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Gato con camisa blanca y tirantes | Juan Carlos Reyes

El muro junto a la escalera tiene seis cuadros, pero sólo son distinguibles en su totalidad cinco. Del sexto se alcanza a ver únicamente una orilla. El primer cuadro tiene un marco anaranjado: parece un dibujo o una fotografía de una bomba, un dirigible, un dulce mal envuelto o una salchicha. También podría ser un globo. El segundo es casi totalmente blanco. Tiene sólo un círculo amarillo más pequeño en el que parece dibujada una “carita feliz”, aunque de más cerca tal vez sea otra cosa. En el tercer cuadro, se puede leer en grandes letras, tan mayúsculas como rojas: KAT. En el cuarto, el único en formato horizontal, se alcanza a ver un paisaje desértico. Las siluetas de las montañas se dibujan en negro mientras el cielo es ocre. El último, que está colgado más alto, y por lo tanto está más alejado de la escalera si tomamos en cuenta el piso de los escalones como referencia, es el de un gato con camisa blanca y tirantes. El gato parece estar posando para la foto, se ve relajado y una mancha blanca circula uno de sus ojos.

Es una bodega, lo que hoy los arquitectos llaman loft, pero es más bien una bodega. Techos altísimos, una columna en el centro, una escalera al fondo (aquella en cuyo muro están los cuadros de: Una bomba-salchicha, dirigible, dulce o globo; carita feliz sobre fondo blanco, las letras KAT en color rojo; un paisaje desértico en el que el cielo es casi ocre; y un gato con camisa blanca y tirantes. Debajo del hueco de la escalera hay una pequeña estufa, con una pastilla de jabón y un champú lavatrastos amarillo encima. La escalera (de abajo hacia arriba) lleva a un pequeño descanso en el que hay una puerta color vino. Este desnivel podría provocar la deducción de que esa puerta está al nivel de la calle, y que lo demás de la bodega está a un menor nivel. Junto a la puerta, justo en la esquina, hay un perchero con una gabardina, un sombrero y un paraguas.

De los dos muros visibles, el izquierdo (probablemente orientado al poniente según la iluminación del lugar permite inferir) tiene dos ventanales grandes en su parte superior, como si funcionaran como grandes ventilas. Bajo dichos ventanales, y muy cerca del fregadero junto a la estufa, hay un librero de cuatro repisas, un armario a medio abrir con una puerta de dos hojas y dos cajones cerrados. Sobre este mueble, están tomando el Sol, que entra por los ventanales, cuatro cactus en macetas medianas. Según su aspecto, podrían ser: Ancitrocactus megarhizus, Pachycereus pecten-abroginum, Echinocactus grusonii, y alguno de la familia de las Obregonias, aunque es difícil definirlo con exactitud. El otro muro, el que se vería al salir de la escalera (de arriba hacia abajo), tiene un escritorio con un solo cajón largo y un florero blanco con manchas rojas en el que se ven ocho flores amarillas. Sobre el mismo muro está un mueble pequeño con la televisión encendida. En la parte inferior del mueble se pueden ver varias revistas apiladas. En la portada de la primera aparece la cara de lo que podría ser un gato anaranjado. En la televisión, un gato con zapatos enormes de charol persigue a un ratón. Unos metros más adelante está una cama con sábanas azules y grises y, junto a ella, un pequeñísimo buró con una lámpara de noche amarilla, un reloj despertador (la hora es aproximadamente las 10:10) y un vaso con agua. Al pie de la cama, hay un tapete en dos tonos diferentes de verde con tres pantuflas moradas encima.

El resto del espacio que rodea la gran columna central hay dos sillones, uno rojo, otro café y un tapete anaranjado frente al televisor. Junto al sillón rojo hay una lámpara de piso muy alta, que podría estar cromada o ser simplemente de un gris muy claro. La columna tiene un teléfono negro de pared rodeado con varias notas pegadas con cinta adhesiva. En todas ellas hay algo escrito, en algunos casos de manera casi ininteligible. Cerca de la cama, pero también de la columna, hay un comedor para seis personas. Es de madera, pero tiene un mantel de fieltro verde que la haría parecer, de tener buchacas, una mesa de billar. Las sillas del comedor son todas distintas: silla antigua tapizada en un rosa ya muy desgastado; silla de mimbre con algunos hoyos en su base; silla de metal forjado en la que es imposible ver su asiento; silla común de madera; silla giratoria de oficina; silla amarilla con descansabrazos. Del techo pende, de un largo cable, una enorme lámpara negra, seguramente de carácter industrial.

