me sujetan.

–Ha de ser familiar del oreja.

–Denle en su madre y a la muchacha súbanmela a la camioneta.

Entre dos me toman del cuello. Intento zafarme pero otro me sujeta las muñecas y, aunque intento darles patadas, me responden arremetiendo con las cachas de los rifles en mis muslos. Entre cuatro me arrastran hasta una esquina, me arrojan al suelo, patean buscando lastimar las costillas. Un golpe, que me dan en los labios, retumba en los dientes frontales y hace que mi nuca rebote contra la pared.

 

IX

Despierto. Intento levantarme. No puedo. El dolor en las costillas no permite ningún movimiento. Estoy acostado en un sillón, en la sala de una casa en la que nunca había estado. Oigo pasos, un hombre cruza la sala sin voltear a verme, abre una puerta, sale a un patio, escucho abrir otra puerta. Un niño vestido con un uniforme de futbol, parecido a los que usaba Jorge Campos, entra. Al verme, pregunta:

–¿Ya pagó o le volvemos a avisar a la poli?

A pesar del dolor, logro llevar una de mis manos a la bolsa trasera del pantalón. No llevo la cartera.

–Yo te la guardé –el tipo la saca de su bolsa y me la avienta. Sólo conserva un billete.

–Falta.

–Mamón, todavía de que te ayudamos. ¿Cómo lo ves mijo?

–A la chingada –el niño hace un amago de patearme como si despejara una pelota de futbol. El que parece su padre se carcajea hasta toser.

Intento levantarme. No puedo apoyar las piernas, el dolor en los muslos hace que me sea imposible soportar el peso de mi cuerpo. Caigo. El tipo y su hijo siguen carcajeándose. Jalan mis brazos, me arrastran hasta la calle.

Llueve. Ya no está el Chevy, ni el Cavalier. El poste reclinado sobre el techo de una casa, los cristales en el piso del parabrisas y los faros, son los únicos vestigios del accidente. Aunque intento no puedo levantarme. Estoy mareado.

 

X

Jugamos beisbol en el estacionamiento del departamento de mamá. Pablo tira el bate, dice que tiene sueño. Su actitud es la de un niño, aunque su aspecto y las ropas que usa son las que tenía cuando lo arrestaron. Lo sigo. Encontramos en la mesa del comedor a nuestros padres con las niñas. Por más que gritamos, no nos escuchan. Al terminar sus platos la familia se levanta de la mesa. Llevan a las niñas a la recámara, las arropan. Apagan las luces. Pablo me toma del brazo, nos asomamos a nuestra antigua recámara. Las niñas nos ven, gritan. Nuestros padres, a insultos, nos exigen que abandonemos la casa. Caminamos por el pasillo hasta la puerta.

Despierto. Azul, pliegues azules. Murmullos, pasos contra azulejos. Me rodea una cortina como de hospital. Intento levantarme. En la muñeca derecha siento un pinchazo, arranco una sonda. Pienso en Pablo y Silvia. Me impulso, enderezo el torso. Logro mover las piernas hasta casi acomodar las plantas en el piso. Me impulso. Las rodillas se vencen. Intento sostenerme de las cortinas. Caigo. Todo cae.

 

XI

–Pablo, Silvia –me despierto gritando.

Es de día, estoy acostado en una habitación de paredes blancas. Los rayos del sol entran por pequeñas ventanas que me quedan muy altas para asomarme. Veo una puerta cerrada. Mis brazos tienen la suficiente fuerza para lograr apoyarse. Levanto el torso al primer intento. Muevo las piernas. Junto a la pared hay una silla, sobre ella está doblada mi ropa y los tenis.

Dando pasos cortos logro llegar a la silla. Me quito la bata y me visto. El dolor en los golpes y en las heridas es soportable. No encuentro la cartera. Camino. Entre más pasos doy hacia la puerta mejor lo hago, el entumecimiento casi desaparece al abrirla.

Hay un pasillo con mucha gente; del lado derecho están en el piso, esperando junto a puertas cerradas, permanecen acostados sobre cartones y se han cubierto de pies a cabeza por cobijas. Del lado izquierdo termina una fila de ancianos, algunos van acompañados de niños, que patean una botella de plástico y pretenden trazar una cancha de futbol en ese estrecho lugar.

Elijo el lado derecho. Evado personas hasta llegar a la esquina, doblo otra vez a la derecha, al final del pasillo encuentro la recepción. Camino lento hacia la salida. Logro atravesarla sin que nadie me detenga.

El día está nublado. Llego a una esquina, me siento en la banqueta. ¿Dónde buscarlos?

Sudo, comienzan a dolerme las costillas. Escondo la cabeza entre las piernas, acomodo las sienes entre los huesos de las rótulas. Hago presión hasta que el dolor me vence.

Levanto la vista, junto a mí hay un puesto de periódicos. Los contornos se mueven. Las fotografías de las portadas son la repetición de lo mismo: cabezas separadas de cuerpos. Reconozco en una de las imágenes a Pablo.

 

Martín Peregrina

Martín Peregrina