En la bodega/loft hay veintiséis gatos, aunque más bien son veinticuatro, porque dos de ellos se ven asomados por uno de los ventanales, seguramente anhelando la vida de los que tienen la fortuna de vivir adentro. No se sabe si los gatos que están adentro son de alguien que vive ahí o si han logrado sobrevivir solos dividiendo las tareas y actividades de la casa. Si se piensa bien, habría indicios para argumentar ambas posibilidades.

Un gato negro con las patas blancas baja decidido y tranquilo por el cable que sostiene la lámpara negra que pende del techo. La posición es casi imposible, pero él se desplaza con elegancia y, eventualmente, tal vez, brincará desde la lámpara al sillón rojo. Podría ser un gato entrenado, un gato malabarista o un gato metafísico que ha logrado tal equilibro con el universo que las leyes de la gravedad le son indiferentes. Frente a la puerta, otro gato negro parece ronronear, como si esperara a alguien, tal vez a su dueño, sólo si el animal entiende que aquel ente que habita con ellos es su dueño, siempre y cuando exista tal individuo. El gato está sentado justo a un lado del perchero, el cual, por los aditamentos que sostiene –una gabardina, un sombrero y un paraguas– podría ser prueba de que alguien vive ahí, aunque –la gabardina, el sombrero y el paraguas– bien podrían ser adornos de la casa de los gatos, cosa que no sería tan difícil de pensar si se toma en cuenta que, en algunas casas de humanos, tienen gatos de porcelana, plástico, madera o un sinfín de materiales. Junto a este gato negro, otro gris y con rayas negras en la cola baja apresurado la escalera, tal vez porque escuchó que alguien está a punto de abrir la puerta, tal vez porque algún otro gato lo ha llamado para pedir su asistencia, compañía, consuelo, consejo o caricia.

Como ya decíamos, justo debajo de la escalera hay una pequeñísima cocina. Tan sólo un lavaplatos con puertas debajo, una estufa con campana y algunas ollas sobre las hornillas. Junto al lavabo, un gato negro con cola blanca espera algo. Podría estar esperando que sus compañeros terminen de comer para lavar los trastes o, simplemente, disfruta el calor que la estufa despide. A unos pocos metros de él, otro gato por completo negro, intenta abrir el refrigerador. Seguro que intentará hacer algún bocadillo en lo que llega la hora de la comida, o puede que sea el encargado de revisar si hay suficiente leche para todos. Tal vez sólo revisará si su dueño encuentra todo lo necesario para cenar una vez que llegue del trabajo, si es que existe el dueño y si es que éste tiene trabajo.

Todos los gatos de la casa son evidentemente Felis silvestris catus, es decir, son gatos domésticos, aunque el término silvestris pudiera sugerir lo contrario. Domésticos, claro, por entender que pertenecen a una casa u hogar, en este caso este hogar que describimos; por otro lado, es también un animal “que se cría en la compañía del hombre, a diferencia del que se cría en un entorno salvaje”. En este caso habría una duda, porque aún no hemos podido definir si se han criado en la compañía de un hombre o el hombre se ha criado en la compañía de los gatos, lo cual haría a un hombre doméstico en compañía de varios gatos también domésticos. Si es que existe tal hombre.

Al pie de la escalera hay un gato más, gris con el pecho blanco, seguramente sus padres eran uno gris y, el otro, blanco. Tan sólo camina con pasos medidos pero ágiles, como buen gato, hacia el mencionado jarrón con bolas rojas y algunas flores amarillas: tal vez las huela, tal vez se las coma, tal vez las riegue o tal vez no se dirija a las flores. Junto a él pasa uno más, blanco, con dos manchas sobre el lomo, ambas negras y una más pequeña que la otra. O es el supervisor de todos los demás gatos o nada en la casa le interesa, porque parece no percatarse ni siquiera de la presencia de sus congéneres. Tal vez es el único domesticado verdaderamente, y acaso esté consciente de que en cualquier momento puede llegar su dueño. Vale la pena recordar que ya hemos debatido sobre la conciencia o ignorancia de la existencia de dicho individuo por parte de los gatos.

El único gato anaranjado con rayas negras por todo el cuerpo y un hermoso antifaz que circunda sus ojos se encuentra sentado sobre el librero. Vigilante, observa a sus compañeros, pero al que más atención le presta es a un gato completamente blanco que saca con cuidado un libro de la repisa más baja. No se sabe si el gato-tigre es el encargado de cuidar la biblioteca o, para mejor decirlo, un gato bibliotecario. El tomo que el gato blanco saca del librero es un tomo muy grande, empastado en tela roja. Se puede pensar en referir algunos libros de tales características que tal vez coincidan con el que el gato está tomando entre sus patas, pero sólo serían suposiciones: por supuesto, el primer libro que nos viene a la mente es El libro rojo, de Mao, pero esa sería una lectura muy pesada para tan temprana hora de la mañana. Podría ser entonces alguno de los tomos de las obras completas de diversos escritores mexicanos recientemente publicadas que están completamente empastados en tela roja; podría ser también un ejemplar reciente de Das Kapital, ya que ahora se ha dado por empastarlos en rojo; un diccionario escolar Larousse básico, cuya edición hace muchos años era roja; o La certeza de los presagios. Cinco narradoras ecuatorianas, ejemplar con veintidós cuentos; es también siempre posible que sea un ejemplar de la Biblia, cuyos empastados son de diversos colores y calidades. Podría ser también el Red Book de la Academia Americana de Pediatría, lo cual podría indicar que alguno de los gatos es todavía un infante y presenta alguna dolencia. También podría estar sacando una guía básica de costos y procedimientos de Cómo y cuánto cobrar diseño gráfico en México, por lo menos en su segunda edición que sí es roja, ya que de la primera se desconoce su color. Si el gato, o el dueño de los gatos, fuera más astuto o truhán, dependiendo desde dónde se le viera, podría estar sacando El libro rojo de la negociación. El arte de que los demás se salgan con la tuya, que no sólo es rojo, sino que en su portada ostenta la imagen de un toro de lidia ataviado con traje de ejecutivo. Tal vez estemos equivocados y lo que de verdad esté tomando del librero es el Libro rojo de la publicidad, un best seller de un hombre de apellido Bassat, que cumple con las características de tamaño y color. Aunque, a decir verdad, es más posible que se trate del Libro rojo de los vertebrados amenazados de Andalucía, libro prodigioso en cuestiones naturales y de conservación, y que seguramente interesaría mucho más a un animal que a un humano. Otras opciones de seria consideración son El libro rojo del placer, cancionero-biografía de Agustín Lara, y El libro rojo de Carl Gustav Jung. Pero, insistimos en ello, todas éstas son meras suposiciones.

Frente al enorme ropero con las puertas entreabiertas y con los cactus encima, un gato gris con rayas negras, nunca negro con rayas grises –los conocedores entenderán la diferencia– observa con una placidez digna de una piedra o una bola de estambre. Probablemente está ahí para su uso, para su regocijo y juego, pero él sólo la contempla. Tal vez espera que alguien más juegue con él, tal vez está cansado de tanto jugar, tal vez no lo toma como un juego y tal seriedad lo intimida e incomoda. Tal vez la bola de estambre no es para jugar, y se ha salido del mueble –por algo tiene las puertas entreabiertas–, y el gato está cuidando que nadie la tome. Tal vez es la última bola de estambre que falta para que su dueño, si es que lo tiene, termine un suéter que regalará a su madre o abuela, porque las abuelas todavía usan suéteres tejidos por sus nietos.

A la mesa están sentados cuatro gatos. Pero en el espacio entero de lo que podríamos considerar el comedor hay seis. Esta diferencia numérica tiene su lógica en el acomodo de los felinos. Tres de ellos están efectivamente sentados en sillas dispuestos a desayunar o comer: uno, blanco, sobre una silla común y corriente; otro, gris con blanco, sobre una silla amarilla con descansabrazos; otro más, negro, en una silla morada de oficina. El cuarto se encuentra echado directamente sobre el fieltro verde. Sobre la mesa hay un solo plato con leche. Los otros dos gatos, presentes en lo que antes habíamos denominado comedor, parecen estar simplemente esperando alguna sobra que caiga de la mesa. Tal vez están acostumbrados a tales menudencias durante la hora de los alimentos. Así que, si ven que sus compañeros se han sentado a la mesa, podrían estar también esperando tales fruslerías. Esta zona levanta dudas sobre nuestras primeras hipótesis. Si los gatos viven solos en la casa y se las han arreglado para convivir comunalmente, ¿por qué hay sólo seis sillas, si ellos son más de veinte? ¿Se toman turnos para comer? ¿Algunos comen frente a la televisión? ¿A alguno se le lleva el desayuno a la cama? Si fuera así, ¿por qué hay un único plato de leche? ¿Todos toman del mismo? De ser así, esa leche no alcanzaría. Por ello, tal vez eso sea lo que está haciendo el gato al abrir el refrigerador: saca más leche para todos, y los gatos en el comedor son los primeros a los que les ha tocado el momento de sentarse a la mesa.

Por extraño que pueda parecer, es una práctica común en este tipo de bodegas acondicionadas como casas-habitación que las camas se encuentren muy cerca de las mesas para comer. Este caso no es la excepción. En la cama hay un gato negro dormitando, tal vez esperando a que le toque el turno de sentarse a la mesa. Por lo pronto, parece que únicamente está soñando con algo placentero. A este gato que dormita, otro más lo espía por encima de la cabecera de la cama. Por la posición que tiene, debe estar parado sobre sus dos patas traseras, aunque sería imposible decirlo, ya que la propia cama nos impide verlo por completo. Aunque no sería tan imposible como lo pensamos en un principio, ya que la lógica puede estar de nuestro lado y demostrarnos que hay muy pocas maneras sensatas en las que el gato podría adoptar dicha posición de manera natural. Detrás también, pero éste de la pequeñísima cómoda con la lámpara, el vaso y el reloj despertador, acecha también otro gato café. Seguramente espera que despierte aquel que dormita sobre la cama para ocupar su tan evidentemente cómodo lugar. No podemos dejar de advertir que, junto a la cama, hay un tapete verde con tres pantuflas, lo cual no hace sino preguntarnos diversas cosas. ¿Por qué alguien tendría tres pantuflas? Se entendería que tuviera dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce, y cualquier otro número par, pero uno impar puede indicar varias hipótesis: por ejemplo, que se le ha perdido una de las pantuflas que formaban los dos pares que tenía, pero si fuera así, ¿para qué guardar la pantufla “huérfana”? ¿Será que está previniendo perder otra, y así “huérfana 1” + “huérfana 2” resultaría un nuevo par de pantuflas?

La sección más enigmática de la casa es la sala de televisión, en donde cuatro gatos comparten el espacio. Uno de ellos, sentado en el piso, justo fuera del tapete que hace las veces de centro de la estancia, mira la televisión, atento, y evidentemente disfruta el programa descrito con anterioridad. A decir verdad, ninguno de los cuatro gatos que ven el televisor parecen convencidos con la persecución que ocurre en la pantalla. Un gato más, parado detrás de la gran columna con el teléfono y las notas, mira sin interés y parece que está a punto de irse por el hastío que el programa le causa. El tercer gato en el lugar, está recostado sobre un cojín morado. El centro de atención de esta sala es el gato negro con el pecho blanco y unos bigotes increíblemente largos que sostiene, en una de sus patas, el control remoto del televisor. Lo está apuntando hacia el aparato, tal vez porque acaba de sintonizar la persecución del gato y el ratón ficticios, o porque está a punto de cambiarle, o tal vez de apagar el aparato.

Los gatos que observan desde fuera, por el ventanal superior, son lo que los conocedores llaman “gatos callejeros”: se ven hambrientos, flacos, asustadizos, precavidos, malolientes, audaces, astutos, cínicos, valientes, locuaces, insurrectos e intrigados. En vista de tales características, que como con cualquier objeto o sujeto nunca son suficientes o las más adecuadas para describirlo, no existe la posibilidad de que sean parte de la comunidad de gatos que habita la casa y que, por alguna razón desconocida, se hayan quedado afuera y ahora nadie les abra. Si tuvieran otras características, podría ser que el gato frente a la puerta está a punto de abrirles para que se reintegren a la comunidad, y que tales olores, comportamientos y costillas visibles sean fruto de varios días fuera de la casa. Uno de los gatos ve directamente a aquellos que están sentados a la mesa, mientras que el otro fija sus ojos grises sobre el librero, tal vez intentando ver si es que en esa casa tienen algún tomo que él está buscando.

Entonces, las posibilidades, entre muchas otras, podrían ser: o los gatos viven solos y se las han arreglado para conformar una vida de ese estilo, o detrás de la columna está el dueño de 24 gatos muy especiales, o ése es el comportamiento normal de los gatos cuando uno no está en casa; o el gato del cuadro sobre la escalera –el gato gris con camisa blanca y tirantes– es el dueño de la bodega y todos estos demás gatos son sus hijos, o sus parientes cercanos que han llegado de visita, o sus parientes lejanos que también han llegado de visita, o hijos de diferentes madres, resultado de su vida procaz y desenfrenada; quizá la imagen es sólo un cuadro colgado en el consultorio de un dentista que hace esperar a sus pacientes más de la cuenta.

 

 

 

 

 

 

 

Quizá no.

 

 

 

 

 

De los siete recados que están junto al teléfono, la letra es legible en cinco: el primero es aparentemente la línea de un poema de un tal “V. H.” ya que bajo la frase se anotan dichas iniciales, y dice: “Siento un telescopio que me apunta como un revólver.” “V. H.” Podría ser que sean éstas las iniciales del hipotético dueño de la casa o, como decía antes, sea parte de un poema, cuento, novela, relato, villancico, pastorela u alguna otra obra de la que algún individuo haya obtenido dicha frase, la cual habría provocado en él cierta reflexión que desea compartir: consigo mismo cada vez que vaya al teléfono, con algún otro individuo que también se acerque a dicha columna, o con alguno o algunos de los gatos. Otro de los recados pide a alguien, porque no aparece ningún nombre sobre la petición, no desordenar los libros. Seguramente los estantes tienen un orden específico que el hipotético dueño de la casa espera que no se altere durante su ausencia. De ser así, el gato que está sacando el anteriormente referido libro rojo deberá regresarlo a su lugar específico si no quiere lidiar con las consecuencias, aunque también existe la posibilidad de que el recado lo haya dejado ese mismo gato y, por lo tanto, él sea el único autorizado para mover los libros y sea eso mismo lo que está haciendo. El tercer recado legible contiene sólo números y lo que parece una fecha y horario específicos. 222-536611, 8:35. Por el orden de los números se puede inferir que es un número telefónico. Tal vez alguien con ese número llamó a esa hora y sólo se está informando a aquel que llegue a leer los recados de una llamada recibida en su ausencia. Pero también podría ser que a esa hora exacta, alguien deba llamar a ese número para concertar una cita, responder a una llamada anterior o algún otro asunto. El último recado es el más intrigante. Se leen ocho palabras divididas por dos puntos entre cada una de ellas. Billar: gato: flor: piedra: televisión: cama: sueño: escalera. Si se hace uso de las matemáticas, habría un cierto número de posibilidades combinatorias finita, pero si se hace uso del lenguaje en toda su amplitud, y las palabras son señales, coartadas o guías, las ideas que se podrían construir son infinitas.